Murió la dulce paloma
Capítulo XXI
—¿Sabes que tienes unos pies preciosos, Jimmie? ¿No te lo habían dicho nunca?
James meneó la cabeza. Nadie le había hecho nunca semejante cumplido.
—¿Caminas mucho descalzo? Porque podría ser por eso.
—Bueno, en Inglaterra no.
—Pero esto no parece Inglaterra, ¿verdad? —dijo Ned, desperezándose sobre la negra alfombra de fibra.
—No se parece a nada —dijo James.
—Y, sin embargo, es todo.
Ned iba a citar a John Donne, pero recordó que James no sabía una palabra de literatura inglesa y que, con él, no cabía pensar en el placer de un toma y daca de citas.
—¿Sabes lo que te digo? —exclamó James, al cabo de un momento—. Que me parece que tendré que ir a verla.
—Ah, ¿te refieres a Leonora? ¿Pero acaso no lo sabe ya? Tu tío se lo habrá dicho.
—Sí, se lo ha dicho. Pero no puedo limitarme a llevarme los muebles y no decirle nada. Además le sigo teniendo cariño y no quiero herirla más de lo necesario.
—Oh, Jimmie, ¡otra vez esa mala conciencia tuya! De manera que aún le tienes cariño… ¿Qué significa para ti, exactamente, tenerle cariño? La has herido, sí, pero así es el amor: herir y ser herido. Créeme, lo sé muy bien.
No era la primera vez que hablaban de ello. A menudo se había preguntado James si Ned habría sufrido de verdad alguna vez, o si habría sido siempre él quien había hecho sufrir a los demás.
—He tenido que herir a los demás muchas veces —prosiguió Ned—. ¡Y es algo que lo destroza a uno, Jimmie!
—Y puede destrozar a la otra persona también —comentó James, con un dejo de cinismo inusual en él—. Iré a verla mañana.
Por un instante, el rostro de Ned reflejó ansiedad, pero fue sólo una sombra que en seguida se disipó. James no iba a ser la excepción a la regla de que nadie se cansaba de Ned antes de que él se cansase.
James estaba nervioso, mientras aguardaba frente a la puerta a que Leonora le abriese. De no ser porque había dejado las llaves en la tienda, hubiese subido al apartamento a tomarse una copa para infundirse valor. Pero eran las cuatro de la tarde y, pensándolo bien, le hubiese extrañado a ella mucho notar que había bebido durante el día.
—¡Querido James! —exclamó ella.
—Oh, Leonora…
No hubo más que un instante de vacilación antes de abrazarse y, por un momento, pareció como si todo fuese a volver a ser como antes.
Pero en cuanto empezaron a hablar se hizo patente que las cosas habían cambiado. La conversación se hizo embarazosa. Leonora le preguntó educadamente por Ned, y él le dijo que estaba bien; y, al interesarse ella por cómo iba su tesis, James dijo también que bien, pero no muy convencido. Pensó entonces James que Leonora debía de saber lo del nuevo apartamento, como en efecto así era. Y adivinó también Leonora que había ido para quedar de acuerdo sobre cuándo hacer el traslado.
Mientras hablaban de todo aquello, apenas se miraban. James notó que Leonora había ido a la peluquería hacía poco, y que llevaba un vestido azul marino que no le había visto antes. Llevaba colgado del cuello un broche esmaltado, que representaba un paisaje. Leonora notó que James necesitaba cortarse el pelo —¿o se lo estaría dejando largo?— y que llevaba al cuello un fular de seda, que ella le había regalado en los primeros tiempos de su amistad. De todo ello se habían ido percatando en breves y casi recelosas miradas, sin llegar nunca a mirarse de frente. Ni él ni ella parecían capaces de hacerlo.
—Humphrey me dijo que ya se ocuparía él de todo —dijo Leonora—, pero hasta la fecha…
—Puedo perfectamente arreglarme solo para el traslado —dijo James, encantado de descargar su sentimiento de culpabilidad en su tío.
—Avisé para que dejaran de traerte la leche, ya hace tiempo —dijo Leonora—, pero, al principio, mientras la seguían trayendo, no sabía qué hacer.
—Lo siento. Tenía que habértelo dicho —musitó James, pensando que sólo una mujer era capaz de avisar para que no siguiesen trayendo la leche en plena crisis amorosa.
—No, no pasa nada. Liz siempre necesita mucha para sus gatos. Y además me la ha pagado.
—Tienes que venir a ver el nuevo apartamento un día de éstos —dijo James.
—Por supuesto —dijo Leonora ladeando la cabeza.
Se hizo un silencio muy embarazoso. James sentía pánico de que se le echase a llorar o le hiciese una escena.
—Oh, Leonora —empezó a decir—, no es que no te quiera…
Leonora lo miró sobresaltada. La palabra «querer» era la primera vez que se mencionaba entre ellos.
—Yo siempre te querré —prosiguió James, no consiguiendo más que empeorar las cosas, porque «siempre» sonaba de modo tan «terminal» como si hubiese dicho «nunca».
—Mira, James, cariño, eres un poco tonto —dijo ella con frialdad—. Sabes perfectamente que nunca he pretendido interponerme entre tú y tus amigos, que no soy de temer. Antes querías a Phoebe y ahora a Ned. Y, cuando Ned vuelva a Estados Unidos, como tendrá que hacer algún día, querrás a otra persona.
—Pero, Leonora, yo no soy así. Si pudiera explicarte… —dijo James, meneando la cabeza de un lado a otro con expresión de impotencia.
—Voy a tener que dejarte ya, James. Ceno con un amigo italiano y antes quiero descansar un poco.
No esperó con la puerta abierta a verlo marchar, pero aguardó dentro hasta que oyó arrancar el coche. Luego fue arriba a recuperarse y a ponerse elegante para el Conde, que se atracaba de steak, de kidney pudding y de Guinness siempre que estaba en Londres. Apenas sentía satisfacción al recordar la herida expresión de James, pero estaba contenta de haber tenido el valor de afrontarlo como lo había hecho. Atreverse a verbalizar la palabra «querer» habría sido algo superior a las fuerzas de otras personas; de la pobre Meg, sin ir más lejos.
Un día antes de que James hiciese el traslado, Leonora aceptó la invitación que le habían hecho hacía tiempo para pasar unos días en el campo, en el cottage de los Murray. Siempre los había desdeñado, y, desde luego, noviembre no era el mes ideal para salir de Londres, pero sabía que tenían una casa muy confortable. Además, Joan había organizado para el viernes por la noche una fiesta que podía resultar divertida. Humphrey y James supervisarían el traslado de los muebles el sábado, y Liz le había prometido echar un vistazo cuando se hubiesen ido.
El viaje en tren, en un cómodo vagón de primera, le sirvió a Leonora de lenitivo. Sólo había otros tres viajeros, dos hombres de aspecto acomodado, ocupados en sacar papeles de sus maletines y en volverlos a guardar, y una joven absorta en una novela barata con una pornográfica cubierta. Leonora fue la única que fue al vagón-restaurante cuando avisaron para el té, y le tocó sentarse junto a la ventanilla, en una mesa en la que ya había otra persona. Se instaló allí sin levantar la mirada, como hacen algunas mujeres al encontrarse frente a un extraño. Leonora desconfiaba siempre de la clase de hombres que suele una conocer en los trenes, aunque, en su juventud, no se había mostrado tan reservada. Llevaba con ella una edición de In Memoriam de Tennyson, bellamente encuadernada en piel, que en seguida abrió y trató de leer. Pero le resultaba difícil concentrarse, en parte porque se distraía cada vez que trataba de servirse el té sin derramarlo a causa del traqueteo del tren; y, en parte, porque In Memoriam no era, quizá, la lectura más adecuada en sus circunstancias. También en casa de los Murray intentaría concentrarse en la lectura de aquel libro, desvelada, la mayor parte del tiempo, y tratando de coger el sueño.
Primero se sirvió, sin percance alguno, un poco de leche de la jarrita que le tocaba compartir con su compañero de mesa, y después el té de una de las teteras individuales, también sin derramarlo. Luego les trajeron unas tostadas calientes con mantequilla.
—¿Quiere un poco de mermelada? —le dijo su compañero de mesa, tendiéndole amablemente la bandejita.
Al alzar la vista vio que su compañero de mesa era un clérigo muy bien parecido.
—Pues no sé…
Leonora estaba habituada a que los hombres le hiciesen sugerencias sobre qué comer en los restaurantes, o que eligiesen por ella, pero en aquel caso era distinto.
—¿Amarillo, rojo, verde o púrpura?
—¿Qué me recomienda usted?
—Ah, depende. Alguien que lee a Tennyson quizá prefiera el púrpura, ¿no? — dijo el clérigo, en tono galante.
—Pues sí, el púrpura. El rojo y el amarillo no le cuadran —repuso ella sonriendo y mirándolo.
Con un clérigo, por más bien parecido que fuese, nada tenía que temer, se dijo, aunque puede que fuese un poco anticuado pensar así. Podía coquetear tranquilamente un poco, de esa manera en que suelen hacerlo hoy en día las personas de mediana edad.
El clérigo iba a Malvern, donde tenía un hermano que dirigía una escuela primaria. Le insinuó que era una lástima que no fuese ella también a Malvern.
—Yo me quedo en Moreton-in-Marsh. Unos amigos me esperan en la estación — explicó Leonora.
—Qué pena —exclamó él, sonriendo.
—¿Junto? —preguntó el camarero al acercarse a cobrarles.
—No, separado —se apresuró a decir Leonora.
Él era un hombre de maneras demasiado delicadas para insistir en invitarla. Porque, en efecto, Leonora se dijo que habría sido un atrevimiento. Luego, mientras ella volvía tambaleándose, como es de rigor en los trenes, pasillo adelante —él se había quedado atrás, en uno de los vagones de segunda—, se sintió un poco más animada por el breve encuentro. Seguía siendo una mujer hermosa, todavía «deseable», dicho sea sin ánimo de exagerar. Así tendría algo que contar mientras iba con Joan desde la estación a su casa.
Pero, una vez en el coche, Joan empezó a darle una interminable explicación sobre que tenía que pasar por una cafetería, que regentaban dos mujeres, que le habían prometido prepararle unas empanadas para la fiesta, porque aún no las tenían cuando había pasado antes a por ellas. Y que Richard había comprado caviar y que tenían que preparar los emparedados; si querría Leonora ayudarla, porque no le había dado tiempo ni a hacerle la cama.
Leonora iba un poco envarada, preguntándose por qué se le habría ocurrido aceptar la invitación. Se dijo que aquello pintaba mal; ni siquiera le habían hecho la cama, como si no la esperasen. Porque era un fin de semana en el que necesitaba de verdad que la mimasen.
Al llegar al cottage se animó un poco. Richard abrió una botella de champán para reanimarla tras el viaje, y la habitación que le habían preparado era tranquila y tenía vista al jardín. Mientras Joan estaba fuera, alguien había hecho la cama y le había puesto flores en un brillante jarrón rosado en la mesilla de noche. In Memoriam cuadraba perfectamente entre los bonitos objetos de estilo victoriano que adornaban la repisa de la chimenea y la coqueta. Joan entró mientras Leonora se estaba cambiando, con el pretexto de ayudarla, pero, en realidad, para preguntarle por James.
—Es que nos han contado unas cosas, querida… ¿Es cierto?
Afortunadamente llamaron a la puerta de la casa antes de que Leonora pudiese contestar. Nunca le había costado el menor esfuerzo desenvolverse cuando iba de visita, y fue a la sala de estar con su habitual confianza en sí misma. Pero los amigos de los Murray resultaron ser personas muy poco interesantes, y Leonora se percató entonces de que estaba demasiado cansada para esforzarse por mantener una conversación animada, por mucho que le hubiese apetecido. Al cabo de un rato se vio sentada en un sofá junto a una mujer, que iba sin pareja. Llevaba un vestido azul brillante, y no sólo se había pegado a ella, sino que la miraba de arriba abajo con cierta impertinencia.
—Se nota que es usted de Londres —le dijo—. Se la ve aburrida.
Aquella mujer rubicunda y dentuda no tenía desde luego pinta de lo mismo. Le bastó una ojeada a Leonora para felicitarse por parecerle aburrida, fuese lo que fuese lo que hubiese querido decir exactamente con la palabrita de marras.
—¿A qué se dedica usted? —le preguntó entonces la mujer—. Creo que Joan me comentó que trabajaba usted en la BBC. A ver si hace algo para que no nos martiricen con tanto pop.
Leonora le explicó, con frialdad, que no trabajaba en la BBC, ni en ninguna parte.
—¿O sea que no hace nada?
—Vivir.
—Pero podría hacer algo para distraerse, ¿no?
Era una pregunta que no merecería la pena contestar, pero el silencio de Leonora no sirvió más que para que la mujer empezase a enumerarle todas las cosas que podría hacer; ayudar en algún hospital, a los ancianos, a los niños subnormales, a las personas que vivían solas. Había tanta gente sola…
—Bueno, Ba —dijo Richard acudiendo al rescate—, todos se marchan ya. Si te das prisa puedes ir en el coche con los Fosdyke.
—¿Tan tarde es ya?
La tal «Ba» se levantó entonces y salió casi patinando hacia el vestíbulo.
En cuestión de segundos se hubieron ido todos.
—¡Esta Ba…! —exclamó Richard—. Siempre es la primera en llegar y la última en marcharse. Siento que se te haya pegado como una lapa.
Leonora le sonrió con expresión comprensiva, aunque en su fuero interno tal comprensión brillase por su ausencia. Debía haber tenido un poco más de tacto como anfitrión, ¿no?
—Pobre vieja Leonora —dijo Richard bastante después, mientras él y Joan enjuagaban las copas—. No parece estar tan en forma como de costumbre.
—¡Pero es siempre tan elegante y llevaba un vestido tan bonito! —dijo Joan leal —. Qué mala pata que se le haya pegado Ba.
—Aunque es tan fría e inhumana, o no sé… —dijo Richard—. Siempre me dan ganas de…
—Vamos, cariño, no seas así con Leonora —dijo Joan con una risita de complicidad.
—Pero supón que… ya me entiendes. Porque es lo que necesita. ¿Crees tú que Humphrey habrá llegado a…?
—¿Tú te los imaginas? Lo que es yo no… —dijo Joan, tratando de sofocar la risa.
De modo que Leonora, que estaba ya echada en la cama justo encima, oyó algo así como sollozos procedentes de la cocina.
Sólo al cabo de un instante se percató de que eran risas. Joan y Richard riendo sobre vete tú a saber qué, como solían. Pensó que hubiese sido preferible no aceptar la invitación, pero se dijo que era mucho mejor no estar en casa cuando James fuese a por sus cosas. Dudaba que pudiese conciliar el sueño. Porque, aunque la cama era cómoda, la extrañaría, y, al levantar la vista, no vio más que oscuridad a través de la ventana.
Al día siguiente, Leonora tuvo una de sus migrañas. Y no podía hacer nada, salvo quedarse allí en una cama que no era la suya, durmiendo a ratos, medio mareada, y con la cabeza que le estallaba, pensando en los muebles de James arriba y abajo, como en una noria que le hacía sentir un angustioso vértigo. De vez en cuando, Joan subía de puntillas, asomaba la cabeza por la puerta con expresión de culpabilidad y le preguntaba si quería algo. En una ocasión oyó a Richard cantar, hasta que Joan lo mandó callar con aspereza. Era consciente de que estaba siendo una pejiguera para ellos y de que no la volverían a invitar, pero estaba demasiado cansada para preocuparse por ello.
El dolor de cabeza y el mareo le duraron hasta la noche, y entonces sí se sintió con ánimos para tomarse un té. Aliviada al sentirse bien de nuevo, también empezó a ver lo demás con tintes menos sombríos. Richard había prometido acompañarla en coche al día siguiente a Londres. Y casi la ilusionaba volver a coger las riendas de su vida con firmeza.