Murió la dulce paloma
Capítulo IV
Al acercarse la Navidad, Leonora empezó a preguntarse si Humphrey y James — sobre todo este último— tendrían algún gesto. Quizá le enviasen alguna felicitación navideña, posiblemente como las que vendían en la tienda. Era lo menos que podían hacer, aunque quizá optasen por algo más personal, que, a ojos de Leonora, sería de lo más natural. Y, efectivamente, recibió una felicitación de James, con una ilustración que representaba a una Virgen española, evidentemente elegida con sumo cuidado, y firmada simplemente «James». Luego llegó la de Humphrey; un Victoriano paisaje nevado, con las señas de la tienda y las suyas particulares impresas, aunque tachando «Humphrey Boyce» y firmando a mano «Humphrey».
Dos días antes de Navidad, le llegó un paquete certificado que contenía un pisapapeles, posiblemente el mismo que ella había admirado en la tienda aquella tarde. Se lo enviaba Humphrey. Quedaba la mar de bien en su escritorio de abajo, en la sala de estar. Pero fue la felicitación de James lo que colocó en su mesilla de noche.
El día de Navidad transcurrió de esa manera, un tanto misteriosa, en que suelen transcurrir los días de Navidad para la gente de mediana edad sin hijos pequeños. Leonora suponía que James debía de estar pasando las vacaciones esquiando en Austria con unos amigos, aunque ignoraba cómo iba a pasarlas Humphrey y no sentía especial curiosidad por ello. En cuanto a ella, lo pasó haciéndole compañía a Liz e invitándola a una refinada cena, que Liz apenas apreció, tan absorbida por sus gatos que se había levantado de la mesa continuamente para ir a ver si les gustaba el hígado de pavo que les había dado.
Fue un alivio volver a la vida normal y dejar atrás la Nochebuena y la melancolía que conlleva. Los días empezaron a alargarse y luego asomaron los primeros síntomas de la primavera. En el ínterin, se había reanudado la vida social, que para Leonora significaba su «nueva» vida social con Humphrey y James. Asistieron a subastas, a exposiciones, al teatro, al ballet, a la ópera, y a almuerzos y a cenas, en el apartamento de Humphrey o en casa de Leonora. Después Humphrey pasó un par de semanas en el extranjero por asuntos de negocios y, al regresar, descubrió que James y Leonora se habían estado viendo casi cada día y que se había trabado entre ellos una relación curiosamente íntima. Humphrey pensaba que Leonora debía de verlo como a un hijo y, como James había perdido a su madre no hacía mucho, todo parecía bastante natural. Aunque, por otro lado, era como si Leonora, al dirigir su atención hacia el joven sobrino en lugar de hacia el tío, viudo y buen partido, diese de nuevo muestras del ramalazo de caprichosa obstinación que la impulsó a pujar por su cuenta en la sala de subastas. Cualquier día de éstos, se decía Humphrey, se cansaría del cantarito nuevo que representaba la juventud de James y se decantaría por las cualidades más duraderas —virtudes, prácticamente— de un hombre que era casi de su edad, alto, que había sabido conservar la línea y cuya incipiente calva era sumamente distinguida.
James veía a Leonora más como una amiga a quien confiarse que como a una madre, la veía como a alguien a quien podía revelar sus esperanzas y ambiciones, sin quitar ni poner, y todo lo que llenaba su vida cotidiana. No podía contárselo exactamente todo, claro está, y ella se complacía en gastarle bromas sobre las fiestas a las que él iba y sobre la clase de personas que debía de conocer en ellas, en su «vida secreta», como ella la llamaba, como si bromear acerca de ello equivaliese a garantizarse su fidelidad. «Tenemos que encontrarte una novia bien bonita», le decía a veces, casi como si lo dijese en serio.
Una noche, mientras Leonora estaba sentada junto al fuego leyendo una novela de Elizabeth Bowen, sonó el timbre de la puerta. Sabía que no podía ser James, porque él le había dicho que iba a una fiesta aquella noche, aunque no le apetecía. La reconfortaba la certidumbre de que, de haberle insinuado que se iba a sentir sola, él se hubiese quedado con ella. Pero, por supuesto, lo apremió a que fuese, diciéndole que estaba segura de que se encontraría a gusto una vez allí, tal como hubiese podido decírselo a un hijo. Lo que no significa que desease que se lo pasase demasiado bien, idea ésta que hacía que se sintiese tan a gusto, sentada allí con su libro, mirando de vez en cuando al fuego. De manera que le fastidió que la interrumpiesen y fue a abrir de mal talante.
Era Meg. Y parecía muy nerviosa.
—¿Sabes dónde está Colin? —le preguntó casi llorosa—. Lo estoy buscando por todas partes por si…
—¿Y por qué voy a saber yo dónde está Colin? —exclamó Leonora con frialdad, haciendo entrar a Meg—. Mejor será que pases a calentarte un poco y que te tomes una copa, o lo que quieras.
Meg la siguió de buen grado hasta la chimenea y se sentó en una silla junto al fuego. Leonora le quitó el chaquetón de piel de cordero, sosteniéndolo lo más lejos de sí que pudo, como si fuese el pellejo de un animal de dudosa higiene, y fue a colgarlo en el recibidor. Meg estaba hecha una facha, pensó Leonora sin la menor malicia; con un suéter negro lleno de polvo y unos abombados pantalones verdes de pana; el pelo desgreñado y la cara roja, hinchada y llena de churretes de tanto llorar. Leonora evitó su mirada al tenderle un vaso de whisky. ¿Cómo podía dejar que la viesen en ese estado?
—Estás horrible —le dijo—. ¿Qué ha pasado?
Se lo contó a trompicones. Al parecer, Colin no había ido a verla por Navidad, ni siquiera había ido a recoger su regalo y, al telefonearle ella, él se mostró frío y evasivo. De eso hacía varias semanas y, desde entonces, no había vuelto a saber una palabra de él. No contestaba al teléfono ni a la puerta y había ignorado dos cartas que ella le había enviado.
—Supongo que ha debido de ir a alguna parte con su amigo —dijo Leonora, tratando de confortarla.
Leonora suponía que se trataría de Harold, pero no concretó, por si acaso habían cambiado las cosas desde entonces.
—Sí, podría estar con Harold y con su madre en Gidea Park —admitió Meg dubitativa.
Leonora trató de no sonreír ante la idea de que pudiese estar en «Gidea Park», que vete tú a saber dónde estaría.
—Pero la madre de Harold no contesta al teléfono, de manera que no sé qué hacer.
—¿Y no había ocurrido nunca? —preguntó Leonora delicadamente.
—Sí, pero nunca tanto tiempo. Me preocupa que le haya pasado algo. Aunque Harold es muy celoso; eso ya me lo sé yo.
—Yo no me preocuparía —dijo Leonora—. ¿Sabes lo que te digo? Que te desvives demasiado por Colin.
—Sólo lo tengo a él —exclamó Meg con la voz quebrada.
Leonora desvió la mirada con expresión de fastidio. Como si lo viera: ahora empezaría a decirle que siempre había querido tener un hijo. Y eso es exactamente lo que le dijo a continuación.
Lamentó haberle servido un whisky. Un café bien fuerte, aunque latoso de preparar, quizá le hubiese sentado mejor.
—Colin es muy egoísta —dijo Leonora, con cierta suficiencia, pensando acaso en James, pese a que no hubiese entre ambos hombres el menor punto de comparación —. Dará señales de vida en cuanto te necesite.
El demacrado rostro de Meg resplandeció por un instante.
—¿De verdad lo crees? —dijo con animación—. Eso espero. Pero se pasa tan mal, con esta incertidumbre…
Como parecía que iba a romper a llorar de nuevo, Leonora trató de cambiar de tema o, por lo menos, de darle otro sesgo.
—¿Y por qué no vas a la peluquería mañana mismo? —le sugirió—. Así estarás elegante cuando aparezca.
Meg sonrió, posiblemente no haciéndose a la idea de que ella pudiese estar «elegante», y se tocó el pelo.
—Sí que tendría que ir. Ya sé que voy hecha un desastre, pero Colin no se fija en esas cosas. Tengo una botella de riesling yugoslavo en el frigorífico —añadió—; es su vino preferido.
Por lo menos no tenía gustos caros, pensó Leonora.
—Podemos almorzar juntas un día de éstos —le dijo—. Estoy segura de que pronto todo se arreglará. ¿Me llamas?
Meg prometió llamarla y se marchó aparentemente confortada. Leonora se quedó con la sensación de haber obrado bien, una sensación que rara vez solía tener pero que le gustaba. Volvió a concentrarse en su libro, pero ya se le habían pasado las ganas de leer. Le resultaba más agradable reflexionar sobre el horroroso aspecto de Meg y compadecerla por su desdichada situación.
La velada fue para James mejor de lo que él esperaba, aunque había empezado de una manera poco prometedora. Nada más entrar, abriéndose paso entre un montón de gente, se encontró frente a una mesa sobre la que había varias copas de vino. Después de coger una y de beberse la mitad con incontinente rapidez, se encontró, al alzar la vista, con que una chica lo miraba con una insistencia que le hizo sentirse incómodo. Él le sonrió, porque era obvio que ninguno de los dos tenía a nadie más con quien hablar. Y, dado que la copa de la joven estaba vacía y había a mano una botella que no parecía ser de nadie, aprovechó la oportunidad de acercársele a llenársela. Como la animación era considerable, resultaba difícil conversar y no acabó de entender cuál fue el primer comentario que ella hizo.
—Me dedico a las antigüedades —dijo al tuntún, aventurando que, probablemente, ella le había preguntado a qué se dedicaba, aunque, de no ser así, era una aceptable manera de iniciar una conversación.
La chica era más bien alta y no muy risueña. Le pareció entender que se llamaba Phoebe y que acababa de licenciarse en Filología Inglesa en una universidad cuyo nombre no captó. La timidez de la joven lo desconcertó, aunque, por otro lado, le pareció menos temible que otras jóvenes más bonitas que siempre hacían que se sintiese incómodo y desplazado. ¿Qué esperaban de él sus burlones ojos, que centelleaban entre las postizas pestañas? Phoebe tenía los ojos marrones —y mirada de setter— y no cabía duda de que esperaban algo, aunque ya no estuviese tan claro qué era lo que esperaban.
Phoebe no acababa de entender que James estuviese hablando con ella habiendo tantas chicas, mucho más atractivas, en la casa. Y, al poco, reparó en que habían quedado atrapados en un rincón y en que él no podía despegársele aunque quisiera. Esto la deprimió y trató de hablar, apartando la cara de él y mirando en derredor con expresión taciturna.
James se preguntó si habría dicho él algo que la molestase o disgustase, pero no sabía qué. Le resultaba extrañamente atractiva y estaba interesado en saber más de ella. De manera que se atrevió a sugerirle dejar la fiesta y salir a cenar juntos. Recordaba haber leído en un suplemento dominical que se había inaugurado otra «taverna» griega, y fue precisamente a allí, un sótano decorado con hojas de parra artificiales e iluminado con velas, adonde fueron. Sentado allí, en un silencio poco prometedor, James se percató de que quizá hubiese sido mejor haberse quedado un poco más en la fiesta y salir algo entonados.
La botella de vino hizo las cosas más fáciles y, en cuanto les sirvieron la cena, Phoebe empezó a comer a dos carrillos con evidente buen apetito, reconociendo, un tanto sorprendentemente, que no había probado bocado desde por la mañana.
James, que pertenecía aún al mundo de las comidas regulares y a sus horas, se preguntó por qué.
—Estoy trabajando fuera —dijo ella— y no acabo de organizarme.
James le preguntó qué clase de trabajo hacía y ella le explicó que había visto un anuncio en el Times solicitando licenciado/a para preparar una edición de un «legado literario».
—¿De alguien famoso? —preguntó James.
—No. Se trata de la hija, ya fallecida, de unos acomodados provincianos. Escribió poemas y un diario, y sus padres quieren que un editor publique un pequeño volumen, pagando ellos la edición.
—¿Y es interesante? —dijo James.
—No mucho. Estaba enamorada de un hombre… Ya sabe.
—Claro —dijo James un poco cortado—. ¿Y es un pueblo bonito?
—No está mal. Pero tanto verde, y tantos árboles… agobia. Y está lleno de gente mayor que anda todo el día de visiteo.
Pensar en un pueblo hizo que James se hiciese una idea exageradamente romántica. Imaginó un recoleto y remoto paraje, hasta que Phoebe le concretó que estaba muy bien comunicado con Londres, tanto por tren como por los autocares de la Green Line.
James estuvo a punto de decir que iría un día a verla, pero su innata prudencia se lo impidió. Sabía de sobras que, luego, podía no apetecerle llegarse hasta un pueblo en pleno invierno, pero, como le pareció que Phoebe le daba pie, le insinuó que podían quedar en verse de nuevo. Le dio el número de teléfono de la tienda, aunque no el de su apartamento. Nunca se sabía. Y, por la misma razón, no la besó al despedirse, aunque sí se ofreció a acompañarla a su casa. Pero ella rechazó su ofrecimiento expeditivamente, diciéndole que iba a dormir a casa de una amiga que vivía en West Hampstead, y se marchó sola a pie, en plena oscuridad, dejándolo con la sensación de no haberse portado con excesiva caballerosidad. Pese a todo, le pareció haberle caído bien a la joven, y decidió guardar para sí todo lo relativo a aquel encuentro, como algo íntimo que ni Leonora ni su tío tenían por qué saber.