Murió la dulce paloma
Capítulo VII
Leonora era bastante despegada respecto a la asiduidad de sus amigas, a quienes veía como un halagador «contraste», sobre todo si, como solía ser el caso, eran menos atractivas y elegantes que ella. Cuando Meg llamaba para quedar para almorzar, su primer impulso era poner una excusa, aunque, desde que trabó amistad con James, había ido sintiendo cada vez mayor curiosidad por las relaciones entre Meg y Colin. Por otra parte, no había visto a Meg desde aquella noche en que se le presentó tan alterada. Lo más probable era que Colin «hubiese vuelto», o comoquiera que queramos expresarlo. Por lo menos eso cabía deducir de lo feliz que parecía sentirse Meg —casi exultante— cuando llamó a Leonora citándola en un snack-bar de Knightsbridge a la una menos cuarto.
Leonora llegó con cinco minutos de retraso, como de costumbre, bastante menos del retraso con que solía llegar si la cita era con un hombre. Meg era una de esas mujeres que llega siempre con excesiva antelación; allí plantada, frente a Swan and Edgard’s, mirando expectante hacia todos lados, pronta a sonreír de oreja a oreja al aparecer la persona esperada.
—¡Vaya, ya has llegado! —exclamó, al ver a Leonora.
Leonora la saludó pero sin excusarse. Meg iba más compuesta que la última vez que se vieron. Llevaba una chaqueta de entretiempo de un tono verdoso que no le sentaba demasiado bien, pero había ido a la peluquería hacía poco —o así se lo pareció a Leonora— y se había disimulado las canas con reflejos castaños.
—¿A que no adivinas por qué te he dicho que quedásemos aquí? —dijo Meg.
—Quizá porque pilla cerca de Harrods, por si apetece entrar a ver cosas.
Meg puso cara de asombro. A ella Harrods no le decía nada.
—Es que Colin ha encontrado empleo aquí —dijo.
Leonora se mostró sorprendida. Quizá procedía felicitarla, pero optó por aguardar a conocer los detalles.
—Tenemos que ir abajo —dijo Meg—, donde tienen el bufet de ensaladas. ¿Te importa? Coges una bandeja y eliges lo que quieras.
Leonora la siguió hacia el sótano, pobremente iluminado, con las paredes empapeladas de color púrpura y anaranjado en las que había colgados varios cuadros abstractos. Detrás del mostrador sólo distinguió a dos personas: una joven de pelo largo y gafas oscuras —¿cómo se las arreglaría para ver?— y Colin. Ambos estaban sirviendo ensalada en varios platos que tenían delante.
—Hola, Leonora —dijo Colin quedamente—. ¿Qué vais a tomar?
—Pues no sé… ¿Qué tenéis? Un poco de paté, quizá. ¿Y qué crees que iría bien como guarnición? Ayúdame a elegir.
Leonora estaba de lo más atractiva, pero, con tan poca luz, ni siquiera se veía lo que contenían los platos. También Colin estaba de lo más atractivo; y Meg, radiante y orgullosa, al verlo tan eficiente y encantador con su floreada camisa rosa.
—Un amigo de Harold le ha conseguido el empleo —dijo Meg, sentadas ya en la minúscula mesita de un rincón—. Parece que lo hace muy bien y, sobre todo, que le gusta, que es lo importante.
—Verás. Esto no es como para hacer un carrerón —dijo Leonora, mirando a su alrededor.
Decididamente, el local no iba con ella, se dijo: tanto joven; unas chicas horrorosamente vestidas para su gusto; y hablando a voces, para hacerse oír en medio de aquella chabacana música de fondo.
—¿Supongo que no vendrás muy a menudo por aquí? —preguntó.
—Bueno, la verdad es que me pilla un poco lejos de la oficina —reconoció Meg —, y no puedo venir todos los días. Pero al principio, cuando Colin empezó, me pareció que le infundía confianza saber que yo estaba aquí. Aparte de que todo esto le sienta a una de maravilla —añadió, señalando la berza desmañadamente troceada que tenía en el plato.
Leonora pensó que habría podido decir exactamente lo mismo aunque hubiesen estado comiendo hierba.
—Deduzco que van mejor las cosas —dijo, delicadamente.
—Ah, mucho mejor. Fue sólo un malentendido. Eso fue todo. No hay que atar a la gente —dijo Meg, con la misma valerosa franqueza con que le había hablado de los «amantes» de Colin—. Así te los ganas.
Leonora sonrió, pero no dijo nada.
—Anoche fuimos al teatro —prosiguió Meg—. Colin y yo, y Harold y su madre.
—Extraña combinación.
—Supongo que sí, si lo va una a pensar. Y la obra era justo la que yo habría elegido —dijo, citando una comedia musical que llevaba en cartel más de un año—. Fue una experiencia interesante.
—¿De verdad necesita una «experiencias interesantes» a nuestra edad? — preguntó Leonora—. Lo que es yo…
—Bueno. Es que tú eres diferente. Has debido de tener tantas, viviendo en el extranjero, y con tantos admiradores —dijo Meg, generosamente.
Leonora volvió a sonreír, con mayor cordialidad esta vez, aunque ya no le hizo tanta gracia que Meg prosiguiese diciendo que no creía que Leonora fuese una persona que todavía tuviese «experiencias».
—¿Y cómo me ves entonces? —le preguntó Leonora.
—Tranquilamente, en tu perfecta casa, llevando una vida placentera y elegante — dijo Meg—. Es difícil de explicar —añadió, viendo que Leonora no ponía cara de muy buenos amigos.
—Pues no me ves precisamente muy humana; como una especie de fósil — protestó Leonora.
—No es eso lo que he querido decir. Es sólo que siempre te he visto como una persona que no se deja influir ni alterar por nada. Y no como yo… ¡Cómo aquella horrible noche en que irrumpí en tu casa! ¡Dios sabe lo que pensarías de mí!
—Cada uno tiene su manera de reaccionar. A veces puede no demostrarse emoción, pero eso no significa necesariamente que no se sienta.
—Voy a por café.
Mientras Meg volvía, Leonora estuvo pensando en lo que le había dicho. No le acababa de convencer la imagen que, por lo visto, tenía de ella. Porque, por supuesto, ni se consideraba fría ni era un fósil. Lo que sucedía era que pretendía que cada una de sus relaciones fuese perfecta, dentro de su estilo. Así, por ejemplo, no habría soportado conductas tan lamentables como la de Colin.
—No es precisamente el mejor café de Londres —dijo Meg, excusándose, al regresar con las dos tazas—. Lo he traído solo, porque es algo mejor que con la leche que le echan. Y fíjate tú cómo está esto: de bote en bote. Dice Colin que entre la una y las dos se dan una verdadera paliza.
—Pues menos mal que hemos llegado antes. Por lo demás, esto ha sido para mí una «interesante experiencia» —dijo Leonora, dándose unos toquecitos en su impecable peinado y poniéndose los guantes.
—Estoy contentísima de que te haya gustado. Tenemos que volver otro día.
Se despidieron frente al snack-bar; Meg, para volver a su oficina; y Leonora para darse una vuelta por Harrods. Estuvo tentada Leonora, al estar tan cerca, de darle una sorpresa a James, pasando a verlo por la tienda de antigüedades, pero se abstuvo de hacerlo. Luego, se sentiría recompensada al regresar a casa y recibir una llamada de él, citándola para almorzar juntos al día siguiente, en «su» pequeño restaurante, muy cerca de la tienda.
Por la noche, Leonora cenó con su vecina Liz. Daba la impresión de que se había pasado todo el santo día con mujeres menos afortunadas que ella, se dijo, mientras estaba en la salita de Liz oyendo llorar y maullar a los gatos en sus reales del jardín.
Corría el riesgo de quedarse allí apalancada con Liz, copa tras copa, como ésta tenía por costumbre, antes de probar siquiera un bocado, como Leonora sabía por experiencia. Los gatos se pasarían el rato entrando y saliendo, y se las vería y desearía para evitar que alguno se le plantase en el regazo y le hiciese trizas la falda con las zarpas. Cuanto llevaba Liz había sufrido de tal manera los efectos de tales acometidas que todas sus prendas parecían bouclé. Para acabarlo de arreglar, Liz terminaría por volver por enésima vez sobre el tema de su desdichado matrimonio. «Tanto amor desperdiciado», le diría. Y ésa era una de las raras ocasiones en que Leonora no sabía qué decir, carente de experiencia en la materia. Nunca se había encontrado con un hombre que la tratase mal o la hiciese sufrir, quizá porque nunca había querido a ninguno con la suficiente intensidad como para dar lugar a ello. Pero, con independencia de cuál fuese la razón, guardaba silencio, sin permitirse más observación que acaso el amor nunca se desperdiciase, o que, por lo menos, eso decían. Liz, por su parte, terminaría tan aburrida como ella, a causa de las inevitables evocaciones de Leonora de su adolescencia en Europa, y de tantas relaciones insinuadas que nunca habían parecido llegar a cuajar. Y, sin embargo, al final de la velada, ambas se sentían relativamente satisfechas, como si hubiesen compartido algo más que unas copas y una cena.