Murió la dulce paloma

Barbara Pym · Capítulo 16 de 26

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Murió la dulce paloma

Capítulo XV

Tres días después, Leonora se encontraba en una tienda de antigüedades de Kensington Church Street, examinando un par de jarrones de porcelana.

—Están impecables, señora —le dijo la dependienta con frialdad—. No va a encontrarles ninguna tara, se lo aseguro.

—No lo dudo —repuso Leonora con la misma frialdad—, pero me gusta verlo por mí misma.

Impecables, desde luego, les habían parecido aquella tarde, cuando ella y James se detuvieron a verlos al pasar frente a la tienda. Pero Humphrey le había inculcado que era muy importante asegurarse siempre bien.

—¿Cuánto quiere por ellos? —preguntó, con mayor frialdad que antes.

La dependienta le dio el precio en tono algo arrogante.

Leonora repitió en voz alta la cantidad, en tono inquisitivo, como si no pudiese creer lo que acababa de oír.

—Ése es el precio, señora.

La temperatura del interior de la pequeña tienda descendió entonces a cero, pese a que era una calurosa tarde de setiembre. Un gélido silencio se hizo entre ambas mujeres.

—Pues, muy bien, me los quedo.

No iba una a regatear, se dijo Leonora, y su ligera vacilación no se debía tanto a que considerase que aquellos hermosos jarrones fuesen demasiado caros como a que, quizá, se estuviese excediendo gastando tanto dinero en el regalo de cumpleaños de James. Además, a ella también le gustaban; eran preciosos y, comoquiera que James iba a vivir en su casa, serían, en cierto modo, también un poco suyos. Se sentó frente a una mesita, preciosa también aunque más modesta, y empezó a extender el cheque.

—¿Quiere que se los enviemos, señora? —le preguntó la dependienta, esbozando una sonrisa.

—No, gracias —repuso Leonora, con una sonrisa también esbozada—. Tengo un taxi aguardándome. Envuélvamelos un poco solamente…

—No faltaba más, señora.

Leonora se puso sus violáceos guantes mientras la dependienta manipulaba un montón de virutas, papel y una caja grande. Después salió hasta el taxi y le entregó a Leonora el paquete.

—Qué bonito paquete. Muchísimas gracias —exclamó Leonora, radiante.

Por su mente cruzó de pronto un ridículo lema, una especie de conseja más bien; esa clase de sentencias que ve uno, o que recuerda, acerca de que sólo pasamos por este mundo una vez y que, por lo tanto, hay que ser amable con los semejantes; algo absurdo, porque podía perfectamente volver a aquella tienda. Y, además, ¿se podía saber por qué la dependienta la había llamado, una y otra vez, «señora», tan innecesariamente después de cada frase? ¿Acaso no podían considerarse socialmente iguales? Ahí debía de estar el quid. ¿Tan fría, orgullosa e intimidante parecía, pese a no ser nada de todo eso?

—No se puede estacionar aquí tanto tiempo, miss —dijo el taxista refunfuñando, pero seguro de que le iba a caer una buena propina.

—Sí, ya lo sé —dijo Leonora en tono amable—. Se lo agradezco mucho —añadió con un suspiro de alivio, casi acunando el precioso paquete entre sus brazos.

Al llegar a casa, encontró varias cartas en la portería, tiradas por el suelo, a la condenada usanza de los carteros ingleses. Una tarjeta postal de James desde Lisboa, con una cariñosa nota expresando su deseo de verla pronto de nuevo; y una carta en un ordinario sobre de color crema, con las señas escritas con una esquinada caligrafía y los sellos casi solapándose en una esquina. No era la clase de sobre que estaba acostumbrada a recibir, y Leonora se preguntó de quién podía ser.

«Querida Miss Eyre», leyó, «recibí su carta acerca de los muebles de James y no me parece oportuno que vengan a recogerlos el lunes, ni ningún otro día. No tengo la menor intención de devolverlos hasta que James me lo pida. Atentamente, P. J. Sharpe».

Leonora tardó unos instantes en percatarse de que aquellas iniciales, tan poco elocuentes y que sonaban casi masculinas —P. J. Sharpe—, correspondían a la joven Phoebe Sharpe, pese a que la nota sobre los muebles estaba clarísima. ¡Qué asunto más enojoso! ¿Qué iba a hacer ahora, con todo lo que James había dejado en el guardamuebles instalado ya en el piso de arriba? Era un verdadero contratiempo que le aguó la satisfacción de haber comprado los jarrones. Quizá Humphrey pudiese aconsejarla.

Eran las tres y media, y decidió invitarlo a tomar el té.

Humphrey estaba tratando de venderle un par de figuritas de Staffordshire a una judía muy dura de pelar de Brondesbury, cuando Miss Caton asomó por la trastienda anunciándole que tenía «una llamada telefónica urgente de Miss Eyre». Humphrey se excusó y fue a coger el teléfono, pero, en el par de minutos que duró la conversación, la potencial compradora cambió de idea, y la conspicua judía norteamericana le salió con que «sólo quería echar una ojeada», aparte de que, de pronto, había recordado que su esposo la aguardaba dentro de veinte minutos en el Hilton, y no se acababa de decidir por aquel Acteón de bronce acosado por los perros.

No venía de una venta, se dijo Humphrey al entrar en su coche, porque, además, a Leonora se la veía muy afectada por algo. Aunque, en el fondo, parecía una tormenta en un vaso de agua, tanto aspaviento por los cuatro trastos de James. Podía prestarle algunas de las cosas de la tienda que tenían menos salida, si era necesario. Pero Leonora no se daba por satisfecha con eso y quería hacer algo a toda costa.

—Es una barbaridad, mi querida Leonora, tanta preocupación por los cuatro trastos de James —le espetó, al sentarse con ella en la pequeña galería donde a veces tomaban el té.

—Quería que todo estuviese precioso al regresar —balbució Leonora a punto de llorar.

—Ya lo sé, encanto —dijo Humphrey en su tono más cariñoso—, y lo estará. Nos acercamos ahora mismo con el coche y lo traemos todo.

—¿Ahora?

—¿Por qué no? No son más que las cuatro y cuarto. Podemos llegar perfectamente a las seis.

—Pero así, tan de improviso… No quiero llevarme un sofocón.

—No tienes que hacer nada. Te quedas sentada en el coche y aguardas, ya me encargaré yo.

—De acuerdo entonces. Estoy lista enseguida.

Leonora fue a su dormitorio y se puso una chaqueta de estambre de color malva, un pañuelo de chiffon negro ceñido a la cabeza y gafas oscuras. En el último momento, metió un frasquito de sales aromáticas en su bolso: nunca se sabía, e igual acababan teniéndoselas.

Entre tanto, Humphrey vació la parte de atrás de la furgoneta, retirando el marco de un cuadro roto, un busto de mármol, varios The Times y un paraguas; cosas que podían dar una pista de a qué se dedicaba. Cuanto antes zanjasen aquel asunto mejor, pensó. Llevarse los muebles que tenía la chica, colocarlos en casa de Leonora y dejar que las cosas siguiesen su curso. Le había producido un cierto desencanto la repentina y, en su opinión, brusca decisión de Leonora de querer traerse los muebles de James a su casa. Porque, además, ¿era de verdad prudente ir, casi por la brava, a por los muebles que James le había prestado a su amante —que es como Humphrey consideraba a Phoebe— sin previo aviso? Y, sin embargo, en su fuero interno alentaba la esperanza, por más que sin mucho fundamento, de que, en aquella ocasión, Leonora hubiese ido demasiado lejos. Porque, si James se sublevaba y la dejaba, ¿qué haría entonces ella? ¿Qué otra cosa iba a poder hacer sino pasar de sobrino a tío, que era algo mucho más adecuado?

 

Debía de haber algo en el ambiente de Vine Cottage que hacía que todos quisiesen identificarse, al objeto de que no cupiesen dudas sobre quién era quién. Y, tal como lo hicieron Leonora y Miss Culver en su momento, así lo hizo Humphrey, aunque ya se hubiesen conocido en la tienda.

—Soy el tío de James —dijo, al asomar Phoebe.

—Ah…

Su sobresaltada expresión parecía indicar que temía malas noticias. Podía haberle ocurrido algo a James. Podía haber muerto en accidente de automóvil. Quizá su avión se había estrellado, se fue diciendo Phoebe con aprensión hasta que Humphrey le aclaró el motivo de su visita.

—Venía a recoger las cuatro cosas que le prestó James, si no le importa.

De manera que James no había muerto. Ni siquiera su orgullo de mujer podría salvar ya del naufragio.

—Puede llevárselos —repuso con aspereza—. ¿Le envía Miss Eyre?

—Yo me he ofrecido a recogerlos —contestó Humphrey, con mayor frialdad—. Soy el tío de James —añadió, como si lo considerase una fórmula mágica—. Si es tan amable de indicarme dónde…

—Tengo esta silla, y una mesita arriba.

La siguió por las escaleras que conducían a la planta superior, un poco violento al entrar en lo que, evidentemente, era su dormitorio. Con enojado ademán, Phoebe retiró el montón de libros que había sobre la mesita.

—Ésta es —dijo—. Y hay un par de cosas más.

Humphrey cargó con la mesita. No pesaba mucho, pero era engorrosa de llevar, al bajar por la estrecha escalera. Phoebe no se brindó a ayudarle, sino que permaneció en el vano, mirando hacia la mujer que estaba en el coche. En seguida se percató de que era Leonora Eyre, aquella fría y elegante figura del vestido malva, con el pelo recogido con un pañuelo de chiffon negro. Ocultaba los ojos tras unas gafas oscuras, pero entrevió su pálida mejilla y su bien perfilada boca. No tenía desde luego pinta de ser la tranquilizadora y maternal vecina de pelo gris, a quien había imaginado embalando los efectos personales de James; ni a tenor de la descripción que Miss Caton había hecho de ella, una persona de la familia, que hubiese podido ser perfectamente su tía. Ver a Leonora —que no conocerla, ciertamente— hizo que Phoebe percibiese una nueva dimensión en la vida de James. Una romántica relación con una mujer mayor. Eso explicaba muchas cosas. Menospreciándola, le colgó a Leonora la etiqueta de figura maternal que viene a reemplazar a la difunta madre; en lo que pudo haberse convertido la joven de la fotografía, de haber vivido hasta entonces. Se preguntaba si James y Leonora habrían hecho el amor alguna vez, pero era una idea demasiado desagradable para complacerse en ella. No cabía duda de que aquella alabastrina mejilla incitaba a que la besasen, y quizá eso le bastase a James.

El coche se alejó. Humphrey esbozó un apaciguador ademán a modo de saludo, en dirección a Phoebe —lo sentía por ella—, pero Leonora permaneció inmutable, sin volver la cabeza. Lo que no significaba que no hubiese mirado a Phoebe disimuladamente —ninguna mujer hubiese podido resistir esa tentación—, pero en aquel momento de triunfo prefirió no mirar a la joven a quien consideraba entonces como una rival vencida.