Murió la dulce paloma

Barbara Pym · Capítulo 19 de 26

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Murió la dulce paloma

Capítulo XVIII

Al día siguiente era sábado, pero la prometida visita de Ned no se produjo. James pensó que le habría dado pereza llegarse hasta tan lejos; y, en cualquier caso, le habría llamado antes por teléfono, que sonó una vez, pero se habían equivocado de número. Por la noche, James intentó leer un poco, pero no podía concentrarse. Notaba un ligero escozor en la garganta y se temía haber pillado un resfriado.

El domingo por la mañana lo despertaron las campanas de la iglesia, al tocar para el servicio religioso de las ocho. Era la iglesia a la que Miss Foxe solía asistir, le había dicho Leonora. Podía ver la torre sin moverse de la cama. Se volvió del otro lado y se quedó de nuevo profundamente dormido, soñando sobre todo lo que habían vivido con Ned en Portugal, hasta las nueve y media. Entonces se percató de que, en efecto, había pillado un resfriado y siguió echado, compadeciéndose y deseando que un alma caritativa le trajese una taza de té. Pero estaba seguro de que Leonora no querría molestarlo y, si quería té, tendría que levantarse de la cama y hacérselo él. Siguió holgazaneando un poco más, mirando en derredor de la habitación, admirado de cómo Leonora había dispuesto sus muebles y todos los demás objetos, mucho mejor de lo que lo hubiese podido hacer él. Sólo faltaba la cornucopia. ¿Se la habría prestado a Phoebe y se la habría ella quedado? No acababa de entenderlo, porque no lo podía recordar, pero, pachucho como estaba, no quiso darle más vueltas. Al incorporarse notó que se le iba un poco la cabeza. A lo peor no era un simple resfriado. Seguro que tenía fiebre.

Mientras preparaba el almuerzo del domingo, Leonora se percató de que arriba no se oía ni una mosca, sumamente sensible como era al menor ruido que procediese del apartamento de James, que, seguramente, estaba haciendo un poco el vago, se dijo indulgente. Aún era lo bastante joven como para levantarse tarde por las mañanas, algo que ella ya era incapaz de hacer. Le hubiese encantado subirle el desayuno — imaginaba la bandeja primorosamente preparada— y hablar sobre lo que decía la prensa del domingo. Pero no quería convertirse en un incordio, no fuese a ser «que diese la espantada». Se había limitado a subir de puntillas, hacia las ocho y media, a meterle los periódicos por debajo de la puerta. Quizá luego bajase a tomar una copa con ella, o cenasen algo. Entre tanto… la rutina dominical que, para Leonora, incluía dar una cabezada por la tarde, dormitando sobre un periódico o un libro. A cierta edad, necesitaba una descansar un poco, si quería estar fresca por la noche.

Justo al poco de dar las cuatro, Leonora se despertó y conectó la kettle para hacer té. Seguía in oírse ningún ruido en el apartamento de James. Quizá había salido, silenciosamente, mientras ella dormitaba. Qué extraña manera tenían ambos de subir y bajar, siempre sigilosamente, para no molestarse. ¿Sería ése el secreto de su perfecta relación?

Estaba tomando ya el té cuando llamaron a la puerta. Podía ser Humphrey, o su amiga Liz. Por si acaso, se empolvó un poco y se perfiló los labios antes de salir a abrir.

Era un desconocido, un joven rubio; quizá no tan joven, fijándose mejor, pero más joven que ella, y muy bien parecido y atractivo.

—Debe de ser usted Miss Eyre —dijo él—, Leonora… que es como siempre la he oído llamar, si no le importa. Jimmie me ha hablado mucho de usted.

Leonora se puso al instante en guardia. No habría sabido decir por qué, acaso por oír que llamaba «Jimmie» a James, aunque era más probable que se debiese a que el aspecto y el talante del joven le hizo pensar que aquel amigo de James no tenía nada que ver con ex compañeros de colegio como Jeremy o Simón.

—Lo siento, pero no está —dijo Leonora.

No era del todo mentira, porque —ahora que caía— estaba segura de haberlo oído salir mientras descansaba.

—Pues, qué lástima. Tenía que haberle llamado primero, por si acaso. Le dije que estaría en Londres este fin de semana. Qué se le va hacer —dijo Ned, como si fuese ya a despedirse—. Si es tan amable, dígale que ha venido Ned.

—Ah, entonces usted debe de ser el norteamericano que James conoció en el viaje.

—El mismo.

—¿Quiere pasar y tomar un té? —le preguntó amable Leonora.

Tuvo la intuición de que no debía dejar que Ned se fuese así, y de que debía aprovechar aquella oportunidad —acaso la única que tuviese— para averiguar algo sobre él.

—Sí, muchas gracias.

Ned pasó al recibidor, mirando hacia su reflejo en la cornucopia y deteniéndose en ella un instante.

El implícito antagonismo que había entre ellos se manifestó con tanta frialdad como educación; con un talante parecido al que presidió el breve contacto entre ella y la dependienta de la tienda, donde compró el regalo de cumpleaños para James. La diferencia estaba en que, en este caso, no cabían componendas por pura urbanidad. Iba a ser una confrontación en toda regla, con té de por medio, se dijo Leonora, haciendo acopio de tanto aplomo como pudo mientras sacaba otra taza y otro platito y le servía el té. La palabra que le había inspirado la visita —«confrontación»— no era de las que ella solía utilizar, pero le parecía muy apropiada mientras escuchaba la pausada voz del norteamericano, tan educado y encantador, de palabra fácil y agradable.

—Cómo le hubiese gustado a mi madre ver una casa tan acogedora —dijo él, mirando en derredor—. Le encanta todo lo inglés. Y qué porcelanas más bonitas tiene usted. Y el té. ¿Earl Grey, verdad?

Hablar de madres y de té podía ser muy tranquilizador, pero no por ello se disipó la incomodidad que sentía Leonora. Sabía, intuitivamente, que Ned era mucho más peligroso que Phoebe. Era algo que siempre le había dado pánico en su relación con James, y la parecía «injusto» tener que afrontarlo un domingo por la tarde, cuando rara era la mujer de su edad que no estuviese en horas bajas.

Y, encima, Ned la miraba de un modo un tanto extraño. La estaba midiendo de arriba abajo; paseando la mirada por su cara, su cuerpo y sus piernas; ni siquiera sus pies escaparon a su escrutadora revisión. Recordó cómo algunos hombres, sobre todo «los extranjeros», «te desnudaban con la mirada», como se decía antes, pese a que la mirada de Ned estaba totalmente exenta de sexualidad o de deseo. Sólo al cabo de un rato se percató Leonora del sentido de la mirada de Ned: estaba calculando lo que costaba su ropa y todo lo que la rodeaba: su peinado, su maquillaje, sus joyas y hasta sus zapatos.

Él, a su vez, debió de advertir que ella lo había notado y sonrió, inclinándose hacia adelante y tocando con la yema del dedo la manga de su blusa.

—¿Seda cruda? —dijo, con un quedo deje inquisitivo, que dio a sus palabras una siniestra implicación.

—Sí —repuso Leonora, haciéndose hacia atrás.

—Jimmie siempre me decía que vestía usted muy bien, y veo que estaba en lo cierto.

Eran palabras halagadoras, y a Leonora le gustaban los cumplidos, pero, por más encantador que se mostrase, aquel joven quería quitarle a James y no iba a permitírselo.

—Ha sido una suerte que tuviese usted un apartamento para Jimmie —dijo Ned, con suavidad—. Le ha venido de perilla. Me hablaba maravillas de su encantadora casa.

A Leonora no le hacía ninguna gracia la idea de que ambos hubiesen estado hablando de ella, como seguramente habían hecho. Quizá, a sus espaldas, James la criticase.

—Tengo entendido que está usted realizando un trabajo de investigación en el British —dijo ella.

—¡Mi condenada tesis! —exclamó Ned, con talante de enfant terrible—. A ver si la termino de una vez.

—¿Sobre qué versa?

—Es un estudio sobre algunos de los poemas menores de Keats.

—Vaya, Keats —dijo Leonora, con cierto alivio, al ver que se trataba de un tema familiar.

Pese a ello, Keats no figuraba entre sus poetas favoritos, y no habría podido recordar en aquel momento ninguno de sus poemas menores. Ned había cogido de la repisa de la chimenea una paloma de alabastro, un regalo que James le había hecho a Leonora, y la estaba acariciando. Leonora se fijó en lo pequeñas que tenía las manos.

—Seguro que debe de conocer su poema sobre la paloma —dijo él.

—Ah, sí, el de la paloma —dijo ella, aunque no lo recordaba.

Ned citó los dos primeros versos.

Yo tenía una paloma, y la dulce paloma murió; y la creí muerta de congoja…

—Ah, sí, aquel poemilla tan triste —dijo Leonora, al ver que se trataba de algo tan sencillo e inocuo, como si hubiese dado en suponer que sería complicado.

—Murió, sí —añadió Leonora—. ¿Quiere un poco más de té?

Ned le tendió su taza y siguió con el poema, arrastrando las palabras y dándoles un extraño énfasis.

Oh, ¿qué la acongojaría? Sus patas estaban atadas con un solo hilo por mi propia mano tejido…

—Tendría usted que ir a visitar la casa donde vivió Keats en Hampstead —dijo Leonora, un poco nerviosa, porque el inocuo poemilla había tomado luego otro sesgo, como si ocultase una oscura y extraña significación. Aunque, probablemente, eran figuraciones suyas, un poco ridículas.

—Podríamos ir los tres —añadió Leonora, con viveza—. No creo que James haya estado nunca.

—Me gustaría —dijo Ned, levantándose—. Debo irme ya. Me ha encantado conocerla. ¿Le dirá a Jimmie que he venido? —inquirió, fingiendo dudarlo, en son de broma.

—Por supuesto. Y tiene que venir usted un día a almorzar.

«Almuerzo», sí —que no «comida» como decían algunos—, que así era como había que llamarlo, felicitándose por la corrección del término.

—Me encantaría —dijo, con un leve parpadeo y una sonrisa, despidiéndose ya.

Leonora cerró la puerta y permaneció unos instantes apoyada en ella. Estaba temblando. Había resistido estoicamente el mal trago, pensó, y había sido inteligente por su parte sugerir que podían volver a verse, pero el poema seguía martilleando en su cerebro. ¿Sería así como los demás —acaso el propio James— veían su relación? Fue hacia la cornucopia, cual si buscase una autoafirmación, y se vio pálida y tensa. De pronto se sintió demasiado vieja para luchar, aunque, ¿se era alguna vez demasiado vieja para luchar por un amor? ¿No había que aferrarse a él con tanta tenacidad como a la propia vida? Siempre se había visto como una mujer débil, demasiado dependiente de los hombres —sobre todo de hombres como Humphrey—, necesitada de sentirse arropada en la cotidianeidad. Pero, en los momentos verdaderamente difíciles, era quizá más fuerte que ellos. Y, desde luego, más fuerte que James.

 

James había estado durmiendo casi toda la tarde y se despertó ya casi oscurecido.

Le había parecido oír que llamaban a la puerta, y la voz de Ned, pero, cuando trató de aguzar el oído, se dijo que debía de estar soñando.

Se levantó y se puso el batín. Sintió que se le iba un poco la cabeza, y necesidad de tomar algo, aunque no sabía qué. Fue hacia la puerta y la abrió, pensando bajar al apartamento de Leonora, pero no se oía nada, y se dijo que quizá hubiese salido.

—Leonora —llamó.

—Vaya, James, pensé que habías salido. ¿Es que has estado ahí todo el día?

—Sí, no estaba muy fino al despertarme, y me he quedado durmiendo. Creo que he pillado una gripe, o yo qué sé.

—Pobre James… Si lo llego a saber… ¿No has comido nada?

—No, no me apetecía. Y no tenía ánimos…

—Pues vuelve a la cama y te subiré algo.

Al subir Leonora con la bandeja, primorosamente dispuesta —sopa, tostadas, huevos revueltos y un racimo de uva negra—, James estaba arrellanado entre los cojines y ya se sentía mejor. Era esa hora de las tardes de los domingos en que las campanas empiezan a tocar a vísperas, una hora que puede ser muy agradable, o melancólica, según las circunstancias.

—Qué pronto oscurece ahora —dijo Leonora, acercándose a la ventana—, y los sicomoros se están quedando sin hojas. Hay una verdadera alfombra en el jardín.

—Las barreré en cuanto esté un poco más animado —dijo James, que detestaba trabajar en el jardín, pensando que era lo menos que podía hacer por ella.

Permanecieron allí, en agradable silencio, durante un rato, mientras James comía con pulcritud y Leonora estaba sentada en una silla junto a la cama.

—Ah, por cierto —dijo ella al fin—, ha venido una visita esta tarde.

Una visita… O sea que no lo había soñado.

—Tu amigo norteamericano, Ned.

—¿Ned? ¿Y qué está haciendo en Londres?

—Trabajando en el British, me parece. Dijo que ya lo sabías.

James sintió como un sofocón, ante el tono de Leonora, tan frío y exento del menor dejo de reproche. Hubiese preferido que le hubiese hecho una escena. No recordaba, en aquel momento, haberle hablado de Ned. Muy poco, en cualquier caso. En cierto modo era como si la hubiese engañado dos veces; primero con Phoebe y luego con Ned. Desvió la mirada hacia la ventana. Vio caer unas hojas del sicomoro. Ned, como todos los norteamericanos, le llamaba al otoño «la caída». Sintió el impulso de correr escaleras abajo y hundirse en aquellas hojas, en un extravagante ritual de ocultación, de «regreso al útero», o comoquiera que lo llamasen. Pero pensó en cómo se hubiese reído Leonora, y en su callada comprensión. Era inútil tratar de escapar de nada. Lo estaba apremiando a que comiese uva.

—Siempre habría que tener uva en casa —dijo ella—. La necesita una cuando menos lo espera.

—¿Y qué ha dicho Ned? —preguntó él.

—Oh, ha estado encantador. He pensado en invitarlo a almorzar con algunos amigos y presentárselos. Es un encanto.

Pero poco encantado, pensó James. Aunque, si Leonora lo agarraba por su cuenta, quién sabe. Podía deshacerse de él con la misma facilidad con que se había deshecho de Phoebe. Eso sin contar lo bien que lo había manejado a él. Con todo, no le parecía Ned tan fácil de manipular. Ned era de esas personas básicamente poco influenciables y podía ponérselo muy difícil a Leonora.

—Podríamos ser —iba diciendo ella— tú y yo, Humphrey y Liz. ¿Crees que debiéramos invitar a otra chica? ¿Qué te parece?

—A Miss Caton —dijo James, burlándose.

—¡Eres un demonio, cariño! Es una pena que Miss Sharpe se haya ido a Mallorca. Me hubiese gustado tener ocasión de conocerla mejor, y a Ned le hubiese encantado. Con lo que a ambos les gusta la literatura —James alargó la mano y cogió otro grano de uva. No le hacía ninguna gracia que Leonora hurgase en aquello, porque le hacía sentirse como un muñeco. Cerró los ojos, y se sintió aliviado al ver que ella optaba por no seguir y guardaba silencio.