Murió la dulce paloma

Barbara Pym · Capítulo 7 de 26

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Murió la dulce paloma

Capítulo VI

Cerca de donde vivía Leonora había un pequeño parque, donde ella le había pedido a James que se encontrasen para dar un paseo antes de cenar. Él había accedido sin excesivo entusiasmo; estaba cansadísimo, después de la paliza que se había dado en el pueblo, y habría preferido dejarse caer en una silla con una copa en lugar de patearse el deprimente parque con sus relamidos setos, y la ceñuda efigie — una especie de Peter Pan desportillado— que había en un extremo, y los árboles y la polvorienta hierba en el otro. ¿No tendría algo de pose que Leonora lo encontrase tan «agradable» y la efigie tan «atractiva»?

—Llegaste ya, querido… con un poquito de retraso. ¿Encontraste caravana o algún embotellamiento? Es que a estas horas…

James se inclinó a besarla. Aspiró un leve aroma a heliotropo, procedente de L’Heure bleu, que era el perfume preferido de Leonora. Se preguntaba si notaría ella algo distinto en su talante; una tenue fragancia en su persona, procedente de Phoebe, podía despertar sus sospechas. Pero entonces cayó en que Phoebe no usaba perfume y en que, además, él se había cambiado y se había bañado. Sus barruntos resultaban tan anacrónicos y ridículos como una novela de los años treinta.

—Sí había mucho tráfico, sí.

Se lo dijo con cierto sentimiento de culpabilidad, tratando de recordar lo que había hecho después de dejar a Phoebe. Había ido derecho a casa a arreglarse un poco para verse con Leonora, se dijo, tiñendo con un ligero cinismo su sentido de la honestidad. Ni siquiera había tenido tiempo de tomar una copa.

—Te sienta maravillosamente ese color —dijo, separándose un poco de ella para admirar el vestido color amatista que llevaba—. Tiene cierto toque otoñal.

—¿Quieres decir que parezco vieja? ¿Que estoy en el otoño de la vida?

—¡Qué voy a querer decir eso! Y, además, el otoño es una estación mucho más agradable que la primavera o el verano, mucho más agradable —dijo sonriendo, al utilizar a propósito su palabra favorita.

—¿Ha resultado bien tu visita a los anticuarios de los pueblos? —le preguntó Leonora mirándolo afectuosamente.

—Sí, bastante. Incluso pude haber comprado algo. Pero me interesaba sólo ver precios; y luego pasé por un pueblo donde organizan una de esas ventas de saldos, y fui a ella —dijo James, sin añadir más, temeroso de dar demasiadas explicaciones.

—¿Y encontraste algún preciado tesoro?

—Sólo un castillito de porcelana y, además, desportillado.

Algo así como Phoebe. Y Leonora, ¿a qué se parecía? ¿A una pieza de porcelana de Meissen sin tara? Sería divertido comparar a las amistades con antiguallas.

—No creo que a Humphrey le entusiasme mucho eso —dijo Leonora—. Estoy segura de que no espera que vayas a esas ventas de saldos, cariño.

—Ya lo sé. Entré por casualidad. Pero puedes estar segura de que, de haber ido él, encuentra algo especial. Tiene más ojo que yo —añadió James con cierto desconsuelo.

—No es justo que digas eso. Por algo fuisteis los dos quienes me echasteis el ojo, ¿no?

—Sí, claro, aquel día en Sotheby’s. ¿Y qué tal tu excursión con Humphrey esta tarde?

—¡Deliciosa! Hemos ido a Virginia Water. La arboleda, y las ruinas, tan antiguas; va mucho conmigo.

—Lo que me gustaría es pasear por uno de esos jardines de verdad bonitos —dijo James suspirando.

—Un giardino o jardín… el de la Estufa Fria de Lisboa, por ejemplo —dijo Leonora sonriendo—. Ah, aquel cómico profesor… ¿No te lo he contado?

Leonora había tenido experiencias románticas prácticamente en todos los jardines famosos de Europa, empezando por el Grossen Garten de Dresde, donde, siendo una colegiala, antes de la guerra, había conocido a un príncipe ruso. Pero tales encuentros no habían conducido a nada. Se había quedado soltera y casi se podría decir que virgen. Entre todos aquellos parques y aquel pequeño y polvoriento parque por el que entonces paseaban mediaba un abismo.

—Ah, y el de Isola Bella… con aquel árbol de enormes hojas… el Elefantenobren… —dijo riendo a carcajadas, al recordar algo que James no podía compartir.

—¿No crees que ya hemos paseado bastante por hoy? —dijo él, alzando la vista hacia los vulgares árboles en derredor—. Está oscureciendo… He oído un pito y parece que están a punto de cerrar. No vayamos a quedarnos encerrados.

—No te preocupes, el guardia es un encanto de hombre; más de una vez me ha abierto a mí. No hay por qué correr.

Pese a ello, James tuvo la sensación de que al buen hombre no iba a hacerle demasiada gracia tenerles que abrir. Debía de ser un «encanto», pero sólo con Leonora.

—Qué bonita es tu casa —dijo James, ya en las proximidades.

—Sí, ¿verdad? Y, ¿sabes?, creo que pronto podré comprarla. Así será realmente mía y podré hacer lo que quiera con ella.

—¿Y piensas comprarla con Miss Foxe incluida?

—Sí, pero sin desesperar de poderme deshacer de ella pronto.

Leonora lo dijo en un tono tan enérgico que James la miró sobresaltado.

—Ahí la tienes —susurró ella con aspereza, al trasponer la puerta de la entrada.

James vio a una mujer de pelo blanco, de frágil aspecto y de unos setenta años, que llevaba un vestido gris y un collar de lo que parecían perlas auténticas, subiendo trabajosamente por las escaleras cargada con una lata de petróleo.

—Permítame que se la suba —dijo James, corriendo hacia ella.

—Oh, qué amable. Pesa más de lo que pensaba —dijo la mujer, con una voz de persona educada, aunque algo aflautada.

—Pesa demasiado para usted —dijo James, en tono galante.

Y, luego, le dijo a Leonora que no estaba la mujer para esos trotes.

—Ah, cariño, es que tú eres muy considerado. Por eso te haces querer tanto — dijo Leonora con frialdad—. Pero, ¡la que organiza! Una lata de apenas diez litros no puede pesar tanto. Y, además, ¿para qué quiere el petróleo en esta época del año?

—Bueno, supongo que le resulta más barato que la electricidad o el gas, y por las noches todavía refresca.

—Vaya si refresca —exclamó Leonora en tono burlón—. Eso de utilizar petróleo es casi degradante; justo lo que hacen los negros, que estropean los radiadores y terminan por provocar un incendio. A mí me da pánico tenerla ahí arriba, por eso pienso deshacerme de ella en cuanto se le acabe el contrato.

James se mostró en desacuerdo. Un día también Leonora sería vieja, aunque, desde luego, no sería lo mismo.

—Hay que ser duro con la gente mayor —dijo Leonora—. Es la única manera; de lo contrario, se te pegan como una lapa.

—Dejemos ya de hablar de ella —dijo James, incómodo—. Creo que me he ganado una copa.

Minutos después, estaba tranquilamente sentado con un gintonic, escuchando complacido a Leonora, que le hablaba desde la cocina, mientras daba los últimos toques a la cena. Gustaban de contarse cómo les había ido la jornada, aunque sólo fuese por teléfono, pero James no podía ser tan explícito como de costumbre aquel día y se limitó a escuchar cómo Leonora le describía, con todo detalle, su excursión con Humphrey a Virginia Water. Además, tampoco le apetecía extenderse en explicaciones sobre la venta de saldos en el pueblo, y confiaba en que un par de ocurrentes observaciones bastasen para darle la réplica a Leonora, mientras saboreaba su copa y contemplaba la acogedora sala de estar.

Era un marco adecuado y agradable para ella, con aquel verde pálido de las paredes y las airosas plantas de interior; porque, por supuesto, a ella se le daban muy bien las plantas. Algunos de los muebles se los había regalado Humphrey, pero también James le había regalado algunas cosillas, «cariñosos detalles», como ella las llamaba, y también él los consideraba así, aunque fuese ella quien les hubiese puesto la etiqueta. La pasión de Leonora por los pequeños objetos victorianos hacía que, para James, resultase sencillo encontrar siempre algo con lo que expresarle su cariño.

—¡Espárragos! —exclamó él, al verla llegar desde la cocina con una fuente—. Y tempranos.

—Así que ya sabes —dijo ella—. Tienes que pedir un deseo.

James se azoró un poco, como suele ocurrir cuando le obligan a uno a expresar un deseo.

—Un deseo secreto, por supuesto, cariño —dijo ella, para no violentarlo.

Hubiese querido decirle que no tenía secretos para ella, pero no dio con las palabras adecuadas. ¿Qué tal sería una cena con Phoebe?, se preguntó cuando Leonora trajo el segundo plato, pollo al estragón.

—Tienes el guapo subido esta noche —dijo ella en son de broma—. A más de una le habrás quitado el sentido hoy, me parece a mí.

A una por lo menos sí, se dijo él un poco turbado. Incluso, muy a su pesar, se ruborizó, aunque ya estaba acostumbrado a que Leonora le gastase esta clase de bromas. A veces, casi parecía que James fuese una creación suya: el apuesto joven de quien todas se enamoran y que, sin embargo, seguía inexplicable y profundamente consagrado a ella, una mujer mucho mayor que él. Y James se sentía a gusto en ese papel, aparte de que era indudable que sentía verdadera devoción por Leonora. Pero ahora estaba Phoebe; ¿de verdad estaba? Y, desde luego, no entraba en los planes de Leonora para con él —si es que los tenía— que él fuese a consagrarse a una mujer más joven. Por otra parte, palabras como «devoción» o «consagrarse» no parecían adecuadas respecto de lo sucedido en el cottage de Phoebe aquella tarde.

James se sintió aliviado al volver Leonora de la cocina con una mousse de chocolate, uno de los postres favoritos de James, que ella solía hacerle. No tenía por qué darle vueltas a lo de Phoebe en aquellos momentos. Después tomarían café y escucharían música o charlarían. En ocasiones, James le hablaba de su infancia en Estados Unidos o le leía poemas, mientras ella jugueteaba con un tapetito de blonda y lo miraba con sus oscuros ojos azules por encima de la montura de sus gafas. Las gafas se habían convertido entre ellos en motivo de broma: «ve una a medias en esta edad-media».

Aquella noche, James llevaba consigo un catálogo de Sotheby’s, que informaba sobre una próxima subasta de muebles que él pensó que podía interesarle a Leonora. Leer catálogos era otro de sus entretenimientos favoritos y nada había que más le gustase a Leonora que oír la agradable voz de James leyéndole las sugestivas descripciones que hacían que imaginase los bellos objetos como si los tuviese delante: marquetería de palo de rosa, motivos de palmeras y de águilas reales… La poética evocación de las frases la sumía en una deliciosa confusión, sin apenas entender de qué objeto pudiera tratarse; sólo sabía que debía de ser un objeto muy deseable. Y que estaban pasando otra de sus «deliciosas veladas».