Murió la dulce paloma
Capítulo XIV
Deshacerse de Miss Foxe resultó sorprendentemente sencillo. Leonora le había dejado la carta sobre la mesa del vestíbulo de abajo, de manera que no pudiese dejar de verla, en lugar de arriesgarse a un embarazoso encuentro, si subía a echársela por debajo de la puerta. Después había salido a calmarse un poco y a prepararse para el mal trago, porque incluso ella —por más dura que pretendiese ser— se percataba de que echar del apartamento a una mujer mayor, y tan amable, no la iba a dejar indiferente. Dio un paseo por el sol en el parque, contemplando los arriates de heliotropos y fucsias y recordando los momentos que había pasado con James paseando por allí. Porque era por él por quien lo hacía y no por ella. Después de dar dos vueltas por el parque, se convenció de que había actuado bien, por lo que, al regresar a casa y encontrarse con Miss Foxe en el vestíbulo, lo hizo con la mayor presencia de ánimo, decidida a mostrarse firme, aunque no descortés, o por lo menos no más allá de lo necesario.
—Oh, Miss Eyre —exclamó Miss Foxe (porque nunca habían llegado a acortar las distancias llamándose por su nombre de pila)—, acabo de ver su carta. ¿Podríamos hablar?
—Por supuesto, Miss Foxe —dijo Leonora, aliviada al ver que no parecía excesivamente alterada—. Pase y tomemos un café —añadió gentilmente.
—Oh, gracias, Miss Eyre, hace usted el café de maravilla.
—Disculpe si mi carta la ha molestado —dijo Leonora, mientras le servía el café.
—Molestarme, exactamente, no. En realidad, ha sido casi un alivio. Porque hacía tiempo que no sabía cómo decirle si podía dejar el apartamento antes de que expirase el contrato, pues ya he encontrado «otro apartamento» —dijo, con una sonrisa a la que se unió Leonora—, y, como es lógico, estoy impaciente por ocuparlo en seguida.
Leonora casi se sintió decepcionada. ¿Dónde habría podido encontrar Miss Foxe un apartamento con un alquiler tan asequible para su economía?
—En St Basil’s Priory —prosiguió Miss Foxe, como si Leonora pudiese adivinar de inmediato qué era—. Es una preciosa casa de campo, habilitada como residencia para personas mayores, que atienden unas monjas anglicanas —añadió—, y me han admitido.
Lo decía en tono de mujer desvalida, pensó Leonora; «admitida» por las monjas.
—Ha quedado una plaza libre a causa de un fallecimiento, me explicó Mrs Ainger, a quien usted no conoce, claro. El caso es que tengo la plaza y me gustaría irme la próxima semana.
—¿Y qué hará con los muebles? —le preguntó Leonora, pensando en Humphrey —. Supongo que querrá venderlos, ¿no?
—Ah, no. Puedo llevarlo todo conmigo. Voy a disponer de dos habitaciones sin muebles.
—Ideal para usted, ¿no?
—Sí. La verdad es que estoy encantada de la coincidencia. Al decirme usted en su nota que esa persona que regresa del extranjero no tenía adónde ir, me dije que era como si todo hubiese sido providencialmente dispuesto de antemano… —dijo mirando al techo—. Yo creo en esas cosas, Miss Eyre…
Pues, vete tú a saber, a lo mejor tenía razón, se dijo Leonora, pensando en James.
—Y hay calefacción central. Así no tendré que preocuparme más de esas pesadas latas de petróleo, siempre pendiente de que el del reparto no se olvide de pasar. Recuerdo lo amable que estuvo su sobrino aquella vez, cuando me la subió hasta arriba. Siempre tengo presente ese detalle, al pensar en tanto gamberro y en tanta violencia como hay por todas partes. No es muy corriente encontrar jóvenes así, ¿no le parece?
Por un instante, Leonora se sintió desconcertada. ¿Tan joven parecía, de verdad, su «sobrino»? Pues, si era así, tanto mejor.
—¿Tiene ya alguien que le haga la mudanza? —le preguntó—. Conozco a uno de confianza.
—Ya está todo arreglado —dijo Miss Foxe, con evidente satisfacción—. Dos hermanos legos vendrán con la furgoneta.
Leonora se quedó de piedra.
—Sí, es que también hay monjes. No viven juntos, claro, pero están muy cerca. Y ayudan a las hermanas en reparaciones y cosas así. Fíjese, uno de los hermanos legos era mozo de cuerda antes de ingresar en St Basil’s.
—Qué cosas —exclamó Leonora.
No cabía duda de que aquello le iba de perilla, pero confiaba en que la llegada de los dos hermanos legos con la furgoneta no fuese demasiado aparatosa, haciendo que toda la operación pareciese un poco ridícula y la pusiese en ridículo a ella.
El día fijado para la mudanza, Leonora tuvo la suficiente presencia de ánimo como para mirar por la ventana, convenientemente oculta tras las cortinas. Uno de los hermanos legos era guapísimo, una verdadera lástima, le hacía pensar a una; mientras que el otro, probablemente el que había sido mozo de cuerda, era bajito y fornido. Leonora estuvo observando cómo cargaban las cosas de Miss Foxe en la furgoneta, fijándose sobre todo en los jarrones chinos a los que Humphrey les había echado el ojo. Una vez estuvo todo cargado, Leonora bajó a la entrada a despedirse. Ahora ya podía permitirse ser amable y se mostró de lo más encantador, deshaciéndose en buenos deseos para Miss Foxe en su nueva vida. Le daba un poco de apuro que Miss Foxe tuviese que ir en la furgoneta con los hermanos, porque la imagen que daban los tres allí delante, con Miss Foxe en medio, era un tanto extravagante. El caso es que ya se había ido. Eso era lo importante. Y ahora la casa sería muy distinta.
Leonora no pudo resistir la tentación de correr escaleras arriba y entrar en el vacío apartamento, imaginando todas las cosas de James colocadas en las habitaciones, porque entonces podía ya reconocer sin tapujos, en su interior, que tenía la intención de que James fuese a vivir bajo su techo. Eran las circunstancias las que la habían inducido a tomar tal decisión; y la ansiedad —el desconsuelo, casi podríamos decir— había quedado desechada, con todo el trajín de la mudanza de Miss Foxe. Pero también empezó a darle vueltas a lo que Humphrey le había dicho, pensando que debía tomárselo en serio y ver qué podía hacer. A juzgar por la descripción que Humphrey había dado de la joven, la cosa le sonaba un poco sórdida y de poca monta; la clase de relación de la que, sin duda, James debía de avergonzarse y que debía de significar bien poco para él. Porque nada podría interponerse en su relación, en aquella extraña y maravillosa amistad. No le cabía a Leonora duda alguna. Con todo, sentía curiosidad por la joven. Sabía que James le iba a prestar algunas de sus cosas a alguien de un pueblo, pero no le había dado mayor importancia. ¿Sería ese alguien la tal Phoebe Sharpe? Sería fácil averiguarlo en cuanto dispusiese el traslado de los muebles de James al vacío apartamento. Además, así se ahorraría James lo que costaba el guardamuebles, pudiendo tenerlo todo en su casa. Ya elegiría él la decoración a su regreso.
El encargado del guardamuebles se mostró muy solícito —Leonora ya lo había clasificado de «persona amabilísima»— y le dio la dirección de la joven a quien habían enviado parte de los muebles. Y, tal como era de prever, se llamaba Phoebe Sharpe.
¿Qué hacía? ¿Le escribía anunciándole su visita, o se presentaba de improviso? En los pueblos la gente siempre está en casa. Así vería por sí misma «el lugar del crimen» de James, por decirlo cargando un poco las tintas.
Leonora, por supuesto, no tenía coche, ni quería recurrir a la ayuda de Humphrey en tal ocasión. Quería ir sola; llegar anónimamente en tren o en autocar. Tenía algo de placentera aventura viajar en los autocares de la Green Line, pues, por una afortunada coincidencia, había uno que paraba en el pueblo. Una vez allí no le sería difícil dar con Vine Cottage.
Leonora fue la única persona que se apeó del autocar en el pueblo. Mediaba la tarde y hacía un tiempo caluroso y soleado. No se veía un alma, como si estuviese en Italia, o en España, y todo el mundo durmiese la siesta. Y, como no pudo encontrar a nadie para preguntarle el camino, empezó a caminar lentamente por la ancha calle mayor, hasta llegar a la iglesia. Al ver lo que tenía toda la pinta de ser un cottage, asomando de una fronda, fue hacia allí, y llegó hasta una verja junto a la que pendía una descolorida placa de madera con la inscripción «Vine Cottage».
Así que allí era. A ojos de Leonora parecía una casa desvencijada, casi mísera, lo menos parecido a lo que ella pudiera haber elegido para vivir. Con todo, el umbrío jardín y las ventanitas rebosantes de airosas rosas constituían un marco ideal para un romance. Y se echó a temblar de tal modo que tuvo que detenerse un momento, con la mano apoyada en la verja, para ordenar sus ideas. Se anunciaría diciendo que era la amiga de James que se había encargado del embalaje de sus muebles, que él iba a regresar de un momento a otro y que los iba a necesitar. Y, a partir de ahí, a ver qué pasaba.
La puerta tenía un picaporte de bronce deslustrado que representaba un delfín. Era una pena que Miss Sharpe no hiciese los metales más a menudo, pensó Leonora, al levantarlo para llamar. Y no es que el jardín no necesitase también una buena mano. Probablemente la parra debía de estar en la parte de atrás, porque allí no se veía ni rastro.
«Soy Leonora Eyre», se dijo, mientras aguardaba a que saliesen a abrir, para infundirse valor y seguridad. Volvió a llamar al cabo de un instante, pero tampoco contestó nadie. Entonces empujó la puerta y se abrió. Qué poco precavida era la gente en los pueblos, pensó, al advertir que también todas las ventanas estaban abiertas, como si ladrones e intrusos no les inspirasen el más mínimo temor.
Dio con una pequeña salita de techo bajo, oscura y fresca, que contrastaba con el soleado exterior. Estaba muy desordenada.
«¿Hay alguien?», se aventuró a llamar, porque Miss Sharpe podía estar arriba, o en la parte de atrás. Pero nadie contestó. Optó entonces por sentarse, porque estaba muy cansada. Incluso había confiado en que la invitasen a tomar una taza de té, aunque, dadas las circunstancias de su visita, no era muy probable, aparte de que el aspecto del interior de la casa no hacía pensar en una invitación tan convencional. Casi todo el espacio de la salita lo ocupaba una mesa redonda, sobre la que había una máquina de escribir, montones de libros, papeles y cartas, un lío de ropa lavada, seca, pero muy arrugada, y restos de comida: una hogaza, queso, mantequilla y un tazón a medio llenar, con un líquido marronoso. Y, presidiéndolo todo, había un gato atigrado, enroscado y durmiendo. Adosado a una de las paredes había un sofá, con muchos cojines de chillones colores, discos de gramófono y más libros. Resultaba difícil, por no decir imposible, imaginar a James en semejante marco, y Leonora empezó a afirmarse en lo que creía evidente —entre otras cosas porque no se veía rastro de sus muebles—, en cuanto a que no había, realmente, nada entre James y Phoebe Sharpe. Cierto que Phoebe había estado en la tienda de Humphrey, y había hablado de James como si de un amigo íntimo se tratara, pero puede que Humphrey hubiese llegado erróneamente a esa conclusión. De ahí que Leonora optase por reservarse cualquier opinión hasta conocer a la joven.
Leonora se levantó y miró en derredor. Se fijó en una lámpara hecha con una botella de vino y sonrió, al recordar que James había tenido una, hasta que ella, entre bromas y veras, le había aconsejado que la tirase. No había cuadros ni objetos que pudiesen dar alguna idea sobre cuáles eran los gustos de Phoebe Sharpe, a excepción, posiblemente, de los libros. Leonora abrió uno de ellos; era un libro de poesía, pero sin las gafas no podía leer. Había marcado un punto con un sobre en el que se veía la inconfundible y ampulosa caligrafía de James. No necesitaba gafas para identificarla. Le produjo una fuerte impresión ver una carta de James dirigida a otra persona, y se quedó allí unos instantes, con la carta en la mano, dudando entre abrirla o no. Por supuesto que estaba muy mal leer cartas ajenas, y ella no era de la clase de personas que hacen estas cosas, pero, dadas las circunstancias, teniendo en cuenta la estrecha relación que la unía a James, y en contra de todos sus principios…
Entonces se oyeron unos golpecitos en la puerta. Leonora volvió a meter rápidamente la carta entre las páginas del libro y adoptó el talante de quien aguarda pacientemente, aunque sin que le pasase inadvertido que difícilmente iba a ser Phoebe quien llamase a su propia puerta.
—Ah… ¿No está Miss Phoebe? —exclamó una mujer alta y rubia, de aproximadamente la misma edad que Leonora, a la vez que entraba.
Leonora se levantó y ambas quedaron frente a frente.
—También yo venía a verla, pero al parecer no está —dijo—. Soy Leonora Eyre —aclaró, pronunciando al fin las mismas palabras que había pensado decir, para infundirse ánimo y seguridad, cuando Phoebe saliese a abrir.
—Rose Culver —correspondió la mujer, en tono casi desafiante.
Leonora recogió el guante midiéndola de arriba abajo, fijándose en cómo iba vestida: vestido de algodón, sin medias, y zapatillas de lona. ¿Había que vestir forzosamente así en un pueblo? No por ello carecía Miss Culver de un sello de distinción, si cabe invocar la literalidad para decir que era el típico sello de la solterona inglesa.
—Un amigo mío le prestó a Miss Sharpe algunos muebles —explicó Leonora— y he venido a verla para concretar sobre la devolución. Estoy amueblándole el apartamento a mi amigo y lo va a necesitar todo.
—¿Y ha hecho todo este viaje sólo para eso? —inquirió Miss Culver, como si le sonase extraño—. ¿No podía haberle escrito o telefoneado?
Leonora no estaba acostumbrada a que le enmendasen la plana, ni a que la criticasen, e iba ya a replicar con acritud cuando Miss Culver suavizó su actitud, refiriéndose a lo calurosa que era la tarde e invitando a Leonora a tomar una taza de té en su propio cottage.
—Oh, es usted muy amable… —repuso Leonora, vacilante—. ¿Cree que Miss Sharpe volverá esta tarde?
—Es probable que haya ido a Londres y que no regrese hasta la noche. ¿Quiere dejarle una nota?
—No, ya le escribiré al volver a casa.
Las cosas no habían ido, ni mucho menos, como Leonora esperaba, y no veía nada claro cuál debía ser el siguiente paso a dar. Por supuesto no podía hacerle ninguna confidencia a Miss Culver, pero, como se moría por un té, aceptó de buen grado entrar al cottage de al lado; que la dejase pasar a «lavarse las manos»; que le diese una de esas toallas bordadas reservadas para las visitas, y que la acomodase luego en un sillón con toldillo y escabel en su precioso jardín. Incluso fue tan amable Miss Culver de preguntarle si prefería «Earl Grey» o «Darjeeling».
Leonora se recostó y cerró los ojos. La verdad es que, en muchos aspectos, el campo era muy agradable, y Miss Culver parecía una buena mujer. Incluso puede que hubiese sido mejor que Phoebe Sharpe no estuviese en casa. Era mucho más digno no llegar a conocerla y, después de ver en qué estado se encontraba su salita, no le apetecía ni poco ni mucho.
Miss Culver le sirvió el té y le ofreció una finísima rebanadita de pan moreno cubierto de mantequilla.
—Delicioso —musitó Leonora—. Qué amable ha sido.
Después de su segunda taza de té, Leonora hizo una discreta insinuación para ver si Miss Culver conocía a James.
—Ah, vienen muchos jóvenes a ver a Phoebe Sharpe —dijo Miss Culver, desenfadadamente—. Pero no sé cómo se llama ninguno.
A Leonora esto le pareció tranquilizador, y se sintió un poco aliviada. Quizá James no era más que uno de tantos.
—Es muy amigo mío —dijo—, íntimo.
—Lo malo con los hombres es que nunca sabe una a qué atenerse. Cuando más cerca crees tenerlos dan la espantada.
Leonora se sobresaltó, preguntándose si habría oído bien. Por un instante las dos solteronas se miraron de una manera que venía a decir: ¿y qué sabrá ella de lo que es tener cerca a un hombre? Pero la embarazosa conjetura duró sólo un instante. Leonora se rehízo enseguida, concluyendo que Miss Culver era, evidentemente, una de esas excéntricas mujeres que viven solas y que no siempre se percatan de lo que dicen.
—Qué huerto más bonito —le comentó—. No he visto nunca un perejil tan hermoso.
—Sí, no es fácil que crezca por aquí. ¿Quiere llevarse un poco?
—Es una tentación, sí, gracias. Pero tendré que irme ya a tomar el autocar.
—Es el 54. Entre semana no va lleno, pero a mí también me gusta llegar con tiempo. Saldré a indicarle dónde está la parada.
Qué gris y corriente le parecía entonces Miss Culver, mientras caminaban juntas, con el ramito de perejil que Leonora portaba con tal elegancia que parecía un exótico complemento de su indumentaria. En el autocar le estuvo dando vueltas al inesperado comentario de Miss Culver, sobre eso de que los hombres «dan la espantada» cuando más cerca crees tenerlos. Le costaba reconocerlo, pero, a veces, sentía cierto desasosiego cuando no veía a James, y la relación de éste con Phoebe Sharpe —con independencia de que fuese más o menos importante— le demostraba que su ansiedad estaba justificada. No es que ella pensase que James fuese «como todos», desde luego, ni que pudiese verlo con los mismos ojos que otras. No podía, por ejemplo, pensar en casarse con James, aunque era divertido juguetear con la idea. «Vivir apaciblemente en Londres», leía una a veces, «muy apaciblemente» incluso. Porque no cabía duda de que en la vida —y en la literatura— no faltaban precedentes de esta clase de matrimonios. Y entonces recordó a Humphrey, echándosele encima aquella noche, de una manera que a James no se le habría ocurrido siquiera imaginar…
Al llegar a casa, le escribió una nota a Phoebe acerca de los muebles, explicándole que los necesitaban, y proponiéndole una fecha para la recogida. Sólo unas líneas, frías pero educadas, que, sin duda, surtirían el efecto deseado.