Murió la dulce paloma

Barbara Pym · Capítulo 17 de 26

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Murió la dulce paloma

Capítulo XVI

—Pero, Jimmie, ¿estás seguro de que sabes lo que haces?

La ansiedad aflautó aún más la voz de Ned, de tal manera que, unida al runrún del avión, hizo que James tuviese la sensación de que un mosquito revoloteaba alrededor de su cabeza.

—Por supuesto —repuso algo enojado, diciéndose que estaba por ver si Ned era de los que siempre saben lo que se hacen—. Simplemente, me parece lo más conveniente, hasta que encuentre nuevo apartamento. En algún sitio tengo que vivir…

—Pero con Leonora, y en la misma casa… Jimmie, tienes que mostrarte firme con ella y no dejar que manipule tu vida. Hazme caso; luego podría serte muy difícil despegarte. Eres demasiado bueno, y podrías creerte obligado a ella. ¿Y entonces qué?

James no contestó, y ladeó la cabeza, desviando la mirada hacia la ventanilla. Estaban cruzando un banco de nubes grises, adentrándose en uno de esos lluviosos días del otoño inglés.

Como a Ned lo habían ido a esperar al aeropuerto sus amigos de Oxford en coche, James fue hasta Cromwell Road en autobús, a solas con sus pensamientos, viendo a través de la ventanilla la lluviosa y desapacible tarde. Le había comprado un cartón de cigarrillos a Phoebe en el avión, para dárselo a la primera oportunidad. Era consciente de que no era un regalo muy personal —quizá hubiese quedado mejor con unos afiligranados pendientes, o con un azulejo portugués—, pero ya era tarde para enmendarlo. El trayecto, bajo un cielo encapotado y entre descuidados campos, lo sumió en una profunda melancolía, como debía de ocurrirles a otros viajeros con vidas menos complicadas de lo que la suya era entonces. Ned, Leonora, Phoebe… Sus nombres acudían a su mente en este orden. ¿Cómo iba a encajar todas las piezas? Ni siquiera estaba seguro de querer que encajasen. Más o menos, ya se había distanciado de Phoebe, y, si no la veía para darle los cigarrillos, quizá ella tampoco diese señales de vida, como había ocurrido con otras. ¿Pero podría prescindir de Leonora?

Al apearse del autobús vio que Leonora estaba esperándolo, con un impermeable iridiscente como las alas de un bonito insecto. Al ser él quien la vio, y no a la inversa, pudo sorprenderla un instante con cara de preocupación, avejentada. Y sintió una lacerante mezcla de amor y de compasión por ella.

—¡James!

Al verlo se le iluminó la cara. Era tan halagador como turbador pensar que verlo pudiese operar tal transformación.

—Tengo un coche esperando. Así que podemos ir derechos a casa.

No era un taxi corriente, no, sino uno de lujo, inidentificable como taxi, que había alquilado especialmente para ir a recibirlo.

A casa, pensó él, imaginando su viejo apartamento con todas sus cosas por el medio. Pero ir a casa significaba entonces ir al apartamento de la planta superior de la finca de Leonora, en el que había vivido Miss Foxe y en el que nunca había entrado. Puede que no supiese muy bien «lo que hacía», pero, ¿cómo hubiese podido rehusar? Y, además, tal como le había dicho a Ned, era sólo temporalmente.

—Está por decorar, claro —le previno Leonora—, porque lo he dejado para que lo pongas tú a tu gusto.

—Precioso —musitó James.

Estaba mucho mejor de lo que había imaginado. Leonora había arreglado maravillosamente, por así decirlo, a base de crisantemos y margaritas, la sala de estar.

—¡Oh, es estupendo que estés de vuelta! —exclamó Leonora, impulsivamente, rodeándolo con sus brazos.

James la abrazó a su vez y, por un instante, permanecieron entrelazados plácidamente. Después James desvió su atención hacia la ventana, contempló los árboles y los tejados.

—¿Y por qué esos barrotes?

—¿Qué, cariño? Ah… Esto debió de ser la leonera de los críos en otro tiempo. Nunca me había fijado, aunque maldita la falta que hacían los barrotes con Miss Foxe aquí arriba. Haré que los quiten, si te producen claustrofobia.

James rió a medias.

—Vas a estar absolutamente independiente, que conste —dijo Leonora—. Mañana vendrán a instalar el teléfono, de manera que no podremos curiosear en nuestras llamadas.

—Supongo que tendrás que hacerme contrato —dijo James, entre bromas y veras.

—Bah, creo que con domiciliar los recibos va que arde, ¿no te parece? Menos papeleo. Total, igualmente voy a sacarte el dinero. Le he preguntado a Humphrey qué alquiler cree él que debo cobrarte. Porque ten en cuenta que el contrato de Miss Foxe no era indefinido.

—¿Y el mío sí?

—¡Totalmente indefinido, cariño!

Fueron entonces hacia el dormitorio.

—Más flores —dijo James—. Desde luego lo has dejado todo precioso.

—Sí, me gusta ese jarrón con rosas tardías junto a la cama.

¿Había un dejo de ironía en la frase de Leonora? James empezó a barruntar, con cierta incomodidad, la posible significación de las rosas, porque Leonora no era tan directa como Phoebe. Entonces se fijó en la mesilla de noche.

—¡Pero si es la que le presté a una persona! —exclamó—. O, por lo menos, eso creía.

—Sí… Pero está de vuelta —dijo Leonora, en un impasible tono divertido.

—Oh, pero yo no querría…

¿Qué significaba aquello?

—Me pareció que te haría falta y fui a por ella.

James se sentó al borde de la cama, derrotado.

—Oh, no te pongas así, cariño. ¿Qué más daba? ¿No crees?

James asintió con la cabeza, ante el horror que le produjo el inexpresado perdón de Leonora. Ni siquiera tuvo valor para preguntar si ella y Phoebe habían llegado a hablar, y temblaba ante la sola idea.

—Primero pensé en una cena fría, pero al final te he hecho una de mis sopas —le estaba diciendo Leonora—, sólo porque es el primer día. Humphrey quiere que vayamos luego a tomar café y unas copas. Pero deja que primero te enseñe tu cocina, donde podrás hacerte esos deliciosos guisos à la française.

 

Al día siguiente, James fue ya a trabajar. Todo parecía tan tranquilizadora como deprimentemente igual. Las salas de subastas no habían reanudado todavía su actividad después del paréntesis del verano, y lo único que hacía interesante el trabajo era que, de vez en cuando, entrase algún cliente.

James bajó aquella mañana casi de puntillas desde su apartamento, para no molestar a Leonora, pero no se oía ni una mosca. Acaso injustificadamente, pensó que Leonora no debía de estar muy presentable por la mañana. Sólo una jovencita podía resultar favorecida en bata, despeinada y con ojos de sueño. Aunque Phoebe siempre parecía tener el mismo aspecto, recordaba, salvo cuando iba a verlo a Londres y hacía esfuerzos por vestirse adecuadamente.

—Hay un paquete para usted —le dijo Miss Caton, con voz cantarina.

Había tomado sus vacaciones en plena canícula y la apergaminada piel se le había puesto como un salmonete. Y, al traer el consabido café liofilizado de media mañana, en aquellas vergonzantes tazas blancas de un dedo de grosor, se notaba que ardía en deseos de contárselo todo de pe a pa.

Pero estaba preocupado y distraído, recordando que al día siguiente era su cumpleaños y sospechando que el paquete era de Phoebe.

Era un libro, una antología de poesía contemporánea. ¿De quién podía ser si no? No había tarjeta ni nota que indicase quién era el remitente. Ni siquiera se atrevió a hojearlo, temiendo encontrar algo que lo turbase.

—Es un libro, ¿verdad? —preguntó Miss Caton—. Oh, de poesía —añadió en tono declamatorio—. Me ha dicho Mr Boyce que hoy no va a venir, ya que aún no han abierto las salas de subastas. Una norteamericana parece interesada en esas figuras de bronce. A lo mejor vuelve. Dice Mr Boyce que la atienda usted, a ver si se decide.

—¿Qué tal sus vacaciones, Miss Caton? —dijo James, que no tenía muchas ganas de trabajar—. ¿Ha hecho un tour en autocar, no? Interesante. ¿Por dónde ha estado?

Miss Caton respiró profundamente y empezó a contárselo. James escuchaba sin demasiada atención, haciendo de vez en cuando algún comentario apropiado. Pero, al cabo de un rato, empezó a tomarle gusto al monótono y detallado relato del viaje en avión a París, el recorrido en autocar por Francia y Suiza, y la visita al lago Maggiore. Miss Caton le describió con la mayor elocuencia el mal rato que le dio el estómago a su amiga, y el desagrado de ésta hacia el catolicismo europeo, conviniendo al fin ambos en las excelencias de las comidas sencillas y saludables, y de la Iglesia Anglicana.

Al atardecer, James empezó a verse regresando ya al apartamento de la casa de Leonora y preparándose la cena en la cocina. Como al día siguiente era su cumpleaños, cenaría sin duda con ella, pero, ¿qué se iba a hacer hoy para cenar? ¿Se compraba algo para hacer en casa? ¿Un poco de carne a la parrilla y un trozo de pizza? Porque no iba a ponerse a hacer un curry, ni a freír cebolla ni pescado. No podía impregnar de semejantes olores la elegante escalera de Leonora. Al final pensó que sería mucho más sencillo cenar fuera, meterse luego en el cine y llegar a casa sobre las once, sin hacer ruido, para no molestar a Leonora, caso de que ya se hubiese acostado. ¿Debía quizá llamar a su puerta para darle las buenas noches? Sería agradable tomar una tacita de té-jazmín con ella. Pero, justo al acercarse a la puerta, oyó una carcajada y la voz de la amiga de Leonora, Liz, diciendo sarcásticamente: «Pero, querida, no son precisamente sentimientos maternales los que puede inspirar un hombre así».

¿Sobre qué y sobre quién estarían hablando? ¿No sería de él, eh? Se sintió desplazado de antemano de aquella conversación, y algo molesto por lo que le pareció un poco de doblez por parte de Leonora.

 

Pero, por supuesto, al día siguiente por la noche, las cosas transcurrieron de modo distinto. Mientras Leonora trajinaba en la cocina, James estaba sentado frente a la mesa de hierro esmaltada de blanco del patio, tratando de escribirle una carta a Phoebe. Tenía que darle las gracias por el anónimo envío del libro, proponerle una cita, hacer algo para tranquilizar su conciencia. Además, algo tendría que hacer con el cartón de cigarrillos que le había comprado. Miraba displicentemente las flores que a Leonora parecían crecerle incluso cuando no era la época: begonias, dalias y una segunda floración de rosas. Se preguntaba si las uvas de la parra de Vine Cottage estarían ya en sazón, o si era de esas parras bordes.

Notó que algo se movía detrás de él y vio que era Leonora, que le traía algo de beber. Llevaba un vestido negro, de chiffon le pareció que era. Había ido a la peluquería y unos bucles caían sobre sus mejillas; un peinado quizá demasiado joven para ella, pero que le sentaba bastante bien allí en la penumbra.

—Si apenas se ve ya —dijo ella—. Toma, le he puesto un poco de ginebra.

James había tapado automáticamente con la mano la hoja de papel, en la que aún no había escrito más que la fecha y el encabezamiento: «Queridísima Phoebe».

—¿Una carta difícil? —preguntó Leonora en tono comprensivo.

—Imposible diría yo —repuso él suspirando.

—Sí, a veces hay cartas que se le resisten a uno. Pero déjate de cartas en tu cumpleaños. Puedes escribirla mañana, ¿no?

James musitó algo ininteligible.

—Puede que ni siquiera sea necesaria —prosiguió Leonora—. El silencio es a veces lo mejor.

—Sí, supongo que sí.

Lo iba a dejar correr de momento. Si Phoebe lo amaba, lo comprendería y, si no, ¿qué importaba? Arrugó la hoja y se la guardó en el bolsillo. No era cuestión de dejarla por allí.

—¿Listos pues para festejar el cumpleaños?

—Claro —dijo James, levantándose y entrando con ella en el salón.

—Mira: éste es tu regalo. A ver si te gusta.

La radiante expresión de Leonora se le contagió mientras desenvolvía el paquete. Y allí estaban: aquellos dos preciosos jarrones que había admirado en un escaparate una tarde, mientras paseaba con Phoebe, y, en otra ocasión anterior, con Leonora.

—Eres demasiado buena conmigo. No sé cómo agradecértelo.

—Con un beso me basta —dijo Leonora desenfadadamente.

Se inclinó a besarla en la mejilla y le tocó el enlacado pelo, que daba la sensación de estar hecho de una extraña sustancia.

—Son preciosos, querida. ¿Te acompañó Humphrey a comprarlos?

—No, quería que fuese un secreto. Ya sabes cómo es Humphrey. No es por criticarlo, pero esa manía suya de regatear hasta el límite… No sé, ir a comprar en compañía de un anticuario la cohíbe a una.

Sí, porque, además, lo más probable era que su tío conociese al otro anticuario, pensó James. Sentía escalofríos sólo con pensar que Leonora era capaz de gastarse tanto dinero para su regalo de cumpleaños. Con todo, al ver los jarrones de nuevo, ya no le parecieron tan bonitos como la primera vez que los vio. Tenía algo de enfermizo aquel color y le parecían un poco recargados. Al contemplarlos entonces se sentía como… (como un niño tenía que ser, forzosamente) que se hubiese atiborrado de pasteles, o de cualquier otra golosina. Contristado, se sentó a la mesa dispuesto a dar cuenta de su deliciosa cena de cumpleaños.