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Iceberg Slim · Capítulo 9 de 27

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5. La fauna de la jungla

 

El Ford amarillo corría como un convicto fugado. Llegamos a Chicago en dos horas. Nos inscribimos en un hotel de los suburbios, cerca de las calles Veintinueve y State. Sacamos nuestras cosas del maletero del coche.

Eran las diez de la noche. Me lavé un poco la cara. Le dije al retaco que se quedara tranquila. Salí a dar una vuelta para echar una vistazo por la ciudad.

Puse en marcha el limpiaparabrisas. Caía una nevada de finales de marzo. Más o menos a un kilómetro del hotel vi a unas cuantas putas haciendo la calle.

Aparqué y me metí en un bar en medio del meollo. Apestaba a perro muerto. Era un garito de yonquis. Me senté a tomar una botella de cerveza; no me fiaba de los vasos.

Un piquero con cara de caballo derrengado se sentó en una banqueta libre a mi derecha. Su consorte se sentó a mi izquierda. Éste tenía cara de zorro amarillo. Vi por el rabillo del ojo cómo me estudiaba. Chasqueó los dedos. Volví la cabeza bruscamente hacia él.

—Hermano, tienes más suerte que una rata en una cloaca —dijo—. ¿Qué talla de sombrero y de traje gastas? Me llaman Red el Trapos. Ponte de pie, hermano, para que pueda tomarte medidas. Tengo una pila de ternos fardones tirados de precio.

Me pongo de pie sin quitarle ojo. Me mira de arriba abajo. Me desabrocha la chaqueta. Me tira de las solapas y entonces me vuelve hacia el caracaballo y casi me hace caer. Tuve que pedirle disculpas de medio lado. Algo borroso pasó detrás de mí. Fue tan rápido que no podría jurar lo que vi. Más tarde descubriría lo que había pasado.

Caracaballo me enseñó los piños, se bajó de la banqueta y salió trotando por la puerta. Miré al consorte.

—¿Me has calibrado ya, socio? —le dije—. ¿No tendrás alguno negro de mohair?

El consorte me sonrió como una raposa, ajustándome la corbata.

—Mira, flaco —me dijo—, los tengo en mohair azul y negro, puedo maquearte igual que en el Saville Row de Londres. ¿Quieres el azul también? Por ser para ti, sólo voy a clavarte cincuenta machacantes por el par.

—Venga tío, vamos a pillarlos —le contesté.

De pronto se le puso cara de susto, como si yo fuera a abrir una puerta y pillar a su madre cagando en mi sombrero. Empezó a alejarse despacio hacia la salida, diciéndome:

—Mira, hermano, no te conozco lo suficiente para fiarme de ti. Tengo que cuidar de mi mercancía. Sería una putada que vinieras conmigo a por ella y luego me dieras el palo, ¿no te parece? No, flaco, tú tranqui. Volveré con los ternos dentro de veinte minutos. Toma un pavo y tómate algo a la salud de Red el Trapos.

Pedí otra cerveza. Tenía que matar de alguna forma esos veinte minutos. Necesitaba esos trajes.

Después de una hora supuse que a Red el Trapos le habrían trincado o algo parecido.

Le pregunté a la gorda de detrás de la barra por dónde andaban los garitos de gente fina. Nombró unos cuantos y me dio algunas direcciones. Mi cuenta ascendía a ochenta centavos. Dejé una propina de veinte y me fui al Ford.

El deflector de la ventanilla que daba a la acera estaba abierto. Lo habían forzado y por ahí habían quitado el seguro de la puerta.

Entré. Me acordé de que la bisutería del retaco estaba guardada en la guantera. La abrí. Algún hijoputa había levantado la tapa de cartón por debajo. No habían dejado ni un miserable zarcillo.

Arranqué el motor y puse las luces. Había dejado de nevar. Los faros iluminaron a una puta yonqui con cara de Drácula meando acuclillada en la cuneta. Sonreía con delicadeza hacia el resplandor sin enseñar los dientes, como si se tratase de una starlette saludando al público en el estreno de su película.

Aceleré el motor. Se levantó despatarrada, mostrando una raja sarnosa y roja, su coño. Sujetaba la parte delantera del vestido entre sus codos desgastados. Se abrió aquella ratonera con sus dedos largos y negros invitándome a entrar.

Pasé rozándola como un rayo y gritó:

—¡Vuelve aquí negro de mierda! Si sólo es por un pavo.

Conducía por las calles cubiertas de nieve derretida. Las luces de los semáforos eran halos macilentos en la tiniebla.

Pensaba: «No puedo dejar al retaco en un sitio como ése. Tengo que encontrar a alguien que me informe».

Crucé cien manzanas. De repente, un enorme anuncio rojo de neón parpadeó a través de la oscuridad. Ponía: La Gallera del Diablo. Era uno de los garitos que había nombrado la gorda del antro de yonquis.

Había un montón de Lincolns y Cadillacs horteras aparcados unos contra otros. Ocupaban como una piara todo el aparcamiento del lado de la calle al que daba La Gallera. Aparqué enfrente. Salí del Ford y crucé la calle.

Alcancé la acera y me dirigí al garito. De los altavoces de un chiringuito de costillas y pollo a la brasa salían potentes melodías soul del Bird, del Eckstein y de la Sarah. En la calle había más movimiento que en un hormiguero negro. Una marabunta de chorbos y gachís tope maqueadas pululaba por la rúa.

El jumeo a pollo y a costilla de la barbacoa me hizo la boca agua. Estuve a punto de entrar para apretarme un tentempié. El letrero decía: Paraíso de Costillas Creole Fats. No llegué a hacerlo.

Una silueta larga y cheposa se puso en mi camino. Cantaba entre dientes como un hechicero vudú. Indicó la entrada de una tienda. La ventana estaba embadurnada de pintura azul.

—Dentro los tiran, bien y fuerte. Pasta gansa apilada come harina en masa. Hostias, amigo, estás de suerte. Hazte rico con el once y con el siete. Como te lo digo, amigo. Entra rápido y echa a correr. Doña Fortuna es una zorra que no se la deja meter —me incitó.

Su abrigo era un antigualla sin costuras a cuadros verdes. Tenía los zapatos negros hechos polvo y rajados. Le asomaban juanetes abultados a través de las rajas. Apestaba como la basura de un traficante de bazofia. Había algo que me sonaba mucho en aquella jeta fantasmal de perro basset más amarillo que una banana.

—No estoy de ánimo para tirar los dados, socio —dije—. Dime, ¿no te conozco?

Sus ojos itinerantes querían salirse de las órbitas. Recorrieron mis hombros buscando a otro primo por la acera. Su calva reflejaba la luz de la farola como un pequeño lago amarillo.

—Amigo, no voy a ponerte una pistola —dijo—. No puedo obligarte a que entres a ganar pasta. Eres demasiado joven para conocerme, chaval. Puede que hayas oído hablar de mí. Soy Preston el Guapo. Les hacía cantar blues a las putas por las noches, en mis tiempos de rufián. ¿Quién eres tú?

Su nombre saltó como una chispa en mi memoria. En otro tiempo solía conducir un deslumbrante La Salle negro. Yo le había lustrado los zapatos en la época de la tintorería.

Por aquel entonces era tan atractivo y elegante como un Valentino cuarterón. Recuerdo los diamantes que llevaba. Brillaban y relucían en sus dedos, en los puños y pecheras de sus camisas. Pensé: «¿Seguro que éste es aquel dandy? ¿Qué le ha pasado?». Y le dije:

—Preston, te conozco. Soy aquel chaval que solía lustrar tus zapatos de Stacy allá en la calle principal. ¿No me recuerdas? Ahora soy chulo. Seguro que fuiste un chulo de la hostia entonces. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es que estás de gancho para esta timba de dados?

Sus ojos marrones y apagados miraban perdidos al infinito. Probablemente estaba rememorando sus gloriosos días de rufián. Suspiró y me echó el brazo por encima del hombro. Crucé con él el umbral de la cueva de los dados.

El fuerte tufo a sudor de los jugadores me golpeó en la nariz. Nos sentamos en un sofá raído en la oscura antesala de aquel tugurio. A través de un tabique e escuchaba el tintineo de las monedas de plata. También se oí el seco carcajeo de los dados burlándose de los primos que maldecían e imploraban triunfos.

—Claro que me acuerdo de ti, chaval —me dijo—. Dios, cómo has crecido. Debo de estar haciéndome viejo. ¿Cómo te llamas? Sabes, chaval, desde que vine a esta puta ciudad, hace doce años, he tenido una suerte de perros. Le estoy echando un cable como gancho a un socio que regenta la timba. Qué hostia, él me necesita más que yo a él. Un día de éstos voy a sacar el gordo, o hacer saltar la banca. El nombre del viejo Preston volverá a sonar. ¿Cuántas chicas tienes?

—Me llamo Slim Lancaster, pero todos me llaman Young Blood. Blood para acortar. De momento sólo tengo una, pero con todas las putas que hay por aquí en un mes las tendré a punta pala. He llegado esta noche a la ciudad. Quiero poner a mi chica a currelar. Voy a pillar unas costillas aquí al lado, en cuanto vuelva tienes que ponerme al día con las calles. Es que no he probado bocado desde el mediodía. ¿Quieres que te traiga algo?

—Si quieres, Blood, tráeme un cuarto de Old Taylor de la bodega de la esquina —me dijo—. Te pondré al día, aunque no creo que te guste el último rollo de la película.

Qué gustazo volver al aire fresco. Entré en el garito de las costillas y encargué una ración. Me fui hacia la esquina pasando por delante de La Gallera.

Me acerqué de puntillas y eché un vistazo al interior a través de las persianas. Había mucho follón allí dentro. La barra circular estaba atestada de chulos, putas y blancos.

Un tío flaco con señales de quemaduras en la jeta lideraba el combo. Trataba de imitar el estilo y el tono del Bird. Su rostro moreno se ennegrecía congestionado al soplar el cuerno.

Al fondo, en una pista de baile del tamaño de una alfombra, parejas de todos los colores bailaban al ritmo de «Pisoteando en el Savoy». En las banquetas alineadas a lo largo de la pared había blanquitas a la caza del fruto prohibido.

Sus pálidas faces resaltaban en la penumbra roja. Las largas cabelleras se sacudían contra los hombros con el meneo de las cabezas. Reían medio borrachas con sus amantes negros.

Aparté los ojos de la ventana. Seguí hacia la esquina para pillar la botella de Preston. Se me metió en la cabeza que después de charlar con Preston tenía que entrar en La Gallera. Estaba a unos veinte metros de la esquina cuando le vi, en medio de un pequeño gentío. Su enorme sombrero blanco sobresalía medio metro por encima. Era un gigante de color marrón nuez.

A medida que me acercaba, distinguí sus dientes blancos como la nieve, los gruesos labios crispados de rabia, los anchos hombros agitándose. Estaba pisoteando algo. Parecía un bailarín maquillado ejecutando la danza del fuego o un elegante pisador de uva de Sicilia.

Me metí como pude entre la gente para poder ver desde la barrera. Se le oía gruñir. Su faena le estaba haciendo sudar la gota gorda. La gente reía nerviosa y excitada como la turbamulta de Salem ante la ejecución de una bruja.

Era una bruja negra. Tenía facciones de muñeca y ojos achinados como los de una geisha.

La brisa fresca le sacudía la base del abrigo. Los músculos de los muslos tensaban los pantalones de su terno de doscientos dólares.

Pateaba una y otra vez el pecho y la barriga de la bruja con sus zapatos del cuarenta y siete. Ella estaba fuera de combate. Tenía la mandíbula desencajada y por la comisura de su boca destrozada brotaban espumarajos rojos.

Finalmente la levantó del pavimento. Parecía un bebé entre sus brazos. Los ojos de él estaban extrañamente húmedos. Se abrió paso a través del gentío hacia un Cadillac púrpura que había junto al bordillo. Iba mirando la cara inconsciente de la chica, mascullando:

—Nena, ¿por qué?, ¿por qué tengo que hacerte esto?, ¿por qué no te limitas a follar en lugar de beber y tontear con los primos?

Sin dejar de sostenerla con ternura, se detuvo y abrió la puerta delantera del Cadillac. La depositó en el asiento del copiloto. Cerró la puerta y rodeó el auto hasta el lado del conductor. Se metió dentro y el Cadillac se perdió rugiendo en la noche.

La gente se dispersó. Me volví hacia un tipo de mi edad. Tenía los ojos como pasmados. Estaba fumando un gángster. Le dije:

—Si llega a aparecer la pasma, fijo que a ese pavo le echan el guante.

Retrocedió un paso, mirándome como si fuera un monje tibetano recién llegado a la ciudad.

—Tú debes ser el Rip Van Winkle del cuento ese que me han contado. Él es la pasma. Es de antivicio. Le llaman Veneno. Es chulo y tiene nueve putas. Esa tía era una de ellas. Se había emborrachado con un primo.

Entré en la bodega. Eran las doce y cinco. Pedí la botella. El dependiente la puso sobre el mostrador. Me abrí el abrigo para sacar la cartera que tenía en el bolsillo de atrás del pantalón. Ahí llevaba doscientos pavos en billetes de cinco y de diez. También tenía cinco de cien dentro de una petaca de tabaco pinzada a mis calzones, en los huevos.

Toqué con mis dedos el fondo del bolsillo derecho. ¡Vacío! Estaba convencido de haber guardado ahí la cartera. Busqué en el bolsillo izquierdo. ¡También vacío!

En unos segundos mis manos sudorosas palparon y exploraron media docena de veces por todos los bolsillos. El dependiente estaba ahí de pie entretenido con el numerito. Su zarpa peluda se llevó la botella lejos de mi alcance.

—¿Qué pasa, amigo —me dijo—, es que alguna guarra te ha levantado la cartera mientras se la metías, o es que te la has dejado en los otros pantalones?

Yo me rebanaba los sesos. Repasaba cada escena y cada movimiento de esa noche. Estaba hecho un lío, aturdido.

—Qué va, tío, te has colado —le dije—. No soy ningún julái. Me acabo de dar cuenta de que me he dejado la viruta en Marte. Te veré a la vuelta.

Cuando salí, se quedó meneando la cabeza. Crucé la calle hacia el Ford. No es que fuera a buscar mi cartera por los asientos, sino que iba a sacar uno de los billetes de cien que tenía en los cojones.

Recordé la escena en el antro de yonquis. Volví a ver el latigazo de la serpiente de cascabel. Por primera vez me percaté de la mirada de satisfacción en la jeta del jamelgo. Sí, el Zorro me había enganchado bien por los huevos para que el caracaballo hiciera lo suyo.

«Yendo como van por la vida esos hijos de puta, si no se forran, fijo que es porque se los han cepillado», pensaba.

Desde aquel día, hace treinta años, hasta hoy, no he vuelto a guardar la viruta en la cartera.

Pillé la botella. Volví corriendo a por mi ración de costillas. El viejo Preston estaba de nuevo en la calle pescando primos. Le indicó a un menda la entrada a la timba, dándole una palmadita en las posaderas al capullo reticente. El julái se metió para dentro. Al verme se me acercó cojeando. Hasta ahora no me había fijado en su cojera. Sonrió cuando le di la botella.

—Gracias, chaval, ¿quieres estrenarla? —me dijo.

—Qué va, tío, es toda tuya —le dije—. Voy a por mis costillas y ahora mismo vuelvo ahí dentro a charlar contigo.

Al volver, Preston tenía sus quesos putrefactos apoyados encima de una silla. Tropecé con sus alpargatas cutres, que estaban junto al sofá. Me senté. Aquellos pinreles apestaban como un enfermo terminal de cáncer. Hasta un chulo principiante como yo tenía que tener el estómago de hierro. Desenvolví las costillas y me las zampé.

—Supongo que habrás visto a ese chulo machacando a la puta en la esquina —me dijo—. Se llama Veneno, es el segundo rufián de la ciudad.

Con la boca llena de grasa picante, le dije:

—Sí, para mí que estaba muerta. Digo yo que la habrá ingresado en el depósito. ¿Cómo puede montárselo a dos bandas? ¿Y cómo puede haber alguien por encima de un animal tan bestia?

Empinó el codo, vaciando la botella. Después me dijo:

—¡Qué va a estar muerta! Antes del amanecer, estará poniendo el culo en remojo. Es el negro más importante de la brigada antivicio de la ciudad. Su negocio no molesta a los barandas blancos, siempre y cuando no le ponga la mano encima a ningún blanco. Veneno es un buen chico comparado con el Dulce Jones. El Dulce es el número uno de los chulos negros del país.

—Preston —le dije—, quiero ser tan grande como el Dulce. Quiero que mi nombre suene como el suyo. Quiero ser tan hábil como para manejar a un centenar de putas. Anda, cuéntame cómo puedo entrarle al Dulce para enterarme de una vez de cómo funciona el cotarro.

En aquella semioscuridad vi cómo le colgaba inerte la mandíbula amarilla. La cara de perro se le torció de lado, incrédula y perpleja. La jeta se le había desencajado como si le hubiera dicho que me apetecía metérsela. Estaba en el sofá lívido como un fiambre.

—Pero, chaval, ¿es que te has metido un chute o algo parecido? El Dulce está más pirado que un rebaño de lunáticos. Tú nunca vas a sonar tan fuerte como él, a no ser que a ti también se te vaya la olla. Ha matado a cuatro mendas. No es humano. Tiene a todos los negros de la ciudad cagados de miedo. Sus putas le llaman señor Jones.

»Odia a los niñatos. No puedo presentártelo, chaval, me caes bien. Tienes buena planta y me parece que eres inteligente. Voy a contarte algo. Puedes creértelo o no, tú verás.

»Llegué a esta ciudad hará doce años. Era tan guapo que hasta mi culo te habría servido como cara de domingo. Me traje a cinco putas. Con los paletos me lo había montado de la hostia chuleando. Sólo tenía veintiocho años cuando vine.

»Quería entrarle al Dulce, igual que tú. Lo tenía fácil, siendo tan guapo y cuarterón como era. También tenía tres preciosas putas blancas en mi establo. Lo que no sabía es que el Dulce aborrecía a los blancos y a los cuarterones.

»Se tiró un año enseñándome su sonrisa de dientes de oro. Llegó a convencerme de que sentía afecto por mí. Ya por entonces era un auténtico liante, iba de yonqui. Se metía conmigo, me llamaba pureta. Me empeñé en parecerme a él a toda costa, así que me enganché a la heroína.

»El hábito me jodió el cerebro. Sólo quería chutarme heroína y ponerme a gusto. Como buen colega, se ocupó de que mi establo funcionara. Al principio, para mis putas sólo era el tío Dulce, pero a las seis semanas ya nos estaba dando órdenes a mí y a ellas. Tiró mi prestigio por los suelos, destrozándome delante de ellas, y se quedó con mi establo.

»Una mañana, estaba vomitando a morir. El Dulce me estaba torturando. Llevaba veinticuatro horas sin traerme jaco. Envuelto en una manta, pasaba de estar frío como un témpano a ponerme al rojo vivo. Cuando llegó, estaba arrastrándome desnudo por el suelo, despellejándome con las uñas hasta sangrar. Se plantó allí en medio deslumbrándome con el colorao de su dentadura.

»El Dulce me dijo: “Tranquilo, hijoputa amarillo, guapetón. Ha habido una espantada. No he podido pillar nada hasta esta mañana. Te he traído cien micras que le he pillado a los macarroni en su barrio. Para que veas lo que te quiero, jugándome el cuello de esa manera, yonqui de mierda. Vaya putada, me acabo de dar cuenta de que cuando estás de mono eres casi tan negro como yo. Cómo me gustaría que el blanco hijo de puta de tu padre pudiera verte ahí de rodillas, suplicándole que te quite las penas a este puto negro, negro de verdad”.

»El Dulce me tendió la bolita de celofán. Estaba demasiado débil para cogerla.

»Le dije: “Por favor, Dulce, prepárame el pico. Tengo la chuta en la corbata a rayas que hay en el armario. Dulce, si no te das prisa, la voy a diñar”.

»Todo yo era un dolor bestial con calambres. Se acercó al armario con lentitud. Se puso a registrar la corbata como si no encontrara nada. Se lo pasaba pipa haciéndole sufrir a aquel negro cuarterón.

»Le grité: “Dulce, si la tienes en la mano, ¡está ahí! ¡Ahí, ahí!”.

»Al final el Dulce sacó la chuta por la costura de la corbata. Para cuando la preparó no podía ni chutarme. Tendí el brazo sobre la alfombra, le supliqué con los ojos que me hiciera un torniquete y me chutara.

»Cogió mi cinturón de los pantalones de la silla. Me lo ató por encima del codo. Mis venas sobresalían como cuerdas azules. Me pinchó en la vena del antebrazo. El tubo de cristal se volvió rojo. Yo estaba ahí tirado, muriéndome de frío, esperando que el caballo echara a coces el dolor y el sufrimiento que había en mí.

Preston se detuvo a respirar. De su cabeza calva brotaban gotas de sudor. Ai contarme la historia turbulenta del Dulce, la había revivido de verdad.

Me chupé el pringue picante de los dedos. Arrugué la bolsa grasienta de papel haciendo una bola y la lancé a una papelera que había al otro extremo del sofá. Me limpié las manos y la boca con un pañuelo.

Los dados de aquella timba debían tener un doctorado en estafa. Cada diez minutos aparecía un pringao que salía de la oscuridad con gesto de derrota.

—Dios, sí que tiene sangre fría ese zorro del Dulce —le dije—. ¿Qué pasó después de eso?

—Aquel chute me quitó la fiebre y el dolor. No es que estuviera en condiciones de enfrentarme a quince asaltos con Joe Louis, pero me sentía mejor. El Dulce estaba en medio del cuartucho observándome. Por fin conseguí ponerme de pie, aunque sentía las piernas débiles. Ahí quieto y desnudo le dije: «Dulce, sé que me has quitado el establo. Sé que he sido un gilipollas de primera, pero creo que por lo menos tendrías que darme uno de los grandes. Tengo que desengancharme de este vicio en el que tú me has metido. No quiero ser plasta, pero me tienes que pasar esa viruta».

»Durante un buen rato, el Dulce se limitó a estar ahí como un Buda negro. Por un momento pensé que me iba a pisar el culo como si fuera una puta. Me echó una sonrisita pérfida. Cogió el albornoz que había a los pies de la cama y me lo puso por encima de los hombros. Entonces me dijo: “Cielo, yo no te he quitado ninguna puta. Si no es por mí, a esas guarras se las habría llevado el viento. Me tienes a mí, yo soy tu puta. ¿No prefieres que sea yo el que tenga a las tuyas en vez de algún hijoputa al que no le puedas pedir un favor? Claro que te voy a pasar esos mil pavos. Hasta te voy a devolver a esa zorra amarilla con dientes de conejo. Pero si yo te amo, cielo mío”.

»Entonces le dije: “¿Cuándo me vas a dar esa pasta, Dulce? Necesito saber una fecha determinada”.

»Me contestó: “Mira, cielo, la tendrás antes de mañana por la mañana. Te traeré también a la de los dientes de conejo. Hoy, antes del mediodía, te mandaré un cuarto de gramo, así que no tienes por qué sudar. El Dulce está de tu parte, dulce amor”.

»Me acarició bajo el mentón y se fue. A las once llegó el mensajero con el cuarto. Por un momento llegué a creer que el Dulce sólo era una rata a medias.

»Al mediodía dos polis tiraron la puerta abajo. Yo estaba volado y en pijama. Encontraron la heroína y me encerraron por posesión. Me cayeron cinco años. Me comí el mono a pelo en la cárcel provincial. Luego pasé tres años y nueve meses en la estatal.

»En la trena perdí el pelo, los dientes y el encanto. Un preso me metió un pincho en las tripas. Por eso cojeo y tengo que mear por este tubo que llevo aquí. Desde entonces no he tenido una puta.

Preston se atragantó.

—Bueno, chaval —continuó—, ¿aún quieres tirar por ese camino y entrarle al Dulce?

Aparté mi cara de la suya. Se estaba secando las lágrimas con la manga. Yo estaba perdido de puro gilipollas. A pesar de una historia como ésa, seguía muriéndome de ganas por pillar la vía rápida.

Esa película sólo había servido para aumentar mi deseo de conocer a ese zorro de hielo, al Dulce. Si hubiera sido listo, me hubiera montado en el Ford y habría salido pitando de vuelta al pueblo. Pero pensaba: «El Dulce odia a los cuarterones y a los blancos. Yo soy tan negro como él. El retaco también es negra. El Dulce nunca querría una puta negra. No tengo nada que temer. No tengo nada que pueda interesarle. Tengo que encontrarle y comerle el tarro. Tengo que tomar el atajo para llegar a ser un gran chulo».

Le dije:

—Al infierno con lo de presentarme al Dulce. No estoy chiflado, pero tengo que buscarme la vida aquí. Sí, Preston, ya veo que has tenido lo tuyo. Lo siento mucho, tío. Cuando esté sacando kilos del puterío, haré algo grande por ti. Ya es hora de que te cambie la suerte. Ahora dime cuál es el mejor punto para plantar el género.

—¿Quieres estrellarte de cabeza, eh? ¿Qué clase de género tienes?

—Negra, dieciocho tacos, mona, tetona y de tres direcciones —le dije.

—Blood, esta calle en la que estamos es el mejor sitio para un género de ese tipo. Lo único malo es que está plagada de chulos desesperados, hambrientos de putas. También tendrías que tener a tu chica manteniendo a raya a media docena de potentes furcias tortilleras que andan por ahí. Son tan machotas como cualquier chulo bestia. Tienen formas muy curiosas de liar a una puta joven y bonita. Si no la tienes bien metida en cintura, te levantarán a la chica en un pispás. ¿Hace cuánto que la tienes? ¿Qué coche tienes?

—Hará una semana, pero la tengo bien pillada —le respondí—. Esa zorra está loca por mí. Nadie me la va a quitar. De momento, tengo un Ford.

Echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír. Pensé que se le había ido la olla. Estuvo más de un minuto muriéndose de risa. Cuando paró, tenía las mejillas llenas de lágrimas.

Me dijo:

—Blood Lancaster, Joven Flaco, Dizzy Willy o como quiera que te llames, si todavía no te has enterado de que un chulo nunca tiene a una puta bien pillada, no te quedes en la ciudad. ¿Tú te crees que una puta se puede enamorar de un chulo? Tú qué vas a ser un chulo. Esos hábiles negratas te levantarán a la zorra en cuanto la dejes. Cualquier camarero o botones de por aquí es mucho más chulo que el más bueno del campo. No tienes ni planta ni clase. Aquí, hasta los limpiabotas van en Cadillac. Vas a ver cómo te desaparece la chica por arte de birlibirloque. Sal de la ciudad y móntatelo de chulo en cualquier pueblucho. Vete a la Costa Oeste. Hazme caso, no estás preparado para quedarte aquí.

Dejó de rajar. Se quedó ahí mirándome, esperando que saliera pitando por la puerta rumbo a Villapaletos. Estaba convencido de haberme acojonado. Se pitorreaba de mí, pero eso me ponía los dientes aún más largos. Pensaba: «¿Qué se habrá creído este pringao lisiado que he venido a hacer aquí? Sé que soy un patoso, pero no pretendo pasarme la vida siendo un patoso. Estoy decidido a llegar tan alto y a ser casi tan hábil como el Dulce, el baranda de los chulos. Si pierdo al retaco no se va a acabar el mundo. Lo que pasa es que este llorica ha dejado que el Dulce acabe con él».

—Mira, Preston, tengo muchos cojones —le dije—. No soy ningún maricón. He estado en la trena dos veces. Me he comido un par de condenas duras pero lo he aguantado. Yo creo que mi puta me quiere a su manera. Estoy convencido de que la tengo en el bote. Si me equivoco y la pierdo, qué más da. Pase lo que pase, no pienso rendirme. Aunque me quede ciego, voy a ser chulo. Si me cortan las piernas, iré en silla de ruedas a buscarme una puta. O soy chulo o que me den por muerto. Me niego a ser un pringao en este mundo de blancos. No puedes convencerme para que no me lo monte aquí. Sé que puedo tener mi manojo de coños para traficar. Ya me enteraré de lo que aún no sé. No le tengo miedo al Dulce. Le entraré y le comeré el tarro como un buitre carroñero.

Un tío cachas con la cara marcada entró por la puerta. Me serené. Pasó a nuestro lado y cruzó por la puerta al otro lado del tabique. Preston se calzó los calcos. Estaba nervioso.

Le pregunté:

—¿Quién es ese grandullón? ¿Es de la bofia?

—Ah, es el dueño de la timba, viene a controlar la caja y la pasta —me dijo.

—O sea, ¿que tú y tu socio sois machacas del Griego?

Antes de que me pudiera contestar, el Griego volvió a aparecer. Preston se estaba poniendo el abrigo. El Griego se detuvo, se le quedó mirando y le dijo:

—No te pago a cinco la noche por apalancar el culo. Puedo conseguir a más de cien chavales dispuestos a pillar esos cinco y el colchón de la parte de atrás. Como no espabiles, te van a salir carámbanos en el culo, ahí en los callejones. Sal ahora mismo a la calle a buscar primos y tráelos aquí.

—Sí, señor, señor Nick, pero no llevaba ni un minuto ahí sentado antes de que usted llegara. Sabe que nadie puede atraer a un primo mejor que yo.

Evité los ojos de Preston cuando salimos a la calle. Sabía lo que iba a ver. Me daba lástima. Saqué del bolsillo un billete de diez. Lo doblé y lo dejé caer en el interior del bolsillo de su abrigo raído.

—Gracias, Blood, puede que me haya pasado contigo —me dijo—. Puede que tengas cojones para la vía rápida. Vas a necesitarlos. Buena suerte, chaval.

—Gracias por la información, Preston —le dije—. Dentro de seis meses tendrás que sujetarte los ojos. A partir de mañana por la noche, me voy a mover por esta zona. No hay quien pare a un pisafuerte. No te preocupes si el Griego te da la patada, yo te buscaré un sitio.

Repasé mi fichero mental y me acordé de La Gallera. Mi reloj de Mickey Mouse marcaba la una y media. Enfilé hacia el garito. Sólo llevaba tres horas y media en la ciudad y enterarme de lo poco que sabía ya me había costado doscientos veinte machacantes. Para un palurdo medio listillo ser un cabezota era cosa fácil. Desde luego, lo que había aprendido me había costado una fortuna. Pensaba: «Tengo que usar la cabeza como una esponja. Mis ojos y mis orejas serán esponjas absorbentes. Tengo que enterarme de todo acerca de putas y engaños. Tengo que descubrir los secretos de ser chulo, como sea. No quiero ser un gigoló del culo como los chulos blancos. Voy a amarrar de verdad a esa puta. Voy a controlar su vida y hasta sus pensamientos. Voy a hacerles ver a todas que Lincoln jamás liberó a los esclavos».

En La Gallera seguía habiendo follón. Me apalanqué en la banqueta sin respaldo que había en el centro de la barra. Una mexicana vestida de rojo satén me trajo un ponche Planter color rosa.

El combo se aceleraba tocando «Té para dos». A través del largo espejo de la barra podía ver a mi espalda, en un reservado, a un negro muy feo metiéndole mano a una blanca con cara de ángel. Con la otra mano tocaba la zambomba dentro del bolsillo. La pava tenía los ojos cerrados. Su diadema de bisutería era como un halo de pasteleo. Se mordía el labio inferior como si estuviera en pleno viaje celestial vagando en el reservado.

Las esponjas de mis orejas empezaron a absorber. Un tipo maqueado estaba pelando la pava con otro menda que había a su lado. Le estaba diciendo:

—Quiero que me devuelvas mis trescientos pavos. Desde que me la vendiste, esa puta bonita no ha levantado ni tres primos. Esa puta se muere. Está hecha polvo, no puede ni patear la calle.

—Tío, te vendí el género tal cual. No soy responsable de actos divinos —dijo el vendedor.

—Para divino, mi culo. Sabías que esa furcia estaba podrida por dentro y que necesitaría una operación de al menos uno de los grandes. Venga, dame doscientos cincuenta y quédate con la puta —dijo el comprador.

—¿Qué quieres, darme el palo? La zorra estaba entera cuando te la pasé — respondió el vendedor—. A lo mejor me la quieres dar con queso. Igual te has pasado zurrándole a la zorra, dejándola en malas condiciones. No la quiero ni por un pavo.

—¿No me dirás que no es una putada? Vamos, que me he dado el tocomocho yo soiito. Me he dejado trescientos machacantes en una perra negra con un pie en la tumba.

—Tengo que ir a buscarme la vida, tío —continuó el vendedor—. No tengo tiempo para buscártela a ti. Pero, para que dejes de darme la plasta, voy a darte un poco de cuartel. Hay un prostíbulo al norte en el que hay movimiento de macarronis. No se dejan más de cinco pavos por barba, pero hay tropecientos. Los fines de semana hacen cola en la acera. Todo lo que tienes que hacer es pillar unas pastillas, ponerla presentable y llevártela allí. No le hará falta andar. Sólo tiene que tumbarse y, mientras pueda respirar, estarás sacando viruta. Tío, puede que te dure lo suficiente como para reinvertir parte de la pasta para recomponerla del todo y aun así haber sacado beneficio.

»Esa furcia es negra y bonita. No tiene mucho kilometraje. Los italianos se vuelven locos por las negras. Colega, te estoy dando cuartel. Si te mola, llámame al mediodía. Mientras tanto llamaré allí. La madame y yo nos entendemos muy bien. Está hecho que mañana mismo puedas encontrarle allí un hueco a tus penas.

El comprador dijo:

—Tío, sabes que merezco que me eches un cable. Haré lo que sea con tal de amortizar esa perra. Te llamaré a las doce. Venga, ya no estoy mosqueado contigo. Vamos a celebrarlo por ahí. Te invito a un par de rondas.

Se levantó, golpeando la barra con los nudillos. La linda mexicana se acercó para cobrarle, quedándose frente a él con una sonrisa.

El vendedor vació su vaso y se puso de pie, echándose sobre la barra para mirarle por el escote. Yo no dejaba de guipar por el rabillo del ojo.

—Son doce dólares. La suya son siete y la de su amigo, cinco —dijo ella.

—Invito yo —dijo el comprador—. Toma estos veinte y quédate con el cambio, señorita vas-a-ser-mía. Dime, nena, ¿ese mendigo que te trajo cuando viniste a trabajar esta noche era tu padre? ¿No te da miedo que yo pueda echarte un poco de sal y pimienta y comerte cruda?

—No, no es mi padre, es mi marido y no es ningún mendigo. Llevaba puesta la ropa de faena. No está bien comerse a la gente, además la gente no es comestible. Gracias por la propina. Vuelvan cuando quieran —contestó ella.

El comprador se desternilló de risa mirando al techo. De los pelos de la nariz le colgaban copitos de polvo blanco. Iba cargado de heroína hasta la coronilla, vía nasal.

Ella no dejaba de sonreír. Sus grandes ojos negros se achinaron con furia latina. Se volvió hacia la caja, la abrió de un golpe y volvió. Se quedó mirando al comprador. Llevaba un billete de cinco y tres de uno en la mano. Se puso a arrugarlos, haciendo un proyectil. Vi por el espejo al vendedor saliendo por la puerta y meneando la cabeza.

El comprador la miraba como si aquellos ocho dólares la hubieran convertido en esclava de su propiedad. La piedra de cuatro quilates que llevaba en la mano derecha brilló como el neón mientras se rascaba el paquete y le decía:

—Si ese pordiosero era tu hombre, me voy a quedar contigo. Qué cojones, debería secuestrarte ahora mismo. Es una pena que te malgastes tirando cerveza. Zorra, tienes una fortuna entre esas piernas peludas. Voy a enseñarte a sacar uno de los grandes por semana. Siempre consigo lo que quiero. Voy a ir a por ti, zorra. Volveré a las cuatro para recogerte.

Una enorme masa negra con cara de bulldog rabioso entró en escena. Tenía que ser el gorila de la puerta. Se detuvo a unos metros detrás del comprador, sonriendo como un cocodrilo hambriento, moviendo los hombros y tensándolos. La mexicana estaba muy alterada. Disparó el proyectil dándole en toda la napia. El comprador se cubrió la cara con las manos.

—Estúpido cerdo asqueroso —gritó ella—. Estás enfermo, negro hijoputa. ¿Crees que voy a dejar que me toques? No daría una mierda por salvar tu vida de cloaca. ¡Si alguna vez vuelves a mirarme, te arranco el corazón!

El portero se lanzó sobre él como un misil antiaéreo. Sus pies traqueteaban por el suelo de parquet como un tren expreso. Le enganchó del culo por debajo del abrigo, agarrándole del escuálido cuello con la otra zarpa. El comprador iba prácticamente en volandas, bailando claqué con las puntas de los zapatos camino de la puerta. El garito estaba en silencio. El comprador giró la cabeza volviéndola hacia aquella enchilada rabiosa. Justo antes de derrapar en la acera, chilló:

—Puta asquerosa de culo jalapeño, te vas a acordar de mí.

El garito volvió a danzar. El combo arrancó con «Mood Indigo».

Me puse a pensar en el retaco. La mexicana estaba en jarras, mirándome, esperando que le dijera que el comprador era un hijoputa sin futuro. No sabía que yo aspiraba a formar parte del club.

Dejé un par de pavos sobre la barra y salí fuera. Eran las dos y media de la madrugada. Caminé hasta la esquina. Preston tenía razón, la puta negra de Veneno estaba frente a la bodega. Me citó. A pesar de la paliza que había recibido, no se le habían quitado las malas costumbres.

—Eh, flaco —dijo—, dame diez por un polvito. No te voy a meter prisa, guapo. Pilla una botella y vamos a corrernos una juerga.

Aparté la cara de su vista como si se tratase de la Medusa. Puse pies en polvorosa y crucé la calle. Tuve una visión fugaz de Veneno y sus zapatos del cuarenta y siete pateándome en el culo.

Me metí en el Ford y giré en redondo, camino del retaco y de la piltra. Al girar iluminé a Preston con los faros. Ahí seguía él, tratando de hacer más rico al Griego. Me saludó. Le toqué la bocina.

El mercurio estaba muy por debajo de cero, las calles heladas parecían una pista de esquí.

A menos de un kilómetro de La Gallera, vi la fachada de un hotel. El neón azul destellaba, Hotel Blue Haven. Entré en la recepción azul y roja. Había una moza en la mesa. Tenía una cicatriz en su mejilla parda y la talla y los morros de un peso pesado.

—¿Quiere algo fijo o sólo por una noche? —me dijo.

—¿Cuánto cuestan los apartamentos por temporada? Quiero lo mejor que tengas.

No importa lo que cueste, pero tiene que dar a la calle.

—Las mejores habitaciones individuales cuestan treinta y dos con cincuenta a la semana —me contestó—. Los mejores apartamentos de tres habitaciones cuestan cien a la semana.

Se levantó y fue hasta el casillero rojo que había detrás de ella. Cogió unas cuantas llaves y me las dio. El ascensorista era un carcamal que estaba leyendo un tebeo muy verde de Maggie y Jiggs, mientras silbaba «When the Saints go Marching in». Sus ojillos estaban enfrascados en el tebeo como si fuera el mapa de la Isla del Tesoro. Me quedé en la tercera planta.

Eché una ojeada a dos habitaciones individuales. Las alfombras estaban pringosas y el mobiliario hecho polvo. Esto sí que era un hotel de bajos fondos. El olor de la hierba gángster se filtraba por los pasillos.

Subí por las escaleras hasta el cuarto piso. Miré en dos apartamentos. Me quedé con el segundo. Estaba recién pintado en negro y dorado, con los muebles blancos y nuevos.

Estaba impoluto y era de lo más pintón. La ventana con cortinas doradas me ofrecía una buena vista de la calle. El apartamento me venía de perlas por el momento. Serviría hasta que me lo montase a lo grande con un buen establo. Volví al ascensor y pulsé el botón para bajar. El indicador de planta estaba atascado entre la segunda y la tercera.

Bajé por las escaleras. Me imaginé que las travesuras de Maggie y Jiggs le habían subido la presión al viejo carcamal. Probablemente, alguna puta del hotel estaba ahí haciéndoselo con el abuelo. Fijo que el tebeo les serviría de manual.

Me acerqué al mostrador, me registré y pagué una semana de alquiler por adelantado. Me guardé la llave en el bolsillo y salí a por el Ford. Enfilé hacia el retaco. Vi a una furcia negra conduciendo a un blanco hacia la puerta principal del Hotel Martin, a unos treinta metros del Haven. El retaco podría llevarse ahí a sus mejores clientes.

Cuando llegué eran las cuatro de la madrugada. Aparqué y subí las escaleras del hotel. El metropolitano sacudió las escaleras al pasar. Su sombra se coló por la ventana del segundo piso y atravesó la pared como un espectro temblequeante y veloz.

Doblé por la derecha hacia el número veinte. Metí la llave en la cerradura y entré. El retaco estaba con los ojos muy abiertos. Saltó de la cama. Llevaba puesto un picardías rojo. Se apretó fuertemente contra mí. Actuaba como si me hubiera ido por un año.

—Oh, corazón, estoy tan contenta de que hayas vuelto. Estaba preocupada de la hostia. ¿Dónde te has metido? ¿Me quieres tanto como yo a ti? ¿Me has echado de menos? Me moriría si alguna vez te pasase algo —me dijo.

Unas imágenes descorazonadoras irrumpieron como un tornado en mi cabeza. Apreté los dientes. Sentía las uñas de mis dedos clavándose en las palmas de mis manos como piolets en el hielo. La escenita de amor del retaco resucitó viejas y tristes memorias. Vi al pobre negro de Henry farfullando de rodillas su amor por mamá, sus ojos lastimeros implorando que no le partiera el corazón.

Vi a mamá liberándose de él y de sus brazos desesperados a patadas. Recordé aquella terrible mirada de desprecio y triunfo en la cara de mamá. Pensé en los gusanos que habían devorado la carne de Henry, allá en su tumba solitaria.

Me estremecí y con todas mis ganas le metí al retaco un puñetazo en la cara. Un dolor punzante me sacudió hasta el hombro al golpearla. Gimió y salió despedida hacia la cama, rebotando como si cayera sobre un trampolín. Al segundo rebote sonó un crujido de algo que se hacía papilla. Había estampado la frente contra el borde acerado de los pies de la cama.

Se quedó espanzurrada respirando con fuerza. Me acerqué a ella. Agarré con el puño una mata de pelo. Volví su cabeza hacia mí. Tenía los ojos cerrados y una brecha sanguinolenta justo encima de la ceja derecha.

Fui al aguamanil a por una jarra de agua fría y le duché la cara. Abrió los ojos despacio y, sin moverse, se me quedó mirando desde abajo. Un hilillo de sangre le surcaba el carrillo hasta la barbilla.

Se pasó la mano por la cara y vio la sangre. Sus ojos eran dos lunas llenas. Estaba boquiabierta. Yo seguía mirándola desde arriba. Se me revolvieron las tripas hasta el escroto. El generador que daba vida a mi arma de guerra echaba chispas.

—¿Por qué, corazón? —me dijo entonces—. ¿Qué he dicho para que me hosties? ¿Es que estás pedo?

—Zorra, aunque estés más de cien años conmigo, no se te ocurra volver a preguntarme dónde he estado. No trates de volver a montarme un numerito de amor. No somos una pareja de puretas. Yo soy un chulo y tú una puta. Ahora venga, levántate y ponte una toalla fría en esa ceja.

Fue a la palangana del aguamanil y se lavó la sangre. Me miraba a través del espejo con los ojos muy abiertos. Yo no suponía que su cabeza estaba empezando a pergeñar una venganza contra mí. Siete años más tarde me ajustaría las cuentas enviándome a prisión encantada de la vida.

Se sentó en el borde de la cama presionando la toalla contra la herida. Me metí en el sobre a pelo. A los quince minutos se había cortado la hemorragia. Sólo quedaba un pequeño corte y un chichón.

Se acostó a mi lado arrastrándose. Me mordisqueó la oreja. La lagarta dio unas cuantas vueltas campo a través con la lengua y después tiró por la senda del gran jefe, para dar la vuelta al mundo. Yo yacía en silencio. Intentaba averiguar la verdadera razón por la que le había atizado. No encontré la respuesta. Mis pensamientos estaban rebanados por la cuchilla de mi conciencia.

—¿Te gustaría atarme, corazón? Por favor, me apetece —susurró.

—Zorra, siempre piensas en lo mismo —respondí—. Voy a atarte como a una cerda en el matadero. Después de que te quedes a gusto, te contaré dónde vas a trabajar esta noche. Túmbate de espaldas. Abre las piernas y pon los brazos por encima de la cabeza. Así me gusta, dulce y perversa zorra.