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Iceberg Slim · Capítulo 19 de 27

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15. En el sumidero

 

Después de haber llamado al Dulce y chutarme la cocaína, me invadieron pensamientos inquietantes.

«Tengo cinco putas, igual que el pobre Preston cuando el Dulce le dio el palo y acabó con él. Me pregunto si el Dulce estará urdiendo una trampa para robarme las putas. Sabe dónde vivo. Sería tan fácil como descolgar el teléfono. El Dulce jura que me quiere como a un hijo.

»Estos siete años en la vía rápida me han aclarado una gran verdad. Para un chulo no hay nada más importante que pillar putas. Mientras siga escondido, mantendré en secreto mis problemas con el establo. No voy a darle motivos para que me preste su ayuda. Sería una putada que acabara manejando mi establo. Menos mal que Chris es una señora puta fetén.

»¡Oh!, esta presión me está jodiendo el coco. Dulce no me la jugaría. Tengo que dejar de desconfiar del único amigo que tengo. Significo más como amigo para Dulce que cualquier puta. Quizás debiera largarme y levantar el tinglado en otra ciudad. ¡Dios! ¿Por qué me tienen que estar pisando los talones los federales? ¿Por qué no son los municipales o la nacional? En la vía rápida sólo me han arrestado y fichado una vez. Otra docena de veces les he sobornado en la calle.

»Los del FBI son listos de la hostia, mejor será que no salga de la ciudad y esconda mi culo enmarronado en esta pocilga pestilente.

»El retaco es una puta. Podría ser que un nuevo chulo o un primo se la cargase. Entonces yo podría ir al FBI y enseñarles el culo para que me lo besaran. Sin el retaco como testigo no pueden acusarme de nada.

»El retaco se llevó a Ophelia en todas sus salidas fuera del estado. Yo le había dado instrucciones y dinero para gastos al retaco. Nunca le dije a Ophelia que cruzara una frontera. El retaco estaba chuleando a Ophelia. En realidad era su puta.

»Menos mal que me he ocultado en este nido de ratas. El FBI nunca buscaría a un chulo de altura en un sumidero.

Era diciembre de 1945. La guerra había terminado. El mundo se lamía sus sangrantes heridas. Las drogas y el chuleo habían endurecido mi cara de niño. Se me estaba cayendo el pelo. Iba a cumplir veintiocho pero aparentaba cuarenta.

Durante siete años había dedicado mi vida a dominar el libro del chulo. Me había empleado a fondo con el celo de un hermano católico que se muere por llegar a cura. Había pensado y actuado como un dios negro.

Ahora me encontraba atrapado en mi lúgubre cuchitril. Estaba en un edificio muy antiguo de dos plantas. Yo vivía en el primero, al fondo, en el número diez. De noche, por el pasillo, aparecían ratas que venían del callejón, rascando y dando chillidos. Se colaban por debajo de la puerta trasera que estaba desenmarcada.

Tenía una ligera y preocupante duda en mi cabeza. ¿Era posible que yo no fuera siquiera una pobre imitación de un dios? Puede que sólo fuera un chulo negro pringao camino de su tercera condena al trullo.

Chris era la única del establo que me visitaba. Nos chutábamos cocaína juntos. No quería que supiera lo agobiado que estaba. Dios no podía tener quebraderos de cabeza.

No podía permitir que las demás me vieran en la penuria de mi morada. Después de todo, ¿cómo iba a vivir un dios igual que un muerto de hambre? Chris conocía las razones. Para ella los pedos de su dios seguían teniendo fragancia de rosas. Juntos elaboramos un sistema que iba de perlas. Hasta el mejor de los chulos tiene que mantener algún trato personal con sus putas.

El sistema era simple y, por un tiempo, eficaz. Chris y yo salíamos al teléfono público que había en la pared del pasillo. Ella llamaba al apartamento, siempre entre las tres y las cuatro de la madrugada.

Contestaba una de las chicas. Chris se hacía pasar por una operadora de larga distancia. ¡Menuda suerte que Chris tuviera talento para falsear voces! Ellas nunca se coscaron. Siempre se trataba de una conferencia mía con alguna de ellas. Chris y yo les vacilábamos con que las llamadas eran desde Nueva York, Boston o Filadelfia.

Me ponía al aparato y hablaba con las cuatro a la vez. Había línea en los cuatro dormitorios. Podía engañarlas y mantenerlas firmes en mi juego a todas al tiempo.

La primera llamada que hicimos se suponía que era desde Nueva York. Me llevó casi un minuto que las cuatro tuvieran el auricular en la oreja. Les dije:

—Bueno, chicas, ya sé que echáis de menos a papá. Seguramente os habréis preguntado: ¿cuándo coño volverá papaíto a casa? ¡La hostia! ¿Se habrá olvidado de que una puta necesita ver a su hombre de vez en cuando? Está claro que estamos de su parte. Ya lo demostramos en la calle dando el callo y poniendo el culo. Ya le mandamos pasta a través de Chris.

»Maldita sea, ¿qué habrá tan importante para que se despreocupe de sus putas? Bueno, chicas, voy a deciros cuánta confianza tiene papá en vosotras. Voy a confesaros un secreto muy valioso. Sé que todas vosotras vais a mantener el pico cerrado.

Chris interrumpía bruscamente diciendo:

—Han pasado tres minutos, señor. Por favor, avise cuando haya terminado.

—Sois las putas más afortunadas que hay —continuaba yo—, vuestro hombre tiene un amigo blanco que es falsificador. Antes trabajaba para el gobierno. Ya tenemos algunas planchas acabadas. Hemos imprimido los trescientos billetes de cien pavos más bonitos que jamás se han visto. Son perfectos. Ni el gobierno se coscaría de la diferencia entre ellos y los de verdad, porque no la hay.

»Tenemos un problema que resolver, aunque nos lleve un año. Nos hemos quedado sin el papel especial que el gobierno utiliza para imprimir billetes. El genio de mi colega blanco sabe hasta cómo se fabrica ese papel. Nos lo estamos tomando con calma, moviéndonos aquí y allá para pillar tintas y otras cosas que nos hacen falta. No es fácil conseguirlas, pero ¿quién abandonaría una pila de viruta? En cuanto tengamos el papel a punto, fabricaremos unos dos millones de pavos o así.

»Volveré a la ciudad tranquilamente siendo el único chulo millonario del mundo. A mi establo le compraré una playa y una mansión en Hawai. Cuando nos quedemos sin viruta, no tendremos más que imprimir otra tanda.

»Así que estad tranquilas y seguid dando el callo. Ah, sí, Chris tomó un taxi al aeropuerto hará una hora. Debería llegar a casa dentro de un par de horas o así. Os lleva una muestra de esas lechugas maravillosas. Gastadla en lo que queráis. Llevadla a cualquier sitio, incluso a un banco. Creedme, es perfecta.

Colgué. Las había electrificado con el cuento. Pude apreciar la excitación nerviosa de sus voces cuando corearon «adiós». Le dije a Chris que les explicase que el genio tenía una forma de hacer que la numeración de todos los billetes fuera distinta. Yo ya sabía qué les iba a contar en cuanto me quitara a la pasma de encima.

Podía tenerlas pendientes toda una vida. Podría decir que al genio le había caído un marrón por cualquier otra cosa. Yo tendría que esperar hasta que saliera. Él nunca me diría dónde había escondido las planchas. Podría hasta espicharla cumpliendo la condena.

Chris llamó al día siguiente. Las putas levitaban. Se habían pasado toda la noche rajando acerca del impecable billete falso. Estaba convencido de haber encontrado la manera de tener amarrado a mi establo. Yo mismo me sentía un genio.

Después de aquello, cada vez que hablaba con ellas, el genio y yo acabábamos de conseguir alguna otra cosa que nos hacía falta. Les aseguraba que ya faltaba poco. El Dulce había corrido la voz de que yo estaba en la Costa Oeste sacándole un montón de viruta a una dama ricachona.

Dormir se estaba volviendo casi imposible. Casi me salía de la piel cada vez que algún residente llamaba a la puerta. Siempre pensaba que era la bofia. Pero sólo me avisaban de que tenía una llamada en el teléfono del pasillo. Cuando conseguía caer en un duermevela tenía pesadillas. Aquellos sueños con mamá me encadenaban a un sudoroso potro de angustia. Tenía pánico de pasarme otra temporada en la trena. Los sueños diurnos de culpa, pisándoles los talones a las pesadillas, atormentaban mi cabeza. Dejé de chutarme cocaína. Sólo magnificaba mi terror y mi pena. Me acordé de lo sereno que parecía Top después de un chute de heroína. Se quedaba sentado, flotando, como si estuviera en un maravilloso y apacible sueño. Puede que tuviera razón. Puede que la marta de la heroína viniera después que el visón de la cocaína.

Chris vino en Nochebuena. Se quedó hasta la tarde del día de Navidad. Me trajo pijamas, colonia y prendas de vestir de parte suya y de las chicas. Les había dado pasta de mi parte.

Mi cuartucho-escondrijo estaba abarrotado de pared a pared de baúles y maletas. Tenía un montón de trapos finos y no podía ir a ninguna parte. ¡Pues sí que estaba hecho un chulo hijoputa y solitario!

El Dulce vino a verme a medianoche, el 10 de enero, me parece. Se quitó el sombrero Melton con banda de terciopelo. Lo colgó en el diminuto armario. Durante una semana habíamos estado a diez bajo cero o más.

Aquél era un año totalmente nuevo, 1946. Por primera vez en mucho tiempo salieron a la calle nuevos Cadillacs. El alquiler de todo el año por el garaje de mi viejo Cadillac ya estaba pagado. Chris había ido varias veces a ponerlo un rato en marcha. «Hostias, cómo molaría cambiar el viejo Cadillac y surcar el aire fresco en uno nuevo», pensaba yo.

Era la primera vez que el Dulce me visitaba. Le estaban saliendo canas en las sienes. Había menos voltaje de furia en sus grises ojos. Esa heroína y la vía rápida le habían estropeado mucho. Se estaba haciendo viejo de verdad. Se sentó en una maleta junto a la cabecera de la cama. Yo estaba tumbado. La Niña Bonita era una viejecilla, pero seguía despampanante con su abrigo de visón y los botines de piel. Él le quitó el abrigo y los zapatos. Los dejó sobre el tocador. Ella se sentó en el suelo mirándome desde abajo.

—Berg —dijo—, tengo malas noticias para ti. Corre por la calle el rumor de que todos los patrulleros de la ciudad llevan tu foto. Ahora sí que tienes un marrón gordo. También he oído que el chulo Veneno anda por la calle rondando a tus chicas. Como no tengas a Chris bien amarrada, te la va a levantar. Ella le dirá dónde te escondes.

»Quizás debieras abandonar esto esta misma noche. Busca otro escondite. No dejes que Chris ni ninguna de tus putas sepa dónde te metes. Soy tu amigo del alma, cielo, y además te quiero. Me ocuparé de tener tu establo en orden para ti.

»Mientras tanto, ya pensaré en algo para sacarte las pelotas del fuego. Todo lo que tienes que hacer es llamar a tus chicas. Les dices que quieres que el tío Dulce se encargue de ellas durante un par de semanas. Es fácil, colega.

Durante un buen rato estuve ahí tumbado sintiéndome temblar. Si hubiera sido mi querido padrastro, Henry, diciéndome que me odiaba, no me habría sentido peor. Cierto que había conquistado la vía rápida, pero el pardillo que había en mí y que no podía destruir me hacía un daño de la hostia. Le miré. No sé cómo mantuve firme la voz y oculté el dolor en mis ojos.

—Hostias, Dulce —dije—, tardaría un huevo de tiempo hasta encontrar otro amigo como tú. Sólo de pensarlo me entran ganas de llorar. Ya te conté mi vida. Sabes que te quiero como quise a Henry. Dulce, puede que te quiera, incluso más de lo que quiero a mamá.

»No pienses que soy un puto pureta por decírtelo. Dulce, me enseñaste a tener sangre fría. Eres la única persona de la Tierra que podría hacerme daño. Los tíos de la calle me llaman Iceberg.

»Se partirían el culo de risa si se enterasen de que estoy embobado con un tipo al que quiero como a un padre. Dulce, por favor, no les digas que tengo debilidades ñoñas. No hagas nunca nada que se cargue mi afecto por ti. Dulce, si alguna vez lo haces, todos se darán cuenta.

»A lo mejor me vengo abajo y corro por las calles aullando como una zorra chiflada. Mira, Dulce, esperaré a pensármelo un día o así. Veneno no puede birlarme a Chris. Pondré en orden mi cabeza. Es posible que debas ocuparte de mi establo.

Durante todo el tiempo que hablé, estuvo recorriendo con sus índices los afilados bordes de la raya de sus pantalones. A sus ojos grises, las maletas y la atiborrada habitación resultaron fascinantes obras de arte. Cogió aire, uniendo los enjoyados dedos de sus manos bajo la papada.

—Berg —dijo—, este sitio te está destrozando los sesos. El Dulce se cortaría el brazo derecho antes de jugártela. Eres el único amigo que tengo, cielo. Joder, cariño, como si tienes cien putas y yo ninguna. Te pediría que me dejaras una zorra, no trataría de robártela, querido. ¿Necesitas algo? Me largo. Tengo que pasar por el centro a recoger a dos putas.

—No, Dulce —dije—, no necesito nada. Ya te contaré mañana. Si te enteras de algo, llámame enseguida. Me ha encantado que te dejaras caer por aquí.

Oí sus pesados pies resonando por el linóleo del pasillo. Se detuvieron. De pronto sonaron más fuerte. Volvía otra vez. Miré la maleta donde se había sentado. No vi que se hubiera dejado nada. Golpeó la puerta. La abrí. Llevaba a La Niña en brazos. Por primera vez relucía en su cara esa sonrisa de dientes de oro que jamás había visto antes.

—Berg —dijo—, olvidé decírtelo. Encontraron al viejo Preston el Guapo tieso de frío en el callejón de detrás de La Gallera. El pobre hijoputa se había envuelto en periódicos. El Griego le despidió hace una semana por quedarse junto al fuego en vez de pescar primos por la acera. Ese borracho hijoputa medio blanco creyó que los periódicos serían suficientes para soportar los diez bajo cero.

Dio media vuelta y se fue por el pasillo. Cerré la puerta y me tiré en la cama. A las tres llamó Chris. Le dije que no se acercara hasta mi próxima conferencia encubierta con las chicas. Le dije que Veneno podría intentar seguirle el rastro, incluso el FBI.

Me dijo que de ningún modo. Antes de venir a verme utilizaba las entradas principales de una media docena de edificios y luego salía por las puertas traseras. Cuando llegaba al mío entraba por la trasera y salía por la principal. Atravesaba el callejón y luego volvía a entrar por la de atrás antes de llegar a mi puerta.

Es posible que no pudieran seguirle el rastro. Le dije que no se acercase para estar seguros. También que no me llamara desde el apartamento. Sería una putada que alguna de las chicas lo descubriera por otro teléfono.

El Dulce llamó al día siguiente a la una de la madrugada.

La mujer de al lado cogió el teléfono. Llamó a mi puerta. Me puse un abrigo y salí al pasillo. Parecía que estaba a cero grados.

—Berg —dijo—, acaban de darme un soplo. Veneno te ha quitado a tu joven zorra, Fay. Espero que ella no sepa nada que pueda delatarte. Berg, tendrás que hacer algo. Mantendré las orejas abiertas.

Colgó. La cosa se estaba poniendo fea. Volví a meterme en la cama. Pensé: «Veneno va a interrogar a esa zorra asquerosa. Ella le largará el cuento del dinero falso. Para metérsela en el bote, él le descubrirá que no es más que un camelo. Le dirá que estoy escondido en la ciudad.

»Menos mal que Chris está metida en el ajo. Si no fuera así, me quedaría sin putas en menos de una hora. Necesito que oculte al resto del establo. Quizás debería haberme aligerado de la ciudad nada más saber que iban a por mí. Tengo que darme prisa en movilizar al resto del establo.

»Fijo que Veneno les descubrirá el pastel de mi jugada. Es el as que necesita para ganarme la mano y quedarse con las otras tres. Se mosquearán mucho conmigo si tiene la ocasión de descubrirme ante ellas. ¡Venga, Chris, llámame de una vez!

Llamó a las tres. Corrí al teléfono en pijama. Casi me muero de frío hablando con ella.

—Papi —dijo—, he tenido que llamarte desde casa. Veneno acaba de llevarse a Fay con su ropa. Ese negro hijoputa se ha chivado a toda la familia de nuestro juego. Dot, Rose y Penny están envenenadas hasta las cejas. Están llorando y haciendo las maletas. No puedo retenerlas. Me odian. Antes de marcharse, Veneno vino a mi dormitorio. Hablaba y actuaba como si yo ya fuera su puta. Si llego a tener una pistola me hubiera cargado a ese bestia hijoputa.

»Me dijo: “Bien, señorita zorra, tu negro de mierda está acabado. Eres la única puta que le queda. Sé que a una zorra guapa y listilla como tú no le mola tener a un chulo que sólo te tenga a ti. Con Fay, ya son ocho putas las que tengo. Manejo los entresijos de este juego. No arrestan a ninguna de mis putas. Soy el chulo más puntero de la ciudad.

»”Tú eres la mejor puta de la ciudad. Soy el único al que puedes escoger como tu hombre. Zorra, ven conmigo y podrás ser la zorra reina que dirija mi establo de ocho putas. Coge tus cosas y al de aquí conmigo y con Fay. Iceberg va a ir a parar a la cárcel federal”.

»¿Qué va a pasar ahora, papi? —me preguntó ella—. Puede que Veneno vuelva y se ponga burro conmigo. Estoy tan desquiciada que en cualquier momento me veo con una camisa de fuerza.

Las frías rachas de aire que soplaban por debajo del burlete de la puerta me mantenían despierto. Sentía cómo el sudor frío chorreaba por mis temblequeantes piernas. Tenía convulsiones en la garganta seca. Mi voz resonaba como si hubiera eco. Tartamudeé:

—Chris, no pierdas los nervios. Soy Iceberg, ¿recuerdas? Pondré las cosas en su sitio, como siempre. Ahora escucha atentamente. Haz la maleta. Ve abajo y busca al encargado del edificio. Págale para que te lleve a un hotel cercano al garaje donde está guardado el Cadillac.

»Regístrate y deja tus cosas. Luego vas a por el Cadillac, vuelves al hotel y recoges tus cosas. Vas al centro y te registras en otro hotel. Vuelves a llevar el Cadillac al garaje y lo dejas allí. Coges el metro y vuelves a tu hotel. Entonces me llamas.

Volví al cuarto y me lavé la cara con agua fría. Me miré al espejo. Parecía como si tuviera puesta una careta para dar sustos en Halloween. Ya no quedaba ni rastro de aquella cara jovial de niño. El blanco de mis otrora brillantes ojos estaba apagado y cargado de sangre. Mis ojeras negras estaban profundamente marcadas, como si algún bromista con mala leche me hubiera tomado el pelo haciéndome mirar por unos anteojos llenos de tinta china.

Me puse a buscar una amarilla. Tenía que calmar mis nervios. Me quedaba un poco de cocaína, pero no necesitaba dispararme. Lo que necesitaba era apaciguar mi coco. Me había quedado sin amarillas.

En alguna parte, dentro de alguna maleta, tenía una agenda. En ella estaba el número de teléfono de un contacto que vivía a no más de quince manzanas. Puede que tuviera amarillas. Si no, qué hostias, pillaría una vaina de heroína. Por una papela no me iba a enganchar. El caballo fijo que me tranquilizaría los nervios y el tarro.

Chris tardaría por lo menos dos horas en volver a llamar. Encontré el número. Le llamé. Le dije en clave que pillaría seis papelas antes de una hora.

Tenía un grueso rollo de viruta en un calcetín cosido al interior de la manga de una gabardina. Me dispuse a llevarlo conmigo. Lo metí en el bolsillo de mi abrigo. Abultaba como un pomelo. Pensaba volver enseguida, así que lo volví a dejar dentro de la manga.

Tenía guardados cerca de seis mil ochocientos pavos. Saqué tres billetes de cien. Me puse los pantalones y la camisa encima del pijama. Me calcé los calcos y un buen abrigo.

Iba apresurado de la hostia. Cerré la puerta de un tirón. Oí saltar el muelle del pestillo. Menos de cinco minutos después de hablar con el camello, ya estaba en camino. Cuando salí eran las cuatro de la madrugada. Los vientos invernales casi me arrancan el sombrero de la cabeza. Sin embargo se estaba bien. Era la primera vez que salía al aire fresco en muchos meses.

El cielo estaba cubierto e inhóspito. Patinando y deslizándome por las heladas aceras, llegué finalmente hasta mi contacto. Vivía en el segundo piso encima de un garito mexicano abierto toda la noche. Estaba atestado de gente. No había nadie por la acera. Subí las escaleras carcomidas y pillé cinco vainas de heroína. Las metió en el chivato de celofán de la cajetilla de tabaco. Lo cerró por el extremo haciendo una bola con el paquete.

Lo cogí y volví a bajar a la calle. Llevaba el marrón en la mano. Pasé junto al garito de chiles. Dos mendas de piel marrón bien trajeados estaban en la acera, frente al garito. Las luces brillantes bañaban todo el pavimento. Era como pasear por una pasarela en una comisaría.

Por el rabillo del ojo vi cómo me miraban. Se pusieron tensos. Uno de ellos se llevó la mano al pecho. Miré hacia atrás. Le estaba enseñando un trocito de papel a su colega. Me puse a caminar deprisa alejándome de ellos.

Me acordé del marrón. Lo aligeré y caminé más rápido. Sabía que en la oscuridad no podrían ver que lo había soltado. Eché un vistazo rápido por encima del hombro. Vi una pipa en la mano del más alto según venían a por mí. Eché a correr.

Bramaban:

—¡Alto! ¡Policía! ¡Alto! ¡Deténte o disparamos!

Alcancé la esquina y ya les iba a dar esquinazo cuando vi un coche patrulla con cuatro detectives blancos que venía hacia mí. Me cegaron con un foco. Me quedé paralizado. Todos me miraban. Por la ventanilla de atrás, que bajaba deprisa, asomó el cañón de un rifle.

Los polis que me perseguían doblaron derrapando por la esquina. En cierto sentido me alegré de verlos. Los chapas del carro probablemente no se habían cepillado a nadie en la última semana. No quería ser la causa de que les cambiara la racha.

Me agarraron entre los dos como si fuera Sutton el asesino. Los polis blancos apagaron el foco y siguieron su camino pasando lentamente por delante de nosotros. El más bajo me esposó las manos detrás de la espalda. Le pasó la foto a su colega. Me miraron.

—Sí, descarado que es este hijoputa. Mírale los ojos —dijo el alto.

Me registraron de la cabeza a los pies. Encontraron el billete solitario de diez pavos. Me empujaron de vuelta al otro lado de la esquina. Pasamos junto a un negro chupado que estaba allí apoyado. Asintió con la cabeza al verme. Le reconocí. Vivía en mi bloque. Le había mandado una docena de veces a por comida y cambio para el teléfono.

Guipé fugazmente la foto cuando el poli se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Era yo. Recordaba el traje gris perla de zapa y la camisa negra. Hacía cuatro años, Top y yo estábamos juntos. Los dos polis que se nos echaron encima odiaban a Top porque tenía putas blancas. No aceptaban sobornos. Nos ficharon por sospecha de homicidio y nos hicieron la foto. Top y yo salimos en menos de dos horas. Ésa había sido la primera y única vez que me habían arrestado por la vía rápida.

Me metieron en el asiento trasero de un Chevy sin matrícula. Ellos iban delante y el alto conducía.

—Caballeros —dije—, encerrarme no les va a reportar ningún beneficio. Permítanme que les ofrezca el precio de dos ternos finos como cantidad para soltarme.

El Largo dijo:

—Y una mierda, con la pasta que llevas no puedes ni pillar un puto terno en una casa de empeño.

—Tengo más pasta en mi casa —dije—. Sabiendo que soy Iceberg podéis creerlo, ¿no? Sólo tenéis que llevarme allí, la cojo, os paso un par de cientos por barba y os largáis. ¿Qué os parece?

El Largo y el Corto se miraron el uno al otro.

—¿Crees que somos giiipollas? —dijo el Corto—. Tienes una orden de arresto federal por tráfico interestatal de personas. No hemos oído una palabra de esa bagatela de mierda de los cuatrocientos.

—De acuerdo —dije—, pero todos somos hermanos negros. Lo único malo es que el FBI quiere linchar a vuestro hermano en el tribunal. ¿Vais a arrojarme a los blancos para que me cuelguen? Os doy dos de los grandes a cada uno para impedir que el FBI se quede con su libra de carne negra.

—¿Dónde vives? —dijo el Largo.

Pensaba deprisa. Había sido un error hablarles de mi casa. Si se lo decía podrían levantarme toda la viruta y además encerrarme o matarme. Era un fugitivo. Podrían incluso volver al escondrijo después de empapelarme. Tenía la llave del cuartucho en el bolsillo. Les tanteé. Dije:

—Sabéis quién es el Dulce Jones. Es amigo mío. Puedo conseguiros cuatro de los grandes de su parte cinco minutos después de llegar a su casa. No puedo llevaros a la mía. Tengo un amigo íntimo allí. Imaginad que después de llegar cambiáis de idea respecto al trato. Tendríais que arrestarle por darme cobijo.

—No podemos soltarte —dijo el Largo—. No podríamos hacerlo aunque nos dieras cuarenta de los grandes. Te recuerdo que hace un momento estabas a la vuelta bajo la luz del foco. Uno de esos tipos de la zona centro podría haberte llevado por delante. Lo siento, hermano, ¿pero qué hostias? Las cárceles federales no están tan mal para comerse una condena. Gracias por aparecer de pronto como lo has hecho. Nos has brindado una captura de las buenas.