Pimp
9. La mariposa
Me desperté. El sol de mediodía estaba radiante. Escuché un barullo de ratas o algo parecido que venía del armario. Me volví y miré. Era el retaco. Estaba de rodillas revolviendo y sacando maletas y zapatos fuera del armario. La trasera de mi cráneo me dolía y palpitaba, me la toqué. Noté una buena costra sobre el bulto.
Mirando el culo del retaco pensé: «¿Qué coño estará haciendo?». Y le dije:
—Maldita sea, zorra, ¿puedes dejar de armar tanto follón? Me duele la cabeza. Me despierto y la primera cosa viva que veo es el culo corroído y negro de una puta boba que está abriendo una zanja en el armario. Coño, tiene que haber una forma más agradable de empezar el día.
Volvió la cabeza bruscamente y dijo:
—Estoy buscando la hierba. Me encuentro baja de tono. ¿Dónde la encalomaste? Anoche cuando vine no pude encontrarla.
Me levanté y fui al armario. Metí la mano en el roto del bolsillo del abrigo, y sin sacarla separé mi polvo de su hierba. Le di la lata. Vi dos tristes billetes de diez tirados sobre el tocador. Me volví a la cama y me empiltré.
—Zorra, tengo un escondrijo fuera, ¿a ver si no? No quiero volver a casa una noche y darme de morros con un poli que, además, me saluda. No veas qué putada si encima tiene en la mano esa lata que contiene un marrón de uno a dos años.
»Hostia, vaya mierda de pasta sacaste anoche. ¿Qué te pasó? ¿Te dio el palo algún menda? ¿No te irá a volver perezosa esa mandanga? Veinte pavos para una zorra joven y perversa es un escándalo. Cojones, si sólo con el amante “encanto mío, ojitos azules” ya sacaste los veinte pavos.
»No has pegado palo al agua en el resto de la noche. Mira, zorra, si me entero que les cobras a tus clientes veinte pavos por toda la noche, te mato.
Estaba chupando los extremos del canuto que se acababa de liar. Se sentó en la cama junto a mí. Me miró con ojos descarados y me dijo:
—Corazón, soy tu chica. Si alguna vez dejo de quererte dejaré de putear para ti. Cuando hayamos terminado me iré con otro negro, si antes no me matas, claro. De momento estoy contigo, en tu rincón, hasta donde haga falta.
»Los blancos no me molan. Me dan ganas de vomitar cuando me soban y babean encima de mí. Les hablo con cariño, pero les odio. Corazón, yo sólo quiero su dinero. Por eso me mola hacérmelo con ellos. Me sube un montón saber que yo, una puta zorra negra, les está levantando la pasta.
»Muchos de ellos son unos toláis muy peripuestos y muy respetables en el mundo blanco. Algunos hasta me enseñan fotos de esposas guapísimas o niños monísimos. Hace que me sienta mucho mejor que todas esas zorras blancas que viven en medio de tanto lujo. Esas mujeres blancas tienen criadas negras para reírse de ellas. Se creen que no valemos para otra cosa que no sea fregar o hacer el payaso. Les daría un pasmo si vieran a los primos de sus maridos gimiendo, gruñendo y lamiendo entre los muslos de una furcia negra.
»Ya sé que no tengo el pelo sedoso ni la piel blanca. Como también sé que esos blancos que salen del paraíso para venir al infierno no lo hacen sólo por darse un garbeo. Vienen porque los culos fríos de sus blancas celestiales no tienen entre las piernas lo que tenemos las putas negras del infierno. Negra y bajita como soy, comparto intimidades con ellos que esas guarras blancas de alta sociedad no sabrán nunca.
»Corazón, como casi nunca hablamos, ahora me he dejado llevar. Estoy tonta por ti. Querría haberte contado esta mañana lo que pasó anoche. Me dijiste que cerrara el pico, ¿te acuerdas? Cuando terminé con Chuck en el Martin, me pararon. Eran dos pasmas blancos de antivicio. Me metieron en el coche, arrancaron y me registraron sobre la marcha. Uno de ellos era un asqueroso hijo de puta muy chungo. El otro, rubito y amable, se compadecía de mí.
»El Chungo dijo: “Fijo que esra zorra negra tiene que ver con esas ocho denuncias de robos a personas. Deberíamos arrestarla y someterla a un par de ruedas de reconocimiento. Qué coño, Carl, si sabemos que es puta”.
»El Rubito dijo: “Ya, Max, pero si es una primeriza. No es más que una joven maciza y atractiva con una madre a la que mantener. Ya sabes lo duro que es para estos pobres negros comer a diario y vivir bajo techo en esta ciudad. Vamos a darle una oportunidad y soltarla. La hostia, Max, fíjate qué par de muslos tiene la tía. Y además es suave como una gatita”.
»El Chungo dijo: “Carl, está claro que tienes debilidad por las morenas. Ésta dice que está sin blanca. Pues por un culo negro como el suyo, no la suelto. Si no le da vergüenza enseñarme cómo maneja el francés a lo mejor, digo sólo a lo mejor, podría darle una oportunidad. Voy a entrar en ese callejón. Carl, pruébale la boca y el chocho. Si cuando termines no estás pegando botes de alegría por lo buena que es tanto por arriba como por abajo, voy a salir del callejón a meter su culo negro entre rejas… La voy a empurar por las ocho denuncias de robo. Con un poco de chorra sólo le caerán un par de años”.
»Corazón, el Rubito me empujó la cabeza hacia su cosa. Después me llevó con él al asiento de atrás. El hijo de puta del Chungo, Max, se volvió y estuvo iluminándonos con su linterna todo el rato hasta que hice aullar al otro.
»Cuando terminé con el Rubito, Max se pasó atrás conmigo. Estuvo más de media hora llamándome cosas repugnantes. Me daba puñetazos y pellizcos. Todavía estoy molida. El Rubito le pidió que parara. Siento el culo como si se me hubiera roto algo por dentro. Pasé muy mal rato.
»Al final me dejaron marchar. Max me advirtió que no quería volverme a ver. Me asusté y me vine. Por eso hay poca pasta. Max me encerrará si me vuelve a pillar. Vas a tener que buscarme otra calle para currelar.
—Estúpida zorra de los cojones —dije—. Te crees muy lista porque te has coscado de que los blancos cruzan de extranjis la alambrada para follar con furcias negras. No hay un solo negro confinado aquí que no sepa eso. No eres más importante porque esos capullos blancos y enfermizos dejen sus chochos finos en el paraíso y se vengan a buscar al infierno tu apestoso culo negro.
»Zorra gallina. Te han registrado y te han vacilado con lo de que te pueden enmarronar por otros cargos. Todavía no te has enterado de que yo te sacaré. Tú solita te has dado a ti misma por el culo y ahora te duele. Te has aligerado de la calle con sólo veinte putos pavos. Has dejado que esos pichones de la pasma te la metan por delante, por detrás, de arriba abajo y hasta de medio lado. ¡Pero qué pardilla eres, zorra! ¿Crees que te voy a encontrar otra calle para currelar? ¿Es que te van a dar un permiso para trabajar en otra?
»No tienes de qué preocuparte por Max y el otro poli. Zorra, puedes ejercer lo que te dé la gana siempre y cuando no tengas cáncer de coño o parálisis bucal. Mira, zorra, como no te quites de mi vista me van a llevar a la silla por descuartizarte. Vístete, sal a te calle, folla y saca viruta. Y no se te ocurra volver a entrar por esa puerta sin telefonearme antes, zorra. No voy a salir a ningún lado.
Mientras estuve rajando no paró de darle caladas al porro. Para cuando le expliqué la pirula de los polis estaba muy ciega. Saltó de la cama y se fue al armario. Se vistió sin parar de mover la cabeza hacia mí.
Sabía que estaba cabreado. Seguramente se asustó después de soltarle lo de descuartizarla, me imaginaría metiéndole mano en el culo con un cuchillo. Salió deprisa. Llamé a Sites para que me trajera algo de pitanza y se llevara mis camisas y lo demás a lavar. Comí y me metí una raya. Después me chuté un poco más de perica. Me sentía bien, salvo por el chichón de la cabeza que aún me dolía un poco.
Me acordé de cuando Satanás y el Demonio quisieron identificarme. Volví a llamar a Silas. Me dijo adonde ir. Podía hacerme con un carnet de conducir por diez pavos, bajo cuerda. Me vestí y me puse en marcha. Me lo hice sin problemas. Al cabo de una hora ya estaba de vuelta.
Acerqué una silla a la ventana del salón. Tenía mis lentes de espionaje. Todavía había luz. No vi al retaco en la calle. Escudriñé en el bareto guarro del otro lado de la calle. El retaco estaba sentada en la barra rajando con un negrazo enorme con mono de faena. Tenía toda la pinta de ser un primo. Les va salir juntos y cruzar la calle en dirección al Hotel Martin.
El trompetista caramarcada que vivía en el 422 al otro lado del pasillo salió detrás de ellos en solitario. Se montó en un Ford destartalado y se alejó a trompicones. Tuve una idea. Después de todo podía perder al retaco. Cogí el teléfono y pedí conexión con el apartamento 422. La ex puta amarilla y guapa dijo hola. Molaba que Silas me hubiera hablado de ella. Así podía preparar mi discurso. Le dije:
—Ahora trata de no perder la calma, nena. Soy el larguirucho soñador con mirada de alcoba que vive al otro lado del pasillo, en el 420. El que tenía aquella toalla tan guapa enrollada alrededor de esas caderas tan apetecibles. Aún llevo las mismas caderas que viste con tus rayos X. ¿Te acuerdas del pedazo de pirulí que te comías con los ojos?
—A lo mejor, pero no debería llamarme —me dijo—. No quisiera tener un altercado. ¿Qué es lo que quiere? Una dama no debe aceptar llamadas de extraños.
—Quiero un millón de dólares y marcharme a la luna con una zorra maravillosa prisionera y aburrida, ¿me entiendes? No soy ningún extraño. Llevo jugando con la goma de tus bragas desde que me viste en el pasillo.
Soltó una risita. Noté la emoción en su voz. El trompetista la habría sacado de la calle, pero la puta seguía vivita y coleando dentro de ella. Tenía clase. Había hecho algo más que echar unos cuantos polvos en la salida de incendios del instituto.
—Es que no bebo y además no te conozco —me dijo.
—Me conociste en tu primer sueño húmedo, ¿no te acuerdas? Ya sabes, aquel tío bueno que en tus sueños de niña siempre desaparecía al despertarte empapada entre las piernas. Me esperabas con ganas.
»Zorra afortunada, he salido de tus sueños. Soy real y vivo al otro lado del pasillo. Ven para acá, vamos a ponernos a gusto. No te preocupes por el cancerbero. Le he visto salir del bareto de enfrente y largarse hará cosa de diez minutos. Nena, voy a tener que decirle a una de mis putas que te haga una tarta rellena con una lima.
—¿No estarás casado con alguna? No quisiera que me cortasen la garganta. No quiero perder la costumbre de respirar.
—Sí, estoy casado. Estoy casado con el puterío. Tú misma eres todavía socia del club, sólo que últimamente no has pagado tus cuotas. Si no estás echada a perder, a lo mejor yo puedo colocarte en buena posición. ¡Ven para acá de una vez!
—Estoy en cueros. Tendré que ponerme algo. Pasaré un momento. ¿No serás yonqui? Paso de lo que no sea hierba.
—No, encanto, soy amante y mendigo, soy un puntazo negro, nena, ¿lo pillas?
Colgué. Fui al tocador y me empolvé la cara. Me peiné con un cepillo húmedo. Tenía las lanas negras, brillantes y rizadas. Fui al armario y me enfundé en un albornoz amarillo explosivo. Lo había comprado el día antes de que Dalanski me trincara en el baile.
Aquel día en el pasillo me cosqué de qué palo iba. Lo sabía, era una guarra. Se le quedaron pillados los ojos en mi paquete. Ahora no llevaba toalla, pero a la primera oportunidad, iba a ponerla a cien dejándole entrever por la abertura de mi albornoz.
Podría chutarle un poco de cocaína en ese brazo virgen y amarillo. Eso le pondría cachonda del todo. Puede que se la levante al caramarcada y que mañana mismo la ponga a currelar. Pensé: «Esta zorra fina va a ser mi acelerador. No es una perra vejestoria con un millón de kilómetros a cuestas. No tiene más que diecinueve tacos y está más buena que el culo de un pavo real. Andaré con pies de plomo y la interrogaré. Puede que algún bestia la haya despedido de la calle para siempre. Y por eso puede que el caramarcada la haya pillado. Me mantendré en el papel de chulo, pero lo suavizaré con un poco de mamoneo de clase alta. Puede que le largue esa basura de gigoló que escuché a los chulos blancos en la trena. Será mejor que llame a Silas. Todavía no estoy preparado para enfrentarme al caramarcada».
Fui a la puerta y quité el pestillo. Cogí el teléfono y di con Silas. Le dije:
—Mira, jefe, esto es importante. Voy a tener una charla con la amarilla culona del 422. A ti y a la de la mesa os voy a dar cinco por barba. Tenéis que avisarme aquí en cuanto asome el caramarcada. No estoy por la labor de darle explicaciones. ¿Me entiendes?
—Jovenzuelo hijoputa, qué suerte tienes —dijo Silas—. Tienes más chorra que un marica en las duchas del YMCA. ¿No te hará falta un poco de sal y pimienta, chaval? Te avisaremos. Detendré la jaula cuando vayamos subiendo. ¿Me dejarás echar un vistazo, eh, chaval?
Colgué. Noté una corriente de aire fresco en los tobillos. Salí al salón. Apenas iba vestida. Estaba en la silla, junto a la ventana, con las piernas cruzadas. Dejó de mirar a la calle y volvió la cabeza hacia mí.
Llevaba puesto un picardías negro bordado hasta los muslos con mariposas rosas. Unas bragas blancas de seda se transparentaban a través de la gasa negra. Allí dentro se vislumbraban unas curvas como las de una starlette de Pretty Girl. Tenía el pelo de ébano recogido sobre la cabeza como si fuera una corona de negro satén. Esbozaba muecas insinuantes con la comisura de su boca, roja como una sandía. Si llega a tener éntasis, juro que habría pasado de las putas y me habría tirado al mariconeo.
—Hola. Y digo yo, ¿qué hago aquí? —dijo.
—No seas aguafiestas, nena. No té hagas preguntas tontas. No puedes escapar a tu vena perversa y desesperada. Ya sabes, nena, esa electricidad dulce y terrible que hace que un pastorcillo se líe con una oveja. La misma fuerza que hace maullar a un ardiente gato en su callejón. ¿Vas pillando onda? Relájate y ya está. Te voy a liar un petardo. Nena, tu suerte ha cambiado. Te acaba de tocar el gordo. Me has encontrado. Ah, sí, me llamo Blood.
—Encantada de conocerte, Blood. Soy Christine. Chris me gusta más. No me puedo quedar mucho rato. He de tener cuidado. Mi novio es muy celoso.
—Chris, ya te darás cuenta de que soy un fenómeno de la hostia. Puedes quedarte a mi lado toda una vida y pensar que no ha pasado más de una hora. Sólo tenemos que entendernos. Lo único que necesitas es un hombre —le dije.
Guipé hacia abajo por encima de la cabeza de Chris y vi al retaco mirando nerviosa hacia la ventana. Se estaba metiendo en el coche de un, primo blanco. El crepúsculo barría la luz diurna con una escoba intensamente púrpura. Me fui al dormitorio. Cargué una chuta y la coloqué en el bolsillo con la aguja hacia arriba. Lié dos petardos, uno con hierba y el otro con tabaco. Esnifé una punta de cocaína con la uña del pulgar. Cogí una toalla y la metí bajo el hueco de la puerta de entrada. Encendí un poco de incienso.
Le pasé el petardo a Chris. Le di fuego y encendí el mío de fogueo. No quería que la hierba me atolondrase con una mercancía como Chris. Podría despertar y encontrarme con que me la habían pegado. Aunque fuera la mismísima Garbo, quería recolectar la viruta antes que la fruta.
Cogí otra silla. Nos sentamos cara a cara en medio del crepúsculo. Esperé a que la hierba le saliera por las orejas. El petardo que tenía en su mano se había reducido a una chicharra. Se la emboquillé. Tenía los ojos adormecidos.
—Hostias, encanto, qué ciego tengo —dijo—. Sabes, Blood, te voy a decir una cosa que te va hacer reír. ¿A que no sabes en qué estaba pensando la primera vez que te vi con la toalla?
—Pensaste: «¡Oh, cómo me pica el coño! Ese hijoputa moreno está buenísimo y parece un chulo. Cómo me gustaría seguir haciendo la carrera. Me metería bajo la toalla a comerme al señor Cimbel Cruel». ¿No es así, dulce pillina? —dije yo.
Soltó una risita y arrastró la silla hasta pegarse a mis rodillas. Se recostó en la silla de cuero, apoyando en la mía los tacones de sus zapatos rosas.
Estaba emparedado entre sus enormes piernas amarillas. La luz de una farola de la calle la enfocaba de lleno. No paraba de reírse. Palpé con el dedo la dosis preparada en el bolsillo de mi bata. La saqué y la oculté el borde de la silla. Dentro de sus muslos palpitaban venas azules.
La cocaína tiraba de mí como un potro de hielo. Levanté su pierna derecha y la acaricié con la mejilla. Le clavé los dientes en el menisco. Gimió. La miré profundamente a los ojos.
De las largas pestañas de seda le pendían perlas lacrimosas de tanto reírse. A la luz de la farola parecía tan inocente como una cervatilla. Me sentía más viejo que Matusalén.
—No me mires así —dijo—. Sé que puedes leer la mente. Esa mirada me da escalofríos. Es como si fueras Svengali o aquel monje ruso y loco del que leí una vez.
—Chris, vas a ser mi puta. Tenemos cosas que compartir Esa hierba no es más que un aperitivo. La maría es para las marujonas apestosas. La heroína es para los pringaos carne de cementerio. La cocaína es para la gente guapa y maravillosa.
»Chris, si te chutas cocaína se tejerá una mágica red de campanillas en tu cabeza. Sentirás en cada poro de la piel como si papi te estuviera perforando todo el cuerpo. Encenderá dentro de ti una antorcha de fuego vivificante, intenso y devastador. Es milagrosa, Chris. Puedes sentir todo eso y no engancharte. Sé que no eres una gallina de mierda. ¿Te apetece probarla?
—Si no me deja marcas ni me hace daño —dijo—. Si duele, prométeme que pararás. No me pongas mucho, encanto. ¿Por dónde me la vas a meter?
Cogí su pierna derecha y la puse en el brazo de la silla. Vi una tubería gorda en la parte alta del muslo. Introduje ahí la aguja. Se estremeció. El depósito se llenó de rojo. Apreté el émbolo lentamente. Se le ensancharon los ojos. Los blancos dientes se clavaron en el labio inferior.
Vacié el depósito. Tiré de la chuta hacia afuera. Estaba rígida. Quitó la pierna del brazo de la silla. Restregó los tobillos contra mis costados. Tenía espasmos en la nuez de Adán. Me acordé de cómo vomité la primera vez. Deslicé mi silla hacia atrás y salí corriendo al dormitorio para coger la papelera. Volví justo a tiempo. Potó a lo bestia dentro de ella. Eché la inmundicia al wáter, tiré de la cadena y enjuagué la papelera. Cuando regresé a su lado, sonreía acariciándose las piernas.
—Siento haber hecho esa cochinada, papi —dijo—. ¡Oh, oh! Pero ahora me siento divinamente. Cariño, estoy tan contenta de haber venido y haber probado esto. ¿No son maravillosas esas campanas? ¿Tienes mucho de esto, cariño? Quiero hacerlo todos los días. Estar así cada minuto. Vamos a tumbarnos. Quiero que me presentes formalmente al señor Cimbel Cruel.
—Zorra, te mantendré la cabeza a gusto cuando vengas como puta mía. Respecto a lo del señor Cimbel Cruel, supongo que estarás de coña. No pensarás que querrá tener nada que ver con una puta arruinada que llama «su hombre» a un puñetero turuta. Vamos para allá a coger tu ropa ahora que no está. No estarás casada con él, ¿verdad?
—¿Cuántas chicas tienes? —preguntó—. Puede que tu establo sea demasiado grande como para estar a gusto. Me irrita tener que esperar una larga cola para recibir a mi amante.
—Respóndeme, puta. ¿Qué pasa, es que eres poli? Cuando se es mi puta sólo tienes que preocuparte de la viruta y de tu propio culo. Y, ahora, contesta a mi pregunta.
—Blood, no he querido contestar porque sí estoy casada con él. Leroy, mi marido, me salvó la vida, en serio. Ha sido maravilloso conmigo. Era muy atractivo. Nunca le dieron esos ataques de celos hasta después del accidente.
»Llevamos dos años esperando una indemnización. Francamente, Blood, tú eres mi tipo. Mi vida está ya muy jodida. No sé qué hacer. No sé qué decirte. ¿Te puedes creer que eres el primer tío con el que hablo en los dos últimos años? Blood, yo no quiero a Leroy.
La cocaína le hacía largar deprisa. No podría pillarla esa noche a no ser que me cargara al caramarcada. Tenía que cambiar mis planes. Había que desengancharla de Leroy lo antes posible. Ella me daría montañas de viruta. También podría trabajármelo de manera que me quedase con ella y con una tajada de la indemnización.
Sabía que Leroy iba a perderla. No tenía posibilidad de retenerla por mucho tiempo con ese careto tan feo y esa vena celosa. Tenía que averiguar si ella sería legal conmigo en todos los sentidos. Silas ya me había contado que era ex puta.
—Chris, hazme un resumen de tu vida. Para cuando acabes lo tendré todo resuelto.
—Si dejas que me siente en tus piernas —me dijo.
Asentí y se encaramó a mi regazo. Me enganchó con el brazo alrededor del cuello. Tenía la mejilla pegada a mi oreja. Su corazón bombeaba contra mi pecho a causa de la cocaína. Por el rabillo del ojo vi al retaco meterse en el bareto de enfrente. Ojalá que no llamara por teléfono e interrumpiera la historia.
Su terso culo emanaba calor en el cuenco de mis palpitantes piernas. Qué duro tener que trabajárselo tanto para ser chulo. El señor Cimbel me la estaba jugando poniéndose duro también. No era más que un tonto romántico. El pobre capullo quería hacer el primo en la cama con aquella muñeca lujuriosa. Menos mal que me tenía a mí para protegerle.
—Hasta los doce, no recuerdo más que cosas buenas —empezó—. Luego murió mi madre. Hasta entonces mi padre había sido un hombre bueno y cariñoso. Era muy trabajador, un buen carpintero. Cambió de repente al morir mamá.
»Me desmontó la cama. Dijo que quería que durmiera con él. Decía que su cama estaba muy solitaria después de tantos años con mamá. Al principio no pasó nada. Un mes después, una noche tuve una pesadilla. Un animal feroz y salvaje me estaba succionando el pecho. Era terrible. Me desperté. Era papá.
»Chillé. Me abofeteó con fuerza. La expresión de su cara era retorcida y odiosa. Parecía un loco extraño. Me desmayé. Cuando me reanimé, papá estaba llorando y rogándome que le perdonara.
»Después de un tiempo yo me tumbaba, insensible, y le dejaba usarme. Le odiaba hasta los huesos. En el colegio estaba obsesionada con que los estudiantes pudieran descubrir mi vergüenza y sensación de asco. Para cuando cumplí los quince no era más que un esqueleto. Por entonces tenía que hacerle de todo. Me alegro de que se haya muerto y que esté en el infierno.
»La bestia de papá me estaba matando. Estaba tan histérica que no podía ni lavar los platos. Rompía docenas. Comía menos que un pajarito. Un día que venía de hacer la compra me desmayé. Me desperté en el hospital. Mi organismo estaba reventado y encima estaba preñada. Estuve un mes en el hospital. Cuando salí, viví con papá durante una semana. Cogí algo de dinero mientras dormía y dejé Wichita con un fardo de ropa a cuestas.
»Llegué aquí y conseguí un puesto de camarera. Un chulo joven llamado Dandy Louee empezó a acompañarme a casa cuando salía de trabajar. Yo creía que era millonario. Me dio ropa y me puso a ejercer. Era un negro hijoputa y cruel. Le gustaba pegarme para después follarme. Me explotaba en una casa regentada por una de sus putas. No paraba de pisarme el culo.
»Tiene gracia, hice dinero a pesar de que tenía un bombo tremendo. Un montón de primos venían buscando a una embarazada. Perdí al niño haciéndomelo con un cliente. A los dos meses, a Dandy le cayeron cinco años por trata de blancas.
»Encontré otro puesto de camarera y conocí a Leroy. A veces tocaba en ese sitio. Yo era una chica enferma. Me desvanecí dos veces sirviendo en aquel bar. El médico me recomendó reposo. Dijo que no viviría mucho si no descansaba. Leroy me cuidó hasta sanarme.
»Fue muy bueno conmigo. Necesitaba que alguien se ocupara de mí. Me casé con él justo cuatro meses antes de cumplir los diecisiete. Acompañé a Leroy por el Medio Oeste durante una gira de actuaciones de una sola noche. El grupo se disolvió en Youngstown, Ohio. Nos quedamos tirados. Leroy se puso a trabajar en una planta de limpieza industrial. A la segunda semana estalló una caldera y ya le has visto la cara.
»Su abogado ha dicho que nos pueden dar diez mil dólares de indemnización en cualquier momento. Leroy me está volviendo loca con sus celos. No me importa hacer la calle. Querría ser tu chica, Blood. Me gustas, Blood. ¿Están las cosas más claras ahora? ¿Qué debería hacer?
—No has tenido más que problemas —dije—. Siento tanta lástima por ti, nena. Ahora sé que tienes que ser mía. Tengo que protegerte. Tengo que darte cariño y comprensión. No te preocupes, ángel mío, conmigo la vida será suave como la nieve del Valle del Sol.
»Serás tan feliz que te pasarás la mitad del tiempo en otra dimensión. Combinando nuestros colores podríamos tener un niño de puta madre cuando seamos ricos. Dime, ¿piensa Leroy quedarse un tiempo tocando en La Gallera?
—¡Oh! Me olvidé de decírtelo —dijo—. Anoche fue su última actuación. Quieren que se quede otras seis semanas, pero va a dejar el combo. Demasiados quebraderos de cabeza para conseguir que los demás lleguen al trabajo puntuales y sobrios.
»Ahora está con un representante. Podría irse con una gran orquesta de la Costa Este. Espero que lo consiga. Los líderes de esas bandas quieren que las mujeres de sus miembros se queden en casa. Papi, por favor, piensa en algo pronto. Quiero ser tu chica lo antes posible.
Le estaba lamiendo la mejilla perfumada. Sacudí el cerebro en busca de una artimaña rápida para levantarme esa mina de oro amarilla. Sonó el teléfono. Se levantó del nido. Fui corriendo a cogerlo. La recepcionista dijo alterada:
—Discúlpeme, qué tonta soy. El de la 422 ha subido hace dos minutos. Estaba discutiendo una liquidación. Le vi entrar. No he caído hasta este momento. Será mejor que ponga todo en orden lo antes posible.
Entré corriendo al salón. La levanté de la silla y tiré de ella hacia la puerta. Abrí un poco. Guipamos por el pasillo. Caramarcada se aproximaba a unos diez metros. Llevaba debajo del brazo un montón de papeles, posiblemente partituras. Se cambió la carga de brazo.
Una hoja cayó al suelo. Se detuvo para recogerla. Su puerta estaba entreabierta. Me eché a un lado. Le di un manotazo en la cacha. Ella se escurrió en un pispás por las puertas. Caramarcada estaba parado y boquiabierto frente a su puerta ahora cerrada.
Estaba seguro de haberla visto. Tenía el careto desconcertado. Cerré suavemente y pegué la oreja a la puerta. Una explosión de sonido me aturdió el tímpano. Alguien estaba aporreando mi puerta con el puño. Fui corriendo al dormitorio y cogí mi navaja automática. Volví, oculté la hoja abierta a mi espalda y abrí.
Era caramarcada. Tenía pinta de Mr. Hyde. Sus ojos pardos giraban en sentido contrario a las agujas del reloj. Los papeles estaban amontonados de mala manera frente a su puerta. Tenía la derecha bien metida en el bolsillo de su abrigo. Vislumbré la casi imperceptible silueta de lo que podía ser un fino tubo de plomo o el cañón de una pistola. Calculé los movimientos para apuñalarle el corazón antes de que desenfundara la mano.
—Sí, jefe, ¿qué pasa? —le dije—. Tengo a mi abogado al teléfono. El juez me ha subido la fianza por un cargo de doble asesinato. Estoy muy mosqueado. No quiero comprar nada.
Se quedó ahí mirándome como un zombi caraquemada. Bajó la vista hacia la alfombra frente a mi puerta. Miré hacia abajo. Había una mariposa rosa cual delator silencioso.
Hinchó el pecho respirando hondo. Como si fuera el último respiro. Se agachó y la recogió. El fantasmagórico hijoputa sacó la otra mano del bolsillo. Las lágrimas brotaron de sus ojos pardos que me miraban sin pestañear. Sus mejillas marcadas temblaban mientras reducía a hilachas rosas la mariposa sobre la alfombra.
Dio media vuelta y se fue. Cerré la puerta y me metí un tiro de coca por la tocha. Me quité el batín. Estaba empapado en sudor. Me di una ducha. Me senté en la silla de Chris junto a la ventana. Todavía se respiraba su dulce aroma. Durante una hora estuve oyendo gemidos y lamentos del otro lado del pasillo. Caramarcada le estaba echando la bronca a Chris. Mickey dijo que era medianoche. No había comido desde por la mañana y no tenía hambre. La cocaína le hacía buenas pirulas al estómago.
«Espero que ese capullo celoso no se la cargue», pensé. «Sería como hacer una hoguera con una pila de billetes de cien. Si no fuera su esposa y yo tuviera una pipa, entraría ahí y la reclamaría».
Sonó el teléfono. Era Silas. Dijo:
—¿Qué ha pasado, chaval? ¿Es una hechicera en la cama? ¿La ha pillado el pavo? He estado ocupado. No he podido contactar contigo hasta ahora. Estaba preocupado por ti, chaval. La chica me ha contado que se retrasó con el aviso. Le detuve en la jaula lo que pude.
—Por los pelos no la ha pillado, Silas —dije—. No se la metí, soy un chulo. Me acordaré de ti y de la chica el fin de semana cuando pague el alquiler. Oye, Silas, si te enteras de algo sobre la pava o caramarcada, dame un toque rápido.
—Sí, chaval, ya me conoces. Yo me cosco de todo lo que pasa por aquí. Te tendré al tanto, chaval. Buenas noches. Me voy a casa —dijo.
Colgué y me tumbé a lo ancho de la cama. Me preguntaba si Max y el Rubito tendrían otra vez al retaco acorralada en un callejón. Me fumé un porro y me quedé dormido. Me despertó el teléfono. Era el retaco. Dijo:
—Corazón, soy tu nena. Son más de las dos. ¿Puedo volver a casa?
—¿Cuánto has hecho, zorra?
—Tengo treinta pavos. Estoy machacada, corazón. Mis clientes eran negros. Ya sabes lo barato que pujan y lo mucho que empujan. ¿Puedo chapar ya?
—Venga, chapa. Date un baño y controla el pico, zorra. No vayas a irritarme. Tengo un montón de cosas en la cabeza.
Llevaba más de doce horas trabajando. Estaba machacada de verdad. Media hora después del baño roncaba a mi lado. Yo dormitaba cuando sonó el teléfono. Encendí la luz y lo cogí.
—Hola —dije.
—Papi, no puedo hablar —musitó Chris—. Leroy está durmiendo. Encontró una mariposa que se me cayó del picardías. Ha estado vociferando como un energúmeno. Sabe que estuve ahí. Tengo malas noticias para nosotros. Lo de la banda se ha ido al garete. Llamó y canceló el contrato. Se va a quedar en el combo y se va a ir con ellos por Ohio.
»Su manager le ha ofrecido un montón de actuaciones de una sola noche que tiene contratadas. Me va a llevar con él. Papi, nunca olvidaré lo nuestro. Te tendré al corriente. Puede que él salga mañana antes de que nos vayamos por la tarde. Así tendré una oportunidad para darte un beso de despedida. Te amo, Blood. Voy a estar soñando con el señor Cimbel Cruel hasta que…
Oí el gemido carrasposo de la voz de Leroy llamándole por su nombre justo antes de que colgara. Me volví y miré al retaco. Tenía la enorme boca bien abierta. Le caían espumarajos de baba por la barbilla. Su maltratado pelo estaba empezando a partirse por las puntas. Necesitaba una visita al salón de belleza de abajo. Pensé: «¡Pero qué suerte la mía! Soy diabólicamente guapo. Estoy tumbado junto a una perra con la boca espumosa y el pavo más feo del mundo está al otro lado del pasillo metido en el sobre con una zorra preciosa que está loca por mí. Hay que hacer algo. Puede que una vez que consiga a Chris tenga el as de oros en la mano».
No dormí en absoluto después de la llamada de Chris. El retaco se despertó al mediodía. Se fue al otro lado de la calle a por nuestra comida. A las dos de la tarde ya estaba en la calle.
Llamó Silas. Me dijo que Chris estaba liquidando. Vi a Chris y a caramarcada meter sus cosas en el coche y desaparecer. El retaco volvió a las dos de la madrugada con sólo veinte pavos. Evitaba a los primos blancos. Estaba mosca con Max y el Rubito. No la pude tranquilizar. Prefería tirarse negros por tres o cinco pavos. Tenía miedo de que Max la pillara con un primo blanco.