Pimp
19. El punzón de hielo
Tuve suerte. Fui a dedo hasta casa de mi tía, me cogieron cinco coches. Cuando abrió la puerta faltaban cinco minutos para medianoche. Al principio no me reconoció, pero el caso es que me recibió bien.
Al cabo de una semana mi pierna se había curado y me encontraba en forma. Su marido tenía mi talla. Me dio un traje y cincuenta dólares. Fui al barrio de putas de la ciudad. Por allí andaba una cuadrilla de chulos de Nueva Orleans. Iban acompañados de sus putas ladronas. A los tres días me levanté una.
Se llamaba Helen la Sin Pulgares. Por entonces era una de las más hábiles carteristas del país. Rulábamos en un Cadillac del 47. Era una maga. Durante casi un año fue dejando una estela de carteras limpias por cinco estados.
Estábamos en Iowa cuando Helen le levantó siete mil doscientos pavos a un rico terrateniente. Yo estaba acostado cuando los desparramó por la cama. ¿Emocionado? Claro que sí. Mi corazón bombeaba como un bombardeo. Pero ella no se coscó. Yo era frío como el hielo. Lo recogí con indiferencia y lo conté. Puse cara de póquer y dije:
—Ahora escúchame, zorra. Explícame de dónde ha salido esto. Quiero saber cuánto quema esta viruta. ¿Le has quitado al primo todo lo que llevaba encima? Me voy a mosquear mucho como lea en los papeles que te has dejado alguna tacada.
Por lo que me contó, lo mejor era darse el bote. Nos metimos en el Cadillac y tiramos hacia Minneapolis. Al segundo día pillé una puta joven. Quería ser gatera. La llevé a nuestro hotel para presentarle a Helen. Al ver a aquella zorra tan bonita, Helen se mosqueó un montón.
Se le fue la olla. Sacó su cuchillo. La joven puta voló. Desarmé a Helen y le di de hostias. Después se fue a currar. Me dormí. Me desperté bruscamente. Helen me estaba acuchillando. Me aparté rodando. Me había pinchado en el antebrazo y junto al codo. Cogí un palo de golf y la dejé K. O.
Después de aquello pasé de plantearme levantar un establo con ella. Pero no me sentía chulo de verdad con una sola puta. Decidí robarle su técnica para sirlar. Me serviría para entrenar a otras putas cuando me deshiciera de ella. Al final le sorbí el seso. La técnica funcionaba de la siguiente forma.
Se agazapaba en algún portal oscuro o a la entrada de un callejón. Cuando aparecía un primo, Helen montaba el numerito. Se ponía en cuclillas con las piernas muy abiertas como si fuera a mear. Se levantaba la parte de delante del vestido, mostrando abiertamente el imán peludo a los saltones ojos del primo. Potenciaba la atracción acariciándose el conejo.
—Anda, pichoncito mío —le decía al primo—, estoy tan caliente que me quema el coñito. Hace seis meses que no ha visto una polla. Acércate y haz algo con él.
El primo entraba en el portal loco por metérsela gratis. Su sentido de la prudencia había quedado totalmente fuera de combate ante semejante crudeza. Ella le bombardeaba con un aluvión de dulce y apasionada verborrea erótica al tiempo que lo abrazaba con fuerza.
Localizaba la cartera, casi siempre en el bolsillo trasero del pantalón, utilizando las sensibles yemas de sus dedos. Mientras, se frotaba el vientre contra la entrepierna del otro. Se quejaba de que la hebilla del cinturón le molestaba. Se lo desabrochaba sin dejar de jadear haciéndose la apasionada. Así aflojaba la tensión de los bolsillos del pantalón. Luego le acariciaba con los dedos la cabeza de la polla.
También le lamía el lóbulo de la oreja con la lengua. Con las puntas de sus sutiles dedos, índice y pulgar, de la mano libre le desabotonaba el bolsillo. Pinzaba la cartera con el índice y el corazón y la extraía. El primo, salido y nervioso, no notaría ni la brasa de un cigarrillo en el culo.
Después sacaba la pasta de la cartera con ambas manos por detrás del cuello de él, aumentando la verborrea erótica y la presión en los huevos mientras enrollaba los billetes en forma de supositorio fino. A continuación, devolvía la cartera al bolsillo, sin olvidarse de dejarlo abotonado. Ya estaba lista para quitarse de encima al primo. Le decía que necesitaba hacer un pis. En una agachada rápida se metía los billetes enrollados en el coño. Entonces se fijaba en algún coche que pasara por allí y fingía asustarse, diciendo:
—Oh, Dios mío, ahí está Riley, el poli de antivicio. Escucha, cielo, vete al hotel Park, al final de la calle, y regístranos como el señor y la señora Jones. Llegaré en diez minutos, guapetón. No me quiero quedar sin probar tu polla.
El primo se palpaba el reconfortante bulto de la cartera. Aún seguía ahí, en el bolsillo abotonado. Se encaminaba hacia el hotel. La gatera tiraba rumbo a casa. Se cambiaba completamente de aspecto y volvía a la calle a por otro primo. Hubo un accidente. Se quedó preñada. Encontré a un carnicero que le apañó un aborto. Después de eso la cosa continuó como siempre. En una pequeña ciudad de Ohio todo se fue a hacer puñetas.
El cohete cayó en picado cuando me encontré con un viejo amigo. Ahora se llamaba Joe el Neoyorquino. No le veía desde los catorce años. Mamá le había dado cobijo al morir su madre viuda. Se puso enfermo y tuvo que ir al hospital. Yo cogía el autobús para ir a verle y llevarle chucherías. Pasaba ratos con él para consolarle. Me caía bien. Nuestra amistad fue breve. Al salir del hospital dejó la ciudad.
Traficaba con cocaína al por mayor y la muestra que me dio era casi pura. Llegué a un acuerdo para pillarle una postura. No tenía ni idea de que en Nueva York había aprendido a darle el palo a todo el mundo, incluso a los amigos. Me encontré con que el material que me había pasado era una ful. Corrí a buscarle convencido de que se había equivocado y que arreglaríamos las cosas.
—Joe, tío, ha habido un error —le dije.
Me llevó para dentro y me dijo:
—¿Cuál es tu problema, macho?
—Tío, esto es una ful —dije—. Esta mierda no es lo mismo que me pasaste en la muestra.
—Oye, mira —dijo—, mandé a Ronald a por la mercancía. Ese hijo de puta me ha dado el palo.
Sacó su pistola de la sobaquera. No me coscaba de que todo era puro cuento.
—¿Crees que debería cargarme a ese hijoputa? —preguntó—. ¿Qué quieres que haga?
Empezó a representar la escena de los ojos. Se le salían de las órbitas y todo eso montando el numerito.
—No, tío, sólo quiero que me devuelvas la pasta —le dije.
—Estoy tan cabreado que debería mataros a los dos —dijo.
Yo era relativamente joven. No conocía el estilo de Nueva York. Me asusté.
—Olvídalo —le dije.
Empezó a contraerse. Estaba en su ciudad. Yo tenía a una gatera con por lo menos siete cargos contra ella. Había perdido tres de los grandes. También podían haberme matado. Más tarde supe que todo era una ful: ful de Nueva York. Años más tarde caí en la cuenta. Puede que siempre me hubiera odiado por tener más cultura que él.
Una semana más tarde a Helen la arrestaron con siete cargos. Puse el Cadillac a cuenta para un abogado. Le cayeron de cinco a diez años. Tendría que haberle conectado una bomba al motor de arranque antes de dárselo al picapleitos.
Un menda me dijo que Joe había delatado a Helen. Casi me deja en la miseria. Además de desplumarme, había entregado a mi gatera. Literalmente, me había echado de la ciudad arruinado y sin puta.
Había oído que pillar putas en Detroit era fácil. Con el último billete de diez que me quedaba me embarqué en un Greyhound. Fijo que Detroit era la tierra prometida de los chulos. La ciudad estaba a rebosar de putas jóvenes y fáciles. La competencia de chulos locales era escasa.
Iba a pata, pero estaba más espabilado que una loca de Harlem. De todas formas, estas putas eran de diferente casta que las de Chicago. Eran facilonas, no había que hacer mucho el paripé para pillarlas.
El primer paquete que pillé era una preciosa diecisieteañera de ojos verdes, tipo Pepper. Se llamaba Rachel. Aguantaría conmigo trece años.
El siguiente paquete fue una enorme y peligrosa tiarrona negra llamada Serena. Además de ejercer, también regentaba una cuadra de sábana rápida para una docena de fulanas. La cuadra era su casa. Menos de ocho semanas después de pisar Detroit, yo rulaba por la calle en un flamante Fleetwood del 48 nuevecito. Había amasado un buen fajo de viruta.
Menos de noventa días después de pillar a Serena, me hice con dos jovencitas más. Una semana más tarde, un chulo de ocasión de Rhode Island llegó a la ciudad. Traía con él una putilla guapísima. Era un celoso. Siempre andaba detrás de ella. Yo la aceché. Se olvidó de seguirla y me quedé con ella. Aguantó conmigo unos cuantos meses hasta que la calle se puso fea. La pasma echó a Serena de su casa por la fuerza. La coloqué en la calle.
Entonces oí hablar de una pequeña población en Ohio, Lima, con un mercado creciente y a tope de primos. A lo mejor podía abrir allí un par de casas.
Mi suerte iba en aumento. Con el alquiler de mi apartamento y los de las chicas, uno por pava, necesitaba reajustar el esquema para serenarme el coco. No paraba de darle vueltas a la cabeza mientras conducía el Cadillac para recoger a mi establo. Se montaron. Me dieron la pasta y la eché a la guantera.
Despuntaba el alba, el gran Cadillac rodaba disparado por las calles. Mis cinco putas charloteaban como urracas embriagadas. Olía el tufo que sólo tiene una puta callejera después del tute de una larga noche. El interior de mi napia tenía mono. Suele pasar cuando no eres más que un cerdo esnifador de cocaína.
Me ardía la nariz. El pestazo de aquellas putas y el gángter que se estaban fumando eran como cuchillos invisibles rascándome hasta el cerebelo. A pesar de la pila de pasta que había en la guantera, mi talante era peligroso, estaba de muy mala hostia.
—¡Hostia puta, zorras! ¿Es que alguna de vosotras se ha cagado encima o algo parecido? —dije desgañitándome. Abrí el deflector hacia mí.
Durante un largo momento hubo silencio. Entonces Rachel, mi señora puta, dijo con voz complaciente y pelotera:
—Papaíto, rey, no es a mierda lo que hueles. Hemos estado currando toda la noche. Los coches de esos primos donde damos el callo no tienen baño. Papaíto, fijo que hemos estado empleándonos a fondo para ti. Lo que hueles son nuestros sucios culos de puta.
Sonreí con ganas, por dentro por supuesto. Los mejores chulos guardan sus emociones bajo una carcasa de acero. Yo era de los más gélidos. Las putas soltaron risitas ante el burdo gracejo de Rachel. A un chulo le alegra que sus putas rían. Así sabe que aún están dormidas.
Aparqué el Cadillac suavemente junto al bordillo, fuera del hotel en el que se alojaba Kim, mi más nueva y preciosa adquisición. ¡Dios! Qué ganas tenía de descargar a la última puta. Así podría volver a mi hotel, mimarme la napia con cocaína y estar a solas. Todo buen chulo sabe que él es su mejor compañía. Su vida interior es rica en astucia y maquinaciones para poder dominar a sus putas.
Al salir Kim, le dije:
—Buenas noches, nena, hoy es sábado. Mañana quiero a todo el mundo en la calle al mediodía en vez de a las siete como hoy. He dicho al mediodía, no cinco minutos después o dos minutos después. A las doce en punto quiero que estéis al pie del cañón, ¿te has enterado, nena?
No contestó. Hizo una cosa extraña. Rodeó el Cadillac y vino hasta mi ventanilla. Se quedó mirándome un largo instante. Su hermosa cara aparecía tensa en el oscuro amanecer.
Entonces dijo con su acento cursi de Nueva Inglaterra:
—¿Vas a pasarte a verme esta mañana? Hace un mes que no pasas una noche conmigo. Así que vuelve, ¿vale?
A un buen chulo no le pagan por follar. Se gana su paga por saber siempre qué decirle a una puta a la velocidad de un rayo. Sabía que mis otras cuatro putas habían levantado las orejas para ver cómo reaccionaba con esta preciosa zorra. Un chulo con una zorra refinada en el establo tiene que tener el juego bien amarrado. Las putas siempre están buscando el punto flaco de su chulo.
Me encajé una máscara terrorífica en la cara y le dije con voz lenta y letal:
—Zorra, ¿te has vuelto loca? No hay una sola puta en esta familia que me proponga o me fuerce a hacer nada. Y ahora coge tu asqueroso culo amarillo, llévatelo arriba, mételo en el baño y después, a la piltra. Mañana a las doce en la calle, como he dicho.
La zorra ni se movió. Los ojos se le achinaron con furia. Noté que iba a darme la brasa contándome su vida, ahí en la calle, delante de mis putas. Si hubiera sido diez años más ingenuo, habría saltado fuera del Cadillac para partirle la mandíbula y pisarle el culo. La trena seguía fresca en mi memoria.
Sabía que la zorra estaba intentando meterme en una encerrona cuando escupió su invitación:
—Venga, písame el culo. ¿Para qué hostias necesito a un hombre al que sólo veo cuando viene a por su dinero? Ya estoy harta. No soporto los establos ni los soportaré. Sé que soy la zorra nueva que tiene que demostrar lo que vale. Bueno, qué hostias, estoy cansada de esta mierda. Lo dejo.
Paró a coger aire y encenderse un pitillo. Pensaba bombardearla en cuanto terminase. Me quedé sentado mirándola. Luego prosiguió:
—Me he levantado más primos en los tres meses que he estado contigo que en dos años con Paul. Tengo el coño inflamado y dolorido. ¿Vas a patearme el culo antes de que me largue? Si es así, hazlo ahora porque me vuelvo a Providence en el primer tren que pase echando humo.
Era joven, marchosa y con mucho garbo para los primos. Era el sueño de cualquier chulo y ella lo sabía. Me estaba probando con sus monsergas. Ahora aguardaba tranquilamente una respuesta gilipollas.
Mi fría fachada le había defraudado. La vi marchitarse según le decía con voz gélida:
—Escucha, zorra pijotera, nunca he tenido una puta a la que pudiera echar de menos. Cuando una puta me abandona, yo lo celebro, zorra. Eso deja un hueco para que otra zorra que valga la pena ocupe su lugar y se convierta en estrella. Mira, zorra ruin, si cago en tu cara, tendrás que abrir bien la boca y alegrarte.
Un coche patrulla cargado de polis pasó muy despacio. Puse cara de gilipollas sonriente, congelándola hasta que pasaron de largo. Kim seguía allí clavada aguantando el chaparrón helado. Continué implacable:
—Zorra, no eres más que un cero a la izquierda. Antes de mí tenías un chulo de ocasión sin pizca de reputación. Nadie ha oído hablar de ese hijoputa salvo su madre. Sí, zorra, volveré esta mañana para llevar tu culo de pacotilla a la estación.
Salí disparado de allí. Por el espejo retrovisor vi a Kim caminando despacio hacia el hotel. Iba alicaída. Hasta que descargué a la última puta se podía escuchar a un mosquito cagando en la luna. Les había demostrado a todas que estaba hecho de hielo macizo.
Volví a por Kim. Estaba lista y callada. Camino de la estación, yo iba revolviendo las páginas de ese libro del chulo que guardaba en el coco. Estaba buscando la manera de retenerla sin besarle el culo.
No encontré ni una línea para un caso como éste. Al final resultó que la zorra estaba tanteándome y marcándose un farol desde el principio.
Acababa de echar el freno de mano en el aparcamiento de la estación cuando la zorra se vino abajo. Sus ojos estaban empañados mientras decía haciendo pucheros:
—Papi, ¿de verdad que piensas dejarme marchar? Papi, yo te amo.
Arremetí con la indiferencia para amarrarla bien, mientras le decía:
—Zorra, no necesito una zorra protestona y bocazas. Necesito a una zorra que me quiera de por vida. Tienes que irte. Después de toda esa mierda tempranera, está claro que tú no eres esa zorra.
Mi labia le hizo filetes. Se derrumbó en mi regazo llorando y suplicando quedarse. Yo tenía una teoría sobre las zorras que abandonan. Raramente lo hacen sin llevarse un buen fajo. Así que le dije:
—Dame esa pasta que te has quedado y te daré otra oportunidad.
Ya lo creo que se hurgó en el escote. Sacó cerca de quinientos pavos y me jos entregó. Ningún chulo que se precie dejaría marchar a una hermosa puta con un montón de rodaje por delante. La dejé quedarse.
Por fin conducía camino de mi hotel. Me acordé de lo que Jones el Dulce, el maestro chulo que me instruyó, decía acerca de las putas como Kim.
—Flaco —decía—, una preciosa zorra negra y una puta blanca son la misma cosa. Las dos entrarán en un establo para hundirlo. Dejarán al chulo sin puta y con el culo en el aire. Tienes que hacerles dar el callo rápida y duramente. Sacarles el máximo jugo lo antes posible. Flaco, el chuleo no es ningún juego de amor. Cómeles el tarro y no se te ocurra meterles el nabo. Cualquier pamplinas que se crea que una puta le ama no debería haber salido del culo de su madre.
Mis recuerdos volaron hacia Pepper. Y después más atrás. Entonces me acordé de lo que me había dicho sobre el Georgia. Me había dicho:
—Flaco, espero que todavía no hayas follado con esa bonita zorra. Créeme, Flaco, un chulo no es más que una puta que ha invertido con ellas los papeles del juego. Flaco, sé amable con ella en proporción a la pasta que te da. Nunca más. Sácale un pastón a la puta antes de practicar el sexo con ella. Para el chulo, una puta no es más que otro primo. No te dejes hacer el Georgia. Exije siempre la pasta por delante, como una puta.
Estaba en el ascensor elevándome hacia mi apartamento. Pensé en la primera zorra que me hizo el Georgia, cuando tenía tres años. Se pasó por la piedra mi cabeza sin pagar. Ahora sería vieja y canosa. Si pudiera encontrarla, fijo que le iba a hacer pagar esa cuenta pendiente en mi conciencia.
Esnifé un par de vainas de cocaína. Dos horas más tarde me tomé una amarilla. Me quedé dormido.
Cuando desperté al mediodía, sabía que tenía que mudarme. Los padres de Rachel querían jugarme una mala pasada. Kim podría volver con el desgraciado de su ex. Todo mi establo, salvo Kim, eran chicas locales. Un chulo que no se decide a cambiar de zona está buscándose problemas.
Lejos del ámbito familiar es más fácil ejercer un control más exhaustivo. Una chica en un entorno extraño depende más de su hombre. Necesita más de su consejo y orientación. A las chicas pilladas en poblaciones pequeñas había que moverlas rápido.
Esa noche fui a Ohio. Dispuse los cimientos del traslado. Alquilé dos casas y las amueblé con buen gusto. Me puse en contacto cor un tipo que recaudaba las mordidas para los perros de la pasma. Me dio el visto bueno a cien pavos por semana y casa. Trasladé allí a toda la familia. Lo hice en el momento preciso. Un mes después, Detroit quebró y se acabó el negocio en la ciudad.
Tenía un buen contacto de material en la nueva ciudad. Empecé a espolvorear heroína en mi coca. Las mezclaba y me chutaba speedballs. A partir de ese momento, cuando me iba a la cama podía dormir a pierna suelta. Raramente tenía aquellas pesadillas de antes. Me enganché a la heroína. No me preocupaba. Estaba sacando una pasta gansa.
Tenía treinta años. Por segunda vez en mi carrera de chulo veía garantizado el éxito y un horizonte verde. ¿Cómo iba a saber que aquella zorra elefanta de Serena se iba a poner celosa? Desbarató todo mi castillo de naipes levantado con billetes. Me faltó un milímetro para que me buscaran por asesinato. El milímetro estaba en el pecho de Serena.
Durante el año en que llevé ambas casas, primos de todo el condado abrieron una zanja de tanto ir y venir. Estaban locos por catar aquellas sabrosas y perversas jovencitas. Nunca me fue mejor chuleando.
Un día me sentía de maravilla paseando al sol. De pronto vi a Serena venir por la calle con la bolsa de la compra. Ya se había cargado a dos personas en Nueva Orleans. Se me acercó sonriendo. Cuando la tuve delante, sacó de la bolsa un punzón de hielo. Intentó asestarme con él en el pecho. Por entonces yo era bastante rápido, así que salté hacia atrás. La punta del pincho me rasgó el borde del bolsillo, justo encima del corazón. Ella había intentado conducir la punta directamente hasta el centro de mi patata.
En aquella época yo no llevaba pistola. Podía comprar una en cualquier ferretería. Pillé un 32 y una caja con cincuenta cartuchos. La llevé al apartamento de Serena y me puse a cargarla encima de la mesa de la cocina.
—¿Para qué es eso, papi? —preguntó ella.
—Es para cargarme a cualquier puta que intente hacerme pupa —dije yo.
—Oh, papi —dijo ella—, sabes que sólo estaba mosqueada. Anda, olvídalo.
—No —dije yo—, no pienso olvidarlo. Mataría a mi propia madre si pensara que iba a hacerme daño.
Aquella misma noche, a eso de las doce, las otras chicas y yo regresábamos de un cabaret. Metí la llave en la puerta. Al abrir me vino un fuerte aroma a Tabú, el intenso perfume que solamente Serena utilizaba. Vacilé un momento. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Vi a Serena de pie en un rincón del cuarto de estar con el punzón de hielo en la mano. Se había colado en casa de Rachel a través de una ventana abierta del sótano. Desenfundé la pipa.
—¡Serena! —dije.
—Sí, hijo de puta —dijo—, os voy a matar a ti y a esas guarras ahora mismo.
Empezó a llorar.
—Serena —dije—, no pases de ese extremo de la mesa. Si lo haces, te mato. Sabes que siempre cumplo mi palabra.
—Me importa una mierda —dijo ella.
Arremetió contra mí desde el otro lado de la mesa. Le disparé. Lo único que pudo salvarle la vida fue aquel busto suyo de ciento diez centímetros. Aunque el disparo fue a quemarropa, el tejido graso absorbió la bala.
Al dispararle, la sangre nos salpicó. Le había dado en una arteria. A mí me regó la cara y a ella toda entera. En su vestido había un anillo de llamitas. Disparando desde tan cerca, le había prendido fuego. Ella aguantaba como un elefante. Ni siquiera cayó. La zorra intentó agarrarme. Antes había soltado el punzón.
Se aguantó el pecho y dijo:
—¡Papi, no me mates!
Tuve la tentación. Seguía teniendo la intención de matarla. Estuve a punto de meterle unos tiros en la cabeza. No lo hice. Aún no sé por qué, salvo porque había testigos, las otras cuatro putas. Pasó por la puerta tambaleándose delante de nosotros y salió a la calle. Nos montamos todos en el Fleetwood y salimos pitando de la ciudad dejándolo todo.
Corrí hacia mamá. No la había vuelto a ver desde aquellas navidades. Su pelo estaba blanco como la nieve. ¡Dios! Cómo se puso de contenta y nerviosa al verme. Le conté lo que había pasado. Hizo que una amiga la llevase allí en coche. Metió toda la ropa en un remolque. Fue al hospital a ver a Serena.
Serena le suplicó a mi madre que me dijera que volviese. No iba a denunciarme. Reconoció que todo había sido culpa suya y que me amaba. Yo estaba seguro de que si volvía con Serena ésta acabaría ensartándome un cuchillo de carnicero mientras dormía.