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21. La caja de acero
Seattle se había acabado. Era 1958. Mi padrastro murió dejando a mamá completamente sola en California. Sus cartas estaban llenas de pena y soledad. Yo había caído hasta quedarme sólo con Rachel y la pinche de cocina a la que puse a ejercer.
Desde que dejé el hábito había engordado veinticinco kilos. Pesaba más de noventa. El tiempo me había recortado entradas en el pelo. No me parecía mucho a la foto de aquel estilizado fugitivo.
De vez en cuando fumaba un poco de gángster y esnifaba algunas rayas. La verdad es que una vez pillé una vaina de heroína con mi coca. Tenía ganas de hacerme un speedball. Me costó mucho tirar la heroína por el retrete.
Con casi cuarenta tacos ya estaba mayor para chulear. Con mi ropa cara parecía una foca negra. Por primera vez en muchos años redescubrí el gusto por la buena comida. Me tomaba las cosas con más calma. Pasaba la mayor parte del tiempo leyendo en la cama. El final de mi carrera de chulo estaba próximo.
Tomé la decisión de volver a la vía rápida. Me mantuve lejos de donde solía moverme antes. Había puesto a mis dos chicas a trabajar por una calle del centro. La mayoría de sus primos eran blancos. Me alojé en un hotel cercano. Ellas vivían juntas en ese mismo hotel. Tres meses después de reincorporarme, un incendio me desbarató todo el tinglado. Este incidente desencadenó los acontecimientos que acabarían con mi arresto por haberme fugado.
Estaba dando un paseo. Me detuve para contemplar las llamas que devoraban un edificio de apartamentos. Un viejo de piel marrón observaba junto a mí. Era un maestro de los dados. También le vendía ropa de faena a putas de casas repartidas por diez estados. Después del fuego nos fuimos juntos a tomar una copa. Nos caímos bien a primera vista. Durante el siguiente mes nos estuvimos viendo a diario. Empecé a acompañarle a las casas de putas a vender su mercancía.
Yo siempre había despreciado a las putas que trabajaban en las cuadras. Le daban el cincuenta por ciento de la pasta a la madame. Siempre creí que una buena puta tenía que buscar al primo en la calle. Incluso cuando tuve las casas en Ohio, mis putas pillaban a los primos en la calle.
Las putas vagas y chapuceras trabajaban en casas y esperaban que los primos aparecieran. Pero, mi amigo, Puja Más, me convenció de que los lupanares eran lo que me iba. Tenía varias razones. El desgaste del chulo es menor. Las casas están protegidas y las madames se responsabilizan de los arrestos. Además, una chica casi no necesita entrenamiento para currar en una casa.
Las putas que se pierden en las casas son, como mucho, la mitad de lo habitual. Me dijo que a mi edad podría reunir una pasta gansa en las cuadras. Después podría abrir un par de ellas por mi cuenta y vivir hasta los cien años. No llegaría a vivir tanto bajo el estrés y la tensión de las calles.
Dos meses más tarde ya tenía colocadas en casas a mis dos chicas. Todos los lunes me llegaba la pasta mediante giros postales. Como él decía, era una forma cómoda de chulear. El cincuenta por ciento del total no podía echarlo en falta puesto que nunca lo iba a ver.
Las chicas trabajaban durante uno o dos meses antes de venir a verme. Entretanto yo pasaba el tiempo con Puja Más. Era un buen colega. Se tiró de los pelos cuando desoí su consejo dilapidando casi toda la pasta en un Cadillac nuevo del 59. Le quería como a un padre. Conocía todas las probabilidades con los dados y la gente. Puede que su amistad y sabiduría me ayudaran a mantenerme lejos de la heroína. Puede que si no hubiera vuelto a la cárcel, yo hubiera vuelto a caer. Estuve tentado montones de veces.
Llevé a Stacy, la más joven, a una casa de Montana. Era marzo. Se iba a quedar durante la temporada ecuestre. Eso implicaba que cada seis semanas o así yo tenía que acercarme para cubrirla y amarrar mi juego. Se encontraba sola. Me llamaba y escribía para decirme lo mucho que me echaba de menos. Tuvo una bronca con la madame y se puso a trabajar en otra casa de la ciudad, regentada por un tarra. Le dije al Pujas que iba a ir a verla. Me dijo:
—Ice, no se te puede aconsejar bien. Ya hiciste el gilipollas arruinándote con ese Cadillac nuevo. Pues ahí va otro buen consejo. Ice, no solamente no deberías ir, sino que además deberías sacar de allí a esa zorra fiel. Conozco a ese tarra. Es una serpiente. ¡Sácala de allí! Sé de un sitio en Pennsylvania que es igual de bueno. No te costará ni dos días sacarla y recolocarla.
No le hice caso. Fui en tren a visitarla. Alquilé una habitación en un motel. Me registré como Johnny Cato. Estaba a las afueras de la ciudad. Los únicos negros que andaban por esa ciudad eran las putas de las casas y los chulos que venían a visitarlas.
Ella se pasaba por el motel de madrugada, después del curro. Me confesó que un día se despertó encontrándose al jefe en la cama. Con el susto, ella le atizó en la cabeza con un reloj de latón. Pero aquello no le disuadió. Se limpió la sangre y le dio cincuenta pavos para aliviarse. Le rogó que pasase de mí y fuese suya. A buenas horas me lo contaba.
Era el tercer y último día de mi visita, domingo por la noche, alrededor de las nueve. Los domingos ella no trabajaba. Estábamos jugueteando. Yo estaba en pijama. Tenía una vaina de coca en el bolsillo. Me iba encendiendo un pitillo cuando llamaron a la puerta al estilo patrullero, haciéndola estremecer a ella y a mí también. Me acerqué sin abrirla.
—Sí, ¿quién es? —pregunté.
—Policía, abra la puerta —respondieron.
La abrí. Eran dos patrulleros tipo sueco de jeta sonrosada. Uno era de aspecto porcino y el otro esquelético. Metí mis manos temblorosas en los bolsillos del pijama. Las yemas de mis dedos tocaron la abrasante vaina de cocaína. Esperaba que no se me notara el miedo en la cara. Les brindé la piñata con una amplia sonrisa. Entraron y se plantaron en medio de la habitación. Stacy estaba boquiabierta en la cama.
—Sí, caballeros ¿en qué puedo servirles? —dije.
—Queremos ver su carnet de identidad —dijo el Esqueleto.
Fui al armario y cogí el carnet falso de John Cato Fredrickson. Se lo puse en la palma de la mano. El sudor frío me corría por la espalda. Le echaron un vistazo y luego se miraron.
—Ha incumplido la ley —dijo el Esqueleto—. No ha firmado correctamente en el libro de registros. ¿Por qué no ha firmado con el nombre completo? ¿Qué trata de ocultar? ¿Qué está haciendo en esta ciudad? Aquí dice que es usted bailarín. No tenemos ningún club por aquí que contrate artistas de variedades.
—Agentes —dije—, mi nombre profesional es Johnny Cato. No tengo nada que ocultar. Mi nombre completo siempre resultó muy largo para las marquesinas. He caído en el hábito de utilizar la versión abreviada.
»Las piernas me fallaron el año pasado. Ya no bailo. Mi esposa y yo hemos decidido abrir un negocio. Estamos recorriendo esta parte del país. Pensamos que en su ciudad hemos encontrado el sitio ideal para un puesto de pollo frito al estilo sureño. Mi esposa tiene una receta secreta que puede que nos haga ricos aquí.
—Maldito negro mentiroso hijo de puta —dijo Porky—. Todos los negros que pasáis por aquí lo hacéis para abrir otra conejera o para comerle el coño a vuestra puta. Tú y esa zorra no estáis casados. Eres un chulo de mala muerte y ella es tu puta. La he visto por ahí. Oye lo que te digo, chico, saca tu culo negro de la ciudad. No te queremos por aquí.
—Sí, señor —dije—, ya que lo dice me olvidaré del restaurante.
Dieron media vuelta y se marcharon. Sabía que el jefe de Stacy me había señalado. Era demasiado tarde para pillar el tren de vuelta a casa. Sólo había uno diario, a las ocho de la tarde. Sabía que iban a volver. Estaba atrapado. Oí por la radio los partes que advertían que las carreteras estaban cortadas por la nieve. No podía ni marcharme a pata. Me esnifé el marrón y me senté a elucubrar una salida.
La tarde siguiente, a las tres en punto, vino el jefe de policía. Le dejé pasar. Dijo:
—Chico, esto no me gusta. Voy a olvidar lo de la firma falsa. Pero tenemos un asunto más serio. Si tú y esta mujer no estáis casados legalmente habéis quebrantado una ley con la que no puedo hacer la vista gorda. ¿Cuándo y dónde os casasteis?
Pensé deprisa. Traté de recordar algún registro civil incendiado que hubiera aparecido en los periódicos. No pude.
—Señor —dije—, nos casamos hace tres años en Waco, Texas. No entiendo cómo puede dudar que estemos casados.
—Os voy a arrestar —dijo—. Voy a cotejar vuestra historia. Si me estás diciendo la verdad, os dejaré marchar. Si no, os meteré una pena de cárcel.
Nos llevó con él. Nos tiraron la foto y nos sacaron las huellas. Después nos llevaron a su despacho.
—Chico —dijo—, me has mentido. He llamado a Waco. Vuestro matrimonio no está registrado en ninguna parte.
Nos encerraron. Una hora después salimos bajo fianza por doscientos dólares cada uno. Fuimos en taxi al motel. Entendí el porqué del retraso en la fianza. Habían registrado la habitación. Recogimos las cosas de Stacy de la casa de putas y nos sentamos en la estación hasta las ocho de la tarde.
Llegamos a Seattle por la mañana temprano. Sabía que en cuanto mis huellas llegaran a Washington, el FBI les daría la noticia de que yo era un fugitivo. Tenía que salir de la ciudad.
El jefe de policía conocía mi destino una vez abandonase su ciudad. El Pujas llamó a Pennsylvania. Stacy estaba preparada, lista para salir hacia su nuevo destino al día siguiente. El jefe debió de enviar las huellas a Washington por avión.
Unos patrulleros y un capitán de boqueras nos trincaron a Stacy y a mí. Me metieron evasión y a Stacy encubrimiento. Había un detalle que no entendía. Camino de la jaula le di muchas vueltas. ¿Cómo sabían estos polis y el otro cabrón dónde echarme el guante en una ciudad tan grande?
Cuando lo descubrí, ya me habían trasladado a la prisión del condado. Había cometido muchos errores estúpidos en mi vida pero ninguno lo fue tanto como el que me devolvió a la puta trena. Había una carta de Stacy en mi maleta. Los polis que registraron nuestra habitación mientras estábamos en la comisaría tomaron nota de mi dirección. Había subestimado a los polis de pueblo y aquí estaba, con las pelotas al fuego.
Rachel vino corriendo de la casa de putas donde estaba. Recurrí el cargo de evasión. Al fin y al cabo no fueron capaces de demostrar completamente todo lo que le dijeron al tribunal sobre mi fuga. En la primera audiencia le dije al juez que no me había fugado. Le conté que una noche, antes de las doce, un celador me abrió la celda, me llevó a la puerta principal y me dejó ir. Un amigo mío le había untado para que me soltara bajo cuerda.
Era un cuento muy flojo, pero lo suficientemente sólido como para entorpecer mi regreso a la trena. Sabía que allí no me esperaba nada bueno. Pujas vino a verme. Se ofreció a hacer por mí cualquier cosa. Estaba perdido. Nadie podía ayudarme.
Mamá vino desde California. Estaba vieja y enferma. De hecho se estaba muriendo. Tenía problemas de corazón y diabetes. No sé cómo pudo soportar el viaje. Se repitió una vieja escena. Yo me encontraba tras los barrotes de una jaula y ella lloraba por fuera.
—Hijo —dijo entre lágrimas—, ésta será la última vez que nos veamos. Tu madre está muy cansada. El Señor me ha dado fuerzas para hacer este largo viaje y ver a mi pobre niño antes de que vaya a dormir en los brazos de Jesús. Hijo, es una pena que no me quieras tanto como yo a ti.
Yo lloraba, estrechando sus delgadas y pálidas manos entre las mías tras los barrotes.
—Escucha esto, mamá —dije—, sabes que todos llevamos dentro sangre india. No vas a morir, mamá, vivirás hasta los cien como tu padre, Papa Joe. Vamos, mamá, ya vale. ¿Es que no tengo ya bastantes problemas? Mamá, yo te quiero, en serio. Perdóname por no escribirte a menudo y esas cosas. Te quiero, mamá, te quiero. Por favor, no te mueras. No podría soportarlo estando encerrado. Yo te cuidaré cuando salga. Te lo juro, mamá. Pero no te mueras, ¡por favor!
Apareció el boquera. La visita había terminado. Su rostro severo se ablandó nada más verla, de pura lástima. Él sabía que ella estaba seriamente enferma. La observé alejándose despacio por el pasillo de la cárcel. Llegó al ascensor. Se volvió y me miró. En su cara había tristeza y amargura. Me recordó aquella mañana de tormenta, hacía mucho tiempo, cuando estuvo mirando bajo la lluvia cómo el furgón me llevaba por primera vez a prisión. Aún hoy se me hace un terrible nudo en la garganta cuando rememoro aquel momento.
Pasó una semana después de que mamá viniera a visitarme y se volviera a California.
Fui a juicio por tercera y última vez. El juez ordenó mi custodia al capitán de boqueras. Stacy salió absuelta.
El capitán y su acólito iban siniestramente callados. El sedán de la prisión segaba a su paso un radiante día de abril. Yo iba en el asiento de atrás. Me fijé en los afortunados ciudadanos que pululaban por las calles. Me preguntaba qué utilizarían en este penal, ¿mangueras de goma?, ¿cachiporras? Estaba tan deprimido que no me hubiera importado caerme muerto en el asiento trasero.
Entramos en la trena por la puerta grande. El cálido sol de abril brillaba sobre aquellos edificios sucios y antiguos.
Los trenos del patio se apoyaron en sus escobas. Me miraron a través de la ventanilla. El sedán se detuvo. Salimos. Me quitaron las esposas. Me llevaron a la misma galería de donde me había escapado trece años antes. Me encerraron en la planta baja.
A primera hora de la tarde un boqui me llevó a la oficina del jefe de seguridad del trullo. Detrás de su mesa, parecía un ario puro de las SS. No tenía ni cachiporra ni manguera. Sonreía como debió hacerlo herr Schickelgrüber en aquel vagón en Francia. Su voz era como un susurro letal:
—Vaya, vaya, así que tú eres el mirlo espabilado que voló de la jaula. Anímate, sólo nos debes once meses. Tienes suerte de haber escapado a la nueva ley. Ahora está vigente en el código. Las fugas se penalizan con un año extra.
»Ah, qué lástima que no sea retroactiva. Te voy a meter en una celda de castigo durante algunos días. No es nada personal, ¿sabes? Qué hostia, si apenas me jorobaste al darte el bote. Confidencialmente, dime cómo lo hiciste.
—Señor —dije—, ojalá lo supiera. Soy propenso a tener fugas mentales. Aquella noche volví en mí y estaba andando por la carretera, en libertad. Señor, créame de verdad que desearía poder contárselo.
Sus fríos ojos claros fraguaron convirtiéndose en ágatas azules Le nació una sonrisa.
—Oh —dijo—, está bien, hijo. Te voy a decir una cosa, no tengo la más mínima duda de que dentro de poco se te va aclarar la memoria respecto a cómo lo hiciste. Cuando eso pase, pídele al funcionario del bloque una solicitud para verme. Bueno, pues buena suerte, hijo, hasta la vista.
Otro boqui me llevó a las duchas. Me di una y me puse un desgastado uniforme de treno. Me examinó un carnicero y me llevaron de vuelta a la galería. El boqui me guió por una hilera de celdas diminutas y sucias que había en la planta baja. La celda en la que me metieron al entrar estaba al otro lado. Se detuvo frente a otra. La abrió. Me empujó dentro. Estaba cerca de la entrada del módulo. Eché un vistazo a mi nuevo hogar.
Era una caja hermética diseñada para destrozar y torturar el espíritu humano. Levanté los brazos. Mis yemas tocaban el frío techo de acero. Los extendí a los lados. Tocaba las paredes de acero. Caminé poco más de dos metros desde la puerta de barrotes al fondo de la celda. Al pasar vi un catre de acero. La colcha estaba manchada y apestaba a mierda seca y vómito rancio. El lavabo y el retrete tenían una costra marrón verdosa. Podía convertirse en una caja mortuoria de acero para cualquier coco débil en un par de semanas. Me preguntaba cuánto tiempo me tendrían castigado en aquella caja. Di media vuelta y caminé hacia los barrotes. Me quedé agarrado a ellos, mirando la pared desnuda del pabellón de enfrente. Pensé: «El Nazi se cree que después de una semana o así en esta mazmorra, estaré llorando y suplicando contarle cómo escapé. No me voy a achantar. Qué hostia, tengo el coco duro. Puedo aguantar aquí un mes si hace falta».
Escuché una palmada contra la plancha de acero que había entre las celdas. Vi una mano blanca y delgada sujetando un trozo de papel. Saqué el brazo entre los barrotes. Cogí el papel. Era una nota que envolvía dos cigarrillos y tres cerillas. La leí:
«Bienvenido al Callejón de la Felicidad. Me llamo Coppola. Me ha dicho un pajarito que eres Lancaster, el pavo que se dio el bote hace trece años. Yo me lo di hace un año y medio. Tenía un destino en las oficinas de la entrada.
»Me devolvieron aquí hace seis meses. He estado a punto de diñarla más de diez veces. Ya sabrás de lo que te hablo. Estoy aquí desde que entré. Todavía me queda el año que me han añadido por la fuga. Además, tengo una pena pendiente en Maine por falsificación.
»Estamos metidos en un buen lío, colega. Desde que llegué, ese cabrón de seguridad ha grillado a cuatro o cinco trenos en estas celdas. Ahora somos seis en esta hilera. Sólo tres somos fugados. El resto está cumpliendo castigos cortos de entre dos días y una semana. Te pondré al tanto de otras cosas más tarde, sé qué boquis te consiguen lo que quieras por un precio.
Encendí un pitillo y me senté en el catre. Pensé: «Coppola debe de ser un tío de la hostia para haber aguantado el coco firme durante seis meses de estancia en el Callejón de la Felicidad. No sabe que voy a estar aquí nada más que unos cuantos días».
Esa noche nos dieron una cena rancia de arroz a la española. Oí el arrastrar de pies de la fila de trenos entrando en la galería. Iban a sus celdas en las plantas superiores. Los atronadores altavoces y las luces se apagaron a las nueve. Por encima del ruido del agua de los lavabos y de una epidemia de ventosidades escuché mencionar mi nombre. El que hablaba estaba en la grada justo encima de mi celda. Decía:
—Tío, ¿qué te parece lo del viejo Iceberg, el macarra? Tío, van dos pavos contra diez a que los blancos se lo cargan ahí abajo. Un chulo no tiene aguante para comerse el marrón en ese agujero.
—Socio —dijo el otro—, ojalá que ese macarra hijoputa la espiche esta noche. Uno de esos chulos enganchó al pico a mi hermanita.
Me quedé sopa. Me desperté después de medianoche. Alguien estaba chillando. Le suplicaba a alguien más que no le matara. Escuché ruido de golpes. Me levanté y fui a la puerta de la celda. Sonó la cisterna de Coppola. Susurré con vehemencia:
—Coppola, ¿qué está pasando, tío?
—Pasa de ello, Lancaster —susurró él—. Sólo son los boqueras de noche divirtiéndose con sus ejercicios nocturnos. Eligen sus sacos de boxeo entre las celdas del otro lado. Es donde guardan a los borrachos y vagabundos antes de llevarlos al tribunal por la mañana.
»Colega, todavía no has visto nada. Si alguna vez vienen a pincharte, cierra el pico y no les des bola. Son capaces de molerte a hostias. Luego te quitarán la ropa y te meterán en una celda hueca. O sea, una que no tiene nada, sólo el frío cemento del suelo. Colega, hay por lo menos una docena de maneras distintas de morir aquí.
Me pasé toda la noche tumbado contemplando la sucia pared desnuda de enfrente. Me preguntaba qué estarían haciendo Rachel y Stacy. Tenía que contactar con algún boquera para que me echara unas cartas en la calle. Los censores del trullo nunca autorizarían que salieran instrucciones para putas. Cada pocos minutos solía pasar un boqui iluminándome con su linterna.
Aquella mañana vi a los trenos de la galería pasar en fila hacia el desayuno y luego a sus destinos. Los nuevos que habían llegado el día anterior también iban en la fila.
Esa tarde recibí cartas de Stacy y Rachel. También habían mandado unos giros. Echaban de menos a su brazo fuerte. Ejercían en barras de alterne en el centro. El Pujas se ocupaba de ellas en caso de arresto.
Durante la primera semana, Coppola me estuvo poniendo al día de los distintos modos de sobrevivir. Conseguí a un boqui que les llevaba las cartas directamente a las chicas. Ellas le pagaban y él me traía pasta que le daban para mí.
Recibí una carta de mamá. Apenas era capaz de entender su escritura trémula. Me mandaba también panfletos religiosos. Estaba muy preocupado por ella. La celda de castigo y el miedo a pasarme un año en ella se estaban apoderando de mí. Los pocos ratos que conseguía dormir estaban plagados de pesadillas. Comía bien a un alto precio. Aun así perdía peso.
El primer mes perdí doce kilos. Durante la quinta semana recibí malas noticias en dos ocasiones. Me llegó una carta de Stacy. El Pujas había sido hallado muerto en la taza del wáter de su casa. Me impresionó mucho. Había sido un amigo de verdad. Recibí también unas líneas de Rachel. Estaba en Cleveland. Decía:
«La otra noche me encontré con un médico amigo tuyo. Estaba trompa. Me invitó a una copa. Por suerte para mí el encargado del bar me preguntó qué tal te iba. El médico se puso a hablar por los codos. Me habló de un paciente suyo, muerto, que había resucitado. Mis peores deseos. Posdata: Muérete, por favor. Me quedo con el Cadillac».
La trena había sobreseído la pena de Coppola para que cumpliera su condena pendiente en Maine. Aumentaba la presión en mi coco. Con Coppola fuera al tercer mes las cosas se me pusieron muy feas. Era como si una maldición fuese a destruirme.
Ninguno de los boqueras se prestaba a pillar drogas duras para mí. Me conformé con whisky. Dejé de afeitarme. No quería ver al famélico y feo extraño que había en mi fragmento de espejo. No era sólo por la celda, sino también por las visiones y sonidos de angustia y tormento, tanto en la hilera de celdas como en las pesadillas.
Mamá no podía levantarse de la cama. Estaba demasiado enferma para escribir. Sus amistades me enviaban telegramas y cartas. Todas rezaban para que yo saliera antes de que Mamá se fuera al otro barrio. Me sacaron a la jaula de visitas. Me acompañó un boquera que se quedó junto a mí todo el rato. Era Stacy. Estaba embarazada y vivía con un viejo mangante. Vi en sus ojos mi mal aspecto. A partir de entonces sus cartas se redujeron a una al mes y sin pasta.
Hacia el final del cuarto mes la cabeza me temblaba sobre los hombros como si tuviera perlesía. Una noche a un treno de la hilera se le fue la olla a eso de las doce. Despertó a toda la galería. Empezó por maldecir a Dios y a su madre. Los boqueras se lo llevaron por delante de mi celda.
Verle en ese estado casi me arrastra a la locura. Iba completamente desnudo farfullando un extraño lenguaje demencial con la boca llena de espuma. Era como el babel de lenguas de los beatos fanáticos en trance. Iba cascándose la polla tiesa con ambas manos. Mordí la almohada como el retaco para no chillar.
Al día siguiente presenté una solicitud para ver al Nazi. No me hicieron ni caso. Una semana más tarde estaba sentado en la taza con la cabeza entre mis rodillas. Oí a la fila de la mañana yendo a desayunar. La fila se detuvo un momento justo enfrente de mi celda.
Levanté la vista y me encontré con un par de ojos casi naranjas hundidos en una espantosa cara marcada. Era Leroy. Yo le había quitado a Chris muchos años atrás. Todavía se acordaba de mí. Me miró fijamente y sonrió con maldad a medida que la fila echaba a andar.
Le pedí a mi boqui que echara un vistazo a su expediente. Él me puso al tanto. Desde 1940, Leroy había sido arrestado más de cien veces por embriaguez. También había sido internado en el manicomio un par de veces. Yo tenía cuarenta y dos tacos. Cuando le robé a Chris tenía veinte. Le pedí al boqui que moviera cables para que lo enviaran a otro módulo. Le conté cómo había sido lo de Chris y lo encoñado que Leroy estaba con ella. El boquera me dijo que no podía hacerlo.
Leroy sólo iba a pasar cinco días en la trena por una borrachera. Tenía que quedarse en este módulo. Me preguntaba cómo trataría de vengarse. Debería estar alerta por las mañanas durante los próximos cinco días. Tendría que mantener los pies y las piernas lejos de la puerta. Leroy podía agenciarse un pincho y rebanarme un trozo al pasar por mi celda. Estuve todo el día dándole vueltas a sus posibles intenciones. ¿Podría agenciarse gasolina y prenderme fuego?
Esa noche oí la voz por primera vez. Las luces estaban apagadas. La galería estaba en silencio. La voz parecía venir de la rejilla de ventilación sobre la cabecera del catre.
Había una luz permanente en el tubo de la ventilación. Las cañerías de todas las celdas pasaban por allí. Me puse a cuatro patas y miré a través de las ranuras de la rejilla. No pude ver a nadie.
Me volví al catre. La voz sonaba más alta y más clara. Parecía amistosa y dulce, como si se tratase de una mujer consolando a un amigo. Me preguntaba si los trenos de alguna de las gradas superiores estarían vacilando entre ellos.
Escuché mi nombre en el curso de la charleta. Me volví a agachar y escuché por la rejilla. Una luz bañó el rincón. Era el boquera. Me volví hacia él rápidamente sobre mis rodillas. La luz me dio de lleno en los ojos.
—¿Qué coño estás haciendo? —preguntó.
—Señor —dije—, he oído una voz. Creí que alguien estaba trabajando ahí detrás.
—Oh, oh, pobre hijoputa —dijo—. No vas a aguantar esta condena. Te estás volviendo majará, Flaco. Venga, déjate de tonterías, vuelve al catre y quédate ahí quietecito.
Las luces de la galería me despertaron. Lo primero que pensé fue en Leroy. Me incorporé, sentándome en el catre. Luego pensé en la voz. Ahora no estaba muy seguro. A lo mejor sólo había sido un sueño.
Me pregunté si debería consultar al boquera al respecto. Fuera o no un sueño, de lo que sí estaba seguro era de que no quería volverme loco. Mi mente se centró en lo que escuché a aquel treno filósofo sobre esa pantalla del coco. Me acordé de lo que los libros de la prisión federal decían acerca de voces e incluso de personas que solamente existen en la cabeza de un menda.
«Después de esto, cada vez que perciba el primer síntoma de aproximación de un pensamiento o idea preocupante, lo combatiré con mi coco», pensaba. «Puede que no estuviera soñando cuando escuché esa voz. Si vuelvo a escucharla estaré en guardia. Mantendré una voz sana y fuerte en mi interior para apartar de mí cualquier chifladura.
»No bajaré la guardia de mis pensamientos en ningún momento hasta que salga de aquí. Puedo hacerlo. Sólo tengo que entrenar al guardián de mi coco. Deberá ser lo suficientemente zorro para no dejar que los problemas le traspasen. Le haré gritar por encima de esas voces espectrales. Él se coscará de inmediato que no son reales.
Me levanté y me acerqué al lavabo. Escuché el arrastrar de pies de los trenos bajando de sus gradas. Me estaba lavando la cara. Detrás de mí sonaron unos golpes deslizantes en el suelo. Parecía como si hubiera varios repartidores de prensa arrojando periódicos al suelo por tandas. Entonces fue cuando lo olí. Me volví hacia la puerta. Miré a través del jabón de los párpados. Había sido bombardeado con zurullos de mierda que se deslizaban por la pared. Los excrementos sólidos habían rodado a mis pies. Los habían envuelto en hojas de periódico. Los trenos pasaban por delante de mi puerta pitorreándose. Me empecé a marear. Sentí en el pecho cómo se me hinchaba un enorme globo de plomo. Me acordé del guardián de mi cabeza. Era novato y lento en su faena. Vomité. Empecé a chillar sin parar:
—¡Tranquilo, sólo es mierda, sólo es mierda! No es más que mierda. Tranquilo, no puede hacerte daño. ¡Sólo es puta y asquerosa mierda!
Un boquera se plantó en la puerta de la celda tapándose la nariz.
—¡Cállate! —gritaba.
Abrió la celda. Me dio un cubo de agua caliente y un cepillo de raíces. El boquera me preguntó quién me había ensuciado el nido. Le dije que no lo sabía.
Mi boqui vino a verme al mediodía. Me contó cómo Leroy había reclutado a los bombarderos de cagarros. Por lo visto, les dijo que yo le había señalado años atrás cuando le encerraron por la paliza a Papá Tony. El boqui se encargó de que toda la galería se enterase de la verdad. Los bombarderos se pusieron en contra de Leroy. Le quitaron las ganas de volver a molestarme. Estaba a salvo de él.
No sufrí cuando Leroy acabó sus cinco días de condena.
Hacia el final de mi sexto mes, vencí las preocupaciones, las voces y los incontables pensamientos de suicidio con la ayuda del guardián de mi coco.
Una amiga de mamá me mandó un telegrama. Mi madre había sufrido un infarto. Los médicos del hospital la habían desahuciado. Pero de pronto se recuperó. Ahora estaba muy enferma pero seguía viva. Aquel telegrama sometió a una dura prueba a mi esquema mental.
Hacia la mitad del séptimo mes tuve un día muy triste. Un chorizo de Nueva York al que habían pillado a los dos días de llegar a Seattle estaba en la grada justo encima de la mía. Un treno de mi hilera, varias celdas más allá, me llamó una noche para pedirme un libro. Un momento después escuché mi nombre desde lo alto. A la mañana siguiente bajó y habló conmigo. Estaba destinado en la galería.
El chorizo me preguntó si yo era el mismo Iceberg amigo de Party el Juergas. Le dije que sí. Se quedó callado un rato. Finalmente me dijo que le había hablado mucho de mí como el chaval que una vez fue su compinche y que creció hasta convertirse en Iceberg el Chulo.
Me contó que Party pilló a la preciosa novia de un camello cuando a éste lo enchironaron. Party la puso a ejercer. El camello cumplió su condena. La chica intentó abandonar a Party para volver a la vida fácil.
Party se puso hecho una fiera con ella. Le rompió un brazo. Dos meses más tarde Party pilló algo de heroína. No sabía que su contacto era colega del camello en cuestión. Pilló heroína, pero mezclada con partículas ce ácido de batería. Esa noche no dormí.
En aquella espantosa celda tomé una decisión. Se acabaron el chuleo y las drogas. Había adquirido una sabiduría que quizás nunca hubiera alcanzado en el exterior. Jamás habría despertado de haber estado cumpliendo una pena normal. Una vez que conseguí dominar la mente, pude ver el lamentable panorama de mi vida.
La situación de mamá y la culpabilidad de mi conciencia tuvieron mucho que ver con mi decisión. Puede que la edad y la pérdida de mi juventud también hicieran lo suyo. Descubrí que el chuleo era para hombres jóvenes, de casta cretina.
Había malgastado media vida en un oficio peligroso e inútil. Si me hubiera quedado en la universidad, en ocho años de estudios habría llegado a ser médico o abogado. Ahora estaba aquí, en una celda, con mucha picardía pero poca inteligencia. Había superado los cuarenta y mi gloria pasada era papel mojado, me encontraba sin formación laboral, sin futuro. Había sido mucho más panoli que cualquier primo purera. Éste sólo pierde pasta, mientras que yo me había apuntado a un club que me la había jugado metiéndome cinco veces tras la rejas.
Un buen chulo tiene que repartir mucha leña. Pero ya lo dicen las cartas, un día esa leña se volverá contra él. Entonces él será la víctima. Estaba harto de agarrar putas de mercurio y barrotes de trullo.
Acababa el noveno mes de encierro. Conseguí una entrevista. Quería recurrir la fecha de mi libertad. Aún estaba bajo una condena de once me es.
Un funcionario de la trena había estado entre el grupo que me arrestó. Me había tirado treinta días en la prisión del condado antes de ser trasladado a esta trena para cumplir el año entero. Sabía poco o nada de leyes. En la entrevista me dijeron que tenía que cumplir once meses. No es que tuviera miedo de que se me fuera la olla por comerme un mes extra. A estas alturas tenía perfecto control de mi coco.
La cosa es que mamá podía morir en California en cualquier momento. Tenía que verla antes de que se muriera. Tenía que convencerla de que la quería y le guardaba una gran consideración como madre. Que ella era mucho más importante para mí que pillar putas. Tenía que conseguirlo tanto por ella como por mí.
Me pasé dos semanas más en aquella celda. Redacté un papel en el que exponía cuáles eran los motivos legales por los que consideraba que mi liberación debía efectuarse al expirar el décimo mes. En el escrito existía también un soterrado mecanismo de presión. Lo memoricé ensayándolo en la celda. Finalmente sentí que podía exponerlo con suficiente fluidez e intención dramática. Faltaban dos días para el final del décimo mes. Pasaron otras dos semanas hasta que aceptaron mi solicitud para una segunda entrevista.
Debía tener aspecto de espantapájaros delante del director, con barba, sucio y hecho unas trazas. Él, sentado tras su reluciente mesa, estaba inmaculado. En su cara había un gesto de desdén.
—Señor —dije—, me hago cargo de que la prioridad y exigencia de sus obligaciones han contribuido, probablemente, a su desatención hacia mi apremiante solicitud de una nueva entrevista. He venido hoy aquí para tratar un tema crucial, la fecha correspondiente a mi excarcelación.
»Corren rumores, totalmente infundados, a propósito de que usted no es un hombre justo, que es un fanático enemigo de los negros. Yo los he desestimado nada más llegar a mis oídos. Soy casi dogmático en mi creencia de que un hombre de su posición social e intelecto difícilmente se permitiría abrazar prejuicios semejantes.
»Sin perder ese espíritu de juego limpio, voy a serle descaradamente franco. Si pasado mañana no soy excarcelado, cierta persona que se ocupa de mis asuntos en la ciudad iniciará un proceso que no solamente me pondrá en libertad, sino que además, posiblemente, saque a la luz ciertas actividades ni muy lícitas, ni mucho menos agradables, que se llevan a diario tras estos muros.
»Me han tenido encerrado en una jaula como a un animal durante diez meses. Y como a un animal los sentidos para ver y oír se me han agudizado. Sólo quiero lo que me corresponde por ley. Lo que sostengo con mi aseveración es que si su capitán de funcionarios, que es por ley un representante suyo, me arrestó y confinó en un sitio tan improbable como la luna durante treinta días, entonces técnica y legalmente estaría bajo la custodia de esta institución. Señor, el razonamiento es irrebatible. Francamente, no tengo la más mínima duda de que mi libertad se concederá a la hora y fecha previstas por la ley. Gracias por la entrevista, señor.
El desdén se filtró bajo su cara hasta desaparecer. Le había convencido de que no me estaba marcando un farol. Sus ojos me cantaron que no podía ni arriesgarse. Después de todo, fijo que estaba al tanto de lo fácil que era hacer contrabando en ambos sentidos de esa trena corrompida. Hacerle llegar una carta a un representante legal sería un juego de niños. No dormí esa noche. Al día siguiente me dieron el aviso por escrito. ¡Sería puesto en libertad según lo previsto por la ley!