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Iceberg Slim · Capítulo 20 de 27

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16. Alejado de la vía

 

Me encerraron en la cárcel central. Al amanecer un treno de confianza pasó por la hilera de celdas con una cesta de sándwiches de mortadela. Inmediatamente después, otro interno pasó con una cafetera gigantesca de apestosa achicoria negruzca.

Pasé de esas exquisiteces.

Aquella celda diminuta era demasiado pequeña para dos hombres. Éramos ocho allí dentro. Yo me tumbaba en el suelo de cemento. Utilizaba mi abrigo enrollado como almohada. Con el sombrero me protegía de la deslumbrante bombilla desnuda del pasillo.

Mis compañeros de celda eran vagabundos y yonquis. Dos de ellos se estaban poniendo malos. Potaban por todas partes. Los vagabundos apestaban tanto como los yonquis. Tumbado a mi lado había un borracho que no paraba de escarbarse la cabellera y los huevos con las uñas. También se rascaba la espalda contra el suelo. Fijo que era un piojoso. Aquello no era nada agradable para un chulo. Pensé: «Si alguien llega a decirme hace un año que iba a volver a parar al pudridero del trullo, habría pensado que estaba de la olla. ¡Dios! Espero que a Chris no le pase nada. Es el único vínculo con el exterior en quien puedo confiar para conseguir ropa y viruta.

»Sé que cuando llame y no me encuentre en el cuchitril, me buscará por todos las trenas. Menos mal que no he caído en una celda federal de la cárcel del condado. Aquí Chris podrá untar a algún funcionario para verme. Espero que lo haga antes de que el comisario general aparezca y me trasladen.

A las nueve vino el celador con las llaves voceando mi nombre. Me acerqué a la puerta de la celda. Me miró severamente a través de los barrotes y abrió. Salí al pasillo y le seguí.

Me llevó ante una ventana de cristal blindado con un agujero en medio. Al otro lado estaba Chris. Lloraba. No podía echárselo en cara. Tenía ganas de llorar con ella. Me incliné acercando la boca al agujero. Ella pegó la oreja por su lado.

—Nena —dije—, no hay por qué llorar. Eres la zorra brava de papá, ¿recuerdas? Ahora, escucha. Vas a ir al mostrador de bienes requisados y le vas a dar al que esté allí uno de veinte o así para que te dé la llave de mi cuartucho.

»Luego vas a por la pasta que tengo en la manga de mi gabardina verde. Pilla una caja de seguridad en un banco. Después llévate mis cosas a tu hotel. Los federales van a llevarme con ellos a Wisconsin. Dicen que de allí parte la acusación del retaco.

»Allí también establecerán mi fianza. En Wisconsin pillaré un picapleitos hábil y con labia. Nena, manténte en contacto conmigo. Ve allí con la pasta un día antes de que llegue yo. La necesitaré para pagar al leguleyo y la fianza. ¿Entiendes, cielo? En cuanto pague la fianza, reuniré al establo y me quitaré de encima este marrón.

Aparté la boca del agujero y pegué la oreja. Me dijo:

—Papi, haré todo lo que me digas. Me hago cargo. Papi, iré a por la llave de tu último escondite. ¿Adónde te mudaste? Creí que ibas a esperar a que te llamara.

Aquello no tenía sentido. Puede que se me estuviera yendo la olla con tanta presión y tanto pesar. A lo mejor es que me había mudado antes de que me arrestaran. Levanté la cabeza y la miré. Sus ojos me observaban interrogantes. Apunté con el índice al agujero. Me arriesgué a seguir la teoría de que no me había mudado.

—¡Me cago en la hostia, Chris! —dije—. ¡No me he mudado! Todas mis cosas siguen en la Avenida Oeste. Vamos, nena, no es el momento para que la zorra chistosa de papá se ande con bromas. Llamaste a la puerta y no estaba. Naturalmente, no podía estar allí porque estaba aquí dentro.

—Papi —me dijo—, no tuve que llamar. La puerta estaba abierta de par en par. Tanto los dos baúles como las maletas habían desaparecido. De hecho, lo único que quedaba era tu cepillo de pelo. Lo guardé en mi bolso. Papi, todo esto es demasiado para mí. Debo estar perdiendo la cabeza.

Me quedé mirándola con odio. Sus ojos estaban muy abiertos, fijos en mí. Pensé: «O Veneno o el Dulce me han robado a esta zorra Judas. Me la están jugando. Uno de ellos la ha aleccionado. Es una actriz de puta madre. Cualquier capullo acabaría tragándose el anzuelo al ver esa mirada inocente que tiene. Odio a esta zorra mucho más que al retaco. Si pudiera echarle las manos al cuello, me encantaría ver cómo se le pone la lengua negra y le llega hasta la barbilla.

»El caso es que no puedo cargármela a través de este muro de cristal. Da igual, tengo que seguir siendo Iceberg. No puedo ser gilipollas y montarle una escenita dramática para que vaya a contarla. Ella y su nuevo hombre no se van a pitorrear a mi costa».

Di media vuelta y me alejé de ella. El guardia estaba al fondo del pasillo, dándome la espalda. Menos mal que no estaba lo suficientemente cerca como para llevarme de vuelta a la celda. Me encontraba a veinte pasos de Chris cuando me vino de pronto a la cabeza. Pensé: «¡Ha sido el vecino chupado! ¡Ha sido el vecino chupado! ¡Ha sido aquel hijoputa que me señaló cuando me trincaron! Volvió corriendo e hizo saltar el pestillo. Tengo que volver e inventarme algo convincente. Si Chris se da cuenta de que no confío en ella, fijo que la pierdo. Ella es la única carta que me queda para jugar».

Me volví hacia ella. Aún estaba allí de pie. Lloraba más que antes. Me acerqué al cristal y hablé por el agujero. Dije:

—Chris, un menda del edificio vio cómo me trincaban. Él me ha limpiado. Nena, estábamos muy unidos. Me ha entrado la locura de que si hubieras estado allí no me habrían robado. Qué hostias, cielo, fui yo el gilipollas que te dijo que no te acercaras. No ha sido culpa tuya en absoluto.

»¡Dios! Tengo ganas de que acabe esto. Busca por la ciudad un leguleyo de quinientos pavos o así. Llévale a la cárcel del condado y tráeme los papeles que hagan falta para vender el Cadillac. Pilla la documentación en el mostrador de bienes requisados. Está en mi cartera. Deberíamos sacar por él dos mil quinientos por lo menos. Lleva a Wisconsin esa pasta y toda la que saques currando.

Me trasladaron a Wisconsin. Chris vino a la prisión del condado y metió tres mil pavos en mi cuenta carcelaria.

Mamá vino a verme. Estaba destrozada. Pensaba que el gobierno me echaría cincuenta años.

En la vista oral se fijó mi fianza en veinte mil. Un avalista afrontó la cantidad total. Su tarifa era de dos de los grandes. Conseguí el mejor abogado criminal de todo el estado. Le di uno de mil en depósito.

Chris y yo volvimos a la vía. Estuve fuera bajo fianza cuatro meses. Durante ese tiempo tuve dos putas novatas y tres veteranas. Ninguna me duró más de un mes.

En la calle todo el mundo sabía lo de la acusación que pendía sobre mi cabeza. Imagino que las putas no querían engordar una vaca para el arrastre. El Dulce y yo no nos veíamos mucho. Ya no me sentía su colega. Yo era un chulo del arroyo. Veneno estaba en la cima.

Cada pavo que caía en mis manos iba a parar al leguleyo. Tenía que hacerlo. Iba pillando una prórroga tras otra. Finalmente fui a juicio. El retaco y Ophelia estaban allí. Tenían miedo de mirarme a la cara. Le habían puesto en bandeja al gobierno una buena causa penal.

Se sonrieron la una a la otra cuando me cayeron dieciocho meses. Mamá se desmayó. Chris se echó a llorar. A pesar de todo, tenía un buen abogado. Con los cargos que había contra mí me podían haber caído diez años. Chris volvió a la vía. Me juró que aguantaría hasta que ye saliera.

Leavenworth era lo que el gobierno denominaba una trena de categoría A. Era enorme y a prueba de fugas. Estaba dirigida por psicólogos especializados. No había castigos brutales. No eran necesarios. Las invisibles cadenas mentales eran sutiles pero más recias que los barrotes de metal. Alcatraz era la meta inexorable con que nos amenazaban los funcionarios.

En la trena había muchos clanes. El clan más peligroso era el de los convictos del Sur. ¡Aborrecían a los negros!

Tenía buenas referencias como asistente penitenciario en otras trenas. Me dieron una plaza en una celda en la que la mayoría eran chulos, camellos y atracadores.

Por la noche salía hasta las diez, repartiendo periódicos y revistas a los trenos. Ya llevaba dentro unos seis meses. Me paré frente a una celda para charlar con un colega chulo. Estaba excitado agarrándose con fuerza a los barrotes. Era una versión amarilla de Top. Le llamaban el Muñeca. Me dijo:

—Berg, me dijiste que no podría robar a esa preciosa zorra. Pues bien, la zorra me ha escrito esta mañana. La han destinado a la zapatería. Ya tengo el sitio donde se la voy a endiñar.

»Ya te dije que el gilipollas del blanco que tiene como hombre no iba a poder conmigo. Esa zorra tiene cuatrocientos pavos en su cuenta. Ya verás, esta semana me va a conseguir un buen pedido en el economato. Es cojonudo, para el Muñeca da lo mismo chulear en la calle que en el trullo.

Yo había visto a esa preciosa zorra. Era un muchacho blanco y larguirucho con acuosos ojos azules y teñido de rubio seda. Un gordinflón del Sur con la jeta colorada estaba locamente enamorado de él. La preciosa zorra se echaba en los brazos del gordo y le reventaba las espinillas de la jeta. A ese treno le temía todo el mundo. Era el jefe de un clan de trenos camorristas del Sur.

—Oye, Muñeca —dije—, mejor será que pases de esa zorra. Su chorbo es de Mississippi. No le costará nada rajarte el corazón en el patio. No puede permitir que un negro le levante a su querida. Hazme caso, colega. Me caes bien. Sólo te queda un año.

La siguiente vez que salí al patio vi al Muñeca y a su zorra mariposeando en la hierba. El partido de béisbol no les interesaba en absoluto. Acabó el partido. El gordo y su panda de navajeros del Sur habían estado mirando con malicia el numerito del Muñeca. Cuando sucedió yo me encontraba a veinte metros de éste.

Cientos de trenos salían apiñados en fila de las gradas y el campo de juego. Vi al Muñeca agitar los brazos, chillar y desaparecer. La marea gris continuó. Había tres boqueras junto a él. Estaba panza arriba. De su boca brotaba un porrón de sangre. A través de unos agujeros en su chaqueta, también brotaban hilillos de sangre.

Sobrevivió, pero las pasó muy putas para conseguirlo. Tuvo que comerse el resto de la condena sin puta.

Chris ya no me mandaba pasta ni nada de nada. Me llegó un rumor de que se había retirado y casado con un mozo ferroviario. Hasta había tenido un niño. Me preguntaba si el capullo se habría enterado del pedazo de señora puta que tenía.

Una mañana estaba en la fila de la enfermería. Al otro lado de la calle había una fila de trenos que iban a sus faenas. Detrás de un treno de tez oscura vi a otro levantando algo que resplandeció al sol. Era un pincho. Se puso a acuchillar al treno de delante. Finalmente éste se dobló, fiambre. Los boqueras irrumpieron y se llevaron al sicario.

Me faltaban dos meses para el perdón. Me había parado a charlar con un viejo falsificador de dinero que conocía al Dulce. Estuvimos pelando la pava acerca de los atracadores y comparando su nivel de coco con el de los chulos y los timadores. Rajábamos muy alto. Sabía que el celador de noche estaba en su cabina cuatro plantas más abajo. Yo decía:

—Abuelo, un atracador tiene que estar majara. Imagínate que el capullo idiota pasa junto a una verdulería. Ve al dueño comprobando la caja. De pronto se le ilumina en la cabeza una idea estúpida: «Esa viruta es mía».

»El bandido majareta entra. A lo mejor resulta que el tendero es mago o ex acróbata con cinturón de kárate, o peor aún, ex marine. El tonto del hijoputa no piensa en esos lamentables contratiempos. Su estúpido cerebro no tiene bastante capacidad como para pensar en el trillón de facetas humanas existentes. Cualquiera de ellas podría llevarle a la tumba. El hijoputa suicida fijo que está de espaldas a la calle y con la pipa en la mano. Abuelo, en el mundo del hampa, el atraca es un lunático de traca.

El abuelo asintió y se marchó por la galería. Me chistaron desde la celda contigua a la suya. Un recién llegado estaba de pie en la puerta. Era un cara de rata escuálido. Me detuve. Me sonreía con sorna. Parecía que iba a romper los barrotes de acero laminado con las manos. Tartamudeó:

—Pi-pi piojoso chu-chu chulo hijo de puta. Tú-tú eres un come co-co coños de tu puta madre. Tú-tú no vas a acabar tu con-con condena.

Bajé deprisa a ver a un menda de la planta baja a que me informara del chiflado. Me dijo:

—Ah, Berg, espero que no hayas mosqueado a ese hijoputa venado. Se cargó a un pavo en Lewisburg. Le han echado cincuenta tacos. Es un atracador. Mejor será que no le pierdas de vista. Es carne de la Roca o del manicomio.

Fue una semana después, toda la galería enfilaba hacia el economato. El boquera de la galería había dado la señal a los de la enfermería. Yo estaba al fondo, en la planta baja. Me estaba encendiendo un pitillo antes de ponerme a pasar la fregona y encerar el suelo.

Una voz nerviosa gritó desde arriba: «¡Cuidado, Berg!».

Miré hacia arriba y me quedé de piedra. Una sombra en picado deslumbró mis ojos como un relámpago negro. Escuché un silbido cortante según pasó rozándome la tela de la camisa a la altura del hombro. Sonó como una docena de címbalos cuando se estrelló a mi lado como una granada contra el piso de cemento. Miré al suelo. Un cubo de fregona metálico estaba partido en tres trozos. Había un cráter de Rorschach en el cemento. Su contorno era como la mancha de tinta de un lavacerebros.

Me quedé mirándola y me pregunté tontamente qué podría deducir de ella el lavacerebros del trullo. Era un tipo listo. Unos meses antes me había dicho: «Los chulos padecen odio profundo hacia su madre y tremendos complejos de culpa».

Miré hacia arriba. No hacía falta ningún psiquiatra para resolver el enigma. El atracador cara de rata me miraba sonriente. Estaba en su galería, en la cuarta grada, cerca del techo. Se había puesto en la fila de los enfermos para aplastarme la cabeza. El símbolo del cráter estaba claro. El cara de rata odiaba a los chulos que no estaban atados a complejos de culpa. Esa noche le di una caja de trujas al treno que me dio el queo.

El bombardero majareta fue llevado a aislamiento. Dos semanas más tarde intentó rajar a un treno con un pincho fabricado con una lima. Lo embarcaron a la Roca. Me sentí en éxtasis cuando le vi marchar.

Durante mi condena leí libros como para abarrotar la segunda galería. Había leído montañas de libros de psiquiatría, psicología y psiconeurosis. No podía haber hecho nada mejor. En el futuro iba a tener que ser mi propio lavacerebros, cuando los blancos me sepultaran durante un año en aquella caja de acero.

Me redujeron por buena conducta. A principios de la primavera de 1947 me dieron la bola. Me pasé una semana en casa de mamá. Después volví a la vía rápida.

Tenía sesenta pavos y el uniforme de treno a la espalda. La ropa que había comprado cuando estaba bajo fianza la tenía Chris. Puede que su mozo ferroviario fuera de mi talla. De todas maneras, no pensaba hacer de Dick Tracy por unos cuantos ternos usados.

El Dulce seguía en su ático. Había caído hasta quedarse con sólo tres putas. Veneno había dado un traspié chuleando. Había hecho ejercer a una pureta blanca y encima le había pisado el culo. Eso era el colmo para los peces gordos de la pasma. Le botaron del cuerpo. Tenía una puta. La seguía como un perrito faldero. Recaudaba su pasta después de cada primo como un chulo de pacotilla.

Alquilé un apartamento por semanas. Estaba en la misma barriada de mala muerte en la que el vecino me había desplumado la pasta y la ropa. Sin fachada y sin glamour no tenía planta de chulo. Sólo era otro chulo más vendido a su suerte. Me moría de hambre por una puta.

En la vida de un chulo, ayer significa nada. Sólo cuenta cómo te lo montes hoy. La fama de un chulo es tan efímera como un carámbano de hielo bajo la llama de un soplete. Las putas jóvenes y guapas están locas por currar para un chulo cotizado. A un chulo en baja forma no le dan ni la hora. El guardarropa de un chulo ha de ser espectacular. Su carro tiene que ser caro, nuevo y flamante. Tenía que hacerme con toda la parafernalia para ponerme a chulear de nuevo.