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Iceberg Slim · Capítulo 18 de 27

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14. El error

 

A finales de aquel año me había agenciado un Cadillac del 39 nuevecito. Perdí a Jo Ann a los diecinueve días de pillarla. Era muy posesiva y la verdad es que no tenía fondo para aguantar una larga carrera de calle.

No me dio por llorar cuando se marchó. Mientras la tuve, Chris se ocupaba de que diera el callo. Cuando se escabulló de Chris, yo ya le había sacado un montón de viruta de ventaja. Una semana más tarde pillé una puta joven que era una maga en la calle y le gustaba mangar en las tiendas. Se volvió loca por Chris. Iba al centro y volvía a casa con bolsas de compra cargadas de preciosos vestidos y lencería fina para ella y sus hermanas.

Más tarde metió a Chris en el tema del mangue. Yo las dejaba ir juntas al centro con un menda que las llevaba en coche. Me llenaron el armario de ternos maravillosos.

A Top le cayeron cinco años por tenencia de narcóticos. Los federales le pillaron de marrón pasándole cien gramos a un agente encubierto. Le eché mucho de menos. Fui a ver al Dulce más que nunca.

Mi nombre sonaba. El apodo que me había colgado Top era pegadizo. Todos me llamaban Iceberg, hasta el Dulce. Sólo unos cuantos camellos a los que pillaba sabían que mi lado gélido se sostenía gracias a la cocaína congelante que esnifaba y me chutaba a diario.

Durante los siguientes tres años chuleé ateniéndome estrictamente al libro. Cada año cambiaba de Cadillac. Nunca tuve menos de cinco chicas en la familia.

Me mudé del edificio de Top, dejando allí al establo. Pillé una suite en un hotel de lujo en el centro de la ciudad. Disfrutaba de la privacidad, las joyas, la estampa y el glamour de un chulo con éxito.

Me las había apañado para salir adelante en la vía rápida. Estaba entrando deprisa en la leyenda.

Top había salido. Estaba en Seattle con unos parientes que le habían echado un cable para sacarle con la condicional. Sólo una de sus mujeres seguía con él. A las otras se las llevó el viento cuando le trincaron.

El retaco seguía siendo señora puta. Ophelia seguía colada por ella. Chris demostraba día a día que tenía cualidades para ser señora puta.

Me di cuenta de que el retaco actuaba como si estuviera marchitándose deprisa. Las otras dos putas que tenía habían sido compañeras de establo. Me las quedé cuando su chulo se metió una sobredosis de heroína.

Estaba en casa del Dulce cuando bombardearon Pearl Harbor. Me había quedado a pasar la noche. Aún estaba en la cama.

La amistosa serpiente marrón me trajo el desayuno. Me lo estaba acabando cuando el Dulce entró en el dormitorio. Se sentó al lado de la cama. Dijo:

—Berg, le acaban de cortar el cuello al Tío Sam. Los ojos rasgados acaban de reventar Pearl Harbor. Las putas van a hacer más viruta que nunca. Berg, tengo la sensación de que esta Segunda Guerra Mundial, a largo plazo, va a dar al traste con el chulerío.

—¿Por qué piensas eso, Dulce? —pregunté.

—Ya sabes que una puta no es más que una ex pureta. Un buen chulo quema un montón de putas a lo largo de su vida. Si no hay una buena charca de puritanas para que los chulos las inicien, entonces los establos se verán mermados.

»Las fábricas de armamento van a reclamar a miles de esas jóvenes putas en potencia. Esas zorras puretas cobrarán los cheques de sus nóminas. Se volverán unas independientes de los cojones. El chulo no podrá iniciarlas en el ejercicio.

»Las puritanas maduritas también acabarán en las fábricas. Miles de ellas tienen hijas adolescentes. Tendrán la pasta que necesitan para llenar los estómagos de esas zorritas. Les pondrán vestidos monos. ¿Para qué coño iban a putear para un chulo si ya le chulean a mamá?

»Lo peor de todo es que esas fábricas invitarán a las furcias con chulos recios para que los abandonen y se rediman. Como la guerra dure mucho, los chulos tendrán que ablandarse como juláis para amarrarse a una puta.

»Berg, no hay más que un paraíso para el chulo. Aquél en el que hay una buena charca de jóvenes zorras hambrientas hundidas en la miseria —dijo.

La guerra se recrudecía. Las fábricas de armamento producían material bélico a toda máquina. En ellas, miles de jóvenes y viejas trabajaban como esclavas.

En cuanto a mí, la charca seguía infestada de peces maravillosos. Acaparaba tres chicas del principio más otras tres nuevas adquisiciones.

Era diciembre de 1944. El Dulce seguía chuleando bien para su edad. Había bajado hasta siete mujeres, pero eso ya era ser mucho chulo para un tipo de su edad. Top se había asentado en el Oeste.

Llevaba bastante tiempo con Chris, Ophelia y el retaco. Desde el treinta y ocho ya había pillado y perdido entre sesenta y setenta putas y primerizas.

El volumen de iniciaciones era importante. Algunas de ellas sólo fueron al tajo durante un mes y luego desaparecieron. Unas cuantas duraron una semana. Otras sólo un par de horas antes de aligerarse. ¡Cuánta razón había tenido el Dulce años atrás! El del chulo es un juego de pillar y perder.

Pasé el día de Navidad con mamá. Se alegró de veras de verme. No lo hacía desde el treinta y ocho. Cuando me marché, lloró como siempre.

El retaco se estaba hartando y envileciendo. Ya me había espantado a algunas de las primerizas. Yo le llevaba a Chris todas las nuevas para que las pusiera a punto en la carrera.

Empecé a mandar al retaco a pequeñas poblaciones próximas a cuarteles del ejército. Algunas estaban fuera del estado. Ophelia la acompañaba a veces. Una semana antes de conocer a Carmen, el retaco y Ophelia acababan de regresar de un fin de semana en Wisconsin.

El retaco y las otras cinco estaban conmigo cuando pillé a la séptima nena.

Era una copia casi exacta del retaco a los dieciocho. Sólo que más guapa de cara que la otra a esa edad, y mejor proporcionada. El tiempo y la calle habían convertido la cara de pequinés del retaco en la de un bulldog.

Nos encontrábamos en un cabaret. Carmen estaba detrás de mí en una mesa de dados en el salón de juegos. Me levanté de la mesa y fui al tigre. Pasé al lado de Carmen. Me miró relamiéndose descaradamente.

A la vuelta me detuve, arrojé sobre su mesa un cuarto de dólar y lancé los dados esperando sacar un veintiséis. Salió un veintiséis, así que le invité a una copa con el premio. De pie junto a la mesa empecé a sonsacarle. Era de Peoria. Llevaba una semana pululando por la ciudad.

El viejo Party el Juergas era amigo común. Lo conoció en Peoria, donde aún vivía. Tenía una puta trabajando allí en una casa. Ella también había trabajado en esa casa. Se había escabullido de su chulo y estaba más que a punto para que la pillasen ya mismo.

Charlamos durante quince o veinte minutos. Me daba en la nariz que yo le gustaba. Miró el reloj. Era casi la hora de cerrar. La invité a desayunar al apartamento del establo.

Desayunamos. Me disponía a marcharme con Carmen. Íbamos a mi hotel a cerrar el contrato. El retaco nos siguió hasta el pasillo de afuera. Me llamó.

Le di a Carmen la llave del Cadillac y fue hacia el ascensor. No di ni un paso hacia el retaco. Le dije:

—Zorra, si quieres decirme algo, acércate.

Tenía en su jeta una mirada aviesa. Se me acercó caminando lentamente. Top tenía razón. Estas señoras putas, en cuanto empiezan a pudrirse sacan de quicio a cualquiera.

—¿No estarás pensando meter a esa ful de zorra en la familia, verdad? —dijo—. Esa zorra de pega no es más que una mierda.

—¡Ahí va la hostia! —dije—. No me digas que vas a desperdiciar la ocasión de agobiar a insultos a una nueva. Zorra asquerosa, nadie me dice qué zorras puedo traer. ¿Te atreves a piar que una zorra es de pega? Pues a ti casi te mato para hacerte de verdad.

Me fijé que dos de las nuevas estaban asomadas a la puerta. Los ojos les hacían chiribitas con nuestro numerito del pasillo.

—Negro de mierda —gritó—, si no eras más que un espantapájaros harapiento cuando me pillaste, un don nadie. No tenías ni carro. Me sacaste el mío de mala manera. Negro de mierda, yo soy la zorra que te ha hecho grande. Sin mí ahora mismo te irías al fondo tan rápido como una mierda por un embudo lleno de grasa.

Cometí un grave error. Quizá tendría que habérmela quitado de encima mediante la técnica de Top, convirtiéndole la cabeza en gelatina. En vez de eso, le metí tan fuerte como pude un gancho de izquierda en la mandíbula. Sonó un chasquido parecido a un petardo. Cayó sobre la alfombra quedándose espanzurrada y en silencio como un bulto. Le pateé el culazo una docena de veces. Caminé hacia el ascensor. Miré al fondo del pasillo. Ophelia y a Chris la llevaban arrastrando hacia el apartamento. Tuvieron que sujetarle la mandíbula con alambres. El retaco se largó con Ophelia. Chris me contó que había intentado también llevarse a dos de las nuevas. Yo había cometido el típico error garrafal de un chulo. Había perdido a lo bruto una señora puta pasada de rosca.

Carmen fue fácil de pillar. Un chulo quiere a cualquiera que engorde sus bolsillos dando el callo. Está como en la gloria cuando pilla a una puta joven y guapa que le necesita. Carmen me necesitaba de verdad. Se inició con Chris.

Seis meses más tarde el Dulce me llamó una mañana temprano. Su voz estaba salpicada de nerviosismo. Me puse tieso en la cama. Dijo:

—Berg, me ha llegado un rumor de que el FBI está husmeando por las cárceles de mujeres, interrogando putas. Han mencionado tu nombre más de una vez. Parece que ya tienen una acusación de peso para ir a por ti. Me huelo que intentan echarte encima cinco o seis marrones.

—Dulce, fijo que ha sido ese retaco de mierda. ¡Dios! Dulce, desde que empezó la guerra la he mandado con Ophelia fuera del estado más de una docena le veces. Verás como quieren endosarme tráfico interestatal, Dulce. ¿Tú qué harías?

—Yo que tú iría a ver a uno de esos tipos tan resalados que hay por el West Side, le daría una buena pasta y un martillo de cabeza de bola. Le diría que en cuanto se leyera en los papeles que las han encontrado en un callejón con las cabezas abolladas, le caerían del cielo dos de los grandes.

»Será fácil echarles el guante. Son putas. El tipo no tiene más que hacerse pasar por otro primo salido que quiere darse una fiesta con dos furcias.

»Mira lo que te digo, Berg: saca a tus putas fuera de su cuadra ahora mismo. Cambia de hotel. Vuélvete topo. Haz patear a tus putas por otros territorios y una vez que te hayas movido, manténte lejos de la calle. Llámame en cuanto te hayas instalado.

Colgó. Pensé: «Soy un idiota. Tenía que haberme cargado al retaco a la manera de Top».

Para las siete de la tarde ya me había mudado con mi establo a otros lugares. Chris, mi nueva señora puta, fue la única de la familia que supo la razón de esa mudanza.

Cogí el Cadillac y lo metí en un garaje que alquilé a un viejo viudo. El garaje estaba detrás de su casa en un barrio respetable.

Cogí un taxi para ir a ver a uno de mis camellos. Me estaba metiendo bajo tierra. Necesitaba por lo menos veinticinco gramos de material. Acababa de pillar y caminaba por la calle en busca de un taxi.

Pasé junto a una barbería. A través del escaparate vi de pasada los zapatos bicolor de un tarra en la silla del barbero. Pensé: «La hostia, ese hortera es para echarse a llorar. No está en la onda. Esos calcos desaparecieron con los botines».

Caminaba deprisa. Llevaba el marrón encima. Necesitaba un taxi como fuera. Ya estaba a media manzana de la barbería. Me pareció oír a alguien que gritaba: «¡Lo mío, lo mío!».

Miré hacia atrás por encima del hombro. En la acera había un tío larguirucho con un babero de peluquería. Lo que más cantaban eran los calcos blanquinegros. Chillaba y hacía aspavientos con los brazos como un negrito de opereta cantando «Mammy».

Se acercó dando zancadas por la acera. Aquel hijoputa chapado a la antigua gimoteaba: «¡Hijo mío, hijo mío!». Galopó hacia mí a través de las luces de neón. Su arrugada piel marrón cambiaba de color como si fuera un camaleón.

Se me echó encima arrollando, agarrándome como si fuera un billete premiado de lotería. Jadeaba y sudaba como una puta el día de la paga del soldado. Pude oler la colonia barata y el pestazo a sudor de la emoción. En la coronilla calva de su cabeza había motas de talco de barbero. No podía verle la cara. La tenía hundida en mi pecho. Balbuceaba entre llantos:

—Oh, hijo, querido hijo. El buen Jesús ha escuchado las oraciones de un anciano. Me ha dejado ver y abrazar a mi único, único hijo antes de que me vaya a descansar a Su lado.

Un pensamiento de lo más raro me pasó por la cabeza mientras me metía mano. ¿Se levantó pintura de la pared cuando me arrojó contra ella a los seis meses de nacer?

Le aparté empujándole con el brazo. Le miré fríamente a la cara. Vi un punto de enfado encenderse en sus apagados ojos pardos.

—Dios —dijo—, no seas grosero, hijo. Acabas de ver a tu padre allí. Me has ignorado, ¿verdad?

—Mierda, no te he visto. Pensaba que la habrías espichado. Mira, tío, me alegro de verte, pero tengo una prisa de la hostia. Ya nos veremos —dije.

—Ya hice mi parte trayéndote al mundo. No me vas a tratar como a un perro. ¿Dónde vives? Se ve que te va bien. ¿A qué te dedicas? ¿Trabajas para alguna empresa importante? ¿Estás casado con alguna chica bonita? ¿Tengo nietos, hijo?

—¿No has oído hablar de Iceberg el Flaco? Es famoso.

—No te juntarás con escoria negra como ésa, espero.

—Mira, tío, yo soy Iceberg. ¿No estás orgulloso de mí? Soy el negro más grande que jamás ha habido en nuestra familia. Tengo cinco putas dando el callo hasta echar chispas por el culo.

Pensé que le iba a dar un infarto. Le latía el babero a la altura de la patata. Se sujetaba contra una farola. Bajo la luz se veía su cara gris de espanto. Me subí las mangas de la chaqueta y la camisa para que viera el valle del pico. Le arrimé a la napia el brazo marcado de picos. Reculó. Dije:

—Me cago en la hostia, tío. ¿Qué pasa contigo? Ya ves qué mierda, me chuto al día más viruta por este brazo que la que tú sacas en una semana. He recorrido un largo trecho desde que me rebotaste la cabeza contra aquella pared. Saca pecho con orgullo, tío. Ya he estado en dos cárceles. Qué mierda tío, cualquier día de éstos voy camino de la tercera. ¿Es que no te coscas de que soy importante? A lo mejor un día de éstos sí que te hago un padre orgulloso de verdad. Me cargaré a una furcia y terminaré en la silla.

Me alejé de él. Avisté un taxi en la esquina. El taxi dio media vuelta. Miré a mi viejo. Estaba sentado en el bordillo junto a la farola. El blanco de sus calcos se reflejaba en el desagüe de la cuneta. Tenía la cabeza sobre las rodillas. Su espalda daba espasmos arriba y abajo. El pobre capullo lloraba a moco tendido.

Llegué a casa. Llamé al Dulce. Me chuté una dosis de cocaína. Era la mejor que pillaba desde que Brillantina Top había entrado en el trullo.