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18. Fuga de la cárcel
Un representante del abogado del perista vino a vernos. Nos aseguró que era posible evitar la pena de cinco a diez años que nos podía caer por robo a mano armada. A cambio de una cantidad podríamos ver reducida nuestra condena en un penal de trabajos forzados.
Apoquinamos y nos cayó un año por barba a trabajos forzados. Era como una prisión sólo que más duro. Una trena siempre es más dura si funciona la mordida y la corruptela. Sólo los trenos con pasta son tratados y alimentados como seres humanos. Los muros eran igual de altos. La mayoría de los internos cumplían pequeñas condenas de entre treinta y noventa días.
El trullo era sucio. La comida indescriptible. Los funcionarios tenían la mala costumbre de poner a los chulos a trabajar en la pila de carbón. Me tiré ahí una semana. Estuve a punto de fugarme a la desesperada por el muro. A lo mejor me las apañaba para trepar con las uñas aquellos diez metros de altura antes de que me disparasen. Estaba desesperado de verdad.
Después de la primera semana superé la impresión. Empecé a maquinar una forma sensata de fugarme. No estaba en condiciones de asimilar otra condena. La anterior era demasiado reciente. Hacia la mitad de la segunda semana, ya contaba con una docena de maneras de hacerlo. Tras pensármelas dos veces, ninguna de ellas se sostenía.
Compartía una celda diminuta con un joven treno. Sólo tenía dieciocho tacos. Me idolatraba. Había oído hablar de mí en la calle. Yo dormía en la parte superior de una litera doble. Había tres recuentos. Uno por la mañana, otro por la noche después de chapar y un tercero a medianoche.
Una noche se me pasó salir a la puerta de la celda para el recuento. Estaba tan machacado de remover carbón que me había derrumbado en la litera. Me desperté una hora después del recuento. Aquello me dio una idea. Le di vueltas al coco. Como todas las buenas ideas empezó a crecer, reclamando mi atención. Pensaba: «¿Qué y cuánto vería de mí el boquera cuando me contó?».
Le puse a prueba durante tres noches seguidas. Me quedaba tumbado en la litera cuando venía haciendo el recuento. Cada vez me tumbaba de manera que pudiera ver menos de mí. La última vez que pasó sólo pudo verme la espalda, el culo y las piernas.
Me dio un subidón. Sabía que era fácil conseguir unos pantalones y una camisa extras. Podría rellenarlos para apañar un muñeco pasable. El mayor problema estribaba en salirme de la fila al volver de la pila de carbón.
El segundo problema era que no podía dejar el muñeco todo el día dentro de la celda en esa postura. Los otros trenos del módulo y los boqueras lo descubrirían al pasar por la galería. Decidí resolver primero el problema del exterior.
Al final de la jornada, un boquera nos alineaba en la pila de carbón para contarnos. Luego marchábamos en fila india unos cien metros hasta el comedor para la cena. Después de eso seguíamos en fila a través de unos pasillos hasta el módulo de celdas para el recuento.
Había varios módulos. Las listas de todos ellos eran transmitidas por teléfono a la oficina central. Si entre todas las listas sumaban el número total de presos de toda la trena, el recuento se daba por bueno. Sonaba un potente silbato y los boqueras de día podían irse a casa.
Entre la pila de carbón y el comedor no había donde esconderse. Un boquera con un rifle de precisión y mira telescópica dominaba el muro que corría paralelo a nuestra fila cuando marchábamos. Parecía imposible. Perdí toda esperanza. En mi vigésimo octavo día en la trena descubrí una cosa.
Por alguna razón me habían dado un pase para salir. Era casi la hora de cenar. Pasé junto a los vestuarios y las duchas. La puerta principal estaba abierta. Eché un vistazo. Un boquera estaba al fondo echándole el candado a una puerta de madera.
Me detuve fingiendo que me ataba el zapato. Entonces subió dos o tres escalones y cerró una puerta corredera de acero por dentro del cuarto de duchas. Luego se puso a alinear a sus trenos para conducirlos al comedor.
Ya me había fijado antes en aquella caseta cuando íbamos a cenar. Estaba a unos diez metros de la cuerda de presos. La puerta siempre estaba cerrada. Pensaba que permanecería así durante toda la noche. Era imposible comprobarlo con aquel francotirador en el muro y el boquera que marchaba a mi lado.
Aquella noche en la celda estaba más excitado que un pimpollo en Navidad. Pensaba: «A lo mejor el boquera de las duchas se olvida alguna vez de echar esa puerta de corredera. Puede que incluso la cierre más tarde que hoy. No he podido ver qué coño había en la caseta. Sé que tiene que haber ropa vieja o algo donde me pueda ocultar cuando venga a echar el candado. Tengo que salir de esta trena. No puedo comerme aquí toda la condena.
»Si el chaval se ocupa del muñeco, me arriesgaré. Hablaré con él del tema. Si me echa un cable, podré escurrirme como una sombra.
Le miré desde lo alto de la litera. Yo le había escrito algunas cartas cursis para su novia. Hasta entonces la tenía contenta y le mandaba chucherías y dinero para tabaco. Era un buen chaval. No tenía pinta de chota.
—Chaval —le dije—, ¿qué pasa si te digo que podría salir de aquí?
—Iceberg —contestó—, te estás quedando conmigo. No se puede salir de aquí. Entre esta celda y la calle hay cinco puertas de acero. ¿Cómo vas a hacértelo?
—Chaval, aunque es un plan muy guapo, no puedo hacérmelo sin tu ayuda. La cosa va así.
Se lo expliqué. Al principio estuvo poco convencido. Le dije que tenía que coger el muñeco de debajo de su litera y ponerlo en la mía. En cuanto sonara el silbato tendría que quitar el relleno de sábanas de los pantalones y la camisa. Después las pondría de vuelta en mi litera. En algún momento, antes del recuento de medianoche, arrojaría los pantalones y la camisa al patio interior de la galería.
Cuando se armara el alboroto a medianoche, él estaría limpio. Nadie podría probar ni sospechar que él había desmantelado el muñeco. Le dije que me diera el nombre de algún pariente de confianza, para mandarle cien pavos de la primera pasta que le sacase a una puta.
Me prometió ocuparse de la parte final del plan en la celda. Una hora después le di a un treno de mantenimiento dos cajetillas de trujas por una sábana extra. Ya tenía el relleno. Me quité la camisa y los pantalones y los rellené para un ensayo. El chico se sentó en la puerta de la celda con un espejo para vigilar la galería a ambos lados. En veinte minutos ya se había aprendido la posición del muñeco y todo lo demás a pie juntillas.
No pegué ojo en toda la noche. A medianoche vi al boquera contando cabezas. Pronto se iba a llevar una sorpresa. Sabía que si algo iba mal probablemente me matarían a palos en el patio. No podía echarme atrás. Ningún convicto echa de menos la libertad como un chulo. Todo él está enganchado a la buena vida.
Al día siguiente me llevé unas cuantas cajetillas de trujas a la pila de carbón. Un contacto del patio me consiguió una camisa y los pantalones. Me los puse sobre lo que llevaba puesto. Aquella noche en la celda construí el muñeco. Lo dejé bajo la litera del chico y le solté a éste una arenga hasta medianoche. Llegué a prometerle que estaría en contacto con él y que cuando saliera le enseñaría a chulear.
Creía que aquel último día en la pila de carbón nunca llegaría a su fin. Estaba perdido si de pronto había un registro de rutina en el módulo. Por fin nos pusimos en fila. Tenía la garganta seca y las rodillas de mantequilla. Nos acercábamos a la caseta. El boquera del muro caminaba veinte pasos delante de nosotros, entonces daba la vuelta y volvía la cara a la cuerda de los trenos del carbón.
Tenía que aligerarme a la caseta en cuanto volviera a darnos la espalda. Una vez allí, tendría que quedarme para que no me viera, si es que estaba abierta. Si él no me disparaba, los boqueras me molerían a palos. El boquera de la fila del carbón iba delante. Podía volverse a mirar en cualquier momento. Ningún otro momento de mi vida fue tan tenso, tan tremendamente atrevido. Ni siquiera contaba con que hubiera algún chota en la fila. De verdad que aquello era tela marinera. Si llego a estar mal del corazón me habría dado un patatús.
El centinela del muro se alejaba. La caseta parecía estar a kilómetros de distancia. Me salí de la fila y corrí hacia ella. Pude escuchar el murmullo nervioso de los trenos de detrás. Agarré el picaporte de la puerta de la caseta. Por un momento vacilé. Temía encontrármela cerrada. Mis sudorosas manos tiraron de ella. ¡Estaba abierta!
Justo antes de meterme dentro miré hacia el muro. El centinela estaba de pie mirando en dirección a la caseta. Cerré la puerta. ¿Me habría visto? Inspeccioné la caseta. No había donde esconderse ni debajo ni detrás. Podía oír a los trenos en las duchas. Se estaban preparando para la cena.
La puerta de acero estaba medio abierta. El boquera aparecería en cualquier momento para echar el candado y no tenía donde esconderme. Todo había sido en vano. Oí una voz y pasos que se aproximaban a la puerta de acero. ¡El boquera venía hacia la caseta! Miré hacia el techo. Miré por encima de la puerta de acero.
Allí había unas tuberías oxidadas de unos dos palmos adosadas a una ventana sucia. Brinqué y me agarré a un par de ellas. Recogí las piernas y los pies justo en el momento en que el boquera entraba para echar el cierre. Tenía mis piernas plegadas a un palmo de la gorra azul de su uniforme. Parecía un murciélago ahí colgado. Contuve la respiración. Pasó por debajo de mí. Vi escamas de óxido cayendo de las tuberías encima de su gorra. Fue como una eternidad para mis agonizantes brazos y piernas.
Oí cómo se cerraba la puerta de acero. Volví a respirar. Seguí ahí colgado durante un buen rato. Podía volver por cualquier motivo. Bajé mis piernas agarrotadas y me solté de las tuberías. Me senté en los escalones de piedra para recuperar el resuello. La caseta estaba silenciosa como una tumba. Podía oír el staccato de mi corazón.
Lo peor aún no había pasado. Tenía que sonar el silbato de «todo en orden». Si no sonaba es que iban a venir a buscarme con puños, palos y pistolas. Guipé por una rendija de la puerta. Pegué la oreja. El patio estaba desierto. Podía oír el choque de las bandejas metálicas en el comedor. Finalmente todo quedó en silencio. El recuento estaba en marcha. Pensaba: «Aunque el chico cumpla con lo suyo, esta noche el boquera del recuento atizará con la porra al muñeco para que salga a la puerta. El silbato no va a sonar. Ya ha pasado mucho rato. Fijo que esos desalmados hijos de puta ya vienen a por mí. Me dejarán lisiado a hostias y a patadas».
¡Sonó el silbato! Aquel sonido maravilloso fue como una ducha refrescante que me inundó los ojos de lágrimas. Ejecuté un viejo baile en el suelo de la caseta. Atardecía. Aún no había terminado. La única manera de saltar el muro era escalar hasta lo alto de un módulo en el ángulo del fondo del patio.
Por suerte para mí, el módulo estaba asentado sobre una hondonada, de otra forma su tejado habría sobresalido como una torre por encima del muro. Era el único edificio próximo a una sección del muro. Todos los demás eran mucho más altos. Puede que fuera demasiado osado para escapar, no me había agenciado una cuerda o un garfio. Tendría que valerme de pies y manos. El módulo quedaba a dos metros del muro y a unos siete por encima de él.
Después del recuento sólo quedaba un boquera en el muro. Estaría en su garita leyendo el periódico o alguna revista. Si levantaba la vista me vería descaradamente, iluminado por los reflectores del patio.
Mi uniforme era verde oscuro, manchado de negro por la carbonilla. Puede que en la calle tuviera el aspecto de un sucio obrero del carbón o de una fundición. No lo había hecho tan mal teniendo en cuenta lo rápido que lo había planeado.
Tenía hasta medianoche para saltar el muro y escapar de la ciudad. No tenía pasta. Pensaba en la pequeña fortuna que me había dejado en propinas a botones de hotel, señoras de la limpieza y camareros. Ahora todos ellos eran ricos comparados conmigo. Sabía de algunos a los que podría acudir para sacar unos pavos. Los encontraría en sus lugares de trabajo.
Por otro lado, las ruedas de reconocimiento y mi condena habían tenido lugar el mes pasado. Toda la pasma del lugar recordaría mi cara. Pensé en el Dulce. Recordé su comentario en el cuchitril acerca de ocuparse de mi establo. Lo aparté de mi mente.
No podía confiar en ninguno de los chulos que conocía. Siempre fui una amenaza para ellos. Iceberg estaba completamente solo. Tendría que dar con una de las hermanas de mamá, a unos cincuenta kilómetros, en Indiana.
En la caseta ya había oscuridad total. Levanté el pestillo y abrí la puerta empujándola. Sonó un apagado sonido metálico. Tiré de ella. El pestillo volvió a su sitio. La puerta de la caseta se había cerrado por dentro. Pensé: «Ese detalle accidental fijo que les trae de cabeza en la investigación».
Corrí hacia la pared del comedor. Tenía que encaramarme a lo alto de su tejado plano. Me agarré a los barrotes de la ventana y tiré hacia arriba hasta ponerme de pie sobre el alféizar. Alcancé la parte superior y me agarré al tubo del desagüe. Me aupé enganchándome al tejado con las espinillas.
Miré a mi izquierda. Pude ver la silueta del boquera en su garita. Miré hacia arriba al tejado del módulo, donde colindaba con el muro. Había un buen trecho. Caminé por el tejado hasta el siguiente módulo. Estaba cerca del extremo del tejado. Miré atrás hacia la garita. El boquera hacía la ronda por el muro. Llevaba arrullado en sus brazos aquel rifle mortífero.
Me tiré de espaldas contra el tejado negro. Esperaba pasar desapercibido. Jadeaba allí tumbado. Me preguntaba qué diría el manual del boquera respecto a apuntar a un convicto en fuga. Si me descubría, ¿enfilaría el punto de mira a la cabeza, al corazón o a la barriga?
Finalmente volvió a la garita. Tuve suerte de que el tejado del comedor estuviera pegado al edificio de la capilla. El puente era una cornisa de cemento. Tenía menos de un palmo de ancho y unos siete metros de largo. Mis pesados botos reglamentarios eran tan anchos como la cornisa. Patinaban por la superficie pulida. Los salvajes vientos de últimos de abril hacían el paseo tan seguro como caminar por un sube y baja a dos pisos de altura.
Llegué hasta el extremo de la cornisa y miré hacia arriba. Alargué el brazo derecho, quedándome de puntillas. El tejado de la capilla estaba a medio metro de la punta de mis dedos. Tendría que retroceder unos pasos por la escurridiza cornisa, coger suficiente carrerilla, dar un salto de medio metro y engancharme al borde exterior del tubo de desagüe del tejado. Lo que no tenía claro era si el tubo aguantaría mi peso.
Retrocedí con cuidado un par de metros. Me quedé temblando con la vista clavada en el borde. Miré atrás. El boquera no andaba por el muro. Tenía que olvidarme de lo estrecha que era la cornisa. Lancé una pierna hacia adelante y después le siguió la otra. Apuré la carrera por la endemoniada cornisa. Oía el susurrante siseo de los botos pisoteando la cornisa. Mis brazos se lanzaron hacia el cielo negro. Mis ojos sólo estaban pendientes del tubo del desagüe.
Me impulsé hacia arriba. Sentí los pies despegando de la cornisa. Me trinqué al tubo, quedándome ahí colgado, pendiendo en el vacío. Mis uñas enviaban agujas de dolor al rojo vivo a través de la castigada carne de sus raíces. Aupé la barbilla y lancé una pierna al tejado. Rodé por encima. Me quedé tumbado recuperando el resuello y observando al francotirador haciendo su ronda. Se volvió a meter en su garita.
Subí con esfuerzo por el inclinado tejado hasta lo alto. El borde del techo del módulo quedaba a un metro de distancia. Salté hacia adelante. Caí de barriga. Las puntas de mis botos estaban en el tubo del desagüe. El tejado del módulo era aún más inclinado. Estaba cubierto de planchas de pizarra deslizante. Miré hacia lo alto. Parecía que estaba a una manzana urbana de distancia. Empecé a subir reptando. Iba encajando las puntas de mis botos en las pequeñas rebabas que había entre las planchas.
Palmo a palmo alcancé la cima. Me ardía el pecho. Me tumbé en la finísima arista a caballo de un doble precipicio. Las paredes del tejado formaban una empinada pirámide. Yo estaba en lo alto de ella. La arista superior era tan fina como un alambre. A través de una bruma de aturdimiento vislumbré las luces de la ciudad destellando en un mar de oscuridad.
Me puse de pie. Caminé por el tenso alambre como un equilibrista de circo. El viento soplaba con virulencia ahí arriba. Me golpeaba y zarandeaba, balanceándome, columpiándome sobre el cable. Miré por el precipicio de la derecha hacia la calle, que estaba muy abajo. Mareado por el vértigo vi los faros de los coches iluminando la noche como diminutas luciérnagas. Casi se me va la cabeza. La sacudí y pegué la vista al cable.
Se me hizo una eternidad alcanzar el borde del módulo. Si ahora salía el centinela fijo que me calaba. Incluso desde la garita podía guiparme. Yo tiritaba. Siete metros más abajo estaba el muro de un metro de ancho. No podía volver. Tampoco podía quedarme allí. Estaba claro que no sería capaz de mantener el equilibrio si caía de pie.
Me dejé caer con las piernas muy abiertas. Oí cómo se me rasgaban los pantalones. El borde interior de la cornisa del muro se me clavó en el muslo. Mi culo se estampó contra el cemento. La cabeza me daba vueltas de dolor en aquella fría cabalgadura. Saqué mi pierna herida al otro lado del muro. Me deslicé sobre la barriga hasta quedar enganchado por los dedos.
Permanecí colgado unos instantes. Sentía la sangre corriéndome por la pierna izquierda hasta el boto. Me solté. Caí con los pies por delante. El culo y la espalda amortiguaron el golpe. Me quedé tumbado de espaldas en medio de una borrachera de agotamiento, dolor y una alegría que cortaba la respiración.
Pasaron por lo menos diez minutos antes de que pudiera levantarme. Caminé unos cien metros cojeando. Me volví a mirar hacia el trullo. Pensé: «Esos asquerosos blancos se van a comer el coco. Les va a parpadear hasta el ojete. Me van a poner de negro de mierda hijoputa para arriba. Pero hay una cosa que no podrán negar en el fondo de sus turbios corazones: soy más listo que ellos. Les va a doler hasta en la mierda de la uñas que un negrata se les haya escapado como un Houdini negro, sin cabezas machacadas de boqueras ni barrotes aserrados.
»Se van a quedar con las ganas de pillarme después del recuento de medianoche. Se tirarán una semana rastreando el patio y la trena. Se les va a congestionar el culo hasta ponérseles azul. No les entrará en la cabeza que un puto negro fue lo bastante listo como para esfumarse como un fantasma.
Me volví y puse rumbo al estado de Indiana a la pata coja.