Pimp
Prólogo
Despuntaba el alba, el gran Cadillac rodaba disparado por las calles. Mis cinco putas charloteaban como urracas embriagadas. Olía el tufo que sólo tiene una puta callejera después del tute de una larga noche. El interior de mi napia tenía mono. Suele pasar cuando no eres más que un cerdo esnifador de cocaína.
Me ardía la nariz. El pestazo de aquellas putas y el gángster que se estaban fumando eran como cuchillos invisibles rascándome hasta el cerebelo. A pesar de la pila de pasta que había en la guantera, mi talante era peligroso, estaba de muy mala hostia.
—¡Hostia puta, zorras! ¿Es que alguna de vosotras se ha cagado encima o algo parecido? —dije desgañitándome. Abrí el deflector hacia mí.
Durante un largo momento hubo silencio. Entonces Rachel, mi señora puta, dijo con voz complaciente y pelotera:
—Papaíto, rey, no es a mierda lo que hueles. Hemos estado currando toda la noche. Los coches de esos primos donde damos el callo no tienen baño. Papaíto, fijo que hemos estado empleándonos a fondo para ti. Lo que hueles son nuestros sucios culos de puta.
Sonreí con ganas, por dentro por supuesto. Los mejores chulos guardan sus emociones bajo una carcasa de acero. Yo era de los más gélidos. Las putas soltaron risitas ante el burdo gracejo de Rachel. A un chulo le alegra que sus putas rían. Así sabe que aún están bajo su ala.
Aparqué el Cadillac suavemente junto al bordillo, fuera del hotel en el que se alojaba Kim, mi última y preciosa adquisición. ¡Dios! Qué ganas tenía de descargar a la última puta. Así podría volver a mi hotel, mimarme la napia con cocaína y estar a solas. Todo buen chulo sabe que él es su mejor compañía. Su vida interior es rica en astucia y maquinaciones para poder dominar a sus putas.
Al salir Kim, le dije:
—Buenas noches, nena, hoy es sábado. Mañana quiero a todo el mundo en la calle al mediodía en vez de a las siete como hoy. He dicho al mediodía, no cinco minutos después o dos minutos después. A las doce en punto quiero que estéis al pie del cañón, ¿te has enterado, nena?
No contestó. Hizo una cosa extraña. Rodeó el Cadillac y vino hasta mi ventanilla. Se quedó mirándome un largo instante. Su hermosa cara aparecía tensa en el oscuro amanecer.
Entonces dijo con su acento cursi de Nueva Inglaterra:
—¿Vas a pasarte a verme esta mañana? Hace un mes que no pasas una noche conmigo. Así que vuelve, ¿vale?
A un buen chulo no le pagan por follar. Se gana su paga por saber siempre qué decirle a una puta a la velocidad de un rayo. Sabía que mis otras cuatro putas habían levantado las orejas para ver cómo reaccionaba con esta preciosa zorra. Un chulo con una zorra refinada en el establo tiene que tener el juego bien amarrado. Las putas siempre están buscando el punto flaco de su chulo.
Me encajé una máscara terrorífica en la cara y le dije con voz lenta y letal:
—Zorra, ¿te has vuelto loca? No hay una sola puta en esta familia que me proponga o me fuerce a hacer nada. Y ahora coge tu asqueroso culo amarillo, llévatelo arriba, mételo en el baño y, después, a la piltra. Mañana a las doce en la calle, como he dicho.
La zorra ni se movió. Los ojos se le achinaron de furia. Noté que iba a darme la brasa contándome su vida, allí en la calle, delante de mis putas. Si hubiera sido diez años más ingenuo, habría saltado fuera del Cadillac para partirle la mandíbula y pisarle el culo. La trena seguía fresca en mi memoria.
Sabía que la zorra estaba intentando meterme en una en errona cuando escupió su invitación:
—Venga, písame el culo. ¿Para qué hostias necesito a un hombre al que sólo veo cuando viene a por su dinero? Ya estoy harta. No soporto los establos ni los soportaré. Sé que soy la zorra nueva que tiene que demostrar lo que vale. Bueno, qué hostias, estoy cansada de esta mierda. Lo dejo.
Paró a coger aire y encenderse un pitillo. Pensaba bombardearla en cuanto terminase. Me quedé sentado, mirándola. Luego prosiguió:
—Me he levantado más primos en los tres meses que he estado contigo que en dos años con Paul. Tengo el coño inflamado y dolorido. ¿Vas a patearme el culo antes de que me largue? Si es así, hazlo ahora porque me vuelvo a Providence en el primer tren que pase echando humo.
Era joven, marchosa y con mucho garbo para los primos. Era el sueño de cualquier chulo y ella lo sabía. Me estaba probando con sus monsergas. Ahora aguardaba tranquilamente una respuesta gilipollas.
Mi fría fachada le había defraudado. La vi marchitarse según le decía con voz gélida:
—Escucha, zorra pijotera, nunca he tenido una puta de la que no pudiera prescindir. Cuando una puta me abandona, yo lo celebro, zorra. Eso deja un hueco para que otra zorra que valga la pena ocupe su lugar y se convierta en estrella. Mira, zorra ruin, si te cago en la cara, tendrás que abrir bien la boca y alegrarte.
Un coche patrulla cargado de polis pasó muy despacio. Puse cara de gilipollas sonriente, congelándola hasta que pasaron de largo. Kim seguía allí clavada aguantando el chaparrón helado. Continué implacable:
—Zorra, no eres más que un cero a la izquierda. Antes de mí tenías un chulo de saldo sin pizca de reputación. Nadie ha oído hablar de ese hijoputa salvo su madre. Sí, zorra, volveré esta mañana para llevar tu culo de pacotilla a la estación.
Salí disparado de allí. Por el espejo retrovisor vi a Kim caminando despacio hacia el hotel. Iba alicaída. Hasta que descargué a la última puta se podía oír a un mosquito cagando en la luna. Les había demostrado a todas que estaba hecho de hielo macizo.
Volví a por Kim. Estaba lista y callada. Camino de la estación, yo iba revolviendo las páginas de ese libro del chulo que guardaba en el coco. Estaba buscando la manera de retenerla sin besarle el culo.
No encontré ni una línea para un caso como aquél. Al final resultó que la zorra estaba tanteándome y marcándose un farol desde el principio.
Acababa de echar el freno de mano en el aparcamiento de la estación cuando la zorra se vino abajo. Sus ojos estaban empañados mientras decía, haciendo pucheros:
—Papi, ¿de verdad que piensas dejarme marchar? Papi, yo te amo.
Arremetí con la indiferencia para amarrarla bien, mientras le decía:
—Zorra, no necesito una zorra protestona y bocazas. Necesito a una zorra que me quiera de por vida. Tienes que irte. Después de toda esa mierda tempranera, está claro que tú no eres esa zorra.
Mi labia la hizo filetes. Se derrumbó en mi regazo llorando y suplicando quedarse. Yo tenía una teoría sobre las zorras que abandonan. Raramente lo hacen sin llevarse un buen fajo. Así que le dije:
—Dame esa pasta que te has quedado y te daré otra oportunidad.
Ya lo creo que se hurgó en el escote. Sacó cerca de quinientos pavos y me los entregó. Ningún chulo que se precie dejaría marchar a una hermosa puta con un montón de rodaje por delante. La dejé quedarse.
Por fin conducía camino de mi hotel. Me acordé de lo que el Dulce jones, el maestro chulo que me instruyó, decía acerca de las putas como Kim.
—Flaco —decía—, una preciosa zorra negra y una puta blanca son lo mismo. Las dos entrarán en un establo para hundirlo. Dejarán al chulo sin puta y con el culo al aire. Tienes que hacerles dar el callo rápida y duramente. Sacarles el máximo jugo lo antes posible. Flaco, el chuleo no es ningún juego de amor. Cómeles el tarro y no se te ocurra meterles el nabo. Cualquier pamplinas que se crea que una puta le ama no debería haber salido del culo de su madre.
Mis recuerdos volaron hacia Pepper. Y después más atrás. Entonces me acordé de lo que me había dicho sobre el Georgia. Me había dicho:
—Flaco, espero que todavía no hayas follado con esa bonita zorra. Créeme, Flaco, un chulo no es más que una puta que ha invertido con ellas los papeles del juego. Flaco, sé amable con ella en proporción a la pasta que te da, nunca más. Sácale un pastón a la puta antes de practicar el sexo con ella. Para el chulo, una puta no es más que otro primo. No te dejes hacer el Georgia. Exije siempre la pasta por delante, como una puta.
Estaba en el ascensor elevándome hacia mi apartamento. Pensé en la primera zorra que me hizo el Georgia, cuando tenía tres años. Se pasó por la piedra mi cabeza sin pagar. Ahora sería vieja y canosa. Si pudiera encontrarla, fijo que le iba a hacer pagar esa cuenta pendiente en mi conciencia.