Pimp
4. El título de chulo
Cuando volvía hacia Milwaukee, a mamá y la calle, mi mente estaba enfrascada en el asunto del chuleo. En la cárcel había soñado con ello casi todas las noches. Se trataba de historietas crueles.
Eran fantásticas. Me veía a mí mismo gigantesco y omnipotente, como Dios Todopoderoso. Mi vestuario era de lo más llamativo. La ropa interior era multicolor como el arco iris y sedosa sobre mi piel.
Mis trajes estaban tejidos en oro y bordados con piedras preciosas. Mis zapatos eran de plata deslumbrante. Las puntas de éstos eran afiladas como puñales. Putas hermosas con ojos suplicantes se retorcían a mis pies. Entonces veía las enormes estacas surgiendo de la niebla del ensueño. Las caras pintarrajeadas de las putas se volvían, aterradas de espanto. Lloraban y me suplicaban que no las matase con aquellas afiladas estacas de acero.
Reía enloquecido. Las pateaba con deleite por detrás, haciendo brotar manantiales escarlata al apretarles la entrepierna contra aquellas puntas afiladas. Caían a mi alrededor como pollos agonizantes. Finalmente, sucumbían partidas por la mitad en un remolino de sangre.
Al despertar, el corazón se estremecía en mi interior. La descarga caldosa, producto de la excitación salvaje, chorreaba pegajosa entre mis muslos temblorosos.
También tenía otros sueños tremebundos en los que yo era diminuto. Un Cristo gargantuesco, en medio de un mar de luz, se erguía como una torre sobre mí. Iracundo, me miraba con los ojos cual incandescentes soles azules. Los sedosos cabellos de platino se le erizaban de furia.
Un rayo de purísima luz blanca se disparó desde la punta de su dedo índice. Señalaba a una mujer que me daba la espalda. Entonces Él me ofrecía un látigo de cuero trenzado.
Igual que el estruendo de una tormenta de verano, su voz me ordenaba: «Castiga a esa mujer malvada. Destruye al demonio que hay en ella. El Señor te lo manda».
Encantado, cogía el pesado látigo con ambas manos y azotaba con todas mis fuerzas la espalda de aquella mujer. Ella no se movía. El color escarlata se expandía por su espalda fustigada, permaneciendo de rodillas en un río de sangre.
Entonces volvía su agonizante rostro moreno hacia mí. Era mamá. Me estremecía y chillaba empapado en sudor. Era horrible. Nunca podía cortar el sueño antes del final. Su temible curso era inexorable. Los sueños sobre mamá me duraron hasta su muerte.
Un par de días después, estos sueños seguían rondándome despierto. Súbitas flechas negras de depresión y remordimiento asaetaban la herida abierta en mi mente. Entonces, me drogaba. Los narcóticos funcionaban como una armadura contra aquellas flechas sigilosas.
Tras una semana de descanso y las comidas de mamá, recuperé la forma y el color. Un sábado por la noche me maqueé a tope con un terno y un abrigo que había comprado el día anterior al que me trincó Dalanski.
Recordaba las charlas de los chulos en la trena. Había aprendido que el primer paso que debía dar era darme prisa en pillar. Necesitaba una puta para entrar en la escena urbana. Tenía que entrar de chulo por la vía rápida.
Aún me faltaban algunos meses para cumplir veinte tacos. La cara de niño se había desvanecido. Medía uno ochenta y seis y estaba más chupado que un galgo a dieta. Fui a un tugurio, El Club 711, atestado de putas, chulos y chorizos.
Me tomé una cola al final de la barra, mirando hacia la entrada. El elefante de al lado me sonaba un poco, así que me giré y le pregunté por Weeping y por Party, Torció la cabeza. Sus ojillos se quedaron clavados en la cremallera de mi bragueta después de mirarme de arriba abajo. Se acordaba de mí. Me dijo:
—Hará un mes que al moreno de tu colega Party le cayeron sesenta meses en la cárcel del condado. Perdió el culo por uno de esos chochos prietos; tanto, que le entraba un mercancías por el ojete. Pilló a un semental chingándosela. El semental se achantó e hizo mutis. La gachí tuvo que buscarse un carnicero que le sacara del culo el zapato de Party.
Después de sacarse una pelotilla de la trompa continuó:
—El pobre Weeping la espichó fuera de un chutódromo en Saint Paul. Debió chutarse algo muy puro, porque un miranda de la rúa le oyó chamullar antes de diñarla: «Que le besen el culo a mi madre muerta si éste no es el mejor jaco que me he metido en mi vida».
El elefante volvió a meter la pezuña en su asquerosa trompa. El camarero mariquita me puso otra botella de cola sobre la barra. Levanté las cejas sorprendido.
Me dijo con tono afectado:
—Esa perra, aquel retaco de la mitad de la barra, te invita a un trago.
Sin quitar los ojos de su chupada jeta amarilla le dije:
—Anda, guapo, háblame de ella. ¿Es competente esa perra? ¿Es puta? ¿Tiene hombre?
Arqueó los labios arriba y abajo, estampando el sucio y húmedo trapo de cocina sobre mi reflejo en la barra.
Apenas susurraba:
—Esa perra no es más que una mofeta de Saint Louis. Es sólo una niñata aprendiz de puta. Yo soy más puta que ella. No tiene dueño. Es una guarra salida. Desde que llegó aquí hace un mes les ha hecho el Georgia a tres chulos de pacotilla. Si te lo sabes hacer, podrías sacarle una buena guita a ese culo. No tiene más que dieciocho taquitos.
Saqué despacio un pavo del bolsillo y pagué el refresco. Antes de meter la pata, me acordé a tiempo de las lecciones de los rufianes del trullo.
—Dile a esa perra que nanay. Me ocuparé de los pequeños detalles y si es competente puede que le deje ocuparse de lo gordo del meollo. Ponle a esa perra un trago de mi cuenta.
Ella Fitzgerald se lamentaba por su «cestita amarilla» en la máquina de discos.
El mozo fue dando saltitos hasta ella con la bebida y el mensaje. Concentré la vista en el objetivo a través del espejo azul. El hueso de la rabadilla se me puso tieso. Aquellos ojazos parecían dos gogós bailando en la noche aterciopelada de su carita de pequinesa.
La fiebre de dinero fácil me subió de pronto. Pensaba que, si pudiera pillarla y llegar a un acuerdo con ella, sería veneno para el bolsillo de cualquier primo blanco que se la ensartara.
Esos chulos de la trena sí que sabían de putología. Afortunadamente, había tenido las orejas bien abiertas en aquellas charlas.
«Si a una puta la acosas, harás el capullo y un mal negocio. Si a una puta la acechas, harás un buen negocio y entonces serás un chulo». Eso decían.
El haber pasado de su burda invitación la puso de los nervios. Era como un anzuelo afilado retorciéndose en la mente de aquella guarra. La lengua viscosa se disparó como un lagarto rojo entre sus dientes de marfil, deslizándose a todo lo ancho de los labios. Se contoneó hacia mí compitiendo en una carrera desigual con el camarero. Éste dejó el refresco verde entre el elefante y yo.
Escuché la trompa del elefante barritar de excitación. Había estado hurgando con la vista en las peras impecables y en aquel culo de gourmet que se bamboleaba embutido en el vestido blanco, tan ceñido como un guante.
Dibujé en mi cara una sonrisa tibia e indiferente cuando se apalancó en la banqueta. Me di cuenta de que llevaba un rollo de billetes encajados, bien seguros, entre sus montes negros.
Y va y me dice:
—A ver, ¿quién coño eres tú y qué mierda de los cojones le has contado al camarero?
Mis ojos eran reflectores de temperatura bajo cero bañando su cara.
—Mira, zorra, mi nombre es Blood, en lo que le he dicho no había ninguna mierda. Era la pura verdad, tan pura como yo. Sí, zorra, te lo montas tan de guarra y tan chungo que un día re van a partir el culo.
La gran vena que surcaba la frente sobre su cara de perrito se puso a palpitar. Su verborrea se volvió chillona.
—No soy puta —balaba—. Soy una tía de puta madre y todavía no ha nacido el tío que me pise el culo. Me cago en la hostia, llámame Phyllis. Sé un caballero y respétame como a una dama.
La ráfaga glacial reventó el termostato de mis reflectores.
Sentía una baba fresca en mis labios mientras berreaba:
—Eres una zorra asquerosa, negra, que vas de farol. No hay nada parecido a una dama en nuestro mundo. O eres puta, o si no, un maricón disfrazado. A ver, zorra, ¿cuál de los dos eres? No soy un caballero, zorra, soy un chulo. Soy el que te va a pisar ese culo de coña que tienes. ¡Si eres tú la que me ha entrado! Zorra, te estás haciendo gelatina por comerme. No soy una perra salida, tú lo eres. A mí sólo me pone cachondo la pasta.
Esta ráfaga le impresionó. Las lecciones del trullo sí que funcionaban. Podía ver cómo las gogós estaban más calientes que el demonio a medianoche. Ella trataba de ocultarme la perra depravada y masoca que habitaba en su interior.
Era tan ridícula como aquel predicador del fuego y el azufre. Aquel que quiso ocultar su empalme cuando una hermana muy tierna del primer banco le hacía fotos con el conejo.
La tía no sabía qué decir. Copé todas las casillas. Decidí ir al retrete.
Según me iba, acabé de demolerla:
—Zorra, me voy a pirar en cuanto salga del cagadero. Sé que tu chocho está dando palmas por mí. Sé que te gustaría que yo fuera tu hombre. Pero una puta con suerte se te va a adelantar y me vas a perder. Así que sácate toda esa mierda que tienes en el coco. Y no te equivoques, zorra cuando salga, dime de verdad qué es lo que quieres. Te doy una oportunidad. Después de medianoche, no te daré nada.
En el tigre, arranqué una tira de papel del rollo. La envolví en un billete de diez y cuatro de uno. Pasase lo que pasase ahí fuera, yo tenía que llevar un buen fajo.
Estuve un buen rato en el tigre, dejando que el calor se filtrara hasta lo más hondo de esa zorra que me estaba esperando. ¿Iba a pillar a mi primera puta? Sólo de pensarlo me picaban los huevos.
Decidí volver. Nada más salir me topé con ella. Casi la arrollo. Pasé de largo. Me acerqué a la barra para pagar la consumición. No perdió detalle. Tiré del billete grande.
—Quédate con el cambio y cómprate un Cadillac —le dije al mozo.
Sus ojos gris dormitorio se pusieron a hacer chiribitas. Me devolvió el billete, empujándolo a través de la barra con su delicado meñique.
—Estas invitado, chato. Vuelve a las dos y llévate a una nena de verdad.
Al dejar la barra, ella me tiró de la manga. Me miraba hacia arriba. Las gogós estaban en bolas.
Miré hacia abajo a aquel retaco y le dije:
—Bueno zorra, te toca mover. ¿Paso de ti?
Me agarró del hombro. Tiró de mí hacia ella. Sentí el calor de su aliento en la cara. Me metió la lengua de lagarto hasta el tímpano. Me daban escalofríos ardientes. Permanecí frío. Giré la cabeza y le hinqué los dientes en el cuello. No sé cómo no sangró. Simplemente gimió.
—Mira, hijoputa de sangre fría —me susurró entonces—, soy tuya. Vamos a mi casa a charlar.
Fuimos hacia la puerta. Me volví a mirar. El elefante no nos quitaba ojo. Se relamía con la lengua. La trompa se le dilataba con ganas de fiesta.
Cuando llegamos a la acera me dio las llaves de su Ford amarillo del 36. Estaba de suerte. En la trena me habían enseñado a conducir el camión de la lavandería. El motor del Ford sonaba a música. No es que fuera el carro de un chulo, pero seguro que nos llevaría por la senda urbana.
La llevé a su casa. Por el camino me fue metiendo mano. Me estaba poniendo a punto para el Georgia. Aquella lagarta se creía que mi oreja era un circuito de carreras. Dio unas cien vueltas en ella. Yo aún estaba verde. No debí dejar que me tocara.
Su piso era lo más parecido a una trampa para primos. Tenía estrellitas blancas y luminosas pegadas por el techo azul de la habitación. Había solamente una luz azul que parpadeaba sensualmente desde detrás de una copia de escayola de El beso de Rodin.
Sobre la cama había un espejo. También había otros espejos por las paredes, flanqueando la cama. En el suelo, frente a una chaise longue, tenía una piel de oso polar intensamente blanca a modo de alfombra.
Me senté en la chaise. Encendió el tocadiscos portátil. Ellington surgió entre las ondas con «Mood Indigo».
Se metió en un cuarto de baño tamaño celda dejando la puerta entreabierta. La pequi se frotaba los sobacos y el conejo con una toallita. Estaba desnuda. Era evidente que se moría de ganas de aprovecharse de mi inocencia. Me preguntaba si habría escondido aquel rollo de billetes y dónde.
Salió meneando el vientre al ritmo cálido del «Indigo». Era un retaco de princesa watusi. Su voluptuoso cuerpo negro brillaba como piel de foca. Las pasé putas tratando de recordar cuál sería el diálogo apropiado para este tipo de situación.
¿Qué es lo que decían los rufianes en la trena? Acaso era: «Evita los coños de fábula. Actúa como si no tuvieras picha. Concentra tu cabeza en la guita. Manténte frío y duro. Primero pilla la pasta. No dejes que te hagan el Georgia. Se reirán de ti. Pasarán de ti como si fueras un primo después de tomarte el pelo. Sólo cogiéndoles la pasta podrás engancharlas del apestoso culo».
Se acercó bailando hasta la cabecera de la cama. Se agachó para levantar el borde de la alfombra roja, sin dejar de menear el trasero que me sonreía al son del «Indigo». Estaba claro que aquello era una función gratuita.
Vino bailando hacia mí, llevando en la mano dos porros finos. El brazo del cacharro que había junto a la cama retrocedió al principio y el «Indigo» volvió a sonar.
Se detuvo entre mis piernas. Incluso a través de la tela de los pantalones podía sentir el calor húmedo de sus muslos. Me saltaban chispas de calentura bajo los meniscos de mis rodillas.
Su vientre de azabache vibraba y se estremecía bajo mi nariz, musitando el «Indigo» bajo y arrastrado. Estaba claro que era esa clase de tipeja acerca de la que prevenían los chulos. Mi abstinencia de veintiún meses estaba a punto de estallar.
Cogió un encendedor de la mesa de cócteles. Se metió los porros en la boca humedeciéndolos para conseguir un buen encendido. Finalmente les dio lumbre y me pasó uno.
—Papi —me dijo—, esta mandanga verde y suave es de la tierra del chile. Nos relajará. ¿Por qué no te quitas la ropa?
Le pegué una profunda calada al petardo. Levanté la vista hacia aquellos ojos exóticos de ensueño y repitiendo lo que había aprendido, le dije:
—Zorra, no vayas a cagarla. En mi cartilla dice que los negocios van antes que el placer. Me quitaré la ropa cuando sepa que me la estoy quitando con mi puta. Conmigo el Georgia no funciona ni de coña. No juegues con mi calderilla, zorra.
Tal como lo había escuchado en la trena, literal. Funcionaba como un detector de mentiras. El motor de su vientre se caló. Sus ojos miraban distantes.
Estaba maquinando cómo pegármela. Se aplastó en posición de yoga sobre la piel de oso. Su media luna me guiñaba. Su voz era dulce marcándose un farol. Empezó a piarla:
—Corazón, mi rey, me acabas de cazar. Soy tu dulce puta. Un primo que está colado por mí me ha prometido un billete. Me lo va a apoquinar mañana por la noche. Ya es tuyo, pero tienes que esperar. Y ahora ven a llevar a tu nenita perversa a la cama.
Mi cuerpo había estado limpio durante una buena temporada. La hierba era potente. Ella no se imaginaba lo mucho que yo necesitaba ponerme a chulear, ni tampoco que era la primera. No podía dejarla escapar.
Tenía que conseguir una puta. La hierba me estaba dando vibraciones de furia y odio al compás de «Indigo». Ahí tenía, agazapada sobre la alfombra blanca, a mi enemiga mortal.
«Voy a matar a este retaco de puta negra como no me suelte la viruta que llevaba entre las tetas», pensé.
Como un policía bestia dándole a un atracador una última oportunidad para cantar, le dije:
—Venga, zorra, ya estás soltándome la guita que tenías entre las peritas.
Sus ojillos se hincharon como globos, sorprendidos y cabreados.
—Te estás pasando de chulo, chupado del culo, negro de mierda —masculló—. He cambiado de idea. Coge el abrigo y el sombrero y pírate.
El crescendo del «Indigo» se estaba poniendo tórrido. Come un relámpago de piel marrón, salté de la chaise y me planté todo tieso, lanzando mi pierna hacia atrás.
Sentí cómo se me tensaban los tendones a la altura de la cadera. Mis ojos apuntaban al corazón. Mi zapato de punta del cuarenta y cinco, de primera calidad, salió como un cohete hacia ella.
El retaco tuvo suerte apartándose una milésima de segundo antes. La bomba de cuero estalló contra su omóplato izquierdo. Se dio un barrigazo y ahí se quedó pegando gruñidos.
Entonces, como en los sueños de la trena, le pateé el culo hasta que me dieron calambres en la pierna. Mientras, ella sólo gemía y lloriqueaba. Estaba empapado en sudor. Jadeando sin resuello, me derrumbé a su lado sobre la piel de oso. Pegué la boca a su oreja y le dije en un susurro de hielo:
—Oye, zorra, ¿es que voy a tener que matarte para que seas mi puta? Levántate y suelta ya esa viruta.
Volvió la cabeza y me miró a los ojos. A los suyos se les había pasado el cabreo, sólo tenían miedo y un extraño deseo. Su boca trémula se abrió para hablar. Durante un buen rato no salió nada de ella.
—Ya tienes una puta, Blood. Por favor no me des más patadas. Soy tu perrita. Haré lo que quieras. Te amo, corazón mío.
Sus garras se clavaban por detrás de mi cuello mientras trataba de sorberme la lengua desde la raíz. Yo saboreaba sus lágrimas saladas.
Se acercó al tocadiscos tambaleándose. Lo levantó por una esquina, extrayendo el rollito de billetes de debajo. Apagó el «Indigo». Puso otro vinilo en el plato.
Lady Day cantaba una balada triste: «Mi hombre no me quiere, siempre me trata fatal. Es el hombre más egoísta que he conocido jamás».
Me puse de pie sobre la piel de oso. Vino hacia mí con la pasta en la mano. La puso en la palma de la mí… Le eché un vistazo rápido para contarlo. No estaba mal. Había más de doscientos. Ya estaba listo para romper la abstinencia.
Levanté a aquel retaco de cuarenta y cinco kilos entre mis brazos. Le mordí con fuerza en la punta de la barbilla. La llevé junto a la cama y la dejé caer encima. Botó y se quedó ahí sobre la espalda. Repiraba fuerte. Sus piernas eran como una amplia pirámide.
Me desnudé deprisa. Tiré de la sábana de arriba. La rasgué en tiras finas. Le até las manos a los postes de la cama. Le abrí las piernas en cruz. Con las tiras más largas, se las até por encima de los muelles, a los lados de la cama.
Estaba prisionera. Me empleé a fondo en ponerle al día en las habilidades que Pepper me había enseñado para hacer trizas los nervios. Se desmayó cuatro veces. No podía soportar aquella tortura terrible y desesperante.
Finalmente, la monté como es debido. Sobre la marcha me dispuse a batir el récord. Lo conseguí. La explosión de rabia fue lo bastante bestia como para desovar un millón de embriones de chulos negros.
La desaté. Nos quedamos ahí tumbados en la penumbra azul. Las estrellitas blancas titilaban sobre nosotros. Lady Day seguía lamentándose por sus problemas.
—Zorra —le dije—, quiero que durante una semana te pongas a mojar en la calle como una descosida. Vamos a montárnoslo por la vía rápida en la gran ciudad. Ah, sí, esta semana cambiaremos la documentación del Ford. No voy a conducir el coche de una zorra. Tiene que estar a mi nombre, ¿entiendes?
—Sí, corazón, lo que tú quieras. No te enfades, corazón, pero te estaba tomando el pelo con lo del billete del primo —me dijo.
—Ya lo sabía, zorra. No vuelvas a intentar pegármela nunca más —le espeté.
Me levanté y me vestí. Saqué un billete de cinco del rollito y lo dejé sobre el tocador.
—Quiero verte esta tarde a las seis en la calle. No entres en los bares. Muévete entre la Séptima y Apple —le dije—. Apareceré en algún momento durante la noche. Más te vale que estés ahí cuando me presente. Si te trincan, di que te llamas Mary Jones. Si se te olvida no podré pagarte la fianza. Procura tener pasta siempre que me veas.
Bajé a la calle. Me metí en mi Ford. Se puso en marcha con un rugido. Conduje hacia casa de mamá. Me sentía bien. Para ser un muchacho negro recién salido del trullo no lo estaba haciendo nada mal.
Me estremecí sólo de pensar qué habría pasado si no hubiera abierto bien las orejas allá en la trena. Me habría quedado de vulgar limpiabotas o de portero para el resto de mi vida en el amurallado mundo de los blancos. Con mi puta negra, era cosa fácil conseguir pilas de dinero limpio de aquel inaccesible mundo blanco.
Mamá estaba alisándole el pelo a una joven clienta. Me vio saliendo del Ford frente a la tienda. Me indicó con el cepillo que entrara.
—Estaba preocupada. ¿Dónde te has metido toda la noche? ¿De dónde has sacado ese cochecito tan mono? ¿Es que has encontrado trabajo? —me dijo.
—Me lo ha prestado un amigo —le respondí—. A lo mejor me lo vende. He pasado la noche con él. Estaba con treinta y ocho de fiebre. Mañana me pondré a buscar trabajo.
—Hay un estofado en el horno. Cierra el gas y come algo. Hijo, espero que no hayas estado con Pepper.
Miré a la chica de buen tipo y piel marrón nuez que se estaba alisando el pelo.
—¿Pepper? Es muy mayor para mí —dije—. A mí me gustan las chicas de piel marrón. Pepper es demasiado cuarterona para mi gusto.
La joven me miró de pronto, sonriendo. Le guiñé un ojo pasándome la lengua por los labios. Le gustó y se puso colorada. Me quedé con su cara.
Salí a la calle y subí a zamparme el estofado.
Luego me eché una buena siesta. A las cinco y media de la tarde volví a bajar y cogí el Ford. Me dirigí hacia la Séptima con Apple y aparqué allí.
A las seis menos cinco vi a Phyllis venir hacia mí. Estaba a una manzana. Puse el motor en marcha y me largué.
Sin duda parecía que ya tenía una puta. A medianoche regresé. Estaba despeinada y parecía cansada. Se metió en el coche.
—Y bien, ¿qué tal te ha ido, nena? —le pregunté.
Escarbó en su escote y me dio un manojo de billetes mojados. Lo conté, había setenta pavos.
—Estoy sucia y cansada —me dijo—, me duelen los hombros y el culo. ¿Puedo dejarlo por hoy, cariño? Me apetece un plato de pastrami, un café y un baño. Acuérdate de cómo me zurraste anoche.
—Mira, zorra, la pista se cierra a las dos —le dije—. Te acompaño a tomar un sándwich y café. El baño tendrá que esperar, se chapa a las dos. Y respecto a las patadas en el culo, las necesitabas.
—Vale, corazón, lo que tú digas —suspiró.
La llevé a un sitio de comida kosher, al aire libre. No paraba de moverse en el duro banco de madera. Por lo visto, le molestaba mucho el pompi. Permaneció callada hasta qué acabó con el sándwich y el café. Entonces me dijo:
—Oye, corazón, no me lo tomes a mal, te lo pido. Me gusta que me castiguen un poco antes de que me monten, pero, por favor, no vuelvas a ser tan cruel como anoche. Podrías matarme.
—Nena, no me vaciles con la pasta ni trates de tomarme el pelo. Anoche me cabreaste. No tienes por qué preocuparte si respetas mis reglas. No volveré a zurrarte más de lo que a ti te gusta.
La devolví a la esquina. Salió del coche. En cuanto pisó la acera, dos primos blancos casi se la pegan con el coche al ir a aparcar. Era un auténtico árbol negro del dinero.
Al día siguiente la llevé al notario. Salimos a los diez minutos. Me devolvió los trescientos que le había pagado por el Ford.
Ahora todo era legal. Ella no tenía ninguna queja. Sus cardenales se estaban curando y ya estaba lista para otra escena de amor prisionero. Acabó la semana haciendo la carrera con estilo. Tenía en mis manos un fajo de setecientos.
El domingo por la noche eché al maletero del Ford la piel de oso y demás cosas del retaco.
Aparqué en la esquina de casa de mamá. Subí para coger algunas de mis cosas. Mamá me sorprendió haciendo la maleta. Sus ojos estaban bañados en lágrimas. Me agarró con fuerza arrimándome contra ella. El llanto la estaba ahogando.
—Hijo, ¿es que ya no quieres a tu madre? —se lamentaba—. ¿Adónde vas? ¿Por qué quieres abandonar este hogar tan bonito que tenemos? Sé que si te vas no te volveré a ver. Sólo nos tenemos el uno al otro. Por favor, no me dejes. No me rompas el corazón, hijo.
Escuché sus palabras. Ya había ido demasiado lejos como para que me afectase su pena. No dejaba de pensar en aquel negro y depravado árbol del dinero que me esperaba en el Ford. Estaba ansioso por entrar en la ciudad por la vía rápida del chulo.
—Mamá —le dije—, sabes que te quiero. He conseguido un buen puesto de dependiente en una tienda de ropa para hombre en la ciudad. Por aquí todo el mundo sabe que soy un ex presidiario. No me queda más remedio que marcharme. Te adoro por haberme construido un hogar. Has sido un ángel manteniéndote a mi lado durante todas mis condenas. Volverás a verme. Vendré a visitarte. Lo haré, mamá, te lo prometo.
Me costó desembarazarme de sus brazos. Cogí mis bártulos y bajé las escaleras. Cuando alcancé la acera, miré hacia la ventana. Mamá estaba llorando descorazonada, comiéndose los nudillos. La pechera de mi camisa estaba empapada con sus lágrimas.