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1. Arrancado del nido
Se llamaba Maude y me metió en su cama en 1921. Yo sólo tenía tres años. Mamá me hablaba de ello, y cada vez que lo hacía, su rabia e indignación eran probablemente tan fuertes y viscerales como cuando sorprendió a la otra gimiendo y jadeando a punto del orgasmo, con mi diminuta cabeza, bien sujeta por sus enormes manos encajada entre sus muslos de ébano.
Mamá trabajaba largas horas de lavandera y Maude había sido contratada como niñera por quince centavos al día. Maude era una joven viuda. Curiosamente, en Indianápolis, Indiana, gozaba de buena reputación como devota fundamentalista del Evangelio.
A lo largo de los años he tratado de rememorar su cara, pero lo único que soy capaz de recordar es aquel ritual tan chungo. Apenas me vienen a la memoria sus palabras, pero sí su excitación cuando estábamos solos.
Lo que recuerdo con más intensidad es aquella oscuridad húmeda y olorosa y los pelos de cepillo haciéndome cosquillas en la cara. Pero, con más intensidad aún, recuerdo mi pavor cuando en el momento salvaje de su clímax, apretaba a lo bestia mi cabeza, con más fuerza todavía, hacia el interior de sus fauces peludas.
No podía aspirar ni un soplo de aire hasta que, como si de un enorme globo negro se tratase, ella exhalaba un suspiro silbante y se relajaba exhausta liberando mi cabeza.
Qué dolor me producía aquella presión contra los frágiles músculos del cuello, y donde más, en la raíz de mi lengua.
Mamá y yo habíamos venido a Indianápolis desde Chicago, donde, al sexto mes de embarazo, a mi padre se le empezó a ver el plumero como haragán irresponsable y hortera de zapatos bicolor.
En aquella pequeña población de Tennessee, su ciudad natal, se ocupó de acosar a la hermosa virgen engatusándola hasta el matrimonio. Los padres de ella, con gran alivio, les dieron su bendición deseándoles lo mejor en la tierra prometida, allá en el Norte, en Chicago.
Mamá tenía diez hermanos. Su casamiento suponía una boca menos que alimentar.
El padre de mi padre era un excelente cocinero y le había adiestrado en el oficio, así que al poco de llegar a Chicago consiguió un puesto de chef en un gran hotel de segunda categoría. Mamá se colocó de camarera.
Mamá me contaba que incluso trabajando ambos hasta doce horas al día, seis días a la semana, eran incapaces de ahorrar un chavo ni de comprar muebles o cualquier otra cosa.
Nada más llegar a la gran ciudad, el idiota de mi padre se convirtió en un crápula de campeonato. Era incapaz de mantenerse lejos de las exquisitas furcias mulatas de culo enorme, auténticas perras malabaristas del sexo. Lo que no le birlaban ellas, lo perdía a los dados en timbas de mala muerte.
Una noche en el hotel se esfumó de la cocina. Al final mamá lo encontró en la despensa, sobre un saco de patatas, arremetiendo con ganas contra una camarera medio blanca que le tenía enganchado por detrás de la espalda con sus piernas.
Según me contó ella, les arrojó encima todo aquello de lo que pudo echar mano. Después de aquel estropicio se quedaron todos sin trabajo.
Mi padre juró entre lágrimas que se enderezaría y que iba a comportarse como un hombre, pero carecía de voluntad, del aguante necesario para resistirse a las emociones más rastreras de la ciudad.
Empeoró tras nacer yo y tuvo la jeta de proponerle a mamá que me pusiera en las escaleras de una iglesia católica. Naturalmente, mamá se negó, por lo cual él me estampó contra la pared en señal de disgusto.
Sobreviví a ello y él nos abandonó, con sus deslumbrantes zapatos bicolor y su sombrero hongo de medio lado en plan chulo.
Así comenzó un invierno amargo. Mamá metió en una bolsa tenacillas y cepillos, me envolvió cálidamente en unas mantas y se echó a la ciudad, desoladora y hostil, llamando a las puertas, con la bolsa en una mano y conmigo en la otra.
Su forma de presentarse era algo así como:
—Señora, puedo rizarle el pelo y dejárselo precioso. Por favor, déme una oportunidad. Sólo por cincuenta centavos puedo dejarle el pelo tan deslumbrante como el dinero nuevo.
En ese momento de la alocución, mamá me contaba que apartaba la manta descubriendo mi carita con ojazos. Verme en sus brazos en un día bajo cero funcionaba como un hechizo. Se las arregló para sacarnos adelante.
Aquella primavera salimos de Chicago hacia Indianápolis con unas nuevas amistades de mamá. Estuvimos allí hasta 1924, cuando un incendio arrasó la lavandería manual donde ella trabajaba.
En Indianápolis no había trabajo para mamá, y durante seis meses apenas nos las apañamos con los escasos ahorros. Estábamos sin blanca y casi sin alimento cuando un ángel alto y negro que había venido a visitar a unos parientes a la ciudad, entró en nuestras vidas.
Se enamoró al instante de mi esbelta y prediosa madre. Se llamaba Henry Upshaw y me parece que llegué a sentir por él lo mismo que él sentía por mamá.
Nos llevó con él de vuelta a Rockford, Illinois, donde regentaba una tintorería, el único negocio de negros en el centro comercial del pueblo.
En aquellos tiempos tan duros de la depresión, un negro de su posición era la envidia de la mayoría de los otros negros.
Henry era religioso, ambicioso, bueno y cariñoso. A menudo me pregunto qué hubiera sido de mi vida si no me hubieran arrancado de su lado.
Trataba a mamá como si fuera una princesa; cualquier cosa que ella quisiera, él la conseguía. Parecía una modelo de verdad.
Cada domingo, cuando los tres íbamos juntos a la iglesia en el reluciente Dodge negro, llamábamos la atención por la pulcritud de nuestras ropas al cruzar el pasillo frente al altar.
Únicamente los pocos abogados y médicos negros vivían y vestían tan bien. Mamá presidía varios clubs sociales. Por primera vez disfrutábamos de la buena vida.
Mamá tenía un sueño, se lo contó a Henry y él, como el genio de la lámpara, lo hizo realidad.
Se trataba de un opulento salón de belleza con cuatro ambientes. Sus cromados relucían en aquel diseño negro y oro. Estaba ubicado en el mismo centro de la zona comercial de los negros y prosperó desde el mismo momento en que abrió sus puertas.
La mayor parte de su clientela la constituían putas, chulos y timadores que llegaban del cochambroso barrio chino de Rockford.
Eran los únicos que siempre tenían dinero para gastárselo en su aspecto externo.
La primera vez que vi a Steve estaba haciéndose la manicura en el salón. Mamá sonreía a su atractivo rostro aceitunado mientras le limaba las uñas.
La primera vez que le vi no tenía ni idea de que sería la serpiente trajeada que iba a envenenar nuestras vidas.
Desde luego, no podía imaginarlo aquel último día en la tintorería, mientras la vieja prensa de planchado resoplaba nubes de vapor cada vez que Henry presionaba la tapa superior contra una prenda.
¡Jesús! Qué calor hacía en la tiendecita, pero cómo disfrutaba de cada momento. Era en las vacaciones escolares cada verano trabajaba a diario en la tienda, de sol a sol, ayudando a mi padrastro.
Aquel día, cuando me vi reflejado en los caros zapatos negros del banquero, fui probablemente el niño negro más feliz de Rockford. Mientras aplicaba el betún a los cantos de las suelas, murmuraba mi melodía favorita, «Primavera en las Rocosas».
El banquero se bajó del banquillo del limpia, se detuvo un momento mientras yo le quitaba las pelusillas de su traje caro y elegante y después, con una amable sonrisa, me apretó contra la mano una de cincuenta centavos, una moneda de las raras, y echó a andar hacia la calle bulliciosa.
Me puse a silbar mi melodía favorita, una lustrada costaba sólo diez centavos, menuda propina.
Tampoco podía imaginar entonces que aquel banquero no volvería a apretarme en la mano ninguna otra moneda, ni que durante los siguientes treinta y cinco años iba a recordar intensamente ese día como el último de mi verdadera felicidad.
Iba a apretar billetes de cinco dólares en las palmas de los limpiabotas. Iba a tener zapatos hechos a mano, que costarían tres veces más que los del propio banquero, pero mis zapatos, aunque perfectamente hechos a medida, los calzaría con tensión y con miedo.
No pasaba nada fuera de lo normal aquel día. Nada de lo que pude ver u oír me puso en guardia frente a los acontecimientos precipitados y confusos que, durante el fin de semana, acabaron dándole un portazo a mi vida, apartándola de todo lo bueno, arrojándola hacia todo lo malo.
Mirando ahora hacia atrás, rememorando aquel último día en la tienda tan claro como si hubiera sido ayer, mi padrastro, Henry, estaba extrañamente callado. Mi mente infantil no pudo captar su pena, el quebrantamiento de su corazón.
Incluso yo, a pesar de mis diez años, sabía que este enorme y feo hombre negro que nos había rescatado a mamá y a mí de la hambruna general de Indianápolis, nos amaba con toda la grandeza y sensibilidad de su corazón.
Quería a Henry con toda mi alma. Fue el único padre que de verdad tuve.
Se habría salvado de una muerte prematura a causa de su corazón destrozado si en lugar de enamorarse tan locamente de mamá hubiera echado a correr tan rápido como hubiese podido lejos de ella. Para él ella fue la propia Muerte, de piel morena, con un vestido de la talla 38.
Aquella última noche a las ocho, papá y yo apagamos las luces de la tienda como siempre a la hora del cierre.
Con voz dificultosa y emocionada pronunció mi nombre: «Bobby».
Me volví hacia él, mirando hacia arriba su rostro tenso y fatigado, a la pálida luz de una farola. Yo estaba confuso y aturdido. Puso sus enormes manos sobre mis hombros, me acercó hacia él, estrechándome, sujetándome de esa forma tan extraña y desesperada.
Mi cabeza se apretaba contra la hebilla de su cinturón. Apenas podía oír el rápido fluir en voz baja de sus palabras lastimeras. Me dijo:
—Bobby, tú sabes que os amo a ti y a mamá, ¿verdad?
Los músculos de su estómago se contraían con espasmos contra mi mejilla. Sabía que iba a romper a llorar.
Abrazándome con fuerza a su cintura, le dije:
—Sí, papi, sí, papi. Nosotros también te queremos, papi. Siempre te querremos, papi.
Él temblaba diciéndome:
—¿Tú y mamá no me dejaríais nunca? Sabes, Bobby, no tengo a nadie en el mundo salvo a vosotros dos. No sería capaz de seguir adelante si me abandonarais.
Me enganché a él con todas mis fuerzas y le dije:
—No te preocupes, papi, nunca te abandonaremos, te lo prometo, de verdad, papi.
Qué espectáculo estábamos dando, aquel gigante de más de dos metros y el frágil chavalín agarrados el uno al otro, llorando en la oscuridad como si nos fuera la vida en ello.
Te aseguro que cuando finalmente llegamos al enorme Dodge negro y volvimos hacia casa, mis pensamientos eran de lo más retorcido.
Sí, los temores del pobre Henry tenían fundamento. Mamá nunca quiso a mi padrastro. Este hombre formidable y cariñoso sólo había sido una herramienta de conveniencia. Ella ya estaba enamorada de la serpiente.
Su plan era hacerse con mamá y largarse con ella a la ciudad de los vientos. El muy hijo de puta sabía que yo sólo sería un lastre, pero por la forma en que mamá iba tragándose sus martingalas, pensó que podría deshacerse de mí más tarde.
Sólo después de convertirme en chulo, años más tarde, conseguí enterarme de la trama completa de Steve y de lo imbécil que era en realidad.
Ya ves, el muy idiota tenía colada por él a una mujer inteligente con un marido liberal y atontolinado. Los negocios de ella iban cada vez mejor. El panoli del marido estaba ciego de amor y el dinero de sus negocios estaba a plena disposición de ella. Si Steve hubiera sido listo, podría haberse quedado allí un par de años controlando las cosas, sangrándoles un buen chorro de billetes a costa de ambos negocios.
Después, habría podido sacar a mamá de allí y con un buen capital haber hecho con ella lo que hubiera querido, incluso ponerla a «ejercer».
Créeme, tan colada estaba por él. Tenía que estar mal de la cabeza por aquel gilipollas para haber dejado todas sus prometedoras expectativas, llevándose sólo dos mil quinientos en efectivo.
Steve se lo fundió todo jugando al bacarrá a la semana de llegar a Chicago.
Llegué a implorarle a Cristo, en cuatro penitenciarías, que aquellos amantes desquiciados me hubieran dejado en Rockford con Henry cuando se dieron el bote.
Hay una escena de mi vida que nunca podré olvidar, aquella mañana cuando mamá terminó de meter nuestra ropa en la maleta y Henry perdió su lucha interior por su orgullo y dignidad.
Se hincó de rodillas y empezó a berrear como un niño escaldado, suplicándole a mamá que no le dejase, rogándole que se quedara, con los brazos amarrados a las piernas de ella y la voz ahogada de angustia, gimiendo su amor por nosotros.
Sus ojos agonizantes treparon hasta ella al tiempo que lloriqueaba:
—Por favor, no me dejes. Me vas a matar si lo haces. Yo no te he hecho nada, perdóname.
Nunca olvidaré el rostro de verdugo, que es lo que ella era, cuando le dio una patada sacudiéndoselo de encima.
Entonces, mintiéndole con una sonrisa repugnante, le dijo:
—Henry, querido, sólo quiero irme por una temporada. Volveremos, cariño.
Tuvo suerte, dado su estado, de que él no nos matase y enterrase a los dos en el jardín.
Cuando el taxi arrancó camino de la cita secreta con Steve, esperándonos al volante de su viejo Model T, volví la vista atrás hacia Henry, que estaba en el porche: el pecho se le hinchaba al tiempo que las lágrimas rodaban por su atormentada cara.
Para mí todo aquello era una espiral laberíntica, tan angustiosa que no podía ni llorar. Después de una distancia y un tiempo indeterminados, llegamos a Chicago. Steve había desaparecido y mamá me estaba contando en la habitación de un hotelucho que mi verdadero padre iba a venir a vernos y me recordaba que Steve era su primo.
Steve era un cretino integral, aunque astuto, si es que entiendes lo que quiero decir.
Unas semanas antes, por orden de Steve, mamá entró en contacto con mi padre a través de un hermano suyo que era un mangante de Chicago.
Cuando mi padre cruzó la puerta de la habitación del hotel, apestando a colonia y disfrazado tope hortera, sólo pensaba en lo que mamá me había contado acerca de aquella mañana en que ese negro de piel marrón me estampó contra la pared.
Me observó un buen rato. Era como mirarse al espejo. Su sentimiento de culpa lo ablandó y me cogió, estrujándome contra él. Me sentí tenso y paralizado en los brazos del aquel extraño, pero yo también me había visto en el espejo cuando entró, así que le abracé lánguidamente alrededor del cuello.
Cuando se abrazó a mamá, ella tenía la cara vuelta hacia mí y tan de piedra como con Henry. Mi padre empezó a pavonearse por la habitación del hotel tirándose el moco con su puesto de chef personal del Gran Bill Thompson, el alcalde de Chicago.
Después nos dijo a mamá y a mí:
—Soy un hombre nuevo. He ahorrado un dinero y ahora sí que tengo algo que ofrecer a mi esposa y a mi hijo. ¿No queréis volver conmigo y probar de nuevo? He madurado, mis errores del pasado me remuerden amargamente la conciencia.
Como una viuda negra tejiendo su red alrededor de la presa, mamá puso la suficiente resistencia como para hacerle sudar tinta china antes de aceptar volver con él.
La casa de mi padre estaba atiborrada de muebles caros y obras de arte. Tenía miles de dólares invertidos en ropa cara y ajuares.
Una semana más tarde el mangante de mi tío vino de visita con Steve para montar el cotarro. Mi padre se tragó lo de que era un primo de la familia y ofreció a los chorizos coñac y sus mejores puros. Pasó otra semana antes de que le dieran el palo.
Recuerdo que por aquella época yo no tenía ni idea de lo que iba a pasar. No conocería la escalofriante realidad hasta que llegáramos a Milwaukee.
Aquella tarde en que sucedieron los acontecimientos, mamá estaba nerviosa mientras nos arreglábamos para visitar a unos blancos íntimos amigos de mi padre. Me lo pasé en grande con los hijos de nuestros anfitriones, que eran más o menos de mi edad. Todo lo bueno se acaba pronto, hubo que volver a casa.
A lo largo de mi vida he visto variados niveles de sorpresa y espanto en el rostro humano. Lo que nunca he visto en la cara de nadie es el asombro y la incredulidad que afloraron en el semblante de mi padre al abrir la puerta y entrar en su casa completamente vacía. Sus labios aleteaban enmudecidos. Era incapaz de hablar. Todo había desaparecido, los muebles, las cortinas, todo, desde las cazuelas hasta los cuadros de la pared, incluso las pertenencias de mi madre.
Allí, en la casa vacía, mamá le abrazó, reconfortándole, llorando con lágrimas de verdad que fluían por sus mejillas. Supongo que lloraba de alegría, ya que el golpe había salido redondo.
Mamá se había equivocado de oficio. Debería haberse dedicado al cine. Simplemente con un papel pequeño, conseguir un Oscar por temporada habría sido pan comido para ella.
Mamá le contó a mi padre que nos iríamos a Indianápolis, a casa de unos amigos, hasta que pudiera levantar otro nido.
Cuando llegamos en tren a Milwaukee, que estaba a noventa millas, Steve había alquilado una casa. Las cosas de mi padre ocupaban cada centímetro de esa casa.
Aquellas cosas tan bonitas nos hicieron un flaco favor y no nos trajeron ninguna felicidad. Steve, enganchado a los dados, se las fue puliendo poco a poco en unas semanas, hasta perderlo todo en la mesa de juego.
Mamá trabajaba muchas horas como cocinera, por lo que Steve y yo estábamos solos muy a menudo.
En esos ratos me decía:
—Tú, pequeño hijoputa, sí, tú. Voy a reventarte el culo a hostias. Te lo advierto, si no te largas te mataré.
Era así de cruel conmigo. Mi madre me había comprado un gatito. Yo quería mucho al gatito y este hombre odiaba a los animales. Un día el gatito, como era un cachorro, hizo sus cosas en el suelo de la cocina.
Steve dijo:
—¿Dónde está ese pequeño hijoputa?
El gatito se había escondido debajo del sofá. Lo agarró y se lo llevó abajo, donde las paredes eran de cemento. Lo tenía cogido por las patas de atrás. Yo estaba mirándole desde arriba (es que vivíamos en el segundo piso). Cogió al gatito y le machacó los sesos contra la pared.
Recuerdo que había un parque detrás de casa, con suelo de cemento. Me senté allí en unos escalones, también de cemento, y lloré hasta vomitar.
Estuve todo el tiempo diciendo como en una letanía:
—¡Odio a mamá! ¡Odio a mamá! ¡Odio a mamá! —y— ¡odio a Steve! ¡Odio a Steve! ¡Odio a Steve! ¡Odio a Steve!
A lo largo de muchos años de tormento ella pagó su culpa.
La de haber tomado aquella terrible decisión en aquel lejano fin de semana.
Sé que el golfo de mi viejo se merecía lo que le pasó a sus bienes. Sé que fue la venganza de mamá, y me consta que la disfrutó, pero para un niño como yo fue amargo saber que mamá estaba metida en ello.
Puede que si mamá me hubiera ocultado el asunto del robo, sólo un poco, yo podría haberme resistido más a la enfermedad del chuleo. No sé, pero de alguna manera, después del golpe, mamá ya no parecía aquella mamá dulce y honesta con la que yo rezaba en la iglesia de Rockford.
El otro día fui a su tumba y le dije por centésima vez desde su muerte:
—Mamá, no fue culpa tuya. Eras una chica ignorante de pueblo, no entendías nada. Fui tu primer y único hijo. No podías imaginar lo importante que era Henry para mí.
Me emocioné, dejé de hablarle a través de la tierra silenciosa y pensé en Henry, que yacería descompuesto y olvidado en su tumba.
Entonces, con un nudo en la garganta, le dije a mamá:
—Te resultaría feo, mamá, pero te juro por el cielo que a mí me parecía maravilloso. Le quería, mamá, le necesitaba. Ojalá pudieras haber mirado bajo su desagradable rostro negro, le hubieras querido un poco y te hubieras quedado con él. Podríamos haber sido felices, mamá, nuestras vidas habrían sido distintas, pero no te culpo por ello. Te quiero, mamá.
Me detuve mirando al cielo, esperando que ella estuviera allá arriba y pudiera oírme, luego continué:
—Desearía que aún estuvieses viva, estarías tan orgullosa de mí. No es que sea abogado como siempre quisiste, pero, mamá, tengo dos nietos maravillosos y otro más en camino, también tengo un encanto de hijastra que se parece mucho a ti cuando eras joven.
En la tumba de al lado había visita, un viejo y una niña de grandes ojos que tendría unos diez años.
Dejé de tirarme el pisto hasta que la pareja se marchó, entonces dije:
—Mamá, hace diez años que no me meto heroína. Hace cinco que no tengo una puta. Me he regenerado, trabajo todos los días. ¿Qué te parece, mamá, Iceberg el Flaco un hombre decente? No te lo podrías creer, mamá, llevo trajes sencillos de cincuenta dólares y el coche tiene diez años. Ahora tienes que creértelo, mamá. Adiós mamá. Vendré en Navidad, recuerda, siempre te querré.
Cuando me alejé de su tumba iba pensando: «No sé, puede que aquel lavacerebros de la prisión tuviera razón cuando me dijo que me había convertido en chulo por odio inconsciente hacia mi madre. La puñetera verdad es que no puedo evitar llorar en su tumba como si me desconsolara todo lo que hice para conducirla hasta allí. Puede que el odio escondido que no siento quiera que me ría de que ella esté ahí, bajo tierra. Puede que en realidad mi llanto sea una risa».
Unos noventa días después de que Steve reventara a mi gatito, mamá deshizo la ligazón de su encantamiento en un gris amanecer de abril. Mientras Steve yacía borracho, boquiabierto de estupor, mamá y yo recogimos los bártulos con todo lo que pudimos cargar y nos fuimos a un hotel. La habitación tenía hasta su propia plancha de cocina y un cuarto de baño al final del pasillo.
Steve había pisoteado nuestras vidas durante tres años y medio. Yo pronto iba a cumplir catorce.
El 4 de agosto, día de mi cumpleaños, nuestro viejo amigo Steve, con puntualidad diabólica, perpetró aquel evento inolvidable.
Desde aquella fría madrugada de abril había estado husmeando por los bajos fondos en pos de sus pardillos fugados sediento de venganza.
Yo estaba ansioso esperando a mamá en la habitación del hotel, pues había prometido hacerme una tarta en la cocina de su señora blanca. Me había prometido volver a casa antes de las seis para celebrar mi cumpleaños.
Bien, ya lo creo que volvió, pero el 7 de agosto. Llegó del hospital con la mandíbula rota envuelta en alambre y el cuerpo cubierto de cardenales.
Steve la había estado acechando y la atacó, con pies y puños, huyendo después a través de las mugrientas catacumbas del gueto.
Durante toda la noche y el día siguientes estuve agazapado en las sombras bajo sus escaleras con un punzón de hielo entre las manos. Nunca apareció. Se había mudado.
Veinte años más tarde, mientras contemplaba distraído por la ventana, en la suite de un hotel de lujo, vi algo que me resultó familiar en la figura encanecida y encorvada de un recogedor de basuras que estaba en la calle, tres pisos más abajo.
Me quedé en blanco, y cuando recuperé el sentido me encontré abajo, en la calle, en mitad de una mañana luminosa y espléndida, con una pistola en la mano y sólo con los pantalones del pijama rojo de seda puestos.
El camión de la basura torció por la esquina, media manzana más adelante, poniéndose fuera de tiro, y una pequeña multitud de paseantes se arremolinó observando con los ojos como platos la curiosa escena en la que Rachel, mi señora puta, me tiraba del brazo, suplicándome que dejara la calle.
Ésa fue la última vez que vi a Steve, pero la verdad es que, incluso ahora, no sé qué haría si nuestros caminos se cruzasen.
Puede que por muy dolorosa que fuera, aquella paliza le sentara bien a mamá. Recuerdo cómo me asustaba cuando en la habitación de aquel hotelucho se encendía el flash del letrero de neón iluminándole la cara. Tenía los ojos abiertos clavados en el techo, en trance, recordándole, ardiendo por él.
A pesar de lo inútil aue era aquel hijoputa, tuvo que haber sido también un hijo de la gran puta en la cama.
Después de todo lo que nos había hecho, ella todavía tenía una terrible debilidad por aquel canalla. Lo bueno de aquella paliza fue que le curó esa debilidad.
Mamá aprendió una amarga lección por la vía dura. La campesina se había revolcado en el heno con el macarra urbano y ahora me tocaba a mí ver toda la tristeza y culpa que había en sus ojos.
No podíamos volver a las plácidas colinas verdes de Rockford. Ella había destruido allí a un buen hombre, a un hijo nativo. Henry murió un año después de dejarle. Hasta que ella se fue a la tumba, Henry estuvo saliendo de la suya, apareciéndosele en la penumbra de su soledad.
Mamá se desesperó por salvar al menos algunos fragmentos de su reputación, por recuperar el amor y el respeto que yo tenía por ella en Rockford. Porque ya había visto demasiado, había sufrido demasiado. La jungla había empezado a embalsamarme con acritud y dureza.
Fui perdiendo página por página las buenas normas de pensamiento y de actuación que había aprendido en misa con Henry, con la tropa de los boy scouts de Rockford. Estaba absorbiendo el veneno de las calles como un esponja.
En los callejones, después de clase, empecé a practicar el juego favorito de Steve, los dados.
Me volví peligrosamente obsesivo por encajársela a cualquier chavala con ganas de fiesta que fuera lo suficientemente débil. Una noche tuve que correr por mi vida cuando un enfurecido padre me pilló en el cobertizo de atrás de su casa empujando a lo bestia la cabeza de su hija entre mis piernas. Se me había agotado la paciencia con la dureza inusual de su himen.