Pólvora sola
La Batalla
NADA al enemigo abate!
La lucha se recrudece
y la tierra se estremece
con el fragor del combate.
Allá, en el ala derecha,
truena la fusilería;
avanza una compañía
y retrocede deshecha.
¡Vuelta al ataque! ¡otro amago!
¡más arrojo! ¡más estruendo!
¡y van sin cesar creciendo
la mortandad y el estrago!
Siempre el ejército halla
ruda y fiera obstinación
en dos casitas que son
el foco de la batalla.
Blancas, humildes, pequeñas,
unidas por unas bardas
parecen dos abutardas
descansando entre las breñas.
Y Gil al pie de un cañón,
impasible al parecer,
puede apenas contener
en el pecho el corazón.
Y se comprende en seguida:
¡de aquellas dos casas, una
es suya, y otra de Bruna,
su amor, su sueño, su vida!
Juntos crecieron allí
y se amaron sin saber...
¡siente impulsos de correr
al peligro!—¡Tatatí!
¡Alto el fuego! la corneta.
Se agrupan los pelotones
¡y allá van seis batallones
cargando á la bayoneta!
El choque es breve y sangriento;
la columna, rechazada,
huye deshecha y diezmada
para volver al momento.
—¡A ver esa batería!
¡aquellas chozas abajo!—
Y comienza su trabajo
destructor la artillería.
El pobre Gil, loco y ciego,
no se da cuenta de sí.
—¡Ese cañón! ¿qué hace ahí?
¡á escape, á romper el fuego!
Amor, familia y hogar...
¡Gil no dispara! ¡imposible!...
La ordenanza es inflexible,
¡ó morir, ó disparar!
Prende mecha, tiende el brazo,
el cabo le hace una seña,
y al rechinar la cureña
suena el primer cañonazo.
Después... tiembla de emoción;
pálido, convulso, frío,
exclama:—¡Gracias, Dios mío!—
y cae al pie del cañón.
Fiero dolor le traspasa,
pero el amor ha triunfado.
El proyectil ha estallado
¡pero ha estallado en su casa!
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(¡Vano arranque juvenil!
¡caprichos de la fortuna!
Al caer la bomba... ¡Bruna
estaba en casa de Gil!)
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