Pólvora sola

Sinesio Delgado · Capítulo 55 de 63

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Pólvora sola

Estilos

 

I

NUÑEZ DE ARCE

MUY cercano á la aldea, en el otero

se levanta la mole del castillo,

imponente guardián mudo y severo...

¡Desgraciada campiña si el rastrillo

atraviesa con ímpetu guerrero

castellano feudal de horca y cuchillo!

¡Alma de cieno vil, pero más dura

que el bruñido metal de la armadura!

_____

¡Quedarán destruídos los hogares,

si con el fuego no, con la piqueta,

y caerán los pecheros á millares!

Asesino feroz, nada respeta;

ni al ministro de Dios en los altares,

ni al venerable monje anacoreta

que eleva su plegaria al infinito

encerrado en su cárcel de granito...

 

II

VELARDE

Restregándose los ojos

va el campesino á la siega, colgada la hoz del cinto

y el sucio morral á cuestas.

Pardillos y cogujadas

le saludan y festejan,

dando brinquitos de gozo

en las lindes de la senda

que espadañas y tomillos

rematan y festonean.

Entretanto, allá en el cielo

audaz la alondra se eleva

á saludar el retorno

del sol, que anuncia su vuelta

de las montañas oscuras

en las lejanas siluetas.

Salta al surco la cigarra

verdosa, ventruda y fea;

margaritas y amapolas

se estiran y desperezan,

y á beber bajan los tordos

del arroyo en la ribera.

Menuda tropa de insectos

desde los pinares llega,

con las gotas de rocío

á emborracharse en la hierba.

A la misa de alba toca

el esquilón de la aldea;

el azul pardo del cielo

en grana y oro se trueca,

y asoma curioseando

por las empinadas crestas

el sol, que limpio y maduro

trozo de melón semeja.

III

CAMPOAMOR

Era al casarse Inés la más hermosa

de todas las doncellas del contorno,

y podía de un Duque ser esposa.

¡El cuerpo escultural, como una diosa!

¡El alma tan ardiente como un horno!

Y era Juan al casarse ¡cosa rara!

inocente zagal, que no sabía

lo que cualquier muñeco le enseñara,

sin tener todavía

ni simiente de pelos en la cara.

La ignorancia de Inés no era muy grave

si supiera algo Juan, ¡pero él no sabe!

Y al hallar mucho nuevo en aquel día

ella en los besos de él, él en los de ella,

en preludio el amor se quedaría

si no estuviera ingerto en picardía

el sencillo candor de la doncella.

¡Extraña intuición de los placeres

profundos y escondidos!

¡Misterios que adivinan las mujeres

sin que se los enseñen los maridos!

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