Pólvora sola

Sinesio Delgado · Capítulo 38 de 63

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Pólvora sola

Rectificación

 

SEÑOR... (aquí mi nombre).

Usted perdonará si le incomodo;

pero yo soy un hombre

que adora la verdad antes que todo.

Firmada por usted, el otro día

leí una poesía

en que dice, y defiende sus ideas,

que le gustan las feas,

no por su fealdad precisamente,

sino porque su cara les ampara

y defienden su honra con la cara,

como suele decirse vulgarmente.

Si usted no se enfadara, le díría

que eso no es garantía

y puede chasquear tarde ó temprano.

¡Crea usted, por favor, á un ciudadano,

antiguo compañero en tontería!

Mire usted: yo tenía en el asunto

la mismísima idea,

y la llevé á la práctica, hasta el punto

de que me fuí al altar con una fea.

Tenía la nariz mi buena esposa

tan excesivamente remangada,

que era, menos nariz, cualquiera cosa,

ó, hablando propiamente, no era nada.

Yo estaba convencido

de que íbamos, por fuerza, á ser felices,

pues á ningún nacido le entusiasma esta clase de narices,

y tranquilo, seguro y confiado

me abandoné á la dicha de mi estado.

¡Y cómo me reía

de esos pobres maridos

que dejan el honor sin garantía

á merced de unos cuantos atrevidos!

Pues bien; yo vivo ahora

lejos de mi señora...

¿Sabe usted por qué vivo de este modo?

¡Porque me la ha pegado, fea y todo!

He buscado al infame, le he encontrado

y le he puesto amarillo á bofetadas.

¡Resulta que al malvado

le gustan las narices remangadas!

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Por eso ruega á usted que rectifique

su servidor, Nicasio Carraspique.»

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Y yo, que me lo explico,

no tengo inconveniente, y rectifico.

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