Pólvora sola
Rectificación
SEÑOR... (aquí mi nombre).
Usted perdonará si le incomodo;
pero yo soy un hombre
que adora la verdad antes que todo.
Firmada por usted, el otro día
leí una poesía
en que dice, y defiende sus ideas,
que le gustan las feas,
no por su fealdad precisamente,
sino porque su cara les ampara
y defienden su honra con la cara,
como suele decirse vulgarmente.
Si usted no se enfadara, le díría
que eso no es garantía
y puede chasquear tarde ó temprano.
¡Crea usted, por favor, á un ciudadano,
antiguo compañero en tontería!
Mire usted: yo tenía en el asunto
la mismísima idea,
y la llevé á la práctica, hasta el punto
de que me fuí al altar con una fea.
Tenía la nariz mi buena esposa
tan excesivamente remangada,
que era, menos nariz, cualquiera cosa,
ó, hablando propiamente, no era nada.
Yo estaba convencido
de que íbamos, por fuerza, á ser felices,
pues á ningún nacido le entusiasma esta clase de narices,
y tranquilo, seguro y confiado
me abandoné á la dicha de mi estado.
¡Y cómo me reía
de esos pobres maridos
que dejan el honor sin garantía
á merced de unos cuantos atrevidos!
Pues bien; yo vivo ahora
lejos de mi señora...
¿Sabe usted por qué vivo de este modo?
¡Porque me la ha pegado, fea y todo!
He buscado al infame, le he encontrado
y le he puesto amarillo á bofetadas.
¡Resulta que al malvado
le gustan las narices remangadas!
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Por eso ruega á usted que rectifique
su servidor, Nicasio Carraspique.»
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Y yo, que me lo explico,
no tengo inconveniente, y rectifico.
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