Pólvora sola

Sinesio Delgado · Capítulo 30 de 63

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Pólvora sola

¡Hala, Hala!

 

DEJÉ la ropa en la orilla

y me lancé á la corriente,

para que viera la gente

los hombres que da Castilla.

Rióse al verme la tropa,

y hubo personas honradas

que me tiraron pedradas

¡y me quitaron la ropa!

Pero yo, que no soy blando

para los golpes de audacia,

y no creo en la desgracia

del que no la va buscando,

seguí atravesando el río,

sufriendo días aciagos,

y pasando muchos tragos

de padre y muy señor mío.

Porque al punto en que se choca

con el raudal de la vida,

en cuanto uno se descuida

se llena de agua la boca.

Además, ¡hay tantos peces!

¡Está aquel cauce tan hondo!

Yo estuve si voy á fondo

lo menos doscientas veces.

Y para acabar la fiesta,

he logrado echar el guante

á un junquillo vergonzante

que flota en la orilla opuesta.

El caso es apuradillo;

y como mi gente sabe

que va á pasar algo grave

si se me rompe el junquillo,

—¡Socorro!—grito á mi gente—

¡ya que me falta tan poco!

Los que más, contestan:—¡Loco!—

Los que menos:—¡Imprudente!—

Si lo quiero, que lo gane

ó que me rompa el bautismo...

¡Siempre el maldito egoísmo,

que mala bomba le aplane!

Y yo, que estoy desangrado,

y sin fuerzas, y abatido,

y ni sé cómo he podido

llegar á donde he llegado,

no he de dejar de luchar

casi á la boca del puerto,

y más cuando sé de cierto

la ayuda que he de esperar.

Podrá entumecerme el frío

y podrá el agua cegarme;

pero ahogarme, ¡qué he de ahogarme!

¡primero me sorbo el río!

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