Pólvora sola
¡Hala, Hala!
DEJÉ la ropa en la orilla
y me lancé á la corriente,
para que viera la gente
los hombres que da Castilla.
Rióse al verme la tropa,
y hubo personas honradas
que me tiraron pedradas
¡y me quitaron la ropa!
Pero yo, que no soy blando
para los golpes de audacia,
y no creo en la desgracia
del que no la va buscando,
seguí atravesando el río,
sufriendo días aciagos,
y pasando muchos tragos
de padre y muy señor mío.
Porque al punto en que se choca
con el raudal de la vida,
en cuanto uno se descuida
se llena de agua la boca.
Además, ¡hay tantos peces!
¡Está aquel cauce tan hondo!
Yo estuve si voy á fondo
lo menos doscientas veces.
Y para acabar la fiesta,
he logrado echar el guante
á un junquillo vergonzante
que flota en la orilla opuesta.
El caso es apuradillo;
y como mi gente sabe
que va á pasar algo grave
si se me rompe el junquillo,
—¡Socorro!—grito á mi gente—
¡ya que me falta tan poco!
Los que más, contestan:—¡Loco!—
Los que menos:—¡Imprudente!—
Si lo quiero, que lo gane
ó que me rompa el bautismo...
¡Siempre el maldito egoísmo,
que mala bomba le aplane!
Y yo, que estoy desangrado,
y sin fuerzas, y abatido,
y ni sé cómo he podido
llegar á donde he llegado,
no he de dejar de luchar
casi á la boca del puerto,
y más cuando sé de cierto
la ayuda que he de esperar.
Podrá entumecerme el frío
y podrá el agua cegarme;
pero ahogarme, ¡qué he de ahogarme!
¡primero me sorbo el río!
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