Pólvora sola
Microcosmos
Esto es lo que acordaron tres infusorios.
BARTRINA.
ERA la nebulosa
que, para hacer un cuento, saco á plaza,
del tamaño de un grano de mostaza
y, como es consiguiente, poca cosa.
En espacios sin límites perdida,
llevaba en sus moléculas señales
del germen de la vida,
como los otros mundos colosales
que ocupan la región desconocida.
La tocó del espíritu el aliento;
prestóla forma y consistencia el frío;
tuvo atmósfera, y luz, y movimiento,
y desde aquel momento
una bolita más cruzó el vacío.
Brotó por todos lados
un enjambre de seres bien formados,
y de cuya estructura
me es imposible haceros el diseño,
porque la descripción y la pintura
tienen su non plus ultra en lo pequeño.
El caso es que una raza
que, como las demás, salió del barro,
llegó á ser en el grano de mostaza
la dueña del cotarro.
¡Qué modo de avanzar! ¡Cuánto progreso!
Un sabio profesor de astronomía,
persona de gran seso,
gritó en un ateneo cierto día:
—¡No hay nada más allá! ¡Todo está dicho!
Hizo el Ser Creador, potente y justo,
el mundo que habitáis, por el capricho
de darnos ese gusto.
Y esos soles que véis, inmensas moles
que brillan en la atmósfera azulada,
nos deben importar tres caracoles.
¡Es cosa averiguada
que son para nosotros esos soles!
Y cuando esto se acabe,
porque el Supremo Ser lo haya querido,
entonces... ¡ya se sabe!
¡toda la Creación ha concluído!
......................................
En esto un huracán, allá en Vulcano,
de la arena menuda nube espesa
levanta, y atraviesa
la línea de atracción, un solo grano,
que cae como una maza
encima del granito de mostaza.
¡Qué hecatombe, Dios mío!
las moléculas ¡ay! se disgregaron...
(Y navegan los mundos que quedaron
por el piélago inmenso del vacío.)
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