Pólvora sola

Sinesio Delgado · Capítulo 37 de 63

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Pólvora sola

¡Caballos!

 

I

EN la pelea indecisa

de la metralla al abrigo,

formó el cuadro á toda prisa

el ejército enemigo.

Mucho ruido de cornetas;

por centro, nueve cañones;

por lados, las bayonetas

de catorce batallones.

Mucha rabia en los soldados:

el fuerte reducto en ruínas,

y entre los puños crispados

temblando las carabinas.

¡Formidable y silenciosa

muralla de carne y hierro!

..........................

Cesó entonces la espantosa

fusilería en el cerro;

en las trompetas doradas

vibró el himno de agonía;

formó en filas apretadas

la inquieta caballería;

rayos de luz arrancaron

al sol los limpios aceros,

y á la carga se arrojaron

tiradores y lanceros.

¡Sus! Ya van los escuadrones

á destrozar la muralla.

Se abre el cuadro, los cañones

lanzan la roja metralla;

nuevas filas al momento

cubren los anchos boquetes,

y queda un montón sangriento

de caballos y jinetes.

Vuelta á la carga! ¡Adelante!

No logra romper el muro

el martilleo incesante,

siempre firme, siempre duro.

Hasta que un caballo overo,

rotos freno y correaje,

quebranta el bosque de acero,

relinchando de coraje.

Un sargento le espolea,

y sin darse cuenta, ataca,

y el bridón salta, patea,

destruye, abolla y machaca.

Cuando el bruto fué en el pecho

de un bayonetazo herido,

el cuadro estaba deshecho

y el combate decidido.

¡Honra fué para el valiente

que despreció la metralla

ascender á subteniente

sobre el campo de batalla!

 

II

—¡Caballos!—grita la gente

furiosa, por todos lados,

enseñando al Presidente

los puños enarbolados.

Seis jamelgos ¡ahí es nada!

han entregado la piel,

y aún muge la fiera airada

en medio del redondel.

Van á clavarle en la testa

las banderillas... ¡Atrás!

¡Es un toro que se presta!

¡Más caballos! ¡Quiere más!

Todo el público amenaza

al primer banderillero,

y un picador sale á plaza

montando un caballo overo.

Vuela el toro, le arremete,

el rudo golpe asegura,

y van caballo y jinete

á metro y medio de altura.

De loca alegría esclavo

saluda el vulgo á la fiera

y un Teniente grita:—¡Bravo!—

de pie en la contrabarrera.

Agonizante el overo

vuelve la vista al Teniente,

y como «adiós» postrimero

cae murmurando:—¡Indecente!

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