Pólvora sola

Sinesio Delgado · Capítulo 43 de 63

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Pólvora sola

La Tentación

 

I

DE humilde celda en el lecho,

después de rezar, dormía

la colegiala María,

al aire el ebúrneo pecho,

en revuelta confusión

la dorada cabellera,

y sonriendo hechicera

la boquita de piñón.

¡Linda estaba la chiquilla

con su languidez graciosa!

¡Sólo por verla, era cosa

de encender una cerilla!

De pronto, allá en un rincón,

de San Juan sobre el retablo,

vino á aparecer un diablo

tan negro como el carbón.

¡Qué miedo! Quiso dar voces

y no pudo la doncella,

al ver acercarse á ella

aquellos cuernos atroces.

—¡Aparta, monstruo! ¿Qué quieres?—

murmuró con un gemido.

Y amante el aparecido

contestó:—¡Qué hermosa eres!—

¿Disgustó el piropo aquel

á la niña? ¡No señor!

que siempre agrada una flor

aunque la diga Luzbel.

Pero creyéndose el tuno

dueño ya de tal tesoro,

prosiguió:—¡Cuánto te adoro!

Dame un beso... ¡sólo uno!...

Se irguió la joven altiva,

defendiendo su hermosura,

ante aquella catadura

fiera, asquerosa y lasciva.

Imploró la protección

de Dios contra Satanás.

Santiguóse luego, y ¡zas!

huyó á escape la visión.

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Cuando supo al otro día

el caso la superiora,

lloró la buena señora

al abrazar á María.

—¡Tu acción de gozo me llena—

la dijo—y al cielo es grata!

Y hubo medalla de plata

y doble postre en la cena.

 

II

Dormía al día siguiente

la niña sencilla y pura,

cuando una esbelta figura

se la acercó lentamente.

No se estremeció de horror

ni se alteró su reposo,

porque el mancebo era hermoso

como pintan al amor.

Dulce sonrisa plegaba

sus labios frescos y rojos,

y así quemaban sus ojos

como un torrente de lava.

Amante audaz, con el brazo

separó el rubio cabello

y de la virgen el cuello

ciñó con estrecho lazo.

La dijo:—Té amo, mujer.—

Y ella apasionada, loca,

al contacto de su boca

sintió un raudal de placer.

Y, sin saber lo que hacía,

besó al doncel... De repente

la despertó una estridente

carcajada de ironía.

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¿Era el diablo el ángel bello?

La colegiala lo ignora,

y la madre superiora

no supo nada de aquello.

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