Pólvora sola
En la Cárcel
QUE pregunten en el barrio
por Perico el tapicero,
y á ver si dicen que hay otro
ni más honrao, ni más bueno. Yo no he entrao en la taberna más que los días de incienso,
y siempre he bebido un vaso,
poco más, ó poco menos,
lo cual que un hombre, si es hombre,
no es un borracho por eso.
¿Que tengo navaja? ¡Claro!
¡Pus hombre, estaría bueno
que uno saliera sin armas
pa que le dejaran seco!
Estoy en el Abanico
hace tres meses y medio,
por pegar dos puñaladas
en el costao á un sujeto que se me puso delante,
cara á cara y pecho á pecho.
Él no me dejó en el sitio,
porque yo acerté primero;
que bien conocidas eran
las intenciones del muerto.
Y no estoy arrepentido
ni me ha pesao el hacerlo;
si cien veces resucita,
las cien veces le reviento...
Cuando el hombre falta al hombre,
hay que quitarle de en medio,
ó quedar como un gallina
pa que le insulten muñecos.
¿Que por qué fué la disputa?
Porque dijo chicoleos
á una mujer, y en seguida
sentí un no sé qué en el cuerpo,
y mucho hervor en la sangre,
y mucha rabia allá dentro,
y sin saber lo que hacía.
le eché la mano al pescuezo.
—Saca lo que tengas—dije.
Él dijo:—Ahí va lo que tengo,—
y me puso el mondadientes
á dos pulgadas del pecho.
Él quedó; pero por poco
si no me escurro, me quedo.
También por custión de faldas
pelean los cabayeros, con testigos y boticas,
á veinte pasos lo menos,
y no se pegan un tiro
manque se hunda el firmamento,
y como no va de veras,
naide se mete con ellos.
Pero á mí, que soy un chulo,
y á navajazos me arreglo,
y con mi gente armo bronca,
y por mis hembras me pego,
me echó mano la justicia,
y aquí estoy, como un cordero,
por haber matao á un hombre
que me faltaba al respeto.
Me dicen que he cometido
un homicidio por celos...
¡Bien pué ser! que de palabras
enrevesadas no entiendo;
yo sé que quiero á mi chica,
y si la miran me ciego,
y si la hablan me sofoco,
y si contesta me quemo;
¡pero no sé, ni me importa,
cómo se llama todo eso!
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