Ruedas
Capítulo 9
El día después de que Adam y Erica Trenton fallaron en su intento de cruzar el creciente abismo que los separaba, luego de que Brett DeLosanto renovara su fe en el «Orion» pero se preguntara sobre su destino artístico, después de que Bárbara Zaleski estudiara sus frustraciones a través de la influencia de los martinis, y de que Matt Zaleski, su padre y jefe de planta, sobreviviera a otro día de trabajo como en una olla de presión, ocurrió un suceso insignificante en el barrio bajo de la ciudad de Detroit, un hecho que no tenía relación con esas cinco personas, pero cuyo efecto en los meses venideros, los comprometería y afectaría a todos.
«Hora»: 20.30. «Lugar»: El centro, en la Tercera Avenida cerca de Brainard. Un coche patrullero policial vacío detenido junto al bordillo de la acera.
—Tu culo negro contra la pared —ordenó el policía blanco. Sosteniendo una linterna en una mano y un revólver en la otra, hizo correr el rayo de luz de arriba abajo por la figura de Rollie Knight, que parpadeó cuando la luz le dio en los ojos y se detuvo sobre ellos.
—Ahora vuélvete. Las manos sobre la cabeza. Muévete, maldito.
—Registra a este cretino —dijo el policía blanco a su compañero de color cuando Rollie Knight se volvió.
El andrajoso muchacho de color que habían detenido los policías andaba vagando sin rumbo por la Tercera Avenida cuando se le acercó el patrullero y de él saltaron sus ocupantes, revólver en mano.
—¿Por qué? —protestó ahora, y luego empezó a reírse cuando las manos del segundo policía le recorrieron las piernas y el cuerpo.
—¡Bueno, bueno, que me hace cosquillas!
—Cállate —dijo el policía blanco. Era un veterano de la fuerza, de ojos duros y enorme vientre, fruto de años de viajar dentro de un patrullero. Había sobrevivido a su recorrido durante muchos años sin bajar jamás la guardia.
El policía negro, que tenía varios años menos y era nuevo en la fuerza, bajó las manos.
—No tiene nada —retrocedió y preguntó suavemente—: ¿Qué diferencia hace el color de su culo?
El policía blanco pareció sorprendido. Con el apuro, desde que saltaron del patrullero, había olvidado que su compañero habitual, también blanco, estaba enfermo y que había sido reemplazado por un agente de color.
—Diablos —dijo apresuradamente—. No pienses nada raro. A pesar de que tengas el mismo color no tienes nada que ver con este sinvergüenza.
—Gracias —dijo secamente el policía de color. Pensó agregar algo pero no lo hizo. En cambio le dijo al hombre que estaba contra la pared—: Ya puedes bajar las manos. Date la vuelta.
—¿Dónde has estado durante la última media hora, Knight? —preguntó el policía blanco. Conocía de nombre a Rollie Knight, no sólo de verlo por allí frecuentemente, sino también por su prontuario policial que incluía dos condenas en la cárcel; una de esas veces, él mismo lo había arrestado.
—¿Dónde he estado? —el joven negro se había recuperado de la impresión inicial. A pesar de sus mejillas hundidas y de que parecía frágil y mal alimentado, no había debilidad en sus ojos, que eran un espejo del odio—. Estuve acostado con una culo blanco. No sé cómo se llama, pero me dijo que su marido es un cerdo gordo y blanco que no funciona. Ella me busca cuando necesita un hombre.
El policía blanco dio un paso adelante, con la cara congestionada. Su intención era aplastar el cañón del revólver contra la cara desafiante y despectiva. Más tarde podría alegar que Knight lo había atacado y que había actuado en defensa propia. Su compañero confirmaría la historia, como ya era habitual, salvo, recordó de pronto, que su acompañante de esa noche era uno de ellos y que bien podía ser lo bastante chismoso como para después meterlo en un lío. Por eso el policía se contuvo, sabiendo que ya habría momento y lugar, como bien se iba a dar cuenta ese negro ladino.
—No te hagas el vivo —le dijo el agente negro a Rollie Knight—. Dinos dónde estuviste.
Rollie escupió en la acera. De cualquier color que fuera, un policía era un enemigo, y si era negro peor, porque era lacayo de los blancos.
—Ahí —respondió sin embargo, haciendo un gesto hacia un bar que funcionaba en un sótano, del otro lado de la calle.
—¿Cuánto tiempo?
—Una hora o dos. O tal vez tres. ¿Quién va a llevar la cuenta? —respondió Rollie encogiéndose de hombros.
—¿Voy a averiguar? —preguntó el agente de color, dirigiéndose a su compañero.
—No vale la pena. Van a decir que sí, que estuvo. Son todos unos mentirosos.
—De todos modos —señaló el policía negro—, para haber llegado en este tiempo desde West Grand y la calle Dos habría necesitado alas.
La llamada les había llegado unos minutos antes por la radio del automóvil patrullero: un robo a mano armada cerca del edificio Fisher, a unas dieciocho manzanas de allí. Acababa de suceder y dos sospechosos habían escapado en un sedán último modelo.
Segundos más tarde la pareja de patrulleros había visto a Rollie Knight que andaba solo por la Tercera Avenida. Por más remota que fuera la probabilidad de que un peatón aislado, en ese barrio, tuviera algo que ver con el asalto en la parte alta de la ciudad, al reconocer a Knight el policía blanco había ordenado detener el auto y había salido precipitadamente de él sin dejar a su compañero otra alternativa que seguirlo. Este último sabía por qué lo hacía. La llamada por el asalto le servía de excusa para detener e intimidar a la gente cuando sabía que podía salirse con la suya; claro que era pura coincidencia que los elegidos fueran invariablemente negros.
El agente de color pensaba que había una relación entre la brutal malignidad de su compañero —bien conocida en el cuerpo policial— y el miedo que lo acosaba cuando estaba de guardia en el ghetto.
El miedo tenía un olor particular, y el agente de color lo había sentido fuertemente en su compañero blanco, en el momento en que les anunciaron el robo y cuando saltaron del automóvil, e incluso ahora. El miedo podía hacer que un hombre malo fuera aún más malo. Y cuando tenía autoridad, lo podía convertir en un salvaje.
No es que el miedo estuviera fuera de lugar por esos alrededores. En realidad, que un policía de Detroit no conociera el miedo denotaría su falta de conocimiento y su ausencia de imaginación. En los barrios bajos, que tenían posiblemente la tasa de crimen más alta del país, la policía siempre era blanco del odio, y a menudo de ladrillos, cuchillos y balas. Allí donde la supervivencia dependía de estar siempre alerta, era sensato tener algún miedo; también lo eran las sospechas, la cautela y la rapidez ante el peligro. Era como una guerra con la policía en el frente de batalla. Y como en cualquier guerra, las cosas agradables de la naturaleza humana —cortesía, atención, tolerancia, amabilidad— quedaban de lado como superfluas y de esa manera la guerra se intensificaba y los antagonismos —generalmente con razón por ambos lados— se perpetuaban y multiplicaban.
Pero sin embargo, como sabía el agente de color, unos pocos policías aprendieron a vivir con el miedo sin dejar de ser seres humanos decentes. Eran los que entendían la modalidad de la época, la manera de ser de la gente de color, sus frustraciones y la larga historia de injusticias que sobrellevaban. Ese tipo de policía, blanco o negro, algo contribuía a aliviar la guerra, aunque era muy difícil determinar hasta dónde, porque no eran mayoría.
Hacer que los moderados fueran mayoría y elevar el standard general de la fuerza de Detroit eran los fines declarados del jefe de policía recién nombrado. Pero entre el jefe y sus objetivos estaba la presencia física de un contingente numéricamente fuerte de agentes blancos, a quienes el miedo y un arraigado prejuicio volvían francamente racistas, como el que estaba allí en ese momento.
—¿Dónde trabajas, canalla? —le preguntó a Rollie Knight.
—Yo hago lo mismo que usted, no trabajo. Solamente paso el rato.
La cara del policía se volvió a hinchar de furia. El agente negro sabía que si él no hubiera estado allí, su compañero habría descargado el puño contra el joven y frágil rostro de color que lo miraba sarcásticamente.
—¡Andando! Charlas demasiado —le dijo el agente de color a Rollie Knight.
Ya de vuelta en el automóvil patrullero, el otro policía gruñó:
—Aunque sea lo último que haga lo voy a destrozar a ese hijo de puta.
El agente de color pensó: «Ya lo creo, posiblemente mañana o al día siguiente cuando esté tu compañero de costumbre, que mirará para otro lado si hay una paliza o un arresto con algún cargo.» Ya había habido suficientes vendettas de esa clase.
—Un momento, ya vuelvo —dijo impulsivamente, abandonando el volante.
Mientras él salía del automóvil, Rollie Knight ya se había alejado unos cincuenta metros.
—¡Eh, tú! —cuando el joven negro se dio vuelta el agente le hizo un gesto, y se acercó a él.
El policía de color se inclinó hacía Rollie Knight con aire amenazador, pero le dijo por lo bajo:
—Mi compañero te la tiene jurada y cumplirá. Eres un estúpido por abrir demasiado la boca y no te debo ningún favor. De todas maneras te aviso que te mantengas fuera de la vista, o mejor, que te vayas de la ciudad hasta que el tipo se enfríe.
—¡Judas negro! ¿Por qué diablos tengo que creerte?
—No tienes por qué —el policía se encogió de hombros—. Puedes quedarte y aguantar lo que venga. A mí no me va a preocupar mucho.
—¿Y cómo hago para irme? ¿Cómo consigo el dinero? —aunque sarcástica, la pregunta era mucho menos hostil.
—Entonces no te vayas pero mantente fuera de su vista, como te dije.
—Eso no es fácil aquí, amigo.
No, no era fácil y el policía negro lo sabía. Cuando se buscaba a alguien y los demás sabían dónde estaba, era difícil pasar inadvertido a lo largo del día. Se conseguía información barata si uno conocía las redes del barrio viejo; lo único que se necesitaba era el costo de una dosis, la promesa de un favor o incluso la amenaza correspondiente. La lealtad no era planta que creciera por esos barrios. Pero sería útil estar en otro lado durante algún tiempo.
—¿Por qué no trabajas? —le preguntó el policía.
—Ya me has oído decirle a ese cerdo amigo tuyo… —sonrió Rollie Knight.
—Ahórrate las agudezas. ¿Quieres trabajar?
—Quizá —pero detrás de la afirmación estaba el convencimiento de que había pocos trabajos para los que tenían antecedentes criminales, como Rollie Knight.
—Las fábricas de automóviles están tomando gente —dijo el agente negro.
—Eso es tierra de blancos.
—Muchos negros trabajan allí.
—Ya probé una vez. Me rechazaron.
—Prueba de nuevo. Toma —el policía de color sacó una tarjeta del bolsillo. El empleado de la oficina de empleos de una compañía, a quien él conocía, se la había entregado unos días antes. Tenía la dirección de un centro de empleo, un nombre y las horas en que estaba abierto.
Rollie Knight arrugó la tarjeta y se la metió en un bolsillo.
—Cuando tenga ganas, amigo, orinaré sobre ella.
—Haz lo que quieras —dijo el otro y volvió al automóvil.
—¿De qué hablabais? —preguntó su compañero blanco mirándolo sospechosamente.
—Le enfrié los ánimos —dijo secamente, pero no le explicó nada más.
El policía negro no tenía ninguna intención de dejarse llevar por delante, pero ahora, por lo menos, tampoco quería entrar en discusiones. A pesar de que la población de Detroit era negra en un cuarenta por ciento, la fuerza policial sólo había dejado de ser ciento por ciento blanca en los últimos años, y todavía viejas influencias dominaban el departamento de policía. Desde los tumultos de 1967 en Detroit, y bajo la presión de la opinión pública, había aumentado la cantidad de policías negros, pero todavía no eran bastante fuertes en número, jerarquías o influencia como para neutralizar a la poderosa asociación de agentes de orientación blanca ni para estar seguros de obtener un trato justo en cualquier confrontación entre blancos y negros.
De esta manera el automóvil patrullero siguió su camino en una atmósfera de hostil incertidumbre, un humor que reflejaba las tensiones raciales de Detroit.
La baladronada en un individuo, sea blanco o negro, solamente llega a nivel de la piel, y Rollie Knight estaba profundamente asustado.
Estaba asustado del agente a quien había hostigado en forma insensata y se daba cuenta de que su odio ardiente y temerario le había hecho perder la acostumbrada cautela. Y lo que es más, temía volver a prisión, porque una condena más significaría largo tiempo «adentro». Rollie tenía tres condenas en su haber, había pasado dos períodos en la cárcel y sucediera lo que sucediera ahora, toda esperanza de indulgencia había desaparecido.
En Norteamérica sólo el hombre de color conoce las verdaderas profundidades de la desesperación y la degradación animal a donde puede llegar un ser humano en el sistema de prisiones. Es verdad que a los prisioneros blancos se les trata mal a menudo y que también sufren, pero nunca de manera tan constante y universal como un negro. También es verdad que algunas prisiones son mejores y otras peores, pero eso es como decir que tal parte del infierno es diez grados más caliente o más fría que otra. En cualquier cárcel, el hombre de color sabe que la humillación y el insulto son trato común y que la brutalidad física, a menudo acompañada por heridas graves, es tan normal como defecar. Y cuando un preso es poco resistente, como era Rollie Knight —en parte porque tenía un físico débil y en parte por la mala nutrición padecida durante años—, las penalidades y la angustia pueden ser aún mayores.
A todos los demás temores se sumaba el de que Rollie sabía que si la policía registraba su habitación encontraría una pequeña cantidad de marihuana. El fumaba un poco, pero vendía la mayor parte, y a pesar de que las ganancias eran minúsculas, por lo menos le significaban poder comer, ya que desde que había salido de la prisión, varios meses atrás, no había encontrado ninguna otra manera de hacerlo. Pero lo único que necesitaba la policía para arrestarlo y luego encarcelarlo era encontrar la marihuana.
Por tal razón esa misma noche Rollie Knight tiró la marihuana en un terreno baldío, pensando nerviosamente si ya no estaría bajo vigilancia. Se daba cuenta de que ahora, en vez de una manera insegura de mantenerse día a día, ya no tenía ninguna.
Por ese motivo, al día siguiente se decidió a desarrugar la tarjeta que le había dado el policía de color y se fue al centro de empleo que la compañía de automotores tenía en el barrio bajo. Fue sin ninguna esperanza porque… (y éste es el enorme e invisible abismo que en este mundo separa a los que «no tienen y nunca tuvieron» de los que «tienen»)… había vivido durante tanto tiempo sin tener una razón para creer en algo, que la esperanza estaba más allá de sus posibilidades mentales.
Y también había ido porque no tenía otra cosa que hacer.
El edificio cercano a la calle 12, como la mayoría de los otros en el torvo «fondo negro» de los barrios bajos, era decrépito y mal cuidado y tenía las ventanas rotas; solamente unas pocas habían sido tapadas para proteger el interior de las inclemencias del tiempo. Hasta poco tiempo atrás el edificio había estado fuera de uso y se estaba desintegrando rápidamente. Incluso ahora, a pesar de los remiendos y de un poco de pintura, seguía deteriorándose, y los que iban a trabajar diariamente allí se preguntaban si las paredes seguirían en pie cuando se fueran a la noche.
Pero el antiguo edificio, y dos más que se le parecían, cumplía una función urgente. Era avanzadilla de las compañías automovilísticas para el programa de empleo llamado «núcleo de emergencia».
El llamado núcleo de emergencia había comenzado después de los tumultos de Detroit y era un intento para proveer de trabajo a los habitantes de los barrios bajos, negros en su mayor parte, que durante muchos años habían sido abandonados trágica e insensiblemente como imposibles de emplear. La iniciativa había correspondido a las fábricas de automóviles. Otros las siguieron. Naturalmente, las compañías de automotores proclamaban que su motivo era el altruismo y desde el momento en que comenzaron los programas de empleo, los equipos de relaciones públicas exaltaban el espíritu generoso de sus empleadores. Algunos observadores, más cínicos alegaban que el mundo empresarial estaba asustado, temeroso del efecto que podría tener sobre sus negocios una ciudad que estaba permanentemente en pie de guerra. Otros declararon que cuando el humo y las llamas llegaron al edificio de la General Motors en los disturbios de 1967, se había asegurado alguna forma de servicio público. La predicción resultó verdad, excepto que fue la Ford la que se movió primero.
Aparte de las motivaciones, generalmente se estaba de acuerdo en tres cosas: en que el programa de empleo del núcleo de emergencia era bueno; en que debería haber empezado veinte años antes; en que sin los tumultos de 1967 quizá nunca se habría puesto en marcha.
En general, admitiendo errores y fracasos, el programa funcionaba. Las compañías habían bajado su nivel de exigencia para empleos, permitiendo entrar a antiguos vagos. Como era de esperar, algunos quedaron a la vera del camino, pero un sorprendente número de ellos demostraron que lo único que necesitaba un vago era una oportunidad. Cuando llegó Rollie Knight, empleadores y empleados habían aprendido mucho. Se sentó en una sala de espera junto a otros cuarenta hombres y mujeres que también esperaban, acomodados en sillas. Estas, al igual que los postulantes al trabajo, eran de diferentes formas y tamaños, excepto que los postulantes tenían una uniformidad: todos eran negros. Se hablaba poco. Rollie Knight tuvo que esperar una hora. Durante la mayor parte del tiempo se quedó dormido, un hábito que había adquirido y que normalmente le ayudaba a pasar los días vacíos. Cuando por fin lo guiaron hasta un cubículo para entrevistas, uno de la media docena que bordeaba el área de espera, todavía estaba con sueño y le bostezó en la cara al entrevistador que lo miraba a través del escritorio.
El entrevistador era un hombre de color, maduro y regordete que usaba gafas con armazón de carey, chaqueta sport y camisa oscura, pero sin corbata.
—Uno se cansa de esperar —dijo amablemente—. Mi padre solía decir: «Un hombre se cansa más echado panza arriba que hachando leña.» De esa manera me hacía cortar un montón de leña.
—No debe haber hachado mucho últimamente —dijo Rollie Knight mirando las manos del otro.
—Es cierto —dijo el entrevistador—, tiene razón. Y ya hemos descubierto algo más. Usted es un hombre que se fija en las cosas y que piensa. ¿Pero le interesa cortar leña o hacer un trabajo casi tan pesado como ese?
—No sé —Rollie se preguntaba por qué había venido después de todo. Muy pronto llegarían a sus antecedentes carcelarios y ahí se acabaría todo.
—Pero está aquí porque necesita trabajo —el entrevistador miró una tarjeta amarilla que había llenado afuera una secretaria—. Es así, ¿no es cierto, señor Knight?
Rollie asintió. El «señor» lo sorprendió. No podía recordar cuándo había sido la última vez que se habían dirigido a él de esa manera.
—Comencemos por averiguar algo de usted —el entrevistador buscó un formulario impreso. Parte de la nueva técnica de empleo era que los postulantes ya no tenían que completar un cuestionario por sí mismos. Años atrás se rechazaba a muchos que apenas podían leer o escribir por incapacidad de hacer lo que para la sociedad moderna era una función normal: llenar un formulario.
Pasaron rápidamente por las preguntas básicas.
Nombre: Knight, Rolland Joseph Louis. Edad: Veintinueve años. Dirección: La dio, sin mencionar que la miserable habitación del altillo pertenecía a otro que le había dejado que la compartiera por uno o dos días y que la dirección no serviría la semana siguiente si el ocupante decidía echar a Rollie. Pero él había alternado gran parte de su vida entre ese tipo de comodidades, o una posada de mala muerte, o la calle cuando no tenía ningún otro lado adonde ir.
Padres: Recitó los nombres. Los apellidos diferían ya que sus padres no se habían casado y nunca habían vivido juntos. El entrevistador no hizo ningún comentario; era bastante normal. Tampoco añadió Rollie que conocía a su padre porque su madre una vez le había dicho quién era, y Rollie tenía la vaga impresión de haberlo visto alguna vez: un hombre corpulento de mandíbulas pesadas y gesto agrio, con una cicatriz en la cara, y que no se había mostrado ni siquiera amistoso o interesado en su hijo. Rollie se había enterado hacía unos años de que su padre estaba en la cárcel con prisión perpetua. No tenía idea de si seguía allí o había muerto. Con respecto a su madre, con quien había vivido, a ratos, hasta que dejó su hogar para vivir en la calle a los quince años, pensaba que estaba en Cleveland o Chicago. Hacía varios años que no sabía nada de ella.
Escolaridad: Ciclo primario completo En la escuela tenía una mente ágil y brillante que todavía conservaba cuando algo nuevo le interesaba, pero se daba cuienta de lo mucho que tendría que aprender un hombre de color si quería superar el «sistema» de los blancos y sabía que nunca lo podría hacer.
Empleos previos: Se esforzó tratando de recordar nombres y lugares. Había habido trabajos ocasionales luego de dejar la escuela como vendedor de billetes en un ómnibus, apaleando nieve, lavando autos. Luego, cuando Detroit había sido castigada por la recesión nacional de 1957 no había habido trabajo de ningún tipo y eso lo hizo derivar a la haraganería, a la existencia del buscavidas y a su primera condena por el robo de un automóvil.
—¿Tiene antecedentes penales, señor Knight? —preguntó el entrevistador.
—Sí.
—Me temo que necesitaré saber los detalles. Y creo que debo decirle que los investigaremos, así que es mucho mejor si los recibimos correctamente de usted.
Rollie se encogió de hombros. Era seguro que los hijos de puta investigarían. Lo sabía sin necesidad de que le dieran toda esa charla.
Le dio al tipo de la entrevista la información sobre el robo del automóvil primero.
En ese momento tenía diecinueve años. Había sido puesto en libertad bajo caución por un año.
Ahora no importaba cómo había sucedido. ¿Qué importaba que los demás que estaban en el automóvil lo hubieran cogido y él los había seguido como un pasajero más, para reírse un poco, y que un rato más tarde los habían detenido, acusando a los seis ocupantes de robo? Antes de ir al tribunal al día siguiente, le habían ofrecido un arreglo a Rollie: que se declarara culpable y le darían libertad bajo caución. Confundido, asustado, accedió. El trato se mantuvo. Entró y salió del tribunal en unos segundos. Solamente más tarde se enteró de que con un abogado que lo aconsejara — como habría tenido un muchacho blanco— la declaración de no-culpable posiblemente lo hubiera dejado en libertad, sin más que una admonición por parte del juez. Tampoco le habían dicho que declararse culpable le aseguraría un antecedente criminal que tendría sentado sobre su hombro como un genio maldito toda su vida.
Eso hizo también que la próxima sentencia fuera más dura.
—¿Qué sucedió luego de eso?
—Estuve a la sombra —fue un año más tarde. También por robo de automóviles. Esa vez fue real, y había habido dos casos anteriores en los que no lo habían pescado. La sentencia fue de dos años.
—¿Alguna otra cosa?
Aquí era donde rebotaba. Luego de eso todos cerraban sus libros; así no sirve, no hay trabajo. Bien, ya sabían dónde meterse su apestoso trabajo; Rollie todavía se preguntaba a qué había venido.
—Robo a mano armada —dijo—. Me dieron una sentencia de cinco a quince años y pasé cuatro en la prisión de Jackson.
Era en una joyería. Dos de ellos habían entrado durante la noche. Lo único que consiguieron fue un manojo de relojes baratos y los atraparon cuando salían. Rollie había sido tan estúpido como para llevar un calibre 22. A pesar de que no lo había sacado del bolsillo, el hecho de haberlo tenido en su poder significaba un cargo más grave.
—¿Lo dejaron salir por buena conducta?
—No. El guardián se puso celoso. Quería mi celda.
—Me gustan los chistes —dijo el entrevistador mirándolo—. Hacen que un día opaco sea más brillante. ¿Pero fue por buena conducta?
—Si usted lo dice…
—Bueno, lo digo —el entrevistador lo anotó.
—¿Tiene buena conducta en este momento, señor Knight? Lo que quiero decir es si está metido en más líos con la policía.
Rollie sacudió la cabeza negativamente. No pensaba contarle a este Tío Tom lo que había sucedido anoche, y que tendría problemas si no podía mantenerse lejos del cerdo blanco a quien había hostigado y el que, si tuviera la oportunidad, terminaría por reventarlo. La idea le recordó sus miedos anteriores que ahora volvieron a atormentarlo; el miedo a la prisión que era la razón que lo había impulsado a venir. El entrevistador seguía haciendo preguntas y parecía más ocupado que un perro con pulgas, escribiendo las respuestas. A Rollie le sorprendió que no se hubiera detenido y lo hubiera echado a la calle, como sucedía siempre que hablaba de «robo a mano armada».
Lo que no sabía, ya que nadie había pensado decírselo y porque no leía periódicos ni revistas, era que el sistema de empleo del núcleo de emergencia tenía una actitud nueva y menos rígida con respecto a los antecedentes penales.
Lo enviaron a otra habitación donde se desvistió para que le hicieran un examen físico.
El médico, joven, blanco e impersonal, que trabajaba rápidamente se detuvo un momento para mirar con ojo crítico el huesudo cuerpo de Rollie y sus mejillas hundidas.
—Sea el que sea el trabajo que consiga, use algo del sueldo para comer mejor y aumentar un poco de peso, o de otra manera no va a durar mucho. De todas maneras no duraría mucho si lo mandan a fundición, donde va la mayor parte de la gente que sale de aquí. Quizá puedan ponerlo en Montaje. Recomendaré que lo hagan.
Rollie escuchaba con desprecio, odiando ya al sistema y a la gente que estaba en él. ¿Quién diablos se creía que era ese muchachito blanco? ¿Alguna especie de Dios? Si no fuera porque Rollie tenía tanta necesidad de dinero y de trabajar durante un tiempo, en ese mismo momento se iría, y al diablo con todo. Estaba seguro de una cosa: fuera cualquiera el trabajo que le dieran, no se quedaría en él más de lo necesario. Volvió al cubículo nuevamente a través de la sala de espera.
—El doctor dice que usted respira y que cuando abrió la boca no vio que se filtrara la luz del día, así que le podemos ofrecer un trabajo —le anunció el entrevistador—. Es en montaje final. El trabajo es duro, pero la paga es buena. El sindicato se ocupa de eso. ¿Lo quiere?
—¿Y para qué estoy aquí?
«¿Qué esperaba el hijo de puta? ¿Que le chupara los pies?»
—Cierto que está aquí; lo tomaré como una afirmativa. Tendrá unas semanas de adiestramiento, pero también le pagarán por eso. Cuando salga le darán los detalles… dónde empezar, dónde ir. Sólo quisiera decirle una cosa más.
Ahí venía el sermón. Era seguro y Rollie ya le sentía el olor. Quizás ese negrito era cura en sus ratos de ocio.
El entrevistador se quitó las gafas de marco de carey y se inclinó sobre el escritorio juntando la yema de los dedos de ambas manos.
—Usted es un tipo hábil —dijo—. Ya sabe lo que sucede. Sabe que se le está dando una oportunidad y que eso es producto de la época y de la situación en que están las cosas. La gente, las compañías como ésta, tienen una conciencia que no siempre tuvieron. No importa que sea tarde. Está aquí y están cambiando una cantidad de cosas. Créalo o no, pero es lo que está pasando —el entrevistador regordete, con su chaqueta sport, levantó un lápiz, lo hizo rodar entre los dedos y lo volvió a dejar sobre el escritorio—. Quizá nunca le hayan dado una oportunidad antes y que ésta sea la primera. Creo que lo es. Pero yo no cumpliría con mi trabajo si no le dijera que con sus antecedentes es la única que va a conseguir, por lo menos aquí. Pasan muchos tipos por esta oficina. Al salir algunos triunfan. Otros, no. Los que triunfan son los que tienen ganas de triunfar —el entrevistador miró con dureza a Rollie—. Deje de portarse como un tonto, Knight, y aférrese a esta oportunidad. Es el mejor consejo que va a recibir hoy —le extendió la mano—. Buena suerte.
A desgana, sintiéndose como si lo hubieran engañado pero sin saber exactamente cómo, Rollie tomó la mano que se le ofrecía.
Al salir, tal como le había dicho el hombre, le explicaron cómo ir a trabajar.
El curso de adiestramiento patrocinado en conjunto por la compañía y por concesiones federales, duraba ocho semanas. Rollie Knight aguantó una semana y media.
Recibió su primer pago semanal, que era mucho más dinero del que había recibido en mucho tiempo. Durante el fin de semana siguiente se emborrachó. Sin embargo, el lunes se las arregló para levantarse temprano y tomar un ómnibus que lo llevó hasta el centro de adiestramiento de la fábrica, al otro lado de la ciudad.
Pero el martes lo venció el cansancio. No consiguió despertarse hasta que el sol le dio directamente en la cara a través de la sucia ventana sin cortinas de su habitación. Rollie se levantó con sueño, parpadeando, y fue hasta la ventana para mirar hacia abajo. Un reloj que estaba en la calle le dijo que ya era casi mediodía.
Sabía que había estropeado todo, que el trabajo estaba perdido. Su reacción fue de indiferencia. No experimentó ninguna sensación de decepción porque no había esperado ningún otro resultado desde el principio. Cómo y cuando llegaría el fin, eran meros detalles.
La experiencia no le había enseñado a Rollie Knight, ni a decenas de miles de tipos como él, a tener una perspectiva hacia el futuro. Cuando uno ha nacido sin nada, no ha conseguido nada desde entonces, y ha aprendido a vivir sin nada, no hay ninguna perspectiva a largo plazo. Sólo existe hoy, este momento, aquí y ahora. Muchos pensadores ignorantes y poco profundos de este mundo blanco llamaban a esta actitud «negligencia» y la condenaban. Los sociólogos, con un poco más de comprensión y algo de simpatía, hablaban de un síndrome de «orientación hacia el momento» o de «falta de confianza en el futuro». Rollie nunca había oído ninguna de las dos frases, pero sus instintos abarcaban a ambas. Su instinto también le decía en ese momento que todavía estaba cansado, y volvió a dormirse.
Después no hizo ningún intento de retornar al centro de adiestramiento o al de empleo. Volvió a sus acostumbradas rondas y a vivir en las esquinas, ganando un dólar cuando podía, y cuando no podía se las arreglaba sin él. El agente a quien había provocado lo dejó milagrosamente tranquilo.
Hubo una sola posdata al empleo de Rollie, o por lo menos así pareció en ese momento.
Unas semanas después fue visitado por un instructor del curso de adiestramiento de la fábrica, en la casa donde todavía le aguantaban que compartiera la habitación. Rollie Knight recordaba al tipo, un excapataz de planta, canoso, de cara roja, panzón y con poco pelo, que en ese momento estaba sin aliento por haberse visto forzado a subir tres pisos por la escalera.
—¿Por qué abandonó el trabajo? —le preguntó secamente.
—Me gané la lotería, amigo. No necesito trabajar.
—¡Qué gente! —el visitante miró el miserable cuarto con disgusto—. Pensar que tenemos que mantener a los de su clase con nuestros impuestos. Si a mí me hicieran caso… —dejó la frase sin terminar y extrajo un papel—. Tiene que firmar aquí. Dice que no va a volver más a trabajar.
Indiferentemente, no queriendo causarse problemas, Rollie firmó.
—¡Ah, sí! La compañía también hizo algunos cheques. Ahora hay que devolverlos —repasó algunos papeles, de los que parecía haber gran cantidad—. Quieren que firme éstos también.
Rollie endosó los cheques. Había cuatro.
—La próxima vez —dijo desagradablemente el instructor— trate de no causarle más problemas a la gente.
—Vete a la mierda, gordito —dijo Rollie Knight y bostezó.
Ni Rollie ni su visitante sabían que mientras la entrevista se llevaba a cabo, un costoso automóvil último modelo estaba estacionado frente a la casa. El único ocupante del vehículo era un hombre de color, canoso, alto y de aspecto distinguido que había estado mirando con interés mientras entraba el instructor del curso de entrenamiento. Ahora, cuando el hombre canoso y de cara enrojecida salió del edificio y se alejó en su automóvil, el otro coche lo siguió sin ser observado y a una distancia prudente, de la misma manera en que lo había hecho durante toda la tarde.