Ruedas

Arthur Hailey · Capítulo 21 de 32

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Ruedas

Capítulo 20

—Dame las malas noticias —le dijo Smokey Stephensen a Lottie Potts, su contadora—. ¿Cuánto me he excedido del crédito?

Lottie tenía una mente tan afilada como una hoja de afeitar, hizo rápidos cálculos con un delgado lápiz de oro.

—Contando esos autos que acabamos de entregar, señor Stephensen, cuarenta y tres mil dólares.

—¿Cuánto efectivo tenemos en el banco, Lottie?

—Podemos afrontar los sueldos de esta semana y la próxima, señor Stephensen. No mucho más.

—Hmmm —Smokey Stephensen se pasó una mano sobre la barba, y luego se reclinó, entrecruzando los dedos sobre el estómago, más abultado últimamente; recordó, distraído, que pronto tendría que hacer algo con respecto a su peso; empezar una dieta, por ejemplo, a pesar de que la idea lo deprimía.

Smokey no parecía alarmado por la crisis financiera en que se había encontrado esa mañana. Había capeado otras y de alguna manera se las arreglaría para hacer lo mismo con ésta. Meditó sobre las cifras de Lottie, haciendo él mismo algunos otros cálculos.

El día era martes, de la primera semana de agosto, y los dos estaban en la oficina de Smokey en el entrepiso de la gran concesionaria suburbana. Smokey, detrás del escritorio, llevaba la chaqueta de seda azul y la corbata de dibujos llamativos que eran ya como su uniforme. Lottie, enfrente de él, esperaba deferentemente, con varios libros de contabilidad abiertos delante de ella.

Smokey pensó que no había muchas mujeres hoy en día con la actitud de Lottie. Pero entonces, si la naturaleza se burlaba de uno al nacer, y lo hacía tan feo como a Lottie, tenía que compensarlo de otras maneras. ¡Por Dios, si era un bulldog! A los treinta y cinco años, más o menos, representaba cincuenta, con sus facciones desproporcionadas y abultadas, los dientes prominentes, un asomo de estrabismo, el pelo indescriptible que se le iba para todos lados y parecía como si hubiera crecido en un coco, y una voz que rechinaba como ruedas de metal sobre el empedrado… Smokey cambió de rumbo sus pensamientos, recordando que Lottie le era totalmente devota, incuestionablemente leal, infaliblemente responsable, y que juntos habían escapado de problemas a los que él no hubiera sobrevivido sin el trabajo de ella.

Smokey había tenido un lema toda su vida: si quieres que una mujer se quede a tu lado, elige una fea. Las muchachas bonitas eran un lujo, pero inconstantes. Las feas se quedaban en las buenas y en las malas.

Era otra muchacha fea la que había precipitado la crisis de esa mañana. Smokey estaba agradecido de que lo hubiera hecho.

Se llamaba Yolanda y le había telefoneado la noche anterior a su casa.

Yolanda trabajaba para el banco del centro con el que operaba Smokey, y que financiaba el inventario de autos de su concesionaria. Era la secretaria de un vicepresidente, y tenía acceso a información confidencial.

Otro detalle sobre Yolanda era que sólo con bragas y sostén, pesaba unos cien kilos.

En el momento mismo de verla, durante una visita al banco el año anterior, Smokey se había dado cuenta de que era una aliada potencial. Después la había llamado, la había invitado a comer y a partir de allí había dejado que su amistad creciera. Ahora se encontraban cada dos meses, más o menos; entretanto Smokey le enviaba flores o bombones que ella devoraba a puñados, y dos veces la había llevado a pasar la noche a un motel. El prefería no recordar esas ocasiones, pero Yolanda — que no había tenido muchas experiencias de ese tipo— había quedado patéticamente agradecida, una gratitud que pagaba periódicamente con útiles informaciones del banco.

—Nuestros auditores planean hacer una verificación por sorpresa del stock de automóviles de los concesionarios —le había avisado la noche anterior por teléfono —. Pensé que querrías saberlo; tu nombre está en la lista.

—¿Cuándo comienzan las verificaciones? —preguntó él, instantáneamente alerta.

—Mañana a primera hora, aunque se supone que nadie debe enterarse —añadió Yolanda—. No he podido llamar antes porque estuve trabajando hasta tarde y no quería usar un teléfono de la oficina.

—Eres una muchacha muy avispada. ¿Es muy larga la lista?

—Hay ocho concesionarios en ella. Copié los nombres. ¿Quieres que te los lea?

—Por favor —dijo él, bendiciendo su minuciosidad.

Smokey se sintió aliviado al ver que su nombre era el penúltimo. Si los inspectores tomaban la lista por orden alfabético, como era normal, quería decir que tardarían tres días en llegar hasta él. Así que tenía dos días para trabajar, lo que no era mucho, pero mejor que tener una visita por sorpresa al día siguiente. Se fijó en el nombre de los otros concesionarios. Tres eran conocidos y los avisaría; en algún otro momento podían devolverle el favor.

—Has sido un encanto en llamarme. No nos hemos visto mucho últimamente —le dijo a Yolanda.

Terminaron la llamada con intercambios de afecto, y Smokey tuvo la sensación de que eso le iba a costar otra noche en un motel, pero valía la pena.

Al día siguiente, temprano, había llamado a Lottie, a quien también había «atendido» ocasionalmente, pero que nunca, en ningún momento, dejó de llamarlo «Señor Stephensen». Su informe —que la concesionaria estaba ampliamente fuera de crédito— era definitivo.

«Fuera de crédito» quería decir que Smokey había vendido autos, pero no había transferido las operaciones al banco que le había prestado el dinero para comprarlos. Los autos eran la garantía del banco contra su préstamo; por lo tanto, ya que no se le había informado de lo contrario, el banco creía que los autos todavía estaban en el inventario de Smokey. En realidad, faltaban autos por valor de cuarenta y tres mil dólares.

Se le había informado al banco de varias ventas durante las últimas semanas, pero no de todas, y una verificación del stock de la concesionaria —en lo que insistían periódicamente los bancos y las compañías financieras— revelaría la diferencia.

El excorredor de automóviles meditó mientras se volvía a frotar la barba.

Smokey sabía, como todos los demás concesionarios, que era normal que una concesionaria estuviera fuera de crédito ocasionalmente, y algunas veces era necesario. El truco estaba en no llegar demasiado lejos, y no ser descubierto.

Una razón para el problema era que los concesionarios de automóviles tenían que encontrar efectivo para cada nuevo automóvil que tomaban en stock, generalmente pidiendo prestado a los bancos o las compañías financieras. Pero a veces no era suficiente pedir prestado. El efectivo de un concesionario podía ser escaso, pero de todas maneras se necesitaba efectivo, para pagar más automóviles si las perspectivas de venta eran buenas, o para cubrir gastos.

Lo que los concesionarios hacían, por supuesto, era retardar el papeleo luego de consumada una venta. De esa manera el concesionario podía recibir un pago en efectivo de un cliente que compraba un auto, y entonces se tomaba más o menos una cómoda semana para informar de la venta a sus propios acreedores, el banco o la compañía financiera. Durante ese tiempo el concesionario disponía del dinero. Más aún, pasado ese tiempo se superpondrían otras ventas, cuya comunicación podía ser proseguida lentamente, así que el concesionario podía usar —siempre temporalmente — ese dinero. En alguna forma, era como un acto de malabarismo.

Los bancos y las compañías financieras sabían que ese malabarismo existía y — dentro de lo razonable— lo aceptaban al permitir que los concesionarios se encontraran brevemente, aunque extraoficialmente, «fuera de crédito». Sin embargo era improbable que toleraran una cifra de fuera de crédito tan grande como la que tenía Smokey en ese momento.

—Lottie —dijo suavemente Smokey Stephensen—, tenemos que recobrar algunos autos para ponerlos en stock antes de que lleguen esos tipos.

—Pensé que diría eso, señor Stephensen, así que hice una lista —la tenedora de libros le pasó dos hojas unidas por sobre el escritorio—. Estas son nuestras entregas a clientes en las últimas dos semanas.

—¡Muy bien! —Smokey recorrió la lista, notando con aprobación que Lottie había incluido la dirección y el teléfono junto a cada nombre; también había anotado el modelo del auto comprado y su precio. Comenzó a tildar direcciones que estaban razonablemente cerca.

—Los dos nos pondremos a telefonear —dijo Smokey—. Para empezar he marcado catorce nombres. Yo tomaré los siete primeros; tú llama a los demás. Necesitamos los autos mañana por la mañana, temprano. ¿Sabes qué hay que decir?

—Sí, señor Stephensen —Lottie, que ya había pasado por lo mismo, estaba copiando las anotaciones de Smokey en una lista similar. Iría a telefonear desde su cubículo del piso inferior, donde trabajaba.

Cuando Lottie se hubo ido, Smokey Stephensen marcó el primer número que tenía en su lista. Le contestó una agradable voz de mujer, y él se identificó.

—No llamaba —anunció Smokey en su estilo más melifluo de vendedor— más que para saber cómo estaban disfrutando tan buenos clientes del nuevo coche que tuve el placer de venderles.

—Nos gusta —la mujer parecía sorprendida—. ¿Por qué? ¿Pasa algo malo?

—No hay nada malo, señora. Es que estoy haciendo un control personal, como hago con todos mis clientes, para asegurarme de que estén contentos. Es mi forma de llevar el negocio.

—Claro —dijo la mujer—. Me parece muy bien. No hay mucha gente que se preocupe así hoy día.

—Nosotros nos preocupamos —Smokey había encendido un cigarro, y tenía los pies sobre el escritorio, y el sillón echado hacia atrás—. Todos los que estamos aquí nos preocupamos mucho. Y con respecto a eso, le sugeriría una cosa.

—Diga.

—Ahora que ya su auto tiene cierto uso, ¿por qué no lo trae mañana para que nuestro departamento de servicio lo revise cuidadosamente? De esa manera podemos ver si algo anda mal, y también ajustar todo lo que sea necesario.

—Pero lo hemos tenido menos de una semana…

—Razón de más —dijo Smokey expansivamente— para asegurarse de que todo anda de perillas. Nos gustaría hacerlo por usted; realmente. Y sin cargo.

—Ya se ve que usted es un concesionario diferente —dijo la mujer en el teléfono.

—Ojalá sea así, señora. De todas maneras, es muy amable al decirlo.

Se pusieron de acuerdo en que llevarían el auto al departamento de servicio a las ocho del día siguiente. Smokey explicó que quería poner uno de sus mejores mecánicos en el trabajo, y eso sería más fácil si se lo llevaban temprano. El esposo de la mujer, que generalmente usaba el auto para ir a su oficina en el centro, iría con alguien o tomaría el autobús.

Smokey hizo otra llamada con resultados similares. Con los dos que siguieron, encontró resistencia; no les convenía entregarle por la mañana el auto; al sentir firmeza, no insistió. Con el quinto llamado cambió de táctica, por ninguna razón en particular; sólo por cambiar.

—No estamos del todo seguros —informó Smokey al dueño del auto, un hombre que contestó personalmente el teléfono—, pero creemos que su automóvil nuevo puede tener un defecto. Francamente, me avergüenza tener que llamarlo, pero en la forma en que cuidamos a nuestros clientes, no queríamos correr el menor riesgo.

—No hay necesidad de avergonzarse —dijo el hombre—. Me alegro de que llamara. ¿Cuál es el problema?

—Creemos que puede haber una pequeña pérdida en el escape y que el monóxido de carbono está entrando al compartimiento de pasajeros. Ni usted ni sus acompañantes lo sentirían, pero podría ser peligroso. A decir verdad, es algo que hemos descubierto en un par de autos que hemos recibido esta semana de fábrica, y estamos controlando que todos los demás que hemos tenido recientemente sean seguros. Me molesta admitirlo, pero parece que hubiera habido un pequeño error de fábrica.

—No tiene que decírmelo; ya sé cómo es —dijo el hombre—. Yo también estoy en el comercio, y siempre tengo problemas de mano de obra. El tipo de mano de obra que se consigue hoy día, no se interesa por nada. Pero aprecio mucho su actitud.

—Es mi forma de llevar el negocio —declaró Smokey— y estoy seguro de que usted hace lo mismo en el suyo. ¿Podemos contar con que su auto estará aquí mañana por la mañana?

—No faltaba más. Se lo llevaré temprano.

—Me quita un peso de encima. Naturalmente que no va a haber ningún cargo, y, a propósito, hágame un favor y conduzca con la ventana abierta cuando use el auto entre hoy y mañana —el artista que había en Smokey pocas veces podía privarse de un adorno extra.

—¡Gracias por el aviso! Y le diré algo, amigo… me ha impresionado. No me sorprendería que entremos otra vez en tratos.

Smokey sonrió mientras colgaba el teléfono.

Al promediar la mañana, Lottie Potts y su empleador compararon resultados. La tenedora de libros había conseguido que le prometieran cuatro autos para la mañana temprano. Smokey cinco. El total de nueve sería suficiente si todos los autos llegaban, pero entre hoy y mañana algunos dueños podían cambiar de idea o tener problemas que les impidieran llegar. Smokey decidió asegurarse. Seleccionó otros ocho nombres de la lista de Lottie, y los dos volvieron a telefonear. Para el mediodía los dueños de trece automóviles, en total, habían accedido a devolverlos a la concesionaria de Stephensen por la mañana temprano, por una variedad de razones.

Luego siguió una reunión entre Smokey y su gerente de servicio, llamado Vince Mixon.

Mixon era un hombre alegre, ágil y nervioso, calvo y de más de sesenta años, que manejaba el departamento di servicio como un maître d'hótel. Podía diagnosticar instantáneamente lo que aquejaba a cualquier auto, su trabajo organizador era bueno, y los clientes estaban contentos. Pero Vince Mixon tenía una debilidad: era alcohólico. Durante diez meses al año mantenía la sobriedad; los otros dos, regularmente, la perdía, con consecuencias funestas para su trabajo.

Ningún otro patrón habría tolerado la situación, y Mixon lo sabía; también sabía que si perdía su trabajo, nunca podría encontrar otro a su edad. Smokey, por otra parte, había evaluado astutamente la situación y se figuró que había ventajas para él. Vince Mixon era muy bueno cuando estaba sereno, y cuando no, Smokey se las arreglaba. Smokey también podía confiar en que su gerente de servicio no le causaría problemas si se olvidaba de la ética ocasionalmente; y Mixon haría cualquier cosa que se le pidiera en circunstancias complicadas, como ésta.

Juntos, elaboraron los planes para el día siguiente.

A medida que llegara cada uno de los autos reclamados, los llevarían rápidamente al departamento de servicio para lavarlos, les pasarían la aspiradora por el interior y limpiarían cuidadosamente el motor para asegurar que pareciera nuevo si se levantaba el capó. Sacarían de las guanteras las pertenencias de los dueños, que serían guardadas en bolsas de plástico, identificadas para que su contenido pudiera ser devuelto más tarde. Se quitarían las placas de la patente, anotando cuidadosamente los números para después poner cada placa en el auto correspondiente. Se les daría una mano de pintura negra a las cubiertas, para simular que eran nuevas, especialmente cuando hubiera indicios de desgaste.

Los autos —más o menos una docena— serían conducidos luego a la plaza de estacionamiento cerrada, detrás de la concesionaria, donde se guardaban los automóviles nuevos, todavía por vender.

Y ya está. No se haría ningún tipo de trabajo más y en dos días —aparte del trabajo de limpieza— los autos volverían a sus dueños exactamente como habían sido entregados.

Mientras tanto, sin embargo, estarían en la concesionaria para que los contaran e inspeccionaran los auditores del banco, que se sentirían satisfechos, esperaba Smokey, con que su inventario de autos sin vender concordara con lo que debía ser.

—Puede que esos tipos del banco no lleguen aquí hasta pasado mañana —dijo Smokey pensativamente—. Pero la gente estará esperando que le devolvamos los autos mañana por la noche. Vas a tener que llamar a todos a la tarde, inventando una cantidad de excusas para retenerlos un día más.

—No te preocupes —le aseguró Vince Mixon—. Soñaré algunas buenas razones.

—No me preocuparé —dijo severamente su empleador— mientras te mantengas alejado de la botella.

—Ni una cucharada hasta que todo esto termine. Lo prometo —dijo el pequeño y nervioso gerente de servicio.

Smokey sabía por experiencia que cumpliría la promesa, pero que con ello se había asegurado una borrachera para muy pronto. Era una estrategia que el concesionario seguía muy pocas veces, pero tenía que estar seguro de Vince Mixon durante las próximas cuarenta y ocho horas.

—¿Qué hacemos con los cuentakilómetros? —preguntó el encargado de servicio —. Algunos de esos autos tendrán un par de cientos de kilómetros a estas alturas.

Smokey meditó. Ahí había peligro; algunos auditores de los bancos conocían los trucos de los concesionarios y revisaban todo, incluyendo los cuentakilómetros. Pero hoy en día alterar los cuentakilómetros se estaba poniendo difícil a causa de las leyes estatales; además, los que traían los modelos de este año eran a prueba de violaciones.

—Nada es inviolable —aseguró Mixon cuando Smokey le recordó ese detalle. El gerente de servicio sacó del bolsillo un juego de pequeñas llaves de metal—. ¿Ves éstas? Las hace un equipo de fabricantes de herramientas y matrices llamado «Especialidades para los Expertos», en Greenville, Carolina del Sur. Cualquiera puede comprarlas y con ellas se puede cambiar un cuentakilómetros a gusto; no tienes más que darme la cifra.

—¿Y qué pasa con los nuevos cuentakilómetros, los que tienen líneas blancas que se caen si se cambian los números?

—Las líneas vienen en unas cajas de plástico, que se rompen si uno las manipula. Pero la misma gente que hizo esas llaves venden cajas de plástico nuevas, que no se rompen, a un dólar cada una. Tengo dos docenas afuera, y más pedidas —sonrió Mixon—. Déjemelo a mí, jefe. Cambiaré cualquier cuentakilómetros que marque más de ochenta kilómetros. Y antes de que el dueño recobre su auto, lo pondré como estaba.

—¡Vince, estamos de suerte! —dijo Smokey alegremente, palmeando a su empleado en el hombro.

 

Así parecía a mediados de la mañana siguiente.

Tal como Smokey había previsto, fallaron tres autos, pero los otros diez llegaron según lo pactado, y eran suficientes para su propósito. El lavado, limpiado y pintado de cubiertas se hizo rápidamente en el departamento de servicio, dándoles prioridad sobre otros trabajos. Varios autos ya habían sido llevados personalmente al estacionamiento por Vince Mixon.

Otra buena noticia era que los auditores del banco estaban haciendo las verificaciones en el orden en que aparecían los nombres de los ocho concesionarios en la lista de Yolanda. Dos de los tres concesionarios avisados por Smokey habían llamado por teléfono, con noticias de ellos y de otros concesionarios que hacían que ese detalle quedara en claro. Significaba que Stephensen Motors podía estar seguro de ser revisado mañana, aunque iban a estar listos por la tarde.

Tampoco Smokey se preocupaba de veras, siempre que pudiera pasar el día de hoy y de mañana sin que la verdadera situación de su stock fuera detectada.

Los negocios en general eran excelentes, la concesionaria sólida y sabía que en un mes ya podría tener sus libros en orden, y no estar demasiado fuera de crédito. Admitía que se había sobrepasado un poco, pero otras veces había jugado al azar y había ganado, y por esa razón había subsistido tanto como afortunado concesionario de autos.

A las 11.30 Smokey estaba descansando en su oficina del entrepiso, tomando café con gotas de brandy, cuando Adam Trenton entró sin hacerse anunciar.

Smokey Stephensen se había inquietado un poco con las visitas de Adam, que habían sido frecuentes desde su primer encuentro a principio de año. Cuando vio a Adam ese día, le gustó menos que nunca.

—¡Hola! —lo recibió—. No sabía que iba a venir.

—Hace una hora que estoy aquí —le dijo Adam—. La mayor parte del tiempo en el departamento de servicio.

El tono de su voz y cierta expresión que Adam tenía en el rostro inquietaron a Smokey.

—Pensaba que me haría saber cuando viniera por aquí —gruñó—. Es mi negocio.

—Lo habría hecho, pero al principio usted me dijo… —Adam abrió un cuadernillo negro de hojas sueltas que había traído en sus visitas anteriores—. La primera vez que me vio me dijo: «Todo está a su disposición aquí, como un prostíbulo sin techo. Puede ver los libros, archivos, inventarios, de la misma manera que podría hacerlo su hermana.» Y más tarde…

—¡No importa! —gruñó Smokey—. No sabía que estaba hablando con un magnetófono —lo miró con aire suspicaz—. Quizá tenía uno.

—En ese caso, usted lo sabría. Es que tengo una memoria muy clara, y cuando algo me interesa tomo nota de todo.

Smokey se preguntó qué más habría en las páginas del cuadernillo negro.

—Siéntese. ¿Café? —lo invitó.

—No, gracias; me quedaré de pie. He entrado para decirle que ésta es la última vez que vengo. También le informo, porque creo que tiene derecho a saberlo, de que le recomendaré a mi hermana que venda sus acciones en este negocio. Y también — Adam tocó nuevamente el cuadernillo negro— que tengo intención de entregar este cuadernillo al departamento de comercialización de mi compañía.

—¿Que va a hacer qué?

—Creo que lo ha oído —dijo Adam en voz baja.

—Entonces, ¿qué diablos hay ahí dentro?

—Entre otras cosas, el hecho de que en este momento su departamento de servicio está quitando sistemáticamente la identificación a los autos para que parezcan nuevos, y poniéndolos junto a los verdaderamente nuevos en el estacionamiento. De paso, su gerente de servicio está escribiendo órdenes de trabajo falsas sobre esos autos respaldados por la garantía; esos trabajos no se están haciendo pero le serán cobrados, sin duda, a nuestra compañía. En este momento no sé por qué razón pasa todo eso, pero me la imagino. Sin embargo, como Teresa está en este asunto, voy a llamar a su banco, informarles de lo que he visto y preguntarles si pueden aclararme algo.

—¡Cielo santo! —dijo Smokey Stephensen suavemente.

Sabía que se le había caído el techo encima, de la manera menos pensada. Se dio cuenta, también, de su propio error desde el principio: haber sido abierto con Adam Trenton, dándole libertad para moverse por ese lugar como lo había hecho. Smokey había visto a Adam como un tipo brillante y agradable de la oficina central, indudablemente capaz en su trabajo, o de otra manera no lo tendrían, pero ingenuo para otras cosas, por ejemplo, para el manejo de una concesionaria de automóviles. Por esa razón, Smokey había pensado que ser abierto era una forma de engaño, porque si se le escatimaba información Adam se daría cuenta y se pondría curioso. Smokey también creía que cuando Adam se diera cuenta de que el interés de su hermana en la sociedad era manejado con honradez, no se preocuparía por otras cosas. El concesionario se estaba dando cuenta, demasiado tarde, de que se había equivocado en todo sentido.

—Hágame un favor —urgió Smokey—. Déme un minuto para pensar. Luego, por lo menos, hablaremos.

—Lo único que va a pensar es algún subterfugio para detenerme, y no va a servir. Y ya hemos hablado todo lo necesario —contestó secamente Adam.

—¿Cómo diablos sabe lo que voy a pensar? —la voz del concesionario se había elevado.

—De acuerdo, no lo sé. Pero lo que sé es que usted es un pájaro de cuenta.

—¡Eso es mentira! Lo podría demandar por eso.

—No tengo ningún inconveniente —dijo Adam— en repetir esa declaración ante testigos, y puede demandarme si quiere. Pero no lo hará.

—¿Y por qué un pájaro de cuenta? —Smokey supuso que era mejor enterarse de todo lo que pudiera.

Adam se sentó en una silla frente al escritorio y abrió el cuadernillo negro de hojas sueltas.

—¿Quiere toda la lista?

—¡Sí, maldita sea!

—Hace trampas con las garantías. Le cobra al fabricante por trabajo que no hace. Reemplaza piezas que no necesitan ser reemplazadas, y luego pone las que saca en su propio stock para volver a usarlas.

—Déme un ejemplo —insistió Smokey.

—Tengo más de uno, pero éste es típico —dijo Adam dando vuelta a las páginas —. Un auto casi nuevo entró al departamento de servicio de Stephensen Motors, porque el carburador necesitaba un pequeño ajuste. Pero en vez de ajustarle el carburador se lo desarmaron, le instalaron uno nuevo, y le mandaron la cuenta al fabricante bajo garantía. Luego, al carburador desarmado le hicieron el pequeño reajuste que necesitaba, y lo colocaron en el stock del departamento de servicio donde lo vendieron más tarde como pieza nueva —Adam tenía fechas, números de orden de trabajo y de factura, y la identificación del carburador.

—¿Quién le dijo que podía meter la nariz en los archivos del departamento de servicio?

—Usted.

Adam sabía que había procedimientos para evitar ese tipo de fraude. Los Tres Grandes fabricantes los tenían. Pero lo vasto de la organización, como también el volumen de trabajo que pasaba por un gran centro de servicio, hacía posible que concesionarios como Smokey engañaran regularmente al sistema.

—No puedo controlar todo lo que pasa en servicio —protestó.

—Usted es el responsable. Además, Vince Mixon lleva el negocio como usted se lo indica, lo mismo que está haciendo hoy. De paso, otra de las cosas que él hace es inflar las facturas a los clientes por mano de obra. ¿Quiere ejemplos?

Smokey sacudió la cabeza. Nunca había sospechado que ese hijo de puta sería tan minucioso, ni siquiera que viera o entendiera tantas cosas. Pero incluso mientras Smokey escuchaba, estaba pensando a todo vapor, de la misma manera en que acostumbraba a pensar en una carrera muy dura cuando necesitaba pasar o ganarle en una maniobra a alguien que estaba delante de él en la pista.

—Hablando de clientes —dijo Adam—, sus vendedores siguen dando tasas de interés a tanto por cada cien dólares, a pesar de que según el Acta de la Verdad en los Préstamos eso es ilegal.

—La gente lo prefiere así.

—Quiere decir que usted lo prefiere así. Especialmente cuando un interés que cita como «nueve por ciento cada cien» significa un interés verdadero de un poco más de dieciséis por ciento anual.

—Eso no es tan malo —insistió Smokey.

—Le concederé ese punto. Otros concesionarios hacen lo mismo. Lo que a ellos no les gustaría, sin embargo, es saber cómo los engaña habitualmente en los concursos de ventas de concesionarios. Pone fechas atrasadas en las órdenes de venta, cambia las fechas en otras…

Smokey gimió audiblemente. Sacudió una mano, rindiéndose.

—¡Basta, basta…!

Adam se detuvo.

Smokey Stephensen sabía que ese tipo Trenton tenía las pruebas. Smokey podía soslayar algunas, quizá todos los tejemanejes, pero esto no. Periódicamente los fabricantes de automóviles daban bonificaciones —por lo común de cincuenta a cien dólares por auto— por cada venta de un automóvil nuevo hecha durante períodos determinados. Esos concursos eran cuidadosamente vigilados, ya que había miles de dólares en danza, pero había maneras de burlar la vigilancia, y Smokey, en algunos casos, las había usado todas. Era el tipo de falsedad que el departamento de comercialización de un fabricante, si llegaba a saberlo, muy pocas veces perdonaba.

Smokey se preguntó si Adam sabía también lo de los autos de demostración —los modelos del año anterior— que el concesionario había vendido como nuevos después de cambiar los cuentakilómetros. Posiblemente lo sabía.

¿Cómo diablos puede un tipo saber tanto en tan poco tiempo?

Adam se lo podía haber explicado. Para un planificador de productos automovilísticos de primera clase, cosas como las encuestas de investigación, el seguimiento detallado, el análisis, la conjunción de información fragmentaria, eran tan habituales como respirar. Además, Adam estaba acostumbrado a trabajar rápido.

Smokey tenía los ojos fijos sobre el escritorio; parecía estar tomándose el tiempo para pensar que había pedido unos minutos antes. Ahora levantó la cabeza y preguntó suavemente:

—¿De qué lado está, de todas maneras? ¿Cuáles son los intereses que está resguardando?

Adam había previsto la pregunta. La noche anterior y esa mañana se la había formulado a sí mismo.

—Vine aquí representando a mi hermana Teresa, y su interés financiero del cuarenta y nueve por ciento en este negocio. Todavía la represento. Pero eso no quiere decir que condone la indignidad, aunque la hiciera Teresa, o su esposo Clyde, si estuviera vivo. Por esa razón voy a hacer lo que le he dicho.

—Con respecto a eso, lo primero que va a hacer es llamar al banco. ¿Verdad?

—Correcto.

—Bueno, señor Vivo, Noble y Bueno, le diré lo que va a pasar. Al banco le va a dar pánico. Los inspectores vendrán aquí esta tarde, mañana conseguirán una orden judicial, le pondrán candado al lugar, y se incautarán del stock. Y después va a entregar esas notas a los tipos de venta de su compañía. ¿Sabe lo que harán?

—Si no me equivoco, diría que le quitarán la representación.

—No se equivoca. Así sucederá.

Los dos hombres se miraron. El concesionario se inclinó sobre el escritorio.

—¿Y dónde quedan entonces Teresa y los chicos? ¿Cuánto piensa que valdrá el cuarenta y nueve por ciento de un negocio muerto?

—No sería un negocio muerto —dijo Adam—. La compañía pondría a alguien temporalmente hasta que se pudiera nombrar un nuevo concesionario.

—¡Un tipo temporario! ¿Y cómo piensa que manejará un negocio que no conoce? Directo a la quiebra, quizá.

—Ya que habla de quiebra —dijo Adam— ése parece ser el camino que tiene por delante en este momento.

Smokey golpeó el escritorio con el puño, con tanta furia, que todo saltó.

—¡No habrá quiebra si juego a mi manera! Si jugamos a la suya, sí.

—Eso es lo que usted dice.

—¡No importa lo que yo diga! ¡Haré que venga mi secretaria ahora mismo! ¡Se lo probaré!

—Ya estuve viendo los libros con la señorita Potts.

—¡Entonces, maldita sea, lo volverá a hacer conmigo! —Smokey estaba de pie, enfurecido, procurando dominar a Adam. Los puños del concesionario se abrían y se cerraban y sus ojos echaban chispas.

Adam se encogió de hombros.

Smokey usó una línea interna para llamar a Lottie. Cuando ella dijo que iría en seguida, él colgó de un golpe, respirando agitadamente.

 

Tardó una hora.

Una hora de discusiones, de aseveraciones hechas por Smokey Stephensen, de cálculos hechos por el concesionario que cubrían ahora todo el escritorio, de ampliación de los informes de Lottie Potts, de examen de antecedentes financieros que se remontaban a varios años atrás.

Al final Adam admitió que se podría hacer. Smokey podría, apenas podría, volver a estabilizar financieramente su negocio de aquí a un mes, pasando por alto ciertas cosas no ortodoxas y siempre que el nivel de ventas continuara creciendo. La alternativa era poner un gerente temporario que —según indicaba Smokey— podía resultar desastroso.

Pero para lograr la supervivencia de Stephensen Motors, Adam se vería obligado a condonar el engaño y la defraudación a los auditores bancarios. Él ya lo sabía; ya no era cuestión de adivinar. Durante la revisión de los hechos, Smokey admitió que estaba fuera de crédito y reconoció sus tejemanejes para sobrevivir a la verificación del día siguiente.

Adam habría querido no saberlo. Deseaba fervientemente que su hermana Teresa nunca lo hubiera metido en eso. Y por primera vez apreció la prudencia de las reglas de Conflicto de Intereses de su compañía, que prohibían que los empleados de las compañías automotrices se vincularan —financieramente o de otras maneras— con los concesionarios de autos.

Cuando Lottie Potts recogió sus libros y se fue, Smokey Stephensen se plantó con gesto desafiante, con los brazos en jarras, mirando a Adam.

—¿Y qué?

—Nada ha cambiado —dijo Adam sacudiendo la cabeza.

—Para Teresa cambiará —dijo suavemente Smokey—. Un mes, un cheque lindo y gordo, y el próximo mes, quizá, nada. Otra cosa, con respecto a todo lo que me echa en cara. Nunca me ha dicho que hubiera engañado a Teresa.

—Porque no lo ha hecho. En ese aspecto todo está en orden.

—Si hubiera querido, la habría engañado. ¿No es cierto?

—Supongo que sí.

—Pero no lo hice, y, ¿no fue eso lo que vino a averiguar?

—No del todo —dijo Adam, cansadamente—. Mi hermana quería un punto de vista a largo plazo —hizo una pausa y luego añadió—: También tengo una obligación con la compañía donde trabajo.

—Ellos no lo enviaron aquí.

—Lo sé. Pero no esperaba descubrir todo lo que he descubierto y ahora, como hombre de la compañía, no puedo olvidarlo.

—¿Seguro que no? ¿Ni siquiera por Teresa y los chicos?

—Seguro.

Smokey Stephensen se frotó la barba y caviló. Su furia externa había desaparecido, y cuando habló su voz era baja, y tenía un tono de ruego.

—Le pediré una cosa, Adam; claro que me ayudaría a mí, pero lo estaría haciendo por Teresa.

—¿Qué quiere que haga?

—¡Salga de aquí ahora mismo! ¡Olvídese de lo que ha descubierto hoy! Y déme dos meses para que pueda volver a ordenar mis finanzas; ya sabe que en el negocio no hay nada tan malo que no se pueda arreglar en ese tiempo.

—No sé.

—Pero sabe que el «Orion» está por llegar, y sabe lo que significará para las ventas.

Adam vaciló. La referencia al «Orion» era una banderilla en el morrillo. Si él creía en el «Orion», tenía que creer que, con él, Stephensen Motors se levantaría.

—Supongamos que estoy de acuerdo —dijo Adam secamente—. ¿Qué sucederá a los dos meses?

El concesionario indicó el cuadernillo de hojas sueltas.

—Le entregará eso a los tipos de comercialización de su compañía, como dijo que lo haría. Entonces también yo tendría que vender, o perder la representación, pero sería un negocio en crecimiento el que se vendería. Teresa conseguiría más del doble por su mitad, o tal vez más, de lo que conseguiría de una venta forzada en este momento.

Adam vaciló. Aunque seguía habiendo indignidad, el compromiso tenía una innegable lógica.

—Dos meses —rogó el excorredor—. No es mucho pedir.

—Un mes —dijo Adam decisivamente—. Un mes desde hoy; nada más.

Cuando Smokey se relajó visiblemente, sonriendo, Adam se dio cuenta de que lo habían engañado. Y ahora, tomada su decisión, Adam se sentía deprimido porque había actuado contra su propia conciencia y buen juicio. Pero estaba determinado a entregar las notas sobre Stephensen Motors al departamento de comercialización de su compañía, de aquí a un mes.

Smokey, a diferencia de Adam, no estaba deprimido sino eufórico. Aunque —con su instinto de concesionario— había pedido dos meses, no necesitaba más que uno.

En ese período podían pasar muchas cosas; siempre podía aparecer algo nuevo.