Ruedas

Arthur Hailey · Capítulo 6 de 32

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Ruedas

Capítulo 5

En el Centro de Diseño, a más o menos un kilómetro y medio de donde se daba fin a la conferencia de prensa, el olor de la arcilla para modelado era tan penetrante como de costumbre. Los empleados que trabajaban allí sostenían que luego de un tiempo dejaban de sentirlo. El olor era una suave pero persistente mezcla de sulfuro y glicerina que provenía de una docena de proyectos, vigilados por guardias de seguridad, dispuestos en redondo alrededor del centro. En esos proyectos iban tomando forma los modelos esculpidos de nuevos automóviles.

Y sin embargo los que entraban arrugaban la nariz con disgusto cuando el olor los golpeaba por primera vez, a pesar de que no eran muchos los visitantes que se acercaban a las fuentes del olor. La mayoría no llegaba mas que al hall de recepción exterior, o a una de la media docena de oficinas que lo seguían, e incluso allí eran recibidos y despedidos por guardias de seguridad y nunca se los dejaba solos. Al entrar se les entregaba botones de identificación basados en códigos de colores que definían —y limitaban estrictamente— las áreas hasta donde podían ser escoltados.

En ocasiones, la seguridad nacional y los secretos nucleares habían sido vigilados con mucho menos cuidado que los futuros modelos de automóviles.

Ni siquiera al propio personal de diseño se le permitía moverse sin restricciones. Los de menor antigüedad estaban limitados a uno o dos estudios y su libertad sólo aumentaba con el transcurrir de sus años de servicio. Esa precaución tenía sentido. Algunas veces los diseñadores eran cortejados por otras compañías y como cada estudio guardaba sus propios secretos, cuanto menos se enterara un individuo tanto menor sería la cantidad de información que podría llevarse consigo si se iba. Generalmente, la información que se le daba a un diseñador, sobre la actividad concerniente a nuevos modelos de automóviles se basaba en el principio de «sólo lo necesario». Sin embargo, a medida que los diseñadores adquirían mayor antigüedad en la compañía y se los «ataba» financieramente al darles acciones de la compañía, las medidas de seguridad se aflojaban y se les otorgaba una insignia distintiva — equivalente a una condecoración— que permitía que un individuo pasara a través de la mayoría de las puertas y los guardias. A pesar de todo, el sistema no siempre funcionaba, porque ocasionalmente un diseñador de primera se pasaba a una compañía competidora con una compensación financiera tan suculenta como para superar cualquier otra consideración. De esa manera cuando un diseñador se marchaba, se iban con él años de conocimientos y experiencia. Algunos diseñadores de la industria automotriz habían trabajado, en su momento, en todas las compañías principales, a pesar de que Ford y General Motors tenían un acuerdo tácito por el cual ninguna se interesaba en los diseñadores de la otra, por lo menos de manera directa. Chrysler tenía menos inhibiciones.

Sólo a unos pocos individuos se les permitía ir a cualquier parte dentro del Centro de Diseño. Estos eran los directores de diseño y los jefes de estudio. Uno de ellos era Brett DeLosanto, que esa mañana caminaba sin prisa por un agradable patio cerrado con cristales que conducía al estudio X. Era un estudio que, en ese momento, tenía tanta relación con los otros del edificio como tiene la Capilla Sixtina con la nave de la basílica de San Pedro.

Al acercársele Brett, el guardia de seguridad dejó a un lado su periódico.

—Buenos días, señor DeLosanto —el hombre miró de arriba abajo al joven diseñador, y luego silbó suavemente—. Debería haber traído mis gafas negras.

Brett DeLosanto se rió. Generalmente era una figura muy extravagante, con su pelo largo pero cuidadosamente peinado, largas y espesas patillas y una bien recortada barba y hoy había acentuado el efecto usando una camisa rosa con corbata color verde, pantalones y zapatos que hacían juego con la corbata, y rematando todo el conjunto con una chaqueta de cachemira blanca.

—Así que le gusta el conjunto, ¿eh?

—Bueno, señor, se podría decir que es diferente —dijo el guardia considerando la pregunta. Era un exsoldado del ejército, de pelo entrecano que doblaba en edad a Brett.

—La única diferencia entre usted y yo, Al, es que yo diseño mis propios uniformes. —Brett indicó hacia la puerta del estudio—. ¿Sucede algo nuevo allí hoy?

—Están los de costumbre, señor DeLosanto. Y sobre lo que sucede, cuando vine aquí me dijeron: «manténgase de espaldas a la puerta y con la vista al frente».

—Pero usted sabe que el «Orion» está allí dentro. Debe de haberlo visto.

—Sí, señor. Lo he visto. Cuando vinieron los grandes jefes para el día del «visto bueno» y se lo llevaron al salón de exhibición.

—¿Y qué le pareció?

—Le voy a decir qué me pareció, señor DeLosanto —dijo sonriendo el guardia—. Creo que usted y el «Orion» tienen mucho en común.

Luego de que la puerta exterior se cerrara sólidamente tras él, mientras entraba al estudio, Brett reflexionó: «Si eso fuera verdad, difícilmente podría sorprender a nadie.»

Una gran parte de su vida y de su talento creativo habían estado al servicio del «Orion». Había veces, en momentos de evaluación subjetiva, en las que se preguntaba si no había dado demasiado de sí. En más ocasiones de lo que le gustaba recordar, más de un centenar, había pasado por esa misma puerta, durante días frenéticos y noches largas y agotadoras. Épocas de agonía y de éxtasis durante las cuales el «Orion» había pasado de ser el embrión de una idea a un automóvil terminado.

Brett había intervenido desde el principio.

Incluso antes de que comenzara el trabajo de estudio, él y otros miembros del departamento de Diseño habían sido informados de todas las investigaciones, estudios de mercado, crecimiento de la población, economía, cambios sociales, grupos de edad, necesidades e inclinaciones de la moda. Se fijó un costo aproximado. Luego se llegó al concepto básico de un automóvil completamente nuevo. Durante los meses que siguieron, se discutió el criterio de diseño en sucesivas reuniones de planificadores de producto, diseñadores e ingenieros. Después, trabajando en conjunto, los ingenieros diseñaron una unidad motriz mientras que los diseñadores, entre los que se contaba Brett, comenzaban a garabatear, hasta que sus dibujos se fueron concretando y las líneas y el contorno del automóvil comenzaron a tomar forma. Y mientras eso sucedía las esperanzas aumentaban y disminuían; los planes iban bien, después mal, y otra vez bien; las dudas aparecían, desaparecían y volvían a aparecer. Centenares de personas dentro de la compañía, comandadas por una media docena de directivos, habían intervenido en el proyecto.

Se hicieron infinidad de cambios de diseño, algunos provocados por la lógica y otros solamente por la intuición. Y más tarde comenzaron los ensayos. Finalmente, y a Brett siempre le parecía que demasiado pronto, llegó la aprobación de la Gerencia para que empezara la producción, y entonces el coche quedó a cargo del departamento de Manufactura. Ahora, bien avanzada la planificación de producción, en menos de un año el «Orion» pasaría por el test más crítico de todos: la aceptación o rechazo del público. Y durante todo ese tiempo, a pesar de que era imposible que un solo individuo fuera el único responsable de un automóvil, de todo el equipo de diseño Brett DeLosanto había sido el que más había implantado en el «Orion» sus propias ideas, aptitud artística y sus esfuerzos.

Brett y Adam Trenton.

Adam Trenton era la causa de que Brett hubiera venido a trabajar más temprano que de costumbre esa mañana. Los dos habían planeado ir juntos al campo de pruebas de la compañía, pero acababa de llegar un mensaje de Adam, anunciándole que se atrasaría. Brett estaba amoscado por haber tenido que levantarse sin necesidad, ya que era menos disciplinado que Adam en sus hábitos de trabajo, y prefería dormir hasta tarde. Pero luego decidió pasar unos minutos solo junto al «Orion». Abrió una puerta interna, y entró al estudio principal.

Había varias áreas de trabajo brillantemente iluminadas donde se llevaba a cabo el desarrollo de los modelos de arcilla de los derivados del «Orion»; una versión deportiva que aparecería dentro de tres años, una rural y otras variaciones del diseño original que podrían ser usadas o no en los años venideros.

El «Orion» original, el automóvil que sería presentado al público en el término de un año, estaba al final del estudio puesto sobre una alfombra de color gris suave, brillantemente iluminado por reflectores. El modelo había sido terminado en un color azul celeste. Brett se dirigió hacia él mientras sentía que lo dominaba una sensación de exaltación, sensación que sabía que iba a aparecer, que lo había movido a entrar al estudio.

El coche era pequeño, compacto, esbelto y de finas líneas. Tenía lo que los planificadores de venta habían dado en llamar una «apariencia tubular envolvente», claramente influida por los diseños de proyectiles, lo que le daba una apariencia funcional pero sin quitarle estilo o encanto. Algunos detalles de la carrocería eran revolucionarios. Por primera vez en un automóvil había visión total sobre la línea media. Los fabricantes habían estado hablando de techos burbuja durante décadas, pero apenas si habían experimentado tímidamente con ellos. Esta vez el «Orion» había conseguido ese mismo efecto pero sin pérdida de fuerza estructural. Dentro del techo de cristal transparente se habían moldeado de modo casi invisible unos flejes verticales de fino acero, altamente resistentes a la tracción y que los diseñadores llamaban pilares A y C. El resultado era un «invernadero» (otro término de la jerga de los diseñadores, referido a la parte superior de la carrocería de cualquier coche) mucho más fuerte que en los automóviles convencionales, como lo había confirmado por una dura serie de choques y vuelcos. La carrocería permitía un amplio espacio para las cabezas en su interior. La misma espaciosidad, sorprendente en un automóvil tan pequeño, se extendía más abajo de la línea media donde el diseño era grácil y avanzado sin llegar a la extravagancia, lo que hacía que el «Orion» fuera agradable de mirar desde cualquier ángulo.

Brett sabía que en su interior las innovaciones de ingeniería estarían a la altura de su apariencia exterior. Una muy notable, la inyección electrónica de combustible, reemplazaba al carburador convencional. Este último era un retraso anacrónico de los motores primitivos y ya hacía tiempo que debería haber sido eliminado. El control del sistema de inyección de combustible era una de las muchas funciones de la computadora que estaba a bordo del «Orion» y que tenía un tamaño de una caja de zapatos.

Sin embargo el modelo del estudio X no tenía nada mecánico. No era más que un caparazón de fibra de vidrio que había sido vaciado sobre una escultura original en arcilla, pero aun para una inspección muy estricta era difícil descubrir si el automóvil que brillaba bajo las luces era real o no. El modelo había sido dejado allí para que se le pudiera comparar con otros modelos que aparecerían más tarde y para que el personal jerárquico de la compañía lo visitara, lo revisara, se preocupara y renovara su fe en él. La fe era muy importante. Una cantidad inmensa del dinero de los accionistas, amén de la carrera y la reputación de todos los que habían intervenido en él, desde el presidente del Consejo hasta el último empleado, viajaba sobre las ruedas del «Orion». En ese momento la Dirección ya había aprobado gastos por más de un centenar de millones de dólares para planificación y producción y posiblemente se presupuestarían muchos millones más antes de la fecha de su presentación.

Brett recordó que una vez había oído describir a Detroit como «un centro de tahúres más grande que Las Vegas y con apuestas más elevadas». Este terrestre pensamiento le llamó la atención sobre cosas más prácticas, como el hecho de que todavía no había tomado el desayuno.

 

Algunos directores de diseño ya estaban desayunando en su comedor cuando entró Brett DeLosanto. Como le era característico, en vez de hacer su pedido a una de las camareras, Brett entró a la cocina donde bromeó con los cocineros, que lo conocían muy bien, y les insistió para que le preparasen huevos a la Benedict, que nunca estaban en el menú habitual. Luego volvió a reunirse con sus colegas, sentados a la enorme mesa redonda del comedor.

Había dos visitantes en la mesa, estudiantes del Colegio Central de Arte del Diseño de la ciudad de Los Angeles, donde el mismo Brett DeLosanto se había graduado cinco años antes. Uno de ellos era un joven pensativo que en ese momento estaba trazando curvas con la uña sobre el mantel. Lo acompañaba una chica de diecinueve años y ojos brillantes.

Después de echar una mirada alrededor para asegurarse de que lo escuchaban, Brett continuó con la conversación que había comenzado el día anterior con los estudiantes.

—Si vienen a trabajar aquí —les aconsejó— deberían instalarse filtros en el cerebro para no dejar pasar las ideas antediluvianas que estos viejitos pretenden inculcarles.

—Para Brett un viejito es cualquiera que haya tenido edad para votar cuando eligieron a Nixon —dijo un diseñador de unos treinta años que estaba al otro lado de la mesa.

—El anciano que acaba de hablar —informó Brett a los estudiantes— es nuestro señor Robertson, que diseña elegantes automóviles familiares que parecerían mucho mejor si tuvieran varas y un caballo adelante. Además endosa sus cheques con una pluma de ganso y ya está tramitando la jubilación.

—Una cosa que nos encanta en el joven DeLosanto —interrumpió un diseñador de pelo entrecano— es su respeto a la experiencia y la edad. —El diseñador era Dave Heberstein, jefe de estudio de Color e Interiores.

—A propósito, ¿dónde es el baile de disfraces de esta noche? —preguntó luego de inspeccionar la extravagante pero esmerada apariencia de Brett.

—Si estudiaras mi exterior más cuidadosamente —replicó Brett—, para luego aplicarlo a tus interiores, provocarías aluviones de clientes.

—¿Hacia nuestros competidores? —preguntó otro.

—Solamente si me fuera a trabajar para ellos.

Brett sonrió. Desde su llegada como novicio a la compañía había mantenido ese descarado tipo de conversación con la mayoría de sus compañeros de trabajo y ellos hasta parecían divertirse con su actitud. Esto no había afectado al progreso de Brett como diseñador de automóviles, que había sido meteórico. A los veinticinco años de edad tenía el mismo nivel jerárquico que la mayoría, con la lógica excepción de algunos jefes superiores de la especialidad.

Unos años antes habría parecido inconcebible que los guardias de seguridad del portón principal dejaran pasar a alguien con la apariencia de Brett DeLosanto, y ni hablar de que le permitieran trabajar en la estratificada atmósfera de un estudio de diseño. Pero los conceptos habían cambiado. Hoy la gerencia se daba cuenta de que era más probable que los automóviles de avanzada fueran creados por diseñadores que estuvieran en lo actual y que encararan la moda con espíritu imaginativo y experimental, incluso en su propia apariencia. Continuando con esa línea se permitía, dentro de lo razonable, que los diseñadores estilistas más cotizados como Brett eligieran sus propias horas de trabajo, pero también se esperaba que trabajaran mucho y fueran productivos.

Brett DeLosanto a menudo llegaba tarde, haraganeaba, o algunas veces desaparecía por completo durante un día, para luego dedicarse a trabajar durante las solitarias horas de la noche. Nunca se le decía nada porque sus antecedentes eran excepcionalmente buenos y porque asistía a las reuniones de personal cuando se le ordenaba específicamente.

—Una de las cosas que les dirán los ancianos —dijo volviendo a dirigirse a los estudiantes— incluyendo a algunos de los que están aquí sentados comiendo huevos fritos… ¡ah! Muchas gracias. —Brett hizo una pausa mientras una camarera le servía sus huevos a la Benedict, y luego continuó—: Les dirán que ya no hay cambios importantes en el diseño de un automóvil. Dicen que de hoy en adelante sólo habrá transiciones y un desarrollo ordenado. Eso mismo pensaban los dueños de las fábricas de gas antes de que Edison inventara la luz eléctrica. Y yo les aseguro que habrá algunos cambios de diseño. ¿Cuál es la razón? Pronto recibiremos nuevos materiales para trabajar y ésa es una área en la que muy poca gente se fija, porque no se les ha ocurrido meditar en las fantásticas posibilidades que se presentan.

—Pero tú te fijas, ¿no es cierto, Brett? Te fijas por todos nosotros —dijo alguien.

—Exacto —Brett DeLosanto cortó una sustanciosa porción de huevos a la Benedict y la atravesó con su tenedor—. Quédense tranquilos, muchachos. Yo me encargaré de que no pierdan el empleo.

—¿Es verdad que en lo sucesivo los nuevos diseños serán principalmente funcionales? —dijo la joven estudiante de ojos brillantes.

—Pueden ser funcionales e imaginativos —contestó Brett con la boca llena.

Heberstein, el jefe de Color e Interiores, miró con disgusto el nutritivo plato de Brett, y luego dijo a los estudiantes:

—Casi todo buen diseño es funcional. Siempre lo ha sido. Las excepciones son aquellas formas puras del arte que no tienen otro propósito que el de ser hermosas. Solamente cuando el diseño no es funcional se transforma en un mal diseño o algo parecido. Los proyectistas de la época victoriana hacían diseños pesados y no funcionales, y por eso muchos de ellos son espantosos. Y fíjense que todavía hacemos lo mismo cuando ponemos enormes aletas de cola o excesivos cromados. Afortunadamente estamos aprendiendo a hacerlo cada vez menos.

—El «Volkswagen» es totalmente funcional. Pero no se le podría llamar hermoso —dijo el estudiante pensativo, dejando de hacer dibujos sobre el mantel.

Brett DeLosanto enarboló su tenedor y tragó apresuradamente antes de que alguien pudiera hablar:

—Es en eso, mi amigo, en donde usted y el resto del público del mundo han sido crédulamente engañados. El «Volkswagen» es un fraude, una gigantesca patraña.

—Es un buen automóvil —dijo la muchacha—. Yo tengo uno.

—Por supuesto que es bueno —Brett engulló un poco más de su almuerzo mientras los jóvenes diseñadores del futuro lo miraban con curiosidad.

—Cuando se saque la cuenta de todos los coches sobresalientes de este siglo, el «Volkswagen» estará junto a los «Pierce-Arrow», el «Ford Modelo T», el «Chevrolet 6» de 1929, el «Packard» de antes de la década del 40, el «Rolls Royce» de antes de la década del 60, el «Lincoln», el «Chrysler Airflow», los «Cadillac» de la década del 30, el «Mustang», el «Pontiac GTO», el «Thunderbird» de dos plazas, y algunos otros. Pero el «Volkswagen» sigue siendo un fraude porque su campaña de ventas ha convencido a la gente de que es un coche feo. Y en realidad no lo es, o no hubiera durado la mitad de lo que lo ha hecho. Lo que el «Volkswagen» tiene es forma, equilibrio, sentido de la simetría y un toque de genialidad y si fuera una escultura en bronce en vez de un automóvil estaría en un pedestal. Pero como al público le han metido en la cabeza la idea de que es feo, se han tragado el anzuelo y ustedes también. Claro que a todos los dueños de automóviles les gusta engañarse.

—Tengo que irme —declaró alguien.

Las sillas se echaron atrás y la mayoría comenzó a marcharse hacia sus diferentes estudios. El jefe de Color e Interiores se detuvo junto a las sillas de los dos estudiantes.

—Si filtran la verborrea de este jovencito, de la misma manera que él los aconsejó al principio, quizás encuentren una o dos perlas —les advirtió.

—Cuando yo haya terminado —dijo Brett conteniendo una salpicadura de huevo y café con una servilleta— tendrán suficientes perlas como para hacer un collar.

—Qué lástima que no puedo quedarme —Heberstein sacudió la cabeza amablemente desde la puerta—. ¿Puedes venir a mi oficina más tarde, Brett? Tenemos un informe sobre una tela y creo que querrás conocerlo.

—¿Siempre es así? —preguntó el joven mirando curiosamente a Brett y volviendo a dibujar parábolas sobre el mantel.

—Aquí dentro, generalmente sí. Pero no se dejen engañar por todas esas tonterías. Detrás de ellas se ponen en marcha muchas buenas ideas.

Eso era verdad. Las gerencias de las compañías automotrices alentaban a los diseñadores, como a todos aquellos que trabajaban en la faz creativa, para que comieran juntos en los comedores privados de la compañía. Cuanto más alta era la jerarquía de un individuo más placenteros y exclusivos se tornaban esos privilegios. Pero, en cualquier nivel que estuvieran, en la mesa terminaban invariablemente por hablar del trabajo. Entonces las mejores inteligencias echaban chispas y ocasionalmente las ideas brillantes tenían su génesis con los fiambres o el postre. Los comedores del personal superior daban pérdidas, pero la gerencia las aceptaba alegremente, considerándolas como una inversión que daba buenos dividendos.

—¿Por qué dijo que a los dueños de los automóviles les gusta engañarse? — preguntó la joven.

—Porque sabemos que es así. Es un lado de la naturaleza humana con el que tendrán que aprender a vivir —Brett se retiró un poco de la mesa y echó atrás su silla —. La mayor parte de los ciudadanos que viven en esta tierra comunitaria adoran los automóviles que tienen buen aspecto exterior. Pero también les gusta pensar que son seres racionales. Y entonces ¿qué sucede? Se engañan. Una buena cantidad de esos ciudadanos no admitiría, ni para sus adentros, sus verdaderas motivaciones en la compra de un automóvil en forma de torpedo.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

—Es muy simple. Si lo único que se pretende es un transporte digno de confianza, y así lo afirman muchos, lo que necesitan es el automóvil más económico, simple, barato y espartano de la línea de «Chevrolet», «Ford» o «Plymouth». Y sin embargo la mayoría quiere algo más. Porque tener un automóvil bonito, lo mismo que llevar a una chica sexy del brazo o poseer una casa moderna, provoca una cálida e íntima sensación. No hay nada de malo en eso. Pero como les parece que sí, por eso se engañan.

—Entonces las investigaciones de consumidores…

—¡Son cuentos! Muy bien, supongamos que mandamos a una chica con un anotador para que le pregunte a un tipo que viene por la calle qué es lo que quiere de su próximo automóvil. En ese mismo instante él decide impresionarla, y entonces le da una larga lista de todas esas cosas simples como habitabilidad, kilómetros por litro, seguridad, valor de reventa. Y si es un cuestionario escrito, sin firma, hará lo mismo para impresionarse a sí mismo. En ambos casos, la apariencia del auto será lo último que ponga, y eso si es que lo menciona. Pero cuando llegue el momento de comprar y vaya a un salón de ventas, aunque no lo admita, buscará antes que cualquier otra cosa un automóvil que le guste por su línea.

Brett se puso de pie y se estiró.

—También encontrarán otros que les dirán que el idilio del público con los automóviles ha terminado. ¡Están locos! Todavía estaremos por aquí durante un tiempo, porque el público, a pesar de sus inhibiciones, sigue siendo amigo del diseñador.

Miró su reloj. Todavía le quedaba media hora antes de encontrarse con Adam Trenton para ir al campo de pruebas, lo que le daba tiempo suficiente para detenerse en Color e Interiores.

—¿Y qué les parece todo esto? —preguntó Brett a los estudiantes al salir del comedor.

Su curiosidad era genuina. Pocos años atrás el mismo Brett había hecho lo que los dos estudiantes estaban haciendo ahora. Las compañías de automotores invitaban habitualmente a los estudiantes de las escuelas de diseño y los trataban como a gente muy importante. Así los muchachos podían ver por sí mismos el tipo de ambiente en que tendrían que trabajar después. Los fabricantes de automóviles también cortejaban a los estudiantes en sus escuelas. Equipos de los Tres Grandes visitaban los colegios de Diseño varias veces por año, compitiendo permanentemente por atraer a lo más prometedor de los futuros graduados. Esto también era cierto en otras áreas de la industria, como ingeniería, ciencias, finanzas, comercialización y leyes. De esa manera las compañías automotrices, con sus opulentas escalas de sueldos y beneficios que incluían la promoción planificada, seleccionaban una gran proporción de los mejores talentos. Algunos, entre los que se incluían los cerebros de la misma industria, sostenían que ese proceso era injusto porque los fabricantes de automóviles monopolizaban demasiado las mejores inteligencias, cuando más se necesitaban pensadores para resolver los problemas mayores, más urgentes y complejos de la humanidad. De todas maneras ningún otro grupo o industria conseguía reclutar una corriente tan constante de realizadores de primera clase. Brett DeLosanto había sido uno de ellos.

—Es emocionante —contestó la joven de los ojos brillantes—. Es como participar en la creación, en algo real. Por supuesto que asusta un poco. Hay tantos competidores y uno sabe lo buenos que deben de ser. Pero si uno triunfa aquí, triunfa en serio.

Ella tenía la actitud necesaria, pensó Brett. Lo único que necesitaba era talento y un empuje especial para sobreponerse a los prejuicios de la industria en contra de las mujeres que querían ser algo más que secretarias.

—¿Y usted qué piensa? —le preguntó al joven.

El joven pensativo sacudió la cabeza. Tenía fruncido el ceño.

—No estoy seguro. De acuerdo, todo es grande, hay abundancia por todos lados, se hacen grandes esfuerzos. Supongo que es emocionante como dice ella —cabeceó hacia la joven—. Y sin embargo sigo pensando si vale la pena. Quizás esté loco y ya sea demasiado tarde porque he hecho todo o la mayor parte del curso de diseño. Pero uno no puede evitar preguntarse qué importancia tiene todo esto para un artista. ¿Es para todo esto para lo que uno quiere dar su sangre y su vida?

—Tienen que gustarle los coches para trabajar aquí —dijo Brett—. Tiene que quererlos tanto que pasen a ser la cosa más importante que hay. Tiene que respirar, comer y dormir automóviles e incluso recordarlos a veces cuando está haciendo el amor. Uno se despierta a la noche y piensa en automóviles, los que está diseñando y los que quisiera diseñar. Es como una religión. Si no lo siente así, éste no es su lugar —terminó secamente.

—Pero yo los quiero —dijo el joven—. Los quiero desde que tengo memoria, así, como usted dice. Claro que últimamente… —dejó la frase colgando como si no tuviera deseos de dar nuevamente voz a una herejía.

Brett no hizo ningún comentario. Opiniones y evaluaciones de esta clase eran subjetivas, y las decisiones que se tomaran a causa de ellas eran personales. Nadie podía ayudar porque al final todos tendrían sus propias ideas, valores, y, a veces, conciencia. Además había otro factor que Brett no tenía ninguna intención de discutir con estos dos y era que últimamente él se había hecho esas mismas preguntas y experimentado esas mismas dudas.

El jefe de Color e Interiores tenía un esqueleto a la entrada de su oficina, que se usaba para estudios de anatomía en relación con los asientos de un automóvil. El esqueleto colgaba a pocos centímetros del piso y estaba suspendido del techo por una cadena sujeta a una placa que tenía en el cráneo. Brett le estrechó la mano antes de entrar.

—Buenos días, Ralph —le dijo.

—Entremos —dijo Dale Heberstein, saliendo de atrás de su escritorio e indicando hacia el estudio principal. Al pasar palmeó afectuosamente al esqueleto. —Un empleado leal y útil, que nunca critica y nunca pide aumento de sueldo.

El Centro de Color al que entraban era una vasta cámara circular coronada por una cúpula, y construida principalmente en vidrio que dejaba entrar a torrentes la luz del día. La cúpula le daba un efecto de catedral que hacía que varios de los cubículos cerrados, en donde se examinaban las muestras de telas y de colores bajo luz controlada, parecieran capillas. Una espesa alfombra amortiguaba el ruido. Por la habitación había paneles exhibidores, muestras de material de terminación rígida y flexible y un archivo que reunía todos los colores del espectro y además un millar de subcolores.

—Esto es lo que quería que vieras —le dijo Heberstein a Brett DeLosanto, deteniéndose junto a una mesa de exhibición.

Bajo un vidrio se habían distribuido una media docena de muestras de tapizado, cada una identificada por el número de tejedura y de compra. Había otras muestras similares sueltas sobre la mesa. A pesar de sus diversos colores todas tenían el mismo nombre genérico: «Mimbre Metálico.»

—¿Recuerdas esto? —dijo Dale Heberstein levantando una.

—Seguro —asintió Brett—. Me gustó en su momento y todavía me gusta.

—A mí también. En realidad yo recomendé su uso —Heberstein tocó con un dedo la muestra, que era agradablemente suave al tacto. Como todas las demás, tenía un atractivo diseño de puntos plateados—. Es un tejido rizado con un hilo metálico.

Los dos hombres sabían que la tela había sido presentada como un «opcional» de costo extra con los últimos modelos de lujo de la compañía. Había resultado popular y pronto la harían para el «Orion», en diferentes colores.

—¿Y a qué viene tanto alboroto? —preguntó Brett.

—Cartas —dijo Heberstein—. Cartas de clientes que comenzaron a llegar hace un par de semanas —sacó un llavero del bolsillo y abrió un cajón de la mesa de exhibición. Adentro había una carpeta que contenía un par de docenas de fotocopias de cartas—. Lee algunas.

La correspondencia, que provenía principalmente de mujeres o de sus maridos, aunque algunos abogados también habían escrito en nombre de sus clientes, tenía un tema común. Las mujeres se habían sentado en sus automóviles usando abrigos de visón. En cada caso, al salir del auto, parte del visón se había adherido al asiento, pelando y estropeando el abrigo. Brett silbó suavemente.

—Ventas procesó el asunto en la computadora —confió Heberstein—. En cada caso el automóvil en cuestión tenía asientos tapizados con «mimbre metálico». Entiendo que están llegando muchas más cartas.

—Es evidente que ya hicieron pruebas —Brett le devolvió la carpeta con las cartas—. ¿Qué es lo que demuestran?

—Demuestran que todo el asunto es muy simple pero el problema es que a nadie se le ocurrió antes de que sucediera. Al sentarte, la tela se abre, lo que es normal, pero en este caso lo que también se abre son los hilos metálicos. Eso también está bien, a menos que estés usando visones. Te levantas y los hilos se cierran, atrapan los pelos del visón y los arrancan. De esa manera se puede deteriorar un abrigo de tres mil dólares con sólo dar una vuelta a la manzana.

—Si se corre la noticia, todas las mujeres del país que tengan un visón estropeado van a salir corriendo a dar una vuelta para poder iniciarnos demanda por el valor de un abrigo nuevo —dijo Brett sonriendo.

—No sé de qué te ríes. En Personal ya cundió el pánico.

—¿Suspendieron la producción de la tela?

—Desde esta mañana —asintió Heberstein—. Y de ahora en adelante tenemos una prueba más para telas nuevas. Indudablemente, se va a llamar la «prueba del visón».

—¿Y qué sucede con los asientos que ya han sido entregados?

—Sólo Dios lo sabe. Me alegro de que ese asunto no sea problema mío. Lo último que supe es que había llegado al presidente del Consejo. Sé que el departamento legal está atendiendo silenciosamente las demandas a medida que llegan. Ya han calculado que habrá unas cuantas demandas falsas, pero prefieren pagarlas si con eso hay posibilidad de escamotear todo este asunto.

—¡El caso del visón escamoteado!

—Guárdate los chistes estúpidos —dijo hoscamente el jefe del estudio—. Por supuesto que la información te llegará a través de los canales normales, pero pensé que tú y algunos otros debíais enteraros inmediatamente a causa del «Orion».

—Gracias —Brett asintió pensativamente. Era verdad, eso provocaría cambios en los planes del «Orion», aunque ese aspecto en particular no era de su responsabilidad. Y sin embargo estaba agradecido por otra razón.

Decidió en ese momento que en los próximos días debería cambiar su automóvil o cambiarle los asientos. El coche de Brett estaba tapizado con «mimbre metálico» y como casualmente planeaba hacer un regalo de cumpleaños —un abrigo de visón— durante el mes siguiente, no tenía ningún deseo de verlo pelón. El visón, que indudablemente sería usado dentro de su automóvil, era para Bárbara.

Bárbara Zaleski.