Ruedas

Arthur Hailey · Capítulo 4 de 32

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Ruedas

Capítulo 3

A las siete y media de la mañana, mientras miles de personas del gran Detroit ya llevaban horas levantadas y se encontraban en su trabajo, otras —por elección o por la naturaleza de sus ocupaciones— todavía estaban en la cama.

Alguien que seguía en la cama por elección era Erica Trenton.

Estaba despierta, sintiendo la suavidad de las sábanas de satén de la ancha cama estilo francés, contra la firme superficie de su cuerpo joven, aún tenía sueño y tenía intención de quedarse por lo menos otras dos horas.

Somnolentamente, consciente sólo a medias de sus propios pensamientos, soñaba con un hombre… no con un hombre en particular, sólo con una vaga figura… que la excitaba sensualmente, penetrándola una y otra vez, profundamente… como su esposo no lo había hecho por lo menos en las últimas tres semanas o el último mes.

Mientras derivaba, como en una marea que se mecía suavemente entre el despertar y la vuelta al sueño, Erica pensaba que no siempre había sido perezosa para levantarse. En las Bahamas, donde había nacido y vivido hasta su casamiento con Adam, cinco años atrás, se levantaba a menudo antes de la madrugada para ayudar a botar un barquichuelo desde la playa, para luego manejar el motor fuera de borda, mientras su padre pescaba y nacía el sol. A su padre le gustaba comer pescado fresco en el desayuno, y los últimos años pasados en su hogar era Erica quien se lo cocinaba cuando volvían a casa.

En Detroit, durante los primeros tiempos de su matrimonio, Erica había seguido el mismo sistema, levantándose temprano con Adam para tomar juntos el desayuno. El apreciaba los dones naturales de su esposa para cocinar, dones que ella usaba con imaginación, incluso en la más simple de las comidas. Por deseo de Erica no tenían sirvienta, lo que hacía que ella estuviera siempre ocupada, especialmente desde que los mellizos de Adam, Greg y Kirk, que estaban en un colegio preparatorio cercano, venían durante la mayor parte de los fines de semana y durante las vacaciones.

Esa era la época en que había estado preocupada por la aceptación de los muchachos. Adam se había divorciado de la madre de los chicos a principios de ese mismo año, pocos meses antes de conocer a Erica y del comienzo de su corto noviazgo que pasó con la velocidad de un jet. Pero Erica había sido aceptada instantáneamente por Greg y Kirk, incluso parecía que con agradecimiento, ya que habían visto muy poco a sus padres en años anteriores; Adam había estado dedicado a su trabajo, y Francine, la madre de los chicos, igual que ahora, viajaba frecuentemente al extranjero. Además la edad de Erica era más cercana a la de los muchachos. En aquel entonces apenas tenía veintiún años, mientras que Adam le llevaba dieciocho, a pesar de que la diferencia de edades no había parecido tener importancia. Por supuesto, los años que separaban a Adam y Erica eran siempre los mismos excepto que hoy en día, cinco años después, la brecha parecía ser mayor, más considerable.

Una razón obvia era que al principio se habían devorado sexualmente. Por primera vez habían hecho el amor, tempestuosamente, en una playa de las Bahamas bañada por la luna. Erica todavía lo recordaba: la cálida noche con aroma a jazmines, la arena blanca, el suave golpear de las olas, la brisa que movía las palmeras, la música que llegaba desde un crucero iluminado anclado en la rada de Nassau. Hacía unos pocos días que se habían conocido. Como resultado de su divorcio Adam había ido allí de vacaciones con unos amigos de Cayo Lyford, que le habían presentado a Erica en un local nocturno de Nassau llamado Charley Charley's. Pasaron el siguiente día juntos, y todos los que siguieron.

La noche en la playa no había sido la primera, pero en las otras ocasiones se había resistido a Adam; la última vez se había dado cuenta de que no podía resistirse más y sólo le pudo murmurar irremediablemente:

—Puedo quedar embarazada.

—No importa, porque te vas a casar conmigo —había susurrado él, a su vez.

Pero no había quedado embarazada, a pesar de lo mucho que siempre lo había deseado.

De allí en adelante, luego de su casamiento un mes más tarde, habían hecho el amor frecuentemente y apasionadamente, casi todas las noches sin falta, y aún más extenuándose por las mañanas. Incluso de vuelta en Detroit persistían las sesiones de amor por la noche y la mañana, a pesar de lo temprano que Adam comenzaba su trabajo, el cual, como pronto descubrió Erica, era parte de la vida de un ejecutivo de la industria automovilística.

Pero a medida que pasaron los meses y luego los primeros años, la pasión de Adam fue en disminución. Erica se daba cuenta de que nunca podrían haber mantenido el mismo ritmo frenético del principio. Pero lo que no esperaba era que la declinación hubiese llegado tan pronto. Era indudable que ella se sentía más consciente del cambio porque tenía muchas menos ocupaciones. Ultimamente Greg y Kirk venían muy poco, ya que habían dejado Michigan para ir a la facultad. Greg iba a Columbia para matricularse en la facultad de Medicina y Kirk a la Universidad de Oklahoma para graduarse en periodismo.

«Todavía estaba como a la deriva… todavía no estaba completamente dormida.» La casa, cercana al lago Quarton en un suburbio norteño de Birmingham, estaba en silencio. Adam se había ido. Como la mayoría de los miembros de nivel jerárquico de la industria automotriz, llegaba a su escritorio alrededor de las siete y media, y cuando llegaban las secretarias ya había estado trabajando durante una hora. Además, como era su costumbre, Adam se había levantado a tiempo para hacer sus ejercicios, y dar una carrerita de diez minutos por afuera, para luego prepararse su propio desayuno, después de bañarse, como acostumbraba a hacerlo últimamente. Erica había perdido el hábito de preparárselo luego de que Adam le había dicho un día, cándidamente, que ella tardaba mucho en hacerlo. Ya no disfrutaban más del tranquilo cuarto de hora juntos en la mesa y, a diferencia de los primeros años, se irritaba e impacientaba, deseando estar ya en camino. Una mañana le había dicho simplemente que se quedara en la cama y que él mismo se prepararía el desayuno. Y había continuado haciéndolo todas las mañanas desde el día siguiente. A Erica le deprimía la idea de que ya no le era útil a Adam al principio de su día, y que sus imaginativos desayunos y su propia presencia en la mesa eran más irritantes que agradables para él.

Erica encontraba que la preocupación cada vez menor de Adam por lo que sucedía en su hogar, sumada a su total dedicación al trabajo, era una combinación que la disgustaba cada vez más. Por otra parte, él era tediosamente considerado con ella. Cuando sonaba el despertador, Adam lo paraba rápidamente antes de que pudiera despertar a Erica, y se levantaba en seguida, a pesar de que no parecía haber pasado mucho tiempo desde que tenían la costumbre de estirar instintivamente los brazos uno hacia el otro al despertarse, y a veces hacían el amor, descubriendo que podían llegar mutuamente al climax, febrilmente y con más rapidez que a la noche. Y luego, mientras Erica permanecía acostada, sin respiración y con el corazón latiendo fuertemente, demorándose un poco más, Adam le susurraba mientras se apartaba de ella y de la cama:

—No hay mejor manera de comenzar el día.

Pero ya no. Nunca más a la mañana y rara vez a la noche. Y podrían haber sido dos extraños por las mañanas, por el poco contacto que tenían. Adam se despertaba rápidamente, y, luego de concluir sus rápidas rutinas, se iba.

Erica pensó cambiar la rutina esa mañana para unirse con Adam, cuando lo oyó moviéndose en el baño y la planta baja. Luego recordó que lo único que él quería era moverse rápido (como los automóviles a go-go que concebía su departamento de Planificación de Producto, el último de los cuales era el «Orion», que pronto iba a ser presentado al público) y estar en camino. Y también, con su maldita eficiencia, Adam podía preparar el desayuno tan rápido como Erica. A pesar de todo ella siguió pensando si se levantaba o no, y todavía estaba en eso cuando oyó arrancar al automóvil de Adam. Entonces ya era tarde.

—¿Adonde se han ido todas las flores? ¿Adonde el amor, la vida, el desvanecido idilio de Adam y Erica Trenton, hasta hace muy poco jóvenes amantes? ¡Adonde!, ¡oh!, ¡adonde!

Erica se durmió.

Cuando se volvió a despertar, la mañana ya había avanzado, y un húmedo sol de otoño entraba por las hojas de la persiana veneciana.

Abajo se oía vibrar la aspiradora. Erica se sintió aliviada al pensar que la señora Gooch, que venía a limpiar dos veces por semana, había entrado sola y ya estaba trabajando. Eso quena decir que hoy Erica no se tendría que preocupar por la casa, a pesar de que últimamente no le había prestado mucha atención.

Un periódico matutino estaba junto a su cama. Adam lo debía haber dejado allí, como lo hacía a menudo. Erica lo abrió, acomodándose sobre varias almohadas y derramando sobre ellas su largo pelo color rubio-ceniza.

Gran parte de la primera página estaba dedicada a un ataque contra la industria automotriz firmado por Emerson Vale. Erica leyó brevemente la noticia, que no le interesaba especialmente. Ni cuando llegó por primera vez a Detroit le había interesado, aunque lo había intentado, por Adam. Pero le repugnaba esa obsesión que consumía a la gente de la industria automotriz, dedicada a sus ocupaciones y con muy poco tiempo para otras cosas. El propio padre de Erica había sido muy bueno en su trabajo de comandante de línea aérea, pero al dejar la cabina de mando del avión se olvidaba del tema hasta la próxima vez. Cuando estaba en casa, sus intereses más importantes eran estar con su familia, pescar, hacer trabajos de carpintería, leer, tocar la guitarra, y otras veces solamente estar echado al sol. Erica sabía que incluso ahora su padre y su madre pasaban mucho más tiempo juntos que ella y Adam.

Cuando Erica le anunció a su padre sus repentinos planes da casamiento, él le había dicho: «Eres muy dueña de tus actos y siempre lo has sido. Por lo tanto no me opondré, porque aunque lo hiciera no serviría de nada y porque prefiero que te vayas con mi bendición que sin ella. Y quizá con el tiempo me acostumbre a tener un yerno casi de mi misma edad. Parece un hombre decente y me gusta. Pero te advierto una cosa: es ambicioso y todavía no sabes lo que es la ambición, especialmente en Detroit. Si tenéis problemas, ésa será la causa.» Ella pensaba a menudo qué observador había sido su padre, y cuánta razón había tenido.

Los pensamientos de Erica volvieron al periódico y a Emerson Vale, cuya cara la miraba fijamente desde un artículo a dos columnas. Pensó si el joven crítico de la industria automotriz sería bueno en la cama y decidió que probablemente no. Se comentaba que no había mujeres en su vida, ni siquiera hombres, a pesar de los abortados esfuerzos de colgarle la etiqueta de homosexual. Parecía que la humanidad tuviera una deprimente proporción de andróginos y de varones extenuados. Dio vuelta a la página con indiferencia.

Había muy pocos artículos de interés, desde affaires internacionales —el mundo estaba metido en tantos líos como de costumbre— hasta la sección de sociedad, plagada como siempre por los nombres conocidos de la industria automotriz: los Ford habían recibido a una princesa italiana, los Roche estaban en Nueva York, los Townsend habían ido a la Sinfónica, y los Chapin a cazar patos a Dakota del Norte. En otra página Erica se detuvo a leer la columna de Anne Lander, y luego empezó a componer mentalmente una carta sobre su caso: «Tengo un problema típico de mujer casada. Se han hecho muchas bromas al respecto pero los que las hacen no tienen ese problema. La verdad lisa y llana, si es que puedo hablar francamente de mujer a mujer, es que simplemente "no me la están dando bastante"… En realidad, últimamente "¡no me la están dando para nada!"…»

Con un gesto impaciente y enojado Erica tiró lejos el periódico y apartó las sábanas. Se levantó de la cama y fue hasta la ventana, tironeando vigorosamente de la cuerda de la cortina para dejar entrar la luz del día. Sus ojos buscaron por la habitación la cartera de cocodrilo marrón que había usado ayer; estaba sobre la cómoda. Abrió la cartera y la revisó hasta encontrar una pequeña agenda forrada en cuero. Tomándola se acercó al teléfono que estaba al lado de la cama de Adam, mientras daba vuelta a sus páginas. Marcó rápidamente el número que había encontrado en la agenda, antes de que pudiera cambiar de idea. Cuando terminó, Erica se dio cuenta de que le temblaba la mano y la apoyó sobre la cama para aquietarla.

—Equipos y Maquinaria Detroit —contestó una voz de mujer.

Erica pidió por el nombre que había escrito en la agenda, con letra tan indescifrable que sólo ella podía leerla.

—¿En qué departamento está?

—Creo que en Ventas.

—Un momento, por favor.

Todavía se podía oír la aspiradora por algún lado de la casa, y por lo menos mientras el ruido continuara Erica podía estar segura de que la señora Gooch no estaba escuchando.

Hubo un «click» y luego una voz, que no era la que ella esperaba, le contestó. Volvió a repetir el nombre que había dado antes.

—Seguro, está aquí —se oyó que la voz llamaba «¡Ollie!» y una voz que contestaba: «Ya atiendo» y luego más claramente oyó:

—Hola.

—Habla Erica —y añadió inciertamente—: Ya sabes, nos conocimos en…

—Seguro, seguro, ya lo sé. ¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Qué número?

Ella se lo dio.

—Cuelga. Ya te llamo.

Erica esperó, nerviosa, pensando si debía contestar, pero cuando sonó el teléfono lo hizo inmediatamente.

—Hola, preciosa.

—Hola —dijo Erica.

—Algunos teléfonos son mejor que otros para este tipo de llamada.

—Entiendo.

—Hace mucho que no te veo.

—Cierto, hace mucho.

Una pausa.

—¿Para qué me llamaste, preciosa?

—Bueno, pensé que… podríamos encontrarnos.

—¿Y para qué?

—Para tomar un trago, quizás.

—Ya tomamos un trago la última vez. ¿Recuerdas? Estuvimos sentados toda la tarde en ese maldito bar de Queensway.

—Ya lo sé, pero…

—Y lo mismo sucedió la vez anterior.

—Esa fue la primera vez, cuando nos conocimos.

—Muy bien, la primera vez no te rindes. Una hembra hace lo que le parece, es justo. Pero la segunda vez un tipo quiere ir al grano y no pasarse toda la tarde charlando. Por eso te vuelvo a preguntar, ¿qué es lo que quieres?

—Pensé… que si hablábamos otro poco te podría explicar…

—No hay trato.

Ella dejó caer la mano que sostenía el receptor del teléfono. «En nombre de Dios, ¿qué era lo que estaba haciendo?… hasta hablando con ése… Debe de haber otros hombres. ¿Pero dónde?»

—¿Todavía estás ahí, preciosa? —vibró el auricular del teléfono.

—Sí —contestó ella, volviendo a levantar la mano.

—Oye, te preguntaré algo. ¿Quieres acostarte conmigo?

Erica ahogaba las lágrimas; lágrimas de humillación y de disgusto consigo misma.

—Sí —respondió—, sí, eso es lo que quiero.

—¿Estás segura esta vez? ¿No nos pasaremos la tarde charlando otra vez?

«¡Pero por Dios! ¿Qué quería? ¿Que le firmara una escritura?» Y pensó: «¿Habrá mujeres tan desesperadas que respondan a una proposición tan cruda? » Era obvio que sí.

—Esta vez estoy segura —dijo Erica.

—Estupendo. ¿Qué te parece, preciosa, si lo dejamos para el miércoles que viene?

—Yo pensaba… quizás antes. —El próximo miércoles estaba a una semana de distancia.

—Lo siento, preciosa, no puedo. Debo hacer un viaje de negocios. Salgo para Cleveland en una hora. Me quedaré cinco días —una risita—. Tengo que mantener contentas a las chicas de Ohio.

—Te mueves en serio.

—No tienes idea.

—Me sorprenderías.

Ella pensó: «No, no tengo idea. No tengo idea de nada.»

—Te llamaré cuando vuelva. Y mientras esté de viaje, mantenía calentita para mí —una pausa de un segundo y luego—: ¿Estarás bien el miércoles? Sabes a lo que me refiero.

—Por supuesto que lo sé. ¿O te crees que soy tan estúpida como para no pensar en eso? —exclamó Erica, perdiendo el control.

—Te sorprenderíá saber cuántas hay que no piensan en eso.

En un rincón remoto de su mente, como si fuera un espectador, como si no estuviera participando, ella se maravilló: «¿Habrá tratado este hombre alguna vez de hacer que una mujer se sienta bien, y no una porquería?»

—Tengo que irme, preciosa.

—Adiós —dijo Erica.

—Hasta pronto.

Colgó. Sollozó silenciosamente, cubriéndose la cara con las manos hasta que sus dedos largos y finos estuvieron empapados de lágrimas.

Más tarde, luego de lavarse la cara en el baño y de ponerse maquillaje para ocultar lo mejor posible la huella de las lágrimas, Erica razonó: Había una solución.

No tenía por qué suceder eso de aquí a una semana. Adam lo podía evitar, aunque no llegara a enterarse.

Con sólo que él la poseyera dentro de las próximas siete noches, como podía y debía hacerlo un marido, ella podría afrontar ese momento y de alguna manera, de ahora en adelante, dominar la urgencia de su cuerpo. Lo único que ella buscaba, lo único que había buscado siempre, era ser amada y necesitada, y dar amor a cambio. Todavía amaba a Adam. Erica cerró los ojos, acordándose de cómo había sido aquella primera vez.

Decidió ayudarle a Adam. Esa noche y todas las demás noches, si fuera necesario, estaría irresistiblemente atractiva. Se lavaría el pelo, se peinaría cuidadosamente, usaría un perfume sensual que lo atormentara, se pondría su negligée más transparente… ¡Un momento! Se compraría uno nuevo, en Birmingham, hoy, esta mañana, ahora…

Empezó a vestirse apresuradamente.