Ruedas

Arthur Hailey · Capítulo 28 de 32

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Ruedas

Capítulo 27

Hank Kreisel no iba a recibir ayuda en la manufactura ni en la promoción de su trilladora.

La decisión, tomada por el comité de política ejecutiva del consejo, había llegado hasta Adam Trenton en un memorándum que había pasado por las manos de Elroy Braithwaite, el jefe de Desarrollo de Productos.

Braithwaite había traído personalmente el memorándum y lo había dejado caer sobre el escritorio de Adam.

—Lo siento —dijo el «Zorro Plateado»—. Sé que estaba interesado en el asunto. A mí también me interesó, y creo que le gustará saber que estábamos en buena compañía, porque el presidente del consejo opinaba lo mismo.

Esta última noticia no era sorprendente. El presidente era conocido por su amplitud de intereses y sus puntos de vista liberales, pero sólo en raras ocasiones tomaba decisiones autocráticas y era obvio que ésta no era una de ellas.

Adam se enteró más tarde de que la verdadera presión para que se tomara una decisión negativa había provenido de Hub Hewitson, que había logrado inclinar a su favor al triunvirato —el presidente del consejo, el director ejecutivo y el mismo Hewitson— que formaba el comité de política ejecutiva.

Aparentemente Hub Hewitson había argumentado que el principal negocio de la compañía era la construcción de autos y camiones. Si a la división de productos agrícolas le parecía que la trilladora no era un artículo que pudiera producir dinero, no había que imponérsela a ningún sector de la corporación por simples razones de orientación publicitaria. Y con respecto a actividades extrañas en general, ya tenían bastantes problemas con las presiones públicas y legislativas para que se aumentara la seguridad, se disminuyera la contaminación del aire, se empleara a los que estaban en desventaja, y otros asuntos parecidos.

El alegato concluía: No somos un ente filantrópico sino una empresa privada cuyo objetivo es lograr ganancias para los accionistas.

Luego de una breve discusión, el director ejecutivo apoyó el punto de vista de Hub Hewitson, por lo que el presidente del consejo se vio en inferioridad numérica, y concedió el punto.

—Nos han dejado a nosotros el trabajo de informarle a su amigo Kreisel —le dijo el «Zorro Plateado» a Adam—, así que es mejor que lo haga usted.

Hank Kreisel se mostró filosófico cuando Adam le dio la noticia por teléfono.

—Me imaginé que las posibilidades no eran muchas. Gracias de todas maneras.

—¿Qué va a hacer ahora? —preguntó Adam.

—Puedo conseguir dinero en otras partes —dijo jovialmente el fabricante de piezas. Pero Adam dudaba de que lo consiguiera en Detroit, para la trilladora por lo menos.

Le contó la decisión a Erica mientras cenaban.

—Me desilusiona porque era el sueño de Hank —un buen sueño— y él me gusta. Pero por lo menos lo has intentado.

Erica parecía de buen ánimo; estaba haciendo un esfuerzo deliberado, advirtió Adam, a pesar de que casi dos semanas después del arresto y la posterior liberación de su mujer, la relación de ambos no era clara y el futuro incierto.

—Si insistes en hacer muchas más preguntas, aunque espero que no lo hagas, trataré de contestarlas —había declarado Erica, el día siguiente a la dolorosa experiencia en la comisaría de policía local—. Pero antes de que las hagas te diré que lo que más siento es haberte complicado a ti. Y si te preocupa que vuelva a repetir la misma cosa, quédate tranquilo. Juro que no habrá nada parecido por el resto de mis días.

Adam se había dado cuenta de que ella lo decía en serio, y de que podían dejar el tema. Pero le había parecido buen momento para hablarle a Erica de la oferta de trabajo que le había hecho Perce Stuyvesant y que Adam estaba considerando seriamente.

—Por supuesto que, si la acepto, eso significará mudarnos a San Francisco — añadió.

Erica se mostró incrédula.

—¿Estás pensando en dejar la industria automotriz?

Adam se rió, Mintiéndose curiosamente aliviado de espíritu.

—Si no lo hago, hay problemas con el reparto de mi tiempo.

—¿Harías eso por mí?

—Tal vez lo haría por ambos —contestó él, quedamente.

Erica había parecido aturdida; sacudió la cabeza con incredulidad, y abandonaron ese tema también. Sin embargo, Adam le había telefoneado al día siguiente a Perce Stuyvesant para decirle que la cosa le interesaba, pero que no podría volar al Oeste hasta después de la presentación del «Orion», en septiembre, a menos de un mes de distancia. Sir Perceval había aceptado esperar.

Otra novedad era que Erica había vuelto al dormitorio conyugal, por sugestión de Adam. Incluso habían ensayado el contacto sexual, pero no había manera de eludir el hecho de que algo no funcionaba como en otras épocas, y ambos lo sabían. Faltaba un ingrediente. Ninguno sabía bien cuál era; lo único que sabían con certeza era que, en cuanto a su matrimonio, no hacían más que ir tirando.

Adam esperaba que ambos tuvieran oportunidad de hablar del asunto —lejos de Detroit— durante los dos días de carreras de autos standard que pronto se correrían en Talladega, Alabama.