Ruedas

Arthur Hailey · Capítulo 29 de 32

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Ruedas

Capítulo 28

Un gran titular en la primera plana del Anniston Star de Alabama proclamaba:

 

LAS 300 EMPIEZAN A LAS 12,30

 

El texto de la noticia era el siguiente:

Las 300 de Canebreak de hoy, como las 500 de Talladega mañana, prometen

ser las competiciones más arduas en la historia de las carreras de autos

standard.

Para la difícil carrera de las 300 millas de hoy, y la más difícil aún de 500

millas del sábado, los autos super rápidos y sus conductores han llevado la

velocidad de calificación hasta cerca de los 300 km/h.

Lo que se preguntan ahora los corredores, los dueños de los autos, los

mecánicos y los observadores de las compañías automotrices es cómo se

comportarán los corredores de alta velocidad en la pista trioval de 2,66 millas

de largo del Autódromo Internacional de Alabama, a esas velocidades, cuando

50 automóviles luchen por mejorar su posición en la pista…

Más abajo, en la misma página, había otro artículo.

 

LA GRAVE ESCASEZ DE SANGRE NO DISMINUIRÁ

LAS PRECAUCIONES DE LA GRAN CARRERA

 

La alarma local había sido manifiesta (según rezaba la noticia secundaria) por la escasez en el Banco de Sangre local. La escasez era crítica «por la posibilidad de graves heridas de los corredores y de que se necesiten transfusiones durante las carreras del sábado y el domingo».

Ahora, para conservar las existencias, se había pospuesto hasta después del fin de semana toda intervención quirúrgica susceptible de ser demorada y que pudiera exigir el uso de sangre. Además, se estaban haciendo llamadas para que los turistas que venían a las carreras y los residentes donaran sangre en una clínica especial, que se abría el sábado a las 8 de la mañana. De esa manera se aseguraría una existencia de sangre para las posibles víctimas de la carrera.

Erica Trenton, que leyó ambos artículos mientras tomaba su desayuno en la cama, en el Downtowner Motor Inn de Anniston, se estremeció ante las implicaciones del segundo artículo, y pasó a las páginas interiores del diario. Entre otras noticias de la carrera, en la página 3 había un artículo:

 

NUEVO «ORION» EN EXHIBICIÓN

ESTE ES UN «CONCEPTUAL»

 

Se informaba de que los fabricantes del «Orion» no decían palabra sobre el parecido entre el modelo «conceptual de estilo», que en ese momento estaba en exhibición en Talladega, y el verdadero «Orion» que iba a aparecer. Sin embargo, el público estaba muy interesado, y muchísima gente se había amontonado antes de la carrera en el centro de la pista donde se podía observar el modelo.

Erica estaba segura de que Adam conocería esas noticias.

Habían llegado juntos el día anterior, en un avión de la compañía que los trajo desde Detroit, y esa mañana Adam había salido del hotel muy temprano —hacía casi dos horas— para visitar el área de los boxes de la autopista con Hub Hewitson. El vicepresidente ejecutivo, el funcionario más alto que la compañía había enviado a la carrera de dos días, tenía a su disposición un helicóptero alquilado, que había transportado a Hewitson y Adam, y más tarde a otros más. El mismo helicóptero haría otra serie de vuelos poco antes de la hora de la carrera para traer a Erica y a otras esposas de ejecutivos.

Anniston, una bella ciudad campestre de color verde y blanco, estaba a unos diez kilómetros de la pista de Talladega.

La compañía de Adam, como otras fabricantes de automóviles, no intervenía oficialmente en las carreras de automóviles, y los equipos que en cierta época habían recibido fuerte apoyo financiero de la compañía habían sido disueltos. Sin embargo, ningún edicto oficial podía eliminar el profundo entusiasmo por las carreras que compartían la mayoría de los ejecutivos de las fábricas de automóviles, incluyendo a Hub Hewitson, Adam y otros de su propia compañía y de otras competidoras. Esa era una de las razones por las que las carreras de autos más importantes atraían fuertes contingentes de Detroit. Otra era que el dinero de las sociedades automotrices seguía fluyendo hacia las carreras por la puerta trasera. De esa manera —que la General Motors había establecido como pauta hacía años—, si ganaba un auto que llevaba el nombre de la compañía, sus fabricantes se regocijaban públicamente, cosechando aplausos y prestigio. Pero si un auto de su marca perdía, se limitaban a encogerse de hombros y negar toda vinculación.

Erica salió de la cama, se bañó cómodamente, y comenzó a vestirse.

Mientras lo hacía, pensó en Pierre Flodenhale, cuya foto aparecía en la primera plana del periódico de la mañana. Pierre, con mono de carrera y casco, estaba con dos muchachas que lo besaban al mismo tiempo y mostraba una gran sonrisa, sin duda por las muchachas, pero también, probablemente, porque la mayoría de los pronosticadores lo habían elegido como uno de los dos o tres corredores que tenían más posibilidades de ganar la carrera de ese día y del siguiente.

Adam y otros del contingente de la compañía también estaban contentos por las posibilidades de Pierre, ya que en ambas carreras conduciría automóviles que llevaban el nombre de la compañía.

Los sentimientos de Erica hacia Pierre eran confusos, como lo había advertido cuando se encontraron brevemente la noche anterior.

Había sido en un cóctel-cena, uno de los tantos que había en la ciudad, en vísperas de cualquier gran carrera. Adam y Erica habían sido invitados a seis reuniones, habían pasado por tres de ellas y en una habían encontrado a Pierre. El joven corredor era el centro de atracción y estaba rodeado por varias muchachas encantadoras pero desvergonzadas —«garitas de boxes», como se las llamaba algunas veces—, que siempre abundaban, atraídas por las carreras y los corredores.

Pierre se separó de ellas al ver a Erica, y cruzó la habitación hasta donde ella estaba de pie, sola, ya que Adam se había alejado para hablar con otra persona.

—Hola, Erica —dijo Pierre sencillamente. Sonrió con su habitual puerilidad—. Pensaba si vendrías.

—Ya ves que sí —ella procuró aparentar indiferencia, pero sin saber por qué se sentía nerviosa. Para ocultarlo, sonrió y dijo—: Espero que ganes. Te iré a aplaudir las dos veces —sin embargo, a ella misma sus palabras le sonaron tensas, y se dio cuenta de que en parte era porque Pierre todavía la excitaba sensualmente.

Habían seguido hablando, sin decir mucho, por más que mientras estaban juntos Erica advirtió que otros en la habitación, incluyendo a dos personas del grupo de Adam, los miraban discretamente. Sin duda algunos recordaban los chismes que habían oído, incluso el comentario del Detroit News sobre Pierre y Erica, que tanto la había preocupado.

Adam se había acercado para reunírseles brevemente, deseándole buena suerte a Pierre. Poco después, Adam volvió a alejarse y Pierre se disculpó, diciendo que debía irse a la cama a causa de la carrera del día siguiente.

—Ya sabes cómo es —dijo, volviendo a sonreír, y luego le guiñó el ojo para asegurarse de que ella no se perdía el sutil toque de humor.

Incluso esa referencia a la cama, por torpe que fuera, había hecho su efecto, y Erica admitía que no estaba completamente sobrepuesta a su affaire con Pierre.

Ahora, al mediodía del día siguiente, faltaba media hora para empezar la primera de las dos grandes carreras, las 300 de Canebreak.

Erica salió del departamento del hotel y bajó.

—Esto es bastante ostentoso —observó Kathryn Hewitson en el helicóptero—. Pero me imagino que es mejor que estar sentada esperando que el tránsito avance.

El helicóptero era pequeño y no podía llevar más que dos pasajeros cada vez. Las primeras transportadas desde Anniston a la pista de alta velocidad de Talladega fueron la esposa del vicepresidente ejecutivo y Erica. Kathryn Hewitson era una elegante mujer de unos cincuenta años de edad, normalmente retraída, con fama de esposa y madre de total dedicación; pero que en ocasiones podía manejar a su dinámico marido con una firmeza que nadie más se atrevía a usar. Hoy, como de costumbre, llevaba consigo un bordado en el que siguió trabajando, durante los pocos minutos de vuelo.

Erica sonrió, asintiendo, porque el ruido del helicóptero, mientras estaba en el aire, impedía toda conversación.

Debajo de la máquina se deslizaba la tierra color ocre rojizo de Alabama, encuadrando la exuberante campiña. El sol estaba alto, el cielo sin nubes, el aire caldeado por una brisa seca y fresca. A pesar de que faltaban pocos días para septiembre, todavía no había ninguna señal aparente del otoño. Erica se había puesto un liviano vestido de verano, y las otras mujeres que había visto, también.

Aterrizaron en el terreno central de la pista, ya atestado de vehículos y de fanáticos de las carreras, algunos de los cuales habían acampado allí durante la noche. Todavía seguían entrando más autos por el doble túnel de tránsito que pasaba por debajo del autódromo. En la pista de aterrizaje del autódromo, un auto con chófer esperaba a Kathryn Hewitson y Erica; el tránsito en uno de los carriles de entrada se detuvo brevemente, y se invirtió el sentido del carril, mientras ellas pasaban rápidamente para dirigirse a la tribuna, al lado de la pista.

Las tribunas también —norte, sur, y Over Hill— estaban repletas de gente que esperaba ansiosamente al sol, a lo largo de casi un kilómetro y medio. Cuando las dos mujeres llegaban a uno de los palcos privados, una banda que había cerca de la línea de salida atacó los compases del himno nacional norteamericano. La voz de soprano de una cantante flotó por todas partes a través del sistema de altavoces. La cacofonía de los ruidos del autódromo enmudeció.

Un clérigo, con marcado tonillo sureño, entonó:

—Oh Dios, guarda de todo riesgo a los que van a competir… Te alabamos por el buen tiempo, y Te damos gracias por los negocios que has traído a esta zona…

—Tiene razón —aseveró Hub Hewitson, en la fila delantera del palco privado de su compañía—. Montones de cajas registradoras estarán sonando, entre ellas las nuestras, espero. Debe de haber unas cien mil personas —la falange de hombres de la compañía y sus esposas que rodeaban al vicepresidente ejecutivo sonrieron con deferencia.

Hewitson, un hombre pequeño, con el pelo negro azabache muy corto, cuya energía parecía irradiar a través de la piel, se inclinó hacia adelante para poder ver mejor las muchedumbres que se apilaban en el autódromo.

—Las carreras de automóviles son casi el deporte más popular, y pronto serán el primero —volvió a declarar—. A toda esa gente ahí afuera le interesa la potencia que hay bajo un capó, ¡gracias a Dios!; y no nos preocupamos por los mojigatos hijos de puta que dicen que al público eso no le importa.

Erica estaba a dos filas de la primera, junto a Adam. Kathryn Hewitson se había ido al fondo, donde había asientos escalonados que se elevaban de adelante hacía atrás, y estaban a cubierto del sol.

—A Hub le gusta que yo venga —le había dicho Kathryn a Erica, al entrar—, pero a mí no me interesan las carreras. Algunas veces me atemorizan y otras me entristecen, me pregunto si realmente valen la pena. —Erica alcanzaba a ver a la mujer mayor en la última fila, ocupada con su bordado.

El palco privado, como muchos otros, estaba en la tribuna sur y tenía una vista general de todo el autódromo. La línea de partida-llegada estaba inmediatamente delante, las curvas peraltadas a izquierda y derecha, y la recta de retorno, visible más allá del campo central. En la parte más cercana del campo central estaban los boxes, ahora repletos de mecánicos uniformados. La calle de los boxes, como la llamaban, tenía amplio acceso a la pista.

En el palco privado, entre otros huéspedes, estaba Smokey Stephensen, con quien Adam y Erica habían conversado brevemente. Por lo común, un concesionario no podía estar junto al alto comando, pero Smokey disfrutaba de privilegios en las carreras, porque en su momento había sido una estrella, y muchos viejos fanáticos todavía reverenciaban su nombre.

Al lado del palco de la compañía estaba el de la prensa, con largas mesas y gran cantidad de máquinas de escribir. Los periodistas eran los únicos presentes que, dándose importancia, no se habían puesto de pie al oír el himno nacional. Ahora, la mayoría seguía tecleando en las máquinas de escribir, y Erica, que podía verlos por una ventana del costado, se preguntaba qué estarían escribiendo con tanto ahínco si la carrera ni siquiera había comenzado.

Pero la hora de salida estaba cerca. Habían terminado las preces; los clérigos, los directores del desfile, los directores de las bandas, las bandas, y otros elementos no esenciales se habían retirado. Ahora la pista estaba libre, y cincuenta automóviles de competición estaban en sus puestos de salida, formando una larga doble fila. La tensión creció por todo el autódromo, como siempre sucedía en los momentos finales antes de una carrera.

Erica vio en su programa que Pierre estaba en la cuarta fila de la alineación. Su auto llevaba el número 29.

 

La torre de control, muy elevada sobre la pista, era el centro nervioso del autódromo. Desde allí la radio, el circuito cerrado de TV y el teléfono controlaban a los starters y también la señalización luminosa de la pista, los automóviles de salida, y los vehículos de servicio y urgencia. El director de la carrera presidía todo desde una mesa de comando; era un hombre joven, tranquilo y de voz suave, correctamente vestido. En una cabina a su lado estaba un comentarista en mangas de camisa, cuya voz llenaría el sistema de altavoces durante la carrera. En un escritorio más atrás, dos oficiales uniformados de la Policía Estatal de Alabama dirigían el tránsito en las zonas fuera de la pista.

El director de la carrera se comunicaba con su equipo:

—¿Las luces funcionan en toda la vuelta?… ajá… ¿La pista está libre?… todo listo… Torre a autos de salida: ¿Listo para partir?… ¡Enciendan los motores!

Por el sistema de altavoces del autódromo, se oyó la orden tradicional impartida a los corredores:

—¡Caballeros, enciendan los motores!

Lo que siguió era el ruido más emocionante de las carreras de autos: El rugido de los motores sin silenciador, semejante a cincuenta crescendos wagnerianos, que inundó el autódromo de ruido y se extendió a un radio de muchos kilómetros.

Un automóvil de salida, con los banderines al viento, entró a la pista, y su velocidad fue en aumento. Detrás del automóvil siguieron los autos de competición, todavía de a dos, manteniendo la alineación de salida como lo harían durante las vueltas preliminares, no computables.

Cincuenta autos estaban programados para comenzar la carrera. Sólo cuarenta y nueve lo hicieron.

El motor de un sedán de un brillante y vívido color rojo, con número de identificación 06 pintado en oro de alta visibilidad, no quería arrancar. El equipo del box de ese auto se apresuró a salir y se pusieron inútilmente a trabajar. Terminaron por empujar el auto a mano detrás de la pared de la calle de los boxes y, mientras se lo llevaban, su disgustado conductor le tiró el casco encima.

—Pobre tipo —dijo alguien—, era el auto más vistoso.

—Se pasó mucho tiempo lustrándolo —bromeó el director de la carrera.

Durante la segunda vuelta preliminar, con los participantes todavía agrupados, el director dio una orden por radio al auto de salida.

—Aceleren el ritmo.

El auto de salida respondió. Las velocidades aumentaron. El tronar de los motores aumentó de intensidad.

Luego de la tercera vuelta, cumplida su misión, le indicaron al auto de cabeza que saliera de la pista y pasó a la calle de los boxes.

En la línea de salida-llegada, delante de la tribuna, la bandera verde del starter se agitó en el aire.

La carrera de 300 millas —113 arduas vueltas— había comenzado.

Desde el principio el ritmo era ardiente, la competición muy fuerte. En las primeras cinco vueltas un corredor llamado Doolittle, con el número 12, cargó a través de la masa de automóviles que tenía adelante hasta tomar la delantera. Inmediatamente después lo seguía el número 38, conducido por un oriundo de Mississippi, de mandíbula prominente, a quien los aficionados conocían como «Cortapescuezos». Ambos eran favoritos, para los conocedores y para el público en general.

Un novato improbable, Johnny Gerenz, con el número 44, corría inesperadamente en el tercer puesto.

Pierre Flodenhale, alejándose del pelotón, detrás de Gerenz, se puso en cuarto puesto con su número 29.

Durante veintiséis vueltas el primer puesto se repartió alternativamente entre los dos autos que iban adelante. Luego Doolittle, con el 12, se tuvo que detener en el box, dos veces sucesivas, con problemas de ignición. Perdió una vuelta, y más tarde, cuando el auto empezó a echar humo, tuvo que abandonar la carrera.

El abandono de Doolittle puso al novato, Johnny Gerenz, con el 44, en segundo lugar. Pierre, con el 29, iba tercero.

En la trigésima vuelta un accidente de menor cuantía, con despojos y aceite derramado, hizo ondear las banderas de advertencia, y la velocidad de la carrera bajó mientras despejaban y enarenaban la pista. Johnny Gerenz y Pierre estaban entre los que se detuvieron en boxes. Ambos cambiaron cubiertas, llenaron el tanque, y volvieron a salir en unos segundos.

Poco después retiraron las banderas de advertencia. La velocidad volvió a subir.

Pierre iba corriendo chupado, manteniéndose detrás de otros autos y usando la succión parcial que creaban para ahorrar combustible y desgaste del motor. Era un juego peligroso pero, usado con habilidad, podía ayudar a ganar en carreras largas. Los espectadores experimentados se dieron cuenta de que Pierre se reservaba, ahorrando velocidad y poder para más tarde durante la carrera.

—Por lo menos —le dijo Adam a Erica— esperemos que sea eso lo que está haciendo.

Pierre era el único de los líderes de la carrera que conducía uno de los autos de la compañía. Por lo tanto, Adam, Hub Hewitson y otros gritaban por Pierre, en la esperanza de que más tarde llegara a tomar el primer puesto.

Como de costumbre, cuando iba a las carreras de autos, Erica se sentía fascinada por la brevedad de la detención en los boxes: el hecho de que un equipo de cinco mecánicos pudiera cambiar cuatro cubiertas, llenar el tanque de gasolina, conferenciar con el conductor, y hacer que el auto se pusiera nuevamente en movimiento, en un minuto y a veces menos.

—Practican —le explicó Adam—. Durante horas y horas, todo el año. Y nunca desperdician un movimiento, nunca entorpecen el camino de los demás.

—Podríamos usar algunos así en Montaje.

La detención en los boxes, como sabía Erica, podía hacer que se ganara o se perdiera una carrera.

Cuando los líderes de la carrera iban en la vuelta número cuarenta y siete, un auto de color azul grisáceo perdió el control e hizo un trompo en la muy peraltada curva norte. Se detuvo en el campo central, sin volcar, y con el corredor ileso. En el curso de sus giros, sin embargo, el auto azul tocó a otro, que patinó de costado contra la pared de la pista entre una lluvia de chispas, y luego de oscuras llamas rojas de aceite ardiente. El conductor del segundo auto escapó y fue ayudado por los hombres de la ambulancia cuando salió de la pista. El aceite ardiente fue rápidamente apagado. Minutos más tarde los altavoces anunciaron que el segundo corredor sólo había sufrido laceraciones en la nariz; salvo los dos autos destrozados, nada más había sucedido.

La carrera siguió bajo una bandera amarilla de advertencia, y los competidores mantuvieron sus posiciones hasta que la bandera de advertencia fue retirada. Mientras tanto, los equipos de accidente y de servicio trabajaban con rapidez para despejar la pista.

Erica, un poco aburrida para ese momento, aprovechó la momentánea pausa para dirigirse al fondo del palco. Kathryn Hewitson, con la cabeza inclinada, seguía trabajando en su bordado, pero cuando levantó la vista Erica vio, para su sorpresa, que los ojos de la mujer de Hub estaban húmedos de lágrimas.

—En realidad, no lo puedo soportar —dijo Kathryn—. El hombre que se ha herido corría para nosotros cuando teníamos el equipo de fábrica. Lo conozco muy bien, a él y a su esposa.

—Él está bien —le aseguró Erica—. Apenas si se ha lastimado.

—Sí, ya sé —la esposa del vicepresidente ejecutivo guardó su bordado—. Creo que me vendría bien tomar algo. ¿Vamos?

Se dirigieron al fondo del palco privado, donde un barman estaba trabajando.

Muy poco después, cuando Erica volvió a reunirse con Adam, la bandera de advertencia había sido retirada, y la carrera seguía a su ritmo normal, con la bandera verde.

Momentos más tarde, Pierre Flodenhale, con el 29, aceleró rápidamente, pasó al corredor novato, Johnny Gerenz, con el 44 y ocupó el segundo puesto.

Pierre estaba ahora directamente detrás de «Cortapescuezos», que se aferraba al liderazgo con el número 38, a casi 300 km/h.

Durante tres vueltas, ya en el último cuarto de la carrera, los dos libraron un ardiente duelo; Pierre trataba de adelantarse, casi lo conseguía, pero «Cortapescuezos» mantenía su posición con habilidad y arrojo. Pero en la recta principal, en la vuelta número ochenta y nueve, cuando faltaban veinticuatro, Pierre lo pasó atronadoramente. Los vítores resonaron por todo el autódromo y en el palco de la compañía.

Los altavoces rugieron:

—¡Es el 29, Pierre Flodenhale, que toma la delantera!

Fue en ese momento, mientras los dos autos primeros se aproximaban a la curva sur, directamente delante de la tribuna sur y de los palcos privados, cuando sucedió.

Más tarde nadie sabía bien qué era precisamente lo que había pasado. Algunos dijeron que un repentino golpe de viento había golpeado a Pierre, otros, que él había tenido problemas con el volante al entrar en la curva y que había corregido demasiado la dirección del auto; una tercera teoría afirmaba que un trozo de metal de otro auto se había roto y soltado, golpeando al 29 y desviándolo.

Cualquiera que fuera la causa, el auto 29 serpenteó repentinamente mientras Pierre luchaba con la dirección y luego, en la curva, se estrelló de frente contra la pared de seguridad de cemento. El auto se desintegró como una bomba al estallar, rompiéndose contra la pared de incendio, y separándose en dos partes. Antes de que se detuvieran las dos porciones, el auto 44, con Johnny Gerenz, había cortado a través de ellas. El auto del novato hizo un trompo, rodó, y segundos más tarde se detuvo volcado en el campo central, mientras las ruedas giraban locamente. Un segundo auto se estrelló en los esparcidos despojos del 29, y un tercero sobre él. En total seis autos chocaron en la pila de la curva; cinco fueron eliminados de la carrera y uno renqueó durante unas cuantas vueltas más antes de perder una rueda y de ser remolcado a los boxes. Aparte de Pierre, todos los demás corredores que se vieron envueltos en el accidente, estaban ilesos.

El grupo en el palco de la compañía, como otros en otros lados, miró estremecido de horror cómo los camilleros de las ambulancias corrían hacia las dos partes separadas y destrozadas del auto 29. Un grupo de ellos había rodeado cada parte. Parecía que llevaban objetos a una camilla que estaba ubicada entre las dos. Cuando un director de la compañía, que miraba con catalejos, vio lo que estaba sucediendo palideció, los dejó caer y dijo con voz estrangulada:

—¡Oh, Jesucristo! —luego imploró a su esposa, que estaba a su lado—: ¡No mires! ¡Vuélvete!

A diferencia de la esposa del director, Erica no se volvió. Miró, sin entender muy bien lo que sucedía, pero sabiendo que Pierre estaba muerto. Más tarde los médicos declararon que había muerto instantáneamente cuando el auto 29 se estrelló contra la pared.

Para Erica, a partir del momento del accidente, la escena fue irreal, como un rollo de película pasado al revés, como si personalmente nada la tocara. Con una opaca sensación de despego —el resultado de la conmoción— siguió presenciando las veinte vueltas que faltaban, y vio cómo aclamaban a «Cortapescuezos», el vencedor, en la Senda de la Victoria. Sintió el alivio de la muchedumbre. Luego de la fatalidad, la pesadumbre en derredor de la pista había sido casi palpable; ahora había quedado de lado cuando el triunfo —cualquier triunfo— borraba la cicatriz de la derrota y de la muerte.

En el palco de la compañía el abatimiento no fue superado, sin duda por el impacto emocional de la muerte violenta ocurrida momentos antes, pero también porque el auto de otro fabricante había conseguido la victoria en las 300 de Canebreak. Se habló un poco —menos que de costumbre— de la posibilidad de ganar al día siguiente en las 500 de Talladega. Sin embargo, la mayoría del grupo se dispersó rápidamente.

Sólo cuando Erica volvió a encontrarse en la intimidad de su departamento del hotel Motor Inn, sola con Adam, sintió que el pesar se apoderaba de ella. Habían viajado juntos desde el autódromo en un auto de la compañía, sin que Adam hablara casi, y habían venido directamente al hotel. Ahora, en el dormitorio, Erica se tiró sobre la cama cubriéndose la cara con las manos, y gimió. Lo que sentía era demasiado profundo para las lágrimas o incluso para tener coherencia en su ánimo. Apenas si sabía que aquello tenía que ver con la juventud de Pierre, su gusto por la vida, el natural encanto que al hacer un balance compensaba sus defectos, su amor a las mujeres, y la tragedia de que ninguna mujer, en ningún lado, podría conocerlo ni apreciarlo, nunca más.

Erica sintió que Adam se sentaba a su lado sobre la cama.

—Haremos lo que quieras: volver a Detroit ahora mismo, o quedarnos esta noche y volver mañana por la mañana.

Al final decidieron quedarse, y cenaron silenciosamente en el departamento. Muy poco después, Erica se fue a la cama y se quedó dormida con exhausto sueño.

 

A la mañana siguiente, domingo, Adam le reiteró a Erica que podían irse inmediatamente si prefería. Pero ella sacudió negativamente la cabeza, y respondió que no. Viajar inmediatamente significaría tener que recoger de prisa, y sería un esfuerzo que no parecía tener sentido, ya que no se ganaba nada con correr a Detroit.

El funeral de Pierre, según informaba el Anniston Star, sería el miércoles en Dearborn. Sus despojos serían llevados hoy por avión a Detroit.

—Tú ve a las 500 —le dijo Erica a Adam, luego de su decisión de la mañana temprano—. Tienes ganas, ¿no es cierto? Yo puedo quedarme aquí.

—Si no nos vamos, me gustaría ver la carrera —admitió él—. ¿Estarás bien sola?

Erica respondió que sí, agradecida porque Adam no le hubiera hecho preguntas ni ayer ni hoy. Era obvio que él sentía que la experiencia de ver morir a alguien a quien ella conocía había sido traumática, y si le preocupaba algún otro significado de su pesadumbre, tenía la delicadeza de no dar voz a sus pensamientos.

Pero cuando llegó el momento de que Adam se fuera al autódromo, Erica había decidido que no quería quedarse sola, y que después de todo iría con él.

Fueron en auto y tardaron bastante más que en el viaje en helicóptero, lo que permitió que Erica recobrara parte del aislamiento que la había ayudado a pasar el día anterior. En todo caso, estaba contenta de estar al aire libre. El tiempo era espléndido, como había sido durante todo el fin de semana, y la campiña de Alabama era tan hermosa como los mejores recuerdos campestres de Erica.

En el palco privado de la compañía, en el autódromo, todo parecía haber vuelto a la normalidad comparado con la tarde del día anterior; la alegre charla versaba sobre el hecho de que dos fuertes favoritos en las 500 de Talladega, que corrían hoy, conducían autos fabricados por la compañía. Erica había conocido brevemente a uno de los dos corredores; su nombre era Wayne Onpatti.

Si Onpatti o el otro favorito, Buddy Undler, ganaban hoy, eso eclipsaría la derrota del día anterior, ya que las 500 de Talladega era una carrera más larga y más importante.

La mayoría de las grandes carreras se llevaban a cabo los domingos, y los fabricantes de autos, cubiertas y otros elementos aceptaban el dicho: Ganar el domingo es vender el lunes.

El palco de la compañía estaba tan lleno como el día anterior, con Hub Hewitson otra vez sentado en la fila delantera, de evidente buen humor. Erica vio que Kathryn Hewitson estaba sentada sola en la última fila, trabajando también en su bordado, y muy pocas veces levantaba la vista. Erica se sentó en un rincón de la tercera fila, esperando que a pesar de la muchedumbre podría estar, hasta cierto punto, sola.

Adam se quedó en su asiento junto a Erica, excepto por un breve período en que salió del palco para hablar afuera con Smokey Stephensen.

 

El concesionario le había hecho un gesto con la cabeza antes de la hora de salida, cuando todavía se estaba en los preliminares de la carrera. Los dos salieron del palco de la compañía por la puerta trasera; Smokey iba adelante. Luego se habían quedado de pie, afuera, bajo el sol brillante y cálido. Aunque no alcanzaban a ver la pista, pudieron oír el rugido de los motores cuando el auto de salida y los cincuenta competidores comenzaron a moverse.

Adam recordó que en su primera visita a la concesionaria de Smokey, a principio de año, había conocido a Pierre Flodenhale que trabajaba a comisión como vendedor de automóviles.

—Siento lo de Pierre —dijo.

Smokey se frotó la barba con la mano, en un gesto al cual Adam ya se había acostumbrado.

—El chico era como un hijo para mí, en cierto modo. Uno siempre se dice que puede eso suceder, que es parte del juego; yo lo sabía en mi época y él también lo sabía. Pero cuando llega, sin embargo, eso no lo hace más fácil de sobrellevar — Smokey parpadeó y Adam se dio cuenta de que el concesionario tenía aspectos que muy pocas veces dejaba ver.

Como para compensar lo anterior, Smokey continuó ásperamente:

—Eso fue ayer. Hoy es hoy. Lo que quiero saber es si ya ha hablado a Teresa.

—No, todavía no —Adam sabía que el mes de gracia que le había dado a Smokey antes de que Teresa arreglara sus intereses en Stephensen Motors estaba por terminar, pero él no había hecho nada por informar a su hermana.

—No estoy seguro de lo que voy a hacer; quiero decir, de aconsejarle que venda —aclaró.

Los ojos de Smokey Stephensen escudriñaron el rostro de Adam. Eran ojos astutos y, como bien sabía Adam, era muy poco lo que se les escapaba. Esa astucia era la razón por la cual en las dos últimas semanas Adam había vuelto a examinar sus convicciones con respecto a Stephensen Motors. En el sistema de concesionarios de automóviles se iban a introducir muchas reformas, muchas de ellas con retraso. Pero Adam pensaba que Smokey sobreviviría a esos cambios, porque para él sobrevivir era tan natural como estar dentro de su piel. Dadas así las cosas era muy difícil que en términos de inversión, Teresa y sus hijos pudieran encontrar algo mejor.

—Supongo que no es momento de insistir —dijo Smokey—, así que no voy a hacer el intento; me quedaré a la expectativa y esperanzado. Sin embargo de algo estoy seguro. Si cambia de idea con respecto a su primera decisión, será por Teresa y no para hacerme un favor a mí.

—En eso tiene razón —dijo Adam, sonriendo.

Smokey asintió.

—¿Está bien su esposa?

—Creo que sí —respondió Adam.

Podían oír que el ritmo de la carrera se aceleraba, y volvieron al palco de la compañía.

 

Las carreras de autos, como los vinos, tienen sus años buenos. Para las 500 de Talladega ese resultó ser el mejor año de su historia; una contienda rápida y emocionante desde la veloz partida hasta el espectacular final. Durante las 188 vueltas —un poco más de 500 millas— el primer puesto cambió de dueño varias veces. Wayne Onpatti y Buddy Undler, los favoritos de la compañía de Adam, se mantuvieron cerca de la vanguardia, fuertemente desafiados por otra media docena de autos, entre los que estaba el de «Cortapescuezos», ganador de la carrera anterior, quien ocupó el primer puesto durante gran parte de la lucha. El ardiente ritmo cobró una docena de víctimas, que tuvieron que abandonar por inconvenientes mecánicos, y hubo otros que se accidentaron, aunque no ocurrió una catástrofe en cadena como el día anterior ni tampoco se hirió ningún conductor. Las banderas amarillas de advertencia y las disminuciones de velocidad fueron mínimas; la mayor parte de la carrera se desarrolló al máximo de velocidad, con bandera verde.

Cerca del final, «Cortapescuezos» y Wayne Onpatti lucharon por el primer puesto; Onpatti iba en la delantera por escaso margen, y en el palco de la compañía se oyeron gemidos cuando Onpatti entró al box, deteniéndose para un último cambio de cubiertas que le costó media vuelta y puso a «Cortapescuezos» sólidamente en la delantera.

Pero el cambio de cubiertas resultó una sabia maniobra y le dio a Onpatti lo que necesitaba, mayor adherencia en las curvas, así que en la recta de retorno de la última vuelta ya había alcanzado a «Cortapescuezos», y los dos corrían lado a lado. Incluso cuando llegaron juntos, como un trueno, a la recta principal en dirección a la ya visible línea de llegada, el resultado todavía era dudoso. Luego, centímetro a centímetro, Onpatti pasó a «Cortapescuezos», y terminó ganando por medio coche de ventaja.

Durante las últimas vueltas la gente de la compañía había estado de pie, gritando histéricamente por Wayne Onpatti, mientras Hub Hewitson y los otros saltaban como niños, en una excitación incontrolable.

Cuando se conoció el resultado, hubo un segundo de silencio, y luego se armó una baraúnda infernal.

Los vítores, incluso más fuertes que antes, se mezclaron con gritos y risas triunfales. Los sonrientes ejecutivos y sus huéspedes se palmeaban unos a otros en la espalda y en los hombros; hubo apretones de manos; en el pasillo, entre los asientos, dos graves ejecutivos estaban bailando.

—¡Nuestro auto ha ganado! ¡Ganamos! —se oía mezclado con otros ecos, en el palco privado. Alguien entonó el inevitable «Ganar el domingo es vender el lunes». Con más gritos y risas, todos se unieron a la canción. En vez de disminuir, el volumen creció.

Erica miraba todo, al principio distante, y luego con incredulidad. Podía entender el placer de compartir un triunfo; a pesar de su indiferencia inicial, en los tensos momentos finales de la carrera se había sentido interesada, y se había inclinado hacia adelante con los demás para ver el final espectacular. Pero eso… ese alocado olvido de cualquier otra idea… era otra cosa.

Pensó en el día anterior: su pesadumbre y su horrible costo; el cuerpo de Pierre, que en ese momento iba camino a su entierro. Y ahora, tan pronto, la rápida despedida… «Ganar el domingo es vender el lunes.»

Fríamente, claramente, de manera bien comprensible, Erica articuló:

—¡Eso es lo único que importa!

El silencio no fue inmediato. Pero su voz se alzó sobre las más próximas, de manera que algunas hicieron una pausa, y en el silencio parcial Erica volvió a hablar con la misma claridad:

—He dicho, ¡eso es lo único que les importa!

Ahora todos habían oído. Dentro del palco, se acallaron el ruido y las otras voces.

—¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó alguien en medio del repentino silencio.

Erica no había esperado esto. Había hablado repentinamente, por impulso, sin querer ser el centro de la atención, y ahora que lo había hecho, instintivamente quería retroceder, ahorrarle más vergüenza a Adam e irse. Luego surgió la cólera.

Cólera contra Detroit y su modo de ser, y todo lo que de él se reflejaba en ese palco; contra lo que le habían hecho a Adam y a ella misma. No dejaría que el sistema la colocara en un molde: una complaciente esposa de la compañía.

Alguien había preguntado: ¿Y qué hay de malo en eso?

—Lo malo —exclamó Erica— es que ustedes no viven… nosotros no vivimos… para otra cosa que los autos y las ventas y los triunfos. Y si no todo el tiempo, por lo menos la mayor parte de él. Se olvidan de otras cosas. Por ejemplo, de que ayer murió un hombre aquí. Alguien que conocíamos. Están tan llenos de triunfos: ¡Ganar el domingo!… El existía el sábado… Ya se han olvidado de él… —Su voz se perdió.

Tenía conciencia de que Adam la miraba. Para sorpresa de Erica, la expresión de su cara no era crítica. Su boca mostraba incluso la sombra de una sonrisa.

Adam, desde el principio, había oído cada palabra. Ahora, como si el oído se le hubiera agudizado, percibía los sonidos externos: la carrera que terminaba, los autos retrasados que completaban las vueltas finales, los repetidos vítores para el nuevo campeón, Onpatti, que se dirigía a los boxes y a la Senda de la Victoria. Adam también tenía conciencia de que Hub Hewitson había fruncido el entrecejo; otros estaban incómodos, sin saber dónde mirar.

Adam suponía que debía estar molesto. Pensó con objetividad: Aunque hubiera verdad en las palabras de Erica, era dudoso que hubiera elegido el mejor momento para decirlas, y el desagrado de Hub Hewitson no era para tomarlo a la ligera. Pero Adam acababa de descubrir algo: ¡Que no le importaba nada! ¡Al diablo con todos ellos! Sólo sabía que amaba a Erica más profundamente que en cualquier momento desde que la había conocido.

—Adam —dijo un vicepresidente, aunque de modo benévolo—, creo que es mejor que te lleves a tu esposa de aquí.

Adam asintió. Suponía que por Erica —para evitarle más pruebas— debía hacerlo.

—¿Por qué?

Las cabezas se volvieron hacia la parte posterior del palco, desde donde había venido la interrupción. Kathryn Hewitson, todavía con el bordado en la mano, se había movido hasta el pasillo central y los afrontaba a todos, con los labios apretados.

—¿Por qué? —repitió—. Porque Erica dijo lo que yo quería decir, pero me faltaba fuerza moral. Porque puso en palabras lo que todas las mujeres que hay aquí pensábamos, hasta que la más joven de todas lo dijo en voz alta. ¡Ustedes los hombres!

Repentinamente Erica sintió que todas las otras mujeres la miraban, ni avergonzadas ni hostiles, sino —una vez levantada la barrera— con ojos que expresaban aprobación.

—¡Hubbard! —dijo firmemente Kathryn Hewitson.

Dentro de la compañía, a Hub Hewitson lo trataban como a un príncipe heredero, y algunas veces también se portaba como tal. Pero en lo que se refería a su esposa, era un marido —ni más ni menos— que en ciertos momentos sabía sus obligaciones y descifraba sus indicios. Con un movimiento afirmativo de cabeza, con el ceño distendido, Hub se acercó a Erica y le tomó ambas manos.

—Mi querida —dijo con una voz que se extendió por todo el palco—, a veces por el apresuramiento, la emoción, o por otras razones nos olvidamos de algunas cosas simples que son importantes. En ese caso, necesitamos que una persona de fuertes convicciones nos recuerde nuestro error. Gracias por estar aquí y haberlo hecho.

Luego, repentinamente, desaparecida toda la tensión, fueron saliendo del palco a la luz del sol.

—¡Oigan, vamos a darle un apretón de manos a Onpatti! —dijo alguien.

 

Adam y Erica salieron del brazo, sabiendo que algo importante les había ocurrido a los dos. Más tarde tal vez lo hablaran. Por el momento no había necesidad de hablar; estar cerca era lo único que importaba.

—¡Señor y señora Trenton! ¡Esperen, por favor!

Un hombre de Relaciones Públicas de la compañía, sin aliento por haber venido corriendo, los alcanzó en la rampa de acceso al estacionamiento del autódromo.

—Acabamos de llamar al helicóptero —anunció entre resoplidos—. Va a aterrizar en la pista. Al señor Hewitson le gustaría que ustedes dos lo usen en el primer viaje. Si me da las llaves, yo me haré cargo de su coche.

Mientras iban a la pista, normalizada su respiración, el hombre de Relaciones Públicas dijo:

—Hay otra cosa. Hay dos aviones de la compañía en el aeropuerto de Talladega.

—Ya sé —respondió Adam—. Volvemos a Detroit en uno de ellos.

—Sí, pero el señor Hewitson tiene el jet, y no lo va a usar hasta esta noche. Lo que él pensaba era si ustedes no querrían usarlo primero. Dice que podrían ir a Nassau, ya que la señora Trenton tiene allí su casa paterna, y quedarse allí un par de días. El avión puede ir y volver, y todavía llevar al señor Hewitson esta noche. Lo mandaríamos otra vez a Nassau a buscarlos, el miércoles.

—Es una gran idea —aprobó Adam—. Lástima que tengo toda una serie de citas en Detroit, que comienzan mañana a la mañana.

—El señor Hewitson me advirtió que probablemente usted diría eso. Su mensaje fue: Por una vez olvídese de la compañía y ponga en primer lugar a su esposa.

Erica resplandecía. Adam se rió. Se podía decir una cosa del vicepresidente ejecutivo: cuando hacía algo, lo hacía bien.

—Por favor, dígale que lo aceptamos con agradecimiento y placer —respondió Adam.

Lo que Adam no dijo era que quería asegurarse de que el miércoles él y Erica estarían en Detroit a tiempo para el funeral de Pierre.

 

Estaban en las Bahamas, y habían nadado desde la playa Esmeralda, cerca de Nassau, antes de que el sol se ocultara.

En el patio del hotel, a la puesta del sol, Adam y Erica se demoraron con sus bebidas. La noche era cálida, y una suave brisa agitaba la fronda de las palmeras. Había muy poca gente a la vista, ya que la mayoría de los visitantes de invierno no llegarían hasta dentro de un mes.

Durante su segunda copa, Erica respiró profundamente.

—Creo que hay algo que debería decirte —se decidió.

—Si es sobre Pierre —contestó suavemente Adam—, creo que ya lo sé.

Entonces le contó que alguien le había mandado de manera anónima, en un sobre sin identificación, un recorte del Detroit News, con el comentario que había preocupado a Erica.

—No me preguntes por qué hace esas cosas la gente —añadió Adam—, pero algunos lo hacen.

—Pero no dijiste nada —Erica recordó que había estado convencida de que si él se enteraba, hablaría.

—Me pareció que teníamos bastantes problemas, sin añadir uno más.

—Ya se había terminado —explicó ella—, antes de que Pierre muriera. —Erica recordó con un cargo de conciencia a Ollie, el vendedor. Eso era algo que nunca le contaría a Adam. Y tenía la esperanza de que, algún día, también ella podría olvidar el episodio.

—Terminado o no, todavía quiero que vuelvas a mí —dijo Adam a través de la mesa que los separaba.

—Qué maravilla, eres —susurró ella mirándolo, llena de emoción—. Creo que no te he estado apreciando en lo que vales.

—Pero eso es válido para los dos —objetó él.

Más tarde hicieron el amor, y comprendieron que habían recuperado la vieja magia.

Adam, con voz soñolienta, expresó el epílogo.

—Estuvimos muy cerca de perdernos uno a otro, y de perder nuestra verdadera manera de ser. No corramos más ese peligro.

Mientras Adam dormía, Erica se quedó despierta a su lado, escuchando las voces de la noche por la ventana abierta que daba al mar. Más tarde, ella también se durmió; pero a la salida del sol se despertaron y volvieron a hacer el amor.