Ruedas
Capítulo 26
Matt Zaleski se preguntaba a veces si alguien de fuera de la industria automotriz se daba cuenta de lo poco que había cambiado, en principio, una línea final de montaje de automóviles desde los días del primer Henry Ford.
Matt iba caminando junto a la línea, donde el turno de la noche, que había comenzado a trabajar una hora antes, estaba armando «Oriones», los nuevos autos de la compañía que todavía no habían sido mostrados al público. Como otros miembros del alto nivel gerencial de la planta, el trabajo de Matt no terminaba cuando los del turno de la mañana se iban a casa. Se quedaba hasta que el próximo turno se hubiera establecido en su trabajo, encargándose de arreglar cualquier inconveniente de producción que surgiera, lo que invariablemente ocurría mientras la gente de la planta —la gerencia tanto como los obreros— aprendían sus nuevas responsabilidades.
De ellas habían hablado durante una reunión de capataces que se había llevado a cabo en la oficina de Matt, poco después del cambio de turno. La reunión había terminado quince minutos antes. Ahora Matt estaba patrullando y sus ojos experimentados buscaban los puntos donde podía haber problemas.
Mientras caminaba, su pensamiento volvió a Henry Ford, el iniciador del montaje de automóviles de producción en cadena.
Hoy en día, la cadena de montaje final en cualquier planta automotriz era sin duda el aspecto de la fabricación de automóviles que más fascinaba a los visitantes. Generalmente medía un kilómetro y medio, y era un espectáculo impresionante porque daba testimonio de un acto de creación. Se empezaba por unir unas cuantas barras de acero que luego, como si estuvieran fertilizadas, se multiplicaban y crecían, tomando formas familiares como un feto visible dentro del útero en expansión. El proceso era suficientemente lento como para que los observadores pudieran asimilarlo y bastante rápido como para resultar emocionante. El movimiento hacia adelante, como un río, generalmente era en línea recta, aunque ocasionalmente tenía curvas y vueltas. Entre los autos que iban brotando, el color, la forma, el tamaño, los detalles, los adornos, transmitían individualidad y sexo. Finalmente el feto estaba listo para el mundo y el automóvil caía sobre sus ruedas. Un momento más tarde, la llave de contacto giraba, el motor cobraba vida —tan emocionante, cuando se presenciaba por primera vez, como el primer llanto de un bebé— y un vehículo recién nacido salía por sus propios medios de la cadena de montaje.
Matt Zaleski había visto a los espectadores que se movían en tropel por la planta —a Detroit llegaban diariamente como peregrinos—, se asombraban ante el proceso y hablaban, con uniforme soltura, de las maravillas de la producción en masa automatizada. Los guías de la planta, entrenados para mirar a cada visitante como un cliente potencial, daban charlas pensadas para acrecentar esa sensación de maravilla. Pero la ironía era que una planta de montaje final tenía muy poco de automatización; en principio seguía siendo una anticuada cinta transportadora, donde se colgaban, una tras otra, las partes de un automóvil, como los adornos en un árbol de Navidad. En términos de ingeniería era la parte menos imponente de la moderna producción de automóviles. En términos de calidad podía inclinarse hacia un lado o hacia el otro, como un barómetro descompuesto. Y estaba totalmente sujeta al error humano.
Por contraste, las plantas que fabrican motores para automóviles, aunque visualmente menos espectaculares, estaban de veras automatizadas, y largas series de intrincadas operaciones eran realizadas únicamente por máquinas. En la mayor parte de las plantas de producción de motores, interminables hileras de complejas maquinarias operaban solas, manejadas por computadoras, y los únicos seres humanos visibles eran los pocos mecánicos especializados que hacían ajustes ocasionales. Si una máquina hacía algo mal, inmediatamente se detenía sola y pedía ayuda mediante sistemas de alarma. A no ser por eso, hacía su trabajo de manera uniforme, bajo normas estrictas, y no paraba ni para comer, ni para ir al retrete, ni para hablar con otra máquina cercana. Gracias a ese sistema, los motores, en comparación con las partes de automóviles construidas de modo más general, fallaban muy pocas veces a no ser por descuido o por abuso.
Si el viejo Henry pudiera salir de la tumba, pensó Matt, y viera una cadena de montaje de la década del 70, le divertiría ver qué pocos cambios se han hecho.
En ese momento no había ningún inconveniente de producción —por lo menos a la vista— y Matt Zaleski volvió a su oficina de paneles de vidrio en el entrepiso.
Aunque ya podía irse de la planta si quería, Matt no tenía ganas de volver a la casa vacía de Royal Oak. Habían pasado varias semanas desde la amarga noche de la partida de Bárbara, sin que hubiera habido ningún acercamiento entre ellos. Matt había tratado de no pensar en su hija y de concentrarse en otros pensamientos, tal como lo había hecho con Henry Ford unos momentos antes; a pesar de eso, muy pocas veces conseguía alejarla de su mente. Deseaba poder arreglar la disputa de alguna manera, y había tenido la frustrada esperanza de que Bárbara telefoneara. El propio orgullo de Matt, aparte de la convicción de que un padre no debe dar el primer paso, le impedía llamarla. Suponía que Bárbara seguía viviendo con ese diseñador, DeLosanto; y ésa era otra cosa en la que Matt trataba de no pensar, muchas veces sin éxito.
En su escritorio, hojeó el programa de producción del día siguiente. Como era día de mediados de semana, varios «especiales» pasarían por la línea: autos para ejecutivos de la compañía, sus amigos, u otros con suficiente influencia para asegurarse de que el automóvil que habían pedido recibiría un tratamiento mejor que el habitual. A los capataces les habían comunicado los números de unidad, y a control de Calidad también; como resultado, todo lo que se hiciera en esos automóviles sería vigilado especialmente. A los obreros de carrocerías les advertirían que instalaran los paneles delanteros, los asientos y la terminación interior con más cuidado que de costumbre. Las secuencias de motor y transmisión de fuerza motriz serían vigiladas más de cerca. Más tarde, control de Calidad repasaría cuidadosamente los automóviles y ordenaría trabajos o ajustes adicionales antes de despacharlos. Los «especiales» estaban entre los quince a treinta automóviles que los ejecutivos de la planta se llevaban a su casa todas las noches, para entregar a la mañana siguiente informes del análisis.
Es claro —como bien sabía Matt Zaleski— que había peligros en la programación de «especiales», particularmente si un auto era para un ejecutivo de la planta. Algunos obreros tenían motivos de queja, reales o imaginarios, contra la gerencia y les encantaba la posibilidad de «desquitárselas con el patrón». Entonces la legendaria botella de gaseosa, suelta dentro de un panel de modo que causara ruidos durante toda la vida del automóvil, podía convertirse en realidad. Una herramienta abandonada o un trozo de metal servían para el mismo propósito. También se podía soldar desde dentro el portamaletas cerrado; un soldador experimentado podía hacerlo en segundos, a través del asiento posterior. O un par de bulones estratégicos podían quedar sin ajustar. Por esa razón, Mat y otros como él usaban nombres ficticios al poner en producción sus propios automóviles.
Matt dejó a un lado el programa de producción del día siguiente.
De todas maneras no había necesidad de revisarla, ya que lo había hecho anteriormente.
Era hora de irse a casa. Al levantarse del escritorio volvió a pensar en Bárbara, y se preguntó dónde estaría. Repentinamente se sintió muy cansado.
Al bajar del entrepiso, Matt Zaleski advirtió que había algún alboroto; se oían gritos, el ruido de pasos al correr. Se detuvo automáticamente, ya que la mayor parte de las cosas que sucedían en la planta eran de su responsabilidad, y buscó de dónde venía el ruido. Parecía estar cerca de la cafetería sur. Oyó un grito urgente.
—¡Por el amor de Dios, traigan rápidamente a alguien de Seguridad!
Segundos más tarde, mientras iba hacia la cafetería, oyó sirenas que se acercaban desde el exterior.
Un conserje que había descubierto los cuerpos amontonados de los dos cobradores de máquinas expendedoras y de Frank Parkland, tuvo el buen tino de correr a un teléfono. Para cuando Matt Zaleski oyó los gritos, que provenían de los demás que habían llegado a la escena, una ambulancia, los hombres de Seguridad de la planta, y la policía ya estaban en camino.
Así y todo llegó al armario del conserje, en el piso de abajo, antes que cualquier ayuda externa. Abriéndose camino a empellones a través del excitado grupo que lo rodeaba, alcanzó a ver que uno de los tres caídos era Frank Parkland, a quien Matt había visto por última vez en la reunión de capataces, hora y media antes. Los ojos de Parkland estaban cerrados, y su piel, de color ceniza, excepto donde la sangre se había escurrido por el pelo hasta coagularse en la cara.
Uno de los empleados de oficina del turno de noche había corrido con el botiquín de primeros auxilios, que ahora estaba sin uso a su lado, y tenía la cabeza de Parkland sobre sus piernas mientras le buscaba el pulso. El empleado miró hacia arriba a Matt Zaleski.
—Creo que está vivo, señor Zaleski, y uno de los otros también, aunque no sé decir por cuánto tiempo.
La gente de seguridad y de la ambulancia entró y se hizo cargo de la situación. La policía local —primero hombres de uniforme, y luego detectives de paisano— se le unió rápidamente.
Era muy poco lo que podía hacer Matt, pero ya no podría salir de la planta, sellada por un cordón de autos policiales. Sin duda la policía pensaba que quienquiera que hubiera perpetrado el asesinato y robo —se había confirmado que una de las víctimas estaba muerta— todavía podía estar dentro.
Luego de un rato, Matt volvió a su oficina del entrepiso donde se sentó, mentalmente aturdido e indiferente.
La visión de Frank Parkland, indudablemente malherido, había sacudido profundamente a Matt, lo mismo que ver el cuchillo que sobresalía del cuerpo del hombre con cara de indio. Pero el muerto era un desconocido para Matt, mientras que Parkland era su amigo. Aunque el subgerente de planta y el capataz habían tenido desavenencias, y una vez —un año antes— habían tenido un muy serio cambio de palabras, tales diferencias eran producto de la presión del trabajo. Normalmente, ambos se apreciaban y respetaban.
Matt pensó: ¿Por qué tenía que sucederle a un hombre bueno? El conocía otros por los que habría sufrido menos.
En ese preciso momento, Matt Zaleski advirtió que de pronto se le cortaba el aliento y sintió un aleteo en el pecho, como si tuviera dentro un pájaro que sacudía las alas tratando de salir. La sensación lo atemorizó. El mismo miedo que había conocido años antes cuando volaba sobre Europa en los bombarderos B-17F; el ser atacado por el fuego antiaéreo le hizo sudar, y ahora, como entonces, sabía que era el miedo a la muerte.
Matt también sabía que estaba sufriendo alguna especie de ataque y que necesitaba ayuda. Comenzó a pensar, como si no importara mucho, que iba a telefonear, y que, cuando vinieran a hacerle lo que fuera, les pediría que mandaran a buscar a Bárbara porque había algo que quería decirle. No sabía exactamente qué, pero si ella venía las palabras se encontrarían solas.
El problema era que, cuando se decidió a tomar el teléfono, descubrió que ya no tenía fuerza para moverse. Algo extraño le pasaba a su cuerpo. Ya no sentía nada en el costado derecho; parecía que no tuviera brazo ni pierna, ni la menor idea de dónde podían estar. Trató de gritar pero se dio cuenta, para su asombro y frustración, de que no podía. Y tampoco podía emitir sonido alguno.
Ahora sabía qué era lo que quería decirle a Bárbara: que a pesar de las diferencias que habían tenido, ella todavía era su hija y él la amaba, de la misma manera que había amado a su madre, a quien Bárbara se parecía de tantas maneras. También quería decir que si podían arreglar de alguna manera la presente disputa, él trataría de entenderla mejor, a ella y a sus amigos, de ahora en…
Matt descubrió que tenía alguna sensibilidad y capacidad de movimiento en el costado izquierdo. Intentó levantarse, usando el brazo izquierdo como palanca, pero el resto de su cuerpo le falló y se deslizó al suelo entre el escritorio y la silla.
En esa posición lo encontraron, consciente. Y sus ojos eran espejo de una agonía de frustración porque las palabras que quería decir no encontraban salida.
Entonces, por segunda vez aquella noche, llamaron una ambulancia a la planta.
—No sé si tenía conocimiento —le dijo el médico en el Hospital Ford a Bárbara, al día siguiente— de que su padre tuvo un ataque anterior.
—Ahora lo sé —respondió ella—. No lo había sabido hasta hoy.
Esa mañana, la señora Enfield, secretaria de la planta, había informado, con cargo de conciencia, del leve ataque de Matt unas semanas antes, cuando ella lo había llevado a casa y él la había persuadido para que no dijera nada. El departamento de Personal de la compañía había pasado esa información.
—Tomados juntos —dijo el médico—, ambos incidentes se amoldan a un patrón clásico. Era un especialista, un cardiólogo, calvo y de tez pálida, con un leve tic debajo de un ojo.
Como muchos otros en Detroit, pensó Bárbara, parecía que estuviera trabajando demasiado.
—Si mi padre no hubiera ocultado el primer ataque, ¿habría habido alguna diferencia?
El especialista se encogió de hombros.
—Quizá sí, quizá no. Habría recibido medicación, pero el resultado final podría haber sido el mismo. De todas maneras, en este momento la pregunta es ociosa.
Estaban en un anexo de la unidad de cuidados intensivos del hospital. A través de una ventana de cristal podía ver a su padre en una de las cuatro camas que había adentro; un tubo de goma roja le salía de la boca e iba hasta un aparato de respiración color gris-verdoso que estaba en un soporte cerca de él. El aparato, soplando regularmente, respiraba por él. Los ojos de Matt Zaleski estaban abiertos y el médico le había dicho a Bárbara que, a pesar de que su padre estaba en ese momento con sedantes, en otros momentos podía, sin duda, ver y oír. Bárbara se preguntó si él tenía conciencia de la joven mujer de color que estaba en la cama contigua, igualmente in extremis.
—Es probable —dijo el médico— que en algún período anterior su padre haya sufrido alguna lesión en las válvulas del corazón. Luego, cuando tuvo el primer ataque leve, un pequeño coágulo se separó del corazón y se alojó en la parte derecha del cerebro que, en una persona diestra, controla la parte izquierda del cuerpo.
Todo era tan impersonal, pensó Bárbara, como si se estuviera describiendo rutinariamente una pieza de maquinaria, y no el repentino derrumbe de un ser humano.
—Con el tipo de ataque que tuvo primero su padre, casi ciertamente su recuperación no era más que aparente. No hubo una verdadera recuperación — continuó el cardiólogo—. El sistema de alarma del cuerpo quedó dañado, y por esa causa el segundo ataque, al lado izquierdo del cerebro, produjo el devastador efecto que tuvo anoche.
Bárbara estaba con Brett la noche anterior cuando recibió un mensaje por teléfono diciendo que su padre había tenido un ataque repentino y lo habían llevado de urgencia al hospital. Brett la había acompañado hasta allí, pero se quedó esperando afuera.
—Entraré si me necesitas —le había dicho, tomándole la mano para tranquilizarla antes de que ella entrara—, pero de todas maneras no le gusto a tu padre y el estar enfermo no lo va a hacer cambiar de parecer. Puede empeorar si me ve contigo.
En camino al hospital, Bárbara tenía una sensación de culpa, y se preguntaba si su propia decisión de dejar el hogar paterno no había precipitado lo que había pasado con su padre. La dulzura de Brett, de la que tenía muestras día a día y por la cual cada vez lo quería más, subrayaba la tragedia de que los dos hombres que más le importaban no hubieran llegado a conocerse mejor. Al hacer un balance, ella creía que su padre era el principal culpable; de todas maneras, ahora Bárbara deseaba haberle telefoneado, como había pensado hacerlo desde su separación.
La noche anterior, en el hospital, la habían dejado hablar brevemente con su padre y un joven médico interno le había dicho:
—No puede comunicarse con usted, pero sabe que está aquí.
Ella había murmurado las cosas que esperaba que Matt quería oír; que la apenaba su enfermedad, que no estaría lejos, y que vendría con frecuencia al hospital. Mientras hablaba, Bárbara lo había mirado directamente a los ojos y a pesar de que no había ninguna muestra de que la reconociera había tenido la impresión de que los ojos se esforzaban por decirle algo. ¿Era su imaginación? Volvió a preguntarse lo mismo ahora.
—¿Qué posibilidades tiene mi padre? —le preguntó Bárbara al cardiólogo.
—¿De recuperarse? —él la miró interrogativamente.
—Sí. Y por favor, sea completamente sincero. Quiero saberlo.
—Algunas veces la gente no…
—Yo sí.
—Las posibilidades de que su padre tenga alguna recuperación sustancial son nulas —dijo en voz baja el cardiólogo—. Mi prognosis es que será un inválido hemipléjico por el resto de su vida, con pérdida completa del uso del lado derecho, incluyendo el habla.
Hubo un silencio, y luego Bárbara dijo:
—Si no le molesta, quisiera sentarme.
—Por supuesto —él la acompañó hasta una silla—. Es un duro golpe. Si quiere le daré algo.
—No —dijo ella sacudiendo negativamente la cabeza.
—Debía enterarse en algún momento —dijo el médico—, y usted lo preguntó.
Los dos miraron, por la ventana de la unidad de cuidados intensivos, a Matt Zaleski que seguía recostado, sin moverse, mientras la máquina respiraba por él.
—Su padre estaba en la industria automotriz, ¿no es cierto? —preguntó el cardiólogo—. En una planta de montaje, entiendo —por primera vez el médico parecía más cálido, más humano que antes.
—Sí.
—Recibo muchos pacientes de esa fuente. Demasiados —hizo un vago gesto más allá de las paredes del hospital hacia Detroit—. Siempre me ha parecido que aquello era como un campo de batalla, con víctimas. Me temo que su padre sea una de ellas.