Ruedas
Capítulo 24
Sir Perceval McDowall Stuyvesant, barón, y Adam Trenton se conocían y eran amigos desde hacía más de veinte años. Era una amistad muy suelta. A veces pasaban dos años o más sin que se vieran, ni se comunicaran siquiera, pero cuando estaban en la misma ciudad, lo que sucedía en ocasiones, se reunían y religaban fácilmente los hilos de su amistad, como si ésta nunca hubiera sido dejada de lado.
Quizás una de las razones de su duradera amistad era su disimilitud. Adam, aunque imaginativo, era sobre todo un maestro de la organización, un pragmatista que hacía que las cosas llegaran a feliz término. Sir Perceval, también imaginativo y con una creciente reputación de científico brillante, era más que nada un soñador a quien le costaba manejar las minucias prácticas: el tipo de hombre que podía inventar un cierre cremallera pero después se olvidaría de cerrarse el de su propio pantalón.
Sus antecedentes también diferían. Sir Perceval era el último de una larga línea de terratenientes ingleses, su padre había muerto y el título heredado era genuino. El padre de Adam había sido un obrero del acero de Buffalo, Nueva York.
Los dos se habían conocido en la facultad, en la Universidad de Purdue. Eran de la misma edad y se habían graduado juntos, Adam en ingeniería y Perceval, a quien sus amigos llamaban Perce, en física. Después Perce había pasado varios años acumulando títulos en ciencias, aparentemente con el mismo esfuerzo con que un niño recoge margaritas, y luego trabajó por un tiempo en la misma compañía de autos que Adam, en la sección Investigaciones Científicas —el «tanque de pensar»— donde Perce había hecho historia al descubrir nuevas aplicaciones para el microscopio electrónico.
Durante ese período habían pasado más tiempo juntos que en cualquier otro — había sido antes del casamiento de Adam con Erica, y Perce era soltero— y su amistad les resultó cada vez más agradable.
Por un tiempo Adam se había interesado un poco en la manía de su amigo: fabricar violines seudoantiguos dentro de los cuales, con peculiar humor, Perce pegaba etiquetas de Stradivarius, pero rechazó la sugestión de que estudiaran juntos ruso. Perce siguió adelante con ese proyecto por su cuenta, solamente porque alguien le había regalado una suscripción a una revista soviética, y en menos de un año podía leer ruso con facilidad.
Sir Perceval Stuyvesant tenía el aspecto de una zancuda y a Adam siempre le parecía igual: melancólico, de lo cual no tenía nada, y perpetuamente abstraído, como en efecto lo estaba. También tenía una naturaleza serena que nada podía perturbar, y cuando se concentraba en algo científico olvidaba todo lo que lo rodeaba, incluyendo siete hijos pequeños y ruidosos. Esa prole había aparecido a razón de uno por año desde el matrimonio de Perce, poco después que dejó la industria automotriz. Se había casado con una agradable y atractiva cabeza de chorlito, ahora Lady Stuyvesant, y durante los últimos años la familia en expansión había vivido en una alegre loquera de casa cerca de San Francisco.
Perce había volado de San Francisco a Detroit específicamente para ver a Adam. Se encontraron en la oficina de éste al atardecer de un día de agosto.
Cuando Perce le había telefoneado el día anterior para decirle que iba a venir, Adam le había dicho que no fuera a un hotel, sino a su casa de Quarton Lake. A Erica le gustaba Perce. Adam tenía la esperanza de que la llegada de un viejo amigo aliviaría en parte la tensión e incertidumbre que persistían entre él y su mujer.
Pero Perce no había querido.
—Más vale que no, chico. Si me encuentro con Erica en este viaje, querrá saber por qué estoy aquí, y posiblemente quieras decírselo a tu manera.
—¿Y por qué vienes?
—Quizás esté buscando trabajo.
Pero Sir Perceval no estaba buscando trabajo. Resultó que había venido a ofrecerle uno a Adam.
Una compañía de la Costa Oeste, dedicada a la tecnología de investigación en electricidad y radares, necesitaba una cabeza ejecutiva. Perce, uno de los fundadores de la compañía, era actualmente su vicepresidente científico, y entrevistaba a Adam en nombre propio y de sus asociados.
—Te haremos presidente, amigo —anunció—. Empezarías desde arriba.
—Eso es lo que Henry Ford le dijo a Bunkie Knudsen —dijo Adam secamente.
—Esto podría resultar mejor. Una razón es que tendrías una fuerte participación en las acciones. —Perce frunció levemente el ceño mientras miraba a Adam—. Te pido un favor mientras esté aquí. Que me tomes en serio.
—Siempre lo hice —ésa era una de las cosas en su relación, pensó Adam, basada en el mutuo respeto por la capacidad del otro, y con buenas razones. Adam tenía sus propios logros en la industria automotriz y Perce, a pesar de sus ocasionales vaguedades y sus distracciones en el diario existir, obtenía notable éxito en todo lo que tocaba en el campo científico. Incluso antes del encuentro de ese día, Adam había tenido informes sobre la compañía de Perce en la Costa Oeste, que en muy poco tiempo había logrado una sólida reputación por investigaciones y por su desarrollo, orientado hacia la electrónica.
—Somos una compañía pequeña —dijo Perce— pero estamos creciendo rápidamente, y ése es nuestro problema.
Continuó explicando que un grupo de científicos como él se habían unido para formar la compañía, con el objetivo de convertir en invenciones prácticas y en tecnología el conocimiento nuevo y avanzado que abundaba en las ciencias. Una preocupación principal eran las nuevas fuentes de energía y transmisión de potencia. Los desarrollos planeados no sólo ayudarían a ciudades e industrias bloqueadas, sino que aumentarían la provisión mundial de alimentos con irrigación masiva y propulsada. El grupo ya había tenido éxito en diversos campos, de manera que la compañía estaba, como decía Perce, «ganándose el pan con mantequilla y un poco de mermelada». Se esperaba mucho más.
—Buena parte de nuestro trabajo se refiere a superconductores —informó Perce —. ¿Sabes algo de eso? —le preguntó a Adam.
—Un poco, no mucho.
—Si hay un descubrimiento importante, y entre nosotros hay quien piensa que puede haberlo, será el logro más revolucionario en cuanto a fuerza motriz y metalurgia que haya habido en una generación. Te contaré algo más de eso. Podría ser nuestra ocupación más importante.
En ese momento, declaró Perce, lo que la compañía necesitaba era un hombre de negocios de primera clase para dirigirla.
—Somos científicos, chico. No es por jactarme, pero en este país, en ciencia nadie tiene tantos genios bajo un solo techo como nosotros. Pero tenemos que hacer cosas que no queremos hacer y para las que no estamos preparados: organización, gerencia, presupuestos, financiación y todo eso. Lo que queremos es quedarnos en nuestros laboratorios, experimentar y pensar.
Pero lo que el grupo no quería, declaró Perce, era cualquier hombre de negocios.
—Podemos conseguir contadores por docenas y consultores gerenciales por camionadas. Lo que necesitamos es un individuo especial, alguien con imaginación, que entienda y respete la investigación, que pueda utilizar la tecnología, canalizar invenciones, establecer prioridades, y manejar la oficina delantera mientras nosotros nos encargamos de la trastienda, y así y todo seguir siendo un ser humano decente. Para abreviar, amigo, te necesitamos a ti.
Era imposible no sentirse halagado. Que otra compañía le ofreciera un puesto no era una experiencia nueva para Adam, ni tampoco para la mayoría de los ejecutivos de automóviles. Pero la oferta de Perce, viniendo de quien venía, era algo totalmente diferente.
—¿Qué piensa el resto de tu gente? —preguntó Adam.
—Han aprendido a confiar en mi juicio. Puedo decirte que al considerar candidatos hicimos una lista. Una lista muy corta. Tu nombre era el único que había en ella.
—Me siento halagado —dijo Adam, modestamente.
Sir Perceval Stuyvesant se permitió una de sus escasas y lentas sonrisas.
—Posiblemente te sientas halagado en otros sentidos. Cuando quieras podemos hablar de sueldos, bonificaciones, porcentaje de acciones, y opciones.
Adam sacudió negativamente la cabeza.
—Todavía no, o acaso nunca. La cosa es que nunca consideré seriamente dejar el negocio automovilístico. Los coches han sido mi vida. Todavía lo son.
Para Adam toda la conversación seguía siendo mera dialéctica. Por más que respetara a Perce y por sólida que fuera la amistad entre ellos, para Adam era inconcebible la idea de irse de la industria automotriz.
Los dos estaban sentados frente a frente y Perce se revolvió en su silla. Tenía una manera de estirarse y encogerse mientras estaba sentado que hacía que su figura larga y delgada pareciera sinuosa. También cada movimiento señalaba un cambio en la conversación.
—¿Has pensado alguna vez —preguntó Perce— en lo que van a escribir en tu lápida?
—No estoy seguro de que me pongan lápida.
Perce agitó una mano.
—Hablo metafóricamente, amigo. Todos tendremos una lápida, de piedra o de aire. Tendrá escrito lo que hicimos con el tiempo que tuvimos, y lo que dejamos atrás. ¿Has pensado alguna vez en la tuya?
—Supongo que sí —dijo Adam—. Me imagino que todos lo hacemos.
Perce juntó los dedos de las manos y se los miró.
—Hay varias cosas que se podrían poner en la tuya, supongo. Por ejemplo: «Fue vicepresidente de una compañía automotriz» o quizás incluso «presidente»… eso si tienes suerte y derrotas a todos los demás contendientes fuertes. También estarías en buena compañía, por supuesto, aunque un poco abundante. Hay tantos presidentes y vicepresidentes en la industria automotriz… Es un poco como la población de la India.
—Si estás tratando de llegar a algún lado —dijo Adam—, ¿por qué no ir derecho al grano?
—Una espléndida sugestión. ¿Sabes qué podría decir tu lápida?: «Hizo algo nuevo, diferente, que valía la pena. Era uno de los líderes cuando se abrieron nuevos surcos, y se araron campos nuevos. Lo que dejó tras de sí es importante y perdurable.»
Perce se recostó en su silla como si la longitud del discurso —rara en su caso— y el esfuerzo emocional lo hubieran dejado exhausto.
En el silencio que se produjo, Adam se sintió más conmovido que en cualquier otro momento desde que comenzara esa conversación. Intelectualmente aceptaba la verdad de lo que había dicho Perce, y también se preguntaba por cuánto tiempo se recordaría el «Orion», una vez pasadas su época y su utilidad. Lo mismo pasaría con el «Farstar». Ambos parecían importantes ahora, y dominaban la vida de muchos, incluso la de él. Pero, ¿qué importancia tendrían para el porvenir?
Las oficinas estaban silenciosas. Caía la tarde, y allí, como en cualquier otra parte del edificio de personal, las presiones del día se iban aliviando, y las secretarias y otros empleados empezaban a irse a casa. Desde donde estaba sentado, Adam podía ver hacia afuera el tránsito de la autopista, cuyo volumen aumentaba a medida que comenzaba el éxodo de las fábricas y oficinas.
Había elegido esa hora del día porque Perce le había pedido especialmente que tuvieran por lo menos una hora durante la cual no los molestaran.
—Cuéntame algo más —pidió Adam— sobre los superconductores, el descubrimiento que has mencionado.
—Representan la manera de llegar a una enorme energía nueva —dijo Perce, calladamente—, una oportunidad de limpiar nuestro medio ambiente y de crear más abundancia de la que la tierra haya conocido hasta ahora.
Del otro lado de la oficina, sobre el escritorio de Adam, un teléfono sonó perentoriamente.
Adam miró hacia él con irritación. Antes de la llegada de Perce le había dicho a Úrsula, su secretaria, que no los molestaran. Perce también parecía fastidiado por la interrupción.
Pero Adam sabía que Úrsula no dejaría de lado sus instrucciones sin una buena razón. Disculpándose, cruzó la habitación, se sentó a su escritorio y cogió el teléfono.
—No lo habría llamado —anunció la voz grave de su secretaria—, pero es que el señor Stephensen dijo que tenía que hablar con usted, que es muy, muy urgente.
—¿Smokey Stephensen?
—Sí, señor.
—Pídale el número donde va a estar más tarde —dijo Adam, irritado—. Si puedo, lo llamaré. Pero no puedo hablar ahora.
Percibió la incertidumbre de Úrsula:
—Señor Trenton, eso es exactamente lo que le dije. Pero insiste. Dice que cuando se entere de qué se trata, no le molestará que lo interrumpan.
—¡Maldición! —Adam miró hacia Perce para disculparse y luego le preguntó a Úrsula—: ¿Está en la línea?
—Sí.
—Muy bien, pásemelo.
—No me llevará más de un minuto —prometió Adam, cubriendo el micrófono con la mano. El problema con la gente como Smokey Stephensen, pensó, era que siempre creían que sus propios asuntos eran los de más importancia.
Un clic. La voz del concesionario de autos.
—Adam, ¿es usted?
—Sí —Adam no hizo ningún intento de esconder su desagrado—. Entiendo que mi secretaria ya le ha dicho que estoy ocupado. Lo que sea, tendrá que esperar.
—¿Le digo eso a su esposa?
—¿Y qué quiere decir con eso? —preguntó Adam, malhumorado.
—Quiero decir, señor-Gran-Ejecutivo-demasiado-ocupado-para-atender-una-llamada-telefónica-de-un-amigo, que su esposa ha sido arrestada. Y no por una infracción de tránsito, si es que se lo está preguntando. Por robo.
Adam se detuvo, en conmovido silencio, mientras Smokey continuaba:
—Si quiere ayudarla y ayudarse, en este mismo momento deje cualquier cosa que esté haciendo y venga donde lo espero. Escuche con cuidado, que le diré dónde estoy.
Aturdido, Adam anotó las indicaciones de Smokey.
—Necesitamos un abogado —dijo Adam—. Conozco a varios. Voy a telefonear a uno para que venga aquí.
Estaba con Smokey Stephensen, en el auto de Smokey, en el parque de estacionamiento de la comisaría de la policía suburbana. Adam todavía no había entrado. Smokey lo había persuadido de que se quedara en el auto, mientras le contaba los hechos concernientes a Erica, de los que se había enterado por teléfono, de boca del jefe Arenson, y durante su visita a la oficina de éste, antes de la llegada de Adam. Mientras escuchaba, Adam se había puesto cada vez más tenso, y la preocupación le acentuaba el ceño.
—Seguro, seguro —aprobó Smokey—. Vaya a llamar a un abogado. Y de paso, ¿por qué no llama al News, al Free Press y al Birmingham Eccentric? Es posible que hasta le manden fotógrafos.
—¿Y qué importa? Es obvio que la policía ha cometido un error estúpido.
—No han cometido ningún error.
—Mi esposa nunca…
—Su esposa lo hizo —interrumpió Smokey, exasperado—. ¿Quiere meterse eso en la cabeza? Y no solamente lo hizo, sino que también firmó una confesión.
—No lo puedo creer.
—Más vale que lo crea. El jefe Arenson me lo dijo; él no mentiría. Además, la policía no es tonta.
—No —dijo Adam—, ya sé que no —inspiró profundamente y dejó salir poco a poco el aire, forzándose a pensar con cuidado, por primera vez desde que había interrumpido apresuradamente la reunión con Perceval Stuyvesant, media hora antes. Perce se había mostrado comprensivo, dándose cuenta de que pasaba algo grave, a pesar de que Adam no había entrado en detalles sobre la repentina llamada telefónica. Se habían puesto de acuerdo en que Adam llamaría a Perce a su hotel esa misma tarde, o bien a la mañana siguiente.
Ahora, junto a Adam, Smokey esperaba, fumando un cigarro, y el auto apestaba a humo a pesar del aire acondicionado. La lluvia, monótona, seguía cayendo afuera, como había caído toda la tarde. El crepúsculo se iniciaba y en los vehículos y los edificios iban encendiéndose las luces.
—Muy bien —dijo Adam—, si Erica hizo lo que dicen, debe de haber algo detrás de eso.
Por costumbre, el concesionario se frotó la barba. Al llegar Adam, su saludo no había sido ni amistoso ni hostil, y ahora su voz era impersonal.
—Sea lo que fuere, supongo que es problema de usted y de su esposa. No importa qué es lo que está bien ni lo que está mal; ninguna de las dos cosas es mi problema. Hablamos de los hechos.
Un patrullero aparcó cerca de donde ellos estaban. Dos policías uniformados salieron, escoltando a un tercer hombre que iba entre ellos. Los policías miraron con severidad hacia el auto de Stephensen y sus dos ocupantes; el tercer hombre, que estaba esposado, apartó los ojos. Mientras Smokey y Adam miraban, el trío entró a la comisaría.
Era un incómodo recordatorio del tipo de negocios que se trataban allí.
—Lo que pasa —respondió Adam— es que Erica está adentro, según usted me dice, y necesita ayuda. Puedo meterme yo en el asunto, y comenzar a usar mi influencia y tal vez cometer errores, o puedo ser sensato y llamar a un abogado.
—Sensato o no —gruñó Smokey—, es posible que inicie algo que no podrá detener, y que después desee haberlo hecho de otra manera.
—¿De qué otra manera?
—Por ejemplo, empezar por dejarme entrar a mí, para que lo represente. Por ejemplo que yo vuelva a hablar con el jefe. Por ejemplo, ver qué es lo que yo puedo hacer.
—¿Y por qué lo llamó a usted la policía? —preguntó Adam, admirándose de que no lo había hecho antes.
—El jefe me conoce —explicó Smokey—. Somos amigos y él sabe que lo conozco a usted —se cuidó de decirle a Adam lo que ya había averiguado: que había buenas probabilidades de que el comercio donde había ocurrido el robo se contentara con el pago de la mercadería y retirara los cargos; también que el jefe Arenson se daba cuenta de que era un caso que provocaría problemas locales, y por lo tanto se podría llegar a un acuerdo favorable, según la cooperación y discreción que mostraran los interesados.
—No estoy en mi terreno —dijo Adam—. Si piensa que puede hacer algo, adelante. ¿Quiere que vaya con usted?
Smokey se quedó quieto. Tenía las manos sobre el volante y el rostro sin expresión.
—Bueno —urgió Adam—, ¿puede hacer algo o no?
—Sí —admitió Smokey—. Supongo que sí.
—¿Entonces, qué espera?
—El precio —dijo suavemente Smokey—. Hay un precio para todo, Adam. Usted debe de saberlo mejor que nadie.
—Si estamos hablando de soborno…
—¡Ni mencione la palabra soborno! Ni aquí ni allí dentro —Smokey hizo un gesto hacia la comisaría—. Y recuerde esto: Wilbur Arenson es un tipo razonable. Pero si le ofrece cualquier cosa, le dará con el reglamento en la cabeza de su esposa. Y a usted también.
—No tenía esa intención —Adam parecía desconcertado—. Si no es eso, entonces…
—¡Hijo de puta! —Smokey gritó las palabras; sus manos, que aferraban el volante, estaban blancas—. Me está arruinando el negocio, ¿recuerda? ¿O tiene tan poca importancia que ya se ha olvidado? Un mes, dijo. Un mes para que su hermana ponga las acciones de mi negocio en venta. Un mes para que entregue ese solapado cuaderno suyo a los sabuesos de la compañía.
—Ya llegamos a un acuerdo sobre eso —dijo Adam, inflexible—. No tiene nada que ver con esto.
—¡Que lo parta un rayo si no tiene que ver con esto! Si quiere que su esposa salga de este lío, sin que el nombre de ella y el suyo circulen por todo Michigan, será mejor que lo piense todo de nuevo, y rápido.
—O que me explique usted de qué manera…
—Le estoy ofreciendo un trato —dijo Smokey—. Si necesita que se lo explique, no es ni de lejos tan vivo como yo pensaba.
Adam dejó que el desprecio que sentía se expresara en su voz.
—Supongo que he entendido el proyecto. A ver si estoy en lo cierto. Está dispuesto a actuar de intermediario, usando su amistad con el jefe de policía, para tratar de que pongan en libertad a mi esposa y retiren los cargos. A cambio, supone que le diré a mi hermana que no retire la inversión de su negocio y que haré como si no supiera de qué manera inmoral lo maneja usted.
—No abuse de la palabra inmoral —gruñó Smokey—. Quizá deba recordar que algo de eso hay en su familia.
Adam pasó por alto el comentario.
—¿He entendido correctamente su proposición o no?
—Es vivo después de todo. La ha entendido bien.
—Entonces la respuesta es no. En ninguna circunstancia cambiaría el consejo que le voy a dar a mi hermana. Estaría supeditando el interés de ella a mi servicio.
—¿Quiere eso decir que reconsideraría la parte concerniente a la compañía? — preguntó rápidamente Smokey.
—No he dicho eso.
—Tampoco dejó de decirlo.
Adam se quedó en silencio. Dentro del auto sólo se oía el ronroneo del motor ralentizado, y el zumbido del aire acondicionado.
—Aceptaré la mitad del trato. No importa lo de Teresa. Me conformaré con que no le vaya con cuentos a la compañía —hizo una pausa, y luego amplió su comentario—. Ni siquiera le voy a pedir ese cuadernillo negro que tiene. Sólo que no lo use.
Adam todavía no contestó.
—Podría decirse que está eligiendo entre la compañía y su esposa. Sería interesante saber a quién pone en primer lugar.
—Sabe que no me queda ninguna elección —contestó Adam, amargamente.
Se daba cuenta de que Smokey lo había embaucado, como había sucedido el día del enfrentamiento en la concesionaria, cuando le había pedido doble tiempo del que necesitaba, para luego aceptar lo que quería desde el principio. Las dos veces había sido un antiguo truco de fullero.
Pero esa vez, recordó Adam, tenía que pensar en Erica. No había otra manera.
¿O la había? Incluso en ese momento se sentía tentado de prescindir de la ayuda de Smokey, ir solo a la policía, averiguar lo que pudiera de esa situación que todavía le parecía irreal, y luego ver a qué acuerdo se podía llegar, si tal posibilidad existía. Pero era un riesgo. El hecho era que Smokey conocía al jefe Arenson, y sabía además cómo manejarse en ese tipo de situación, y Adam no. Momentos antes, al decir «No estoy en mi terreno» Adam había dicho la verdad.
Pero sabía que había actuado contra sus escrúpulos morales y que había comprometido su conciencia, fuera o no en atención a Erica. Tenía la lúgubre sospecha de que ésa no sería la última vez, y de que, tanto personalmente como en su trabajo, haría componendas más grandes a medida que pasara el tiempo.
Smokey, por su parte, ocultaba dentro de sí una efervescente alegría. Poco tiempo atrás, el día en que Adam lo amenazó con descubrir sus maniobras y él consiguió un mes de gracia, Smokey había quedado convencido de que alguna solución aparecería. Había mantenido su convicción. Ahora parecía que había tenido razón.
—Adam —dijo Smokey, mientras aplastaba el cigarro, tratando desesperadamente de no reírse—, vamos a sacar a su esposa de la jaula.
Las formalidades fueron cumplidas y observados los rituales.
El jefe Arenson había amonestado severamente a Erica, en presencia de Adam:
—Señora Trenton, si esto vuelve a suceder, le será aplicada toda la fuerza de la ley. ¿Entiende eso claramente?
Los labios de Erica formaron un «sí» apenas audible.
Ella y Adam estaban en sillas separadas, enfrentando al jefe, sentado detrás de su escritorio. A pesar de su severidad, el jefe Arenson parecía más un banquero que un policía. El estar sentado acentuaba su corta estatura; una luz cenital brillaba sobre su calva.
Nadie más había en la habitación. Smokey Stephensen, después de haber arreglado esa reunión y su resultado, esperaba en el corredor de afuera.
Adam estaba ya adentro con el jefe cuando trajeron a Erica, escoltada por una policía.
Adam se dirigió hacia ella, con los brazos extendidos. Ella pareció sorprendida de verlo.
—No les dije que te llamaran, Adam. No quería que te vieras envuelto en esto — su voz estaba cansada y nerviosa.
—Para eso están los maridos, ¿no es cierto? —dijo él mientras la abrazaba.
Ante una indicación del jefe, la mujer policía se había retirado. Luego de un momento, cuando el jefe lo sugirió, todos se sentaron.
—Señor Trenton, por si usted tuviera la idea de que ha habido alguna equivocación en este asunto, creo que debe leer esto —el jefe Arenson le pasó a Adam un papel por encima del escritorio. Era una fotocopia de la declaración firmada por Erica en la que ella admitía su culpabilidad.
El jefe esperó mientras Adam lo leía, y luego se dirigió a Erica:
—En presencia de su esposo, señora Trenton, le pregunto: ¿Se usó con usted algún estímulo para hacer esa declaración, o fue empleado algún tipo de fuerza o coerción?
Erica sacudió negativamente la cabeza.
—¿Afirma, entonces, que esa declaración fue enteramente voluntaria?
—Sí —Erica evitó los ojos de Adam.
—¿Tiene alguna queja, ya sea de la manera en que fue tratada aquí, o concerniente a los policías que la arrestaron?
Una vez más Erica sacudió la cabeza negativamente.
—En voz alta, por favor. Quiero que la oiga su esposo.
—No —dijo Erica—. No, no tengo ninguna queja.
—Señora Trenton —dijo el jefe—, quisiera hacerle una sola pregunta más. No tiene que contestarla, pero me ayudaría si lo hiciera, y quizá también a su esposo. También prometo que cualquiera sea la respuesta, nada sucederá a causa de ella.
Erica esperó.
—¿Ha robado antes, señora Trenton? Quiero decir recientemente, en las mismas circunstancias que hoy.
Erica vaciló. Luego contestó suavemente:
—Sí.
—¿Cuántas veces?
—Usted dijo sólo una pregunta, y ella la contestó —indicó Adam.
El jefe Arenson suspiró.
—Está bien. Dejémoslo así.
Adam se dio cuenta de que Erica miraba con agradecimiento hacia él, y luego se preguntó si había estado mal al interceder. Tal vez habría sido mejor que todo saliera a la luz, ya que el jefe había prometido inmunidad. Después Adam pensó que el lugar para cualquier otra revelación era en privado, entre él y Erica.
Si Erica decidía contarle. No había ninguna certeza de que lo hiciera.
Incluso ahora Adam no tenía la menor idea de cómo iban a tratar eso cuando él y Erica llegaran a casa. ¿Cómo se hacía para manejar el hecho de que la esposa de uno era una ladrona?
Tuvo un repentino relámpago de furia: ¿Cómo podía Erica hacerle eso a él?
En ese momento el jefe Arenson le dio a Erica la severa amonestación que ella aceptó.
—En este caso especial —continuó—, a causa de la importancia que tiene su esposo en esta ciudad y el desdichado efecto que podría tener sobre ustedes un proceso, el comercio afectado se ha avenido a retirar los cargos y yo he decidido no tomar ninguna otra medida.
—Sabemos que fue su iniciativa, jefe, y le estamos agradecidos —dijo Adam.
El jefe Arenson inclinó la cabeza admitiéndolo.
—Señor Trenton, a veces hay ventajas en tener una fuerza policial suburbana local en vez de una gran fuerza metropolitana. Le puedo decir que si esto hubiera ocurrido en el centro, y la policía hubiera intervenido, el resultado habría sido muy diferente.
—Si alguna vez se plantea el tema, mi esposa y yo estaremos entre los más fuertes abogados por mantener una fuerza local.
El jefe no hizo ninguna señal de reconocimiento. La politiquería, pensaba, no debía ser demasiado obvia, aunque era bueno haber ganado dos defensores más de la autonomía local. Un día, si ese Trenton llegaba tan alto como rezaba la predicción, podía resultar un fuerte aliado. Al jefe le gustaba ser jefe. Tenía intenciones de hacer todo lo posible para seguir siéndolo hasta su jubilación, y no de volver a ser un subordinado, como sucedería bajo una fuerza metropolitana, y tener que recibir órdenes del centro.
Saludó con la cabeza, pero no se puso de pie —no tenía sentido ir demasiado lejos— cuando los Trenton salieron.
Smokey Stephensen ya no estaba en el corredor de afuera, sino que esperaba en su auto. Bajó de él cuando Adam y Erica salieron del cuartel de policía. Ya había oscurecido. La lluvia había cesado.
Mientras Adam esperaba que Smokey se aproximara, Erica siguió sola hasta donde había quedado el auto de Adam. Habían arreglado que dejarían el convertible de Erica en el garaje de la policía y lo recogerían a la mañana siguiente.
—Le debemos agradecimiento —le dijo Adam a Smokey—. Mi esposa no se siente con ánimos ahora, pero le hablará más tarde —Adam tenía que esforzarse para ser cortés porque todavía estaba amargamente resentido por las tácticas chantajistas del concesionario. Sin embargo, razonando admitía que sin tener a mano a Smokey las cosas podrían haber resultado peores.
Entonces Adam recordó la cólera que había sentido adentro contra Erica. Otra cosa que ella había hecho, pensó, era ponerlo en manos de Smokey Stephensen.
Smokey sonrió, y se quitó el cigarro de la boca.
—No hay necesidad de agradecerme nada. Mientras mantenga su palabra en nuestro trato.
—La mantendré.
—Una sola cosa más, y quizá me diga que no es de mi incumbencia, pero no sea muy duro con su esposa.
—Tiene razón —asintió Adam—. No es de su incumbencia.
—La gente hace cosas raras, por raros motivos. A veces vale la pena volver a mirar para averiguar cuáles eran las verdaderas razones.
—Si alguna vez necesito un psicólogo amateur, lo llamaré —Adam se dio vuelta —. Buenas noches.
Smokey lo miró irse, pensativamente.
Habían recorrido la mitad del camino hacia Quarton Lake.
—No has dicho nada —dijo Erica—. ¿No piensas hablar? —estaba mirando directamente al frente, y aunque su voz parecía cansada, tenía un toque de desafío.
—Lo que tengo que decir son dos palabras: ¿Por qué? —mientras conducía, Adam había estado luchando por dominar su indignación y su cólera. Ahora ambas hicieron erupción—. ¡En el nombre de Dios! ¿Por qué?
—Es lo que yo me estoy preguntando.
—Bueno, pregúntatelo de nuevo a ver si encuentras alguna respuesta cuerda. Que me maten si yo puedo.
—No tienes por qué gritar.
—Tú no tienes por qué robar.
—Si nos vamos a pelear —dijo Erica—, no vamos a conseguir nada.
—Lo único que quiero es la respuesta a una simple pregunta.
—Y la pregunta es: ¿por qué?
—Exacto.
—Si quieres saberlo —articuló Erica—, disfruté bastante al hacerlo. Supongo que eso te espanta.
—¡Al diablo si me espanta!
Ella continuó pensando en voz alta, como si se lo estuviera explicando a sí misma.
—Por supuesto que no quería que me atraparan, pero me daba un estremecimiento saber que podía suceder. Hacía que todo fuera emocionante y de alguna manera más afilado. En cierto modo era la sensación que uno tiene cuando ha tomado una copa de más. Claro que cuando me atraparon fue horrible. Mucho peor de lo que me había imaginado.
—Bueno —dijo Adam—, por lo menos estamos llegando a un comienzo.
—Si no te molesta, eso es lo único que quiero decir esta noche. Me doy cuenta de que debes de tener un montón de preguntas, y supongo que tienes derecho a hacerlas. Pero, ¿podríamos dejar el resto para mañana?
Adam la miró. Vio que Erica se había recostado y que tenía los ojos cerrados. Parecía joven, vulnerable y cansada.
—De acuerdo —contestó.
—Y gracias por venir —agregó ella, tan suavemente que él tuvo que hacer un esfuerzo para oírla—. Es verdad lo que dije… que no iba a mandar a buscarte, pero me sentí muy contenta cuando te vi allí.
El estiró el brazo y apoyó la mano sobre la de ella.
—Dijiste algo —Erica seguía hablando con tono soñoliento, como desde lejos— de llegar a un comienzo. ¡Si pudiéramos empezar de veras de nuevo…!
—¿De qué manera?
—De todas maneras —suspiró ella—. Pero ya sé que no podemos.
—Tal vez podamos —dijo Adam, impulsivamente.
Pensó que era extraño que hoy, entre todos los días, Perceval Stuyvesant le hubiera sugerido una manera.
Sir Perceval y Adam estaban desayunando juntos en el Hilton Hotel del centro, donde se hospedaba Perce.
Adam no había hablado con Erica desde que volvieron a casa, la noche anterior. Ella se había ido exhausta a la cama, se había dormido en seguida y seguía durmiendo profundamente cuando él había salido de casa temprano, para ir a la ciudad. Había pensado despertarla, pero decidió no hacerlo, y luego, a mitad de camino hacia la cita para desayunar, se había arrepentido de no haberlo hecho. Habría vuelto, pero Perce tenía que volar a Nueva York a media mañana: por esa razón habían combinado el encuentro por teléfono la noche anterior; también porque, repentinamente, la proposición de Perce parecía ahora más pertinente e importante que el día anterior.
Una cosa que había observado Adam la noche anterior era que, aunque se había ido a dormir sola a la habitación de huéspedes, como todo el mes anterior, Erica había dejado la puerta abierta, y así seguía cuando él entró de puntillas esa mañana.
Ahora decidió que la llamaría por teléfono dentro de una hora. Y, si Erica quería hablar, arreglaría sus cosas en la oficina para ir a casa en algún momento, por la mañana.
Mientras desayunaban, Perce no hizo ningún comentario sobre la interrupción de la charla del día anterior, ni Adam tampoco. Perce preguntó brevemente por Greg y Kirk, los hijos de Adam, y luego hablaron de los superconductores, tema en el que la pequeña compañía científica que le ofrecía la presidencia a Adam esperaba lograr un importante descubrimiento.
—Una cosa extraordinaria de los superconductores, chico, es que el público y la prensa saben muy poco de ellos —Perce bebió su infusión de té de Ceilán y de la India, de la que siempre llevaba una lata y que se hacía preparar especialmente donde estuviera.
—Como tal vez sepas, Adam, un superconductor es un metal o alambre que puede transportar una carga completa de electricidad sin pérdida ninguna.
Adam asintió. Cualquier estudiante de física adelantado sabía que todos los cables y alambres actuales causaban una pérdida mínima del quince por ciento del fluido, por la resistencia.
—Así que un superconductor que funcione sin resistencia —dijo Perceval— revolucionaría todos los sistemas de fluido eléctrico del mundo. Entre otras cosas, eliminaría equipos de transmisión complejos y caros y proveería cantidades fantásticas de potencia a un costo increíblemente bajo. Lo que retrasó su desarrollo hasta ahora era el hecho de que los superconductores sólo podían funcionar a bajísimas temperaturas: unos 265 grados Fahrenheit bajo cero.
—Más bien frío, ¿no? —comentó Adam.
—Bastante. Por eso, en los últimos años, encontrar un superconductor que funcione a temperatura ambiente era un sueño de los científicos.
—¿Es posible que sea algo más que un sueño?
Perce meditó antes de contestar.
—Hace años que nos conocemos, Adam. ¿Me has visto alguna vez exagerar?
—No —reconoció éste—. Muy al contrario. Siempre fuiste muy cauteloso.
—Todavía lo soy —Perce sonrió, bebió más té, y luego continuó—: Nuestro grupo no ha descubierto un superconductor que funcione a la temperatura ambiente, pero ciertos fenómenos —el resultado de experimentos que hemos hecho— nos tienen en vilo. Hay días en que nos preguntamos si no andamos cerca.
—¿Y si fuera verdad?
—Si es verdad, si hay un descubrimiento, no habrá aspecto de la tecnología moderna que no resulte afectado y mejorado. Te daré un par de ejemplos.
Adam lo escuchaba con creciente fascinación.
—No entraré en todas las hipótesis de los campos magnéticos, pero una de ellas es la del anillo superconductor. Es un alambre que puede almacenar corriente eléctrica en grandes cantidades y guardarla intacta, y si logramos el otro descubrimiento estaremos muy cerca de éste también. Hará posible el transporte de poder eléctrico portátil en grandes cantidades, de un lugar a otro, por camión o barco o aeroplano. Imagínate usarlo en el desierto o en la jungla: es enviado por aire hasta allí, sin ningún generador a la vista y se envía más cuando sea necesario. ¿Y te figuras un anillo superconductor, esta vez en un automóvil movido por electricidad, haciendo que la batería sea tan anticuada como una vela?
—Ya que lo preguntas —dijo Adam—, me cuesta bastante imaginármelo.
—No hace mucho, a la gente le costaba imaginarse la energía atómica y los viajes espaciales —le recordó Perce.
Adam pensó que era verdad, y luego apuntó:
—Has dicho un par de ejemplos.
—Eso es. Una de las cosas interesantes en un superconductor es que es diamagnético, o sea que cuando es usado en conjunción con imanes comunes, pueden producirse inmensas fuerzas de rechazo. ¿Ves las posibilidades? En cualquier tipo de mecanismo, metales que van juntos pero que nunca llegan a tocarse. Es obvio que tendríamos rodamientos sin fricción. Y podrías construir un automóvil sin que las piezas metálicas estén en contacto unas con otras; por lo tanto, no habría desgaste. Estas son las posibilidades para empezar. Las demás son infinitas.
Era imposible no compartir algo de la convicción de Perce. De cualquier otra persona, Adam habría pensado que le estaba hablando de ciencia-ficción o de una posibilidad a largo plazo. Pero no de Perce Stuyvesant; su buen juicio y sus realizaciones en el campo científico eran innegables.
—Afortunadamente —dijo Perce—, en los problemas que te comenté y en otros, nuestro grupo ha podido moverse sin llamar demasiado la atención. Pero pronto la llamará y mucho. Esa es otra razón por la que te necesitamos.
Adam lo estaba pensando. El informe de Perce y sus ideas lo atraían, aunque se preguntaba si esa atracción sería tan grande o tan duradera como la que experimentaba con los autos, con el «Orion» y el «Farstar», por ejemplo. Todavía le era difícil pensar en no ser parte de la industria automotriz. Pero algo lo atraía en lo que Perce había dicho el día anterior sobre abrir nuevos caminos, y arar tierras nuevas.
—Si volvemos sobre esto en serio, iré a San Francisco para hablar con el resto de tu gente —aclaró Adam.
—Estaríamos más que encantados, amigo, y te pido que lo hagas pronto —Perce abrió los brazos en un gesto de lamento—. Claro que es posible que no todo lo que te he contado funcione como esperamos; tampoco un descubrimiento es un descubrimiento mientras no sucede. Pero habrá algunas cosas importantes y emocionantes; de eso estamos seguros y eso te lo prometo. ¿Recuerdas aquel verso?: «Hay una marea en los asuntos de los hombres. Y hay que tomarla en la pleamar…»
—Sí —respondió Adam—, lo recuerdo. Estaba pensando si habría un tiempo y una marea, para él y para Erica.