Ruedas

Arthur Hailey · Capítulo 3 de 32

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Ruedas

Capítulo 2

En la planta de montaje de automotores al norte de la autopista Fisher, Matt Zaleski, gerente ayudante de planta y encanecido veterano de la industria automotriz, estaba contento de que fuera miércoles.

Eso no significaba que el día estuviera exento de problemas urgentes y ejercicios de supervivencia; ningún día lo estaba. Esa noche, como cualquier otra, iría a su casa muy cansado, sintiéndose más viejo que sus cincuenta y tres años y convencido de haber pasado otro día de su vida dentro de una olla a presión. Matt Zaleski a veces deseaba poder recuperar la energía que tenía cuando era joven, o cuando era un recién llegado a la industria automotriz, o cuando estuvo como bombardero en la fuerza aérea durante la Segunda Guerra Mundial. A veces también pensaba, al mirar hacia atrás, que los años de la guerra —aunque hubiera estado en Europa en lo peor del conflicto y con una importante hoja de servicios— habían sido menos críticos que su actual tarea civil.

Ya, en los pocos minutos que llevaba en su oficina con paneles de vidrio, en el entrepiso situado sobre la planta de montaje, incluso mientras se quitaba el sobretodo, había examinado superficialmente un memorándum marcado en rojo que estaba sobre su escritorio: una queja del sindicato que —se dio cuenta inmediatamente— podía causar el abandono del trabajo en toda la planta, si no se la atendía pronto y bien. Había indudablemente más motivos de preocupación en la pila de papeles adyacente —otros dolores de cabeza, incluyendo escasez crítica de materiales (todos los días faltaba algo) o requerimientos de control de calidad, o fallas en la maquinaria o algún nuevo enigma que a nadie se le había ocurrido antes, y cualquiera de esas cosas podía paralizar la línea de montaje e interrumpir la producción.

Zaleski dejó caer su robusta figura sobre la silla junto a su escritorio gris metalizado, desplazándose con movimientos cortos y espasmódicos, como siempre lo hacía. Oyó protestar a la silla como si le recordara el creciente exceso de peso y el enorme vientre con que andaba por el mundo. «Ahora sí que no me podría apretujar dentro de la estrecha cúpula en el morro de un B-17», pensó avergonzado. Deseaba que la preocupación le quitara algunos kilos; en cambio parecía agregárselos, especialmente desde que Fedra había muerto y la soledad nocturna lo empujaba hacia el refrigerador, en busca de comida, a falta de otra cosa que hacer.

Pero por lo menos hoy era miércoles.

Las cosas importantes primero. Apretó el botón del intercomunicador que daba a la oficina general; su secretaria todavía no había llegado. Contestó otro empleado.

—Quiero ver a Parkland y al delegado del sindicato —ordenó el gerente ayudante de planta—. Haz que vengan rápido aquí.

Parkland era un capataz. Del otro lado sabrían muy bien de qué delegado del sindicato se trataba, porque ya estarían enterados del memorándum marcado en rojo que estaba sobre su escritorio. En una planta, las malas noticias viajaban con la velocidad de la gasolina encendida.

La pila de papeles, todavía sin tocar, a pesar de que pronto tendría que volver a ellos, recordó a Zaleski que había estado pensando lúgubremente en las muchas causas que podían paralizar una cadena de montaje.

Detener la cadena, interrumpir la producción por cualquier razón, era como clavar una espada en el costado de Matt Zaleski. La función de su trabajo, su raison d'étre personal, era mantener en movimiento la cadena de modo que los automóviles terminados salieran a razón de uno por minuto, sin que importara de qué manera lo conseguía, o si a veces él se sentía como un malabarista que tuviera quince pelotas en el aire al mismo tiempo. A la gerencia superior no le interesaba el acto de malabarismo, ni tampoco las excusas. Lo que contaba eran los resultados: cuotas, producción diaria, costos de producción. Pero si la cadena se paralizaba, él se enteraría muy rápido. Cada minuto de tiempo perdido significaba que no se producía un automóvil, y que la pérdida nunca sería recuperada. De ese modo, incluso una detención de dos o tres minutos costaba miles de dólares, porque mientras una cadena de montaje estaba detenida, los salarios y otros costos seguían corriendo.

Pero por lo menos hoy era miércoles.

El intercomunicador vibró:

—Ya están en camino, señor Zaleski.

El agradeció secamente.

La razón por la cual a Matt Zaleski le gustaban los miércoles era simple. El miércoles estaba separado por dos días del lunes, y el viernes todavía estaba dos días más allá.

Los lunes y los viernes, en las plantas automotrices, eran los días de mayor preocupación para la gerencia a causa del absentismo. Cada lunes era mayor la cantidad de empleados que no llegaban a trabajar. Aun más que en cualquier otro día normal. Y el viernes le seguía muy de cerca. Eso sucedía porque después que se hacían los pagos, generalmente los jueves, para gran cantidad de empleados comenzaba un largo fin de semana de embriaguez o drogas y luego el lunes era el día para poder recuperar el sueño o reponerse de las consecuencias de la borrachera.

De esa manera, los lunes y los viernes, las otras dificultades eran eclipsadas por el gran problema de mantener constante la producción a pesar de la crítica escasez de personal. El personal era movido como las bolitas en un juego de damas chino. Algunos pasaban de las tareas a las que estaban acostumbrados, a trabajos que nunca habían hecho antes. Un obrero que normalmente apretaba tuercas de rueda podía encontrarse instalando parachoques delanteros, y a menudo con poco y algunas veces sin ningún adiestramiento. Otros, traídos precipitadamente de agencias de trabajo, o de tareas no calificadas, como cargar camiones o barrer el piso, entraban a trabajar en cualquier lugar donde quedaran huecos. Algunas veces aprendían rápidamente su rol temporario, otras veces se pasaban un turno entero instalando abrazaderas en la manguera del calefactor, o algo similar… al revés.

El resultado era inevitable. Muchos automóviles construidos los lunes y los viernes estaban toscamente terminados, y llevaban una carga de problemas para sus dueños, y los que estaban al tanto de eso los evitaban como carne contaminada. Algunos grandes concesionarios del centro de la ciudad, que conocían el problema y tenían influencia en las fábricas, dado el volumen de sus ventas, insistían en que los automóviles para sus mejores clientes fueran construidos los martes, miércoles o jueves. Los vehículos para los ejecutivos de la compañía y sus amigos eran invariablemente programados para alguno de esos días de la semana.

La puerta de la oficina del gerente ayudante de planta se abrió bruscamente. Parkland, el capataz a quien había hecho llamar, entró sin molestarse en golpear.

Parkland era un hombre de hombros anchos y huesos grandes, de casi cuarenta años, unos quince años más joven que Matt Zaleski, con aspecto de jugador de fútbol y, a diferencia de muchos otros capataces actuales, daba la impresión de poder manejarse con autoridad. También daba la impresión, en ese momento, de que esperaba complicaciones y estaba listo para afrontarlas. La cara del capataz echaba chispas. Tenía un oscuro moretón, observó Zaleski, bajo el pómulo derecho.

Pasando por alto su modo de entrar, Zaleski le indicó una silla.

—Ponte cómodo y luego cálmate.

Se miraron a través del escritorio.

—Estoy dispuesto a oír tu versión de lo sucedido —dijo el subjefe de planta— pero no me hagas perder el tiempo, porque según lo que dice aquí —tocó el informe de queja marcado en rojo— nos has metido a todos en un lindo problema.

—¡Al diablo con que los metí yo! —Parkland miró furiosamente a su jefe; por sobre el moretón su cara se enrojeció—. Despedí a un tipo porque me trompeó. Y lo que es más, voy a hacer que eso se cumpla, y si a usted no le faltan agallas y quiere ser justo, me apoyará.

Matt Zaleski elevó la voz al bramido de toro que había aprendido a usar en la fábrica.

—¡Termina con esa maldita idiotez, ahora mismo! —No tenía ninguna intención de dejar que el asunto se le escapara de las manos. Más razonablemente, gruñó—: Te he dicho que te calmaras y lo he dicho en serio. Cuando llegue el momento seré yo quien decida a quién apoyar, y por qué. Y no quiero más estupideces de agallas y de justicia. ¿Entendido?

Sus ojos se enfrentaron y Parkland fue el primero en bajar la vista.

—Muy bien, Frank —dijo Matt—. Empecemos de nuevo, y esta vez cuéntamelo directamente desde el principio.

Hacía mucho que conocía a Frank Parkland. Los antecedentes del capataz eran buenos y generalmente era justo con los hombres que trabajaban bajo sus órdenes. Algo excepcional debía haberlo hecho encolerizar de esa manera.

—Había un trabajo que estaba fuera de ritmo —dijo Parkland—. Era el de los bulones de la columna de dirección, y ese muchacho lo estaba haciendo; supongo que es nuevo. Estaba yéndose encima del próximo tipo. Lo que yo quería era que el trabajo volviera a su ritmo original.

Zaleski asintió. Sucedía bastante a menudo. Un empleado con una tarea específica tardaba unos segundos más de lo debido en cada operación. A medida que los sucesivos automóviles pasaban por la línea de montaje, su posición de trabajo gradualmente cambiaba, por lo que pronto estaba entrometiéndose en el área de la operación siguiente. Cuando un capataz veía esa situación le correspondía ayudar a su empleado a volver a la posición original correcta.

—Sigue —dijo Zaleski, impacientemente.

En ese momento, la puerta de la oficina se abrió y entró el delegado del sindicato. Era un hombre pequeño, de cara rosada, que usaba gafas de gruesos cristales y tenía modales remilgados. Su nombre era Illas, y, hasta una elección del sindicato de unos meses atrás, había sido empleado de la cadena de montaje.

—Buenos días —saludó a Zaleski. A Parkland sólo le dedicó un seco movimiento de cabeza.

—Estamos por llegar a la médula del asunto —dijo Matt Zaleski, indicándole una silla.

—Podría haber ahorrado mucho tiempo —dijo Illas— si hubiera leído el informe de queja.

—Ya lo he leído. Pero a veces me gusta oír lo que tiene que decir la otra parte — Zaleski le indicó a Parkland que continuara.

—Lo único que hice —dijo el capataz— fue llamar a otro obrero y decirle que me ayudara a hacer que el trabajo de ese hombre volviera a su ritmo original.

—¡Usted es un mentiroso! —el sindicalista se inclinó hacia adelante en forma acusatoria; luego se dio vuelta hacia Zaleski—. Lo que en realidad dijo fue: «Haz que el trabajo de este chico vuelva a su lugar» y sucede que la persona a quien se refería llamándolo «chico» era uno de nuestros hermanos de color para quienes esa palabra es un término muy ofensivo.

—¡Oh, por el amor de Dios! —la voz de Parkland combinaba furia y disgusto—. No creerá que no lo sé. ¿O acaso no he estado por aquí lo suficiente como para saber que es mejor no usar esa palabra en ese sentido?

—Pero bien que la usó, ¿no es cierto?

—No sé, tal vez la usé. No digo que sí porque no me acuerdo, y esa es la verdad. Pero si sucedió no fue hecho a propósito. Fue un descuido, y nada más.

El del sindicato se encogió de hombros.

—Ahora viene con esa historia.

—¡No es ninguna historia, hijo de puta!

Illas se puso de pie.

—Señor Zaleski, estoy aquí de modo oficial, representando a los Trabajadores Unidos de la Industria Automotriz. Si ese es el tipo de lenguaje…

—Se acabó el lenguaje —concluyó el subgerente de planta—. Siéntese por favor, y ya que hablamos del asunto, le sugeriría que use con menos libertad la palabra «mentiroso».

Frustrado, Parkland golpeó con el puño sobre el escritorio.

—He dicho que no era ninguna historia, y no lo es. Más aún, el tipo en cuestión ni siquiera le dio importancia a lo que dije, por lo menos hasta que armaron todo el lío.

—No es así como él lo cuenta —dijo Illas.

—Ahora quizá no —Parkland apeló a Zaleski—. Oiga, Matt, el tipo que estaba fuera de posición no era más que un muchacho. Un muchacho de color de unos diecisiete años. Yo no tengo nada en contra de él; es lento, pero estaba haciendo su trabajo. Tengo un hermano menor de esa edad. Yo voy a casa, y digo: «¿Dónde está el chico?» Nadie se ofende por eso. Así fue como sucedió todo, hasta que este otro tipo, Newkirk, se metió en el asunto.

—Pero usted admite que usó la palabra «chico» —insistió Illas.

—Está bien, la usó. Concedamos eso —dijo fatigadamente Matt Zaleski.

Zaleski se estaba conteniendo, como lo hacía cada vez que estallaba algún problema racial en la planta. Sus propios prejuicios contra los negros estaban muy enraizados y eran intensos. Los había adquirido en el suburbio predominantemente polaco de Wyandotte, donde había nacido. Allí, las familias de origen polaco miraban a los negros con desprecio, por inquietos o pendencieros. Como compensación, la gente negra odiaba a los polacos, e incluso hoy en día en todo Detroit persistían las antiguas enemistades. Zaleski, por necesidad, había aprendido a controlar sus instintos; no se podía manejar una planta con tal cantidad de empleados de color y dejar que se notaran sus prejuicios, por lo menos no muy a menudo. En ese momento, luego de las últimas palabras de Illas, Matt Zaleski se había sentido tentado de decir: «¿Y qué hay si lo llamó "chico"? ¿Qué diferencia hay? Cuando el capataz se lo ordena, que el imbécil vuelva al trabajo.» Pero Zaleski sabía que lo repetirían y podría causar más problemas que antes.

—Lo que importa es lo que sucedió después —gruñó en cambio.

—Bueno —dijo Parkland—. Pensé que nunca íbamos a llegar a eso. Ya casi teníamos recuperado el ritmo, cuando apareció ese pesado de Newkirk.

—Es otro hermano negro —aclaró Illas.

—Newkirk había estado trabajando por ahí en la línea. Ni siquiera oyó lo que había sucedido; alguien se lo contó. Vino, me llamó cerdo racista y me trompeó —el capataz se tocó la cara magullada, que se le había hinchado aún más desde que entró.

—¿Tú lo trompeaste? ¿Le devolviste la trompada? —preguntó Zaleski, cortante.

—No.

—Me alegro de que mostraras un poco de sentido común.

—Usé el sentido común, es verdad —dijo Parkland—. Ahí mismo lo despedí a Newkirk. Nadie trompea a un capataz y se libra de las consecuencias.

—Ya veremos —dijo Illas—. Mucho depende de las circunstancias y la provocación.

Matt Zaleski se pasó la mano por el pelo; había días en que se maravillaba de que aún le quedara algo. Esa situación difícil la debería haber manejado McKernon, el gerente de planta, pero McKernon no estaba. A unos dieciséis kilómetros de distancia, en la oficina principal de personal, asistía a una conferencia sobre el nuevo «Orion», un automóvil supersecreto que la planta pronto empezaría a producir. Algunas veces a Zaleski le parecía que McKernon ya estaba con mentalidad de jubilado, seis meses antes de lo que le correspondía.

En ese momento Matt Zaleski estaba dando la cara, como lo había hecho otras veces, y era un asunto de porquería. Zaleski ni siquiera iba a reemplazar a McKernon, y bien lo sabía. Ya lo habían citado para mostrarle su evaluación oficial, la evaluación que aparecía en una carpeta de hojas sueltas, forrada en cuero, que estaba permanentemente sobre el escritorio del vicepresidente de Manufactura, para que el vicepresidente pudiera recorrer sus páginas cada vez que se consideraran nuevos nombramientos o promociones. La ficha correspondiente a Matt Zaleski, junto a su foto y otros detalles, decía: «Este individuo está bien situado en su actual nivel gerencial.»

Todos los que tenían alguna importancia dentro de la compañía sabían que ese enunciado pegajoso y formal era el «beso de la muerte». Lo que realmente significaba era: «Este hombre ha llegado al máximo de sus posibilidades. Posiblemente termine la carrera en su tarea actual, pero no volverá a ser promovido.»

El reglamento decía que quien tuviera esa mortal evaluación en su legajo debía ser informado; tenía derecho a eso por lo menos, y por esa razón Matt Zaleski se había enterado en los últimos meses de que nunca sería ascendido más allá de su papel de subgerente. Al principio, la noticia había sido una amarga decepción, pero ahora que se había acostumbrado a la idea, también sabía por qué: era viejo, la retaguardia de una raza en vías de extinción, que las gerencias y los directores ya no querían tener en los puestos decisivos. Zaleski había subido por una ruta que el personal superior de la planta casi no seguía en esta época: empleado de fábrica, inspector, capataz, superintendente, subgerente de planta. Para empezar, no tenía un título de ingeniero, ya que había abandonado los estudios secundarios antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero después de la guerra se había agenciado un título, recurriendo a escuelas nocturnas y después había comenzado a trepar. Había sido ambicioso, como muchos otros de su generación que habían sobrevivido a la guerra y otros peligros. Pero, como lo había reconocido después, Zaleski había perdido mucho tiempo; su comienzo real había llegado muy tarde. Los que avanzaban con rapidez, el material de elección de las compañías de automotores tanto antes como ahora, eran los brillantes jóvenes que llegaban frescos y ansiosos a través de la ruta directa de la Facultad a la oficina.

Pero eso no era razón para que McKernon, que todavía era el patrón de la planta, le hurtara el cuerpo a esa situación. El gerente ayudante vaciló. Tenía todo el derecho de llamar a McKernon, y lo podía hacer ahí mismo, con sólo levantar un teléfono.

Dos cosas lo detuvieron. Una, admitió para sus adentros, era el orgullo; Zaleski sabía que podía manejar el asunto tan bien como McKernon, o quizá mejor. La otra era que su instinto le decía que simplemente no había tiempo que perder.

—¿Qué pide el sindicato? —le preguntó bruscamente a Illas.

—Buéno, hablé con el presidente del comité…

—Ahorremos los detalles —dijo Zaleski—. Los dos sabemos que tenemos que empezar por algún lado, así que dígame lo que quieren.

—Muy bien —dijo el delegado—. Insistimos en tres cosas. Una, que el hermano Newkirk sea inmediatamente reincorporado, con compensación por el tiempo perdido. Segunda, que se pidan disculpas a los dos hombres que se vieron envueltos en esto. Tercera, Parkland debe ser destituido de su puesto de capataz.

Parkland, que se había reclinado en su silla, se enderezó de pronto.

—¡Por Dios! No piden nada —comentó sarcásticamente—. Como punto de interés, ¿se supone que debo disculparme antes de que me despidan o después?

—Sería una disculpa oficial de la compañía —contestó Illas—. Si usted quiere agregar la propia, es cosa suya.

—Seguro que va a ser cosa mía. Mejor que nadie contenga la respiración esperando.

—Si hubieras contenido un poquito más el aliento, no estaríamos metidos en este lío —replicó cortante Matt Zaleski.

—¿No me estará diciendo que va a aceptar todo eso? —el capataz gesticuló furiosamente hacia Illas.

—No estoy diciendo nada a nadie todavía. Estoy tratando de pensar, y necesito más información que la que me han dado ustedes dos —Zaleski se inclinó hacia atrás buscando un teléfono. Interponiendo su cuerpo entre el aparato y los otros dos hombres, marcó un número y esperó.

—¿Cómo andan las cosas por ahí abajo? —preguntó simplemente Zaleski cuando el hombre buscado contestó.

—¿Matt? —preguntó suavemente la voz en el otro extremo de la línea.

—Sí.

Como fondo de la cautelosa respuesta del otro, Zaleski podía oír una cacofonía de ruidos provenientes del piso de la fábrica. Siempre se maravillaba al pensar cómo hacían los hombres para vivir soportando ese ruido, cada día de su vida de trabajo. Incluso en los años en que él mismo había trabajado en la cadena de montaje, antes de que lo pasaran a una oficina que lo protegía de la mayor parte del estruendo, nunca se había acostumbrado a él.

—La situación es realmente mala, Matt —dijo su informante.

—¿Muy mala?

—Los cabecillas están manejando el asunto. No comente que se lo he dicho.

—Nunca lo hago —dijo el subgerente de planta—, ya lo sabes.

Se había vuelto a medias y notó que los otros dos lo observaban. Podrían adivinar, pero sin estar seguros, que estaba hablando con un capataz negro, Stan Lathruppe, uno de la media docena de hombres a quienes Matt Zaleski respetaba más en la planta. Era una relación extraña y hasta paradójica, porque fuera de la planta, Lathruppe era un militante activo de los grupos de acción en pro de los negros. Pero aquí se tomaba en serio su responsabilidad, creyendo que en el mundo automotor podría hacer mucho más por su raza usando la razón que mediante la anarquía. Zaleski, inicialmente hostil a Lathruppe, había aprendido finalmente a respetar esta doble actitud. Por desgracia, en el estado actual de las relaciones raciales, la compañía tenía comparativamente pocos gerentes y capataces de color. Como todos sabían, debería haber más, muchos más. Matt Zaleski, en alguno de sus momentos más desprejuiciados, pensaba que si los «mandamás» de la industria hubieran mirado hacia el futuro tal como se suponía que debían hacerlo tan altos ejecutivos, y si entre las décadas del 40 y el 50 hubieran lanzado un significativo programa de entrenamiento para empleados negros, contarían ahora con muchos más Stan Lathruppe. El hecho de que no los hubiera era una pérdida para todos.

—¿Qué es lo que se planea? —preguntó Zaleski.

—Creo que piensan abandonar el trabajo.

—¿Cuándo?

—Posiblemente a la hora del almuerzo. Quizás antes, pero no lo creo.

El capataz de color hablaba tan bajo que Zaleski tenía que hacer un esfuerzo para oírlo. Conocía el problema que preocupaba al otro hombre, al que se añadía el hecho de que el teléfono que estaba usando estuviera junto a la línea de montaje en donde trabajaban los demás. A Lathruppe ya le habían colgado la etiqueta de «negrito blanco». Se la habían colgado otros negros, resentidos a la autoridad, aunque ésta la ejercitara alguien de su misma raza. Salvo otro par de preguntas, Zaleski no tenía intención de complicarle la vida a Stan Lathruppe.

—¿Hay alguna razón para la demora? —preguntó.

—Sí. Los cabecillas quieren que toda la planta se pliegue al abandono de trabajo.

—¿Están pasando la consigna?

—Por la velocidad con que lo hacen parece que estuvieran usando los tambores de la selva.

—¿A alguno se le ocurrió señalar que algo en este asunto es ilegal?

—¿Tiene otro chiste mejor? —dijo Lathruppe.

—No —suspiró Zaleski—. Gracias de todos modos —colgó el teléfono.

Así que su primer presentimiento había sido correcto. Desde el principio no había habido tiempo que perder, y ahora tampoco, ya que una disputa racial siempre ardía con una mecha corta. Si ahora se llevaba a cabo el abandono de trabajo, pasarían varios días antes de que pudiera ser solucionado y que todos volvieran a sus tareas; incluso si afectaba sólo a los empleados de color, y ni siquiera a todos, el resultado sería que la producción se vería paralizada. La responsabilidad de Matt Zaleski era conseguir que la producción continuara.

—Matt, no deje que lo lleven por delante —le urgió Parkland, como si le hubiera podido leer los pensamientos—. Qué importa si unos cuantos abandonan el trabajo, y causan algún problema. A veces vale la pena luchar por nuestros principios, ¿no es cierto?

—A veces —dijo Zaleski—. La cuestión está en saber por qué principios y cuándo.

—Una buena manera de empezar es ser justo —dijo Parkland— y la justicia funciona de dos maneras, hacia arriba y hacia abajo —se inclinó hacia adelante por encima del escritorio, hablando enfáticamente con Matt Zaleski, y mirando de soslayo de vez en cuando a Illas, el delegado del sindicato—. Está bien. A veces he sido duro con los tipos de la cadena, porque debía hacerlo. Un capataz siempre está en el medio, y le tiran basura de todos lados. Desde aquí arriba, Matt, ustedes y su gente están presionándonos para conseguir producción, producción y más producción. Y si no son ustedes, es Control de Calidad que nos dice: fabríquenlos mejor, aunque estén fabricándolos más rápido. Y después están todos aquellos que cumplen con su trabajo, incluso algunos como Newkirk. Un capataz se las tiene que ver con todos ellos, y además con el sindicato, cuando da un paso en falso, y a veces aunque no lo dé. Así que la tarea es dura y yo también he tenido que ser duro; es la única manera de sobrevivir. Pero también he sido justo. Nunca traté a un hombre de color que trabajara para mí de manera diferente porque fuera negro, y no soy ningún capataz de plantación con el látigo en la mano. Y con respecto a lo que hemos estado hablando hasta ahora, lo único que hice, según lo que me cuentan, fue llamar «chico» a un hombre de color. No le pedí que cosechara algodón, o se humillara, o que me lustrara los zapatos, o cualquier cosa de esas que se supone que acompañan a la palabra «chico». Lo que hice fue ayudarle en su tarea. Y además quisiera decir otra cosa: si en verdad lo llamé «chico», y créanme que fue involuntario, pediré disculpas, porque realmente lo siento. Pero no le pediré disculpas a Newkirk. El hermano Newkirk queda despedido. Porque si no es así y se sale con la suya después de haber golpeado sin razón a un capataz, de aquí en adelante pueden colocar una bandera de rendición y decirle adiós a la disciplina de este lugar. Eso es lo que quiero decir cuando le pido que sea justo.

—Tienes razón en una o dos cosas —dijo Zaleski, pensando irónicamente que Frank Parkland había sido justo con los obreros negros, tal vez más justo que muchos otros que trabajaban en la planta.

—¿Qué piensa de todo esto? —le preguntó a Illas.

—Ya he establecido la posición del sindicato, señor Zaleski —dijo el delegado mirándolo inexpresivamente a través de sus gruesas gafas.

—¿Y qué harán si decido rechazarla y apoyar a Frank en todo sentido, tal como me lo acaba de pedir?

—Nos veríamos obligados a presentar un nuevo recurso de queja —dijo tiesamente Illas.

—Bien —asintió el subgerente de planta—. Puede hacerlo; pero si entramos en un procedimiento complejo de queja pueden pasar más de treinta días. ¿Seguirán trabajando todos mientras tanto?

—Naturalmente. El convenio colectivo de trabajo especifica…

—No necesito que me repita lo que dice el convenio —cortó coléricamente Zaleski—. Dice que todo el mundo sigue trabajando mientras se negocia. Pero en este mismo momento muchos de sus hombres se están preparando para abandonar el trabajo y eso es una violación del convenio.

—El Sindicato de Trabajadores del Automóvil no apoya huelgas ilegales —dijo Illas, que por primera vez parecía inquieto.

—¡Maldito sea! ¡Entonces detenga ésta!

—Si lo que dice es verdad, entonces hablaré con mi gente.

—No va a obtener ningún resultado con hablarles, y usted lo sabe, y yo también —Zaleski miró al delegado del sindicato, cuya cara rosada había palidecido levemente. Era obvio que a Illas no le gustaba la idea de tener que discutir con algunos de los militantes negros con el humor que tenían en ese momento.

El astuto Matt Zaleski se daba cuenta de que el sindicato estaba en un tenso dilema en situaciones como ésta. Si no daban apoyo a los obreros negros, éstos acusarían a sus líderes de tener prejuicios raciales y de ser «lacayos de la gerencia», pero si el sindicato llevaba su apoyo demasiado lejos, se podría encontrar en una posición legalmente insostenible, como cómplices de una huelga relámpago. Los líderes del STA como Woodcok, Fraser, Greathouse, Bannon y otros, se habían ganado la reputación de ser hábiles negociadores, pero también de cumplir con los acuerdos una vez que éstos habían sido pactados. Las huelgas relámpago quitaban prestigio a la palabra del sindicato y minaban su poder de negociación.

—Hay una sola cosa que puede impedir el abandono de trabajo —persistió Matt Zaleski— y es que aquí y ahora nosotros tomemos una decisión y bajemos a la planta a anunciarla.

—Eso depende de la decisión —dudó Illas, pero se veía que el sindicalista estaba pesando las palabras de Zaleski.

Matt Zaleski ya había determinado cuál sería la decisión, y sabía que a nadie acabaría de gustarle, ni a él tampoco. Pensaba agriamente que ésta era una época inmunda en la que un hombre debía meterse sus convicciones y su orgullo en el bolsillo, si quería mantener en funcionamiento la planta automotriz.

—Nadie está despedido —anunció bruscamente—. Newkirk vuelve a su trabajo, pero de ahora en adelante usa los puños para trabajar y nada más —el subgerente de planta clavó los ojos en Illas—. Quiero que lo entiendan bien claro usted y Newkirk. Otro lío, y está despedido. Y antes de que vuelva a su trabajo quiero hablar personalmente con Newkirk.

—¿Se le pagará el tiempo perdido? —el delegado tenía una pequeña sonrisa de triunfo en los labios.

—¿Todavía está en la planta?

—Sí.

Zaleski vaciló. Luego asintió a disgusto:

—Muy bien, siempre y cuando termine su turno. Pero que no se hable más de reemplazar a Frank —se volvió para enfrentarse con Parkland—. Y tú haz lo que dijiste. Habla con el muchacho y dile que fue un error.

—A eso se le llama pedir perdón —dijo Illas.

—¡Eso sí que es un rebajamiento inmundo! —estalló Frank Parkland mirándolos con furia.

—¡Tranquilo! —le advirtió Zaleski.

—¡Ni por broma me voy a quedar tranquilo! —El robusto capataz se había puesto de pie, dominando con su estatura al subgerente de planta. Escupió las palabras a través del escritorio que los separaba—. Usted es el que se lo está tomando con calma, porque es demasiado cobarde para luchar por lo que sabe que es correcto.

—¡No tengo por qué aguantarte esas cosas! —rugió Zaleski, con la cara de un rojo intenso—. ¡Es suficiente! ¿Me oyes?

—Le oigo —el desprecio llenaba los ojos y la voz de Parkland—. Pero no me gusta lo que oigo, ni lo que huelo.

—¡Entonces quizá te guste que te despidan!

—Quizá —dijo el capataz—. Quizás el aire sea más puro en algún otro lado.

—No es más puro —gruñó Zaleski después de un silencio—. Hay días que apesta en todos lados.

Después de su estallido, Matt Zaleski había recobrado el control. No tenía ninguna intención de despedir a Parkland, porque sabía que, de hacerlo, estaría amontonando una injusticia sobre otra; además era difícil conseguir buenos capataces. Tampoco Parkland se iría por propia decisión, a pesar de sus amenazas. Esto era algo que Zaleski había calculado desde el principio. Sabía que Frank Parkland tenía obligaciones en su hogar que hacían que necesitara su sueldo, y que además tenía mucha antigüedad en la compañía como para desperdiciarla.

Pero por un momento la frase de Parkland sobre su cobardía le había picado. Hubo un instante en que el subgerente de planta había querido gritar que Frank Parkland tenía solamente diez años, que era un mocoso cuando él, Matt Zaleski, sudaba en las misiones de bombardeo que cumplía sobre Europa, sin saber nunca cuándo una granada antiaérea podía atravesar el fuselaje, para luego cortarle las tripas, o la cara, o castrarlo, o precipitar al avión en tirabuzón hacia la tierra. «Así que piénsalo bien antes de llamarme sarcásticamente cobarde, hijito, y recuerda que soy yo, y no tú el que tiene que mantener esta planta en funcionamiento, a pesar de la bilis que tenga que tragar para hacerlo…» Pero Zaleski no lo había dicho, porque lo que pensaba había sucedido mucho tiempo atrás, y ya no tenía importancia. Sabía que las ideas y los valores morales habían cambiado con la velocidad de un tornado y también sabía que había diferentes tipos de cobardía y que quizá Frank Parkland tenía razón, por lo menos en parte.

—Bajemos a la planta para arreglar esto —dijo a los otros dos el subgerente de planta, sintiéndose disgustado consigo mismo.

Salieron de la oficina, Zaleski primero, luego el delegado del sindicato y después Frank Parkland, amargado y furioso. Mientras bajaban al piso de la fábrica, desde la oficina del entrepiso, por la escalera de metal, el ruido de la planta les pegó sólidamente, como una andanada de bullicio.

La escalera estaba a nivel del piso de la fábrica y cerca de una sección de la línea de montaje en donde los submontajes previos eran soldados a los chasis que se transformarían en las bases sobre las que descansarían los automóviles terminados. El ruido en esa zona era tan intenso que los hombres que trabajaban a pocos metros unos de otros tenían que juntar sus cabezas, y gritar, para hacerse oír. A su alrededor volaba una lluvia de chispas hacia todos lados en una cortina pirotécnica de un intenso azul blanco. Las andanadas de las máquinas de soldar y las pistolas de remaches eran interrumpidas por el constante resoplido del aire comprimido que era la sangre vital de las herramientas a presión. Y en medio de todo, la cadena de montaje en movimiento que continuaba inexorablemente su camino era el foco de actividad como un dios ambulante que exigía tributo.

El delegado del sindicato se puso al lado de Zaleski mientras el trío caminaba en el sentido de la cadena. Caminaban más rápido que la propia cadena de montaje, de manera que los automóviles que iban dejando atrás estaban progresivamente más cerca de su terminación. Ya había un motor en cada chasis, y un poco más adelante una carrocería estaba a punto de unirse con el chasis que se deslizaba por debajo de ella, en lo que los hombres dedicados al montaje llamaban «el acto de matrimonio». Instintivamente Matt Zaleski paseó los ojos por la escena fijándose en los puntos clave de la operación, como lo hacía de costumbre.

Las cabezas se levantaban o se daban vuelta a medida que el subgerente de planta, junto con Illas y Parkland, seguía recorriendo la cadena. Hubo algunos saludos, pero no muchos, y Zaleski advirtió las agrias miradas que les dirigía la mayor parte de los obreros que pasaron, tanto blancos como negros. Percibía una sensación de resentimiento e intranquilidad. Eso sucedía ocasionalmente en las plantas, a veces sin razón, otras veces por causas sin importancia, como si algo hubiera hecho erupción de todas maneras y estuviera buscando el escape más fácil. Sabía que los sociólogos lo denominaban: reacción contra la monotonía antinatural.

El delegado había puesto cara seria, tal vez para indicar que se codeaba con la gerencia sólo a causa de sus obligaciones, pero no porque le gustara.

—¿Y cómo se siente ahora que no tiene que trabajar más en la cadena? —le preguntó Matt Zaleski.

—Bien —respondió secamente Illas.

Zaleski le creía. Los visitantes que recorrían las plantas automotrices suponían a menudo que después de un tiempo los empleados se reconciliaban con el ruido, el olor, el calor, la presión incesante y la interminable repetición de su trabajo. Algunas veces Matt Zaleski había oído a los visitantes decirles a sus hijos: «Todos ellos se acostumbran a esto. La mayoría está contenta con ese tipo de trabajo. No querrían hacer nada diferente», como si estuvieran hablando de los habitantes de un zoológico.

Cuando lo oía, le daban ganas de gritar: «¡Muchachos, no os lo creáis! ¡Es mentira!»

Lo mismo que otros que estaban al tanto de lo que sucedía en las plantas automotrices, Zaleski sabía que eran pocos los que trabajaban en las líneas de producción de las fábricas durante largos períodos y que habían tenido intención de hacer de ese trabajo su ocupación de por vida al comenzar. Generalmente, al emplearse aceptaban su trabajo como temporal, hasta que apareciera algo mejor. Pero para muchos, especialmente para los que tenían pocos estudios, un trabajo mejor estaba siempre fuera de su alcance como un sueño que siempre los eludía. Finalmente se cerraba la trampa. Era una trampa de dos puntas, por un lado las obligaciones de un trabajador: matrimonio, hijos, alquiler, créditos, y por el otro, el hecho de que los sueldos en la industria automotriz eran altos comparados con los sueldos de otros trabajos.

Pero ni siquiera el sueldo o los beneficios adicionales podían cambiar la horrenda y desesperante naturaleza del trabajo. Buena parte de él era físicamente duro, pero el sacrificio más grande era mental: hora tras hora, día tras día de monotonía mortal. Y la naturaleza del trabajo despojaba a los individuos de su orgullo. Un hombre en una cadena de producción no tenía sensación de realización personal; nunca construía por sí mismo un automóvil; no hacía más que unir piezas, añadiendo una arandela a un bulón, ajustando una tira de metal, insertando tornillos. Y siempre era la misma arandela o tira o tornillo, una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez más, mientras que las condiciones de trabajo, incluyendo el nivel de ruido, dificultaban la comunicación e imposibilitaban la asociación amistosa entre individuos. Muchos, a pesar de odiarlo, aguantaban el pasar de los años. Algunos tenían trastornos nerviosos. Y a casi nadie le gustaba su trabajo.

De esta manera, la ambición de un obrero de la cadena de producción, como la de un prisionero, se centraba en escapar. El absentismo era una manera parcial de escapar y una huelga también. Ambos provocaban una emoción, un paréntesis en la monotonía, que eran por el momento la fuerza dominante.

El subgerente de planta se dio cuenta de que incluso ahora podría ser imposible hacer retroceder esa fuerza.

—Recuerde que hemos llegado a un acuerdo —le dijo a Illas—. Quiero que este asunto se aclare rápidamente. —El delegado del sindicato no contestó, y Zaleski añadió:— Lo que suceda hoy puede serle de gran beneficio. Consiguió lo que quería.

—No todo lo que quería.

—Todo lo que tenía importancia.

Detrás de esas palabras se ocultaba una verdad que ambos hombres conocían: algunos trabajadores escapaban de la cadena de producción por la vía de su elección a un puesto estable en el sindicato, con la posibilidad de ascenso en las filas del STA. Illas mismo había seguido recientemente ese camino. Pero una vez electo, el sindicalista se transformaba en una figura política; y debía ser reelegido para sobrevivir. Entre elección y elección maniobraba como un político buscando el favor de sus electores. Los obreros que rodeaban a un delegado del sindicato eran quienes votaban por él, y por lo tanto el delegado se esmeraba en agradarles. Ese era el problema actual de Illas.

—¿Dónde está Newkirk? —le preguntó Zaleski.

Habían llegado al punto de la cadena de montaje donde había ocurrido el incidente de esa mañana.

Illas señaló hacia un área abierta donde había varias mesas de plástico con sus sillas. Allí almorzaban los empleados de la cadena. Había una serie de máquinas expendedoras de café, bebidas sin alcohol, golosinas. Una línea pintada en el piso las rodeaba y hacía las veces de pared. En ese momento el único ocupante del lugar era un hombre de color, corpulento y de facciones grandes. Tenía un cigarrillo encendido en la mano, mientras miraba al trío que se acercaba.

—Muy bien, dígale que vuelva a trabajar, y asegúrese de contarle todo el resto — dijo el subgerente de planta—. Y cuando terminen de hablar, envíemelo.

—Bien —dijo Illas. Pasó por sobre la línea pintada y estaba sonriendo cuando se sentó a la mesa con el corpulento negro.

Frank Parkland ya se había ido a ver al joven de color, que seguía trabajando en la cadena. Parkland le habló con seriedad. Al principio el otro parecía incómodo, pero más tarde sonrió mansamente, asintiendo. El capataz tocó el hombro del joven e hizo un gesto en dirección a Illas y Newkirk, que todavía estaban en la mesa del área del comedor, con las cabezas bien juntas. El joven obrero de montaje volvió a sonreír. El capataz le tendió la mano y, después de una leve vacilación, el joven la tomó. Matt Zaleski se preguntó si él hubiera podido manejar tan airosamente la parte que le tocaba a Parkland.

—Hola, patrón —la voz provenía del otro lado de la cadena de montaje. Zaleski se volvió hacia ella.

Era un inspector de acabado de interiores, veterano de la cadena, un hombre pequeño con una cara extraordinariamente parecida a la de Hitler. Inevitablemente, sus compañeros de trabajo lo llamaban Adolf, y el empleado —cuyo verdadero nombre Zaleski nunca podía recordar— se peinaba con el pelo corto sobre un ojo, como si disfrutara de la broma.

—Hola, Adolf —el subgerente de planta cruzó al otro lado de la cadena, pasando cuidadosamente entre un convertible amarillo y un sedán verde-niebla—. ¿Qué tal la calidad de las carrocerías de hoy?

—He visto días peores, patrón. ¿Recuerda los días del campeonato de béisbol?

—No me lo recuerde.

La época de los campeonatos y los días de apertura de la temporada de caza en Michigan eran períodos temibles para los hombres de producción. El absentismo llegaba a su punto culminante; alcanzaba incluso a los supervisores y los capataces. La calidad disminuía y en la época de los campeonatos la situación era peor porque los empleados prestaban más atención a sus radios portátiles que al trabajo. Matt Zaleski recordaba que en el momento culminante del campeonato de 1968, en el cual habían ganado los Tigres de Detroit, él le había confiado ásperamente a su mujer, Freda (era el año antes de que ella muriera). «No le desearía un coche construido en el día de hoy a mi peor enemigo.»

—Este modelo especial está bien, por lo menos —Adolf había entrado y salido ágilmente del sedán verde-niebla. Ahora dedicó toda su atención al que venía detrás, un compacto deportivo de color naranja con asientos blancos.

—Apuesto a que éste es para una rubia —gritó Adolf desde adentro del automóvil —. Y me gustaría ser el que se le va a montar adentro.

—Ya tienes un trabajo bastante blando por ahora —gritó a su vez Matt Zaleski.

—Estaría más blando después de montármela —el inspector emergió frotándose la entrepierna y con una mirada lasciva en los ojos; el humor de la fábrica no solía ser muy refinado.

El subgerente de planta le devolvió la sonrisa sabiendo que ese era uno de los pocos contactos humanos que el empleado tendría durante su turno de ocho horas.

En el área del comedor el delegado del sindicato y Newkirk se estaban levantando de la mesa.

Matt Zaleski echó una mirada hacia adelante; en el sedán verde-niebla, que ya se encontraba más adelante en la cadena, había algo que le llamó la atención. Decidió inspeccionar el automóvil antes de que saliera de la planta.

También podía ver a lo largo de la cadena que Frank Parkland ya había vuelto a su posición habitual de capataz; presumiblemente Parkland había vuelto a su trabajo pensando que su propia parte en la disputa había terminado. Bueno, Zaleski suponía que así era, pero sospechaba que al capataz le resultaría mucho más difícil mantener la disciplina en lo sucesivo. Pero, ¡qué diablos!, todos tenían problemas. Parkland tendría que solucionar el suyo.

Cuando Matt Zaleski volvió a cruzar la cadena de montaje, Newkirk y el delegado del sindicato avanzaban hacia él. El hombre de color se movía con indiferencia; de pie parecía mucho más grande que sentado. Sus rasgos faciales eran grandes y prominentes, de acuerdo con su contextura física. Estaba sonriendo.

—Le he dicho al hermano Newkirk la decisión que conseguí en su favor. Está de acuerdo en volver a su trabajo y entiende que se le pagará el tiempo perdido — anunció Illas.

El subgerente de planta asintió; no tenía ninguna intención de quitarle méritos al hombre del sindicato, y si Illas quería hacer que una pequeña refriega pasara como una batalla campal, Zaleski no tenía ninguna objeción. Pero le dijo secamente a Newkirk:

—Puede quitarse esa sonrisa de la cara. No hay nada gracioso en todo esto —y dirigiéndose a Illas, le preguntó—: ¿Le ha dicho que si eso vuelve a suceder, no será nada divertido?

—Me dijo lo que se suponía que debía decirme —dijo Newkirk—. Y si no hay causa para ello, no volverá a suceder.

—Usted es muy insolente —dijo Zaleski— considerando que lo acaban de despedir y volver a admitir.

—Insolente no, amigo, rabioso —el hombre de color hizo un gesto que incluía a Illas—. Eso es algo que ustedes, todos ustedes, nunca llegarán a comprender.

Para alguien tan grande, su voz y sus movimientos eran sorprendentemente suaves; solamente los ojos, de un gris-verde intenso, quemaban.

—Usted no es negro, no sabe lo que eso significa. Es como si a uno le clavaran un millón de malditos alfileres desde el momento en que nace, y cuando algún hijo de madre blanca lo llama a uno «chico», es como si le hubieran clavado otro alfiler más y ya son demasiados.

—Bueno —dijo el delegado del sindicato—, ya hemos arreglado eso. No tenemos por qué volver sobre el mismo tema.

—Cállese —Newkirk lo apartó con un gesto. Sus ojos permanecían clavados con aire desafiante sobre el gerente ayudante de planta.

No era la primera vez que Matt Zaleski pensaba: ¿se había vuelto loco este mundo desconsiderado? Para gente como Newkirk y millones más, incluyendo a Bárbara, la bija de Zaleski, parecía ser un credo básico que todo aquello que alguna vez tuvo significado —autoridad, orden, respeto y decencia— ya no contaban para nada. El tipo de insolencia que mostraba Newkirk en su voz y ahora en sus ojos era la norma habitual. Esos cambios que no podía entender, lo dejaban cansado y desanimado.

Para su extrañeza, en ese momento se encontraba comparando al enorme hombre de color con Bárbara, que era bonita, tenía veintinueve años y una buena educación y además era blanca. Si Bárbara Zaleski hubiera estado allí entonces, automática y predeciblemente habría visto las cosas de la manera que las veía Newkirk y no como las veía su padre.

—Vuelva a su trabajo —le dijo bruscamente Matt Zaleski a Newkirk. Ya estaba cansado, a pesar de que la mañana apenas empezaba y además no estaba totalmente convencido de haber manejado correctamente la situación.

—No va a haber abandono de trabajo. Ya se está esparciendo la noticia —dijo Illas, cuando Newkirk se hubo ido.

—¿Debo dar las gracias? —contestó amargamente Zaleski—. ¿Porque no me violaron?

El hombre del sindicato se encogió de hombros y se retiró.

Caminando rápidamente, el gerente ayudante de planta alcanzó el sedán verde-niebla que había picado su curiosidad, y que ya se había avanzado algo más por la cadena.

Revisó los papeles que estaban dentro de una carpeta de cartón colgada del parachoques delantero y que incluían una orden de programación y sus especificaciones. Tal como lo había esperado, además de ser un «especial» —nombre que se le daba a un automóvil que recibía más atención que la rutinaria— era un «preferido del capataz».

Un «preferido del capataz» era un coche muy especial. Y también era ilegal en cualquier planta y en este caso significaba varios centenares de dólares de deshonorabilidad. Matt Zaleski, que tenía gran facilidad para recordar pequeños elementos de información y unirlos luego, vislumbró inmediatamente para quién era el sedán verde-niebla.

El automóvil era para un hombre de relaciones públicas de la compañía. Las especificaciones oficiales eran espartanas e incluían muy pocos extras. Sin embargo (como lo expresaban los hombres de la industria automotriz) el sedán estaba «cargado» de detalles especiales. Incluso sin hacer una inspección muy rigurosa, Matt Zaleski podía ver un volante de lujo, cubiertas anchas con banda blanca, llantas de acero de lujo, parabrisas tonalizados, y reproductor estereofónico, elementos que no estaban en las especificaciones que él tenía en las manos. También parecía que la carrocería había recibido una capa extra de pintura, lo que contribuía a su durabilidad. Este último detalle fue lo que primero había atraído la mirada de Zaleski.

La casi indudable explicación estaba de acuerdo con otros detalles que el subgerente de planta ya conocía. Dos semanas antes se había casado la hija de un capataz de la planta. Como un favor, el hombre de relaciones públicas a quien pertenecía ese automóvil había conseguido que las fotos del casamiento aparecieran en un lugar prominente en los periódicos de Detroit. El padre de la novia estaba encantado y en la planta se había hablado mucho del asunto.

El resto se adivina.

Al hombre de relaciones públicas le era fácil averiguar con anterioridad el día en que su coche estaba programado para producción. Entonces no tenía más que telefonear a su amigo el capataz, quien evidentemente había dispuesto que el sedán verde-niebla recibiera atención especial en su paso por la cadena de montaje.

Zaleski sabía lo que debía hacer. Debía confirmar sus sospechas llamando al capataz en cuestión, y luego enviar un informe escrito a McKernon, el gerente de planta, quien no tendría otra alternativa que la de tomar cartas en el asunto. Y luego habría diecisiete clases diferentes de embrollos que, como estaba comprometido un hombre de relaciones públicas, se extenderían hasta la Oficina Central de Personal.

Pero Matt Zaleski sabía que no haría nada.

Ya había suficientes problemas. El enredo Parkland-Newkirk-Illas había sido uno; y se podía prever que en ese momento habría en su oficina de paneles de vidrio otros que requerirían decisiones, además de los que ya estaban en su escritorio aquella mañana. Y ésos, recordó, ni siquiera los había visto todavía.

Más o menos una hora antes, mientras se dirigía hacia su trabajo desde Royal Oak, había escuchado a Emerson Vale en la radio de su coche. El crítico de la industria automotriz, que en opinión de Zaleski era un idiota, había vuelto a disparar sus perdigonadas contra la industria. Matt Zaleski había deseado, entonces como ahora, poder instalar a Vale por unos días en uno de los puestos clave de la producción para que el hijo de puta se diera cuenta de lo que costaba, en términos de esfuerzos, pesadumbre, componendas y cansancio humano, llegar a fabricar un automóvil.

Matt Zaleski se alejó del sedán verde-niebla. Al manejar una planta se aprende que en algunos momentos hay que ignorar ciertas cosas, y ése era uno de esos momentos.

Pero por lo menos era miércoles.