Ruedas

Arthur Hailey · Capítulo 5 de 32

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Ruedas

Capítulo 4

El elegante edificio, de piedra gris, que bien podría haber pasado por el capitolio del estado, estaba silencioso esa mañana temprano, en el momento en que Adam Trenton conduciendo su cupé sport color crema, descendió por la rampa de acceso. Adam hizo un rápido viraje en forma de S, haciendo chirriar las cubiertas, hasta llegar al lugar de estacionamiento subterráneo para ejecutivos. Luego deslizó su larga figura del asiento del conductor, dejando las llaves puestas. Un chaparrón había salpicado levemente la noche anterior el brillante acabado del coche, pero la rutina del día incluía lavado, llenado del tanque y, si fuera necesario, hasta un servicio completo.

El automóvil personal, elegido por el mismo ejecutivo y reemplazado cada seis meses, cada vez con todos los aditamentos extras que pidiera, además del combustible y la atención constante, era un beneficio adicional que se sumaba a los puestos jerárquicos de la industria. Según para qué compañía trabajaran, la mayoría hacía su elección entre los modelos de lujo, «Chrysler Imperial», «Lincoln», «Cadillac». Unos pocos, como Adam, preferían un vehículo más liviano y deportivo, con un motor de alta performance.

El eco de los pasos de Adam retumbó mientras caminaba por el piso negro, brillante e inmaculado del garaje.

Un espectador podría haber visto a un hombre atlético, alto y delgado, de unos cuarenta y dos años, vestido de gris. Tenía hombros anchos y una cabeza algo cuadrada que se inclinaba hacia adelante como urgiendo al cuerpo a que la siguiera. Actualmente Adam Trenton se vestía de manera algo más conservadora de lo que era su costumbre, pero siempre a la moda, con un toque de ostentación. Sus rasgos faciales eran definidos y duros, con intensos ojos azules y una boca recta y firme, esta última atemperada por un toque de humor que daba una fuerte impresión de abierta honradez. Al hablar respaldaba esa impresión con una desnuda franqueza que a menudo descolocaba a su interlocutor, táctica que había aprendido a usar deliberadamente. Tenía una manera confiada de caminar, un paso decidido que sugería un hombre que sabía adonde iba.

Adam Trenton llevaba en la mano el símbolo de status del ejecutivo: un portafolios repleto de papeles que había llevado a su casa la noche anterior y en los cuales había trabajado, después de la cena, hasta la hora de acostarse.

Adam notó que ya había dos automóviles en la fila de los vicepresidentes, entre los pocos ya aparcados próximos a un ascensor exclusivo que subía sin detenerse hasta el decimoquinto piso, reservado para los funcionarios superiores de la compañía. El espacio de estacionamiento más cercano al ascensor le correspondía al presidente del consejo; el próximo, al director ejecutivo y luego seguían los reservados para los vicepresidentes en orden decreciente según su antigüedad. El lugar donde aparcaba un ejecutivo era un significativo factor de prestigio en la industria automovilista. Cuanto más alto era su puesto, menor la distancia que debía recorrer para llegar de su automóvil hasta su escritorio.

De los dos automóviles que habían llegado, uno pertenecía al jefe de Adam, vicepresidente de Desarrollo de Productos. El otro era el del vicepresidente de Relaciones Públicas.

Adam subió ágilmente por una corta escalera, saltando de a dos escalones, entró por una pequeña puerta que daba al hall central del edificio, y luego siguió caminando rápidamente hasta llegar al ascensor de personal y apretó el botón del décimo piso. Único ocupante del ascensor, esperó con impaciencia que el mecanismo controlado por una computadora se tomara el tiempo suficiente para funcionar, y cuando empezó a subir, experimentó la ansiedad que siempre sentía de sumergirse en un día de trabajo. Como le sucedía siempre en los dos últimos años, el «Orion» ocupaba el primer lugar entre sus pensamientos. Adam se sentía físicamente bien. Sólo lo molestaba una sensación de tensión, una tensión mental de la que había tomado conciencia últimamente, una molestia ilógica de la que le costaba cada vez más desprenderse. De un bolsillo interior sacó una cápsula pequeña, verde y negra, se la metió en la boca y la tragó.

Dejando el ascensor y caminando por un corredor silencioso y desértico que vería muy poca actividad durante la próxima hora, Adam llegó a su propia suite de oficinas cuya ubicación, en una esquina del edificio, era un signo de rango.

Al entrar vio una pila de correspondencia recién distribuida sobre el escritorio de su secretaria. Había habido una época, al principio de su carrera, en la cual Adam se hubiera detenido a hojearla, para ver qué había de interesante y novedoso. Pero hacía mucho que se había quitado el hábito, ya que hoy en día valoraba demasiado su tiempo como para permitirse ese tipo de cosas. Adam había oído decir al presidente de la compañía que una de las responsabilidades de una secretaria de primera clase era la de «filtrar la basura» de la montaña de papeles que pasaban por sus manos antes de llegar a su jefe. Se le permitía revisar todo primero y usar su propio criterio para decidir lo que debía apartar, de tal manera que la mente de un ejecutivo pudiera preocuparse solamente de las ideas y decisiones, sin recargarse con detalles que podían ser confiados a quienes ocupaban posiciones inferiores.

Esa era la razón por la cual, de los miles de cartas que anualmente envían los usuarios de automóviles a los directivos de las compañías de automotores, muy pocas llegaban hasta el destinatario al cual las enviaba el remitente. Todas esas cartas eran revisadas por las secretarias y luego pasaban a departamentos especiales que se encargaban de darles curso de acuerdo con rutinas preestablecidas. Finalmente se tabulaba y estudiaba el total de todas las quejas y comentarios del año, pero ningún ejecutivo superior podía ocuparse de cada una de ellas y además cumplir con su trabajo de todos los días. Una excepción ocasional era aquella en la que un corresponsal tenía la astucia de escribir a la dirección particular de un ejecutivo, nada difícil de conseguir ya que todos estaban inscritos en el «Quién es Quién», que se podía consultar en cualquier biblioteca pública. Así era posible que un ejecutivo o su esposa leyera la carta, interesándose en un caso en particular y lo siguiera personalmente.

Lo primero que notó Adam en su oficina fue una brillante luz anaranjada en el intercomunicador que estaba detrás de su escritorio. Eso indicaba que el vicepresidente de Desarrollo de Productos había llamado, casi con seguridad esa mañana. Adam apretó un botón que estaba sobre la luz, y esperó.

—¿Qué excusa tienes hoy? ¿Te has quedado dormido o has tenido un accidente en la autopista? —preguntó una voz que sonaba metálica a través del intercomunicador.

Adam se rió, mientras sus ojos se dirigían hacia un reloj de pared que anunciaba las siete y veintitrés. Apretó la tecla que lo conectaba con la oficina del vicepresidente, cinco pisos por encima de él.

—Ya conoces mi problema, Elroy. Parece que no puedo salir de la cama.

Eran muy pocas las veces que el jefe del departamento de Desarrollo de Productos llegaba antes que Adam, y entonces le gustaba hacerlo notar.

—¿Qué tienes que hacer durante la próxima hora, Adam?

—Algunas cosas, pero nada que no pueda postergar.

Mientras hablaba, Adam podía ver a través de las ventanas de su oficina el tránsito mañanero en la autopista. En ese momento era intenso, pero no tan abundante como una hora atrás, cuando los empleados de producción se dirigían a las fábricas para comenzar el turno de día. Pero la corriente del tránsito aumentaría de nuevo cuando miles de empleados de oficina, que en ese momento desayunaban en sus casas, añadieran sus automóviles a la veloz corriente. Las presiones y desahogos en la densidad del tránsito, que eran como variaciones del viento, siempre fascinaban a Adam, cosa que no era sorprendente ya que los automóviles, que eran el principal elemento, siempre habían sido una idée fixe de su propia existencia. Había ideado una escala propia, parecida a la escala de vientos de Beaufort, que iba de uno a diez grados de volúmenes, y la aplicaba al tránsito que veía. En ese momento decidió que la corriente estaba en el volumen 5.

—Me gustaría que subieras por un rato —dijo Elroy Braithwaite, el vicepresidente—. Supongo que ya sabes que nuestro amiguito Emerson Vale ha vuelto a ponerse en órbita.

—Sí —Adam había leído el artículo del Free Press en donde estaban las últimas acusaciones de Vale, antes de dejar el periódico junto a la cama en que dormía Erica.

—Algunos miembros de la prensa nos han pedido comentarios y esta vez Jake piensa que deberíamos hacerlos.

Jake Earlham era el vicepresidente de Relaciones Públicas, y su automóvil era el otro que estaba estacionado cuando llegó Adam.

—Estoy de acuerdo con él —dijo Adam.

—Bueno, parece que yo fui elegido, pero me gustaría que tú también estuvieras en la sesión; no será oficial. Habrá alguien de la Associated Press, la muchacha del Newsweek, el Wall Street Journal y Bob Irvin del Detroit News. Los vamos a ver a todos juntos.

—¿Alguna regla básica o alguna instrucción preliminar?

Generalmente en las compañías se hacían complicados preparativos antes de una conferencia de prensa, y los departamentos de relaciones públicas elaboraban listas con preguntas anticipadas que luego eran estudiadas por los ejecutivos. A veces se hacían ensayos previos en donde la gente de relaciones públicas hacía el papel de periodista. Una conferencia de prensa importante llevaba semanas de planificación, para que los voceros de las compañías automotrices estuvieran tan bien preparados como un Presidente de los Estados Unidos que tiene que enfrentarse a la prensa, y algunas veces mejor.

—No habrá ninguna instrucción preliminar —dijo Elroy Braithwaite—. Jake y yo decidimos que ésta la vamos a tomar con calma. Diremos las cosas tal como las vemos. Eso vale para ti también.

—Bueno —dijo Adam—. ¿Ya estás listo?

—En unos diez minutos. Ya te llamaré.

Mientras esperaba, Adam vaciando su portafolios sacó el trabajo de la noche anterior y luego dictó una serie de instrucciones en un grabador para su secretaria, Ursula Cox, que se encargaría de llevarlas a cabo con su acostumbrada eficacia cuando llegara. La mayor parte del trabajo que Adam se había llevado a su casa, al igual que las instrucciones que acababa de dictar, se referían al «Orion». Por su posición de gerente de Planificación de Nuevos Productos estaba muy al tanto del nuevo automóvil, que todavía era un secreto. Ese día precisamente estaba programada una serie de experimentos concernientes a un problema de vibración y ruido en el «Orion» en el campo de pruebas de la compañía, ubicado a unos cincuenta kilómetros en las afueras de Detroit. Adam tendría que tomar decisión sobre el problema y había accedido a ir a la prueba. Ahora, con la conferencia de prensa, le había dejado instrucciones a Ursula para que cambiara el horario del ensayo en el campo de pruebas para más tarde. Adam decidió que era mejor releer el artículo de Emerson Vale. Había algunos periódicos matutinos junto a la pila de correspondencia que estaba afuera, y Adam recogió un Free Press y un New York Times. Luego volvió a la oficina y los desplegó, esta vez para memorizar, punto por punto, lo que Vale había dicho el día anterior en Washington.

Adam había conocido a Emerson Vale en una oportunidad en que el crítico de la industria automotriz había ido a decir un discurso en Detroit. Como muchos otros miembros de la industria, Adam había ido por curiosidad y al serle presentado Vale antes de la reunión se había sorprendido de ver que era un joven encantador y no la figura descarada y abrasiva que esperaba Adam. Y Vale había seguido siendo agradable más tarde cuando se enfrentó a su audiencia desde la plataforma, hablando fácilmente y con fluidez, y manejando con habilidad sus argumentos. Adam se vio obligado a admitir que toda la presentación había sido impresionante y a juzgar por el aplauso que siguió, gran parte del público, que había pagado entrada, tenía la misma opinión.

Solamente había un defecto. Para cualquiera que tuviera conocimientos especializados, muchos de los argumentos de Vale hacían tanta agua como un bote lleno de agujeros.

Al atacar a una industria altamente tecnificada, Vale traicionaba su propia falta de conocimientos técnicos e incurría en frecuentes errores al describir funciones mecánicas. Aunque versado en derecho, Emerson Vale ignoraba las reglas elementales de la prueba. Ofrecía rumores, aseveraciones y pruebas no fundamentadas como hechos ciertos; y en ocasiones —así le parecía a Adam— el joven crítico distorsionaba fallas que ya habían sido admitidas y rectificadas tiempo atrás por productores y fabricantes. Presentaba acusaciones que no tenían más base que la correspondencia recibida de usuarios descontentos; mientras desollaba a la industria acusándola de malos diseños, deplorable mano de obra y falta de elementos de seguridad. No podía ver nada bueno en los fabricantes de automotores y sus empleados; solamente veía indiferencia, negligencia y villanía.

Emerson Vale había publicado un libro titulado: El Automóvil: inseguro en cualquier emergencia. Estaba escrito con habilidad y resultó ser un best-seller que mantuvo a Vale en el candelera por muchos meses.

Incluso cuando se probaba que estaba equivocado, Emerson Vale —como Ralph Nader, su antecesor en el campo de la crítica a la industria automotriz— nunca admitía su error ni se disculpaba, cosa que la General Motors había hecho con Nader en ocasión en que la corporación se había entrometido innecesariamente en la vida privada de Nader. Vale persistió en cambio con sus acusaciones y cargos en contra de todos los fabricantes de automóviles y a veces, tal como había logrado hacerlo el día anterior desde Washington, concentraba la atención de todo el país.

 

Adam dobló los periódicos y echó una mirada hacia afuera que le demostró que el tránsito de la autopista había subido al volumen 6.

—El cuarto poder acaba de llegar —dijo un momento más tarde el vicepresidente de Desarrollo, llamándolo por el intercomunicador—. ¿Quieres ser el quinto?

Mientras subía, Adam recordó que en algún momento debía llamar a su esposa. Erica había estado descontenta últimamente. Adam intuía que parte del inconveniente era su propio cansancio al fin del día, que reclamaba su diezmo físico. Pero también deseaba que Erica saliera más y aprendiera a tener iniciativa propia. La había animado a ello, asegurándose de que tuviera todo el dinero necesario. Afortunadamente no tenían problemas en ese sentido, gracias a su continuada serie de ascensos, y había buenas posibilidades de que sucedieran cosas aún más importantes, lo que era suficiente como para que cualquier esposa se alegrara.

Adam se daba cuenta de que Erica se sentía resentida por la gran cantidad de tiempo que requería su trabajo, pero ya hacía cinco años que estaba casada con un ejecutivo de la industria automotriz y tendría que haberse acostumbrado a eso, de la misma manera que otras mujeres.

A veces se preguntaba si había cometido un error al casarse con alguien tan joven como ella, a pesar de que intelectualmente nunca habían tenido el más mínimo problema. Erica tenía una inteligencia superior a sus años, y Adam había notado que muy pocas veces estaba en rapport con hombres más jóvenes. Cuanto más pensaba en ello más se daba cuenta de que pronto tendría que tomar alguna resolución sobre sus problemas.

Pero en el decimoquinto piso, al entrar en territorio del alto comando, Adam dejó en la puerta sus pensamientos personales.

 

Jake Earlham, vicepresidente de Relaciones Públicas, estaba haciendo las presentaciones de rigor en la suite de oficinas del vicepresidente del Desarrollo de Productos. Earlham, calvo y regordete, había sido periodista durante muchos años y ahora parecía un rectoral Mr. Pickwick. Siempre andaba fumando una pipa o haciendo gestos con ella. En ese momento sacudió la pipa para indicar la entrada de Adam Trenton.

—Creo que conoces a Mónica, del Newsweek.

—Nos conocemos —Adam saludó a la gentil muchacha, que ya estaba sentada en su sofá. Mientras cruzaba las bien torneadas pantorrillas y dejaba subir negligentemente el humo de su cigarrillo, le sonrió con frialdad, para demostrarle que una neoyorquina no se dejaría engañar por el encanto de un habitante de Detroit.

En el sofá, además del Newsweek, estaba el Wall Street Journal, un florido periodista de mediana edad llamado Harris. Adam le estrechó la mano y luego hizo lo mismo con la Associated Press, un tenso joven que tenía en las manos un fajo de papeles y que saludó secamente a Adam demostrando su deseo de que la sesión se pusiera en marcha. El último era Bob Irvin, del Detroit News, calvo y de buen carácter.

—¿Qué tal, Bob? —lo saludó Adam. Irvin era el periodista que Adam mejor conocía, y escribía una columna diaria sobre temas de la industria automotriz. Estaba muy bien informado y la industria lo respetaba a pesar de que no era un adulador y era rápido para clavar una estocada cuando pensaba que la ocasión lo requería. En otras ocasiones había difundido con entusiasmo las informaciones de Ralph Nader y de Emerson Vale.

—¿Quién empieza? —preguntó amablemente Elroy Braithwaite, vicepresidente de Desarrollo de Productos, sentándose en un sillón vacante de la confortable sala donde estaban reunidos.

Braithwaite, a quien sus íntimos llamaban el «Zorro Plateado» por su cuidada melena gris, usaba un traje ajustado cortado a la moda eduardiana y lucía los enormes gemelos que eran otro de sus símbolos personales. Exudaba un estilo que estaba muy de acuerdo con lo que lo rodeaba. Esa oficina, como todas las de los vicepresidentes y sus superiores, había sido decorada con exclusividad; estaba cubierta con paneles de madera, tenía cortinas de brocado y una espesa moqueta bajo los pies. Cualquiera que llegara a esa posición dentro de una compañía automotriz había trabajado larga y ferozmente para alcanzarla. Pero una vez que llegaba, las condiciones de trabajo estaban rodeadas de agradables prebendas que incluían una oficina como esa que tenía una sala de vestir adjunta, un dormitorio, y, además, en el piso superior, un comedor personal, como también un baño turco y un masajista, que estaban a su disposición en cualquier momento.

—Quizá deba comenzar la señorita —Jake Earlham había hablado detrás de ellos, desde el asiento de la ventana al que se había encaramado.

—Muy bien —atacó la joven del Newsweek—. ¿Cuál es la última coartada que tienen para no lanzar un programa significativo y conseguir un motor de vapor para automóviles que no contamine el aire?

—Nos hemos quedado sin coartadas —dijo el «Zorro Plateado». La expresión de Braithwaite no había cambiado; solamente su voz había tomado un tono más tajante —. Además ese trabajo ya lo hizo un tipo que se llamaba George Stephensen, y no creemos que haya habido ningún progreso significativo desde entonces.

—Muy bien, terminemos con la comedia. ¿Podemos hacer preguntas y respuestas serias ahora? —interrogó el miembro de la Associated Press, mirando impacientemente a través de sus gruesas gafas.

—Creo que sí —dijo Jake Earlham. El jefe de Relaciones Públicas añadió, excusándose—. Debería haber recordado que los servicios telegráficos tienen una hora límite para recibir material para los periódicos vespertinos de la Costa Este.

—Gracias —dijo la Associated Press, y se dirigió a Elroy Braithwaite—. Anoche el señor Vale hizo una declaración en la que decía que las compañías de automotores eran culpables de conspiración y otras cosas porque no han hecho ningún esfuerzo serio para desarrollar una alternativa del motor de combustión interna. También dice que en este momento existen motores eléctricos o de vapor. ¿Quisieran hacer sus comentarios al respecto?

—Lo que el señor Vale dice de los motores que hay disponibles en este momento es verdad —asintió el «Zorro Plateado»—. Hay distintos tipos y la mayoría de ellos funcionan. Nosotros tenemos varios en nuestro centro de investigación. Lo que Vale no dice, porque no lo sabe o porque podría destruir sus propios argumentos, es que todavía no hay la más remota esperanza de fabricar un motor eléctrico o de vapor, de bajo costo, poco peso y buen rendimiento, que se pueda aplicar a un automóvil en un futuro previsible.

—¿Y qué significa ese futuro en materia de tiempo?

—Toda la década del 70. Habrá otras novedades para la década del 80 y sin embargo puede ser que el motor de combustión interna, uno casi totalmente no contaminante, todavía domine el mercado.

—Pero han salido una cantidad de artículos periodísticos hablando de toda clase de motores que ya están disponibles… —interrumpió el Wall Street Journal.

—Tiene razón —dijo Elroy Braithwaite—. Y la mayoría de esos artículos deberían estar en la página de historietas. Disculpe que se lo diga, pero los periodistas son casi los personajes más crédulos que hay en circulación. Quizá sea deliberado porque supongo que así salen más interesantes las historias que escriben. Pero cuando aparece un inventor, no importa si es un genio o un tramposo, con su trabajo preferido y la prensa se entusiasma con él, ¿qué sucede? Al día siguiente todos los artículos periodísticos dicen que ése «puede» ser el descubrimiento más importante, que «puede» ser el camino para el futuro. Si lo repiten a menudo para que el público lo pueda leer unas cuantas veces, todos creerán que debe ser verdad, de la misma manera, supongo, en que los periodistas se creen su propia historia si la cuentan con bastante frecuencia. Es el tipo de anuncio que ha hecho que mucha gente en este país esté convencida de que tendrán muy pronto un automóvil de vapor o eléctrico, o quizás un híbrido, en su garaje.

El «Zorro Plateado» le sonrió a su colega de Relaciones Públicas, que se movía inquieto, jugueteando con su pipa.

—Tranquilízate, Jake. No estoy arremetiendo contra la prensa. Solamente estoy tratando de establecer una perspectiva.

—Gracias por decírmelo. Por un minuto me tuviste intrigado —dijo secamente Jake Earlham.

—Señor Braithwaite, ¿no estará perdiendo de vista algunos hechos? —persistió la Associated Press—. Hay gente muy responsable que todavía cree en la propulsión a vapor. Hay grandes equipos, aparte de las compañías automotrices, que están trabajando en eso. El gobierno de California está invirtiendo dinero para que se ponga una flota de automóviles de vapor en la calle. Y en ese estado propusieron una legislación que prohíba el motor de combustión interna de aquí a cinco años.

—En mi opinión, el único individuo respetable que creía en un automóvil de vapor era Bill Lear —dijo el vicepresidente de Desarrollo de Productos—. Y luego hizo abandono público de su idea llamándola «completamente ridicula».

—Pero desde entonces cambió de idea —dijo la Associated Press.

—Seguro, seguro. Y anda por ahí con una caja de sombreros, diciendo que su nuevo motor de vapor está adentro. Bueno, pues ya «sabemos lo que tiene dentro de la caja». Es el núcleo más profundo del motor, que es lo mismo que tomar una bujía y decir «he aquí el motor de nuestros automóviles actuales». Lo que casi nunca dicen, el señor Lear y otros, es que a a eso hay que añadirle una cámara de combustión, una caldera, un condensador, ventiladores de recuperación…, una larga lista de maquinaria, pesada, cara, voluminosa y de dudosa eficiencia.

—Los automóviles de vapor del gobierno de California… —apuntó Jake Earlham.

—Cierto, California —asintió el «Zorro Plateado»—. Claro que ese estado está gastando muchísimo dinero. ¿Qué gobierno no lo hace? Si usted y medio millón más de personas estuvieran dispuestas a pagar un millón de dólares extra por sus autos, quizá, y sólo quizá, podríamos construir un motor de vapor, con todos sus problemas y desventajas. Pero la mayor parte de nuestros clientes y de los clientes de nuestros competidores, en quienes también debemos pensar, no pueden tirar así el dinero.

—Todavía está soslayando el asunto de los automóviles eléctricos —indicó el Wall Street Journal.

—Encárgate tú de eso —Braithwaite hizo un gesto hacia Adam.

—Existen automóviles eléctricos en este mismo momento —dijo Adam a los periodistas—. Ustedes han visto los carts de golf, y es concebible que pronto se consiga un vehículo para dos pasajeros, que se pueda usar para ir de compras o algo similar, dentro de un área local muy reducida. Por el momento, sin embargo, sería muy caro y no mucho más que una curiosidad. Nosotros hemos construido automóviles y camiones experimentales propulsados por electricidad. El problema es el siguiente: para darles una autonomía útil tenemos que llenar la mayor parte del espacio interior con pesadas baterías y eso no tiene mucho sentido.

—¿Cuándo van a llegar las baterías más pequeñas y livianas de aire y zinc o de celdas de combustible? —preguntó Associated Press.

—Se olvidó de las de sulfuro de sodio —dijo Adam—. También de eso se habló. Lamentablemente lo único concreto que tenemos en este momento son palabras.

—Creemos que al final la vamos a acertar con las baterías —añadió Elroy Braithwaite—, con una gran cantidad de energía almacenada en pequeños envases. Y lo que es más, hay un gran uso potencial para los vehículos eléctricos en tránsito urbano. Pero según lo que sabemos, no creemos que suceda nada antes de la década del 80.

—Y si están pensando en la contaminación del aire en relación con los automóviles eléctricos —añadió Adam— hay un factor en el que mucha gente no ha pensado. Cualquier tipo de batería que se use va a tener que ser recargada. Si contamos los cientos de miles de automóviles que estarán enchufados en las líneas eléctricas, se necesitará mayor cantidad de fábricas generadoras, cada una de las cuales estará vomitando su propia contaminación al aire. Y como la mayoría de las fábricas eléctricas están en los suburbios, terminaríamos por transferir el smog de las ciudades hacia afuera.

—¿No le parece una coartada bastante lamentable? —la impasible muchacha del Newsweek descruzó las piernas y se tironeó inútilmente la falda que, como seguramente sabía, se le siguió subiendo por los bien formados muslos. Uno a uno los hombres bajaron los ojos hasta la línea donde los muslos se unían a la falda.

—Me refiero a una coartada por no tener un programa relámpago para fabricar un motor de vapor o eléctrico o ambos, que sea bueno y barato —continuó ella—. ¿No es así como llegamos a la Luna? —añadió con petulancia—. Y por si no lo recuerdan, esa fue mi primera pregunta.

—Lo recuerdo —dijo Elroy Braithwaite. A diferencia de los demás, no apartó la vista de la unión de los muslos con la falda, sino que la mantuvo allí deliberadamente. Hubo varios segundos de silencio durante los cuales la mayor parte de las mujeres se hubieran inquietado o intimidado, pero la mujer, segura de sí misma y sin perder el control, puso bien en claro que no se inmutaba. Sin mover los ojos, el «Zorro Plateado» dijo lentamente—: ¿Cuál era su pregunta, Mónica?

—Creo que ya lo sabe.

Sólo en ese momento, al ver fracasar su maniobra, Braithwaite levantó los ojos.

—¡Ah, sí! La Luna —suspiró—. Sabe, hay días en que desearía que nunca hubiéramos puesto los pies en ella. Ha producido un nuevo clisé. Puede estar segura de que hoy en día, si se produce en cualquier lado un atraso en ingeniería, alguien dirá: «Fuimos a la Luna, ¿no es cierto? ¿Y entonces por qué no podemos solucionar esto? »

—Si ella no lo hubiera preguntado, lo habría hecho yo —dijo el Wall Street Journal—. ¿Por qué no podemos?

—Se lo voy a decir —dijo secamente el vicepresidente—. Aparte de que los muchachos del espacio cuentan con fondos públicos ilimitados, que nosotros no tenemos, ellos tenían un objetivo: llegar a la Luna. Ustedes, basándose en vaguedades que han oído o leído, nos piden que desarrollemos un motor para automóviles propulsado a vapor o electricidad con la prioridad del todo o nada. Bueno, bueno, sucede que algunas de las mejores cabezas de los ingenieros que están en el negoció piensan que el objetivo no es práctico y que ni siquiera vale la pena. Tenemos otras ideas y objetivos mejores.

Braithwaite se pasó la mano por su melena plateada y luego le hizo una seña a Adam. Daba la impresión de que ya había aguantado suficiente.

—Lo que creemos —dijo Adam— es que el aire puro o por lo menos el aire no contaminado por motores de vehículos puede conseguirse mejor, más rápido y más barato perfeccionando el motor de combustión interna a gasolina que se usa actualmente y mejorando el control de emisión de los combustibles. —Había mantenido la voz deliberadamente baja—. Quizá no sea una idea tan espectacular como la de la propulsión a vapor o electricidad, pero está firmemente respaldada por la ciencia —añadió.

—¿Admitiría que antes de Nader, Emerson Vale y otros así, la industria no estaba ni remotamente tan preocupada como ahora por controlar la contaminación del aire? —intervino Bob Irvin del Detroit News, hablando por primera vez.

Aunque la pregunta fue hecha con aparente indiferencia, mientras Irvin miraba blandamente a través de sus gafas, Adam sabía que era explosiva. No dudó más que un momento y luego contestó:

—Sí, lo admitiría.

Los otros tres reporteros lo miraron sorprendidos.

—Según lo entiendo —dijo Irvin, siempre con su aire indiferente— estamos aquí por causa de Emerson Vale, o en otras palabras, por causa de un crítico de la industria automotriz. ¿No es cierto?

—Estamos aquí porque nos preguntaron si responderíamos hoy a algunas preguntas —intervino Jake Earlham desde su asiento de la ventana—, y nosotros accedimos. Entendíamos que algunas preguntas se relacionarían con declaraciones hechas por el señor Vale, pero nosotros no programamos una conferencia de prensa específicamente a causa del señor Vale.

—Hoy sí que está hilando fino, ¿no es cierto, Jake? —acotó Bob Irvin, sonriendo.

—Digamos que sí —dijo el vicepresidente de Relaciones Públicas, encogiéndose de hombros.

A juzgar por las dudosas expresiones de Jake Earlham, sospechó Adam, éste debía estar pensando que después de todo la conferencia no oficial de prensa no había sido tan buena idea.

—En ese caso —dijo Irvin— supongo que la próxima pregunta no está fuera de lugar, Adam. —El columnista parecía vacilar, tropezando verbalmente mientras hablaba, pero los que lo conocían sabían qué engañosa podía ser esa apariencia—. En tu opinión, ¿han cumplido una función útil los críticos de automoción, como por ejemplo Nader y su campaña sobre la seguridad?

La pregunta era simple, pero había sido hecha de tal manera que no podía ser soslayada. Adam se sintió con ganas de decirle a Irvin, «¿por qué me elegiste a mí?» Luego recordó las instrucciones que Elroy Braithwaite le había dado antes de comenzar la conferencia de prensa. «Diremos las cosas tal como las vemos.»

—Sí, han cumplido una función —dijo Adam, tranquilamente—. En lo referente a seguridad, las protestas de Nader sirvieron para proyectar a esta industria aceleradamente hacia la segunda mitad del siglo xx.

Los cuatro periodistas tomaron nota.

Mientras lo hacían, Adam repasó mentalmente lo que acababa de decir, y lo que seguiría diciendo. Se daba cuenta de que mucha gente de la industria estaría de acuerdo con sus palabras. Un fuerte contingente de jóvenes ejecutivos y un sorprendente sector del nivel jerárquico coincidían en que básicamente los argumentos de Vale y de Nader de los últimos años habían sido acertados, a pesar de los excesos y de las imprecisiones. La industria había relegado a segundo término la seguridad en el diseño de un automóvil, había enfocado la atención en las ventas con exclusión de casi todo otro problema, se había resistido al cambio hasta que las reglamentaciones gubernamentales o la amenaza de nuevas reglamentaciones las habían forzado a cambiar. Al mirar hacia atrás parecía que los fabricantes de automóviles se hubieran embriagado con su propia inmensidad de poder, portándose como Goliat hasta que al final habían sido humillados por un David, Ralph Nader, y más tarde Emerson Vale.

Adam pensó que la ecuación David-Goliat era apropiada. Nader en particular, sin ayuda y con un notable valor moral, se enfrentó a toda la industria automotriz de los Estados Unidos, que tenía recursos ilimitados y una sólida influencia en Washington. Tuvo éxito donde otros habían fallado al lograr que se elevaran los niveles de seguridad y que se promulgara una nueva legislación orientada hacia el consumidor. El hecho de que Nader fuera un polemista y, como todos ellos, adoptara poses rígidas y fuera a menudo excesivo, despiadado y a veces hasta impreciso, no disminuía sus logros. Solamente un fanático podría negar que él había desempeñado una valiosa función pública. Lo que también importaba era que para lograr esa función era necesario un tipo como Nader.

—Que yo recuerde, señor Trenton —observó el Wall Street Journal—, ningún ejecutivo de la industria automotriz había admitido públicamente tal cosa.

—Si nadie lo había hecho —dijo Adam—, quizás era hora de que alguien lo hiciera.

Tal vez era su imaginación, pero le pareció que Jake Earlham, aparentemente ocupado con su pipa, había palidecido.

Adam detectó una mirada de desaprobación en la cara del «Zorro Plateado», pero qué diablos, si era necesario discutiría con Elroy más tarde. Adam nunca había sido un «lacayo». Pocos de los que ascendían a lo más alto de la industria automotriz lo eran y los que acallaban sus sinceras opiniones, temiendo la desaprobación de sus superiores o porque se sentían inseguros en su trabajo, muy pocas veces sobrepasaban un nivel gerencial medio. Adam no se había callado porque creía que ser directo y honrado era una forma de colaborar con sus empleados. Había aprendido que lo importante era mantener su individualidad. Una idea errónea que tenía el público sobre los ejecutivos de la industria automotriz era que todos salían del mismo molde como si hubieran sido cortados con la misma tijera. Era un concepto erróneo. Aunque era verdad que tenían ciertos rasgos en común, como la ambición, el empuje, y su capacidad organizadora y de trabajo, aparte de ello eran extremadamente individualistas, con una gran dosis de excentricidad, genio y disconformismo.

De todas maneras lo dicho ya no podía ser retirado. Pero había posdatas.

—Si van a citar lo que expresé —dijo Adam recorriendo con la mirada al cuarteto de periodistas—, hay otras cosas que también habría que decir.

—¿Y cuáles son? —la pregunta provenía de la muchacha del Newsweek. Parecía menos hostil que antes, había apagado su cigarrillo y estaba tomando notas. Adam le echó una mirada furtiva y vio que tenía la falda tan alta como siempre y sus muslos y piernas, cubiertos por una película de nylon gris, parecían todavía más atractivos. Adam sintió que su interés se agudizaba pero se sacó la idea de la cabeza.

—Primero —dijo Adam—, los críticos han cumplido con su trabajo. La industria está dedicada al tema seguridad con mucho más tesón que nunca, y lo que es más, la tendencia se mantiene. Además, estamos orientándonos hacia el consumidor. Durante una época no lo hacíamos. Retrospectivamente da la impresión de que fuimos despreocupados e indiferentes con los consumidores. Pero en este momento no lo somos, y por eso los archicríticos como Emerson Vale se han puesto chillones y algunas veces tontos. Si ustedes aceptan sus puntos de vista, nada de lo que hagan los fabricantes de automóviles les parecerá correcto. Quizá sea eso lo que no han reconocido Vale y los de su clase, y es el segundo punto que quiero señalar: que la industria automotriz está en una era totalmente diferente.

—Entonces, si eso es verdad, ¿no diría que los críticos de la industria automotriz los han forzado a llegar a la presente situación? —preguntó la Associated Press.

Adam controló su irritación.

—Ayudaron —admitió— al establecer metas particularmente en cuanto a la seguridad y la contaminación. Pero no tuvieron nada que ver con la revolución tecnológica que de todas maneras estaba por llegar. Eso es lo que va a hacer que los próximos diez años sean más interesantes aún, para todos los que estamos en este negocio, que la primera mitad de este siglo.

—¿Y en qué forma? —dijo la Associated Press mirando su reloj.

—Alguno de ustedes habló de logros efectivos —contestó Adam—. Los más importantes, los que podemos ver acercarse, están en los nuevos materiales que nos permitirán diseñar una nueva raza de vehículos para mediados o finales de la década de los 70. Tomemos los metales como ejemplo. En vez del acero sólido que usamos ahora llegará el acero con estructura de «panal de abejas», que será fuerte y rígido pero increíblemente más liviano, lo que significará una mayor economía de combustible. También tendrá mejor absorción de impactos que el acero normal, y esta será otra contribución a la seguridad. Luego, tenemos las nuevas aleaciones de metal para motores y sus componentes. Prevemos una aleación que permitirá variar la temperatura de treinta y siete a más de mil grados centígrados en pocos segundos y con sólo una pequeña expansión. Usando esta aleación podremos utilizar el resto del combustible no quemado que es la causa de la contaminación del aire. Otro metal con el que estamos trabajando tiene una técnica de retención que hace que «recuerde» su forma original. Si se le aplica calor o presión a un guardabarros o a una puerta abollada, el metal volverá a adoptar su forma original. Otra aleación que esperamos desarrollar permitirá una producción más económica de los rotores para motores de turbina de nafta que serán de mejor calidad y confiabilidad.

—Esto último es algo en lo que tenemos que fijarnos cuidadosamente —añadió Elroy Braithwaite—. Si se termina por eliminar el motor de combustión interna, la posible reemplazante será la turbina de nafta. La turbina para automóviles tiene muchísimos inconvenientes, ya que sólo es eficiente con un régimen de alto poder, y necesitamos un intercambiador de calor que es muy costoso, si tenemos la intención de no quemar a los peatones. Pero son problemas solucionables y los estamos estudiando.

—Bien —dijo Wall Street Journal—. Ya sabemos a qué atenernos con respecto a los metales. ¿Qué más hay de nuevo?

—Algo muy importante y que pronto será equipo standard de todo automóvil. Una computadora —Adam miró hacia la Associated Press—. Será pequeña, más o menos del tamaño de una guantera.

—¿Y qué va a hacer la computadora?

—Casi todo. Imagínese, hará de monitor sobre los componentes del motor, bujías, inyección de combustible, y demás. Controlará la emisión de gases y avisará si el motor está contaminando. Y también actuará de otras maneras revolucionarias.

—Dígame algunas —pidió el Newsweek.

—Durante la mayor parte del tiempo la computadora pensará por los conductores y corregirá sus errores, incluso antes de que se den cuenta de haberlos cometido. Otra de las cosas que controlará es el frenado sensitivo, aplicando los frenos individualmente sobre cada rueda para que el conductor no pierda el control al patinar. Un radar auxiliar avisará si el automóvil que está delante disminuye la velocidad o si uno lo sigue muy de cerca. En una emergencia la computadora puede desacelerar y aplicar automáticamente los frenos y como sus reacciones son más rápidas que las de un ser humano, eso hará que disminuyan las colisiones traseras. Habrá modos de conectarse con un sistema de guías de control de radar automático en las rutas y esto ya está en vías de realizarse, como también el control del movimiento del tránsito por medio de satélites espaciales.

Adam captó la mirada de aprobación de Jake Earlham y entendió el porqué. Había conseguido pasar de una actitud defensiva a un tono positivo, una táctica que el Departamento de Relaciones Públicas procuraba constantemente fomentar en los voceros de la compañía.

—Una consecuencia de todos esos cambios —continuó Adam— es que el interior de los automóviles, especialmente desde el punto de vista del conductor, variará de modo sorprendente en los próximos años. La computadora modificará la mayor parte de los instrumentos actuales. Por ejemplo, el control de combustible tal como lo conocemos hoy en día, está por desaparecer. En su lugar habrá un indicador que mostrará cuántos kilómetros se pueden recorrer con la cantidad de combustible que queda en el tanque y a la velocidad con que se viaja en ese momento. La información sobre los carteles de señalización de ruta aparecerá en una pantalla tipo TV que estará delante del conductor, y será activada por sensores magnéticos. Ya es bastante anticuado y peligroso tener que mirar los carteles de señalización de ruta, y a menudo el conductor no los ve. Cuando la computadora esté incorporada a un automóvil ya no le sucederá eso. Si uno viaja por una ruta desconocida introducirá, de la misma manera en que hoy lo hace para entretenerse, un cassette codificado de manera similar a los carteles de ruta, y, de acuerdo con su ubicación, uno recibirá instrucciones verbales y señales visuales en la pantalla. Y dentro de muy poco la radio común de un automóvil tendrá un transmisor-receptor que operará en banda ciudadana y que, mediante un sistema nacional, permitirá que el conductor solicite ayuda de cualquier clase cuando la necesite.

—Si pudiera usar un teléfono… —Associated Press se puso de pie, dirigiéndose al vicepresidente de Relaciones Públicas.

—Le buscaré un lugar privado —dijo Jake Earlham deslizándose de su asiento en la ventana y dirigiéndose a la puerta. Con la pipa le indicó a Associated Press que lo siguiera.

Los demás ya se estaban levantando.

Bob Irvin, del News, esperó hasta que el periodista del servicio telegráfico se hubiera ido y luego preguntó:

—Hablando de esa computadora… ¿La van a poner en el «Orion»?

«Maldito Irvin.» Adam sabía que estaba acorralado. La respuesta era «sí», pero también era un secreto. Por otro lado, si contestaba «no», los periodistas terminarían por descubrir que les había mentido.

—Usted sabe que no puedo hablar del «Orion», Bob —protestó Adam.

El columnista sonrió. La falta de una negativa concreta le había dicho todo lo que necesitaba saber.

—Bueno —dijo la monada del Newsweek, que ahora estaba de pie y parecía más alta y esbelta que cuando estaba sentada—. Usted se las arregló para manejar todo de manera que nos alejáramos del tema que vinimos a tratar.

—Yo no —Adam la miró directamente a los ojos, de un color azul-helado y desenfadadamente interrogantes, y deseó haberla conocido en otra situación y no como adversarios—. No soy más que un simple empleado de la industria que trata de ver los dos lados del asunto —dijo, sonriendo.

—Qué bien —sus ojos continuaban fijos en los de Adam y todavía reflejaban desenfado—. Entonces, ¿qué le parece si me da una respuesta honrada a esto? ¿Está cambiando realmente la perspectiva dentro de la industria automotriz? —Newsweek miró su anotador.— ¿Los grandes fabricantes de automóviles están respondiendo realmente a la época, aceptando las nuevas ideas sobre la responsabilidad comunitaria y desarrollando una conciencia social? ¿Prevén con realismo el cambio de valores, incluso de los valores que se refieren directamente a los automóviles? ¿Creen en serio que la mentalidad de consumo se va a mantener? ¿Estamos realmente en una nueva era, como usted afirma? ¿O no es más que un decorado nuevo para la fachada principal de la oficina central, una puesta en escena de los tipos de relaciones públicas, mientras lo que realmente esperan ustedes es que la atención que reciben ahora termine por disminuir y que todo vuelva al mismo lugar donde estaba antes, cuando hacían más o menos lo que querían? ¿Están de veras en la onda de lo que está pasando con respecto al medio ambiente, la seguridad y todas esas cosas, o se están engañando y nos están engañando? Quo vadis? ¿Recuerda el latín, señor Trenton?

—Sí, lo recuerdo —dijo Adam. Quo vadis? «¿Adonde vas?»… Una pregunta tan antigua como la humanidad, cuyos ecos se remontaban por la historia y que hoy en día se le planteaba a la civilización, a las naciones, a los individuos, a los grupos y ahora a una industria.

—Oiga, Mónica, ¿esa es una pregunta o un discurso? —preguntó Elroy Braithwaite.

—Es una pregunta diversificada. —La muchacha del Newsweek le sonrió fríamente al «Zorro Plateado».— Si para usted es muy complicada la podría dividir en segmentos simples, usando palabras más cortas.

El jefe de Relaciones Públicas había vuelto a la sala luego de acompañar a Associated Press.

—Jake, estas conferencias de prensa ya no son las de antes —dijo el vicepresidente de Desarrollo de Productos a su colega.

—Si con eso quiere decir que somos más agresivos y menos corteses —dijo el Wall Street Journal—, se debe a que nos adiestran de esa manera, y a que los editores nos dicen que investiguemos en profundidad. Y supongo que esta es una actitud nueva en el periodismo, como en todo lo demás. —Luego añadió con aire pensativo —: A mí también me hace sentir incómodo algunas veces.

—Pues a mí no —intervino Newsweek—. Y mi pregunta todavía está pendiente. —Se dio vuelta hacia Adam—. Se la hice a usted.

Adam dudó. Quo vadis? A veces él se hacía la misma pregunta. Pero, ¿hasta dónde debía llevar la sinceridad y la franqueza al contestarla?

Elroy Braithwaite le evitó tener que tomar una decisión.

—Si a Adam no le molesta —interpuso el «Zorro Plateado»—, creo que yo le responderé. Sin aceptar todas sus premisas, Mónica, esta compañía, en la medida en que representa a toda una industria, siempre aceptó su responsabilidad comunitaria. Y lo que es más, tiene una conciencia social y así lo ha demostrado durante muchos años. Y con respecto a la mentalidad de consumo, siempre hemos creído en ella, mucho antes de que la palabra fuera inventada por quienes…

Las bien redondeadas frases siguieron rodando elocuentemente. Al oírlas, Adam se sintió aliviado de no haber tenido que contestar. A pesar de su dedicación al trabajo, se habría visto obligado a admitir ciertas dudas con toda honradez.

También se sintió aliviado cuando vio que la sesión estaba a punto de terminar. Ardía de ganas de volver a su propio reducto en donde el «Orion», como una amante exigente y querida, reclamaba su presencia.