Ruedas
Capítulo 15
La parte del norte de Michigan que encierra al lago Higgins es descrita por la Cámara de Comercio local como «Zona de Diversión».
Adam Trenton, Brett DeLosanto y otros que estaban presentes a fines de mayo en la cabaña de fin de semana de Kreisel, encontraron que la descripción era adecuada.
La cabaña de Kreisel —que era en realidad un chalet espacioso, lujosamente decorado y con muchas habitaciones— estaba en la costa oeste de la parte superior del lago Higgins. Todo el lago tiene la forma de un maní o de un feto, y quizá la descripción dependa de cómo lo esté pasando el visitante.
Adam localizó el lago y la cabaña sin dificultad, luego de recorrer solo, el sábado a la mañana, trescientos kilómetros por la Ruta Interestatal 75. Al dejar atrás las ciudades encontró la campiña de Michigan, lujuriosamente verde, con los álamos que comenzaban a resplandecer y con los arbustos en flor. Los rayos del sol brillaban desde un cielo prácticamente sin nubes. El aire estaba dulce y fresco. Adam había salido de casa deprimido pero sintió que se le elevaba el espíritu a medida que las ruedas devoraban el camino hacia el norte.
La depresión provenía de una discusión con Erica.
Varias semanas antes, cuando le informó de la invitación para ir a la fiesta de fin de semana para hombres solos que le había transmitido Brett DeLosanto, ella no hizo más que una observación.
—Bueno, si no quieren esposas, tendré que buscarme algo para hacer yo, ¿no es cierto? —en ese momento, el hecho de que ella fuera tan razonable, le había hecho dudar a Adam de ir; no había tenido ganas para empezar, pero se rindió ante la insistencia de Brett, que quería que Adam conociera a su amigo proveedor, Hank Kreisel. Finalmente Adam había decidido dejar las cosas como estaban.
Pero era obvio que Erica no había hecho planes para ella, y esa mañana, cuando él se levantó para recoger algunas cosas, le preguntó:
—¿Realmente tienes que ir?
Cuando él le aseguró que a esa altura lo hacía porque lo había prometido, Erica preguntó satíricamente:
—¿Una fiesta para hombres solos quiere decir que no hay mujeres o, simplemente que no hay esposas?
—No hay mujeres —había contestado él, sin saber si era cierto o no, aunque sospechaba que no, ya que había ido a otras fiestas de fin de semana de proveedores.
—¡Estaba segura! —en ese momento se hallaban en la cocina, y Erica preparaba el café, arreglándoselas para golpear la cafetera por todos lados—. Y supongo que la bebida más fuerte será leche o limonada.
—Sea lo que sea, será mucho más simpático que estar aquí —contestó él mordazmente.
—¿Y quién tiene la culpa de que no sea simpático?
—Maldito si lo sé. Pero si es culpa mía, parece que no tengo el mismo efecto sobre los demás que sobre ti —Adam había perdido la paciencia.
—¡Entonces vete con los demás! —como corolario Erica le había tirado una taza de café, por suerte vacía, y él, también por suerte, la había atrapado en el aire y la había puesto en su lugar, ilesa. O quizá no había sido tanta la suerte, porque había comenzado a reírse, Erica se había enfurecido más aún y había salido como una tormenta, golpeando la puerta de la cocina tras de sí. Encolerizado consigo mismo, Adam había tirado en su coche las pocas cosas que llevaba y se había ido.
Después de treinta kilómetros todo el asunto le había parecido ridículo, como parecen las riñas conyugales cuando uno las recuerda. Adam sabía que si se hubiese quedado en casa, todo habría terminado antes del mediodía. Más tarde, cerca de Saginaw, y sintiéndose alegre por el hermoso día, había querido telefonear a su casa, sin conseguir respuesta. Erica había salido. Decidió que la llamaría más tarde.
Hank Kreisel recibió a Adam, a su llegada a la cabaña del lago Higgins, vestido con unos pantalones Bermuda inmaculadamente planchados y una camisa hawaiana, y su figura alta y delgada tan militarmente erguida como siempre. Cuando se hubieron presentado, Adam aparcó su automóvil entre unos siete u ocho más, todos últimos modelos de la línea de lujo.
—Unos pocos vinieron anoche. Algunos todavía están durmiendo. Otros llegarán más tarde —Kreisel tomó el maletín de Adam, y lo acompañó por un camino de madera cubierto que se extendía alrededor de la cabaña, del lado de la calle. La cabaña estaba sólidamente construida, con paredes exteriores de troncos y un aguilón central soportado por macizas vigas trabajadas a mano. Más abajo, a nivel del lago, había un muelle flotante donde estaban atados varios botes.
—Me gusta el lugar, Hank —dijo Adam.
—Gracias. No está mal. No lo construí yo, sin embargo. Se lo compré al tipo que lo hizo. Metió mucho dinero, y después necesitaba efectivo —Kreisel sonrió oblicuamente—. ¿No nos pasa a todos?
Se detuvieron frente a una puerta, una de las varias que daban al camino. El fabricante de piezas entró, precediendo a Adam. Era un dormitorio en donde resplandecía la madera lustrada. En un hogar, que enfrentaba a una cama doble, había un fuego de leños ya preparado.
—Eso lo alegrará. Se puede poner fría de noche —dijo Kreisel. Cruzó hasta una ventana—. Le doy una habitación con buena vista.
—Seguro que sí —de pie al lado de su anfitrión, Adam podía ver las claras aguas del lago, soberbiamente azules, que se tornaban verdes cerca de la costa arenosa. El lago Higgins estaba situado entre ondulantes colinas, los últimos kilómetros de camino habían sido en constante ascenso, y alrededor de la cabaña y del lago había magníficos grupos de pinos, abetos, alerces, pino amarillo, y abedules. A juzgar por la vista panorámica, Adam adivinó que le habían dado el mejor dormitorio Se preguntó por qué. También se sentía curioso por saber quienes eran los otros huéspedes.
—Cuando esté listo —anunció Hank Kreisel— el bar está abierto, y la cocina también. Aquí no tenemos horas fijas, sólo copas y comida las veinticuatro horas del día. Todo lo demás se puede arreglar —volvió a sonreír intencionadamente mientras abría una puerta en el lado opuesto de la habitación—. Hay dos puertas para entrar y salir, ésta y la otra. Ambas se cierran con llave. Se puede salir y entrar discretamente.
—Gracias. Si lo necesito lo recordaré.
Cuando el otro se hubo ido, Adam sacó las pocas cosas que había llevado y poco después salió, como su anfitrión, por la segunda puerta. Descubrió que daba a una angosta galería sobre un área central de estar, diseñada y amueblada en el estilo de un albergue de caza. La galería se extendía alrededor del salón y terminaba en una serie de peldaños de piedra que, a su vez, formaban parte de un inmenso hogar de roca. Adam bajó los peldaños. La zona de estar estaba desocupada y se dirigió hacia el sonido de voces que venía de afuera.
Salió a un espacioso solario que dominaba el lago. La gente formaba un grupo, habían estado conversando; ahora una voz se elevó sobre las otras, discutiendo acaloradamente.
—Que me cuelguen, si ustedes los tipos de esta industria no están actuando como adolescentes histéricas. Se han vuelto demasiado sensibles a la crítica y están demasiado a la defensiva. Están envalentonando a los concesionarios, y haciéndolos actuar como si fueran oráculos en vez de tipos ávidos de publicidad que quieren ver su nombre en los periódicos y en la televisión. ¡Fíjense en sus reuniones anuales! Si parecen circos. Algún loco se compra una acción de la compañía, y luego despotrica contra el presidente del Consejo que se queda ahí parado y se las aguanta. Es lo mismo que dejar que un solo votante, cualquier votante, vaya a Washington a despotricar en el recinto del Senado.
—No, claro que no —dijo Adam. Sin levantar la voz, se introdujo en la conversación—. Un votante no tiene derecho a entrar al recinto del Senado, pero un accionista tiene derechos en la reunión anual, incluso con una sola acción. Así es el sistema. Y los críticos no son locos. Si empezamos a pensar eso, y dejamos de oírlos, volveremos a donde estábamos hace cinco años.
—¡Oigan! —gritó Brett DeLosanto—. ¡Escuchen esas frases iniciales y fíjense quién llega! —Brett tenía puesto un exótico conjunto en color violeta y amarillo, evidentemente diseñado por él mismo, y que parecía una toga romana. Curiosamente, daba la impresión de ser vistoso y práctico. Adam, vestido con pantalones y camisa, se sintió conservador por contraste.
Varios otros que conocían a Adam le saludaron, entre ellos Pete O'Hagan, el hombre que estaba hablando cuando él entró. O'Hagan representaba en Detroit a una de las principales revistas nacionales, y su trabajo era cortejar socialmente a los ejecutivos de la industria automotriz, una manera sutil y efectiva de solicitar publicidad. La mayor parte de las grandes revistas —Look, Life y otras— tenían representaciones similares, y sus hombres a veces se hacían muy compinches de los presidentes de las compañías o de otros que ocupaban niveles jerárquicos. Esas amistades eran conocidas por las agencias de publicidad, que muy pocas veces se oponían a ellas; así que cuando había que reducir la publicidad las revistas que tenían influencia en los niveles más altos eran las últimas en sufrir. Era típico que, aunque Adam acabara de contradecirlo abiertamente, O'Hagan no se mostrara resentido, sino sonriente.
—Venga, conozca a todos —dijo Hank Kreisel. Condujo a Adam alrededor del grupo. Entre los huéspedes había un miembro del congreso, un juez, una personalidad de una cadena de TV, otros dos fabricantes de piezas y varios miembros jerárquicos de la misma compañía que Adam, incluyendo un trío de agentes de compras. También había un joven encantador que cuando Adam se acercó le ofreció la mano y le sonrió amistosamente.
—Smokey me habló de usted, señor. Soy Pierre Flodenhale.
—Por supuesto —Adam recordó al joven corredor a quien había visto haciendo el papel de vendedor de autos en la concesionaria de Smokey—. ¿Cómo andan sus ventas?
—Cuando tengo tiempo de hacerlas, muy bien, señor.
—Déjese de «señor». Aquí sólo usamos nombres propios. Tuvo mala suerte en las 500 de Daytona.
—Seguro —Pierre Flodenhale se echó atrás con la mano un mechón de pelo rubio, e hizo un gesto de desagrado. Dos meses antes había completado ciento ochenta pesadas vueltas en Daytona, y encabezaba el lote cuando no quedaban más que veinte vueltas, pero un soplido en la tapa de cilindros lo sacó de carrera—. Después sentí ganas de patear esa lata —confesó.
—Si hubiera sido yo, lo habría empujado a un precipicio.
—Quizá pronto me vaya mejor —el corredor sonrió puerilmente; seguía teniendo los mismos modales agradables que Adam le había observado antes—. Tengo la sensación de que este año voy a ganar las 500 de Talladega.
—Yo voy a ir a Talladega —dijo Adam—. Vamos a exhibir allí un «Orion conceptual». Así que voy a hacer fuerza por usted.
Desde atrás de ellos, la voz de Hank Kreisel cortó la conversación.
—Adam, ésta es Stella. Hará cualquier cosa por usted.
—Como por ejemplo conseguirle un trago —aclaró una agradable voz de mujer. Adam encontró a su lado una bonita y menuda pelirroja. Tenía puesto el más breve de los bikinis—. Hola, señor Trenton.
—Hola —Adam vio a otras dos muchachas cerca y recordó la pregunta de Erica: «¿Una fiesta para hombres solos quiere decir que no hay mujeres, o simplemente que no hay esposas?»
—Me alegro de que le guste mi traje de baño —le dijo Stella a Pierre, cuyos ojos la habían estado explorando.
—No me di cuenta de que lo llevaba —contraatacó el corredor de coches.
—Hablando de ese trago —la muchacha se dio vuelta hacia Adam, que pidió un Bloody Mary.
—No se vaya —le dijo ella—. En seguida vuelvo.
—¿Qué es un «Orion conceptual», Adam? —preguntó Pierre.
—Es un tipo especial de automóvil que se hace para exhibirlo antes del verdadero. En la jerga lo llamamos «el adelantado».
—Pero el que va a ir a Talladega, ¿no será un «Orion» genuino?
—No —dijo Adam—. El «Orion» real no saldrá hasta un mes después. El «conceptual» se parecerá al «Orion», aunque no decimos cuánto. Lo exhibiremos mucho. Se trata de conseguir que la gente hable y especule sobre cómo va a ser el «Orion» definitivo. Se podría decir que es una especie de incitante.
—Yo puedo jugar a eso —dijo Stella. Había vuelto con la bebida para Adam, y otra para Pierre.
El del congreso se movió para unirse a ellos. Tenía una abundante melena blanca, modales amables y voz fuerte, aunque un poco pontifical.
—Me ha interesado lo que ha dicho de que su industria debe escuchar, señor Trenton. Espero que algo de lo que escuchen sea lo que dicen los legisladores.
Adam vaciló. Aunque tendía a contestar lisa y llanamente, como de costumbre, estaba en una fiesta y él era un huésped. Encontró la mirada de Hank Kreisel, que tenía la habilidad de estar en todos lados y escuchar todo lo importante.
—Siéntase en libertad de contestar —dijo Kreisel—. Algunas escaramuzas no les van a hacer mal. Va a venir un médico.
—Lo que está saliendo de las legislaturas en este momento —le dijo Adam al congresista— son sobre todo tonterías de gente que quiere ver su nombre en las noticias y saben que atacar a la industria automotriz, tenga sentido o no, servirá para eso.
El congresista enrojeció, mientras Adam insistía.
—Un senador de los EEUU quiere que de aquí a cinco años se prohíban los automóviles si siguen teniendo motores de combustión interna, aunque no tiene la menor idea de lo que debe reemplazarlos. Bueno, si eso sucediera, lo único bueno sería que él no podría andar por ahí diciendo discursos tontos. Algunos estados han iniciado juicios para que recojamos todos los automóviles construidos desde 1953 y los reconstruyamos según las normas de emisión que no existieron hasta 1966 en California, y 1968 en otros lados.
—Eso son extremos —protestó el del congreso. Su dicción era un poco entrecortada, y la copa que tenía en la mano evidentemente no era la primera del día.
—Estoy de acuerdo en que hay extremos. Pero son representativos de lo que estamos oyendo de los legisladores, y ésa, si lo recuerda, era su pregunta.
Hank Kreisel, reapareciendo, intervino alegremente.
—Era la pregunta, verdaderamente —le dio una palmada en los hombros al congresista—. ¡Cuidado, Woody! Estos mozos de Detroit tienen mentes muy agudas. Más ágiles de lo que estáis acostumbrados en Washington.
—Nunca se imaginarían —informó el del congreso al grupo— que cuando este tipo Kreisel y yo estábamos juntos en la Infantería de Marina, él tenía que cuadrarse ante mí.
—Si eso es lo que extraña, general… —Hank Kreisel, con sus pantalones Bermuda, se puso rígidamente en posición de firme y ejecutó un saludo estilo militar.
—Stella, tráele otra copa al senador —le ordenó después a la pelirroja.
—Nunca fui general —se quejó el congresista—. Era un coronel gallina y tampoco soy senador.
—Nunca fuiste gallina, Woody —le aseguró Kreisel—. Y llegarás a senador. Posiblemente sobre el cadáver de esta industria.
—A juzgar por ti y por este lugar, es un cadáver que goza de muy buena salud — el del congreso volvió la vista a Adam—. ¿Tiene ganas de sacarles un poco más el cuero a los políticos?
—Quizás un poco —sonrió Adam—. Algunos de nosotros pensamos que es hora de que nuestros legisladores hagan cosas positivas en vez de copiar a los críticos como si fueran monos imitadores.
—¿Positivas como qué?
—Como promulgar algunas leyes de coacción pública. Por ejemplo: contaminación del aire. Bueno, ya hay normas de anticontaminación para los automóviles nuevos. En la industria casi todos pensamos que son buenas, son necesarias, y están retrasadas —Adam se dio cuenta de que el tamaño del grupo que los rodeaba iba aumentando, y otras conversaciones se interrumpían—. Pero lo que la gente, gente como usted —continuó— le pide a la gente como nosotros es que produzcamos un aparato anticontaminante que nunca falle, o que nunca necesite ser revisado o ajustado, durante toda la vida del auto. Bueno, eso no puede ser. Es tan ilógico como pedir que cualquier parte de un mecanismo funcione perfectamente para siempre. Entonces, ¿qué se necesita? Una ley con dientes, una ley que exija la inspección periódica de los sistemas anticontaminantes para autos, y su reparación o reemplazo cuando sea necesario. Pero sería una ley poco popular, porque al pueblo le importa un pito la contaminación y sólo se preocupa por su propia conveniencia. Por eso los políticos la temen.
—El pueblo sí se preocupa —dijo acaloradamente el congresista—. Tenemos correspondencia que lo prueba.
—Algunos individuos se preocupan. El pueblo no. Durante más de dos años — insistió Adam— hemos tenido equipos de reducción de la contaminación disponibles para automóviles viejos. El equipo cuesta veinte dólares, instalado, y sabemos que funciona. Reducen la contaminación del aire, y lo hacen más puro, en cualquier lado. Los equipos han sido promocionados, anunciados en TV, radio, carteles, pero casi nadie los compra. Extras adicionales para los autos —incluso autos viejos— como cubiertas de banda blanca o reproductores estéreo a cassette se venden muy bien. Pero nadie quiere equipos anticontaminantes; son el artículo de menor venta que hemos tenido. Y los legisladores, esos mismos que nos dan una conferencia sobre el aire puro con cualquier excusa, tampoco han demostrado el menor interés.
—¡Los bistecs están listos! —anunció la voz de Stella junto a otras.
El grupo que rodeaba a Adam y al congresista se redujo.
—Por fin —dijo alguien—, hace como una hora que no comemos.
La vista de la comida apilada sobre una mesa en la parte posterior del solario, presidida por un chef con su gorro blanco, le recordó que a causa de su pelea con Erica no había desayunado y tenía hambre. También recordó que debía llamar pronto a su casa.
—¡Buena comida, Hank! —dijo uno de los huéspedes, agente de compras.
—Me agrada que te guste —aceptó su anfitrión—. Y con todos ustedes aquí, es deducible de la renta.
Adam sonrió como los demás, sabiendo que lo que Kreisel decía era verdad, que la presencia de los agentes de compras hacía que esa fuera una reunión de negocios, que se podía deducir de la declaración de impuestos de Hank Kreisel. El razonamiento era que los agentes de compras de la compañía automotriz, que colocaban millones de dólares en órdenes de compra por año, tenían poder de vida o muerte sobre los fabricantes de repuestos como Hank Kreisel. En otras épocas, a causa de eso, los agentes de compras estaban acostumbrados a recibir magníficos regalos —balandros de motor o los muebles para amueblar una casa— de los proveedores a quienes favorecían. Ahora las compañías fabricantes prohibían ese tipo de soborno, y el infractor, si lo descubrían, era sumariamente despedido. De todas maneras había lubricantes para los agentes de compras, y ser agasajados socialmente, en ocasiones como esa o en forma privada, era uno de ellos. Otro era que los proveedores se hicieran cargo de las cuentas de hotel; eso se consideraba seguro, ya que no había intercambio directo de bienes ni de dinero, y más tarde, si era necesario, un agente de compras podía decir que no sabía nada y que esperaba que el hotel le enviara la cuenta. Los regalos para Navidad eran otra variante.
Estos regalos eran prohibidos todos los años por las gerencias de las compañías por medio de circulares que se enviaban durante noviembre y diciembre. Pero también inevitablemente las secretarias preparaban listas de las direcciones particulares del personal de compras que eran enviadas a los proveedores tal como éstos solicitaban con una excusa tan inocente como decir «¡Feliz Navidad!» Las direcciones de las secretarias también estaban en la lista, y se suponía que los agentes de compras no sabían nada de lo que estaba sucediendo. Los regalos que resultaban —ninguno se entregaba en las oficinas— no eran tan lujosos como en otras épocas, pero pocos proveedores se arriesgaban a olvidarse de enviarlos.
—Adam Trenton, ¿dice siempre lo que piensa? —murmuró una suave voz femenina, mientras Adam seguía mirando al agente de compras con el plato lleno de comida.
Se dio vuelta. Frente a él, mirándolo divertida, había una muchacha que tendría entre veintiocho y treinta años. Su rostro de pómulos salientes miraba hacia arriba, con los labios húmedos y llenos, levemente separados por una sonrisa. Sus ojos inteligentes y vivos encontraron los de Adam, que sintió un perfume sensual, y percibió una figura ágil y delgada, con pechos pequeños y firmes bajo un bien cortado vestido de lino color azul-pastel. Adam pensó que era una de las mujeres más hermosas que hubiera visto jamás. Y era negra. No oscura, sino negra; un negro rico y profundo, y su piel suave y sin defectos parecía sedoso ébano. Contuvo el impulso de estirar el brazo para tocarla.
—Yo soy Rowena —dijo la muchacha—. Me dijeron quién es usted, y me pidieron que me preocupara de conseguirle algo para comer.
—¿Rowena qué?
La sintió vacilar.
—¿Qué importa? —ella sonrió, y volvió a notar el rojo lleno y húmedo de sus labios.
—Además —dijo Rowena—, yo le hice primero una pregunta y no la ha contestado.
Adam recordó que ella le había preguntado algo acerca de si siempre decía él lo que pensaba.
—No siempre. No creo que nadie lo haga realmente.
Adam pensó: «Y seguro que ahora no estoy haciéndolo.» luego añadió en voz alta:
—Cuando digo algo, sin embargo, trato de que sea sincero y que sea lo que pienso.
—Ya sé. Estuve escuchándolo hablar. Muy pocos de nosotros lo hacemos.
Los ojos de la muchacha encontraron los de Adam y le sostuvieron la mirada. El se preguntó si la joven percibía el impacto que le causaba, y sospechó que sí.
El chef, con ayuda de Rowena, llenó dos platos que ellos llevaron a una mesa próxima al solario. Ya estaban sentados el juez —un negro joven que estaba en el juzgado federal de Michigan— y otro huésped de la compañía de Adam, un ingeniero de desarrollo llamado Frazon. Momentos más tarde se les unió Brett DeLosanto, acompañado por una morena callada y atractiva a quien presentó como Elsie.
—Suponemos que aquí es donde hay acción —dijo Brett—. No nos decepcionen.
—¿En qué tipo de acción piensa? —le preguntó Rowena.
—Ya sabe cómo es la gente de la industria. No tenemos más que dos intereses, negocios y sexo.
—Es temprano. Mejor que empecemos por los negocios —dijo el juez, sonriendo. Se dirigió a Adam—: Hace un momento usted hablaba de las reuniones anuales de la compañía. Me gustó lo que dijo; que a la gente, aunque tenga una pequeña participación, hay que escucharla.
Frazon, el ingeniero, como si estuviera por morder el anzuelo, dejó a un lado sus cubiertos.
—Pues a mí no. No estoy de acuerdo con Adam, y hay bastantes más que piensan como yo.
—Ya lo sé —dijo el juez—. Vi su reacción. Díganos por qué.
Frazon pensó un momento, frunciendo el ceño.
—Muy bien. Lo que quieren los vociferantes dueños de una acción, incluyendo los grupos de consumidores y el llamado comité de responsabilidad corporativa, es crear disensión, y lo consiguen con la distorsión, las mentiras y el insulto. ¿Recuerdan la reunión anual de General Motors, cuando la banda de Nader llamó a todos los de la industria «criminales asociados» y habló de nuestro «desprecio del derecho y la justicia» y dijo que éramos parte de «una ola de crimen corporativo que hace que el crimen callejero parezca ínfimo por comparación?» ¿Cómo debemos sentirnos cuando oímos eso? ¿Agradecidos? ¿Cómo creen que debemos tomar a los payasos que dan voz a ese tipo de disparates? ¿En serio?
—¡Oigan eso! —interrumpió Brett DeLosanto—. Los ingenieros estaban escuchando. Pensábamos que lo único que oían era el ruido de los motores.
—Seguro que han oído —dijo Adam—. Todos oímos, los de General Motors y los de las demás compañías también. Pero lo que no advirtió mucha gente de la industria —hizo un gesto hacia Frazon— es que esas frases tenían la intención de enfurecer, inflamar e impedir cualquier respuesta razonable. Los que protestaban no querían que la industria se mostrara razonable. Y lo que ellos planearon logró su objetivo. Nuestra gente cayó en la trampa.
—Entonces piensa que los insultos son una táctica —apuntó el juez.
—Claro que sí. Es el lenguaje de nuestros tiempos y los muchachitos que lo usan, generalmente abogados jóvenes y brillantes, saben exactamente lo que provoca en los hombres mayores del consejo. Les hace poner los pelos de punta, les aumenta la presión, los hace rígidos e inflexibles. Los presidentes y directores de nuestra industria se alimentaron de cortesía; en su tiempo, aunque se le clavara un puñal a un competidor, se le decía «disculpe». Pero ya no es así. Ahora el diálogo es áspero y gruñón, y se ganan puntos por exageración, así que si uno escucha, y si es astuto, controla sus reacciones y se mantiene frío. La mayoría de la gente de nivel jerárquico todavía no lo ha aprendido.
—No lo he aprendido ni lo pienso hacer —dijo Frazon—. Me quedo con los buenos modales.
—Aquí habla un ingeniero, el ultra conservador —bromeó Brett.
—Adam también es ingeniero —indicó Frazon—. El problema es que pasa demasiado tiempo con los diseñadores.
El grupo que rodeaba la mesa se rió.
—No querrá que en nuestras reuniones anuales hagamos lo que pretenden los gritones… dar representación a los consumidores en los consejos y todo eso, ¿no? — dijo Frazon mirando a Adam.
—¿Y por qué no? —contestó suavemente Adam—. Demostraría que tratamos de ser flexibles, y valdría la pena probar. Pongan a alguien en una comisión, o en un jurado, y seguro que se lo toma en serio. Quizá terminemos por aprender algo. Además va a suceder de todos modos y nos encontraremos en mejor posición si hacemos que suceda ahora en vez de vernos obligados a admitirlo más tarde.
—Juez, ¿cuál es su veredicto ahora que ha oído a ambas partes? —preguntó Brett.
—Discúlpenme —el juez se llevó la mano a la boca, ahogando un bostezo—. Por un momento pensé que estaba en el tribunal —sacudió la cabeza con burlona solemnidad—. Lo siento. Nunca doy sentencia los fines de semana.
—Y nadie debería hacerlo —declaró Rowena. Tocó la mano de Adam, dejando que sus dedos pasearan suavemente por los de él. Cuando se dio vuelta hacia ella, le dijo suavemente—: ¿Me acompañas a nadar?
Los dos sacaron un bote del muelle flotante, uno de los de Hank, con un motor fuera de borda que Adam usó para recorrer, sin prisa, unos seis kilómetros hacia la costa este del lago. Luego, cerca de una playa con árboles altos y frondosos, detuvo el motor y siguieron a la deriva en el agua azulada y transparente. Otros botes, no muchos, aparecieron y desaparecieron. Era media tarde. El sol estaba alto, el aire soñoliento. Antes de irse, Rowena se había puesto un traje de baño; tenía un motivo de piel de leopardo y lo que revelaba de su figura, como también de la suave y sedosa negrura de su piel, sobrepasaba con creces la promesa del vestido de lino que usaba antes. Adam llevaba sus pantalones de baño. Cuando se detuvieron, él encendió cigarrillos para los dos. Se sentaron juntos en los almohadones del bote.
—Hmmm —canturreó Rowena—. Esto es precioso —tenía la cabeza echada hacia atrás, y los ojos cerrados contra la brillantez del sol y el lago. Sus labios estaban abiertos.
—Esto se llama alejarse de todo —dijo Adam, haciendo un perezoso anillo de humo. Su voz, por alguna razón, era insegura.
—Ya sé. No sucede a menudo. Y nunca dura mucho —afirmó ella suavemente, con repentina seriedad.
Adam se dio vuelta. Su instinto le decía que si la tocaba ella respondería. Pero durante unos segundos de incertidumbre, vaciló.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Rowena rió por lo bajo. Dejó caer su cigarrillo al agua.
Hemos venido a nadar, ¿recuerdas?
Con un movimiento rápido y continuo se levantó y se zambulló por el costado del bote. El tuvo la impresión fugaz de su cuerpo ágil y oscuro, de miembros rectos, semejante a una flecha. Luego, con el ruido de un latigazo y salpicando agua, desapareció de la vista. El bote osciló suavemente.
Adam vaciló otra vez, y luego se zambulló también. Tras el calor del sol, el agua fresca del lago lo impresionó como si fuera hielo. Emergió boqueando, temblando, y miró alrededor.
—¡Eh! ¡Aquí! —Rowena seguía riéndose. Se hundió bajo la superficie, y luego volvió a emerger, mientras el agua le chorreaba por la cara y el pelo—. ¿No es maravilloso?
—Cuando me vuelva a circular la sangre, te lo diré.
—Necesitas calentarte la sangre, Adam. Voy a la playa. ¿Vienes?
—Pero no podemos dejar el bote de Hank a la deriva.
—Entonces tráelo —mientras nadaba hacia la playa, Rowena le gritó—: Por si tienes miedo de quedarte aislado aquí conmigo.
Más lentamente, arrastrando el bote, Adam la siguió. En la playa, y dándole la bienvenida al calor del sol, encalló el bote, y luego se unió a Rowena, que estaba tirada en la arena con las manos detrás de la cabeza. Más allá de la playa, protegido por los árboles, había un chalet, pero cerrado y desierto.
—Ya que hablaste de eso —dijo Adam—, en este momento no se me ocurre nadie mejor que tú para estar aislado. —Él también se estiró sobre la arena, sintiéndose mucho más tranquilo de lo que se había sentido en meses.
—No me conoces.
—Me has despertado ciertos instintos —se apoyó sobre un codo para confirmar que la muchacha que estaba junto a él era tan sorprendentemente hermosa como le había parecido al conocerla, horas atrás, y luego añadió—: Uno de ellos es la curiosidad.
—No soy más que alguien que has conocido en una fiesta; una de las fiestas de fin de semana de Hank, donde emplea anfitrionas. Y por si te lo estás preguntando, no nos emplea para nada más. ¿Te lo estabas preguntando?
—Sí.
—Ya lo sabía —dijo ella, con la risa suave a que él ya se estaba acostumbrando —. La diferencia entre tú y la mayoría de los hombres es que ellos habrían mentido, diciendo no.
—¿Y durante la semana, cuando no hay fiestas?
—Soy maestra de escuela —Rowena se detuvo—. ¡Maldición! No tenía intención de decírtelo.
—Entonces nos pondremos a la par —dijo Adam—. Había algo que no tenía intención de decirte.
—¿Yes?
—Por primera vez en mi vida —le aseguró en voz baja— sé, realmente, qué quiere decir que «lo negro es hermoso».
En el silencio que siguió, se preguntó si la había ofendido. Podía oír el murmullo del lago, el zumbido de los insectos, un motor fuera de borda en la distancia. Rowena no dijo nada. Luego, sin previo aviso, se inclinó y lo besó fuertemente en los labios.
Antes de que él pudiera responder, se levantó de un salto y corrió por la playa hacia el bote.
—Hank me dijo que tenías la reputación de ser un hombre muy dulce cuando me pidió que te cuidara especialmente. Ahora volvamos —le gritó desde la orilla.
—¿Qué más dijo Hank? —preguntó Adam en el bote, mientras se dirigían a la costa oeste.
Rowena pensó un momento.
—Bueno, me dijo que serías la persona más importante de los invitados, y que algún día estarías en la cima de tu compañía.
Esta vez fue Adam el que se rió.
Sin embargo todavía sentía curiosidad por Kreisel y sus motivos.
Llegó la puesta del sol, y la fiesta en la cabaña continuaba y se animaba a medida que pasaban las horas. Antes de que el sol desapareciera finalmente, detrás de un escuadrón de blancos abetos que parecían siluetas de centinelas, el lago se llenó de colores. Una brisa agitó su superficie, trayendo aire fresco con olor a pino. Llegó el ocaso y luego la oscuridad. Cuando salieron las estrellas, el aire de la noche refrescó y el grupo pasó del solario al interior donde, en la gran chimenea de roca, estaba ardiendo una pila de leños y maleza.
Hank Kreisel, un anfitrión afable y atento, parecía estar en todos lados, como lo había hecho durante el día. Había personas en los dos bares y la cocina, que bullían de actividad; lo que Hank había dicho más temprano sobre la comida y la bebida a disposición de todos durante las veinticuatro horas, parecía ser verdad. En el espacioso salón, el grupo se subdividió. Los que rodeaban a Pierre Flodenhale lo acosaban a preguntas acerca de las carreras de autos, «… dicen que una carrera se gana o se pierde en los boxes. ¿Lo cree usted así?»… «Sí, pero la planificación del corredor también importa. Antes de la carrera uno planifica cómo correrá, vuelta por vuelta. Durante la carrera se planifica la vuelta siguiente, cambiando el primer plan…»
Algunas de las muchachas, incluyendo a Stella y Elsie, se movían de grupo en grupo. Rowena se quedó con Adam.
Gradualmente, así que la medianoche vino y pasó, la cantidad de gente se redujo. Los huéspedes bostezaban, se desperezaban cansadamente, y muy pronto subieron por la escalera de piedra, algunos diciendo «buenas noches» desde la galería a los que todavía quedaban abajo. Uno o dos salieron por el solario, presumiblemente para llegar a sus habitaciones por la ruta alternativa que Hank Kreisel le había mostrado antes a Adam. Por fin, el propio Kreisel —llevando un vaso de Bourbon— se fue arriba. Muy poco después, notó Adam, Elsie desapareció. Lo mismo hicieron Brett DeLosanto y la pelirroja, Stella, quienes habían pasado juntos la última hora.
En la gran chimenea el fuego se iba reduciendo a cenizas. Aparte de Adam y Rowena, ambos sentados en un sofá cerca del hogar, solamente quedaba un grupo en la parte opuesta de la habitación, todavía bebiendo bulliciosamente y con la obvia intención de quedarse largo rato.
—¿Un último trago? —preguntó Adam.
Rowena sacudió negativamente la cabeza. Su último trago —un poco de whisky con agua— le había durado una hora. Habían hablado toda la noche, la mayor parte acerca de Adam, no porque él lo quisiera sino porque Rowena había desviado hábilmente las preguntas referentes a ella. Pero él se había enterado de que su especialidad en educación era el inglés, lo que ella admitió luego de citar riéndose a Cervantes: «Mi memoria es mala, de tal manera que muchas veces olvido mi propio nombre.»
—Vayamos afuera —dijo él, poniéndose de pie.
—Bueno.
Cuando salieron, nadie del grupo los miró.
La luna había subido. La noche estaba fría y clara. Los rayos de luna brillaban sobre la superficie del lago. Sintió que Rowena temblaba, y la rodeó con el brazo.
—Casi todos —dijo Adam— parecen haberse ido a la cama.
Nuevamente la suave risa de Rowena.
—Vi que lo notabas.
El la dio vuelta, le echó atrás la cabeza, y la besó.
—Hagamos lo mismo.
Sus labios se volvieron a encontrar. El sintió que los brazos de ella se apretaban a su alrededor.
—Lo que dije es verdad. Esto no está en el contrato —murmuró ella.
—Lo sé.
—Una muchacha puede hacer sus propios arreglos aquí, pero Hank no obliga a nadie —ella se acurrucó más—. Hank querría que lo supieras. Le preocupa lo que puedas pensar de él.
—En este momento —murmuró él— no estoy pensando en Hank para nada.
Entraron en la habitación de Adam desde el camino exterior, la ruta que había usado esa mañana al llegar. Adentro, la habitación estaba cálida. Alguien, comprensivamente, había entrado para encender el fuego; ahora las lenguas de las llamas proyectaban luces y sombras sobre el cielo raso. El cubrecama había sido retirado, y la cama abierta.
Frente al fuego, Adam y Rowena se despojaron de lo que tenían puesto. Muy pronto, él la guió a la cama.
Había esperado ternura. En cambio encontró en Rowena un salvajismo que al principio lo asombró, pronto lo excitó y, antes que pasara mucho tiempo, lo inflamó a él también. Nada en su experiencia lo había preparado para la salvaje y tempestuosa pasión que ella desataba. Para ambos, duró —con los paréntesis que exigían los límites humanos— toda la noche.
—¿Todavía piensas que lo negro es hermoso? —preguntó ella, traviesamente, cerca del amanecer.
—Más que nunca —respondió él, y no mentía.
Estaban acostados, quietos, uno junto al otro. Ahora Rowena se levantó un poco, y lo miró.
—Y considerando que eres un «panza blanca», tampoco estás mal.
Como la tarde anterior, él encendió dos cigarrillos y le dio uno.
—Supongo que lo negro es hermoso, como dicen. Pero también supongo que todo es hermoso si uno lo mira en un día apropiado —dijo ella al rato.
—¿Hoy es un día así?
—¿Sabes lo que diría hoy? Hoy diría que lo «feo es hermoso».
Estaba amaneciendo.
—Quiero verte de nuevo. ¿Cómo lo arreglamos?
Por primera vez la voz de Rowena sonó cortante.
—Simplemente no lo arreglamos, y los dos lo sabemos —cuando él protestó, ella le puso un dedo sobre los labios—. No nos hemos mentido hasta ahora. No empecemos a hacerlo.
Adam sabía que ella tenía razón, que lo que había comenzado ahí, terminaría también ahí. Detroit no era ni París ni Londres, ni siquiera Nueva York. En el fondo del corazón, Detroit seguía siendo una ciudad pequeña, que apenas empezaba a tolerar algunas cosas, pero él no podía tener a Detroit y a Rowena, de ninguna manera. La idea lo entristeció. Siguió entristeciéndolo durante el día, y cuando dejó el lago Higgins para volver al sur, a fines de aquella tarde.
—No hemos hablado mucho, Adam —le dijo Kreisel, cuando él le daba las gracias antes de partir—. Ojalá hubiéramos tenido más oportunidades. ¿Le molesta si lo llamo la semana que viene?
Adam le aseguró que podía hacerlo.
Rowena, de quien Adam se había despedido en privado, a puerta cerrada y una hora antes, no se dejó ver.