Ruedas

Arthur Hailey · Capítulo 31 de 32

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Ruedas

Capítulo 30

Desde la última semana de agosto, Rollie Knight había vivido aterrorizado.

El terror había comenzado en el armario del conserje, en la planta de montaje donde Leroy Colfax había apuñalado y matado a uno de los dos cobradores de las máquinas expendedoras, y donde el otro cobrador y Parkland, el capataz, habían quedado inconscientes y malheridos. Continuó durante la apresurada fuga de la planta de los cuatro asaltantes: Big Rufe, Colfax, Daddy-o Lester, y Rollie. Habían trepado por una alta verja de eslabones de cadena, valiéndose de la oscuridad, porque sabían que salir por los portones de la planta provocaría interrogatorios y la posterior identificación.

Rollie se hizo una herida en la mano con el alambre de la verja, y Big Rufe cayó como un saco y se levantó cojeando, pero todos consiguieron salir. Luego, moviéndose por separado y evitando las zonas iluminadas, se habían encontrado en el lugar donde Big Rufe tenía un auto. Daddy-o había conducido porque el tobillo de Big Rufe se hinchaba rápidamente, y le dolía. Arrancaron sin usar las luces, y sólo las encendieron cuando llegaron a la ruta externa.

Al mirar hacia la planta, todo parecía normal y no había signos externos de que hubiera sonado la alarma.

—Chicos —exclamó nerviosamente Daddy-o mientras conducía—. ¡Qué contento que estoy de haber salido de ésta!

—No hemos salido de nada todavía —gruñó Big Rufe desde el asiento posterior.

Rollie, que iba adelante con Daddy-o y trataba de detener la sangre de su mano con un trapo sucio de aceite, sabía que era verdad.

A pesar de la caída, Big Rufe se las había arreglado para pasar por encima de la verja uno de los juegos de bolsas encadenadas. Leroy Colfax tenía el otro. En el asiento trasero cortaron las bolsas con cuchillos, y luego echaron el contenido — monedas de plata— en varias bolsas de papel. Colfax y Big Rufe arrojaron las bolsas por la ventana en la autopista, antes de llegar a la ciudad.

En los barrios bajos aparcaron el auto en una callejuela sin salida, y luego se separaron.

—Recordad, lo único que hay que hacer es actuar como si no hubiera pasado nada —les advirtió Big Rufe—. Hay que mantener la frialdad, no hay nadie que pueda probar que estuvimos allí esta noche. Así que mañana todos mostraréis la facha como de costumbre, igual que cualquier otro día —miró furiosamente a los otros tres—. Y si alguien no lo hace, entonces los cerdos van a empezar a buscarle.

—Tal vez sea mejor escapar —dijo suavemente Leroy Colfax.

—Entonces —gruñó Big Rufe— juro que te encontraré y te mataré, como hiciste con ese panza blanca, metiéndonos a todos nosotros en este lío…

—No voy a huir —dijo apresuradamente Colfax—. Pensaba, nada más.

—¡No pienses! Ya se ha visto que no tienes sesos.

Colfax se quedó en silencio.

Aunque no había hablado, Rollie deseaba poder huir. ¿Pero adonde? No había dónde; dondequiera que mirara, no había escapatoria. Rollie tenía la sensación de que la vida se le escapaba, como se le escapaba la sangre de la mano herida. Luego recordó que la cadena de acontecimientos que lo habían llevado hasta esa noche había comenzado un año antes, cuando el policía blanco le hizo morder el anzuelo, y el negro le dio una tarjeta con la dirección del centro de empleo. Comprendió que su primer error había sido ir allí. ¿O no? Si lo que le había pasado no hubiera sucedido de esa manera, habría habido alguna otra.

—Ahora escuchad bien —había dicho Big Rufe—, estamos todos juntos en esto, y nos mantendremos juntos. Si ninguno de los cuatro abre la boca, todo irá bien.

Quizá los otros lo creyeron; Rollie, no.

Se separaron, llevándose cada uno una de las bolsas de papel llenas de monedas que Big Rufe y Colfax habían distribuido en el asiento trasero del auto. La de Big Rufe era más pesada que las otras.

Rollie llegó al edificio de departamentos en Blaine, cerca de la 12, eligiendo cuidadosamente la ruta, bien consciente de lo que significaba la bolsa de papel llena de monedas si lo llegaba a detener un patrullero.

May Lou no estaba; posiblemente se había ido al cine. Rollie se limpió el corte en la mano, y luego se vendó prolijamente con una toalla.

Después contó el dinero que había en la bolsa de papel, dividiéndolo en pilas. Era un total de 30,75 dólares: menos de la paga de un día de trabajo en la planta de montaje.

Si Rollie Knight hubiera tenido erudición o filosofía, podría haber debatido en su fuero íntimo, la naturaleza de los riesgos que corren los seres humanos por sumas miserables, como 30,75 dólares, y lo que pierden con ello.

Había habido otros riesgos anteriores que lo asustaban: el riesgo de negarse a un mayor compromiso con la organización criminal de la planta, y el de echarse atrás esa noche, riesgo que podía haber aceptado, pero que no aceptó, cuando Big Rufe le puso un arma en la mano.

Esos riesgos habían sido reales, no imaginarios. Para Big Rufe, ordenar que a Rollie le dieran una paliza brutal, de romperle los huesos, era tan fácil como pedir provisiones a un almacén. Los dos lo sabían, y de esa manera Rollie también habría salido perdiendo.

Pero al final la pérdida podría haber sido menor que el desastre total —la prisión perpetua por asesinato— que lo amenazaba ahora.

En esencia los riesgos que Rollie eligió correr, y no correr, eran los que —en cierto modo— afrontan todos los hombres de una sociedad libre. Pero algunos, dentro de la misma sociedad, nacen con elecciones cruelmente limitadas, que desmienten la antigua frase soporífera de que «todos los hombres nacen iguales». Rollie, y decenas de miles como él, desplazados desde el nacimiento por la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades, y un mínimo de educación que no los prepara para tomar decisiones, corren como perdedores desde el principio. Sólo la magnitud de lo que pierden es lo que falta determinar.

De esa manera, la tragedia de Rollie tenía dos aspectos: la parte más oscura de la tierra donde había nacido, y el no haber sido equipado mentalmente por la sociedad para escapar.

Pero sin pensar nada de eso, sin conocer más que una tenue desesperación y el terror de lo que podría suceder mañana, Rollie metió los 30,75 dólares en monedas debajo de su cama, y se durmió. No se despertó más tarde cuando entró May Lou.

A la mañana, May Lou ató la mano de Rollie con una venda improvisada, mientras sus ojos hacían preguntas que él no contestó. Luego, Rollie se fue a trabajar.

En la planta se hablaba mucho del robo y asesinato de la noche anterior, de los que había noticias por radio y TV, y en el periódico matutino. Donde trabajaba Rollie, en Montaje, el interés se centraba en el culatazo que recibió Frank Parkland, quien estaba en el hospital, aparentemente con una contusión leve.

—Eso demuestra que los capataces tienen la cabeza dura —había dictaminado un humorista en un período de descanso, provocando risas inmediatas. Nadie parecía muy preocupado por el robo, ni muy apesadumbrado por el hombre asesinado, que de todas maneras no era conocido.

Otro informe decía que uno de los gerentes de la planta había sufrido un ataque, causado por todo ese asunto, más el exceso de trabajo. Sin embargo, esto último era sin duda una exageración, ya que todos sabían que el trabajo de gerente era cosa de nada.

Aparte de la charla, desde la línea no se veía ninguna otra actividad concerniente al robo y asesinato. Tampoco, hasta donde pudo ver Rollie, o enterarse por los chismes, estaban interrogando a nadie en el turno de día.

No había rumores que vincularan el nombre de nadie con el crimen.

A pesar de la advertencia a los otros tres, Big Rufe faltó a la planta al día siguiente. A media mañana, Daddy-o le pasó a Rollie la noticia de que la pierna de Big Rufe estaba tan hinchada que no podía caminar, y que había dado parte de enfermo, con la historia de que se había emborrachado la noche anterior y se había caído por la escalera de su casa.

Daddy-o estaba tembloroso e inquieto, pero había recobrado algo de confianza a primera hora de la tarde, cuando hizo una segunda visita al puesto de trabajo de Rollie, con evidentes ganas de charlar.

—¡Por el amor de Dios, deja de andar a mi alrededor! —había gruñido Rollie, en voz baja—. ¡Y manten tu sucia boca cerrada! —si alguien hablaba demasiado y se corría la voz, Rollie temía que fuera sobre todo Daddy-o.

Nada notable ocurrió ese día. Ni al día siguiente. Ni durante toda la semana que siguió.

A medida que pasaban los días, mientras la ansiedad de Rollie persistía, su alivio aumentaba un poco. Sin embargo, sabía que había tiempo de sobra para que sucediera lo peor. También sabía que la investigación policial de delitos menores muchas veces se dejaba de lado por cuestión de la cantidad, pero el asesinato era otra cosa. Rollie pensaba que la policía no se rendiría tan fácilmente.

Según fueron las cosas, en parte tuvo razón y en parte no.

El momento del robo había sido bien elegido. Por eso mismo, la investigación policial se centró en el turno nocturno de la planta, aunque los detectives ni siquiera estaban seguros de que los hombres que buscaban fueran empleados de la compañía. Muchos delitos en las plantas automotrices eran cometidos por extraños que para entrar usaban distintivos de identificación de empleados, falsos o robados.

Lo único que la policía tenía para trabajar era una declaración del cobrador de máquinas expendedoras sobreviviente que decía que habían intervenido cuatro hombres. Todos estaban enmascarados y armados; creía que los cuatro eran de color; no tenía más que una vaga impresión de su descripción física. El cobrador sobreviviente no había visto la cara del ladrón brevemente desenmascarado, como su compañero apuñalado.

Frank Parkland, golpeado tan pronto como entró al armario del conserje, no había observado nada.

No habían descubierto ningún arma, ni habían encontrado huellas digitales. Las bolsas destrozadas habían sido recuperadas cerca de una autopista, pero no habían dado ningún rastro, aparte de sugerir que quien las había descartado se dirigía a los barrios bajos.

Un equipo de cuatro detectives que se hizo cargo del caso comenzó a recorrer metódicamente los nombres y antecedentes de unos tres mil empleados nocturnos. Entre ellos había un importante sector con antecedentes criminales. Todos esos individuos fueron interrogados, sin resultado. Eso tomó tiempo. También, en mitad de la investigación, el número de detectives fue reducido de cuatro a dos, e incluso el par que quedaba tenía otras obligaciones que cumplir.

La posibilidad de que los buscados fueran parte del turno de día, y se hubieran quedado en la planta para llevar a cabo el robo, no había sido descartada. Era simplemente una de las varias posibilidades que la policía no tenía ni tiempo ni personal para investigar al mismo tiempo.

Lo que los investigadores esperaban que sucediera era que hubiera una pista en el caso mediante un informante, que era como se solucionaban muchos crímenes graves, en el gran Detroit como en otros lados. Pero no hubo ninguna información. O únicamente los culpables conocían los nombres o los demás se mantenían extrañamente silenciosos.

La policía sabía que las concesiones de máquinas expendedoras en las plantas eran manejadas y financiadas por la Mafia; también sabían que el muerto tenía conexiones con la Mafia. Sospechaban, aunque no podían probarlo, que ambos factores estaban relacionados con el silencio.

Después de tres semanas y media, por la necesidad de asignar a los detectives a nuevos casos, y aunque el caso de robo y asesinato de la planta no se cerró, la actividad de la policía se hizo menos intensa.

No pasó lo mismo en otros lados.

La Mafia, generalmente, no mira con agrado la interferencia con sus miembros. Y cuando esa interferencia proviene de otros criminales, las repercusiones son graves, y de ese modo son una advertencia contra la repetición.

Desde que el hombre con rasgos de indio murió acuchillado por Leroy Colfax, éste y sus tres cómplices quedaron marcados para la ejecución, con tanta más seguridad cuanto que no eran más que peones en la guerra de la Mafia contra la Mafia Negra.

Cuando se conocieron los detalles del asesinato y robo, la «familia» de la Mafia de Detroit trabajó callada y eficazmente. Tenía canales de comunicación que a la policía le faltaban.

Primero, se hicieron tentativas de conseguir la información. Cuando no hubo resultado, se ofreció calladamente una recompensa: mil dólares.

Por esa cantidad, en los barrios bajos, un hombre puede vender a su madre.

Rollie Knight se enteró del asunto de la Mafia y de la recompensa una semana y dos días después del alboroto de la planta. Era de noche y estaba en un mísero bar de la Tercera Avenida, tomando cerveza. La cerveza, y el hecho de que cualquier investigación oficial que se estuviera realizando no se le había acercado hasta el momento, había aflojado un poco el terror en que había vivido durante los últimos nueve días. Pero la noticia que le dio un compañero en el bar —un pasador de quinielas del centro, conocido simplemente como Mulé— multiplicó por diez el terror de Rollie y le transformó en bilis la cerveza bebida, de tal manera que se vio en apuros para no vomitar allí mismo.

—¡Oye! —dijo Mulé, luego de pasar la novedad de la recompensa que ofrecía la Mafia—. ¿No estás tú en esa planta, amigo?

Con un esfuerzo, Rollie asintió.

—Entérate de quiénes fueron los tipos, yo doy el soplo, y nos partimos el dinero.

—Voy a alargar la oreja —prometió Rollie.

Poco después, salió del bar sin haber tocado su último vaso de cerveza.

Rollie sabía dónde encontrar a Big Rufe. Al entrar en las habitaciones donde vivía el hombrón, se encontró mirando el cañón de un revólver, presumiblemente el mismo que habían usado nueve días atrás. Cuando vio quién era, Big Rufe bajó el revólver y se lo metió en la cintura.

—Si vienen esos cerdos, no se van a encontrar con un flojo —le dijo a Rollie.

Aparte de estar alerta, Big Rufe parecía extrañamente indiferente, tal vez, como Rollie se dio cuenta más tarde, porque había conocido el peligro de la Mafia desde el principio y lo aceptaba.

No se ganaba nada con quedarse, o discutir. Rollie se fue.

Desde ese momento, los días y las noches de Rollie estuvieron llenos de un miedo nuevo y omnipresente. Sabía que nada de lo que hiciera podría cambiarlo; solamente podía esperar. Por el momento siguió trabajando, ya que el trabajo habitual — demasiado tarde, al parecer— había llegado a ser una costumbre.

A pesar de que Rollie nunca supo los detalles, fue Big Rufe el que los traicionó a todos.

Tontamente, pagó varias pequeñas deudas de apuestas sólo con monedas de plata. El hecho fue notado, y más tarde informado un empleado menor de la Mafia, que pasó la información hacia arriba. Otros informes que ya se tenían sobre Big Rufe encajaron en el molde.

Lo atraparon de noche, cogido de sorpresa mientras dormía, y sin darle oportunidad de usar el arma. Sus captores lo llevaron, atado y amordazado, a una casa en Highland Park donde, antes de asesinarlo, lo torturaron y habló.

El cuerpo de Big Rufe apareció al día siguiente en una ruta de Hamtramck, una ruta por la que transitaban muchos camiones pesados durante la noche. Parecía haber sido arrollado varias veces, y la muerte fue atribuida a un accidente de tránsito.

Otros, entre ellos Rollie Knight —que se enteró de la noticia por Daddy-o, aterrorizado y tembloroso— sabían la verdad.

Leroy Colfax se escondió, protegido por amigos que eran militantes políticos. Se mantuvo oculto durante casi dos semanas, luego de las cuales quedó demostrado que un militante, como cualquier otro político, tiene su precio. Uno de los compañeros en quienes Colfax confiaba, a quien todos llamaban «hermano», lo vendió silenciosamente.

Leroy Colfax también fue atrapado, luego llevado a un suburbio solitario y asesinado. Cuando se encontró su cuerpo, la autopsia descubrió seis balas pero ninguna otra pista. No se hizo ningún arresto.

Daddy-o escapó. Compró un pasaje en ómnibus a Nueva York e intentó perderse en Harlem. Durante un tiempo lo consiguió, pero varios meses después lo rastrearon y pronto lo mataron a puñaladas.

Mucho antes de eso —al oír del asesinato de Leroy Colfax— Rollie Knight comenzó su angustiosa espera, y mientras tanto se iba haciendo pedazos.

A Leonard Wingate le costó identificar la tenue voz femenina por teléfono. También le irritaba que lo llamaran a su casa, a última hora de la tarde.

—¿May Lou quién?

—La mujer de Rollie. Rollie Knight.

Knight. Wingate lo recordó, y preguntó:

—¿Cómo consiguió mi número de teléfono? No está en la guía.

—Lo escribió en una tarjeta, don. Dijo que si nos encontrábamos en apuros, que llamáramos.

Así debía ser, pensó Wingate, probablemente la noche de la filmación en aquella casa de departamentos, en los barrios bajos.

—Bueno, ¿qué sucede? —Wingate estaba a punto de salir hacia una cena en Bloomfield Hills. Ahora deseaba haberse ido antes de que sonara el teléfono, o no haber contestado.

—Supongo que sabe que Rollie no está trabajando —dijo la voz de May Lou.

—¿Cómo diablos voy a saberlo?

—Y, si no aparece… —dijo ella, insegura.

—Hay decenas de miles de personas trabajando en esa planta. Como ejecutivo de Personal, soy responsable por la mayoría, pero no recibo informe de individuos…

Leonard Wingate vio su imagen en un espejo en la pared, y se detuvo. Se dijo silenciosamente: «Muy bien, asno pomposo, triunfante, tu teléfono no figura en la guía, así que le has hecho saber a ella que eres un tipo importante y que no tiene que pensar que tenéis algo en común, por más que seáis del mismo color. ¿Y ahora qué?»

En su propia defensa, pensó que le sucedía muy a menudo, y que esta vez había conseguido dominarse; pero eso demostraba cómo podía desarrollarse una actitud, de la misma manera que había oído a personas de color con autoridad tratar a otros del mismo color como si fueran suciedad bajo sus pies.

—May Lou —dijo Wingate—, me has pescado en un mal momento. ¿Te importa si empezamos de nuevo?

Ella le dijo que el problema era Rollie.

—No come, ni duerme, ni hace nada. No quiere salir. Sólo se queda sentado y espera.

—¿Espera qué?

—No me lo quiere decir, ni siquiera habla. Es horrible, don. Es como… —May Lou se detuvo, buscando palabras, y luego dijo—: Como si estuviera esperando morir.

—¿Cuándo fue por última vez al trabajo?

—Hace dos semanas.

—¿Te ha pedido que me llamaras?

—No pide nada. Pero sé que necesita ayuda. La necesita mucho.

Wingate vaciló. Realmente no era su responsabilidad. Verdad que se había tomado especial interés en el empleo del núcleo de emergencia, y seguía manteniéndolo; también se había metido en un puñado de casos individuales. Knight era uno de ellos. Pero sólo se podía ayudar hasta cierto punto, y Knight había abandonado el trabajo —al parecer voluntariamente— dos semanas atrás. Sin embargo Leonard Wingate seguía incómodo consigo mismo por su actitud de unos minutos antes.

—Bueno —dijo—. No sé si podré hacer algo, pero trataré de ir a veros en los próximos días.

—¿No podría venir esta noche? —la voz era un ruego.

—Temo que sea imposible. Tengo que ir a una cena y ya estoy retrasado.

La sintió vacilar, y luego ella preguntó:

—Don, ¿se acuerda de mí?

—Te he dicho que sí.

—¿Alguna vez le he pedido algo?

—No, nunca —reconoció Wingate, con la sensación de que May Lou nunca había pedido nada de nadie, ni de la vida, ni había recibido mucho tampoco.

—Se lo pido ahora. ¡Por favor! Esta noche. Por mi Rollie.

Wingate se sintió tironeado por motivaciones en conflicto: vínculos con el pasado, con sus antepasados. Y estaba el presente, lo que había logrado y lo que podía lograr. Apesadumbrado pensó que se perdería una buena cena. Sospechaba que su anfitriona demostraba su amplitud de criterio al poner uno o dos rostros negros en su mesa, pero la comida y el vino eran buenos y ella flirteaba agradablemente.

—Está bien —dijo por teléfono—. Voy para allá, pero creo que es mejor que me des la dirección.

Si May Lou no se lo hubiera advertido de antemano, pensó Leonard Wingate, casi no habría reconocido a Rollie Knight, que estaba demacrado, con los ojos hundidos en el rostro macilento. Rollie estaba sentado a una mesa de madera, de frente a la puerta de entrada; se sobresaltó nerviosamente cuando entró Wingate, y luego se tranquilizó.

El hombre de Personal de la compañía había tenido la precaución de traer una botella de whisky. Sin preguntar, fue hasta la minúscula cocina, encontró unos vasos y los trajo. Cuando él llegó, May Lou se escurrió hacia afuera, mirándolo con agradecimiento y murmurando:

—Estaré aquí al lado.

Wingate sirvió dos buenos vasos de whisky puro, y empujó uno frente a Rollie.

—Bébase esto —le dijo— tranquilo y con tiempo. Pero después hablaremos.

La mano de Rollie se extendió para tomar el vaso, sin que él mirara hacia arriba.

Wingate tomó un trago de su propio whisky y sintió que el alcohol primero lo quemaba, y después lo calentaba. Apartó el vaso a un lado.

—Podemos ahorrarnos tiempo si le digo que sé exactamente lo que piensa de mí. Y también sé todas las palabras, en su mayoría estúpidas —negrito blanco, Tío Tom —, lo mismo que usted. Pero que le guste o que me odie, sospecho que esta noche seré su único amigo —Wingate terminó el whisky, se sirvió otro y empujó la botella hacia Rollie—. Así que empiece a hablar antes de que termine esto, o decidiré que estoy perdiendo el tiempo y me iré.

Rollie lo miró.

—Parece bastante furioso —dijo—, y yo todavía no he dicho nada.

—Empiece a decir algo, entonces. Veremos cómo anda —Wingate se inclinó hacia adelante—. Para empezar: ¿Por qué dejó el trabajo?

Rollie apuró el primer whisky que le habían servido, volvió a llenar el vaso, y luego comenzó a hablar… y siguió. Era como si la combinación de la elección del momento, los actos y las palabras de Wingate hubieran abierto una compuerta, de tal manera que las palabras brotaron, canalizadas por las preguntas de Wingate, hasta que toda la historia salió a luz. Empezaba con el empleo de Rollie en la compañía un año antes, seguía con sus experiencias en la planta, sus actividades delictivas —de poca monta al principio, importantes después— hasta llegar al robo y asesinato y sus resultados, y terminaba con la historia de la Mafia y el conocimiento de su próxima ejecución, que Rollie esperaba ahora con miedo y resignación.

Leonard Wingate lo escuchaba inmóvil, con una mezcla de impaciencia, piedad, frustración, impotencia y cólera, hasta que ya no pudo quedarse sentado. Entonces, mientras Rollie seguía hablando, Wingate empezó a caminar por la pequeña habitación.

Terminado el relato, la cólera del hombre de Personal estalló.

—¡Maldito estúpido! —rugió—. ¡Se le dio una oportunidad! ¡Tenía todo solucionado! ¡Y lo reventó todo! —los puños de Wingate, dominado por un complejo de emociones, se abrieron y se cerraron—. ¡Podría matarlo!

La cabeza de Rollie se levantó. Brevemente, relampaguearon su antiguo descaro y humor.

—Viejo, si es por eso, va a tener que pedir número y hacer cola.

La observación volvió a Wingate a la realidad. Sabía que estaba enfrentado con una elección imposible. Si ayudaba a Rollie Knight a escapar de esa situación, estaría encubriendo un crimen. Incluso era probable que no actuar en consecuencia de lo que había sabido en ese momento, lo hiciera legalmente cómplice de un asesinato. Pero Wingate sabía lo suficiente de los barrios bajos y de su ley de la jungla como para darse cuenta de que si no le ayudaba y se iba sin hacer nada, estaría dejando a Rollie solo ante la muerte.

Leonard Wingate deseaba no haber contestado el teléfono esa noche, o no haberse rendido ante el ruego de May Lou de ir allí. En cualquiera de esos casos estaría cómodamente sentado a una mesa con gente agradable, mantel blanco, y brillante platería. Pero estaba allí y se obligó a pensar.

Creía lo que Rollie le había contado. Todo. También recordaba haber leído en los diarios el descubrimiento del cuerpo de Leroy Colfax, atravesado por las balas, cosa que le había llamado la atención de otra manera, porque hasta hacía poco, Colfax había sido empleado de la línea de montaje. Eso había sido menos de una semana atrás. Ahora, con dos de los cuatro conspiradores muertos y el tercero desaparecido de la vista, la atención de la Mafia se volvería muy pronto sobre Rollie. ¿Pero cuándo? ¿La semana próxima? ¿Mañana? ¿Esa noche? Wingate se encontró mirando nerviosamente a la puerta de entrada.

Razonó: lo que debía tener, sin demora, era otra opinión, un segundo juicio para reforzar el suyo. Era una decisión demasiado importante para tomarla sin ayuda. ¿Pero la opinión de quién? Wingate estaba seguro de que si iba a pedírsela a su jefe en la compañía, el vicepresidente de Personal, recibiría un consejo fríamente legalista: se había cometido un crimen, se sabía el nombre de uno de los asesinos; por lo tanto, informe a la policía para que se haga cargo del asunto.

Wingate sabía que fueran cuales fueran las consecuencias, él no iba a hacer tal cosa. O por lo menos, iba a pedir otra opinión antes. Se le ocurrió una idea: Brett DeLosanto.

Desde su primer encuentro en noviembre anterior, Leonard Wingate, Brett y Bárbara Zaleski se habían hecho amigos. Al pasar cada vez más tiempo en su compañía, Wingate había llegado a admirar la mente del joven diseñador, advirtiendo que bajo su ligereza superficial había instintiva sabiduría, sentido común, y una amplia compasión. Su opinión en ese momento podía ser importante. Además, Brett conocía a Rollie Knight a través de Bárbara y por la filmación de Ciudad del automóvil.

Wingate decidió llamarlo por teléfono y, si era posible, encontrarse esa misma noche con Brett.

May Lou había entrado sin que lo advirtieran al departamento. Wingate no sabía cuánto había oído, pero supuso que no tenía importancia.

Señaló la puerta de entrada.

—¿Pueden cerrarla con llave?

—Sí —asintió May Lou.

—Me voy ahora —les dijo Leonard Wingate a Rollie y May Lou—, pero volveré. Cierren la puerta con llave cuando me vaya y déjenla cerrada. No dejen que entre nadie. Cuando vuelva, me identificaré por nombre y voz. ¿Entienden?

—Sí, don —los ojos de May Lou encontraron los suyos. Diminuta como era, flacucha e insignificante, le dio la sensación de fuerza.

No lejos del edificio de departamentos de la calle Blaine, Leonard Wingate encontró un teléfono público en una lavandería que estaba abierta toda la noche.

Tenía el número telefónico del departamento de Brett en una libreta y lo marcó. Las máquinas hacían tanto ruido que tuvo que taparse un oído para poder oír el tono de llamada. El timbre continuó sin ser contestado, y colgó.

Wingate recordó una conversación que había tenido con Brett uno o dos días antes; Brett había comentado que esa semana él y Bárbara se encontrarían con Adam y Erica Trenton —a quienes Leonard Wingate apenas conocía—. Wingate decidió probar allí.

Llamó a Informaciones pidiendo el número suburbano del teléfono de Trenton. Pero cuando lo marcó, tampoco hubo respuesta.

Ahora más que nunca quería encontrar a Brett DeLosanto.

Leonard Wingate recordó algo más que le había dicho Brett: el padre de Bárbara todavía estaba en la lista de los casos graves en el Hospital Ford. Wingate razonó que sin duda Bárbara y Brett estarían juntos, y Bárbara avisaría en el hospital dónde podían encontrarla.

Marcó el número del hospital. Luego de esperar varios minutos, habló con una enfermera recepcionista que admitió que tenían cómo ponerse en contacto con la señorita Zaleski.

Wingate sabía que tendría que mentir para conseguir la información.

—Soy su primo de Denver y llamo desde el aeropuerto —fantaseó, esperando que los ruidos de la lavandería se parecieran bastante a los de los aeroplanos—. He volado hasta aquí para ver a mi tío, pero mi prima quería que yo la viera primero a ella. Dijo que si llamaba al hospital ustedes sabrían dónde estaba.

—Aquí no tenemos servicio de informaciones —dijo agriamente la enfermera. Pero le dio la información: la señorita Zaleski estaba esa noche en la Sinfónica de Detroit con el señor y la señora Trenton y el señor DeLosanto. Bárbara había dejado incluso los números de los asientos. Wingate bendijo su eficiencia.

Había dejado el auto fuera de la lavandería. Ahora se dirigió hacia la avenida Jefferson y el Centro Cívico, conduciendo rápidamente. Una fina lluvia había comenzado a caer mientras él telefoneaba; la superficie de las calles estaba resbaladiza.

En Woodward y Jefferson tentó a la suerte pasando una luz amarilla y entró velozmente en la explanada del Auditorio Ford, recinto de granito color azul-perla y fachada de mármol donde tocaba la Orquesta Sinfónica de Detroit. Otros edificios del Centro Cívico se alzaban alrededor del Auditorio: Cobo Hall, el Monumento a los Veteranos, el edificio municipal, moderno, espacioso y brillantemente iluminado. El área del Centro Cívico era generalmente considerada como la fuente de un río, el principio de un vasto programa de renovación urbana para el centro de Detroit. Lamentablemente, aunque la fuente existiera, la corriente era poco menos que invisible.

Un hombre uniformado que estaba junto a las puertas principales del Auditorio se le acercó.

—Tengo que localizar a una persona que está ahí dentro —explicó Leonard Wingate antes de que el hombre pudiera hablar—. Es una emergencia —en la mano tenía los números que había copiado mientras hablaba con la enfermera en el hospital.

El portero concedió que como la función ya había empezado y no había más tránsito, el auto podía quedar «por unos pocos minutos» con la llave del encendido puesta.

Wingate pasó a través de dos juegos de puertas. Cuando las segundas puertas se cerraron, la música lo rodeó.

Una acomodadora dejó de mirar el escenario y la orquesta.

—No voy a poder guiarlo hasta su asiento hasta el intervalo, señor —le dijo en voz baja—. ¿Me puede dar su entrada?

—No tengo entrada —explicó su propósito y le mostró a la muchacha los números de los asientos. Se les unió un acomodador.

Al parecer, los asientos estaban adelante y al centro.

—Si me lleva hasta la fila —urgió Wingate— podría hacerle una señal al señor DeLosanto para que salga.

—No podemos permitir eso, señor —dijo firmemente el acomodador—. Molestaría a todos.

—¿Cuánto falta para el intervalo?

Los acomodadores no estaban seguros.

Por primera vez Wingate se dio cuenta de lo que tocaban. Había sido aficionado a la música desde su niñez y reconoció la Suite Orquestal de Prokofiev «Romeo y Julieta». Sabiendo que los directores usaban diversos arreglos de la suite, preguntó:

—¿Puedo ver el programa? —La acomodadora le dio uno.

El pasaje que había identificado era la obertura de la «Muerte de Teobaldo». Observó con alivio que era la parte final de la obra antes de un intervalo.

Incluso mientras esperaba impacientemente, la grandiosidad de la obra se apoderó de él. El tema de la obertura pasó rápidamente a un acelerado solo de timbales cuyos golpes hacían pensar en un martilleo mortal… «Teobaldo había matado a Mercurio, el amigo de Romeo. Ahora, sobre el agonizante Teobaldo, Romeo descargó la venganza que había jurado…» Los pasajes del corno gimieron la triste paradoja de la destrucción y el destino humano; toda la orquesta se hinchó en un crescendo de juicio final.

A Wingate se le puso la piel de gallina al pensar en el paralelismo entre la música y la razón que lo llevaba allí.

La música terminó. Mientras los aplausos atronaban el auditorio, Leonard Wingate se apresuró a recorrer el pasillo, escoltado por el acomodador. El acomodador hizo una seña a Brett DeLosanto, a quien Wingate vio inmediatamente. Brett pareció sorprendido, pero inició la salida, seguido por Bárbara y los Trenton.

Mantuvieron una apresurada conferencia en el vestíbulo de entrada.

Sin perder tiempo en detalles, Wingate reveló que había estado buscando a Brett a causa de Rollie Knight. Y como todavía estaban en el centro, la intención de Wingate era que ambos fueran directamente al departamento de Rollie y May Lou.

Brett accedió en seguida, pero Bárbara puso dificultades porque quería ir con ellos. Discutieron brevemente, Leonard Wingate oponiéndose a la idea, y Brett apoyándolo. Al final se pusieron de acuerdo en que Adam llevaría a Erica y Bárbara al departamento de Brett en Country Club Manor y que esperarían la llegada de los otros allí. Ni Adam ni Erica ni Bárbara se sentían con ganas de retornar al concierto.

Afuera, Wingate guió a Brett hasta el auto que los esperaba. La lluvia había cesado. Brett, que llevaba un abrigo, lo arrojó en el asiento de atrás, sobre el de Wingate que ya estaba allí. Mientras arrancaban, Leonard Wingate comenzó una rápida explicación, sabiendo que el viaje sería corto. Brett escuchó, haciendo algunas preguntas. Cuando oyó la descripción del robo y asesinato, silbó por lo bajo. Como muchos otros, había leído las noticias sobre el asesinato en la planta; además había un eslabón personal, ya que parecía probable que los hechos de esa noche hubieran provocado el ataque de Matt Zaleski.

Pero Brett no sentía enemistad alguna hacia Rollie Knight. Era verdad que el joven obrero de color no era inocente, pero había grados de culpabilidad, independientemente de que la ley los reconociera o no. Wingate creía evidentemente —y Brett lo aceptaba— que Rollie se había visto envuelto poco a poco, en parte contra su voluntad, y que su libertad de elección había ido disminuyendo como la de un nadador que se ve atraído por un remolino. De todas maneras, Rollie tenía que pagar por lo que había hecho. Nadie podía, ni debía, ayudarle a escapar de eso.

—Lo único que podemos hacer —dijo Brett— es ayudarle a irse de Detroit.

—Yo también he pensado en eso —Wingate creía que si el delito hubiera sido menor, podrían haber corrido el riesgo. Pero no con un asesinato.

—Lo que necesita es lo que no tuvo las otras veces… el mejor abogado que se pueda pagar.

—No tiene dinero.

—Entonces yo lo conseguiré. Y yo pondré algo, y otros también —Brett ya estaba pensando a quién se podía tocar; había gente, fuera de las filas de los acostumbrados donantes para caridad, que tenía firmes ideas contra la injusticia social y el prejuicio racial.

—Va a tener que entregarse a la policía —dijo Wingate—; no veo otra solución. Pero si tenemos un buen abogado, puede insistir en que se le proteja en la cárcel — por más que se preguntaba, aunque en voz alta, qué efectividad tendría esa protección, con abogado o sin él.

—Y con un buen abogado defensor para el juicio —dijo Brett— podría, quizá, tener una oportunidad.

—Tal vez.

—¿Hará Knight lo que le digamos?

—Lo hará —asintió Wingate.

—Entonces encontraremos un abogado por la mañana. Él se encargará de que se entregue. Esta noche, es mejor que los dos —también la muchacha— se queden con Bárbara y conmigo.

El hombre de Personal le echó una rápida mirada.

—¿Estás seguro?

—Seguro. A menos que tengas una idea mejor.

Leonard Wingate sacudió negativamente la cabeza. Estaba contento de haber encontrado a Brett DeLosanto. A pesar de que nada de lo que el joven diseñador había dicho o hecho hasta el momento estaba más allá de las posibilidades de razonamiento y decisión de Wingate, la presencia de Brett y su claridad de pensamiento lo tranquilizaban. También poseía una instintiva capacidad de liderazgo, que Wingate, por su entrenamiento, reconocía, y que lo llevaba a preguntarse si Brett se conformaría con diseñar coches toda su vida.

Estaban en la intersección de la 12 y Blaine. Fuera del derruido edificio de departamentos cuya pintura se descascaraba, salieron del automóvil y Wingate lo cerró.

El olor a basura era tan fuerte como de costumbre.

Al subir por la gastada escalera de madera hasta el tercer piso del edificio, Wingate recordó que les había dicho a Rollie y May Lou que se identificaría desde afuera por nombre y voz. No necesitaba haberse molestado.

La puerta que les había advertido que cerraran con llave estaba abierta. Parte de la cerradura estaba colgando, allí donde una fuerza —indudablemente un golpe violento — la había dejado reducida a astillas.

Leonard Wingate y Brett entraron. Sólo May Lou estaba adentro, metiendo ropa en una maleta de cartón.

—¿Dónde está Rollie? —preguntó Wingate.

—Se ha ido —contestó ella, sin levantar la vista.

—¿Adonde?

—Unos tipos vinieron. Se lo llevaron.

—¿Cuánto hace?

—Justo después que usted se fue, don —cuando volvió la cabeza, ellos vieron que había estado llorando.

—Escuche —dijo Brett—, si nos da las descripciones podemos avisar a la policía.

Leonard Wingate sacudió negativamente la cabeza. Sabía que era demasiado tarde. Tenía la sensación de que había sido demasiado tarde desde el principio. Y también sabía qué harían ahora: Brett DeLosanto y él se irían. Como se iban muchos en Detroit o, como el sacerdote y el diácono, que cruzan al otro lado.

Brett estaba callado.

—¿Qué harás tú? —le preguntó Wingate a May Lou.

—Me las arreglaré —dijo ella, cerrando la maleta.

Brett metió la mano en el bolsillo. Con un gesto, Wingate lo detuvo.

—Déjame a mí.

Sin contarlos, tomó todos los billetes que tenía y se los puso en la mano a May Lou.

—Lo siento —dijo—. Supongo que no significa mucho, pero lo siento.

Bajaron.

Afuera, cuando llegaron al auto, la puerta cercana estaba abierta. La ventanilla estaba rota. Los dos abrigos que habían quedado en el asiento de atrás habían desaparecido.

Leonard Wingate apoyó la cabeza en los brazos, sobre el techo del auto. Cuando levantó la mirada, Brett vio que tenía los ojos húmedos.

—¡Oh, Dios! —clamó Wingate. Levantó los brazos implorantes al negro cielo de la noche—. ¡Oh, Dios! ¡Esta ciudad sin corazón!