Tierra de dioses
1.ª Parte
G. H. Guarch
Tierra de dioses
Una historia novelada sobre la campaña fascista en
Abisinia
ePub r1.0
Titivillus 10-02-2023
Título original: Tierra de dioses
G. H. Guarch, 2012
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
1.ª PARTE
CAPÍTULO 1
EL MISTERIO
La historia estaba allí, en los viejos legajos que mi madre guardaba en la buhardilla del caserón donde siempre habíamos vivido, en Solarino, un pueblo perdido en aquellos días, cierto que la carretera desde Siracusa al centro de la isla pasaba por el centro, y eso le daba algo de vida, aunque casi siempre la gente prefería ir hasta Catania, aun a riesgo de hacer más kilómetros, porque la carretera era mejor.
Ante todo debo presentarme. Mi nombre es Alessandro Marsala, hijo de Paolo Marsala y Letizia Vittoria. Alguien con una vida gris, sin sobresaltos, cuyo mayor mérito era dar clase de literatura en la Universidad de Florencia. Hasta que un día, al morir mi esposa Elena, todo cambió, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados y de pronto me di cuenta que nada de lo que hasta entonces había estado haciendo tenía sentido. La pura verdad es que me encontré descolocado. Aquello me hizo pensar en muchas cosas y una noche, buscando algo interesante en la televisión antes de acostarme, vi en un documental unas imágenes sobre la guerra de Abisinia, en la que él había participado y aquello me hizo reflexionar.
Mi padre había sido siempre un misterio. No lo había conocido y mi madre jamás hizo nada por aclararlo…
Desapareció en algún lugar cerca del lago Tana, en Abisinia, la actual Etiopía, a últimos de mayo de 1936. Participaba con otros miles de italianos en la campaña del ejército fascista, en la que Benito Mussolini quería demostrar al mundo que el imperio romano podría resurgir de sus cenizas, y que él, El Duce, no era otro que el propio Julio César revivido, al que aguardaban incontables jornadas de gloria.
Mi madre guardó los periódicos de la época, las cartas de mi padre, unas cuantas fotografías que le envió desde el frente, un diario escrito de su puño y letra que le trajo su asistente mucho más tarde, como si fuera el último recuerdo, y que contaba la historia de su vida de una manera sintética, desde que ingresó en la Academia Militar en 1912, el mismo día que cumplió diecisiete años, también los diplomas, los fajines. En conjunto dos cajones repletos de papeles amarillentos, deshechos por la humedad de las innumerables goteras de aquel tejado, mordisqueados por los ratones. Unos papeles destinados a ser quemados algún día, o malvendidos al trapero que de tanto en tanto pasaba con su ruidosa furgoneta frente a la gran casa.
Siempre había pensado, aunque ella nunca quiso que hurgásemos en todo aquello, que también, de alguna manera, era la historia de su vida y que debería ordenarlos e intentar investigar sobre ello.
Mi madre había nacido en 1913, en una familia burguesa y adinerada, que la educó con un entonces extraño sentido de la modernidad. De hecho inició los estudios de medicina, que debido a su casamiento tuvo que abandonar cuando se encontraba en el tercer curso. Sin embargo, ese paso por la universidad le imprimió un carácter y una forma de entender la vida que intentó transmitirnos.
Debo aclarar aquí, que ella tenía dieciséis años menos que mi padre, y por lo que me contó, siempre la trató como si fuera su hija en lugar de su mujer. En cuanto a mí, nací en noviembre de 1935, unos días después de que mi padre partiera para la campaña de Abisinia, así que no llegué a conocerlo, y eso me hizo sentir a lo largo de mi vida una gran curiosidad por aquel hombre y por el extraño mundo que había vivido.
Fueron pasando los años, en un mundo cambiante, difícilmente comprensible para gente que había sido educada con otros criterios, pero ella nunca aceptó la versión que le habían dado, a pesar de que todos intentaban que asumiera los hechos…, sin que ella diera su brazo a torcer, hasta que el primero de enero de 1976, mi madre decidió que ya no iba a esperar más y que definitivamente daba a su marido por muerto. ¡Cerca de cuarenta años aguardando un retorno imposible! Mientras, mi hermana María, un año mayor que yo, había contraído matrimonio hacía unos meses, cuando ya creía que nunca lo lograría, con un primo lejano, un ítalo-americano de Nueva York. El día que se marchó de casa, le dijo a mi madre con una cierta sorna, que si mi padre finalmente aparecía, no dejara de comunicárselo.
Después de tantos años, la tenían como alguien excéntrica, pues aquel asunto era ya algo olvidado, sin sentido alguno. La verdad, cuarenta años eran demasiados para mantener un criterio tan absurdo. Por eso, cuando de pronto tomó aquella decisión, al principio no la tomaron en serio.
Cuando me llamó por teléfono para decírmelo, le pregunté si se encontraba bien. ¡Mejor que nunca!, contestó. Fue en aquel mismo instante cuando yo también decidí investigar sobre lo qué habría ocurrido en realidad. No tenía otra cosa que hacer, pues apenas unos meses antes me había quedado solo, al fallecer mi esposa en un estúpido accidente de automóvil, mientras se dirigía como cada mañana a su trabajo, también en la Universidad de Florencia. Ella —me contaron después— tuvo la culpa al saltarse un stop. Se había empeñado en conducir, a pesar de que ya había tenido un par de golpes sin importancia, pues se distraía con facilidad. Yo le había insistido en que no lo hiciera, temeroso de que un día pudiera sufrir un accidente más importante…, y eso, desgraciadamente, fue lo que ocurrió.
Aquella mañana nos despedimos como cualquier otro día, con un leve beso en la mejilla. No es cierto que esas tragedias se intuyan, solo era un día más, como cualquier otro. Casi siempre, cuando nos encontrábamos en Florencia, quedamos en vernos para comer en su restaurante preferido. Salió de casa con prisas, se introdujo en su Fiat, saludó con la mano y arrancó.
No volví a verla. Se quedó en el cruce de la carretera…, y desde el mismo momento en que llamaron por teléfono para avisarme, todo cambió para mí.
Deprimido por el fatal suceso, sin saber qué rumbo tomar, pedí la excedencia de la cátedra de literatura moderna y decidí volver a Sicilia, dispuesto a recuperar la enorme casa solariega de Solarino de una ruina inminente, y también y sobre todo, para intentar averiguar la verdad de aquel enigma familiar que seguía marcando nuestras vidas.
Digo enigma, porque nadie supo explicarme nunca lo que sucedió en realidad. Lo único que sabía era que mi padre, simplemente desapareció durante una sangrienta escaramuza con los abisinios. No pudo desertar, de eso no había la menor duda, pues todos conocían sus convicciones y patriotismo, la gloria que le aguardaba apenas pusiera los pies de nuevo en Italia. Al menos era lo que mi madre mantenía cuando intentábamos hablar de ello, pero la triste verdad es que se negaba a hablar de aquel tema. Lo único que sabía entonces era que en la somera investigación militar —pues a fin de cuentas se trataba de una guerra— ninguno de sus más cercanos hombres pudo explicar lo que había sucedido. Durante unos días lo buscaron por todas partes, incluso desplazaron una avioneta de reconocimiento. También ofrecieron a los indígenas una importante recompensa si aparecía. Pero fue inútil, no encontraron nada. Simplemente había desaparecido durante el transcurso de un feroz combate. Era evidente que había muerto en él, probablemente su cuerpo desfigurado y mutilado no se reconoció, todo encajaba en la atroz lógica de la guerra, donde cualquier cosa es posible.
Finalmente se comunicó de manera oficial que había fallecido en combate. Así, su viuda cobraría la pensión completa del gobierno como caído en acción. ¿Qué menos se podía hacer por un patriota?
Cuando se supo en Solarino, hubo luto y desconsuelo. Todos sabían que el comandante Marsala estaba llamado a la gloria, pero nadie esperaba que le llegara tan pronto. En cuanto a mi madre, Letizia Marsala, tenía por entonces veintidós años recién cumplidos y dos hijos. Era una situación sumamente trágica y en el pueblo todos sintieron compasión. ¿Qué iba a ser de aquella familia? Un verdadero desastre para una jovencísima y hermosa viuda y dos pequeños huérfanos.
Apenas al día siguiente, en cuanto se corrió la voz por el pueblo, don Antonio Stefano, uno de los más importantes propietarios de la zona, primo segundo de mi padre, quiso salir al paso. Afirmó para quien quisiera oírlo que él se encargaría de todo, y que a la mujer del héroe no le faltaría nada, aunque conocía muy bien su buena situación económica. A fin de cuentas se trataba de Sicilia.
En cuanto a como llegó la noticia, ni tan siquiera llamaron por teléfono para avisar. En aquella época solo existía uno en el ayuntamiento y funcionaba cuando quería.
Comenzaba a hacer calor, y más en la casa, a pesar de la altura de los techos, de los enormes pinos centenarios que la sombreaban. Letizia, deprimida en su soledad, daba el pecho a su bebé, mientras su hija María dormía a pierna suelta sobre la cama. Desde el balcón del dormitorio se veía el Golfo de Augusta hacia el este, con un mar de un azul tan intenso, que daba la impresión de que se encontraba mucho más cercano, tanto que ella creía que si alargaba la mano podría llegar a tocarlo. Un día precioso, aunque para que fuera completo debería estar allí su marido con ella.
Últimamente recibía pocas noticias, era como si se estuviera apagando la pasión que decía sentir por ella. Un hombre fuerte, en la plenitud de la vida con casi cuarenta años, y ella una mujer con la mitad de edad, pero con la certeza de poder volverlo loco si se lo proponía.
Paolo Marsala llevaba ya cerca de un año fuera de su casa, demasiado tiempo y eso hacía que todos los días al atardecer, Letizia se asomara al balcón del dormitorio, aprovechando que los niños dormían, imaginando que en cualquier momento un coche subiría raudo por la larga cuesta y dentro de él volvería Paolo cargado de medallas, licenciado de una vez por todas, para comenzar una verdadera vida junto a ella.
Pero eso, lo sabía bien, era solo una mera elucubración que se inventaba para paliar el deseo, el calor y la soledad. La realidad era que nada ocurría, que los días pasaban con rapidez y que el verdadero calor iba a llegar en cualquier momento a Solarino, sin que nada sucediera de particular. Entonces pensaba que bastante tenía con sacar adelante los dos niños, mantener la casa, la finca, los viñedos, que eso sí, proporcionaban año tras año un vino delicioso, como el de la última cosecha, siempre con la esperanza de que el de la próxima sería aun mejor.
Una tarde, a finales de julio, cuando apenas acababa de descargar una corta tormenta de verano y olía a tierra mojada, sus deseos parecieron cumplirse y por fin Letizia escuchó subir un coche por la carretera de Siracusa. El corazón le palpitó con fuerza, convencida de que aquel no podía ser otro que su marido. Sin poder contenerse, bajó los escalones de tres en tres, y salió corriendo al gran patio cubierto por una enorme parra, exultante de júbilo. El coche entró por el gran portón abierto de par en par y creyó percibir a través de los cristales un uniforme. Todo llegaba en la vida y pensó que desde ese mismo instante la suya volvería a ser lo que ella esperaba.
El teniente de artillería, al que no le debía gustar nada aquel siniestro destino de repartir desgracias, se bajó del vehículo sin aguardar a que se detuviera totalmente. En la mano extendida portaba un sobre de color azul claro. Saludó con rapidez y se lo entregó en silencio. Letizia, sorprendida, se encontró con el sobre entre los dedos, intuyendo que todo iba a cambiar, pero quizás no como ella había planeado. No sabía qué hacer u permaneció inmóvil hasta que el teniente tuvo que hacer una seña con las cejas, mirando fijamente el sobre para que ella reaccionara. Lo abrió con desgana, rasgando con delicadeza uno de los bordes. De pronto, comprendió que no deseaba saber más. Solo quería que aquellos militares se marcharan de allí cuanto antes, porque no era preciso terminar de abrirlo. ¿Para qué? Se lo había contado su amiga Claretta D’Antico, que también había recibido otro igual, y pocos días más tarde le confesó con ojos llorosos que aquel fue el peor momento de su vida.
Se trataba de una carta oficial con el membrete del ejército y ella leyó con rapidez los renglones, mal escritos a máquina por una cinta casi gastada, que la hizo pensar que para el que la hubiera redactado, aquello no era más que una mera rutina.
Roma, a 25 de julio de 1936
Señora Letizia Marsala,
Honorable señora: El Ejército Italiano tiene el hondo pesar de
comunicarle que el egregio Comandante Paolo Marsala, ha sido dado por muerto en combate en algún lugar en las cercanías de Gonder, en la posesión italiana de Abisinia. Los hechos tuvieron lugar el 7 de julio pasado. Por la presente, este Ministerio del Ejército tiene el honor de comunicarle que a su esposo le ha sido concedido por el Excelentísimo Sr. Presidente del Estado, la Medalla al Valor, por lo que, además del honor que ello significa, se le mantendrán sus emolumentos íntegros de por vida.
Honor y Gloria a los Héroes de la Patria. Dante Mileto, General de Brigada
II Regimiento Imperial. Roma.
No se desmayó al leer aquellas sucintas líneas, ni siquiera lloró. Solo se volvió sin decir palabra y se introdujo en la casa, pensando que dentro, en la umbría, se soportaba mucho mejor el calor húmedo de aquella tarde. Escuchó el coche alejarse. Todo había cambiado, pero Letizia, en aquel momento, no quería pensar que su marido había muerto y que jamás volvería a verlo. Por alguna razón seguía convencida de que él seguía vivo. Era solo una extraña intuición, pero deseaba aferrarse a ella y pensar que la maldita carta de Roma no iba a cambiar nada. Paolo aparecería cualquier día como si tal cosa y entonces todo volvería a la normalidad. Además, ¿qué significaba Ha sido dado por muerto? O estaba muerto o no lo estaba, pero aquella ambigua redacción… No, no la iban a convencer de lo contrario por una simple carta con membrete oficial, traída por un coche del ejército, por una medalla al valor que a ella no le decía nada, y finalmente comprar su silencio y su resignación con una exigua pensión de por vida, que ella no quería ni necesitaba. Lo que ella en realidad quería era la vida de su marido y no una paga que le recordase cada mes, cada año, durante toda su vida, que Paolo Marsala se había quedado en la provincia imperial de Abisinia, en realidad una remotísima parte de África, llena de fieras y tribus de gente primitiva, por lo que sabía, crueles indígenas que odiaban de todo corazón al hombre blanco.
Pero también se sentía enfadada con su marido; cierto que lo respetaba demasiado para tener unas palabras con él, pero en aquel momento si lo tuviera allí delante, donde en realidad debería estar, no podría contenerse. ¿Cómo iba a salir de su vida de aquella absurda manera? Sin decir adiós, sin justificarse, como si de pronto se hubiera hartado de ella. ¿Tal vez habría encontrado alguna esbelta mujer indígena, de piel oscura y sedosa que le diera satisfacción de otra manera? Se sentía mal, harta de estar allí encerrada con dos niños tan pequeños, que no hacían otra cosa que llorar a cada instante, tal vez a causa del excesivo calor que estaba haciendo, o por los implacables mosquitos, por los gases… ¡A saber!
Pero ya no aguantaba más. Le hubiera gustado decirle todo aquello al mensajero, aquel teniente de rostro inmutable, que con seguridad se pasaría los días llevando cartas similares a mujeres hartas de su situación, solitarias y fracasadas —¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡El ejército italiano siente comunicarle…!—. ¡Muchísimo! ¡Bah! ¡No lo sentían en absoluto! Los ejércitos vivían de sus héroes, necesitaban fabricarlos, crearlos, para que la gente de la calle supiese lo valientes que en realidad eran… ¡Claro! Los que se quedaban en Roma, en Milán, en Nápoles, en Palermo…, con sus uniformes cargados de medallas, sus interminables desfiles militares con toda la pompa de que eran capaces, con sus ruidosas bandas de música. ¡Honor y gloria! ¿A quién? ¿A los que se quedaban en los cuarteles? ¿A los que decidían quién era un héroe y quién un cobarde? ¡No! ¡A ella no iban a encasquetarle un muerto! Sentía unas terribles ganas de gritar a quien quisiera escucharla, que toda aquella absurda historia no era más que otra gran mentira.
Luego, de pronto, sin poder evitarlo, se derrumbó llorando sobre la cama, mientras los dos pequeños seguían ajenos a todo, durmiendo a pierna suelta, sin intuir qué clase de mundo les aguardaba afuera. Su marido podría seguir vivo, pero comenzaba a comprender que nunca más le vería, y esa sensación de vacío, de ausencia, la aterraba. ¡Si la carta hubiese dicho Ha muerto! Entonces todo habría terminado y por duro que fuera lo habría asimilado. Pero no, lo que en realidad venía a decir aquella carta era que nadie sabía lo que había ocurrido en realidad. Cuando algo más tarde el pequeño se despertó hambriento, ella lo acercó al pecho y le dejó que mamara un rato. Se estaba quedando sin leche, pero el solo hecho de acercarlo a su regazo lo relajaba y luego lloraba menos. Decidió que a partir de aquel día no seguiría dándoselo, porque tenía la certeza de que ya no podría hacerlo.
Aquella noche se despertó totalmente aterida, a pesar del bochorno que mantenía la casa como un horno. Extendió el brazo para tocar el lado derecho de la cama y al notarlo vacío volvió a llorar de nuevo. Se sentía engañada, pues antes de partir, él le aseguró que volvería muy pronto y ella nunca lo dudó, porque aquel hombre se preciaba de cumplir siempre sus promesas.
No supo como se enteró del asunto don Antonio Stefano, que apareció por la casa a primera hora cuando apenas acababa de levantarse. La miró fijamente en silencio y luego la abrazó de una manera teatral, mientras susurraba que no se preocupara, que él siempre estaría allí para que no le faltara nada. Ella se separó mientras negaba con la cabeza. Don Antonio era un hombre de respeto y nadie podía dudar de que se preocupaba siempre por la gente de su pueblo. Pero también pensó que eso iba a crearle una relación de sumisión de por vida, una relación directa que en modo alguno estaba dispuesta a aceptar. Lo tomó del brazo cuando él se disponía a salir y con voz firme le dijo: No, don Antonio, no, se lo agradezco mucho, pero saldré adelante yo sola. No necesito su ayuda. ¿Lo comprende, verdad?
El hombre la observó perplejo. Era la primera vez en su vida que alguien en Solarino rechazaba su generosidad. Pero ella ni pestañeó, solo volvió a negar con la cabeza y don Antonio Stefano comprendió que era mejor no insistir más por el momento y abandonó la casa en silencio.
Tuvo que bajar a Catania para arreglar algunos papeles en el juzgado de lo civil. A todos los efectos y aunque en su fuero interno ella estuviera convencida de que no era así, para todos los demás no era más que otra viuda de guerra, lo aceptara o no. Y eso significaba cambiar muchas cosas.
Su prima Rosa Ghezzi, unos años mayor, que tiempo atrás había hecho de madre con ella, quiso convencerla para que se quedara en el amplio piso donde vivía. Un lugar espléndido, en la mejor zona de Catania, frente al puerto. Insistió varias veces que allí tenía espacio más que suficiente para que ambas tuvieran total independencia. Además le aseguró que podría cuidar de los niños cuando hiciera falta. La oferta de su prima Rosa estuvo a punto de hacerle cambiar de opinión. Pero no, lo que en realidad deseaba era seguir allí, en la casa de Solarino, aguardando como si nada hubiera ocurrido. Era, pensó, la mejor manera de demostrar que para ella todo seguía igual.
Cuando volvió a Solarino al cabo de un par de días, Teresa, la asistenta, le entregó en silencio una carta. El remite a mano llevaba la inconfundible caligrafía de su marido. Paolo Marsala. Comandante de Estado Mayor. Asmara. Abisinia. Mientras la abría el corazón se le salía por la boca, pensando que ella no había dudado ni un instante. Fue al comenzar a leerla cuando comprendió.
6 de julio de 1936.
Queridísima Letizia. Ya queda menos para que volvamos a estar
juntos. ¿Cómo están los pequeños? Tengo muchas ganas de volver a estar en casa y de dormir contigo. Me han ocurrido cosas extraordinarias que no puedo contarte por carta. Solo decirte que mañana será un día definitivo. Por cierto, no olvides recordar a Carlo Rossi que debe sulfatar los viñedos. Quiero poder brindar durante muchos años con el vino de la cosecha del 36. ¡Va a ser un año inolvidable! Un beso de tu esposo que te quiere. Paolo.
¡Ah! ¡Por un día! ¡Un solo día! El extraordinario día que vaticinaba su marido, se convirtió en el fatídico día en el que iba a desaparecer envuelto en el misterio. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué quería decir cuando hablaba de que había vivido cosas extraordinarias? ¿Tendrían relación con su desaparición? Se mordía las uñas de nerviosa impotencia, mientras no podía dejar de pensar que daría cualquier cosa por averiguarlo.
Cuando se tranquilizó, tuvo de nuevo la certeza de que Paolo seguía vivo. Se trataba de una sensación tan clara, tan directa, como si lo tuviera allí, junto a ella. No podía estar muerto, era imposible, y por tanto, su obligación como esposa era esperarlo. Si no ¿qué?, aparecería cualquier día cuando ella se hubiese casado ya con otro hombre, o como había insinuado don Antonio Stefano con su generosa oferta, se hubiese ido a vivir a su casa. ¡No! La vida tenía esas cosas y ella no podría hacer otra cosa que salir al balcón aguardando el paso de cada vehículo que subiera de Siracusa, a menos de que se convenciera de otra cosa.
Así fue. Letizia Marsala, viuda oficial del egregio comandante Paolo Marsala, héroe de la patria, siguió viviendo en el enorme caserón de Solarino, saliendo a cada instante a la puerta o al balcón, convencida de que su esposo volvería cualquier día.
Pasaron los años y terminó con más pena que gloria la campaña imperial de Abisinia. Después el Duce, con sus absurdas decisiones, condujo a Italia a las ruinas y al deshonor, a costa de la vida de cientos de miles de italianos, incluyendo la suya, dejando a muchos desengañados, a otros sorprendidos de como terminaba todo, y a otros incapaces de comprender. Más tarde Europa resurgió poco a poco de sus cenizas. Mientras, mi hermana María y yo crecíamos y estudiábamos el bachillerato, internos en los respectivos colegios de Catania. Después la carrera en Roma. En Solarino todo siguió igual, hasta que un día cualquiera mi hermana recibió una carta de Nueva York. Apenas dos meses después se casó de repente y se marchó a América. Mi madre se quedó sola, envejeciendo con sus recuerdos, en una casa demasiado grande para ella. Daba la impresión de que no se quería ir de allí, aún convencida de que el milagro podría llegar a suceder, y de que al día siguiente de marcharse aparecería el comandante Marsala y se encontraría el puesto vacío. No. Eso no sucedería nunca.
Pero mi madre, aunque terca como una mula, no estaba mal de la cabeza y ella misma se había fijado una fecha. ¡Cuarenta años! ¡Una eternidad! Pero se trataba de una decisión irrevocable y se juró que si se agotaba el plazo no pensaba esperar ni un solo día más.
Todo llega en la vida y el 26 de julio de 1976, preparó las maletas en silencio, absolutamente convencida de su decisión, metió en algunas cajas de cartón las cosas de las que no quería separarse, se despidió de su administrador, Carlo Rossi y llamó al taxista de Solarino para que la llevara a Catania, a casa de su prima Rosa, que seguía llamándola para que se fuera allí, insistiéndole siempre que juntas todo sería más llevadero.
Letizia cerró la puerta con dos vueltas de llave. Antes de subir al taxi le dijo a Carlo que pasara por allí de vez en cuando y repitió que le enviara las cartas y las facturas a la dirección de Catania. En su fuero interno no pensaba volver jamás a Solarino. Algo dentro de ella le decía que el vaso de su paciencia había rebosado.