Tierra de dioses

G. H. Guarch · Capítulo 6 de 26

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Tierra de dioses

Capítulo 6. Carlo Rossi

CAPÍTULO 6

 

CARLO ROSSI

 

A lo largo de la vida, me habían ocurrido muchas cosas. Sabía bien lo que era una desgracia personal, la sensación de comenzar desde cero. Pero aquella vez se trataba de algo muy diferente. La documentación que necesitaba, vital para mi investigación, acababa de desaparecer, y apenas colgué el teléfono una especie de angustia opresiva se apoderó de mí. ¡Qué mala suerte! Un verdadero desastre que me dejaba en una situación verdaderamente apurada.

Recordé entonces que al menos algunos documentos los había metido en mi maleta de trabajo, un pequeño maletín cuadrado, del tipo que usan los pilotos. Respiré con alivio al ver que contenía el diario personal de mi padre, el paquete de cartas que había enviado desde Etiopía y una carpeta con documentos oficiales. Bueno, al menos no todo estaba perdido, pues también llevaba conmigo las notas que había ido tomando en las últimas semanas.

Sin embargo, una gran cantidad de documentación se había convertido directamente en humo. Papeles, manuscritos de puño y letra, una gran parte de la hemeroteca, fotografías…, un fondo irremplazable, que por mucho que hiciésemos siempre dejaría incompleta nuestra investigación.

Grazia no se atrevía a dirigirme la palabra; podía comprender mi estado de ánimo, después del importante esfuerzo realizado. La verdad era que me sentía muy abatido, como si el mundo se me hubiese caído encima.

Cuando logré tranquilizarme, hablamos de seguir con el plan que habíamos previsto. Yo debía ir a Solarino, porque en cualquier caso no tenía otra salida. Lo primero era disculparme con mi madre, a fin de cuentas, ella me había permitido vivir en la casa y me sentía responsable de lo ocurrido, aunque no tuviese nada que ver en ello.

Grazia asintió, mientras decía que comprendía mi estado de ánimo, insistiendo en que debíamos seguir adelante a pesar de la gran perdida causada por el incendio.

Tenía razón como casi siempre, pues su lógica era mucho más pragmática que la mía y nos despedimos, tristes pero de acuerdo en seguir adelante costase lo que costase.

Tras un largo viaje en el que no paré de dar vueltas a la cabeza, llegué a Solarino aquella misma noche. Carlo Rossi me aguardaba en la carretera, en la explanada donde daban la vuelta los autobuses, apenas a trescientos metros de la propiedad de mi madre. Cuando detuve el coche y bajé el cristal, me dio la mano a través de la ventanilla, igual que si se tratase de un duelo. El hombre se hallaba contrito y balbuceaba excusas, como si la culpa fuese suya.

—Forzosamente tuvo que ser un cortocircuito. Debió comenzar de madrugada y para cuando quisimos darnos cuenta, ya no se podía hacer nada. ¡Aquí en Solarino siempre estamos en mano de Dios!…, carreras, nervios, gritos, al final subió un coche de bomberos desde Siracusa, pero solo pudo evitar que el fuego se extendiera a los pinos de la propiedad colindante. Todo ha quedado arrasado. Todo. —El hombre observaba mi rostro con una cierta emoción reflejada en sus ojos. Sabía bien lo que aquella casa significaba para Letizia Marsala.

Un fuerte olor a madera quemada se difundía con la levísima brisa nocturna y al acercarnos pude comprobar la magnitud del desastre. De lo que había sido el caserón no quedaban apenas más que unos cuantos muros semiderruidos, unas vigas carbonizadas y un montón de escombros humeantes. Era imposible que nada y menos un papel, hubiese sobrevivido al incendio, que debía haber sido pavoroso. ¡Como terminaban las cosas!…, me sentía mal, preocupado porque mi madre pudiese ver aquellos restos calcinados del que una vez fue su hogar, con tantísimos recuerdos de toda una vida. Era una mujer fuerte, de eso no me cabía duda, pero la verdad es que la visión era muy dura y no sabía como se lo iba a tomar ella.

Carlo observaba mi reacción mientras suspiraba una y otra vez. No pude por menos que notar un escalofrío, al imaginar que yo podría haberme encontrado dentro. Hacía muchos años, cuando aún era un niño, había presenciado arder una casa en Solarino, y me sorprendió la rapidez con la que se consumió. Fue algo más cercano a una explosión de fuego, que a otra cosa.

—Bueno, Carlo —le hablé con toda la serenidad de que fui capaz— vámonos de aquí, no se trata de una visión muy agradable, y tampoco podemos hacer nada. Mi madre se va a disgustar mucho, pero qué le vamos a hacer, así es la vida… y no creo que quiera reconstruirla con el dinero del seguro. La verdad es que estaba un poco harta de Solarino y de todo esto…, tal vez sea lo mejor para todos, aunque lo único que siento, es que se haya perdido toda la documentación que se refería a mi padre. Era algo irremplazable, y ahora no sé como voy a poder seguir mi investigación. Por cierto ¿Y ella? ¿Ha subido ya?

—¡No! —la voz mostraba su preocupación—. La verdad es que aún no debe saber nada. No está en Catania. Hablé por teléfono con su tía Rosa, y me respondió que se había ido unos días a Roma y que no podía localizarla.

Medité qué se le habría perdido a mi madre en Roma. Siempre decía que sería el último sitio donde tendríamos que buscarla. Me encogí de hombros, aquella mujer estaba cambiando mucho últimamente. Bueno, si eso era lo que quería, ya había aguantado bastante. Lo único que me preocupaba sería su reacción cuando supiese lo de su casa. Era más que eso, era su vida, tantos años viviendo allí, en una larguísima espera sin fin.

 

Carlo Rossi insistió en que fuese a cenar en su casa, en aquellos momentos se sentía muy cerca de mí, pues a fin de cuentas aquel hombre llevaba toda la vida en casa, aunque por una razón o por otra nunca habíamos hablado acerca de mi padre. Pensé que aquel podría ser el momento adecuado.

—Carlo. ¿Conociste bien a mi padre? ¿Te acuerdas de él después de tanto tiempo? ¿Crees que me parezco a él?

Carlo me miró con cierta sorpresa mientras intentaba esbozar una sonrisa.

—¡Uff! ¡La verdad que ha pasado mucho tiempo! Yo tenía entonces apenas veinte años, fue cuando nos vinimos a vivir aquí. Tu padre tendría alrededor de treinta por aquel entonces. Sí, me acuerdo bien de Paolo Marsala, era un personaje, por entonces capitán del ejército. Estamos hablando de 1924 y aunque yo no sabía nada de nada, me daba cuenta de muchas cosas, entre otras, que debía mantener oculta mi pertenencia al partido comunista, pero claro, eso era imposible en un lugar como este. De hecho, mi padre que tendría entonces unos cincuenta años, tuvo que salir por pies de Catania, porque era alguien dentro del partido y sabía que su vida corría peligro en aquellos días. A fin de cuentas, había colaborado muchos años con Antonio Gramsci. ¡No había preparado pocas planchas de El nuevo orden! Después cuando fundó el Partido comunista italiano y su periódico La unidad, Gramsci se lo llevó con él… Bueno, ya no hay nada que ocultar… La verdad es que en casa nos sentíamos profundamente comunistas…

»Por eso tuvimos que huir, vinimos aquí creyendo que podríamos ocultarnos, porque lo habían amenazado de muerte. Esa es la pura verdad. Los fascistas no se andaban con tonterías, y además, estaban crecidos. ¿Quién les iba a hacer frente? Mi padre, Conrado Rossi, mi madre, Antonella Rinaldi, gentes que habían estudiado un poco más que la mayoría de sus compañeros y que creían que podían hacer algo por los suyos, me refiero por la clase trabajadora. Después del asesinato de Matteotti todo fue muy deprisa. ¡Ah! ¡Si que lo recuerdo bien! ¡Perfectamente! ¡Tú sabes la que se montó! Para los verdaderos socialistas… pero sobre todo para los comunistas, fue como si se hubiera abierto la veda, ya no era un problema de ideología, sino de supervivencia, y aquello, la verdad, fue muy duro. Verás, incorporarse a la democracia es como llegar a una meta, pero ir marcha atrás, como ocurrió, hacia un partido único, con una ideología como la fascista…, fue algo terrible. Para los comunistas fue como entrar en el infierno.

»Claro, aquello fue una iniquidad, algo repugnante en una sociedad civilizada. Al menos era como nos veíamos…, es cierto que aquí en Sicilia, en todo el sur, las cosas eran de otra manera, campesinos atrasados, mantenidos en la ignorancia, ancestralmente sojuzgados, asustados por la mafia que le hacía el juego a los propietarios. Un toma y daca, y el resultado era siempre en contra de las clases desfavorecidas.

»En casi cincuenta años todo ha cambiado. Claro que aún hoy queda mucho ¡muchísimo por hacer!, pero al menos los fascistas se llevaron lo suyo y aquel bribón de Mussolini pagó por lo que hizo…

 

Entonces le interrumpí. Comenzaba a darme cuenta de que aquel hombre callado, siempre discreto, sabía muchas más cosas de las que yo hubiese imaginado.

—Carlo. ¿Quién fue en realidad mi padre?

Carlo Rossi se quedó mirándome, sin apartar la vista de mis ojos. Tuve la certeza de que aquel hombre conocía cosas que no me estaba contando, como si no quisiera molestarme o herirme directamente.

—Carlo —insistí— necesito saberlo. Ahora ya no importa, todo terminó hace mucho tiempo y ya nada puede afectarme. Tampoco a él. Por favor, cuéntame lo que sepas, es importante para mí.

Carlo asintió, moviendo compulsivamente la cabeza arriba y abajo. Me daba perfecta cuenta de que seguía dudando, pero de pronto comenzó a hablar en un tono más bajo, como si no quisiera que nadie pudiera oírle.

—Mira Alessandro. Todos en estos años hemos hecho un enorme esfuerzo por olvidar, por enterrar definitivamente aquella vergüenza, por coser las heridas. Pero la verdad es que quedan cicatrices que a muchos nos siguen molestando. Tienes razón, ya no eres ningún chiquillo, aunque yo quisiera seguir viéndote así. ¡Ah! ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Siento vértigo! Puedes creerme si te digo que a veces sueño con aquellos días y me falta la respiración. Son pesadillas de esas que nos van asaltando en la vejez, pero siento terror, porque en ellas vuelvo a ver viejos fantasmas que deberían haber desaparecido para siempre. Pero no, ahora sé que permanecerán conmigo hasta mi último aliento…, que no es que falte mucho, pero la verdad, me gustaría morir sabiendo, convencido de que algo así no puede volver a pasar. ¿Y sabes lo que te digo?, no estoy seguro de ello. Tú me ves como un viejo timorato…, y tienes parte de razón, pero yo me sigo viendo como el que una vez fui, y me aferro a aquella imagen con todas mis fuerzas, desde que me levanto por la mañana, porque sé, y en eso no me engaño, que es esa certeza la que me hace seguir. No me gustan los espejos, ni los cristales que reflejan mi imagen, ni los ojos escudriñadores de los que una vez fueron mis amigos, ni lo que huele a viejo, ni las flores secas…, quiero seguir creyendo que los demás me ven y me perciben como yo me veo a mí mismo. Por eso sigo administrando algunas fincas, más que por el dinero que pueda dejarme ese trabajo, es porque no quiero rendirme, quedarme un día en casa, en invierno, cuando sopla el viento del norte…, porque sé que si lo hago, a lo mejor ya no vuelvo a levantarme.

»Pero es verdad eso que dices, ha pasado demasiado tiempo y ya nada importa. Me creerás si te digo que soy consciente de ello en este mismo instante. Cuando me has dicho, ahora ya no importa, me he dado cuenta de que algo ha acabado y ha sido solo la toma de conciencia de que aquello quedó atrás…, para siempre. Escucha pues, que algo sacarás en limpio de todo ello.

»A mi padre lo asesinaron los fascistas, los camisas negras. Una noche llegaron a por él y mi madre llorando desconsolada les aseguró que no estaba, que se había ido sin decir a dónde. No la creyeron…, yo tenía un hermano, entonces tendría quince años, Antonello. Ellos le dijeron a mi madre —“Antonella Rinaldi, estás mintiendo y eso no nos gusta, atente a las consecuencias”—. Cogieron al chico, lo ataron y lo colgaron de los pies, luego comenzaron a subirlo boca abajo en el campanario de la iglesia. Mi madre chillaba despavorida. ¡Qué iba a hacer! ¡Se trataba de su hijo! Entonces habló, les dijo donde se escondía su marido. No hubo más palabras, ellos se dirigieron hacia el sótano de la fábrica de sacos que se hallaba en las afueras del pueblo y le gritaron que si no salía matarían a toda la familia. ¡Qué iba a hacer aquel hombre! Salió desesperado y en cuanto lo tuvieron a tiro, lo mataron como a un perro. ¡Dieciséis disparos le contaron después!

»En cuanto a mi hermano Antonio, hubiera sido mejor que lo mataran, porque cuando volvieron a la plaza simplemente cortaron la cuerda y lo dejaron caer. Se rompió la columna vertebral y vivió quince años más sin moverse.

»Mi madre no era una mujer vengativa, ella solo quería justicia. Fue a hablar con uno de los jefes fascistas y le contó lo que había sucedido. El hombre la recibió de inmediato y escuchó atentamente su relato. Luego hizo llamar al jefecillo que había llevado acabo aquella incursión y le preguntó si era cierto lo que la mujer le había contado. Cuando el individuo asintió, el jefe fascista sacó una pistola del cajón de la mesa de su despacho y sin pestañear, como el que no hace la cosa, en el mismo despacho le pegó dos tiros al responsable de aquel acto. Bueno, las cosas eran así, en aquellos días cada uno aplicaba la justicia a su manera, como mejor la entendía. El jefe fascista se llamaba Paolo Marsala.

Tuve que tragar saliva. No tenía argumentos para responder…, a fin de cuentas, había sido yo el que quería conocer la verdad, y era cierto, eso siempre conlleva un riesgo.

Pero Rossi no había terminado. Solo me estaba dando una mínima tregua, para que yo intentara asimilar sus palabras.

—Después de aquello, mi madre no quiso seguir viviendo, digamos que se dejó morir. Fue cosa de pocas semanas, como si algo la estuviera consumiendo por dentro. Yo veía llegar lo inevitable, ella había decidido que no quería vivir y nada se podía hacer. Era una decisión definitiva, el médico que la atendía comentó que nunca antes había oído hablar de algo semejante.

»Pero ella no quiso abandonar de este mundo sin decirme que fuese a hablar con Marsala. Dijo que él me protegería y así fue. El comandante Marsala creía, ¡como tantos otros!, en el cambio fascista, pero era un hombre consecuente. Me ayudó…, y a pesar de todo, seguí con él, hasta que desapareció en Abisinia…, después permanecí con su familia, con vosotros… Aquí sigo, después de tantos años.

»Te diré una cosa, él siempre respetó mis ideas, aunque sabía que yo era comunista hasta la médula, luego uno va madurando en la vida y ahora ya no creo en nada…, ni en los unos, ni en los otros…, pero también sabía que jamás lo traicionaría como persona. Nunca quiso influir en mí, yo sabía muchas de las cosas que ocurrían a su alrededor, y luego, cuando un día se marchó a la campaña de Abisinia, me hizo llamar y mientras me daba la mano, me pidió que cuidase de su mujer y de sus hijos. A fin de cuentas él me había ayudado en unos momentos críticos. Así que no estaba haciendo otra cosa que saldar mi deuda.

»Cuando mucho más tarde llegó la revancha, hice lo que tenía que hacer…, aunque es bien cierto que nadie podrá decir nada de tu padre. Fue fascista…, pero digamos que eso era lo normal en aquellos días. Luego muchos, casi todos, renegaron. Cuando llegaron aquí los americanos, resultó que solo eran fascistas cuatro desgraciados. ¿Y los demás? ¿Y todos aquellos que llenaban las calles cuando venían unos jerarcas de Roma? ¡Bah! Los perdedores siempre se encuentran solos al final. ¡Ah, si te contara! Recuerdo los jeeps de los americanos en la plaza, la gente aclamándolos como libertadores, y muchos escondidos en sus casas, observando desde detrás de los visillos, muertos de miedo, convencidos de que los vencedores iban a ajustar cuentas…, los fascistas creían que todos eran como ellos, negativos y crueles.

»Ahora llegas tú y por cierto que me haces una difícil pregunta: ¿Quién era Paolo Marsala? Nadie lo sabía. Hubo unos años en que parecía que se iba a comer el mundo, luego, por alguna razón desconocida, su carrera se frenó. Él no me dijo nunca nada acerca de ello. Era poco comunicativo, tal vez en el fondo algo tímido, pero alguien con una cabeza muy especial.

»Mi opinión personal es que decidió ir a la campaña de Abisinia, sabiendo que no iba a volver, te diré más, creo que fue para morir allí. Sí, ya sé que no tengo ningún argumento para soportar esa idea, pero nadie me lo puede quitar de la cabeza. De hecho, el día en que se fue, tuve la intuición de que se trataba de la última vez que nos veríamos. Él lo tenía tan claro como yo, era algo que flotaba en el ambiente. Y no pude por menos que pensar que era lo que estaba obligando a un hombre como él, que además en aquellos momentos se encontraba en el bando de los vencedores, a tomar tan absurda determinación.

»¡Qué se le había perdido en Abisinia! Muchos no entendíamos como Mussolini había podido llegar a aquella conclusión. ¿Es que no habíamos tenido bastante con la humillación de Adua?… como para empezar de nuevo cuarenta años después. Mussolini mantenía que era preciso unir Eritrea con Somalia, que había que cerrar la puerta de Aden a los británicos…, y que Italia necesitaba colonias, y eso, aunque nadie lo decía entonces, lo sabía mucha gente, era una completa locura. Aquel extraño incidente en Wal-Wal, por cuatro pozos de agua salitrosa y maloliente, donde murieron unos soldados de las montañas. ¡Bah! ¡Estoy seguro que estaba amañado todo el asunto! Bueno, pues aquello fue el detonante para que Mussolini decidiera intervenir militarmente. El Duce necesitaba un imperio para convertirse en un verdadero César y Abisinia era el lugar perfecto. ¿Íbamos a quitarle Egipto a los británicos? ¿O Argelia a los franceses? No, no, algo a nuestra medida. Abisinia, y de paso terminar lo que Baratieri no pudo llevar a cabo. ¿Sabes lo que he pensado muchas veces? Que gastamos todo el coraje hace dos mil años en el verdadero imperio, conquistando el mundo conocido. Los italianos de nuestra época ya no quieren pelear. Eso se ha acabado.

»Bueno, déjame que siga. Recuerdo que tu padre recibió un mensaje desde Catania, en el que se le comunicaba que debía presentarse de inmediato en el cuartel general en Roma. Eran los primeros días de octubre de 1935 y le encomendaron coordinar las divisiones de los camisas negras. Apenas tuvo tiempo de despedirse de tu madre, que se quedó con una niña pequeña y otro en camino; ese eras tú.

»Por lo que sé, tu madre recibió varias cartas desde Abisinia. La última llegó aquí desde Roma, la trajeron en mano comunicándole la muerte de tu padre y puedo decirte que la gente de este pueblo lo sintió. Es cierto que era un fascista convencido, pero en Solarino se sentían protegidos por él. Mientras estuvo aquí a los de aquí no les tocaron un pelo, no hubo más incursiones de los camisas negras desde que ocurrió lo de mi familia.

»Todo cambió después al desaparecer tu padre, entonces fue cuando todos se dieron cuenta de lo que significaba la presencia de aquel hombre, porque pronto comenzaron los problemas, las incursiones de los camisas negras fusilando a los que se les antojaba. Llegaban, quemaban la casa del pueblo, hacían una redada y fusilaban a los que traían en una lista. ¡Malditos cobardes! Era la manera en que ellos entendían lo del partido único, eliminando a los que les criticaban, a los comunistas, a los socialistas, a todos los que se atrevían a pensar de otra manera. Hubo venganzas, gente que envidiaba a otros, o que quería su casa, sus tierras…, o su mujer. ¡Eso ocurrió aquí! Los fascistas eran unos cobardes, que necesitaban ir en una jauría para asesinar a sus víctimas…, amparados por el partido, la policía, los chivatos, los torturadores…, Es cierto que hubo excepciones…, como la de Paolo Marsala. ¡Por eso la gente le echa de menos! Y eso que había sido un auténtico fascista…, pero no un asesino. Mientras estuvo por aquí, todos sabían que podían acudir a él, porque lo consideraban una especie de protector. Más de uno se acercó a ver a tu madre, para preguntarle que cuando volvía don Paolo Marsala, y que si era cierto que iba a volver. Hay que comprender como estaban las cosas entonces, y que uno se agarraba a un clavo ardiendo, porque no había alternativa.

»De todas maneras hay alguien que podrá darte alguna información. Cuando ocurrió aquello, tu padre tenía un ayudante, un soldado que le servía de asistente personal, un tal Valentino Soggiu, sardo, muy joven entonces, tal vez aún no habría cumplido los dieciocho años, pero por alguna razón le tomó gran afecto a tu padre. Por eso apareció dos años después por aquí, aunque no pudo dar luz sobre nada más de lo que ya sabíamos. Así que ahora debe tener alrededor de los sesenta años. No sé donde vive, si es que no ha muerto, pero sí que era de un pueblo de Cerdeña, Nurri, y que su familia se dedicaba a fabricar queso. Tampoco creo que esta información te sirva para nada, pero al menos así sabes que existe. Probablemente fue el último hombre que vio a tu padre, pocas horas antes de que se le diera por muerto en combate. Por lo demás, era un muchacho muy sencillo, aunque al tiempo avispado y se veía que tenía un gran fervor por la figura de su comandante. Estuvo aquí solo unas horas y habló con tu madre durante un largo rato. La verdad que no sé lo que hablaron, porque ni ella me contó nada ni él tampoco. Apenas una hora más tarde se marchó en el autobús. Eso debió ser en el treinta y ocho, o tal vez en el treinta y nueve, y que yo sepa, nunca más hemos sabido de él. La verdad es que fue un detalle por su parte, venir de tan lejos, tomarse esas molestias, solo para saludar a la viuda del que una vez fue su comandante en la campaña de Abisinia…, si, un buen muchacho, muy afectuoso.

 

La conversación con Carlo se prolongó hasta entrada la madrugada. No consintió en que fuera a dormir al hostal que acababan de abrir en el pueblo y no tuve otra opción que quedarme a dormir en su casa, mientras pensaba que el desgraciado incendio había colaborado con la voluntad de mi madre, de terminar de una vez por todas con el pasado.