Tierra de dioses
Capítulo 20. Un relato increíble
CAPÍTULO 20
UN RELATO INCREÍBLE
Genet me miró un instante a los ojos. Aquel hombre nos había dado incontables muestras de su afecto y lealtad. Asentí y comenzó a narrar su odisea.
—Quiero decirles que tengo algo importantísimo que comunicarles, pero les ruego que me permitan hacerlo a mi manera. Creo que es mejor para todos.
»Bien, pues la noche de la tormenta me temí lo peor. De hecho me resultó imposible volver al campamento, el agua caía con tremenda fuerza y a pesar de que lo intenté varias veces, a riesgo de perder la vida en las torrenteras, que bajaban arrastrándolo todo a su paso, tuve que darme por vencido.
»Ante aquella situación, tuve miedo de lo que podría pasarles, porque la tormenta no solo no daba señales de amainar, sino que por el contrario, parecía convertirse en un verdadero desastre, hasta tal punto que llegó un momento en que tuve que correr a una zona rocosa en la que vi unas cuevas de poca profundidad, pero que al menos me resguardarían de las avenidas.
»Tuve que aguardar allí toda la noche, ustedes fueron testigos y más tarde víctimas de lo que ocurrió y no tengo que explicarles nada. Decirles únicamente que nunca en toda mi vida había presenciado algo semejante, con las fuerzas de la naturaleza salvajemente desatadas.
»Después me contaron que ni los más viejos del lugar habían visto una tormenta igual.
»Al amanecer fue calmándose, hasta amainar por completo, pero para entonces el daño estaba hecho, bosques enteros arrastrados a los barrancos, ríos desbordados, cosechas perdidas, poblados anegados y sus casas destruidas, al menos en una parte importante de la región…, pero permítanme que vuelva a mi narración.
»En aquellos momentos me hallaba desolado, convencido de que ustedes habían muerto, como tantas otras gentes, ya que la magnitud de la catástrofe no me permitía pensar otra cosa. Desde lejos, a simple vista, se apreciaban los efectos del huracán y de la lluvia. En estas montañas llueve copiosamente en esta época del año, pero nunca como aquella noche. Los árboles habían sido arrastrados en muchas laderas, como si un gigante los hubiera arrancado de cuajo y se veía la roca desnuda igual que cicatrices de proporciones gigantescas.
»Eso me convenció de que ambos habían sido arrastrados por la avenida y que jamás volvería a verlos. En cualquier caso, debía comprobarlo y algo más abajo pude encontrar a unos campesinos en la entrada de una cueva natural, de las muchas que existen en la región, que me contaron que habían perdido a sus hijos, que como tantos otros intentaron recoger el ganado para ponerlo a salvo…, sin conseguirlo.
»Los vi tan abatidos, era tal la desesperación que aquella gente transmitía, que decidí quedarme con ellos para ayudarles a buscarlos, aún con la certeza de la inutilidad de los esfuerzos.
»El resto del día lo pasamos descendiendo lentamente, por lo que apenas hacía unas horas eran cañadas y senderos ancestrales, pero que la fuerza del agua había destruido, haciéndolos impracticables.
»Dormimos a la intemperie, en un lugar propio de escaladores, ya que nos resultaba imposible volver a ascender, pensando en seguir intentándolo hasta que amaneciese. Era un empeño imposible, pero ya no podía hacer otra cosa. ¿Cómo iba a abandonar a aquellas pobres gentes, que lo acababan de perder todo, hijos, casas, rebaños y parientes? No. No podía hacer otra cosa que seguir con ellos, deteniéndonos de tanto en tanto, gritando en los cortados…, pero solo el eco devolvía nuestras llamadas.
»Fue entonces cuando uno de los pastores vio algo entre el barro… ¡Era usted! Nos dejamos caer, entre la hojarasca, golpeándonos sin sentir dolor, porque desde el primer instante comprendimos que los segundos contaban. Así era. Se encontraba usted, doctor Marsala, tan malherido y en tales condiciones, que todos dudamos de que pudiese resistir unas horas más. Cuando lo extrajimos del barrizal, aquel pastor me miró a los ojos, queriendo decirme que hubiese sido mejor dejarle allí enterrado, casi hasta el cuello.
»Pero la vida nos sorprende siempre. Fue un largo tormento para usted y un martirio para nuestros propios cuerpos agotados y lastimados, el sacarlo de aquel profundo barranco, ya que todos los senderos y veredas habían desaparecido.
»Sin embargo, los milagros ocurren. Nadie me podrá decir que aquel regreso no fue uno de ellos. Usted, doctor, aguantó hasta el límite y durante el viaje hacia Addis Abeba, increíblemente resistió.
»Después ya sabe lo que ocurrió. Como pudo salvarse forma parte del milagro. Yo tuve que huir, porque seguir en aquellos momentos en Addis Abeba me hubiese costado la vida.
»No sé por qué volví al mismo lugar. Aún hoy no logro explicarme que extrañas fuerzas volvieron a conducirme a aquellas montañas. Habían pasado ya tres semanas cuando me encontré con los mismos campesinos que me saludaron con afecto, porque no podían olvidar que intenté socorrerles. Esas gentes son muy pobres, pero tienen un sentido de la amistad y del honor que los recubre de dignidad.
»Fueron ellos los que me ayudaron y me proporcionaron comida y abrigo. Yo me encontraba en una situación precaria, y ellos creyeron que había vuelto para buscar los restos de algún ser querido, al igual que en su caso, pues seguían intentando dar con los suyos.
»Una mañana, escuchamos unos gritos entre la espesa neblina que lo cubría todo. Una de las mujeres me dijo excitada que acababan de dar con alguien. Ella creía que se trataba de uno de sus hijos y no podía disimular su inquietud, convencida de lo que la aguardaba.
»Gritamos y gritamos a la niebla que como un mar a nuestros pies nos impedía ver hacia abajo, temiendo que en cualquier momento surgiesen los hombres llevando con ellos un cadáver…, o lo que era peor, apenas unos restos devorados por las alimañas, pues ya habían encontrado otros en tal situación.
»Fui yo el sorprendido, al verlos llegar con unas parihuelas, en las que traían a una persona viva. Al acercarme, casi me derrumbo de la emoción. ¡Era la doctora Grazia! ¡Viva! ¡Un mes después! Me incliné sobre usted y entonces me di cuenta de que no podía verme. ¡Estaba ciega! ¡Ciega pero viva! La tomé el pulso y noté la piel seca y caliente…, su estado era crítico y comprendí que si no recibía de inmediato auxilio médico, tal vez no sobreviviría más de unas horas.
»Tal y como me había sucedido con el profesor Alessandro, aquellas gentes me acompañaron y la trajimos a marchas forzadas a este hospital de campaña. Esas montañas de ahí enfrente son la vertiente sur del Ras Dashan, que se encuentra apenas a cien kilómetros hacia el este. Nosotros sufrimos la tormenta a unos cincuenta kilómetros en la misma dirección.
»Bien, la cuestión fue que pudimos traerla. Recuerdo que al examinarla, el doctor Palla movió la cabeza negando, convencido de que tenía escasas posibilidades de sobrevivir. ¿Pero de qué están hechos ustedes, los italianos? En la región murieron aquella noche miles y miles de personas. Ustedes sobrevivieron a gravísimas heridas, en condiciones increíbles. Lo cierto es que aún hoy no logro explicármelo.
»Cuando comprendí que no podía hacer nada más, volví con mis amigos a las montañas. Ellos me habían ayudado tan generosamente, que no me cabía otra alternativa que seguir a su lado, aguardando otro milagro. Así permanecí conviviendo con la misma familia. Los Ronit, unas gentes como no he conocido otras, queriendo olvidar mi vida anterior, decidido a permanecer entre ellos.
»Pero no habían terminado los milagros. Usted, doctora Grazia, fue salvada por un hombre extraño, una especie de monje anacoreta, de los que jamás salen de las montañas. Dio con usted, la intentó curar mediante emplastos y bebidas calientes hechas de plantas medicinales. Lo cierto es que salió adelante. Bien, pues aquel ermitaño encontró días después el cadáver de uno de los hijos de Ronit. Hizo algo excepcional para él. Traerlo hasta nuestro campamento, pues vivíamos en unas cabañas hechas con ramas, mientras decidían donde volver a reconstruir sus casas.
»El ermitaño, cubierto de pieles, tal y como los vemos en los grabados de los libros sagrados, apareció con un envoltorio a modo de mortaja donde llevaba los restos del hijo mayor de Ronit.
»Pueden ustedes comprender la conmoción que supuso para aquellas pobres gentes, pero al tiempo, la sensación de gratitud hacia el monje, capaz de abandonar su cueva por pura compasión humana.
»El hombre colocó con delicadeza el fardo conteniendo los restos a los pies de la madre del chico y sin decir palabra, se volvió para marcharse. Al hacerlo, nos dimos cuenta que tenía una profunda herida en la espalda. Él no le daba importancia, porque estaba acostumbrado al dolor y a la necesidad. Pero no podíamos permitir que se marchase en aquellas condiciones y lo convencidos de que debía permitirnos coserle la herida.
»Accedió finalmente. No fue fácil, parecía empeñado en volver cuanto antes a su cueva, a su oración, a su soledad. Apenas era capaz de musitar unas palabras, pues según terminó confesándolos, llevaba cerca de veinte años en plena soledad.
»Fue entonces cuando le agradecí que hubiera rescatado y cuidado a la doctora Grazia. Él no le daba la más mínima importancia al hecho. No tenía nada que agradecerle.
»Recuerdo que una vez lo hube cosido, sin que él se quejara, se puso en pie para marcharse. Entonces se volvió hacia mí y con dificultades murmuró:
»—“Conocí a otro blanco en Ataba. Le llamaban el Ras Ebbenat”.
»Me sentí como alcanzado por un rayo. ¡El Ras Ebbenat!… pero si aquel hombre llevaría muchos años muerto. ¿No se trataba del padre del doctor Marsala? Bueno, quise entender que había vivido en aquel lugar, Ataba, un remoto valle al norte de la gran montaña, el Ras Dashan. Corrí hacia el ermitaño antes de que desapareciese monte abajo.
»—¿Cuándo lo viste? ¿Cuándo?
»El hombre iba embebido en sus pensamientos y tardó unos momentos en contestar.
»—“¿Cuándo? Creo que hace veinte años. Poco antes de que subiese a la montaña. Si, veinte años. Ni uno más, ni uno menos” —luego siguió caminando y desapareció en el mar de niebla.
»Ustedes saben como soy. Mi principal defecto es la curiosidad. No puedo vivir con el dilema, debo aclararlo todo. No era capaz de permanecer allí, sabiendo que podría tener la explicación aguardándome, apenas a unas jornadas de distancia. Así fue que me despedí de mis amigos, diciéndoles que tenía una importante misión que llevar a cabo y aquella misma tarde comencé a descender hacia Dabat, para dirigirme después desde allí hacia Adi Arkay, el lugar más cercano a Ataba.
»Tardé unos días en llegar a Adi Arkay. La guerra civil lo ha hecho todo más complicado. Vi muchos cadáveres en los márgenes de la carretera, poblados quemados y saqueados, refugiados yendo arriba y abajo, confusos, sin saber qué camino tomar. A veces algún pueblo entero huyendo de sus enemigos. ¡Ah, la guerra! ¡Qué cosa tan terrible!
»Pero pude llegar hasta Adi Arkay. Desde allí debía ascender por un camino tortuoso, alrededor de ochenta kilómetros casi impracticables para poder llegar a Ataba.
»Yo mismo me preguntaba que era lo que me estaba sucediendo. Qué sentido tenía buscar a alguien a quien jamás había conocido, que probablemente. ¡Qué digo!, con toda seguridad, estaría muerto y enterrado desde hacía muchos años, solo para encontrar una pista.
»¡Ah, sí, una pista! No podía dejar de pensar en ustedes dos, viniendo desde Italia, después de toda una vida, a un país remoto, en mitad de un profundo conflicto, sin atender a otras razones que los que les dictaba su corazón.
»Ya era también mi causa. Me sentía, ustedes me convencieron de ello, parte del equipo. Quería encontrar aquella pista, necesitaba hacerlo…, y ahora puedo decirles que lo logré.
A aquella altura del relato de Genet, tanto Grazia como yo nos hallábamos con el corazón en vilo. ¡Nos estaba diciendo que había llegado hasta el lugar donde se refugió un día mi padre! Era verdaderamente emocionante escuchar la narración de nuestro amigo Genet, que nos había mostrado con creces el valor de la amistad, pero que no dejaba de sorprendernos.
Genet interrumpió nuestras reflexiones, deseando terminar su emocionante relato.
—Permítanme que prosiga porque merece la pena.
»Pude encontrar dos porteadores. No es que llevara gran cantidad de equipaje, pero no quería ascender a la montaña y encontrarme de nuevo en dificultades. Pude adquirir víveres en un almacén de Ataba, cierto que pagándolos a precio de oro. Llevaba una tienda de nylon que recogí en Addis Abeba y ropa de abrigo. Este es un país de grandes contrastes y no podía permitirme caer enfermo.
»La cuestión fue que a lomos de mulas, comenzamos a ascender las fuertes rampas desde Adi Arkay hacia Ataba. Durante el trayecto no podía dejar de pensar en la leyenda del Ras Ebbenat. Iba animado porque uno de los porteadores, Salé Mula, me contó que él había oído hablar de un hombre blanco que vivía en la montaña, pero de eso, me dijo, hacía ya muchos años y nunca había vuelto a oír hablar de él.
»Tardamos cuatro días en llegar a Ataba. Era ya de noche cuando entramos en el pueblo, llovía con fuerza y necesitábamos refugiarnos y entrar en calor. Entramos en una especie de fonda, un gran patio donde se descargaba a los animales para llevarlos a la cuadra y unas pequeñas estancias donde podían dormir media docena de personas.
»Podrán entenderme si les digo que a pesar del cansancio ardía en impaciencia. Al muchacho que nos ayudó a llevar las mulas, le pregunté si había oído hablar de un hombre al que llamaban el Ras Ebbenat. No le causó sorpresa, simplemente afirmó con la cabeza: ¿El Ras Ebbenat? Sí, él lo había conocido, contestó.
»¿Pero cómo era posible? El chico no tendría quince años. Le volví a preguntar, enfocándole el rostro con mi linterna. Volvió a asegurarme. Claro —dijo— el judío italiano.
—Déjenme que les explique —Genet intervino de nuevo—. Permítanme que termine. Sí. Un judío italiano, al que todos conocían allí como el Ras Ebbenat…, y ahora viene lo mejor. Escuchen con atención.
»El muchacho me aseguró que él había hablado con aquel hombre, hacía menos de un año. Se trataba de un anciano, muy, muy viejo, aseguró, al que todos acudían cuando tenían algún problema, porque tenía fama de tratarse de alguien cargado de sabiduría. ¿Deseaba yo ir a su casa? Él podía guiarme, se encontraba muy cerca, apenas a media hora, en un valle después de atravesar el pueblo, por el camino que ascendía hacia el Ras Dashan. Bueno, estaba lloviendo a cántaros, hacia mucho frío, no había comido nada desde la mañana, tenía algo de fiebre y lo único que me atraía era dejarme caer en el jergón de paja limpia y seca que habían preparado en nuestra estancia.
»Pero verán ustedes. Soy esa clase de persona que nunca estoy tranquilo. Un inconformista dirían ustedes los italianos. ¿Cómo iba a dormir por muy cansado que estuviera sabiendo aquello?
»Así que asentí. Claro que quería que me llevara. Le enseñé un billete de cien birr, y al muchacho se le iluminaron los ojos. Él llevaba una especie de arpillera engrasada, y yo que he estado en Europa, un impermeable, que si bien no impedía que me mojara, algo hacía. Así que abrí la puerta y al hacerlo comprendí que el mundo era de los audaces, porque se trataba de una noche infernal, donde no se veía absolutamente nada un metro más adelante.
»Pero no podía quedarme. ¿Entienden? ¡No era capaz de irme a dormir sabiendo aquello! Así que comencé a caminar junto al muchacho. La luz de la linterna se la tragaba la lluvia. Era como ir a tientas. Pero aquel chico tenía como un sexto sentido y caminaba con decisión, así que yo me dejaba arrastrar, acordándome de mi santa madre, que siempre mantenía que no había conocido a nadie tan tozudo como su marido, es decir, mi padre. Yo le había salido en todo. Así que caminamos, empapados, helados, agotados, pero sumergidos en una absurda decisión de llegar. El muchacho soñando en lo que haría con el billete de cien birr, una suma que nunca había poseído. Yo con la necesidad imperiosa de descifrar aquel enigma que mi amigo el doctor Marsala me había inoculado como si fuera mío.
»Cuando ya no podía más, convencido de que iba a morir de un momento a otro, porque me costaba respirar y me dolían los pulmones más que los pies helados, vimos una lucecita en la oscuridad. ¡Habíamos llegado! Aquella era la casa del Ras Ebbenat, susurró el chico. No se lo van a creer, pero le entregué el billete empapado y arrugado y salió corriendo por donde habíamos venido, como alma que lleva el diablo.
»Así que allí me encontré, solo, confuso, medio enfermo, empapado, con la linterna apagada, pues la pila se había agotado. Pude acercarme a tientas sin mi lazarillo que huyó despavorido de aquel lugar, sin saber por qué.
»Toqué a la puerta. Alguien contestó —¡Quién va!—. Grité mi nombre, y ahora escuchen con atención y no me interrumpan, se lo ruego.
»Abrió la puerta un viejo de pelo blanco ensortijado, de piel negra como la mía, pero arrugada, arrugada como un pergamino.
»—“¿Quién eres?” —me preguntó. Yo sabía lo que tenía que decirle.
»—Soy amigo del hijo del Ras Ebbenat. —¿Qué iba a decirle?
»El viejo me observó con detenimiento al tiempo que me cogía del brazo para meterme dentro de la casa y cerrar la puerta.
»Una voz cascada se escuchó desde una esquina cerrada con una cortina:
»—“¿El hijo del Ras Ebbenat? ¿Y cómo se llama ese hijo?”
»Les diré que ya no podía más. No sabía lo que estaba sucediendo, si era fruto de una alucinación, o si había caído agotado sobre el jergón de paja de la posada y todo lo demás era solo una extraña pesadilla. Aún tuve fuerzas para contestar, aunque lo que me pedía el cuerpo era salir corriendo de aquel lugar. No soy miedoso, pero en aquellos instantes sentí verdadero pavor.
»—¡Alessandro Marsala! —contesté.
»¡Uff! La cortina se corrió de golpe y un anciano blanco, el hombre más viejo que he conocido nunca, tendido en la cama me observaba, iluminado por la escasa luz del quinqué que llevaba en la mano el otro viejo.
»—¡Sí, doctor Marsala! ¡No me va a creer, pero su padre, el Ras Ebbenat, el comandante Paolo Marsala, sigue vivo, en un lugar llamado Ataba!
En aquellos momentos la emoción que sentí era indescriptible. Un nudo en la garganta me impedía hablar y podía notar que a Grazia le ocurría lo mismo. Genet nos estaba contando una historia increíble, que me resultaba imposible aceptar, porque la figura de mi padre era para mí la de un ser mítico, que no podía llegar a tomar forma humana. Aquel hombre podría tener ochenta años contando los cuarenta y un años que hacía de su desaparición y los treinta y nueve que tenía en aquellos momentos. Bueno, una edad avanzada, pero la verdad, podría seguir allí, confirmando la intuición de mi madre que siempre se negó a aceptar que hubiera muerto. ¡Paolo Marsala! Un hombre convertido en leyenda, tanto en su tierra natal como en su país de adopción.
Grazia me preguntó con voz temblorosa, si creía que era cierto y afirmé con la cabeza. ¿No era aquella la tierra de los milagros?
—Tierra de dioses —aseveró Genet—. Esta es tierra de dioses y todo es posible aquí. El hombre parecía tan emocionado como nosotros, y tenía razón en estarlo. Él era ya también parte de la familia y así lo considerábamos tanto Grazia como yo, pues al fin y al cabo nos había salvado la vida, de una manera tan generosa que no podíamos verlo de otra manera.
Comprendí que debíamos serenarnos. La inesperada noticia nos había cogido por sorpresa. En la situación en que Grazia se encontraba, no me atrevía a moverla del hospital, lo más adecuado era que permaneciese el tiempo necesario sin fatigarse y lógicamente yo no debía ausentarme de nuevo, aunque ardiese en deseos de ver al comandante Marsala. Ni en mi interior me atrevía a llamar padre a alguien a quien no conocía más que por referencias. Jamás hubiese creído que pudiera suceder algo semejante y no me sentía preparado.
Tomamos, por tanto, la decisión de buscar una casa lo más cercana posible al hospital, para que Grazia pudiese seguir las prescripciones del doctor Palla y permanecer en ella un tiempo prudencial mientras me preparaba para ir a conocer al hombre que me había engendrado.
Él también desearía verme, aunque solo fuese por curiosidad. ¿Qué sentiría ante una situación semejante? A fin de cuentas, él y solo él había tomado hacía ya mucho tiempo la decisión de renunciar a tener una familia. Debía poseer poderosas razones para ello, permanecer oculto, sin comunicarse con su esposa, sin hacer el más mínimo intento de saber como estábamos, de conocer a sus hijos.
No era el cariño, por tanto, el que iba a acercarnos, sino más bien la curiosidad de conocerlo, de saber cuáles fueron las causas que le llevaron a tomar una decisión tan drástica.
El doctor Palla se acercó para advertirnos seriamente que Grazia debía permanecer echada, evitando esfuerzos innecesarios, si deseaba recuperarse pronto.
En cuanto a Genet, conocía a alguien en la ciudad y fue a ver si daba con él, con la idea de quedarnos unas semanas.
Genet nos había explicado que la situación política era cada día más inestable, hasta el punto que hablaba de combates cercanos entre las fuerzas progubernamentales y los rebeldes, con una catastrófica situación de los civiles, que poco tenían que ver en el conflicto y sin embargo, como casi siempre ocurría, eran los primeros afectados, y eso se podía comprobar viendo la interminable fila de gente que llegaba al pequeño hospital, buscando ayuda, algunos en penosas condiciones.
Todo aquello nos decidió a buscar una casa cercana lo antes posible y tras comprobar que Grazia se quedaba dormida en su litera, salí a ver si daba con Genet.
Aquella misma tarde encontramos lo que queríamos. Una casa, tal vez excesivamente grande para nosotros, apenas a trescientos metros del hospital, abandonada por una familia que había huido hacia Addis Abeba, buscando refugio. Solo permanecía un hombre mayor, sentado con un rifle entre los brazos, que le comentó a Genet que no podía moverse de allí para evitar que la saquearan. Genet le explicó que podíamos ayudarle a guardarla y el hombre aceptó. Pensó tal vez que no le cabía otra solución y que además se podría ganar unos pocos birr.
Volví a buscar a Grazia y el docto Palla no puso objeción, porque necesitaba todas las camas posible, aunque volvió a insistir que permaneciese echada o sentada, al menos un par de semanas.
Aquella noche no era capaz de conciliar el sueño. No podía dejar de pensar en la extraña situación. ¿Cómo iba a decírselo a mi madre? Creería que me había vuelto loco. Era una impresión demasiado fuerte para cualquiera. Ella había permanecido cuarenta años aguardando el regreso de su marido. ¡Cuarenta años!… No me sentía con fuerzas para llamarla por teléfono un día cualquiera para decirle ¿Qué tal, mamá? ¿Cómo van las cosas? Por cierto, ¿sabes que papá está viviendo en las montañas de Etiopía?… No. No podría hacerlo. En esos casos se necesitaba la ayuda de un psicólogo. Además mi padre no había hecho nada por verla o por avisarla. Era como una separación legal, en la que un cónyuge abandona al otro…, y nadie podía interponerse. Las cosas eran así.
En cuanto a mi padre, se trataría de un hombre extraño, alguien con el síndrome de Robinson Crusoe, esa clase de persona que por propia voluntad, no solo abandona a su familia, sino mucho más, un mundo propio, su casa, sus bienes, el patrimonio, fincas, en definitiva, sus responsabilidades en todos los sentidos. ¿Qué se podía hacer ante un comportamiento semejante?
Era más que evidente que el comandante Paolo Marsala no nos quiso como hijos. Que de una manera muy clara, repudió a su familia definitivamente y se escondió en su isla desierta…, con su propio Viernes, prescindiendo de todo lo demás.
Reflexionaba que cuando decidí investigar sobre ello, jamás pude imaginar algo semejante. Nos encontrábamos con una enorme sorpresa, que en lo que a mí se refería, me proporcionaba sobre todo una gran curiosidad, pero ningún sentimiento en principio. A fin de cuentas, él había prescindido de nosotros y eso era recíproco.
Pero no se trataba de un proceso reflexivo y distante. Aquel hombre no era solo un mudo espectador en el largo drama, sino el principal protagonista, y eso movía mi curiosidad hasta el punto de no saber qué decisión tomar; si dejar a Grazia con el doctor Palla como sería lo más prudente, y marchar a buscar al Ras Ebbenat acompañado del fiel Genet.
No tenía otra opción que esta última, porque aquel hombre podría morir en cualquier momento, y en tal caso, no me perdonaría jamás no haber ido a conocer su secreto.