Tierra de dioses
Capítulo 23. Fantasma del pasado
CAPÍTULO 23
FANTASMA DEL PASADO
En Adi Akay me aguardaba impaciente Genet, que se había provisto de todo aquello que pudiera hacernos falta en el trayecto hasta Ataba, apenas setenta kilómetros en línea recta, pero más del doble en realidad, además de tratarse de un camino destrozado por las últimas lluvias que habían ocasionado, por lo que nos dijeron, grandes desprendimientos, haciendo imposible su tránsito.
Genet era hombre prudente y los últimos acontecimientos lo habían vuelto extremadamente conservador, por lo que durante la espera contrató a varios ahmaras y los proveyó de armamento. También provisiones suficientes, un botiquín de campaña adquirido a unos contrabandistas rebeldes, sin preguntar de donde lo habían sacado, aunque todas las etiquetas lo relacionaban con Naciones Unidas. Además de cordajes, material de acampada… Todo lo que pudiéramos necesitar, comprado a un precio tres veces superior a su valor, pero absolutamente indispensable si deseábamos tener posibilidades de éxito.
En Etiopía, y mucho más en aquellas montañas gigantescas, cualquier pequeño incidente podría transformarse en una verdadera catástrofe. Por eso, cuando pude abrazar a Genet y me explicó en detalle todo lo que había previsto, comprendí que contaba no solo con un fiel compañero de fatigas, sino con alguien muy capaz.
Aquella primera noche la pasamos en una cabaña propiedad de uno de los jefes locales, a los que Genet había convencido de que yo era alguien muy importante en el nuevo régimen de Addis Abeba, y que me encontraba allí como asesor. No es fácil comprender algo así en Europa, pero en aquellos momentos, en el corazón de la región de Bagemdir, en plena guerra civil, en donde la vida solo valía unos centavos, las cosas se obtenían utilizando cualquier argumento mínimamente creíble. El hecho de que yo fuese blanco y estuviese allí, los convencía de ello, era innecesario dar otras explicaciones.
No puedo explicar lo que sentía dentro de mí. Estaba llegando al fin del camino, pero al tiempo, me sentía incapaz de aceptar que iba a encontrarme con mi padre. Aquel hombre había sido siempre un mito para mí, alguien situado en otra dimensión, y a cada paso que daba en la dura ascensión, bajo una cortina de agua, empapado de pies a cabeza, no hacía más que imaginar como iba a desarrollarse un encuentro imposible. Llegaba a pensar si no me desmoronaría como un niño sometido a una tensión excesiva. ¿Querría verme en realidad aquel hombre? ¿No estaría invadiendo un santuario elegido por él para apartarse de todo por algún motivo desconocido?
Veía caminar a Genet siguiendo a uno de los guías contratados, a fin de evitar perdernos, o encontrarnos de bruces con un grupo de rebeldes armados, en unos momentos en los que podría llegar a suceder cualquier cosa, incluso que nos asesinaran por el solo hecho de encontrarnos en un lugar tan peligroso, como los límites fronterizos entre los guerrilleros eritreos y las tropas del nuevo gobierno de Addis Abeba.
Mientras intentaba caminar hundiéndome en el barro, reflexionaba que todo lo que me estaba sucediendo se debía a mi tozudez, al empeño en buscar los fantasmas del pasado y que mi otro yo debía encontrarse en la acogedora biblioteca de la universidad, hojeando unos textos, sin otro problema que decidir donde cenar esa noche.
Pero cada hombre elegía su destino, caminaba tras él entre rocas y espinas, con frío o calor, sin poder hacer otra cosa que intentar cogerlo. En mi caso, el origen de todo comenzaba con un niño abriendo un desvencijado cajón en el desván y sacando un uniforme de botones dorados, unos viejos libros y un álbum de fotos. No podía olvidar lo que sentí al abrirlo y encontrarme con los ojos del mismo hombre que mi madre tenía en un portarretratos en la mesita de noche.
Faltaba poco para volver a encontrarme con ellos, ahora probablemente más mortecinos, pero en la realidad, no en una vieja foto del álbum escondido.
Caminábamos mecánicamente, la única manera de hacerlo en aquellas condiciones, atrapados en el viscoso barro, sin ser capaces de ver apenas unos metros, en un silencio atronador a causa de las gotas de lluvia que nos golpeaban insistentemente.
Yo era tal vez el más débil de aquella corta expedición de media docena de hombres. Un europeo de ciudad, cuyo mayor esfuerzo era acarrear una caja de libros de una estantería a otra, forzado por su propio carácter a encontrar su destino…, y sin embargo nunca antes, en ningún otro lugar, en ningún otro momento me había sentido tan realizado, tan profundamente humano como en aquellos instantes, caminando lentamente, intentando ajustar mis pisadas a las de Genet.
No sé cuanto llegamos a andar aquel día, ya no sentía mis piernas y mi corazón bombeaba una y otra vez, golpeando con fuerza mi pecho dolorido. Solo recuerdo que de pronto, sin esperarlo, la lluvia acabó y como si unos duendes corriesen un gigantesco telón, apareció ante nuestros ojos la enorme silueta del Ras Dashan, con sus laderas nevadas, tan cercanas en apariencia, que tuve la impresión de que solo con alargar el brazo sería capaz de tocarlas.
No se puede explicar como es en realidad el paraíso. Dante lo intentó y casi logró hacerlo. A mí nadie tendría que decirme como debería ser. Lo tenía frente a mí, con unas altísimas cascadas, de un manantial inagotable de las nieves eternas de las cumbres, cayendo por vertiginosos barrancos para fundirse en el verde lujuriante de los bosques de coníferas allá abajo. Grandes águilas batían sus alas de tanto en tanto, mientras el techo de nubes se disipaba permitiendo entrar el sol de los trópicos.
Aquel mundo intocado apenas por la mano del hombre llevaba así desde el principio de la creación. Era el Edén, y al verlo, comencé a intuir por qué Paolo Marsala había elegido permanecer en él.
Allí, en aquel mirador privilegiado, montamos el campamento para pasar la noche, aunque a pesar del frío reinante, me acosté fuera de la tienda, metido en mi saco de dormir, observando hipnotizado un cielo cuajado de estrellas, con una ancha cinta de plata atravesándolo.
En algún lugar de aquellas tremendas montañas se encontraba mi padre, aguardándome, sabiendo que antes o después iría a verlo, tal vez contra su propio deseo, pero sin poder evitarlo, intuyendo como yo, que nunca habíamos estado tan cerca el uno del otro.
A la mañana siguiente proseguimos caminando. Ataba se encontraba muy cerca. El aire limpio y fresco penetraba en mis pulmones y me impulsaba a seguir.
Llegamos a Ataba a primera hora de la tarde. Solo habíamos tomado un bocadillo, impacientes por saber que nos deparaba el destino.
Genet logró encontrar al muchacho que le había guiado la noche de la tormenta. Se mostró feliz al ver que podía ganar algo de dinero y sin más se colocó delante y comenzó a andar con rapidez.
De pronto allí estaba la cabaña, rodeada de enormes árboles que la empequeñecían.
En la explanada un viejo cortaba leña con una hacha. Sabía que se trataba de Gebre Bekele y me acerqué con rapidez hasta encontrarme a una docena de pasos, seguido de Genet. El hombre sabía que alguien se acercaba pero no dejó de trabajar, como si no sintiese el más mínimo temor.
Entonces levantó la vista, me miró detenidamente y sin más, en un italiano aceptable, murmuró:
—Tu padre está aguardando. —Luego levantó de nuevo el hacha y siguió con su leña.
Empujé la puerta con el corazón desatado. Estaba sucediendo un milagro y yo era uno de los protagonistas.
La cabaña se encontraba casi a oscuras. Unos leños crepitaban en la chimenea proporcionando algo de calor pues la tarde era fría.
Alguien habló desde el fondo, protegido en parte por una cortina vislumbré un lecho.
—Alessandro, acércate, yo no puedo hacerlo.
Caminé lentamente. Tenía la impresión de hallarme en el interior de un sueño y sabía por experiencia que podría terminar en cualquier momento.
—Hola padre. Me alegra haber venido.
Me senté en la cama y él alargó su mano izquierda, le rocé los dedos, fríos como el hielo y le miré a los ojos. Aquel era el comandante Paolo Marsala, el hombre que despareció un día, hacía casi cuarenta y un años. Sin poder evitarlo se lo pregunté. Necesitaba saberlo.
—¿Por qué no volviste? Alguien te esperaba en casa.
El anciano me observaba sin decir palabra mientras una lágrima corría por su mejilla. Luego levantó la manta con su mano izquierda. Me quedé sin saber que decir. Aquel hombre no tenía piernas ni brazo derecho. Solo escuchaba latir mi corazón apresuradamente.
—No pude hacerlo. Durante mucho tiempo estuve entre la vida y la muerte. Después comprendí que en Italia hubiese sido un inválido dependiente de alguien que hubiese sacrificado toda su vida por mí. Aquí, en cambio, me necesitaban. Me convertí al judaísmo. He sido durante muchos años una especie de guía espiritual para esta gente, los falashas. Ellos me han dado mucho más, son generosos, compasivos, creyentes y siempre me han ayudado sin esperar otra cosa que mis palabras… No podía volver, abandonándolos cuando muchos de ellos me pidieron que siguiera aquí. Pensé que sería lo mejor. Mi mujer se habría casado con otro, tendríais una familia, yo solo sería un recuerdo. Vosotros no podíais echarme de menos, porque nunca me conocisteis. Tal vez me equivoqué. Pero no podía volver así y convertirme en una carga y en objeto de pura compasión. Perdóname si me equivoqué.
No sabía qué contestarle. Solo lo abracé y él golpeó con suavidad mi espalda con su única mano mientras decía.
—Bueno, después de todo, la vida ha sido generosa con nosotros, y aunque al final, me ha permitido conocerte. Demos gracias a Dios por ello. Yo fui durante muchos años un pecador indiferente a sus llamadas, hasta que un día comprendí que no podía seguir ciego, sordo y mudo. Fueron los falashas los que me hicieron entender y todo cambió para mí aquel día.
No sentía vergüenza al llorar como un niño. No tenía nada que ver con lo que aquel hombre me estaba contando, pero por alguna extraña razón, sentía que dentro de mí algo había cambiado también para siempre.