Tierra de dioses
Capítulo 12. Etiopía
CAPÍTULO 12
ETIOPÍA
Grazia tenía muchos más resortes de los que yo pudiera imaginar. En efecto, los viajes a Etiopía habían quedado restringidos desde la revolución hacía un año y medio, a mediados del 74. Desde el ministerio de Asuntos Exteriores nos recomendaron no ir. Dijeron que no era el momento adecuado, que debíamos esperar a que las cosas se aclarasen.
Eso era muy fácil decirlo, y desde luego imposible de seguir como consejo, al menos para mí. Grazia tenía otras muchas virtudes, pero la prudencia no era la más acendrada en ella y no dudó en acudir a su hermano, alto funcionario del ministerio para obtener el visado que nos permitía permanecer un mes como máximo en el país, bajo el amparo de las Naciones Unidas, desarrollando supuestamente una investigación sobre la situación de la economía local.
Tuvimos que volar a Londres para recoger el visado y desde allí, con BEA, volar a Addis Abeba. Eso fue el 16 de septiembre de 1976.
Decir después que aquello fue una total imprudencia es algo obvio. Pero teníamos la ciega certeza de que nada podría ocurrirnos. Eso suelen pensar muchas personas que por su profesión deben mantenerse siempre en primera línea, como los militares que llevan a cabo misiones especiales, o los reporteros de guerra.
Nosotros no éramos ni lo uno ni lo otro, solo dos personas testarudas, que no querían dar su brazo a torcer, aunque para ello tuvieran que meter la mano en el avispero.
Genet Zewaite era reportero del Ethiopian Herald. Lo habíamos conocido en el mismo aeropuerto de Londres, cuando se acercó a nosotros extrañado. Éramos los únicos tres civiles que viajábamos en el avión, junto con una compañía de soldados ingleses, que hacían el mismo trayecto.
Cuando le explicamos que íbamos a permanecer cuatro semanas en su país, nos observó como si estuviéramos locos. —¿Ustedes saben cuál es la situación en Etiopía? No les aconsejo que sigan adelante, porque se pueden ver en serias complicaciones—. En ese mismo instante tuvimos que ir hacia la puerta de embarque y pensé que el destino no nos permitía abandonar.
Durante el trayecto, como e avión iba medio vacío, se acercó a nosotros y se sentó junto a mí. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de ojillos penetrantes, extremadamente delgado, vestido con un traje de cuadros que le hacía parecer aun más enclenque.
—Mire, señor… ¿Marsala me dijo?… ¿Italianos?… Etiopía está viviendo una época muy difícil, muy complicada para los que somos de allí y para los que nos visitan. Por cierto y perdone el atrevimiento, donde nadie que esté en su sano juicio se le ocurre ir ahora… Verá, en estos momentos dirige el país el general Teferi Bente, el líder del Consejo provisional de Administración Militar… pero en cada región, el poder lo ostenta la correspondiente guerrilla. Son los insurgentes los que dominan en realidad el país, creando una situación de absoluta confusión… ¿Me permite preguntarle adónde se dirigen ustedes?
El hombre me observaba inquieto, y lo que era aún peor, estaba consiguiendo contagiarme su inquietud.
—Pretendemos estar unos días en Addis Abeba… y después viajar a Gonder…, junto al lago Tana…
—Bien, bien. Veo que ustedes no se arredran fácilmente. En Addis Abeba mal que bien podrán permanecer unos días, si no se les ocurre viajar a los alrededores, pero lo de Gonder… Eso no se lo aconsejo, en absoluto. Es muy, muy, pero que muy peligroso. ¿Entiende? Les puede suceder cualquier cosa. Verá usted, yo soy periodista…, de hecho jefe de redacción internacional en el Ethiopian Herald…, y no me gustaría nada tener que escribir una crónica acerca de la desaparición de unos extranjeros…, y menos aun, de unos italianos. ¿Comprende?
Al observar sus pequeños ojos, un tanto burlones, por un momento llegué a pensar si no nos estaría tomando el pelo. En cualquier caso, Grazia parecía dormitar plácidamente y preferí que no hubiera oído sus palabras.
—Verá —contesté con una cierta ironía—. Estamos intentando descubrir algo muy importante para nosotros. Sabemos que no es fácil, pero no íbamos a aguardar años para poder venir… En fin, hemos estudiado la situación y asumimos los riesgos… Verá, mi padre desapareció aquí durante la campaña del treinta y seis. Hace cuarenta años, y quiero saber lo que ocurrió…, no sé si me entiende…
—¿Su padre desapareció hace cuarenta años aquí… y viene ahora a intentar buscar su rastro? Perdóneme, pero nadie le va a creer. Es una historia increíble. Verá, yo doy las noticias de un día para otro, no puedo entender lo que me está diciendo.
El avión pasaba en aquellos instantes por una zona de fuertes turbulencias y tuve que tragar saliva. Por alguna razón no había querido contarle un cuento al hombre. Algo en él me atraía. Tal vez su aspecto desvalido, o su interés por nosotros. Tenía la impresión de que deseaba ayudarnos y decidí explicarle los detalles. Aquello me distraería mientras llegábamos.
—Mire, Mr. Zewaite. Esto es muy importante para nosotros…, especialmente para mí. Tengo la certeza de que mi padre no murió cuando el ejército italiano se lo comunicó por carta a mi madre. Probablemente las cosas fueron de otra manera y necesitamos saber cómo.
Tardé cerca de una hora en contarle todo lo que sabía a Genet Zewaite. Me escuchó atentamente, sin interrumpirme ni una sola vez, y tuve la impresión de que la historia parecía interesarle.
Para cuando terminé de hablar, nos encontrábamos ya haciendo la maniobra para aterrizar. Entonces me miró a los ojos un instante, mientras decía.
—Bueno, la suerte está echada. Ustedes ya están aquí… y tal vez pueda ayudarles si me lo permiten.
Estreché su mano en prueba de amistad. Me sentía satisfecho. Al menos teníamos un amigo en aquella tierra oscura, que de tanto en tanto brillaba bajo el avión a la luz de los relámpagos.
Aterrizamos en plena tormenta, con el avión sorteando un cúmulo nimbo situado sobre el aeropuerto. Llovía torrencialmente y tuvimos que bajar en plena pista, porque la terminal se hallaba fuera de servicio. Mientras corríamos bajo los relámpagos, me maldije una y otra vez, convencido de que mi estupidez iba a conducirnos a un grave problema.
Genet nos ayudó decisivamente con los farragosos trámites de entrada en el país. No miraron como simpatía los pasaportes italianos. Algo tan lejano permanecía en el ambiente. Mussolini había desaparecido hacía muchísimos años, pero su sombra seguía viva entre ellos.
Genet Zewaite nos había adoptado. Un destartalado coche con un rótulo del periódico, un Chevrolet del 60 de color rojo aguardaba bajo el tremendo chaparrón. Le pedimos que nos condujera a un hotel, pero Genet se empeñó en llevarnos primero a su casa a pesar de nuestras protestas.
—Miren, esta noche la pasan en mi casa. Está limpia y más o menos ordenada, y mañana les busco un hotel en condiciones. Así podremos seguir hablando y todo va a ir mejor, ¿si?
No hubo manera de hacerle cambiar de opinión. Yo creía ser una persona tozuda, pero conocer a los etíopes me demostró que todo en la vida era relativo.
—Este es mi chofer y buen amigo Mulatu Shewa. Mula, vamos a casa, estos amigos son italianos, pero de los buenos… Allí tomaremos un café caliente, luego descansarán tranquilamente y mañana buscaremos el mejor hotel de Addis Abeba.
El mejor hotel de la ciudad resultó ser su casa. No consintió en que nos fuéramos de allí, y la verdad es que tuvimos que agradecerle el gesto. Se trataba de un barrio residencial, abandonado, con algunos edificios incendiados, pero según él, eso ya había pasado. Mientras siguiéramos sus consejos no tendríamos nada que temer. ¿Adónde íbamos a ir? Prácticamente no funcionaba con normalidad ningún hotel. En su casa nos cedió una habitación limpia, aunque eso sí, teníamos que dormir en el suelo sobre unas esteras de paja. No era tan malo después de todo y Grazia se sentía allí relajada y tranquila.
Al día siguiente dimos una larga vuelta por la ciudad en el Chevrolet. Una vez en el centro, fuimos caminando hacia la redacción, porque se empeñó en enseñarnos donde trabajaba.
Addis Abeba se nos mostró como una ciudad muy extensa, envuelta en un halo de nostalgia, como si hubieran terminado los buenos tiempos para ella. La tempestad con la que habíamos llegado se había disipado, dejando tras sí ramas rotas, algún árbol caído, los edificios chorreando y las calles convertidas en barrizales.
A pesar de los destrozos, se percibía una belleza marchita por los avatares y vencida por el tiempo, pero que seguía allí, con una cierta insolencia, entre enormes árboles donde algunos monos y aves de toda clase se refugiaban, lanzando agudos gritos y chillidos a los escasos transeúntes.
Genet no solo era nuestro improvisado anfitrión, sino sobre todo un nuevo amigo que pretendía ayudarnos en todo lo que necesitáramos. Mi humor también había cambiado después de la oprimente sensación de haberme equivocado que me sobrecogió al aterrizar.
En cuanto a Grazia, siempre tan vitalista, parecía disfrutar con la experiencia. Se llevaba muy bien con Genet y hablaban en italiano, que nuestro amigo dominaba a la perfección.
Teníamos algo en común. También él era viudo. En su caso, su mujer había muerto de malaria. Me extrañó, porque se le veía un hombre culto y preparado, y para un europeo, esa enfermedad se asociaba con el tercer mundo.
—Está usted equivocado, amigo mío. La malaria afecta a centenares de millones de personas en todo el mundo. Es probablemente la causa del mayor número de muertes…, y aquí, en Etiopía es fatalmente frecuente. Mi mujer era profesora de un instituto en Genet, un pueblo muy cercano…, de mi mismo nombre. Cogió un tipo de malaria mortal y duró menos de dos semanas. No se pudo hacer nada por ella. Por cierto, deben tener cuidado y además de la dosis de quinina deben frotarse la piel con la loción repelente todos los días. Hay cosas que no se les deben olvidar.
Más tarde, mientras comíamos, Genet nos hizo un resumen de los últimos años.
—Verán, el Negus era una persona decente, quiero decir que no era esa clase de gobernante déspota que va a aprovecharse de su pueblo. Muy al contrario, él había vivido el exilio durante la dominación fascista y sabía lo que era perderlo todo. Él fue el impulsor del sufragio universal, aunque claro, el sistema feudal que impera en este país no se puede modificar de la noche a la mañana.
»El desastre vino por la anexión de Eritrea, es cierto que era una parte indisoluble de la Ityopya histórica, pero fue como meter una fruta podrida en un cesto de fruta sana… Ya ven a donde nos está llevando el asunto… También hay que entender que en este país no hay una etnia, sino muchas, como la Torre de Babel, gentes amhara, tigré, soan, todos ellos cristianos, los galla, musulmanes, al igual que los danakil y los somalíes…, negros, bantúes, niloticos, todo ello mezclado en una amalgama de tribus y clanes…, algo imposible de controlar y menos aun de administrar. Eso ha generado multitud de problemas de identidad étnica.
»Ya en 1960 hubo un golpe de estado que se gestó entre los propios oficiales de la guardia imperial, lo que hizo que el Negus desconfiara de todo el mundo… y comenzó la represión de los estudiantes, ya sabe, a medida que se les iba dando la mano, ellos querían todo el brazo, y… así se fueron complicando las cosas.
»Por otra parte aparecieron graves problemas entre musulmanes y cristianos. Aquellos hablaban del panislamismo, eso sí, de un islam wahabita, dada la importante influencia de los musulmanes más integristas y radicales, en contraposición a los cristianos que hablaban de modernidad y mayor democracia interna.
»Es indudable, y no se lo puedo ocultar, que este es un país en el que siempre ha habido mucha corrupción, se presta a ello el régimen feudal que sigue imperando a pesar de los esfuerzos. Eso llevó a una situación de pobreza del pueblo, en mitad de una larga época de sequía, que asoló todo el cuerno de África. Arreciaron las protestas, culpando al emperador de no haber hecho todo lo que podía y hace apenas un año y medio, como ya conocen, fue depuesto Haile Selassie…, los militares lo mantuvieron prisionero en uno de sus palacios, aunque muchos no estaban de acuerdo con la medida. Dicen que murió de tristeza en agosto del año pasado…, pero si quieren les puedo presentar a uno de sus mayordomos, que pudo acompañarlo hasta el final, Addisu Bale. Tengo buena relación con él, porque es tío de mi difunta mujer.
»Hay que tener en cuenta también que este es un país, digamos administrativamente, cristiano, es decir, el poder es cristiano copto. Saben ustedes bien que hasta hace pocos años hemos dependido del metropolitano egipcio. Somos exactamente cristianos monofisitas, como la iglesia egipcia, siria o armenia. Eso ha generado un sentido de casta. Aquí el dominio del poder es cristiano, después, siempre mantenidos a raya se encuentran los musulmanes y en la base, los animistas…
»Hace un par de años hubo graves desórdenes, y una parte del ejército dio un golpe de estado. Cayó el primer ministro y fue sustituido por Makonnen, de tendencia más liberal… pero los desórdenes, el malestar y la hambruna se extendieron como la pólvora. En septiembre de 1974 fue derrocado el Negus…, que apenas aguantó unos meses en su prisión para morir… Ahora estamos bajo el gobierno del Consejo provisional administrativo militar, el Dergue, dirigido por Andom…, y no sabemos qué va a ocurrir, pero ya les anticipo que nada bueno. ¿Quieren conocer a Addisu Bale?… les será útil, porque vivió toda su vida junto al Negus y ha visto muchas cosas…
Entusiasmados por la idea fuimos, pues, hasta donde vivía Addisu Bale, en un barrio de la periferia. En una casa con un pequeño jardín que parecía hallarse en ruinas, al igual que la mayoría de los edificios de la ciudad. Un perrillo de color canela avisó de nuestra presencia ladrando histéricamente. Genet abrió la puerta mientras murmuraba algo en amárico, alguien contestó desde dentro de la casa y vimos como un hombre alto y al igual que nuestro guía, extremadamente delgado, nos lanzaba una mirada de desconfianza. Debía tener unos ochenta años, pero sus movimientos aún mantenían una cierta agilidad. Genet por deferencia hacia nosotros se dirigió a él en italiano, idioma en el que el viejo Addisu contestó con soltura.
—Mira tío Addisu, estos son mis amigos, los profesores italianos Grazia y Alessandro Marsala. Han venido buscando la pista del padre de Alessandro, un comandante italiano que desapareció cerca de Gonder durante la campaña de Mussolini… Les gustaría escucharte acerca del Negus…, les he dicho que tú lo conociste bien… ¿Quieres contarnos algo?
El viejo Addisu nos observó detenidamente, luego asintió moviendo la cabeza. En el fondo daba la impresión de que le era indiferente su soledad o hablar con nosotros, pero ya que se lo pedía su pariente, que probablemente le estaría echando una mano, nos invitó a entrar en su casa.
Nos sentamos junto a una oxidada estufa de fundición. Todo era muy escueto, no había nada que recordara su otrora importante función cerca del emperador, solo su presencia y su porte nos hacía ver que no se trataba de un vulgar campesino. La temperatura en el interior de la casa era agradable gracias a la pequeña estufa que debía mantener siempre encendida.
—No puedo ofrecerles nada, porque nada tengo —su italiano era perfecto, sin el más mínimo acento, su timbre tampoco parecía el de un anciano, sino el de alguien acostumbrado a mandar—. A lo largo de mi vida lo tuve todo, ahora las cosas han cambiado y ya solo espero que Dios me llame pronto. No me gusta este mundo que viene, y ya soy demasiado viejo para cambiar… Soy pariente lejano del Ras Tafari…, teníamos prácticamente la misma edad y me asignaron a él apenas cumplí los veinte años. Debía servirlo en todo, vigilar su espalda, probar sus alimentos, mantenerme en vigilia mientras él dormía, escuchar lo que le decían unos y otros, adivinar la traición antes de que llegara el puñal…, en definitiva, una especie de ángel de la guarda…, eso que ustedes llaman guardaespaldas, pero de por vida.
»El ras Tafari era hijo del ras Makonnen, soldado brillante y nieto del rey de Shoa, Haile Melekot. Fue nombrado regente a los veinticuatro años tras una serie de intrigas palaciegas y desde el primer momento en que tuvo el poder, se mostró como un hombre misericordioso…, tanto que su primer decreto fue para abolir la trata de esclavos, también comprendió que Etiopía no podía seguir al margen del mundo que nos había tocado vivir y pronto nos incorporamos a la Sociedad de Naciones. En 1930 fue nombrado emperador, a la muerte de la emperatriz, con el nombre de Haile Selassie I. No fue fácil para él, pues tuvo que imponer la paz en todas las provincias y otorgó casi enseguida una constitución… Después llegó la guerra, traída por los italianos. Recuerdo bien el asunto de Wal-Wal, no fueron los etíopes los que mataron a los soldados italianos, sino los propios fascistas. Necesitaban una importante excusa para invadir el país.
»Les voy a contar algo que poca gente sabe, porque siempre se ha mantenido en absoluto secreto…, probablemente porque el intento del Duce no tuvo éxito. A últimos de abril del 36, un avión aterrizó en Addis Abeba. Los soldados de la guardia imperial escoltaron a los visitantes hasta el palacio donde residía el Negus. Yo estuve en la entrevista que se celebró en la sala de audiencias entre mi señor, el emperador Haile Selassie y el inesperado invitado, nada menos que Benito Mussolini, el Duce.
»¿Por qué vino hasta aquí? ¿Cuál fue el motivo? Tal vez quiso que el Rey de Reyes aceptase públicamente la derrota a manos del nuevo césar. ¿O que le rindiera vasallaje?… cualquiera que fuera la causa, estaba equivocado.
»La cuestión fue que se encontraron ambos frente a frente. Una docena de fieles tras nuestro señor, vestido con un uniforme militar, sin sus condecoraciones. Enfrente, Mussolini, también de uniforme, cargado de medallas, con guantes negros. ¡Tendrían que haberlos visto! Allí estaban un emperador cuyo linaje se remontaba al rey Salomón y a la reina de Saba, y frente a él… un advenedizo, hijo de un herrero de Forli, que en su juventud había huido a Suiza para no hacer el servicio militar… Nuestro emperador, enjuto, con su barba recortada, sus ojos negrísimos, su piel oscura. El Duce, pálido, sudoroso, incómodo, pretendiendo aparentar lo que no era. Uno seguro de sí mismo, el otro…, en fin… tras él, Galeazzo Ciano, el comandante que había dirigido los ataques aéreos, su yerno… que terminaría traicionándole. ¡Ah, la historia!… al final pone a cada uno en su lugar. Recuerdo que el Duce no podía apartar sus ojos de un cachorro de león que jugueteaba a los pies del trono de oro macizo. ¡El León de Judá y el maestro de Forli! No olvido la conversación que tuvo lugar, porque se quedó grabada en mi mente.
»—“Majestad” —así se dirigió al rey, Mussolini— “mis tropas se hallan rodeando Addis Abeba. Solo os queda la rendición. Si salís conmigo a ese balcón, todo será distinto, seguiréis aquí, en vuestro palacio como emperador de Etiopía, después de firmar un tratado de amistad con mi país, en el que reconoceréis que nuestra presencia aquí es aceptada por vuestro gobierno. A partir de ese instante, Etiopía recibirá compensaciones económicas y ayuda de Italia. Es la mejor salida para vos y vuestro país…, ahora bien, si no aceptáis, mis mariscales, Badoglio y Graziani, entrarán en este palacio antes de una semana, como el ejército de un país que viene a sacar a Etiopía de la ignorancia, el feudalismo y la pobreza. Vuestra es, por tanto, la responsabilidad. Si os puede el orgullo, perjudicaréis a vuestro país, si aceptáis mi mano, la historia os considerará un monarca inteligente y justo, que supo elegir para su pueblo lo mejor en un momento crítico”.
Addisu detuvo un instante su apasionante e increíble historia mientras atizaba el fuego. Observé su perfil que me recordó el de su señor, el emperador desaparecido. Emitía un aire de nobleza y las arrugas de sus párpados eran como las de un viejo pergamino requemado por el tiempo. Me sentía abrumado por las circunstancias; aquel relato desconocido para todo el mundo, nos hacía entrar en los recovecos de la historia más emocionante. Observé a Grazia, tenía los ojos húmedos; al igual que yo, se sabía una privilegiada al encontrarse allí, en aquella humilde casa que albergaba la historia viva de un país que tanto había influido en la de Italia. Genet me lanzaba nerviosas miradas de complicidad, como queriendo expresarme su satisfacción por habernos podido brindar aquella maravillosa oportunidad.
—Recuerdo con precisión —continuó Addisu con los ojos entrecerrados — como si volviera a estar allí, todo lo que ocurrió, lo que uno y otro dijeron. Sabía, ya entonces, la importancia histórica de aquella entrevista. Al finalizar su propuesta, Mussolini tuvo un gesto compulsivo que mostraba su impaciencia y su tensión, golpeándose las botas de montar con un latiguillo de unos cincuenta centímetros que portaba en su mano izquierda.
»Mientras, habían ido entrando varios obispos y algunos ministros. No les he dicho que Mussolini llevaba con él una escolta de unos treinta hombres escogidos, todos ellos pertenecientes al regimiento de camisas negras, y le acompañaban además de Ciano, otros dos altos funcionarios. La escolta no entró en el salón del trono, salvo seis hombres que tomaron posiciones en las esquinas. Era absurdo, la entrevista se había pactado en los días anteriores, según supe después y el dictador obtuvo garantías suficientes…, además iba contra las sagradas leyes de la hospitalidad. Mientras se encontrara allí, nadie osaría atentar contra él, no solo tenía la palabra del emperador…, era algo obvio.
»Mi señor, Haile Selassie, el rey de reyes, el Nigusa Nagast, observaba silencioso como el cachorro de león que le había enviado como presente el ras de la provincia de Sidamo, jugaba mordisqueando los flecos de la alfombra.
»Mussolini seguía aguardando la decisión con impaciencia. Si conseguía que el Negus aceptara su propuesta, Italia demostraría a la Sociedad de Naciones que su campaña tenía sentido…, en caso contrario, todo el mundo sabría que un país indefenso había sido violentado por una potencia extranjera.
»Entonces mi señor habló pausadamente sin que la tensión de aquellos momentos se reflejase en sus palabras.
»—“El rey Salomón engendró una dinastía de la que yo desciendo, me corresponde pues, por derecho divino, elegir el destino de mi pueblo. Has llegado hasta aquí empleando la fuerza y la amenaza, convencido de que ellas te darán la razón. Has hecho un viaje inútil, como inútil será esta guerra de agresión que has provocado, e inútiles tus esfuerzos por ser alguien en la historia. Tengo la certeza de que Italia no necesita de gentes como tú para ser grande, ni de cobardes métodos como las bombas de gas mostaza que tú has empleado contra mi pueblo.
»No busques mi mano. No la mereces. Hoy tu ignorancia te hará creer que has conseguido algo, porque vives en la mentira y arrastras a otros en tu falso brillo. Cuando tú ya no estés, yo seguiré aquí, en esta sala, sentado en ese trono. Ese poder que predicas, el fascismo, se basa en la fuerza bruta, en la violencia, en suprimir las libertades de los otros…, contra ti se volverá antes de lo que imaginas, porque no se puede violentar a los demás en nombre de ideas tan nefastas, sin recibir el castigo de la historia.
»No, Benito Mussolini, no saldré a ese balcón contigo, porque nada tenemos en común, no estrecharé tu mano porque no has llegado como amigo hasta Etiopía, no firmaré tus acuerdos porque son un cúmulo de mentiras, no seré jamás tu aliado porque vivimos realidades opuestas, no necesitamos tu dinero, porque pretendes convertirlo en una cadena, como un yugo en la garganta de mi pueblo. Vete de Etiopía y no vuelvas jamás, esta es una tierra sagrada que no admite gentes como tú. Vuelve a Roma, donde tus siervos se inclinan ante ti, no porque te respeten, sino porque temen tu locura”.
»Mi señor, Haile Selassie, no dijo más. Se volvió y seguido de sus fieles abandonó la estancia sin volverse. Observé el rostro de Benito Mussolini que rojo de ira y gesticulando salió de inmediato por la puerta opuesta, gritando amenazas contra el emperador.
»Aquel día me sentí orgulloso de ser etíope mientras el avión de Mussolini cruzaba el cielo de Addis Abeba en dirección al norte.
»Aquella misma noche salimos hacia Djibouti y tuvimos la fortuna de no encontrar tropas italianas, aunque a la altura de Gota, pudimos ver un campamento del ejército italiano muy cercano. Un destructor inglés nos llevó a Aden y desde allí volamos a Londres haciendo escalas en el Cairo, en Malta y en Marsella.
»Los británicos nos permitieron utilizar un pequeño edificio en St. James, cerca del Pall Mall. Allí Haile Selassie preparó su conferencia ante la Liga de las Naciones en Ginebra. No nos escucharon, porque el Eje pesaba más que las conciencias de los demócratas.
»Saben ustedes que tardamos cinco años en recuperar nuestra soberanía, y muchos años más, hasta 1954 en conseguir que los ingleses se marcharan.
»Después llegó una época de esperanza, en la que el emperador promulgó una nueva constitución mediante el sufragio universal.
»Es cierto que la anexión de Eritrea fue un grave error que nos llevó hasta donde hoy nos encontramos; la interferencia de las potencias extranjeras nos convirtió en un experimento político, luego un desgraciado cúmulo de circunstancias condujeron a los sucesivos golpes de estado, a la prisión el emperador y a su inesperada muerte.
»Ahora no tenemos guía ni futuro. Estamos en manos de Dios… y solo él podrá salvar a este país.
Addisu se sumió de nuevo en el silencio y volvió a remover las ascuas. Había caído la tarde y nos despedimos del viejo y leal mayordomo de Haile Selassie, sin poder articular palabra a causa de la emoción que nos embargaba.
Habíamos descubierto Etiopía.