Tierra de dioses

G. H. Guarch · Capítulo 11 de 26

Páginas del PDF

Tierra de dioses

Capítulo 11. La decisión

CAPÍTULO 11

LA DECISIÓN

 

Cuando el profesor Phil se despidió, comprendí que la única posibilidad era convencer a Grazia de que deberíamos partir para Etiopía. De antemano sabía que mis posibilidades eran nulas, pero si existía un mínimo rastro, se encontraba allí.

Era cierto que debía saber lo qué había ocurrido a partir del momento en que el fascismo apareció en Italia, para poder comprender mejor a aquel hombre, Paolo Marsala, que se estaba transformando en un apasionante enigma. Una cosa era sentirse huérfano de padre, lo que no me cogía de nuevas, y otra que a cada día que pasaba necesitaba más y más conocer lo que había sucedido.

Pero el extraño mecanismo que había desencadenado ya no podía detenerse y a los pocos días, una tarde tuve una llamada de Emilse Pappalardo. Le había dejado mis teléfonos por si quería comunicarse ya que su opinión me interesaba mucho, entre otras cosas, porque ella había vivido parte de aquella época y tenía una experiencia directa que podría transmitirme.

Me explicó que conocía a una anciana, que probablemente sabía de mi padre. Vivía en Bolonia, muy cerca del Colegio Español. ¿Estaría interesado en hablar con ella?

Claro que lo estaba —contesté—, cada pista, por mínima que fuera, podría resultar fundamental. Entonces pareció dudar un momento, pero de inmediato añadió que la mujer se llamaba María Roselli, vivía sola y podía ir directamente a verla. No era preciso ni siquiera llamarla para advertirla.

Le agradecí que se acordara de mi interés por el tema, y le aseguré que iría aunque no fuese más que por conocerla.

Cuando se lo dije a Grazia, me contestó que sin lugar a dudas le gustaría acompañarme, por lo que quedamos en ir al día siguiente. A fin de cuentas, ninguno de los dos tenía nada más urgente que hacer.

Durante el trayecto le comenté a Grazia que tal vez deberíamos viajar a Etiopía y vi como asentía satisfecha. Murmuró que antes o después tendríamos que ir, aun a sabiendas de que era como buscar una aguja en un pajar. Intentar encontrar un rastro perdido después de cuarenta años era ser muy optimista, mucho más cuando sabía que ni tan siquiera los servicios de inteligencia del ejército fascista lo habían conseguido. Pero me apretó fuerte la mano mostrando su entusiasmo.

 

María Roselli vivía en una antigua casa de piedra, separada de la calle por una de las grandes acequias que drenan el río. Para acceder a la casa había que cruzar una especie de puentecillo, y el coche no cabía por aquellas callejuelas. Grazia pulsó el timbre, dorado en un tiempo, que mostraba una patina verdosa. Tuvo que hacerlo insistentemente, hasta que la puerta se abrió con un chasquido.

Cruzamos un pequeño jardín muy abandonado. A pesar de ello mantenía un extraño encanto y nos encontramos frente a una puerta cristalera. A través de los cristales percibimos una luz encendida en el interior, que era el único signo de vida. Una vida que estaba terminando, pero que se mantenía aguardando a que alguien como nosotros fuésemos hasta allí, a preguntar por el pasado, para evitar que se perdiese definitivamente. Algunas veces dudaba de si aquel trabajo que me había impuesto tenía sentido, pues ya nada iba a cambiar las cosas y probablemente no encontraría nada de interés. ¿Por qué no dejaba correr todo y me iba a una playa paradisíaca a hacer el amor con Grazia? Recordaba las primeras veces con ella, defraudada de su anterior matrimonio con un hombre bondadoso, pero que según me había confesado más tarde, le aburría terriblemente y del que terminó por divorciarse. En mi caso era distinto, la fuerza del destino, que en un estúpido accidente se había llevado a mi mujer, dejándome solo.

La mujer entreabrió la puerta y sonrió débilmente, como si quisiera decirnos que hubiese preferido seguir sola, con sus gatos que merodeaban por el jardín, reyes y señores del lugar, recóndito, a un paso del centro, pero dando la impresión de hallarse al otro lado del mundo.

—¡Ah, sí, usted debe ser el doctor Marsala y usted… —En aquel momento, caí en la cuenta de que no había avisado que me acompañaría Grazia.

—Sí, verá, es mi compañera, Grazia Vinci, la doctora Vinci, de la Universidad de Florencia, esto…, ella me está ayudando en todo este asunto.

—… Bueno… pasen, por favor, entren. —Estaba claro que la mujer no acostumbraba a recibir a gente en su casa—. Pasen, pasen y siéntense… ¿Quieren tomar una copita de Averna?… A mí me encanta a media tarde…

Francamente, lo que menos me podía apetecer en aquel momento era tomar un Averna, pero tampoco me atrevía a desairarla, así que observé de reojo a Grazia y vi que asentía con cierta timidez.

—Verá, señora Roselli…, Estamos interesado en saber más acerca de los primeros días del fascismo. Mi padre…, bueno, fue de los que ayudaron a Mussolini a…

—Sí, lo sé. De ello me ha hablado la doctora Pappalardo… Emilse y yo habíamos sido amigas, pero de eso hace ya mucho tiempo, una barbaridad…, pero creo que usted la impresionó porque me ha vuelto a llamar, solo para pedirme que lo recibiera… y es que llega un momento en la vida en que ya no se recibe a nadie, porque casi todo el mundo, tu mundo, ha desaparecido… Te sientes traicionada…, es irónico, pero es una sensación parecida a como si todos hubiesen sido invitados a una fiesta menos tú…, en fin, perdónenme, pero es que llevo mucho tiempo sin apenas hablar con gente…, y menos aun tan joven…, pero vengan aquí. Siéntense al lado de la ventana, este es el lugar más tranquilo de Bolonia. No se oye nada, salvo los gatos, maullando a la luna y un viejo mirlo al que pretenden cazar…, pero es mucho más listo que todos ellos…, No podrán cazarlo nunca.

»Sí… Tal vez les pueda contar algo interesante después de todo. Hubo un tiempo en que yo era muy distinta ¿saben? La juventud tiene una extraña belleza…, que se fundamenta en su fragilidad. ¡Dura tan poco! Entonces yo era bella y joven. ¡Dios mío! ¡Pero si en 1919 tenía apenas veinticuatro años! ¡Veinticuatro años! Ha pasado mucho tiempo, pero podría jurarles que ha sido como un soplo…

»En marzo de 1919 yo vivía en Dalmine, cerca de Bérgamo… allí en la Franchi-Gregorini trabajaba mi hermano Arduino, y yo le llevaba una tartera con la comida los días que estuvieron de huelga. Al final llegó Mussolini para felicitarlos. Yo estaba allí y le escuché hablar de la capacidad de gestión proletaria. Aquel hombre me sedujo. Me encontraba muy cerca y pude ver como le brillaban los ojos de pasión. Mi hermano se había señalado y Mussolini lo abrazó con entusiasmo… él era así, y además era un gran político y sabía que aquel gesto de afecto iba a ser muy valorado por la clase obrera…

»Tres días más tarde, el 23 de marzo en la plaza San Sepolcro, en Milán, tuvo lugar una reunión decisiva y Arduino fue invitado a asistir. Me llevó con él a Milán y me pidió que lo esperara en casa de Margarita Rizzi, una prima de mi madre. Pero yo no quería quedarme afuera y me disfracé con la ropa que él dejó en la casa. En la puerta me preguntaron que adonde iba y entonces contesté que me aguardaba mi hermano Arduino, que era amigo de Mussolini. Me dejaron entrar… y allí dentro se encontraban alrededor de doscientas personas. Intenté pasar desapercibida, porque no quería que me echaran. Allí estaban importantes líderes sindicales, Bianchi, Vechi, Marinetti…, muchos otros. Era una sala del Círculo de Intereses Industriales y Comerciales…, recuerdo que también asistieron algunos militares…

»Se habló de revolución, de la fundación de un partido de combatientes, de construir un fascio que plantara cara a la burguesía. Mussolini consiguió convertirse en el líder del Comité Central, de aquel nuevo partido que no tendría nada que ver con la mentalidad de los partidos existentes.

»A pesar de mi inexperiencia, comprendí que estaba pasando algo muy importante y que aquella reunión podría llamarse histórica. Verán. Se le podrá tachar de muchas cosas, pero Mussolini no era un hombre vulgar…, después las circunstancias fueron de una manera, pero había que estar allí para comprenderlo. Era como el heredero de D’Annunzio…, y solo tuvo que recoger lo que el poeta había sembrado, con una exaltación imperial… ¿No había dicho que el paraíso se encontraba a la sombra de las espadas? Adua no era el final, sino el principio, los héroes no necesitaban sangre derramada por otros héroes, y él fue el primero que comprendió que Italia estaba madura para otras aventuras…, piensen que la conquista de Libia no era otra cosa que recuperar lo que un tiempo fue un gran imperio. Él creía que solo un nacionalismo fuerte podría hacer retornar la gloria… pero no podía ser cualquier proceso, solo el nacional fascismo.

»De alguna manera había que vengar la afrenta. ¡Diez mil compatriotas muertos en Adua!, eso fue entonces un desastre nacional, que Corradini supo agitar… La guerra lontana. De ahí surgió el dicho, el porvenir pertenece a los fuertes.

»Un día Mussolini se fijó en mí. Sabía que era como la mascota, la hermana de Arduino Roselli y ya no siento vergüenza de contarlo, ya es historia. Durante un mes estuve con él. Ustedes saben que es en la cama donde se cuentan los sueños y él me los contó a mí. Me explicó con los ojos cerrados, como si lo estuviera viendo, escuchando las oberturas de Verdi en unos discos de cera, que Italia volvería a ser grande muy pronto, y que no tenía importancia lo que costara. La guerra limpiaría el mundo.

»Mientras soñaba en voz alta, los fascios de combate debían eliminar las otras organizaciones obreras y al estado democrático, que según él estaba pervertido.

»Mantenía que Maquiavelo había marcado el camino y que cualquier medio era válido para conseguir el fin… Eso lo demostró tres años después cuando eliminó a su principal obstáculo, Matteotti.

»Fue entonces cuando conocí a Paolo Marsala. Bueno, en realidad ya lo había visto ir y venir desde la reunión en Milán, pero un día que llegó de improviso, me lo presentó como un hombre leal. Entonces era teniente, había estado en Fiume y eso lo marcaba como un patriota, un militar dispuesto a todo. ¡Ah! ¡Los Estatutos del Quarnero de D’Annunzio! Se convirtieron en el evangelio para Mussolini…, claro, después de la Navidad sangrienta se acabó la literatura.

»Pero les estaba hablando de Marsala, de su padre ¿no?…, alguien muy especial, que podía haber subido como la espuma pero por alguna razón… que al menos yo desconozco, no lo hizo.

»Se dijo de él que intervino también en lo de Matteotti, años más tarde…, entonces se hablaba de Marsala como uno de los hombres de confianza…, del círculo de los elegidos del Duce, pues ya había adoptado ese título. Faltaban todavía casi doce años para la campaña de Etiopía…, pero todos estábamos convencidos de que al final Italia había dado con el hombre adecuado… ¡lo que es la vida!

»Usted debe saber que en aquellos días Paolo Marsala hubiese dado hasta la última gota de su sangre por el Duce…, entonces…, cuando aún todos creíamos en él. Luego fue la locura, una especie de vorágine por cambiarlo todo, como si de pronto existiese una urgencia absoluta por crear una nueva Italia, que rompiese con las pesadas cadenas que la ataban al pasado. El Duce era una verdadera fuerza de la naturaleza…, pero me creerán si les digo que él intuía que todo podía terminar mal. Esa era su urgencia. Una vez le acompañamos un grupo de sus legales a la ópera. Don Carlos…, él se creía Il sommo Imperatore y le vi tenso, abrumado por el impresionante coro de los monjes… En la vida hay que saber donde estamos… y él lo sabía…, sentía envidia de la fuerza y el aparente orden de los nazis, porque Italia, para bien y para mal, era entonces muy diferente.

»Pero me estoy desviando de lo que a usted le interesa. Puedo decirle que su padre, al principio, tuvo una gran influencia…, eso se mantuvo durante unos años. Luego, al subir Hitler al poder, las cosas fueron cambiando. Algo debió ocurrir, porque me consta que un año antes de la campaña de Abisinia, Paolo Marsala intentó que el Duce lo recibiera. Fue imposible. Nadie entendía aquel desprecio, porque no podía llamarse de otra manera y más con alguien tan leal y de los primeros.

»Le recomendaron presentarse voluntario y así lo hizo. Era entonces comandante y debía haber ascendido ese mismo año. Luego partió a una guerra absurda…, y a los pocos meses desapareció. Yo me enteré por uno de sus compañeros, que no entendía nada de lo que había pasado. Se corrió la voz de que lo estaban buscando por traición, pero el propio ejército lo desmintió. Lo que se dijo fue que Paolo Marsala había sido dado por muerto en combate, y por esa causa recompensado con la medalla al mérito militar.

»La verdad es que todo resultó muy extraño. ¿Cómo era posible que alguien tan brillante, que había ayudado a Mussolini en los años críticos…? No tenía lógica.

»Yo solo puedo decirle que se trataba de alguien muy capaz, pero introvertido. Me gustaría saber como terminó en realidad… aunque ahora ya no tiene importancia, ya nada la tiene… Mire ese gato tuerto acechando al mirlo. Se llama Cachín, ¿le gusta el nombre?

María Roselli no pudo o no quiso decirnos mucho más. Tal vez creía que ya había dicho demasiado y comenzó a hablar de sus gatos y a decir cosas incoherentes. Nos despedimos de ella, y el salir, nos hizo prometer que volveríamos cualquier tarde a tomar el té. Abandonamos Bolonia con la sensación de que aquella mujer sabía mucho más de lo que decía. Cuando volvíamos en el coche hacia Florencia, Grazia solo murmuró una palabra. Etiopía.