Tierra de dioses

G. H. Guarch · Capítulo 26 de 26

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Tierra de dioses

Epílogo

 

Mi madre me llamó desde Catania. Había estado tres meses en los Estados Unidos con mi hermana, que había tenido un niño. Aún no sabía nada porque quería decírselo personalmente.

Quedamos en vernos ese fin de semana en casa de Rosa, así que el viernes viajé solo desde Florencia y el sábado a media mañana estaba llamando al timbre de su casa.

Me abrió ella y me saludó con afecto. Pensé que el hecho de ser abuela habría dulcificado su carácter.

Nos sentamos frente a frente en el salón. Ella intuía algo. Luego comencé a hablar y mientras lo hacía, pude ver como las lágrimas brotaban de sus mejillas. No dijo ni una palabra hasta que terminé mi relato. Entonces suspiró y comenzó el suyo.

—Cuando tu padre desapareció, me lo comunicaron oficialmente a través de una carta. Poco tiempo después llegó otro coche a Solarino. Era un comandante del Servicio de Información del Ejército. Quería saber si yo había recibido alguna comunicación de tu padre. Insistió en que si se ponía en contacto conmigo, debía decírselo de inmediato. Si no lo hacía y ellos se enteraban, todos peligrábamos. Dijo con un cierto desprecio que para él los hijos de un judío no eran italianos.

»Al principio no entendí lo que quería decirme. Era un hombre despreciable y malvado, y me contestó que ya lo entendería. Luego se marchó.

»Entonces comprendí que debía ser muy prudente, porque con aquella acusación de traición, alguien señalado como judío, podríamos tener graves problemas.

»Yo no sabía nada acerca de los padres de mi marido y decidí investigarlo.

»Tenía una amiga judía, Sarah Mayer, que vivía en Ferrara, ella me ayudó. No sé como consiguió la documentación que demostraba que tus abuelos eran judíos. Jacob Maciel y Anna Salom, nacidos en Trípoli, aunque por lo visto su estirpe procedía de judíos sefarditas, españoles. Cambiaron sus nombres por Giacomo Marsala y Ana Saloni cuando se convirtieron. Quisieron romper con su pasado para intentar que sus descendientes tuvieran unas vidas menos azarosas. Yo estoy segura de que tu padre nunca lo sospechó…, antes de marchar a la campaña de Abisinia. Él estaba convencido de ser el perfecto fascista italiano. Se sentía orgulloso de serlo, hasta que todo cambió.

»La visita del comandante confirmó lo que yo creía. Tu padre seguía vivo y por algún motivo lo acusaban de traición. ¿Tal vez por ser judío? No, eso no tenía sentido. Algo que yo desconocía estaba sucediendo.

»Fue Valentino Soggiu, su asistente personal, quien me explicó de que lo acusaban cuando vino a verme. Tuve la impresión de que se trataba de un buen muchacho, aunque no supo decirme qué había sido de mi marido. Él creía que seguía vivo, pero era más una intuición que otra cosa.

»Luego llegó Sarah Mayer trayendo una importante documentación. Allí se hallaban los certificados de nacimiento, papeles del registro de Trípoli. No cabía duda. Tus abuelos eran judíos cien por cien. Escondí todo eso tras un tabique, lo cerré con obra y lo pinté, nadie podría encontrarlo. Ten en cuenta que lo hice en 1941 y las cosas se habían ido complicando para los judíos italianos. De hecho Sarah Mayer fue deportada a Alemania y asesinada en Bergen Belsen como luego supe. No era un juego. Se trataba de vuestra vida, erais hijos de un judío y, por tanto, a pesar de vuestra edad y vuestra inocencia podríais sufrir, como si fueseis el peor enemigo. No podía arriesgarme.

»Mantuve un rol. Mi papel era el de viuda de un héroe que había perdido la cabeza a causa de la tragedia de perder a su marido. Pero aquel papel tenía doble sentido, porque la verdad es que creía que él seguía vivo y que no era un traidor a la patria. Luego todo terminó. Mussolini tuvo el destino que se merecía, colgado por los pies en la plaza Loreto de Milán. Pero llegó una posguerra atroz, con hambre, violencia, y sin saber qué iba a ocurrir. Mientras, dentro de mí la certeza de que mi marido seguía vivo crecía de día en día, no podía por tanto prescindir de ello y casarme con otro. No quería que nadie entrara en nuestro secreto y os mantuve ignorantes de todo ello, porque había sido testigo de como podían tratar a los judíos, por el simple hecho de ser diferentes. Decidí que nunca lo sabríais. Esa sería vuestra mejor defensa. Si alguien os hubiera preguntado, simplemente os habríais reído. Las únicas pruebas las tenía yo, escondidas tras un muro en Solarino.

»Entonces tú comenzaste a investigar y tuve miedo. No tuve otra opción que intentar terminar con aquello y… le prendí fuego a la casa. Sí, no te asombres. Lo hice yo y lo volvería a hacer. Nadie sospechó, incluso no presenté reclamación a la compañía de seguros, porque no quería que nadie metiera sus narices.

»Por eso me viste tan serena, aceptando la fuerza del destino. Por eso cuando me has explicado que tu padre vivía en Etiopía, no me he alterado. Lo supe siempre, aunque me apena que no volviera a causa de su estado. Lo habría cuidado hasta el fin.

»Yo me casé con un militar, fascista, nacionalista y racista. Las circunstancias lo transformaron en un héroe, judío y humano. Me hubiera gustado conocer a este último. Siento pena y añoranza de tantos años perdidos que pudieron hacernos comprender. Escribe esa historia, me encantará leerla.

 

Los ojos de mi madre estaban empañados por la emoción. Entonces me levanté y la abracé. Efectivamente, la historia había estado allí aguardando, entre los viejos muros de la casa de Solarino.

FIN

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G. H. Guarch

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