Tierra de dioses

G. H. Guarch · Capítulo 21 de 26

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Tierra de dioses

Capítulo 21. Giacomo Saccona

CAPÍTULO 21

GIACOMO SACCONA

 

Tomada la decisión, el problema era como comunicársela a Grazia. ¿Aceptaría que la dejase allí, ciega e indefensa, en una situación precaria, con la posibilidad de que los rebeldes tomaran la región en los próximos días? Tendría derecho a llamarme egoísta, a creer que mis sentimientos con respecto a ella habían cambiado. ¿Comprendería mi inquietud? No tenía otra salida que intentar explicárselo cuanto antes.

Al entrar en el hospital, vi que acababan de llevar a un hombre blanco, debería tener unos setenta años, pero se le veía en buena forma física, aunque con un hombro vendado. Apenas me acerqué a él se dirigió a mi en italiano, con el acento de la Toscana.

—Usted debe ser el doctor Alessandro Marsala, ¿no es cierto?

Me quedé sorprendido. No tenía ni idea de que hubiese ningún hombre blanco por la región. Los pocos que vivirían en ella, la habrían abandonado al comenzar el conflicto civil. Permanecer allí sería una verdadera locura, porque las cosas se habían puesto muy mal en los últimos meses. ¿Qué estaría haciendo allí aquel hombre?

—Comprendo su asombro. Perdone que le diga que yo también estoy sorprendido. —El hombre me observaba con sus ojos azules claros a través de unas gafas redondas de montura dorada—. Mi nombre es Giacomo Saccona y soy…, fui teniente del ejército italiano que invadió Abisinia…, Etiopía. Caí prisionero de la resistencia amhara y luego decidí quedarme. No deseaba volver a una Italia fascista. ¿Y usted, qué anda buscando aquí?…, ahora no es el momento…, ni este país es lo que era.

—Bueno —contesté, algo confundido por la sorpresa— la verdad es que mi historia tiene algo que ver con la suya. Mi padre también decidió quedarse aquí…, y he venido a conocerlo. Él era el comandante Marsala, Paolo Marsala…

En aquel momento el hombre se incorporó acercándose a mí con una mueca de incredulidad en su rostro.

—¿Dice usted, el comandante Marsala?… ¡Pero si fue mi comandante! ¡Es imposible! Tuvo un problema tan serio, que tuvo que huir, pero por lo que sé, lo capturaron, fue llevado preso a Italia y allí fusilado por traidor… Perdóneme, pero está usted tras una pista falsa…, y sé perfectamente lo que le estoy diciendo, porque yo mismo lo acompañé hasta Roma. ¡Qué cosa tan extraña! Verá usted…, si me lo permite le explicaré…

La verdad, me sentí confuso. Es cierto que la vida es una concatenación de casualidades. Encontrar allí al hombre que había conducido a mi padre hasta embarcarlo con destino a Italia… ¿Entonces? ¿Cómo era posible que Genet hubiese podido hablar con él apenas hacía unos días? Saccona me observaba insistentemente, como si estuviera comprobando el efecto que sus palabras hacían en mí. No creía que estuviera mintiendo…, y en cuanto a estar equivocado, era difícil, puesto que él mismo afirmaba haberlo llevado personalmente. Algo muy extraño había sucedido, porque Genet tampoco podía estar equivocado y lo único cierto era que ardía en deseos de aclararlo.

Asentí mientras tomaba asiento junto a Saccona. Su piel clara se hallaba cubierta de manchas oscuras, a causa del fuerte sol de Etiopía y más en las montañas, pero a pesar de la edad, que él mismo manifestaba, algo en él daba la impresión de conservar un espíritu juvenil bajo su arrugada piel.

—¡Qué extraña coincidencia! ¡Qué increíble casualidad! Así que es usted hijo de Paolo Marsala… Aquel hombre se convirtió en una especie de mito entre nuestros soldados. Verá usted, en el ejército de Mussolini no cabía otra cosa que agachar la cabeza…, y el único que la mantuvo alta fue el comandante Marsala…, claro, le costó la vida…, porque insistió, tengo la certeza de que fue fusilado en Roma a finales del cuarenta y uno. Eso al menos fue lo que dijeron los periódicos, aunque también debo reconocerle que la prensa mentía mucho en aquellos años.

»La verdad fue que durante casi cinco años, Marsala desapareció en las montañas de Etiopía, a pesar de los esfuerzos de los servicios de seguridad del ejército por capturarlo vivo o muerto…, pero me estoy adelantando. Al comandante Marsala se le juzgó por alta traición en rebeldía, lo que oficialmente se mantuvo fue que había desobedecido órdenes durante un bombardeo. Por lo visto, tenía órdenes de arrasar el poblado de Ebbenat y se negó a hacerlo, enfilando sus cañones a un punto deshabitado…, en principio no se dieron cuenta, fue más tarde cuando se supo y aprovechando una refriega tuvo que huir. Desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra…, y a pesar de la intensa búsqueda de los servicios de seguridad del ejército, no apareció.

»Como puede usted comprender, aquella situación no tenía nada de positivo ni para el ejército ni para el partido, por lo que se mantuvo en secreto…, bueno, al menos se intentó y finalmente se le dio por desaparecido en combate.

»Todo el asunto se convirtió en un secreto a voces, tanto que el Estado Mayor, siguiendo órdenes de Roma, decidió buscarlo a cualquier coste…, pero todos los esfuerzos fueron infructuosos…, hasta que en noviembre de 1940, cuando prácticamente se habían perdido Eritrea y Somalia, y se venía el rápido avance de los ingleses…, acompañados de belgas y franceses como algo inevitable…, el comandante Marsala fue capturado cerca del Lago Tana. Durante los primeros días no dio su verdadero nombre, hasta que fue identificado por uno de los oficiales, compañero de la academia.

»Se decidió entonces evacuarlo a Roma para ser juzgado, la única salida era en uno de los últimos aviones que evacuaban civiles, casi todos miembros del partido…, y me tocó a mí. Yo lo entregué a los servicios de inteligencia del Estado Mayor apenas aterrizamos en Roma. Como puede usted comprender, según trascendió, fue juzgado y condenado a muerte. Es imposible, por tanto, que su padre siga vivo aquí, en Etiopía…, pero le diré una cosa, me hubiera cambiado por él. Quiero decir, tener la valentía de enfrentarse a todo, por mantener unas convicciones y un sentido ético…, eso lo transformó para muchos en un héroe, aun cuando se le acusó de traición a la patria. La vergonzosa verdad fue que casi todos abdicamos de nuestros principios morales…, desde el mismo rey, que se dejó aclamar por los milicianos fascistas al culminar la marcha sobre Roma, como el no querer aceptar la realidad.

»Mire, en el cuarenta y uno caí prisionero de los ingleses, y así permanecí hasta el cuarenta y siete… Pero no quería irme de aquí. Me retuvo una mujer y el hijo que tuve con ella. Después, ya no quise volver a Italia, aún permanezco aquí y aquí moriré. Este es un país inmenso y misterioso que me tiene atrapado, aquí están mis amigos, mi familia y mi vida. En cuanto al comandante Marsala, le sigo considerando un héroe y creo que si muchos hubiesen actuado como él, Italia había tenido otro papel en la guerra, pero verá, al final nos pierde nuestro carácter, somos inconstantes, impulsivos y nos dejamos convencer por el último que llega… Mussolini aprovechó nuestras flaquezas para conducirnos por un camino equivocado. ¿Quién iba a ponerse frente a él? Los que lo hicieron se quedaron en el camino, hasta que de pronto llegó un día en que nos dimos cuenta de que todo aquello no era más que una descomunal farsa…, y así terminó el asunto, con un país deshecho, un pueblo arruinado y desmoralizado y con cientos de miles de víctimas…, muchas de ellas inocentes.

»Le he explicado lo que ocurrió. Ahora le aconsejo que coja a su mujer y se vaya de aquí cuanto antes, porque este es un país en plena guerra civil y puede ocurrir cualquier cosa.

Giacomo Saccona se quedó observándome fijamente. Estaba seguro de que me había dicho la verdad, pero también tenía la certeza de que Genet lo había hecho.

Por otra parte, no iba a marcharme sin aclarar aquel misterio que a cada momento me tenía más intrigado. No tenía otra salida que ir cuanto antes a buscar al protagonista. El comandante Paolo Marsala.