Tierra de dioses

G. H. Guarch · Capítulo 5 de 26

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Tierra de dioses

Capítulo 5. Grazia Vinci

CAPÍTULO 5

GRAZIA VINCI

 

Volví a dejarle varios mensajes en el contestador sin éxito. Ella era el hilo que me conducía a alguna parte, pero no daba señales de vida, como si de repente hubiese cambiado de opinión, o tal vez se hubiese arrepentido de su generosidad. Probablemente preferiría mantener las cosas como estaban, y de alguna manera podía comprenderlo. ¿Me habría comportado yo de otra manera? Si ella me hubiese llamado sin darme apenas explicaciones, pidiéndome información. ¿Le habría enviado documentos privados de mi padre? No. No podía quejarme de mi mala suerte, porque sabía que yo habría hecho lo mismo que ella me estaba haciendo a mí.

Decidí apartarme unos días de aquella historia que me estaba absorbiendo de una manera excesiva y volver a tomar contacto con la vida real, olvidar todo aquello. No quería reconocer que estaba cayendo en el mismo síndrome que había atrapado a mi madre durante gran parte de su vida.

 

Pensé entonces que tal vez la solución tenía nombre y apellido: Grazia Vinci. Había trabajado conmigo en los últimos meses. Desde que mi mujer murió, ella fue la única con la que hablaba de vez en cuando. El problema era que Grazia me había propuesto irme a vivir con ella y le contesté que prefería seguir solo por el momento. Entonces pareció comprenderlo, pero a partir de ese momento se mantuvo distante. En cualquier caso, tenía suficiente confianza con ella, como para intentarlo de nuevo cualquier día.

Grazia Vinci era doctora en Ciencias Políticas y profesora de la Universidad de Florencia. Se preciaba de su preparación y no le gustaba hablar por hablar. Era esa clase de mujer elegante, de aspecto aristocrático. Separada de su marido apenas un año después de casarse, ella misma se definía como alguien exigente. No estoy dispuesta a ceder en ninguna de mis convicciones, mantenía. Era por otra parte una mujer encantadora, que hacía la vida agradable a los que la rodeaban.

Mi relación con ella había sido diferente, porque tras la muerte de mi esposa nos vimos con alguna frecuencia, hasta que en un momento dado decidimos dejarlo de mutuo acuerdo. Ahora era yo el que necesitaba verla. Tal vez a causa de mi estado de ánimo.

Quedamos en su casa en Florencia. Vivía en un gran caserón del setecientos, heredado de sus padres, con una huerta jardín muy agradable para pasear. El lugar idóneo para la reflexión, que era lo que a mí me hacía falta en aquellos momentos, así que sin pensarlo más, cogí el avión de Catania a Roma y allí alquilé un coche hasta Pontassieve, el pueblo cercano a Florencia donde Grazia tenía la propiedad.

Mientras conducía no pude por menos que pensar que debía contárselo todo, porque una de sus mejores cualidades era el sentido común. También pensé que tal vez la mejor salida para el callejón en el que me estaba metiendo, sería olvidarlo todo, y pedirle que se casara conmigo. Haríamos una buena pareja, teníamos aficiones comunes, una formación similar y ambos éramos libres para tomar la decisión adecuada. Eso sería algo sensato.

Pero todo aquello no eran más que elucubraciones, en mi interior sabía que no tenía otro camino que seguir adelante. Me conocía lo suficiente para saber que nada ni nadie iba a apartarme de mi objetivo. Conocer qué había ocurrido con mi padre y resolver aquel extraño enigma que había consumido los mejores años de la vida de mi madre.

Por otra parte, a pesar de las reticencias que ella mantenía, lo más lógico sería aceptar la versión del ejército. En la Abisinia de entonces, aquella tierra enorme y primitiva, la vida tenía un valor relativo. Paolo Marsala habría muerto de un tiro lejano, de la metralla de una mina, de un obús, o degollado silenciosamente, y apenas unos días después, la naturaleza salvaje de aquel lugar habría borrado cualquier vestigio de lo ocurrido. El ejército lo buscó, con total seguridad más por cumplir que por otra cosa, luego alguien escribió una carta oficial de pésame, mejor dicho, de un mero formulario empleado una y otra vez, miles de veces, en la que un oficial anónimo e indiferente colocaba el nombre del fallecido, o del desaparecido en combate, que para el caso era lo mismo. Lo que nunca había sabido Paolo Marsala, era que con su desaparición abría un interrogante, que su familia no estaba dispuesta a cerrar por las buenas. Ni su mujer, ni ahora en mi caso íbamos a dejar que se archivara el asunto tal y como estaba.

Cuando entré en el camino de gravilla a través del gran portón abierto y vi las luces encendidas de la casa, volví a pensar que otra vez más me estaba equivocando, tomando la dirección errónea, y que sería mucho más fácil aceptar las cosas como me las habían contado, olvidarlo todo, pedirle a Grazia que se casara conmigo y continuar una vida burguesa y normal, en donde uno podía, más o menos, prever los acontecimientos.

Apenas había pulsado el timbre cuando la puerta cristalera se abrió y Grazia me besó, como si en lugar de un viejo amigo se tratara de la vuelta de su apasionado amante. Aquello me demostró que ella tampoco daba el caso por cerrado, y que seguía creyendo que podríamos convertirnos en una pareja estable. Digamos que me dejé llevar y así, apenas media hora más tarde, estábamos en su dormitorio. Un ambiente tan especial como ella, que reflejaba a la perfección su personalidad, con unos grandes ventanales alargados por los que se filtraba una tenue penumbra, que me permitía observar el detalle de su piel mientras hacíamos el amor con una entrega absoluta, como novios que se encontraban a la vuelta del frente de batalla.

Pero así era la vida. La muerte de mi esposa me demostró que uno no podía esperar mucho del futuro, y que lo único real, lo importante, era el presente. Lo demás no eran más que puras entelequias, que iban desapareciendo con el inexorable paso de los días.

Por esa razón, mientras Grazia me abrazaba apasionadamente, yo intentaba centrar mi atención en la textura de su piel, en sus labios, en sus hábiles manos, en sus pequeños pechos, convencido de que la ciencia había errado el nombre, y que más que Homo faber, debíamos denominarnos Homo amasius.

Más tarde, tras una intensa ducha compartida, ella preparó algo de cena en la terraza, desde donde se dominaba la campiña iluminada aquí y allá. Mientras, hablamos de los viejos tiempos, hasta que me miró profundamente a los ojos, al tiempo que me preguntaba que me traía entre manos.

 

Nunca le había hablado a Grazia de la historia de mi padre. Por algún extraño pudor, siempre había mantenido aquello como algo íntimo y personal, que no me gustaba sacar a relucir, solo lo conocían los más allegados, y claro, inevitablemente todo el mundo en Solarino, pero fuera de allí era como un secreto que intentábamos guardar celosamente en familia.

Fue mi madre la que nos hizo pensar así. Tal vez porque ella siempre estuvo convencida de que en algún momento todo iba a cambiar. De hecho, siempre que alguien, directa o indirectamente, se refería a ella como viuda de Marsala, se alteraba, ya que no le gustaba que otras personas sacaran sus propias conclusiones sobre un asunto familiar, como ella lo llamaba.

Desde mis primeras palabras, Grazia se mostró muy interesada. Cierto que durante el viaje me había jurado no hablar con ella del tema, pero la atmósfera de intimidad que en aquellos instantes nos envolvía, me hizo cambiar de criterio. Mientras le explicaba la historia, pude ver la atención con la que seguía la narración. Después le hablé de mis pesquisas, de Grazia Pappalardo, de Prieto Garattoni, de Adriano Vergendo, de como entre unos y otros iba esbozando la figura del hombre que me había engendrado, surgía poco a poco de entre las sombras de un oscuro pasado. Le hablé de mi interés por aquella época, de nuestra historia más reciente, en la que habían sucedido muchas cosas que nos marcaron profundamente, no solo a los italianos.

Cuando terminé de explicarle todo lo que sabía, y le hablé de la extraña fuerza que me impulsaba a seguir adelante, ella se mostró entusiasmada. Luego se hizo larguísimo un silencio entre los dos, hasta que de pronto murmuró que quería compartir aquello conmigo. Le contesté que en mi caso la poderosa razón era que estaba hablando de mi padre. Pero ella replicó que desde hacía mucho tiempo se sentía muy atraída por el análisis histórico del fascismo, y que veía esa historia como una oportunidad única para profundizar en todo ello.

Tal vez fuera una osadía por mi parte, porque sin reflexionar, le ofrecí que a partir de aquel instante siguiéramos juntos. Añadí que quedaba mucho por hacer y que si ella se incorporaba al equipo, todo sería más llevadero.

Uno no espera nunca la reacción de una mujer, pero la cuestión fue que se levantó y me besó largamente en la boca, como si en realidad hubiese logrado llegarle al corazón con mis palabras.

Luego, cuando nos acostamos, me confesó que pensaba mucho en mí, que incluso soñaba frecuentemente conmigo. Era algo así como una declaración, y aunque mis sentimientos no eran tan profundos, la verdad era que sentía una gran ternura hacia ella.

Durante la noche me desperté varias veces observando su silueta desnuda junto a mí, con la certeza de que había hecho lo adecuado. A fin de cuentas, en la vida todo eran impulsos, más o menos premeditados o reflexionados. Además, lo cierto y verdad, era que iba a colaborar conmigo una de las personas intelectualmente más brillantes que conocía.

Permanecimos en Pontassieve todo el fin de semana, planeando como íbamos a sistematizar el trabajo, y Grazia decidió que lo primero que quería hacer era ponerse al día, para lo que necesitaba estudiar la documentación que yo tenía en Solarino.

Me pareció lógico. Decidimos que yo volvería y seguiría trabajando, y que ella iría pasados unos días, mientras terminaba de arreglar sus cosas en la universidad. Me sentía satisfecho, las cosas parecían encauzarse y confiaba en que a partir de entonces, todo iría mejor.

Era apenas las siete y media de la mañana del lunes, cuando sonó el teléfono. Escuché la voz de Carlo Rossi, el administrador. Por alguna razón —dijo tartamudeando— la casa de Solarino había ardido hasta los cimientos aquella misma noche.