Tierra de dioses

G. H. Guarch · Capítulo 4 de 26

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Tierra de dioses

Capítulo 4. La clave

CAPÍTULO 4

LA CLAVE

 

Durante unas semanas pude trabajar intensamente en casa, ordenando los documentos. Encontré varias fotografías interesantes, todas ellas anteriores a la marcha a Abisinia. Una de las fotos era de su graduación en la Academia Militar. Mi padre y otro desconocido estaban señalados con una pequeña cruz sobre la cabeza. No le presté mayor atención porque pensé que se trataría de un amigo más cercano, con el que tal vez había intimado en el último curso. Lo normal es que hubiese fallecido, aunque el caso de Garattoni la entrevista me había asombrado. Por otra parte, muchos de los recortes de prensa se referían a la ocupación de Libia, muy anterior a la campaña de Abisinia. Entonces supe que mi padre estuvo un par de meses en Trípoli, tres años antes de ser enviado a Etiopía.

Encontré también algunas cartas de amor de la época en que mis padres eran novios, pero decidí no leerlas por el momento. No era falso pudor, sino el hecho de creer que poco podrían aportar a mi investigación, así que las até con unas cintas y las guardé en una caja de cartón, aunque tuve la precaución de ordenarlas por fechas, según el matasellos de correos. Todas estaban dirigidas a Letizia Vittoria, a la casa de mis abuelos maternos en Catania.

En uno de los cajones encontré varios ejemplares en sorprendente buen estado de La lucha de clases, la revista fundada por Mussolini. También de Il popolo d’Italia, el diario fundado por él en 1914 y unos cuantos ejemplares de La Stampa della Sera de Turín.

Por alguna razón, mi padre había guardado cuidadosamente todo lo referente al asesinato del líder socialista Matteotti, ocurrido en junio de 1924, por una escuadra de camisas negras. En el recorte, había apuntado con letra minúscula un nombre, Adriano Vergendo, y un teléfono indicando que correspondía a Milán. No pude resistirme a llamar, aun sabiendo que lo estaba haciendo desde la noche de los tiempos. Nadie cogió el aparato, lo que era lógico. ¿Quién iba a mantener un número durante cincuenta años?

Después, seguí trabajando, el problema era ordenar el material, ya que por el momento no podía entrar a estudiarlo. Era una labor ímproba aunque apasionante, porque de tanto en tanto saltaba la sorpresa.

Al terminar la jornada volví a encontrar el número de teléfono. Reflexioné un instante y en aquel momento me vino a la mente mi viejo amigo Gian Luca Palla, un alto funcionario del Ministerio de Comunicaciones. Busqué su número en la agenda y lo llamé; no estaba pero su secretaria aseguró que lo localizaría. Gian Luca siempre había sido un hombre muy educado. Además, durante largos años en la universidad fuimos compañeros y esas cosas no se olvidan. Tardó apenas media hora en devolverme la llamada. Cuando le expliqué la cuestión, se rio a carcajadas. ¿Un número de teléfono de hacía cincuenta años? Imposible. Luego nos saludamos afectuosamente y colgué. Bueno, al menos habíamos hablado después de un par de años sin saber uno del otro.

En poco tiempo había recopilado una importante información y ahora sabía que mucha gente recordaba aquella época por uno u otro motivo. El país entero se vio implicado en una situación extremadamente dura, que afectó sus vidas de manera radical. Eso tenía lógica, pero la verdad, me sentía desbordado por el asunto y decidí irme a pasar un par de días a Catania, y visitar a mi madre.

Estaba saliendo por la puerta cuando sonó el teléfono. Por un momento pensé que lo mejor que podía hacer sería dejarlo sonar y cerrar la puerta. Pero me dirigí al teléfono y lo cogí. De nuevo era Gian Luca Palla. Algo excitado me dijo que tenía el número de teléfono que sustituía al anterior. Sorprendido lo apunté. Él se rio de mi sorpresa, mientras me aseguraba que jamás daba su brazo a torcer. ¡Siempre existía una posibilidad! Le agradecí su interés y en cuanto colgué, sin mucha fe, llamé al nuevo número; respondió un contestador automático. Algo confuso dejé recado de que estaba interesado en alguien llamado Adriano Vergendo y dejé mi número. Después me olvidé del asunto y conduje mientras anochecía hasta Catania.

 

A pesar de la frialdad que existía últimamente entre nosotros, mi madre pareció alegrarse de verme y de que estuviera viviendo en la casa de Solarino, pues siempre temía que pudieran entrar y expoliarla. Tía Rosa llegó unos minutos más tarde y se mostró muy satisfecha de que hubiese ido a su casa, pues no nos veíamos desde hacía mucho tiempo y verdaderamente siempre había sido muy cariñosa con nosotros.

Permanecí un par de días allí, holgazaneando y relajándome. Cuando le expliqué a mi madre que tenía la intención de escribir una historia sobre el fascismo y que para ello necesitaba saber más cosas sobre todo aquello, no puso muy buena cara. Murmuró que había cosas que era preferible que se olvidaran. Le repliqué que yo creía lo contrario, se trataba de algo que no debería olvidarse jamás. Tía Rosa intervino para darme la razón, insistiendo en que olvidar era como aceptar…, y eso remarcó con indignación ¡Jamás!

Nos encontrábamos cenando en el gran balcón que daba al mar. Mi madre debió pensar que ella podría tener sus convicciones, pero que en cualquier caso yo era hijo de Paolo Marsala y tenía derecho a saber quién había sido mi padre. Nunca antes me había hablado de él, salvo pequeñas anécdotas circunstanciales que mantenían la figura paterna en una ambigua nebulosa que comenzaba poco a poco a desvanecerse.

—Si te dijera que tu padre fue un buen hombre, pensarías que no deseo hablarte de él, ahora bien, si estás dispuesto a escuchar la verdad, déjame que lo haga. —Ella no quería mirarme a los ojos, como si estuviera traicionando su propia voluntad. Hizo una larga pausa y luego continuó, mientras aparentaba observar las luces del puerto.

»Conocí a Paolo Marsala cuando me doblaba la edad. Yo tenía apenas veinte años, él cerca de cuarenta. Aquel hombre había vivido una parte importante de su existencia sin dar cuentas a nadie y cuando se casó con una mujer como yo, lo que en realidad pretendía era seguir haciendo lo mismo. Es cierto que en aquellos años no se podría tachar de machista a un hombre que actuaba así, las cosas eran muy distintas, la mujer mantenía un papel mucho más secundario…, salvo raras excepciones.

»Yo pretendía ser una de ellas, me conoces de sobra y sabes bien lo que quiero decirte, y claro, apenas unos meses más tarde tuvimos una fuerte discusión. Entonces me dijo claramente que yo no era nadie para interferirme en su vida, y que el partido fascista era lo más importante para él. El motivo fue que aparecía y desaparecía sin apenas avisarme, y yo no podía resistir aquella incertidumbre. Para entonces ya me había quedado embarazada de María y me sentía relegada y estúpida. Cuando nos casamos, lo hice con un hombre que me confesó estar perdidamente enamorado y con la ilusión de una niña de veinte años… Pero después, era como si se hubiese vuelto loco. No paraba de pensar todo el día y toda la noche en el partido y en Mussolini. Como si le hubieran sorbido el seso, y aquello, francamente, me decepcionó.

»Él conocía mi criterio sobre Mussolini y eso le molestaba muchísimo. Pero te diré que nunca me gustó aquel individuo, para mí era un farsante. Claro, no podíamos hablar de política sin discutir y de hecho me prohibió hacerlo. No solo no le gustaba, sino que me advirtió seriamente que podría costarme muy caro si alguien me denunciaba. Comprendí que en eso tenía razón y a partir de entonces me reservé lo que pensaba, no solo acerca del Duce, sino de un país que se dejaba embarcar de aquella manera.

»Por otra parte, comencé a entender muchas cosas. Él, sobre todas las cosas, era militar y no tenía otro remedio que obedecer las órdenes sin rechistar. En su mundo no cabían los sentimientos ni la ambigüedad. Pero durante cinco años, desde 1930 hasta casi 1934, había permanecido en una especie de excedencia. Un día se sinceró y me explicó que pertenecía al Servicio de Información del ejército y que esa situación le había proporcionado mayor grado de libertad.

»Lo que no me dijo fue que en realidad, durante esos años se dedicaba a colaborar con la policía del partido, con los camisas negras y que su verdadera misión era eliminar la oposición…, por el medio que fuera. ¡Claro! Eso no podía decírmelo. Tuve que ser yo la que lo descubriera al leer unos documentos que olvidó en casa y eso no le gustó nada. Fue nuestra segunda gran trifulca, en la que estuvimos a punto de separarnos.

»Cuando ocurrieron los incidentes de Wal-Wal, de inmediato lo llamaron a Roma. Estuvo ausente casi un mes y al volver, me explicó que había tenido que preparar un informe exhaustivo. Por eso al año siguiente, cuando el gobierno decidió intervenir militarmente, no me extrañó que lo destinasen allí. Paolo sabía mucho acerca de aquel conflicto, y tuvo que marcharse casi de la noche a la mañana, sin que apenas pudiéramos despedirnos. Por cierto, ahora ya no tiene importancia. Pero en la copia del informe que tu padre olvidó en un cajón de su despacho, y que aún debe andar por ahí, las conclusiones venían a decir que en Wal-Wal las cosas habían salido a pedir de boca. ¡El incidente fue provocado por los servicios secretos italianos! Allí se fabricó la excusa que el Duce necesitaba para intervenir.

»Sin embargo, a pesar de nuestros desencuentros, yo lo quería, pero no podía acostumbrarme a las largas separaciones, a una vida en continuos sobresaltos como la que él me imponía.

»Sentí mucho su marcha. Una intuición dentro de mí me decía que tal vez no volvería a verlo y eso me partía el corazón. Sabía que tenía muchos defectos, que podía llegar a ser alguien muy difícil, pero entonces no entendía mi vida sin él.

»Después, cuando llegó la comunicación oficial de su desaparición declarándolo muerto en combate, nadie comprendió que le aguardase cuarenta años. A los cinco años de su ausencia, todos insistían que había llegado el momento en que tendría que volver a casarme. Que vosotros necesitabais un padre. Pero yo no podía hacerlo. Cada día, durante tantísimos años, he estado convencida de que volvería. Ahora ya no; comprendo que ha sido una larga locura, un estúpido empecinamiento por mi parte, pero no he sido capaz de abandonar esa absurda esperanza. En estos días, por primera vez comienzo a verlo todo con perspectiva y algo me dice que ya ha terminado. Pero hasta ahora, me podéis creer si os digo que tenía la absoluta certeza de que mi marido seguía vivo.

»Tal vez sea por tanto, el momento de que todo cambie. De entrada debes saber que no sé si volveré algún día a Solarino. Para mí esa casa está llena de fantasmas del pasado y no deseo seguir allí. Tal vez, cuando me serene un poco, haga un crucero alrededor del mundo con tu tía Rosa, que me ha convencido de que la acompañe y después, Dios dirá. Probablemente el tiempo que me quede me iré a vivir al norte o a Suiza, porque estoy un poco harta de este país.

»Imagino que si has vuelto a Solarino, no es porque aquella casa te atraiga…, de hecho nunca te ha gustado vivir allí. Creo que lo que en realidad quieres son las cajas de documentación de la buhardilla. Haz con ellas lo que quieras, si te las quieres llevar, por mi parte no existe ningún problema. A fin de cuentas se trataba de tu padre…, aunque no sé si todo lo que vas a descubrir va a ser un cuento de hadas. El periodo fascista fue muy duro, durísimo para casi todo el mundo, y a veces es preferible no saber la verdad. ¿Qué ocurriría si descubrieras que tu padre fue un criminal de guerra? ¿Querrías seguir adelante? Ten cuidado hijo, sé por experiencia que la realidad puede llegar a hacernos daño. Todo eso ya terminó y es cierto que los años han suavizado las aristas. ¿O tal vez pretendes sacar los esqueletos del armario? Tengo un poco de miedo por ti, porque creo que eres un buen hombre, aunque algo ingenuo, la vida ha sido demasiado dura contigo últimamente, y lo que debes hacer es intentar encontrar una mujer que te quiera y que te cuide. No tienes problemas económicos, así que aprovecha los buenos años que te quedan y olvídate de desenterrar una historia tan triste, en la que no vas a encontrar nada bueno. El fascismo lo contaminó todo, y aunque este país está convencido de que todo terminó…, te diré que no es cierto. El tiempo dirá si me equivoco.

Mi madre, como todas las madres, no quería que yo sufriera como ella. Mencionó varias veces que aquello había terminado para siempre ¿qué sentido tenía lo que yo pretendía llevar a cabo? Para ella, ninguno.

El teléfono sonó insistentemente a las tres de la mañana sobresaltándome y alguien al otro lado de la línea dijo que me estaba devolviendo la llamada. Preguntó quién era yo. Era la voz de una mujer de mediana edad con el cantarino acento de La Toscana. ¿Con quién hablaba? ¿Por qué me interesaba por Adriano Vergendo?, preguntó. No parecía estar de muy buen humor y me disculpé. Comprendí que lo más práctico era contarle la verdad, después de todo no sacaba nada inventando una historia.

—Verá señora, mi nombre es Alessandro Marsala y soy hijo de Paolo Marsala. Mi padre perteneció al ejército y también al partido fascista, como alguien destacado. Después de muchos años he encontrado documentación, y en unos recortes de prensa, en los que por cierto se habla del asesinato de Giacomo Matteotti, ya sabe, el diputado…

—Sé perfectamente quien fue Matteotti —la voz se había endurecido, pero también parecía mostrar un cierto interés— … Soy Julia Vergendo, la hija de Adriano Vergendo, al que usted está buscado…, sé quien fue Marsala y la relación que tuvo con mi padre. ¿Por qué está usted interesado?…, Después de tanto tiempo, en un caso cerrado. Verá, yo tuve la misma inquietud hace muchos años, intenté ayudar a mi padre, cuando fue condenado a treinta años de prisión. Murió hace dos años, después de pasar casi quince años encerrado. Nunca quiso hablar de aquel asunto, una y otra vez se negó, tanto dentro como fuera de la cárcel. Cuando el médico le dijo que iba a morir, escribió unas cuartillas… tal vez puedan interesarle. ¿Tiene usted fax?

 

No creía lo que me estaba sucediendo. Era como si de repente se estuvieran abriendo de par en par todas las puertas, de la habitación hermética en la que creía haber caído, desde que me había puesto a investigar lo qué ocurrió entonces.

—No, no tengo fax en casa, pero si no le importa, localizo uno, la llamo y se lo doy ¿vale?, estoy sumamente interesado en el tema… ¿entiende? Y le agradezco su postura, de verdad.

—No tiene por qué agradecerme nada. Por lo que sé, y no lo tome como nada personal, ni su padre ni el mío fueron modelos de nada. Adriano Vergendo fue mi padre, pero también un hijo de puta de mucho cuidado. Ya sabe, cuando uno mueve la basura, también se ensucia de una manera u otra. Yo de usted me olvidaría de todo el asunto y miraría hacia delante, pero una cosa que me ha enseñado la vida, es que nadie escarmienta en cabeza ajena. Hasta pronto. Adiós.

 

No me dio tiempo a despedirme. La mujer colgó y me dejó mirando fijamente el auricular. Me hubiera gustado seguir hablando con ella, porque por alguna razón tenía la impresión de que nos conocíamos de toda la vida, y de alguna manera era cierto. Tanto ella, la mujer desconocida, porque no me había dicho ni su nombre, como yo, teníamos mucho más de lo que creíamos en común, al menos parte de un enigmático pasado.

Al volver a llamarla para darle el número de fax de la farmacia de Solarino, que amablemente habían puesto a mi disposición, escuché de nuevo el contestador automático. Solo pude reiterarle mi agradecimiento, a pesar de la dificultad que siempre he tenido para hablar con un aparato.

No tuve que esperar mucho. Apenas dos horas más tarde la farmacéutica me llamó a casa diciéndome que había recibido un fax con varias páginas y que podía pasar cuando quisiera a recogerlo.

Para entonces todo el pueblo estaba interesado en mis andanzas. No es que me importara, pero no deseaba que algunos documentos circularan por allí y fui corriendo a buscarlo. Llegué respirando fatigosamente y la mujer me observó por encima de las gafas, como si fuese a recetarme algún medicamento para mejorar mi fondo físico.

Mientras volvía a casa, medité que tal vez mi madre tenía razón, y que la realidad podría hacer más daño que el desvaído recuerdo de alguien, a quien no había conocido más que a través de pequeños fragmentos contados por mi madre, mi tía Rosa o incluso alguna vez por Carlo. Ahora le tocaba a Adriano Vergendo, alguien desconocido, que sin embargo, a través de aquellas líneas, me abría su alma.

Mayo de 1947.

Querida Rosa. Ayer el tribunal me condenó a treinta años de

cárcel por un delito cometido en 1924. Ya no tengo nada que ocultar y necesito que al menos tú conozcas la verdad. Debes saber que yo no asesiné a Matteotti, no lo hice con mis propias manos. Es cierto que todas las pruebas me han incriminado junto con Dumini, Volpi, Viola, Poveromo y Malacira, pero tú debes conocer la verdad y ahora ha llegado el momento de intentar explicarte lo que en realidad ocurrió.

Es difícil justificar algunos actos. El fiscal ha insistido en que el

crimen no cabe en el juego político. ¡Qué sabrá él de política! En los

últimos meses no se habla más que de democracia en Italia. Nosotros somos las víctimas propiciatorias por una razón muy política. Somos los perdedores y te diré una cosa, ¡la ley no es igual para todos! Todo terminó el 28 de abril de 1945, hace ya dos años, cuando asesinaron al Duce. Ese día me hubiese pegado un tiro sin más. Pero como siempre ocurre, tú y nuestra hija me obligasteis a seguir aquí, a pesar de todo.

Matteotti se lo buscó. Creyó que podía oponerse al nuevo orden, y

claro, ocurrió lo que ocurrió. Llevaba ya tiempo hostigando al Duce, que se refería a él como la avispa, porque siempre picaba en el sitio más doloroso. El Duce pensaba que mientras se tratara de denuncias sobre la violencia del partido fascista, tenía poco que objetar, a fin de cuentas era parte del juego. Pero lo que colmó el vaso de su paciencia, fueron los artículos en los que aseguraba que las elecciones habían sido amañadas. ¡Eso jamás podía consentirlo alguien como Benito Mussolini!

La violencia era un arma política —lo ha sido siempre en nuestro

país—. Recuerda a Maquiavelo, hablando de Agatocles… Convocó una mañana al pueblo y al senado de Siracusa, como si necesitara tratar con ellos de cosas pertinentes a la república, y a una señal convenida hizo que sus soldados mataran a todos los senadores y a los más ricos de la ciudad… Por tanto, no podemos extrañarnos de la utilización de la violencia como parte del juego… nos han educado en ella.

En aquel entonces, quien se enfrentara al nuevo orden sabía a lo

que se exponía. ¡Pero acusarnos de engañar al pueblo! La marcha sobre Roma había demostrado que el verdadero pueblo estaba con nosotros. ¿Con quién si no? Fueron los diputados de la oposición los que quisieron azuzar al pueblo para evitar lo inevitable, y su perro de presa era Giacomo Matteotti.

Fue el propio Duce el que afirmó que había que terminar con

aquel estado de cosas de una vez por todas. Necesitaba derogar aquella falsa democracia cuanto antes, prohibir los partidos políticos, también los sindicatos no fascistas, que solo perjudicaban a los trabajadores, impidiéndoles desarrollar el modelo de estado que nosotros exigíamos.

Recuerdo aquella tarde, cuando la prensa de izquierdas, en sus

titulares decía que Mussolini había engañado al pueblo, y que la

libertad peligraba… ¡Claro! ¡Hablaban de su libertad, de su sectaria concepción de la libertad!… Alguien me llamó desde la sede del partido. Aun hoy no puedo desvelar su nombre. Solo dijo que la decisión estaba tomada y que Matteotti debía ser silenciado .

Comprendí de inmediato que me habían designado para aquella

importante misión. Era, indudablemente, como un gran honor para mí, porque el jefe no confiaba en todo el mundo. Él sabía que yo me hacía respetar, y es que estaba con él desde el diecinueve.

Al igual que Paolo Marsala. ¡Ah, Marsala! Nos conocíamos de

toda la vida. La academia militar en Turín, la misma promoción. Yo dejé el ejército a causa de mi lesión crónica en el pie, pero él siguió. Era un gran patriota y un hombre extraordinariamente inteligente, aunque por alguna razón que no alcancé a entender, cuando ascendió a comandante se estancó. Pero eso fue después. En 1924 todos estábamos convencidos de que iba a ocupar un lugar de gran responsabilidad en el Partido, y realmente se lo merecía.

Entonces lo llamé para que me echase una mano con el asunto de

Matteotti. Se mostró prudente y dijo que tendríamos que actuar con pies de plomo, porque la situación se encontraba al rojo vivo.

Todo se debía a la reforma electoral del veintitrés. Aprobada por

la Cámara, pero digamos que de una manera poco convincente. Aquellos momentos eran muy difíciles para nosotros, ya que veíamos lo cerca que se hallaba el poder. Quiero decir el poder como lo entendíamos desde el partido fascista. Sabíamos que era cuestión de tiempo y que tendría que caer, como la fruta madura.

La verdad era que los pequeños burgueses no solo nos temían;

también nos odiaban, porque la política en favor de los grupos industriales no les beneficiaba. Pero el jefe sabía que si queríamos llegar arriba, tendríamos necesidad de ellos.

Por otra parte, los comunistas estaban crecidos desde su pequeño

éxito, ya que como nosotros, también habían subido, y además también eran capaces de emplear la violencia. ¿Qué íbamos a hacer? ¿Aguardar a que los comunistas se impusieran, con sus mentiras y su demagogia? Era el momento crucial, el día de la verdad, como lo definió el propio Duce. Con la eliminación física de Matteotti, terminábamos de una vez por todas con la avispa, con el ejemplo de alguien que no solo se atrevía a decirle a todo el mundo que éramos nefastos para Italia, sino que demostraba cada día que no había por

qué tenernos miedo. Además de ser diputado socialista, aquel hombre era el secretario del partido. No, las cosas no podían seguir por aquel derrotero, porque éramos muy conscientes de que nuestros pies se estaban hundiendo en el barro que nos impediría seguir el camino.

Marsala se mostró de acuerdo, pero con reticencias, ya que por

esas casualidades del destino, él y Matteotti se conocían y a pesar de ser tan distintos, se respetaban. Digamos que Matteotti nunca hubiese desconfiado de Paolo Marsala. En los primeros tiempos, incluso se le hacían llegar mensajes a través de él, para que todo quedara en casa. El jefe comentó un día que le hubiera gustado tener a Giacomo Matteotti a su lado, en vez de enfrente.

De todas maneras, desde la marcha sobre Roma, desde el día

siguiente, cuando el rey lo designó para formar gobierno, nuestro Duce cambió radicalmente. Tal vez creyó que ya todo estaba hecho y que nadie podría oponerse a sus designios. Se convenció de que era más fuerte de lo que en realidad era.

Muchos nos dimos cuenta de ello, pero nadie se atrevió a

decírselo. ¿Quién? No se le podía objetar nada, porque la verdadera realidad era que estábamos tocando el cielo con las manos. ¿O se podía hablar de otra cosa? Aquel maestro de escuela que quería cambiar el mundo. No, no era nada fácil intentar repetir lo que él pretendía.

Por eso, Marsala podía estar o no de acuerdo, pero el jefe había

elegido aquel camino. ¿No lo llevábamos haciendo desde 1920? Él iba adelante con su arriesgada política apoyada en las teorías de Giovanni Gentile, en su enorme intuición y en la utilización del ultranacionalismo sentimental de D’Annunzio para arrastrar al pueblo.

Pero déjame que te explique la situación que estábamos viviendo

aquellos días. Aunque el primer gabinete del Duce solo incluía cuatro ministros fascistas sobre un total de catorce, la cámara nos otorgó plenos poderes. Entonces, y solo entonces, se restableció el orden. Teníamos clara la estrategia, y sin necesidad de modificar la Constitución, los nuestros fueron introduciéndose poco a poco en todos los puestos de responsabilidad, al tiempo que se iba acallando la oposición.

Lo dijo Mussolini en un discurso memorable, La oposición es una

rémora para un país. ¿Para qué necesitábamos una oposición como la

que teníamos? No hacían más que boicotearlo todo. Luego, en las elecciones de abril de 1924, conseguimos cuatrocientos seis escaños sobre un total de quinientos treinta y cinco; una mayoría absoluta aplastante.

Recuerdo bien aquel 30 de mayo, cuando Matteotti interpeló a

Mussolini, acusándolo de fraude electoral. El Duce lo fulminó con la mirada. Desde arriba, con el pase que el partido me había proporcionado como periodista, supe que aquel hombre acababa de firmar su propia sentencia de muerte.

Matteotti también lo intuyó. No podía llamarse a engaño, sabía

que era el último escalón antes de que Mussolini acaparara todo el poder. Sin embargo no huyó, no se escondió, no pidió mayores garantías. ¿Por qué? Te diré lo que creo que ocurrió. Fue Marsala quien lo tranquilizó. Esa era su verdadera misión; poner la pieza a tiro.

Después llegó lo inevitable. Una escuadra de camisas negras

acabó con él. Yo no estaba allí, en el coche, es cierto, pero te diré una cosa. Cuando dispararon sobre él, ya estaba muerto. Debió tratarse de un infarto, tal vez tenía el corazón mal…, y no soportó la tensión… Por algún extraño motivo sentía admiración por aquel hombre que se había atrevido, él solo, a hacerle frente a la poderosa maquinaria que el Duce dirigía.

Luego, de inmediato, en cuanto se corrió la voz de su suerte, la

opinión pública saltó indignada…, sí, pero antes nadie se puso a su lado, cuando gritaba en solitario que todo aquello era un enorme fraude, desde su sillón en la cámara de diputados.

Al conocerse el asunto, la oposición en bloque abandonó el

parlamento. Era una forma de protestar, pero también comprendieron que era más prudente quedarse en casa. Esa actitud la aprovechó el Duce, implacable, para implantar la dictadura…, a partir de entonces solo existiría una lista única…, la que elaboraría el Gran Consejo Fascista… es decir, él.

Después pasó lo que pasó. Se refirieron a nosotros como un

ejército de aventureros sin moral, la escoria de la sociedad. Luego, reflexionando, comprendí que Mussolini fue un oportunista que supo aprovecharse de los tremendos errores que sus oponentes cometieron.

Permanecí algunos años sin saber de Paolo Marsala. Luego supe

que lo habían destinado a Abisinia y me extrañó; Marsala hubiese

podido llegar a ser alguien importante. Lo recuerdo en la academia, era el número uno en todo. Si se hablaba de tiro, sabía más que el profesor, si era de historia, tres cuartos de lo mismo.

¿Fue tal vez por envidia? Llegué a creerlo. Sin embargo, quien al

final me dio la respuesta fue Carlo Sforza…

Allí terminaba el texto. No se trataba de un fallo del fax, eso era evidente. Pero no podía hacerme aquello, cuando parecía que finalmente iba a enterarme de la clave de todo el asunto.

Cogí el teléfono y volví a marcar el número de la hija de Adriano Vergendo. De nuevo escuché el contestador automático.

—Hola de nuevo —hablé con una cierta excitación—. Soy Alejandro Marsala, necesito hablar con usted. Le ruego llame a mi teléfono. Gracias.

Me quedé mirando fijamente el aparato. Sabía que dependía de la voluntad de aquella mujer, Julia Vergendo. Ella, no me cabía duda, debía conocer la clave.