Tierra de dioses

G. H. Guarch · Capítulo 16 de 26

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Tierra de dioses

2.ª Parte

CAPÍTULO 16

UN HOMBRE ACABADO

 

La vuelta a Italia tuve que hacerla en un avión ambulancia que me llevó directo al aeropuerto de Milán. Según los médicos que me atendieron, aquella decisión me salvó la vida, porque apreciaron un principio de gangrena en la herida abierta del hombro.

Fue la propia embajada de Addis Abeba la que gestionó el viaje y hasta ella conseguí llegar gracias a la audaz iniciativa de Genet.

Cerca de Gonder encontramos una patrulla del ejército, que inmediatamente nos rodeó antes de detenernos. No creyeron una palabra de lo que Genet les explicó y le golpearon repetidamente mientras los porteadores eran obligados a introducir todos nuestros bultos en un camión militar.

Lo increíble fue que me tomaron por un espía inglés. No podía demostrar nada por cuanto mis documentos, incluyendo el pasaporte, desaparecieron con el alud, ya que según Genet, me encontraron prácticamente enterrado en el lodo, desnudo y mal herido.

Lo cierto fue que me sentía muy mal, con una fiebre altísima, e incapaz de articular palabra, por lo que nos hicieron subir a un camión, y tras un espantoso trayecto hasta donde tenían su cuartel general, nos hicieron descender a golpes y culatazos, sin que Genet pudiera intervenir en mi defensa, porque nos separaron de inmediato, a fin de evitar que hablásemos entre nosotros.

En aquella situación me vi en el límite, comprendí que el agujero en el que había caído me impediría salir y que, por tanto, en apenas unas horas estaría muerto.

No parecían comprender que prácticamente estaba delirando y que mis respuestas incoherentes se debían a la fiebre. Una y otra vez me golpearon sin compasión, intentado que les contestase en su propio dialecto.

Fue Genet el que se la jugó al asegurarle al comandante de la guerrilla popular que yo era amigo personal de su líder, que tenía permiso para viajar por Etiopía y que toda la documentación había desaparecido en la avalancha provocada por la tormenta.

Fue un milagro que creyeran su explicación y lo fue más que el comandante aceptara enviarnos a Addis Abeba. Aquel individuo no deseaba enfrentarse a sus superiores, ni que yo me quedara en las manos de sus hombres, así que Genet y yo fuimos introducidos de nuevo en el camión que nos llevaría en un par de días a la capital, en un viaje infernal, en el que lo único que aceptaba mi organismo eran pequeños sorbos de agua.

Para cuando llegamos a los arrabales de Addis Abeba, mi estado ya era crítico, por lo que el sargento al comprobar la situación decidió que si no estaba muerto, no pasaría de esa misma tarde y nos bajó del camión sin miramientos.

Caí sobre un charco del que tuvo que sacarme a rastras Genet, desesperado al ver que iba a morir apenas a cuatro manzanas de la embajada italiana.

Fue entonces cuando supo lo que tenía que hacer. Me arrastró hacia unos matorrales y me escondió bajo ellos, luego echó a correr hacia la embajada sabiendo que era cuestión de vida o muerte.

Allí cambió mi suerte porque en aquel preciso momento una caravana de vehículos oficiales salía por la puerta principal y Genet se puso delante a pesar de las amenazas de los guardias, consiguiendo que el vehículo en el que viajaba el embajador se detuviese unos instantes.

Genet gritó que un profesor italiano había sufrido un accidente muy grave y la divina providencia debió escucharle, porque apenas diez minutos más tarde me recogía el coche del propio embajador de Italia.

A partir de aquel instante se desencadenaron una serie de acontecimientos. Un interrogatorio a Genet en los jardines, una ambulancia que me trasladó al hospital militar de Addis Abeba en la que viajó acompañándome el propio médico de la embajada…, y la fortuna de que se encontrase de guardia en urgencias la doctora Meriam Tafari, una experta traumatóloga formada en Londres.

Cuando consiguieron estabilizarme, comprendieron que lo mejor sería trasladarme urgentemente a un hospital europeo. Fue el embajador el que tomó la decisión de que un avión ambulancia me llevase a Milán, y así se hizo, bajo la responsabilidad del propio embajador, que me otorgó un visado diplomático.

No puedo por tanto negar que en ese trance me acompañó la suerte. La gangrena me habría matado en las montañas que rodean Gonder si no nos hubiesen detenido los militares. Genet habría hecho un enorme esfuerzo para llevarme, a otro ritmo, hasta Addis Abeba, adonde, probablemente, no habría llegado nunca.

Pero todo eso ya es historia, atrás quedaban una serie de acontecimientos, una concatenación de circunstancias que habían terminado en una tremenda avalancha de aguas, piedras y lodo, que enterró mis ilusiones y a una preciosa mujer que comenzaba a ser alguien indispensable para mí.

 

Seis meses más tarde aquella aventura se iba alejando de mí, aunque con mucha frecuencia soñaba con una terrible avalancha que me sepultaba, hasta que lograba despertar ahogándome y dando manotazos al aire.

Después, cuando terminé la rehabilitación y pude volver a mi vida normal, sentía dentro de mí una fuerte sensación de soledad. Retorné a mis clases, intentando aparentar una absoluta indiferencia por los cuchicheos que notaba al cruzar los jardines, o al entrar en el comedor, porque todos opinaban sobre lo que en realidad me había ocurrido, hasta el punto en que llegué a pensar que tal vez lo mejor sería convocar una conferencia en la que les explicara la verdad.

Aquel invierno se me hizo muy duro, debía volver a intentar encontrar una normalidad que en realidad no sentía. Preparaba mis clases minuciosamente, sin querer pensar en otras cosas, olvidando todo lo que había ocurrido en relación con la búsqueda de aquello que se relacionaba con Paolo Marsala.

No podía dejar de pensar en que algo se interponía entre él y yo, como si no quisiera que indagase en su memoria. Luego reflexionaba que no eran más que absurdas ideas sin sentido, que debía desechar de mi mente.

Mientras, iban pasando lentamente los días, distanciándome poco a poco del trágico momento en que desapareció Grazia.

Mi amigo y compañero Pierre Oliver, al que había conocido años atrás en París mientras dictaba un curso en la Sorbona, y que daba clases de literatura medieval, intentaba consolarme, explicándome que la vida había que aceptarla como venía, y que otra postura era absurda. Yo le contestaba que era muy fácil dar consejos, y pensaba que la mala suerte me acompañó desde el primer momento, como cuando desapareció gran parte de la documentación en el incendio de Solarino, recriminándome por no haber cerrado las carpetas aquel mismo día, en lugar de seguir torturándome.

Por otra parte, me sentía responsable de la muerte de Grazia, y eso no era fácil de olvidar. Todas las noches pensaba en ella, hasta el punto de no poder conciliar el sueño y cuando finalmente lo lograba, era para caer en una pesadilla en la que ella me acusaba de su destino.

En cuanto a mi madre, llevaba unos meses viviendo con mi hermana en los Estados Unidos y no sabía nada de ella, ni siquiera debía conocer lo ocurrido. En aquella situación me resultaba imposible retomar la investigación y lo que era peor, la ilusión que durante un tiempo tuve ya no existía. Por tanto, la podía dar por acabada, o al menos eso era lo que yo creía.